Por su fe y su hospitalidad, Rajab, la prostituta, fue conservada incólume. Pues habiendo Josué, hijo de Nun, enviado espías a la ciudad de Jericó, se enteró el rey de aquel país de que habían venido a reconocer todo el país, y despachó gente para prenderlos y, una vez en su poder, matarlos. Pues bien, la hospitalaria Rajab, tomándolos los escondió en la azotea bajo los haces de lino. Cuando se presentaron los emisarios del rey diciendo: «Han entrado en tu casa unos espías que han venido a reconocer nuestro país, sácalos, pues así lo ordena el rey», ella respondió: «Es cierto que entraron en mi casa los hombres que buscáis, pero partieron inmediatamente y van ya su camino», indicándoles justamente la dirección contraria. Y a los espías les dijo: «Sé perfectamente que el Señor os ha entregado esta ciudad, pues una ola de terror y de temor ha caído sobre sus habitantes. Cuando la conquistéis, respetad mi vida y la vida de la casa de mi padre». Ellos le dijeron: «Se hará como lo has pedido. En cuanto te enteres de que nos acercamos a la ciudad, reúne a toda tu familia aquí, en tu casa. El que salga a la calle será responsable de su muerte». Además le ordenaron poner una señal, a saber, que una cinta roja colgara de la ventana de su casa, simbolizando de este modo que todos los que creen y esperan en Dios serían redimidos por la sangre del Señor. Ya veis, queridos, cómo esta mujer no sólo tenía la fe, sino también el espíritu de profecía.
Seamos, pues, hermanos, humildes de corazón, y deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el mismo Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.
Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis. y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán con vosotros; la misma medida que uséis la usarán con vosotros.
Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia de sus consejos. Pues dice la Escritura santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.