
Queridos hermanos y hermanas,
Me alegra mucho presidir esta Eucaristía con vosotros y para vosotros, Iglesia de Rímini. Lo hago como colofón de una jornada intensa, en la que he visitado la República de San Marino y el «Encuentro por la amistad entre los pueblos».
Ahora, al entrar en el día del Señor, es el momento de celebrar el Misterio que da sentido a todo y que es la culminación y la fuente de toda nuestra acción pastoral.
En el Evangelio que acabamos de escuchar (cf. Mt 16,13-20), Jesús pregunta a los discípulos: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?» (v. 15). Pedro responde, en nombre de todos: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (v. 16). También nosotros, tras dos milenios, estamos llamados a renovar la misma profesión de fe: estamos aquí porque creemos que Jesús es el Mesías, el Hijo eterno del Padre, consagrado y enviado al mundo «para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).
Sí, queridísimos, en las palabras de Pedro reconocemos la verdad que nos llena de alegría y esperanza, y encontramos el camino que conduce a la vida: el camino de Dios que se pone al servicio del hombre (cf. Fil 2,5-8), del Maestro que se inclina para lavar los pies a los discípulos (cf. Jn 13,12-15), del Pastor que se sacrifica por su rebaño (cf. Jn 10,11). Y es bajo esta luz como contemplamos el gesto de Jesús al entregar las llaves a Pedro (cf. Mt 16,19-20), porque en la Iglesia, a todos los niveles, la autoridad es servicio.
El Papa, los obispos, los sacerdotes y los diáconos son los primeros llamados a vivirla así, y a ellos debe unirse todo el Pueblo de Dios, cada uno según su vocación específica. De ello dio un magnífico testimonio, entre vosotros, el Siervo de Dios don Oreste Benzi, quien decía: «Nuestra vocación consiste […] en dejarnos conformar a Cristo pobre, a Cristo siervo, a Cristo que expía el pecado del mundo, a Cristo, el Hombre-Dios encarnado que vive entre nosotros en una forma de compartir dirigida a partir de los más desfavorecidos» (Con esta túnica raída, ed. Valerio Lessi, Bolonia 1991, p. 42).
En la Iglesia, de hecho, la misión de «atar» y «desatar», si bien por un lado se refiere al papel de quienes, en nombre del Señor, estamos llamados a ejercer la autoridad, por otro lado describe un estilo y una tarea que involucra a todo bautizado: la de abrazar, reunir, acoger, liberar, perdonar y emancipar a quienquiera que esté prisionero del pecado y de sus consecuencias, convirtiéndonos en administradores justos y sabios de los bienes que Dios nos confía, para que todo concurra, en la caridad, al bien de todos.
En la primera lectura (cf. Is 22,19-23), el profeta Isaías nos ha hablado de Sebna, un funcionario al que el rey Ezequías había confiado un gran proyecto de renovación religiosa, moral y social de Jerusalén y del reino de Judá.
Sin embargo, movido por la ambición y la codicia, este hombre poderoso había comenzado a abusar de la autoridad que se le había conferido, acumulando riquezas para sí mismo y para su círculo de amigos y familiares, y ejerciendo un dominio tiránico sobre el pueblo. Había olvidado que lo más importante de la misión en la que su Señor lo había involucrado no eran los medios económicos ni el poder, sino la posibilidad, a través de ellos, de promover un proyecto de renacimiento en beneficio de toda la comunidad. Por eso fue destituido y su misión se confió a Eliakim, un hombre honesto y libre de influencias, firme en su rectitud como una clavija clavada en la pared, según las palabras del Profeta (cf. v. 23).
El mensaje es claro: todo lo que somos y tenemos es un don de Dios, que nos ha sido confiado para que, en sus manos, podamos ser unos para otros instrumentos de salvación en la justicia, partiendo de los lugares y las personas con las que vivimos y trabajamos cada día, para dirigirnos, con un corazón grande y abierto, al mundo entero.
San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de los designios de Dios y dice que son insondables: no por la complejidad de sus razonamientos, sino por la desarmante inmensidad de su amor, que supera toda nuestra capacidad y expectativa, «pues de él —dice el Apóstol—, por medio de él y para él son todas las cosas» (Rom 11,36). Dios es sencillo, porque es pura caridad, y nos llama también a nosotros a amar con un corazón semejante al suyo, conformando nuestros caminos a los suyos y nuestros pensamientos a los suyos (cf. v. 33).
Estos valores de honestidad, gratuidad y benevolencia son notoriamente queridos por la gente de Romaña, sincera y de carácter jovial, trabajadora y solidaria. De ello dan testimonio los numerosos ejemplos de santos y beatos que nacieron aquí, ejerciendo la caridad y viviendo el Evangelio, a veces hasta el martirio. Así lo atestigua también el compromiso que aún hoy se mantiene vivo en las diversas realidades eclesiales, en las parroquias, en las familias, en la Acción Católica, en los distintos movimientos y asociaciones, en las obras de asistencia y de formación cristiana. Sin duda, es también por esta riqueza, además de por las bellezas naturales y artísticas de la costa adriática y del interior, por lo que muchísimas personas, procedentes de muchas partes de Italia y del mundo, acuden aquí cada año para pasar sus vacaciones.
Y, a este respecto, quisiera animaros a seguir adelante con el compromiso con el que procuráis que este territorio sea acogedor, no solo para el descanso y la diversión, sino también para el espíritu.
San Juan Pablo II, en su visita aquí hace muchos años, al hablar de esa vocación, subrayaba que «descansar no significa separarse de uno mismo. Al contrario —decía—, descansar significa encontrarse con uno mismo y reconciliarse con el propio interior» (Homilía de la Santa Misa en Rímini, 29 de agosto de 1982).
El mundo en el que vivimos ofrece muchas formas de ocio, algunas de las cuales, sin embargo, conducen más bien a la dispersión y a la ruina que a un verdadero «recuperar el sentido de uno mismo», y dejan un vacío en el corazón. Hay quien las llama «evasión», como si la vida cotidiana fuera una prisión de la que huir. Pero sabemos que el lugar más auténtico donde encontrar descanso, donde encontrarnos con Dios para encontrarnos verdaderamente entre nosotros, no está fuera, en el caos, sino dentro de nosotros, en lo más profundo del alma. Como comunidad cristiana estamos, por tanto, llamados de manera especial a cultivar esa experiencia y a transmitirla, a través de la apertura y la hospitalidad, tanto personal como institucional, en el cuidado y el recogimiento de las iglesias, en la disposición a ayudar y a practicar la caridad. Y esto tanto hacia quienes buscan un merecido tiempo de descanso tras un año de trabajo, como hacia quienes, heridos en el cuerpo y en el espíritu, piden refugio, alimento y asistencia lejos de su tierra.
Vuestro obispo, en una de sus cartas a la diócesis, ha escrito: «La oración, la unidad, la escucha, el valor, la sencillez, la gratitud, la belleza […] querrían indicar actitudes siempre presentes en cada fragmento de la vida» (Monseñor Nicolò Anselmi, Carta pastoral Amarás, serás feliz y disfrutarás de todo bien, ahora y en los siglos eternos, 14 de octubre de 2024). Queridos hermanos y hermanas, al volver a proponeros a todos esta importante invitación, para vuestra reflexión y vuestro compromiso, os doy las gracias una vez más por vuestra acogida, por vuestra participación llena de fe y alegría, y os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María, de San Gaudencio y de vuestros santos patronos.