Si los tipos y las figuras aportaron la felicidad buscada, la verdad y la misma realidad resultan inútiles. En efecto, ¿qué sentido tendría la muerte de Cristo, cuya misión era la de abolir la enemistad, derribar el muro divisorio y hacer brotar en los días del Salvador la paz y la justicia, etc., si anteriormente a este sacrificio los hombres eran ya justos y amigos de Dios?
Me viene ahora a la mente otro argumento: En el antiguo Testamento era la ley la que nos unía a Dios; ahora, en cambio, nos unen la fe, la gracia y otras cosas por el estilo. De donde claramente se deduce que entonces la comunión de los hombres con Dios se efectuaba a nivel de esclavitud; ahora, en cambio, a nivel de adopción filial y de amistad. De hecho, la ley se da a los siervos, mientras que la gracia, la fe y la confianza son propias de los amigos y de los hijos.
De todo lo cual, resulta evidente que el Salvador es el Primogénito de entre los muertos, y que ningún muerto podía resucitar a la vida inmortal antes de que él reanudase la vida como resucitado. Ocurre lo mismo con la santidad y la justicia: sólo él pudo preceder en ellas a la masa de los hombres. Lo confirma Pablo cuando escribe que Cristo entró por nosotros como precursor más allá de la cortina. Y entró después de haberse ofrecido a sí mismo al Padre, e introduce a cuantos lo desean, es decir, a cuantos se han hecho partícipes de su sepultura: no, cierto, muriendo como él, sino participando en aquella muerte mediante el baño del bautismo y, después de haber sido ungidos, anunciándola en la sagrada mesa y recibiendo, por inefable manera, como alimento al mismo que por ellos murió y resucitó. Y de esta forma conduce al reino para ser coronados a los que ha introducido por estas puertas.
Estas puertas son mucho más útiles y dignas de veneración que las puertas del paraíso. En efecto, aquéllas no se abrirán a ninguno que previamente no haya entrado por éstas; mientras que éstas están siempre francas, aun cuando aquéllas estén cerradas. Aquéllas, de hecho, pudieron dejar salir a los que estaban dentro, al paso que estas otras son únicamente puertas de acceso, no de receso. Aquéllas podían ser cerradas, y lo fueron; sobre éstas el velo fue completamente rasgado y abatido el muro de separación: no es ya posible reedificar las ruinas y rehacer las puertas ni dividir nuevamente con un muro de separación ambos mundos, me refiero al mundo superior e inferior. Porque, como dice Marcos, los cielos no solamente se abrieron, sino que se distendieron y casi se rasgaron. Es, pues, evidente, que no quedaron ni puertas ni postigos ni velo alguno.
Quien efectivamente reconcilió, aunó y pacificó cielo y tierra, quitando de en medio la pared divisoria, no puede negarse a sí mismo, como dice san Pablo. Abiertas para Adán las puertas del paraíso, era natural que se cerraran al no perseverar en la fidelidad que debía observar. Estas, en cambio, fueron abiertas por Cristo, que ni cometió pecado ni pecar podía. Pues su justicia-dice David— dura por siempre. Deben, por lo mismo estar siempre abiertas de par en par, dando acceso a la vida, sin dejar salir a ninguno de la vida. He venido —dice el Salvador— para que tengan vida. Esta es la vida que el Señor se trajo consigo: que apropiándonos de estos misterios, nos hagamos partícipes y consortes de la muerte y pasión de aquel sin el cual no podemos escapar de la muerte. Porque ni el que no naciere de agua y de Espíritu Santo puede entrar en la vida, ni el que no comiere la carne del Hijo del hombre y bebiere su sangre, puede tener la vida en sí mismo.