Siéndonos, pues, conocido todo esto y habiéndonos asomado a las profundidades del conocimiento divino, hagamos con orden todo lo que el Señor nos ha mandado hacer en los tiempos establecidos. A saber: dejó ordenado que las ofrendas y los ministerios sagrados se llevaran a cabo no a la ligera y sin orden ni concierto, sino a hora y tiempos bien determinados. Estableció incluso, con su voluntad soberana, dónde y por quiénes desea que sean celebradas, a fin de que haciéndolo todo con sensibilidad religiosa y según su beneplácito, sea aceptable a su voluntad. Así pues, quienes en los tiempos prescritos presentan sus ofrendas, ésos son aceptos a Dios y dichosos, pues que jamás yerran los que secundan los mandatos del Señor.
En efecto, al sumo sacerdote se le asignaban funciones bien precisas, los sacerdotes tenían sus propias responsabilidades, y los levitas cumplían sus servicios específicos. Los laicos debían atenerse a las normas establecidas para los laicos.
Procuremos, hermanos, participar con decoro en la acción de gracias, cada cual en su propio puesto, con conciencia recta, mirando de no incumplir las normas que regulan el propio ministerio. No en todas partes, hermanos, se ofrecen sacrificios cotidianos, votivos o de expiación por el pecado, sino únicamente en Jerusalén; y aun en Jerusalén, no en cualquier lugar, sino tan sólo en el atrio del templo, junto al altar, y una vez que el sumo sacerdote y los ministros anteriormente mencionados hubieran inspeccionado atentamente las víctimas. Los transgresores de las normas rituales, que contravienen la voluntad del Señor, son castigados con la muerte.
Ya veis, hermanos: cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se dignó concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos. Los apóstoles nos predicaron el evangelio por encargo de nuestro Señor Jesucristo, Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo es enviado por Dios y los apóstoles fueron enviados por Cristo: ambas misiones proceden ordenadamente de la voluntad de Dios. De esta forma, recibido el encargo, con la absoluta certeza que les comunicaba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, confirmados por la palabra de Dios, salieron a anunciar la llegada del reino de Dios con la inquebrantable confianza en el Espíritu Santo. Predicando la Palabra por países y ciudades, nombraron obispos y diáconos, para el servicio de los que iban a aceptar la fe, a aquellos de quienes les constaba, en el Espíritu, la genuina disponibilidad a la fe. Y ni siquiera esta disposición era nueva, pues muchos siglos antes la Escritura había hablado de obispos y diáconos. Leemos, en efecto, en un lugar de la Escritura: Te daré por obispos la paz, y por diáconos la justicia.
Y ¿qué tiene de extraño que quienes recibieron de Dios en Cristo este encargo ordenaran a los susodichos ministros, cuando el bienaventurado Moisés –el más fiel de todos mis siervos– consignaba en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado por Dios? Y a Moisés le imitaron los demás profetas, dando también ellos testimonio de lo que Dios había sancionado. Moisés, en efecto, habiendo estallado la rebelión a propósito del sacerdocio, y las tribus contendiesen entre sí sobre cuál de ellos debía ostentar este glorioso título, mandó a los jefes de las doce tribus que le trajesen varas y que cada uno escribiera en ellas su nombre. Habiéndolas recibido, hizo con ellas un manojo, lo selló con el sello de los jefes de las doce tribus y lo depositó ante el Señor en la tienda de la alianza. Cerró la tienda, sellando llaves y puertas, y les dijo: «Hermanos, la tribu cuya vara germine, ésa será la que Dios se elige para que ejerza el sacerdocio y realice las funciones sagradas». A la mañana siguiente convocó a todo el pueblo de Israel, seiscientos mil hombres, les mostró los sellos de los jefes de las tribus, abrió la tienda de la alianza y sacó las varas. Y se halló que la vara de Aarón no sólo había germinado, sino que había dado fruto.
¿Qué os parece, queridos? ¿Es que Moisés no sabía ya de antemano lo que iba a suceder? Ya lo creo que lo sabía; pero actuó de esta manera para que no se consolidase la rebelión y para que fuera glorificado el nombre del único verdadero Dios. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.