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El Testigo Fiel
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San León I Magno, papa y doctor de la Iglesia
fecha de inscripción en el santoral: 10 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 11 de abril
n.: c. 400 - †: 461 - país: Italia
otras formas del nombre: León Magno
canonización: PC: - Doctor Ecclesiae 1754 (Benedicto XIV)
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de san León I, papa y doctor de la Iglesia, que, nacido en Etruria, primero fue diácono diligente en la Urbe, y después, elevado a la cátedra de Pedro, mereció con todo derecho ser llamado «Magno», tanto por apacentar a su grey con una exquisita y prudente predicación como por mantener la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios, valientemente afirmada por los legados del Concilio Ecuménico de Calcedonia, hasta que descansó en el Señor en Roma, donde, en este día, tuvo lugar su sepultura en San Pedro del Vaticano.
Patronazgos: patrono de cantores, músicos y organistas.
Oración: Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

La sagacidad de León I, el éxito con que defendió la fe contra las herejías y su intervención ante Atila y Genserico, realzaron el prestigio de la Santa Sede y al Papa le valieron el título de «Magno». La posteridad sólo ha concedido ese título a otros dos Pontífices: san Gregorio I y san Nicolás I. La Iglesia honra a san León entre sus doctores, por sus incomparables obras teológicas, de las que hay muchos extractos en las lecciones del Breviario. Probablemente la familia de san León era toscana, pero él llamó a Roma su «patria», lo cual nos inclina a pensar que nació en dicha ciudad. No sabemos nada acerca de sus primeros años y desconocemos la fecha de su ordenación. Sus escritos prueban que había recibido una educación excelente, aunque ésta no comprendía el estudio del griego. Fue diácono de los papas san Celestino I y san Sixto III; ese puesto era tan importante, que san Cirilo le escribía directamente a él, y Casiano le dedicó su tratado contra Nestorio. El año 440, cuando las disputas de los dos generales imperiales, Aecio y Albino, amenazaban con dejar a la Galia a merced de los bárbaros, León fue enviado a mediar entre ellos. Cuando murió Sixto III, san León estaba todavía en Galia; una embajada fue allá a anunciarle que había sido elegido Sumo Pontífice.

La consagración tuvo lugar el 29 de septiembre del 440. Desde el primer momento, san León dio pruebas de sus excepcionales cualidades de pastor y jefe. La predicación era entonces privilegio casi exclusivo de los obispos; san León se dedicó a instruir sistemáticamente al pueblo de Roma para convertirle en ejemplo de las otras Iglesias. Los noventa y seis sermones auténticos de san León que han llegado hasta nosotros, muestran que insistía en la limosna y otros aspectos sociales de la vida cristiana y que explicaba al pueblo la doctrina, particularmente lo relativo a la Encarnación. Afortunadamente, se conservan ciento cuarenta y tres cartas de san León y otras treinta que le fueron escritas. Por ellas, podemos darnos una idea de la extraordinaria vigilancia con que el santo Pontífice seguía la vida de la Iglesia en todo el Imperio. Al mismo tiempo que combatía a los maniqueos en Roma, escribía al obispo de Aquileya dándole instrucciones sobre la manera de enfrentarse al pelagianismo, que había reaparecido en dicha diócesis.

Santo Toribio, obispo de Astorga, España, envió a San León una copia de su carta circular sobre el priscilianismo, una secta que había progresado mucho en España, gracias a la connivencia de una parte del clero. Dicha secta era una mezcla de astrología, de fatalismo y de la doctrina maniquea sobre la maldad de la materia. En su respuesta el Papa, refutó ampliamente a los priscilianistas, refirió las medidas que había tomado contra los maniqueos y mandó que se reuniese un sínodo para combatir la herejía. Varias veces tuvo que intervenir también en los asuntos de la Galia; en dos ocasiones reprendió a san Hilario, obispo de Arles, quien se había excedido en el uso de sus poderes de metropolitano. Escribió algunas cartas a Anastasio, obispo de Tesalónica, para confirmarle su oficio de Vicario de los obispos de Iliria; en una ocasión le recomendó mayor tacto y en otra, le recordó que los obispos tenían derecho de apelar a Roma, «según la antigua tradición». El año 446, san León escribió a la Iglesia africana de Mauritania, prohibiendo la elección de laicos para las sedes episcopales, así como las de los casados en segundas nupcias y de los casados con una viuda; en la misma carta tocó el delicado problema de la manera de tratar a las vírgenes consagradas a Dios que habían sido violadas por los bárbaros. Respondiendo a ciertas quejas del clero de Palermo y Taormina, san León escribió a los obispos de Sicilia, ordenándoles que no vendiesen las propiedades de la Iglesia sin el consentimiento del clero.

En las decisiones de san León, escritas en forma autoritaria y casi dura, no hay la menor nota personal ni la menor incertidumbre; no es el hombre el que habla, sino el sucesor de san Pedro. Ese es el secreto de la grandeza y de la unidad del carácter de san León. Sin embargo, hay que mencionar también un rasgo muy humano, que conocemos nada más por tradición, pero que ilustra la importancia que el santo daba a la elección de los candidatos a las ordenes sagradas: en el «Prado Espiritual», Juan Mosco cita estas palabras de Amós, patriarca de Jerusalén: «Por mis lecturas estoy enterado de que el bienaventurado papa León, hombre de costumbres angélicas, veló y oró durante cuarenta días en la tumba de san Pedro, pidiendo a Dios, por la intercesión del Apóstol, el perdón de sus pecados. Al fin de esos cuarenta días, se le apareció san Pedro y le dijo: 'Dios te ha perdonado todos tus pecados, excepto los que cometiste al conferir las sagradas órdenes, pues de esos tendrás que dar cuenta muy estricta'». San León prohibió que se confiriesen las órdenes a los esclavos y a todos los que habían practicado oficios ilegales o indecorosos e introdujo una ley, por la que se restringía la ordenación al sacerdocio sólo a los candidatos de edad madura que habían sido probados a fondo y se habían distinguido en el servicio de la Iglesia por su sumisión a las reglas y su amor a la disciplina.

El santo Pontífice, en su calidad de pastor universal, tuvo que enfrentarse en el Oriente con dificultades más grandes que las de cualquiera de sus predecesores. El año 448, recibió una carta de un abad de Constantinopla, llamado Eutiques, quien se quejaba del recrudecimiento de la herejía nestoriana. San León respondió discretamente que iba a investigar el asunto. Al año siguiente, Eutiques escribió otra carta al Papa y mandó copia de ella a los patriarcas de Alejandría y de Jerusalén. En dicha carta protestaba contra la excomunión que había fulminado contra él san Flaviano, patriarca de Constantinopla, a instancias de Eusebio de Dorileo, y pedía ser restituido a su cargo. Con su carta iba otra del emperador Teodosio II en defensa suya. Como en Roma no se había recibido la noticia oficial de la excomunión, san León escribió a san Flaviano, quien le envió amplias informaciones sobre el sínodo que había excomulgado a Eutiques. En ella ponía en claro que Eutiques había caído en el error de negar la existencia de dos naturalezas en Cristo, cosa que constituía una herejía opuesta al nestorianismo. Por entonces, el emperador Teodosio convocó a un concilio en Éfeso, so pretexto de estudiar a fondo el asunto, pero el concilio estaba lleno de amigos de Eutiques y lo presidía uno de sus principales partidarios, Dióscoro, patriarca de Alejandría. El conciliábulo absolvió a Eutiques y condenó a san Flaviano, quien murió poco después, a resultas de los golpes que había recibido. Como los legados del Papa se negaron a aceptar la sentencia del conciliábulo, se les prohibió leer la carta de san León ante la asamblea. En cuanto san León se enteró del asunto, anuló las decisiones de la asamblea y escribió al emperador con estos consejos: «Deja a los obispos defender libremente la fe, pues ningún poder humano ni amenaza alguna son capaces de destruirla. Proteje a la Iglesia y consérvala en paz para que Cristo proteja, a su vez, tu Imperio».

Dos años después, en el reinado del emperador Marciano, se reunió en Calcedonia un Concilio ecuménico. Seiscientos obispos, entre los que se contaban los legados de san León, acudieron a él. El Concilio reivindicó la memoria de san Flaviano y excomulgó y depuso a Dióscoro. El 13 de junio del 449, san León había escrito a san Flaviano una carta doctrinal, en la que exponía claramente la fe de la Iglesia en las dos naturalezas de Cristo y refutaba los errores de los eutiquianos y nestorianos. Dióscoro había ignorado esa famosa carta, conocida con el nombre de «Carta Dogmática» o «Tomo de san León»; en esa ocasión se leyó en el Concilio. «¡Pedro ha hablado por la boca de León!», exclamaron los obispos, después de oír esa lúcida exposición sobre la doble naturaleza de Cristo, que se convirtió desde entonces en doctrina oficial de la glesia.

Entre tanto, habían tenido lugar en Occidente varios acontecimientos de importancia, en los que san León dio muestras de la misma firmeza y prudencia. Atila invadió Italia al frente de los hunos, el año 452; quemó la ciudad de Aquileya, sembró el terror y la muerte a su paso, saqueó Milán y Pavía y se dirigió hacia la capital. Ante la ineficacia del general Aecio, el pueblo se llenó de pánico; todas las miradas se volvieron hacia san León, y el emperador Valente III y el Senado le autorizaron para negociar con el enemigo. Poseído de su carácter sagrado y sin vacilar un solo instante, el Papa partió de Roma, acompañado por el cónsul Avieno, por Trigecio, gobernador de la ciudad y unos cuantos sacerdotes. Entró en contacto con el enemigo en la actual ciudad de Peschiera. San León y su clero se entrevistaron con Atila y le persuadieron para que aceptase un tributo anual, en vez de saquear la ciudad. Esto salvó a Roma de la catástrofe por algún tiempo. Pero tres años más tarde, Genserico se presentó a la cabeza de los vándalos ante las puertas de la ciudad, totalmente indefensa. En esta ocasión, san León tuvo menos éxito, pero obtuvo que los vándalos se contentasen con saquear la ciudad, sin matar ni incendiar. Quince días después, los bárbaros se retiraron al África con numerosos cautivos y un inmenso botín.

San León emprendió inmediatamente la reconstrucción de la ciudad y la reparación de los daños causados por los bárbaros. Envió a muchos sacerdotes a asistir y rescatar a los prisioneros en África y restituyó, en cuanto le fue posible, los vasos sagrados de las iglesias. Gracias a su ilimitada confianza en Dios, no se desalentó jamás y conservó gran serenidad, aun en los momentos más difíciles. En los veintiún años de su pontificado se había ganado el cariño y la veneración de los ricos y de los pobres, de los emperadores y de los bárbaros, de los clérigos y de los laicos. Murió el 10 de noviembre del 461. Sus reliquias se conservan en la basílica de San Pedro. El historiador Jalland, anglicano, resume el carácter de san León con cuatro rasgos: «su energía indomable, su magnanimidad, su firmeza y su humilde devoción al deber». La exposición que hizo san León de la doctrina cristiana de la Encarnación, fue uno de los momentos más importantes de la historia del cristianismo. «La más grande de sus realizaciones personales fue el éxito con que reivindicó la primacía de la Sede Romana en las cuestiones doctrinales». San León fue declarado doctor de la Iglesia mucho tiempo después, en 1754.

Entre los sermones que se conservan del santo, hay uno que predicó en la fiesta de San Pedro y San Pablo, poco después de la retirada de Atila. Empieza por comparar el fervor de los romanos en el momento en que se salvaron de la catástrofe con su actual tibieza y les recuerda la ingratitud de los nueve leprosos que sanó Cristo. A continuación les dijo: «Así pues, mis amados hermanos, debéis volveros al Señor, si no queréis que os reproche lo mismo que a los nueve leprosos ingratos. Recordad las maravillas que Él ha obrado con vosotros. Guardáos de atribuir vuestra liberación a los astros, como lo hacen algunos impíos; atribuidla únicamente a la infinita misericordia de Dios, que ablandó el corazón de los bárbaros. Sólo podéis obtener el perdón de vuestra negligencia, haciendo una penitencia que supere a la culpa. Aprovechemos el tiempo de paz que nos concede el Señor para enmendar nuestras vidas. Que san Pedro y todos los santos, que nos han socorrido en nuestras innumerables aflicciones, secunden las fervientes súplicas que elevamos por vosotros a la misericordia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».

A pesar del importante papel que desempeñó san León en la historia de su época, no existe ninguna biografía contemporánea. La narración del Liber Pontificalis es muy corta. Acerca de la nota que se conserva en los Menaion griegos, ver Analecta Bollandiana, vol. XXIX (1910), pp. 400-408. Naturalmente, la figura de san León ocupa un sitio importante en obras de carácter general acerca de la historia de la Iglesia, por ejemplo, en Jedin, Historia de la Iglesia, tomo II, Herder, pág. 338-369, y en especial desde la página 363, puede verse muy bien planteada la evolución del primado romano hasta la forma que adquiere con san León I. En Catholic Encyclopedia hay un excelente artículo sobre san León por nada menos que J.P. Kirch, e incluso está bien traducido en la versión castellana. Las obras y doctrina del Papa están extensamente tratados en la Patrología, de Quasten-Di Berardino, BAC, tomo III, pág. 719 a 747, con abundante y, hasta la edición del libro, actualizada bibliografía. El Oficio de Lecturas utiliza ampliamente la colección de textos, especialmente los sermones, de san León Magno, con unas 25 lecturas de su autoría (posiblemente sea el autor mejor representado en el año litúrgico), por ejemplo: Contemplación de la pasión del Señor, La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo, Reconoce la dignidad de tu naturaleza, Los días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión, Cristo vive en su Iglesia, sin que falte, naturalmente, una reflexión sobre el propio pontificado en la celebración litúrgica de hoy mismo.
La primera imagen es el cuadro dedicado al santo papa por Francisco Herrera el joven (1622-1685), que se encuentra en el Museo del Prado, y la segunda una Iluminación del encuentro de Atila y el Papa León, en el Cronicon Pictum, de hacia 1360.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el enlace de la página
Comentarios
por Carmen (i) (71.40.50.---) - martes , 10-nov-2015, 4:04:37
Estoy viendo por internet la misa en honor de éste gran Santo desde Florencia Italia.

Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos. Amén.
por Pilar De Luz (82.158.189.---) - jueves , 8-nov-2018, 6:32:25
Me interesa mucho su historia, porque como ha dicho el Papa, varias veces, que sabes celebrar nuestro cumpleaños,pero no nuestro bautismo, y a mi me bautizaron a los 13 días después de nacer un sábado y era la festividad del Papa León I Magno.
por Villamelon (104.28.50.---) - domingo , 10-nov-2024, 3:22:12
Abel: Que hay de la historia de que San Leon Magno le dice algo al oído a Atila y este se regresa inmediatamente? No es verdad?
por Abel (46.6.57.---) - domingo , 10-nov-2024, 6:59:33
Hola, la verdad que nunca leí yo la anécdota del encuentro como tú la comentas, es decir, que el motivo de la retirada hubiera sido algo que el santo le dijo al oído; más bien el relato tradicional es que san León sale con su séquito a encontrarse con Atila, le exige la retirada y este, contra toda previsión, lo acata, pero la explicación no es por lo que le haya dicho san León, sino porque Atila tuvo una visión de alguien celestial con la espada desenvainada al lado de san León, que se supone ser san Pedro o san Pablo. Es la escena que ha inmortalizado Rafael, y que se encuentra en la "Estancia de Rafael" en los Museos Vaticanos: https://www.museivaticani.va/content/museivaticani/es/collezioni/musei/stanze-di-raffaello/stanza-di-eliodoro/incontro-di-leone-magno-con-attila.html#&gid=1&pid=1.
Puede haber alguna variante con la forma en tú la dices, pero yo no la conzco.
La escena, desde luego, está aureolada por la leyenda, pero la retirada inexplicable del siempre vencedor Atila ante León, es un hecho histórico tan notable como difícil de explicar.
por Padre Joan Manuel Serra Oller (i) (79.156.140.---) - domingo , 17-nov-2024, 2:41:39
Convocó el importantísimo Concilio de Calcedonia: Jesús es Dios y hombre verdadero, no en apariencia.

https://drive.google.com/file/d/13m6Tgx6o15qCmxuk5pJGzBPvG5Whvfk0/view?usp=sharing

Homilía en castellano: 8'40"
por Padre Joan Manuel Serra Oller (i) (2.136.35.---) - lunes , 10-nov-2025, 11:22:16
Queridos Testigos de Jehová, abramos nuestras biblias // Benvolguts Testimonis de Jehovà, obrim les nostres bíblies

Domingo II después de Navidad

Pensamientos para la homilía:

(https://es.mossenjoan.com/homilies%20Mn%20Joan%20Manuel/nadal/Domigo%20II%20Navidad.docx)

Hermanos y hermanas, una de las 7 obras de misericordia espirituales es enseñar al que o sabe, o al que va errado.

Si alguna vez nos encontramos con algún Testigo de Jehová, nos sentamos con él amablemente y abrimos nuestras biblias (él la suya y nosotros la nuestra), por el primer capítulo del Evangelio de San Juan. Es el texto que acabamos de escuchar.

Y comparamos nuestra biblia con la de ellos, con relación al primer versículo del Evangelio de San Juan (Juan 1,1). Veremos que, sorprendentemente, en la biblia de los Testigos de Jehová se cambian unas mayúsculas por unas minúsculas.

Nuestra Biblia dice: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

En la suya pone: En el principio ya existía la palabra, y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era un dios.

Es decir que queda claro que caen en el grave error del arrianismo, del cual hablábamos ayer en la homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Para Arrio Jesús no es Dios, sino un ser creado, una persona humana, no divina. Ciertamente el más excelso de todos los seres creados, pero un ser creado, al fin y al cabo: no es Dios.

Los arrianos, entre ellos los Testigos de Jehová, niegan que Jesucristo sea Dios, pues consideran inadmisible que Dios se haya rebajado hasta el extremo de unir a su Persona Divina (a la Persona Divina del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad), nuestra naturaleza humana. Una naturaleza humana con todas sus limitaciones, y sobretodo capaz de sufrir, en el cuerpo y en el alma.

En cambio está claro lo que nos dicen los Evangelios. Jesús, a quien Tomás confiesa como “Señor mío y Dios mío”, se cansó hasta la extenuación, sufrió realmente, y a las puertas de la dolorosa Pasión sintió “en el alma una tristeza de muerte”.

No se dan cuenta los arrianos, entre ellos los Testigos de Jehová, que vacían al Cristianismo de todo su auténtico contenido. Dios ya no es un Dios que nos ama hasta el extremo de entregarse a Sí mismo por nosotros, sino que es un Dios distante, como el Dios de los filósofos (que no puede amar, porque no puede sufrir).

Recordábamos en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, que como respuesta a los arrianos, se convocó el Concilio de Nicea, en el año 325. En ese concilio, completado con el de Constantinopla, más tarde, se estableció la Fe de la Iglesia que recitamos cada domingo:

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado (como dice Arrio, como dicen los Testigos de Jehová), de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin…
Y recordábamos también esta tan acertada reflexión del famoso biblista católico Raymond Brown:

¿Por qué es tan importante lo que estamos diciendo, con relación a estos grandes concilios de la Iglesia (Nicea, Éfeso, Calcedonia)?

¿Qué más da que Jesús sea, o no, Dios, mientras sea nuestro salvador?

¿Qué más da que María sea, o no, Madre de Dios, mientras Jesús sea nuestro salvador?

Está en juego la fe de la Iglesia en el Amor de Dios.

Si Jesús no es Dios, dice el gran biblista, nuestra salvación a Dios no le ha costado nada. En cambio, si es Dios Verdadero, de Dios Verdadero, entonces sabemos que Dios nos ha amado hasta el extremo de entregarse a sí mismo por nosotros.

Al mismo tiempo, si Jesús no es verdadero hombre, al mismo tiempo que Verdadero Dios (Concilio de Calcedonia, del año 451), entonces le podemos admirar pero no lo podemos imitar.

En cambio, si es verdadero hombre sabemos que ha dado la vida con la misma agonía con que a nosotros nos toca dar la vida. Sabemos que realmente se cansó, hasta la extenuación, caminando por este mundo en la búsqueda angustiosa de la oveja perdida. Como nos toca a nosotros cansarnos hasta la extenuación, por nuestro mundo tan perdido, pero que Dios tanto ama.

Sabemos que a las puertas de la pavorosa Pasión sintió, como lo sentimos también nosotros a menudo, una tristeza en el alma como para morirse.

María es Madre de Dios porque el que nace de ella es Dios hecho hombre, y hecho realmente hombre, como nosotros, menos en el pecado.

De manera que cuando nos dice: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, sabemos que nos toca dar la vida con la misma agonía y sufrimiento con los cuales Él realmente, y no en apariencia, dio la vida por cada uno de nosotros.

María es Madre de Dios y Madre nuestra porque Jesús nos la dio como madre desde la Cruz.

Nosotros somos el discípulo amado, junto con María, al pie de la Cruz del Redentor.

Participando, con María, de una manera admirable, en la Obra de la Salvación de mundo.

¿Cómo?

Con nuestras oraciones y sacrificios ofrecidos por Amor. Tal y como nos gusta recordar tantas veces.

En la Eucaristía que nos disponemos a celebrar tenemos no sólo el memorial del Amor más grande que este mundo ha conocido. Tenemos también aquí la escuela de ese Amor.

Que María Santísima, Madre de Dios y Madre Nuestra, nos ayude a ser durante todo este año que empieza, unos excelentes alumnos en la escuela del Amor más grande. Y así ayudemos a traer Paz a nuestro mundo tan atribulado, y así lleguemos al cielo, después de este arduo peregrinar, pero no solitos, sino cada uno con un millón de amigos.

Que así sea / Que així sigui

Mn. Joan Manuel Serra i Oller jserrao@bisbatsantfeliu.cat

Nota: Queridos Testigos de Jehová, os confieso que os tengo una sana envidia. A pesar de ser, la vuestra, una verdad en minúscula, demostráis tener una gran generosidad a la hora de compartirla. Deberíamos aprender de vosotros, nosotros los Católicos, a la hora de compartir nuestra Verdad, que es Jesucristo, con nuestro mundo.

www.bisbatsantfeliu.cat / www.mossenjoan.com

Ver esta y otras homilías mías en:
www.mossenjoan.com/index_JMSO.html
www.evangelizaciondigital.org / www.movimientosacerdotalmariano.es
www.camino-neocatecumenal.org / www.mistica.es / www.carmelcat.cat

La Fe de la Iglesia en Dios Uno y Trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y en la Doble Naturaleza de Cristo (Dios y Hombre verdadero), está bellamente representada en los iconos orientales.
En la mano derecha, los tres dedos juntos indican el Misterio Trinitario, y los dos dedos separados indican la Doble Naturaleza de Cristo.
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En este Año Santo de la Misericordia, TENGAMOS MISERICORDIA DEL CIELO, QUE NOS PIDE AYUDA: LA POBREZA MÁS GRANDE ES LA CONDENACIÓN ETERNA: www.mossenjoan.com

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Verlo aquí también en Audio (Es una homilía dirente, pero sobre el mismo tema, de Jesús Dios y Hombre Verdadero):

Convocó el importantísimo Concilio de Calcedonia: Jesús es Dios y hombre verdadero, no en apariencia.

https://drive.google.com/file/d/13m6Tgx6o15qCmxuk5pJGzBPvG5Whvfk0/view?usp=sharing

Homilía en castellano: 8'40"
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