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El Testigo Fiel
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Documentación: Nicolás Cabasilas

Cristo nos ha abierto las puertas de la eternidad

fuente: Tratado “la vida en Cristo” (Lib 1: PG 150, 510-511)
Se utiliza en: Miércoles, II semana de Pascua (par)

Si la inmolación de aquel cordero pascual lo hubiera perfeccionado todo, ¿de qué hubieran servido los sacrificios posteriores? Porque si los tipos y figuras hubieran aportado la esperada felicidad, habrían evacuado la verdad y la misma realidad. ¿Qué sentido tendría seguir hablando de enemistades canceladas por la muerte de Cristo, de muros quitados de en medio, de la paz y de la justicia que brotarían en los días del Salvador, si ya antes del sacrificio de Cristo los hombres fueran justos y amigos de Dios? Existe además otra razón evidente.

En realidad, lo que entonces nos unía a Dios era la ley; ahora, en cambio, es la fe, la gracia o algo similar. De donde se deduce que entonces la comunión de los hombres con Dios se reducía a una mera servidumbre; ahora en cambio, se trata nada menos que de la adopción filial y de la amistad. Pues es evidente que la ley es cosa de siervos, mientras que la gracia, la fe y la confianza es propia de los amigos y de los hijos. De todo lo cual se sigue que el Salvador es el primogénito de entre los muertos, y que ningún muerto podía revivir para la inmortalidad antes de que él hubiera resucitado. Por idéntica razón, sólo él pudo hacer de guía a los hombres por los caminos de la santidad y de la justicia. Lo corrobora Pablo cuando escribe que Cristo entró por nosotros como precursor más allá de la cortina. Y penetró después de haberse ofrecido al Padre, introduciendo a cuantos quisieren participar de su sepultura. Pero no muriendo ciertamente como él, sino sometiéndose simbólicamente a su muerte en el baño bautismal y que, ungidos, anuncian en la sagrada mesa y toman de modo inefable como alimento al mismo que murió y ha resucitado. Y así introducido por estas puertas, le conduce al reino y a la corona.

En efecto, el que reconcilió, aunó y pacificó el mundo celeste con el terrestre y derribó el muro que los separaba, no puede negarse a sí mismo, según escribe san Pablo. Abiertas para Adán las puertas del Paraíso, era natural que se cerraran al no guardar él lo que guardar debía. Puertas que Cristo abrió por sí mismo, él que no cometió pecado y que ni pecar podía. Su justicia —dice David— dura por siempre. Deben, por lo mismo, permanecer siempre abiertas de par en par para dar acceso a la vida, sin permitir que nadie salga de ella. He venido —dice el Salvador— para que tengan vida. Y la vida que el Señor ha venido a traer es ésta: la participación en su muerte y la comunión en su pasión por medio de estos misterios, sin lo cual no conseguiremos eludir la muerte.

Otras lecturas del mismo autor

He venido para que tengan vida - [Tratado sobre la vida de Cristo (Lib. 1: PG 150, 510-511)]
La bondad de Dios es inexplicable - [Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1 PG 150, 498-499)]
Siento en mi interior la voz de un agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre» - [Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 494-495)]
A través de los sacramentos, el sol de justicia penetra en este mundo tenebroso - [Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 502-503)]
Sobre la victoria de Cristo - [Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 515-518)]
Cristo en persona es nuestro arquetipo - [Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 6: PG 150, 678-679)]
Jesús mismo es el premio y la corona de los combatientes - [Tratado sobre la vida en Cristo (Tratado 6: PG 150, 678-679)]
Los sagrados misterios nos unen a Cristo - [Tratado “la vida en Cristo” (Lib 2: PG 150, 522523)]
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