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Documentación: Historia Eclesiástica
Libro V


Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X

Libro Quinto

El libro quinto de la Historia eclesiástica contiene lo siguiente:

{Prólogo}

1. Cuántos y de qué modo lucharon en tiempos de Vero por la religión en la Galia.

2. De cómo los mártires, amados de Dios, acogían y cuidaban de los que en la persecución habían fallado.

3. Qué aparición tuvo en sueños el mártir Atalo.

4. De cómo los mártires recomendaban a Ireneo en su carta.

5. De cómo Dios accedió a las oraciones de los nuestros e hizo llover del cielo para el emperador Marco Aurelio.

6. Lista de los que fueron obispos de Roma.

7. De cómo incluso hasta aquellos tiempos se realizaban por medio de los fieles milagros portentosos.

8. De cómo Ireneo menciona las diversas Escrituras.

9. Los que fueron obispos bajo Cómodo.

10. De Panteno, el filósofo.

11. De Clemente de Alejandría.

12. De los obispos de Jerusalén.

13. De Rodón y las disensiones que menciona de los marcionitas.

14. De los falsos profetas catafrigas.

15. Del cisma de Blasto en Roma.

16. Lo que se menciona acerca de Montano y de los pseudoprofetas de su acompañamiento.

17. De Milcíades y los tratados que compuso.

18. En qué términos también Apolonio refutó a los catafrigas y a quiénes menciona.

19. De Serapión sobre la herejía de los frigios.

20. Lo que Ireneo discute por escrito con los cismáticos de Roma.

21. De cómo Apolonio murió mártir en Roma.

22. Qué obispos eran célebres en aquellos tiempos.

23. De la cuestión movida por entonces en tomo a la Pascua.

24. Sobre la disensión de Asia.

25. De cómo hubo acuerdo unánime entre todos acerca de la Pascua.

26. Cuánto ha llegado hasta nosotros del saber de Ireneo.

27. Cuánto también de los restantes que florecieron con él en aquella época.

28. De los que acogieron la herejía de Artemón desde el principio, cuál fue su comportamiento y de qué modo osaron corromper las santas Escrituras.

Notas:

Nota de ETF: los links del sumario puestos entre {} son agregados de esta edición electrónica para que los vínculos dirijan correctamente a sus respectivos textos.

[Prólogo]

1 Así, pues, Sotero, el obispo de la iglesia de Roma, murió tras gobernar hasta su octavo año, y le sucedió Eleuterio, duodécimo a partir de los apóstoles l. Corría el año decimoséptimo del emperador Antonino Vero 2. En este tiempo se reavivó con mayor violencia en algunas partes de la tierra la persecución contra nosotros 3 y, por los ataques de los habitantes de las ciudades, se puede conjeturar que fueron millares los mártires que se distinguieron si tenemos en cuenta lo ocurrido en una sola nación, que, por ser verdaderamente digno de recuerdo inolvidable, se ha transmitido por escrito a la posteridad.

2 El escrito íntegro del completísimo relato acerca de estos hechos queda incorporado a nuestra Recopilación de Martirios4, que comprende una explicación no sólo narrativa, sino también instructiva. En la presente obra recogeré y citaré al menos cuanto aquélla contenga sobre el tema que nos ocupa.

3 Otros, al hacer las narraciones históricas, acaso no hayan transmitido por escrito más que victorias de guerras, trofeos contra enemigos, hazañas de generales y valentías de soldados manchados de sangre y de muertes innumerables por causa de los hijos, de la patria y demás bienes.

4 Nuestra obra, en cambio, que describe el género de vida 5 según Dios, grabará en estelas eternas las más pacíficas luchas por la misma paz del alma y el nombre de los que en ellas se comportaron varonilmente, más por la verdad que por la tierra patria, y más por la religión que por los seres queridos, y se proclamará públicamente, para eterna memoria, la resistencia de los atletas de la fe, su bravura, curtida en mil sufrimientos, los trofeos logrados contra los demonios, las victorias sobre los adversarios invisibles y, después de todo, sus coronas.

Notas:

1 Repite en parte el final del libro anterior, como hizo ya supra III 1,1. Según la Crónica, el pontificado de Sotero abarcó desde el 168 (ed. HELM, p.205) hasta el 177, en que le sucede Eleuterio (ibid., p.207).

2 De nuevo la consabida confusión de Eusebio (cf. supra IV 13,1 nota 77). Si tenemos en cuenta que a Lucio Vero nunca en la Crónica le llama Antonino, y que infra 9, asigna al imperio de Marco Aurelio una duración de diecinueve años (la muerte de Lucio Vero en 169 no la mienta más que en la Crónica (ad annum 169: HELM, p.205), es casi seguro que este Antonino Vero es Marco Aurelio. Con ello reconocería que también bajo este emperador hubo persecuciones, a pesar de que en la Crónica sitúa los martirios de Lión en 167 (ed. HELM, p.205), es decir, todavía en vida de Lucio Vero.

3 P. Keresztes (Marcus Aurelius a Persecutor?: HTR 61 [1968] 321-341) llega a la conclusión de que entre 161 y 180 hubo dos oleadas de persecuciones (la más fuerte, en torno a 177), que fueron «el resultado muy indirecto e inesperado de decretos de Roma que afectaban a todo el Imperio y que fueron promulgados en circunstancias extremadamente críticas, con el fin de restaurar la paz por todo el Imperio» (p.340). Algunos gobernadores y altos funcionarios, sobre todo empujados por las turbas, los utilizaron contra los cristianos. Cf. M. Sordi, I «nuovi decreti» ai Marco Aurelio contro i cristiani: Studi Romani 9 (1961) 365-378; T. D. Barnes, Eusebius and the date of martyrdoms, en Les martyrs de Lyon (177) (Paris 1978) p. 137-143

4 Cf. supra IV 15,47 nota 120; W. Schamoni, Märtyrer der Frühkirche. Berichte und Dokumente des Eusebius von Caesarea (Düsseldorf 1964).

5 πολίτευμα, con su sentido de género de vida o conducta, se acerca al significado de constitución o conjunto de leyes que rigen esa conducta, análogo al de πολιτεία; cf. Eusebio, PE 7,8,40; 12,33,3; Sirinelli, pág 141.

Cap. 1
[Cuántos y de qué modo lucharon en tiempos de Vero por la religión en la Galia]

1 Fue, pues, la Galia el país en que se preparó el estadio, lugar de los hechos mencionados. Dos metrópolis eran célebres por su distinción y por su importancia entre las otras: Lión y Viena6. Ambas están atravesadas por el Ródano, que fluye a lo largo de todo el país con gran caudal.

2 Las ilustrísimas iglesias de aquella región transmitieron a las iglesias de Asia y Frigia7 la carta acerca de los mártires, y narran lo ocurrido de la siguiente manera. Citaré sus propias palabras.

3 «Los siervos de Cristo que peregrinan 8 en Viena y en Lión de la Galia, a los hermanos que en Asia y en Frigia comparten con nosotros la misma fe y la misma esperanza de la redención: paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Jesucristo, Señor nuestro»9.

4 Después, a continuación de esto, siguen diciendo otras cosas en plan de prólogo y dan comienzo a su relato en los términos siguientes:
«Describir, pues, con justeza la magnitud de esta tribulación de aquí10, el grado de irritación de los paganos contra los santos y el número de sufrimientos que los bienaventurados mártires soportaron, ni está en nuestra capacidad ni siquiera es posible encerrarlo en un escrito 11.

5 »Y es que el adversario 12 atacó con todas sus fuerzas, preludiando ya el descaro de su inminente venida. Por todo se metió, acostumbrando a los suyos y ejercitándolos de antemano contra los siervos de Dios, de suerte que no sólo se nos expulsa de las casas, de los baños y de las plazas, sino que incluso prohíben que alguno de nosotros se deje ver lo más mínimo en el lugar que sea.

6 »Pero la gracia de Dios oponía su estrategia: retenía a los débiles y presentaba de frente una formación de sólidas columnas 13, capaces de atraer sobre sí, con su paciencia, todo el ímpetu del malvado. Estos marcharon a su encuentro, soportando toda suerte de injurias y castigos 14. Considerando poco lo que era mucho, apresuraban su paso hacia Cristo y mostraban realmente que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que está para ser revelada en nosotros 15.

7 »En primer lugar soportaron generosamente los asaltos masivos de toda la plebe: insultos, golpes, zarándeos, rapiñas, apedreo, desfiles entre apreturas y todo cuanto suele gustar a una plebe enfurecida contra gentes que considera odiosas y enemigas.

8 »Y después de ser conducidos a la plaza pública y de ser juzgados por el tribuno y por los magistrados de la ciudad en presencia de toda la muchedumbre, fueron encerrados en la cárcel hasta la llegada del gobernador 16.

9 »Más tarde los condujeron ante el gobernador. Como éste usara de toda su crueldad contra nosotros, uno de los hermanos, Vetio Epágato 17, que poseía en plenitud el amor a Dios y al prójimo y cuya conducta había sido tan estricta que, aun siendo joven, se hizo acreedor del testimonio del anciano Zacarías, ya que había caminado irreprochablemente en todos los mandamientos y preceptos del Señor 18, diligente en todo servicio al prójimo, con mucho celo de Dios 19 y fervor de espíritu 20, por ser de tal índole, no soportó que se procediera contra nosotros con un juicio tan irracional. Fuertemente indignado, pidió ser también él escuchado y defendió, en favor de los hermanos, que entre nosotros nada hay de ateo ni de impío.

10 »Los que rodeaban el tribunal la emprendieron a gritos contra él—pues era hombre relevante—, y el juez, no tolerando la petición así propuesta por él, deseaba únicamente saber si también él era cristiano. Como Vetio lo confesara con voz clarísima, también él fue recibido en las filas de los mártires 21. Se le llamó consolador de los cristianos, pues dentro de sí tenía al consolador, el Espíritu de Zacarías 22, el que había mostrado con la plenitud de su amor al tener a bien salir en defensa de los hermanos y exponer su propia vida 23; porque era y sigue siendo genuino discípulo de Cristo, que va en pos del Cordero adonde quiera que vaya 24.

11 »A partir de aquí, los demás se dividen: aparecen claramente los preparados para dar testimonio 25, los que con todo su ardor completaban la confesión del martirio; mas también se manifestaron los que no estaban dispuestos, faltos de ejercicio y hasta débiles, incapaces de aguantar la tensión de un gran combate. De ellos abortaron unos diez 26. Grande fue la aflicción e inmenso el dolor que nos causaron y grave el quebranto propinado al entusiasmo de los otros que no habían sido arrestados con ellos y que, a pesar de estar padeciendo toda clase de horrores, con todo, asistían a los mártires y no los abandonaban.

12 »Pero entonces 27 todos quedamos en gran manera aterrados ante la incertidumbre de la confesión, no por temor a los castigos, sino porque veíamos lejano el fin y temíamos que alguno sucumbiera.

13 »Sin embargo, cada día iban deteniendo a los que eran dignos de completar el número de aquéllos, tanto que juntaron de las dos iglesias a todas las personas importantes, gracias sobre todo a las cuales tenían consistencia los asuntos de aquí.

14 »Fueron apresados también algunos paganos, criados de los nuestros, cuando el gobernador mandó que se nos buscara a todos nosotros 28. Estos, por insidias de Satanás, temiendo los tormentos que veían padecer a los santos y empujados a ello por los soldados, nos acusaron falsamente 29 de cenas tiesteas, de promiscuidades edipeas y de tantas otras cosas que a nosotros ni decirlas ni pensarlas es lícito, ni creer siquiera que tales cosas se hayan dado entre los hombres.

15 »Cuando este rumor se esparció, todos se revolvieron como fieras contra nosotros, tanto que, si a lo primero algunos se conducían con moderación por amistad, entonces empezaron a mostrarse muy hostiles y rabiosos contra nosotros 30. Se estaba cumpliendo lo que dijera nuestro Señor: Un tiempo vendrá en que todo el que os mate pensará estar dando culto a Dios 31.

16 »Desde entonces los santos mártires soportaron castigos que exceden a toda descripción, mientras Satanás se esforzaba por arrancarles también alguna palabra blasfema.

17 »Toda la furia de la muchedumbre, del gobernador y de los soldados se abatió desbordada sobre el diácono Santos, de Viena32, sobre Maturo, recién bautizado, pero noble luchador, sobre Atalo, oriundo de Pérgamo y que siempre había sido columna y fundamento 33 de los cristianos de aquí, y sobre Blandina, por medio de la cual Cristo demostró que lo que entre los hombres aparece vulgar, deforme y fácilmente despreciable, por parte de Dios se considera digno de gran gloria 34 a causa del amor hacia Él, amor que se muestra en la fuerza y que no se jacta de la apariencia 35.

18 »Efectivamente, mientras todos nosotros estábamos medrosos y su misma dueña carnal 36—también ella una de nuestros mártires combatientes—temíamos que por la flaqueza de su cuerpo no tuviese fuerzas para proclamar libremente su confesión, Blandina se vio llena de una fuerza tan grande que extenuaba y agotaba a los que, por turno y de todas las maneras, la iban torturando desde el amanecer hasta el ocaso; ellos mismos confesaban que estaban vencidos, sin poder hacer ya nada con ella, y se admiraban de cómo podía mantenerse con aliento estando todo su cuerpo desgarrado y abierto, y atestiguaban que una sola especie de suplicio bastaba para quitar la vida, sin necesidad de tantos ni tan terribles.

19 »Mas la bienaventurada mujer, como noble atleta, rejuvenecía en la confesión, y era para ella recuperación de fuerzas, descanso y ausencia de dolor en medio de los acontecimientos el decir: '¡Soy cristiana, y nada malo se hace entre nosotros!'

20 »También Santos soportó noblemente, más allá de toda humana medida, todos los malos tratos que provienen de los hombres. Los inicuos esperaban que por la persistencia y magnitud de los tormentos escucharían de él algo indebido, pero les resistió con tal firmeza, que no reveló ni su propio nombre, ni el de su familia, ni el de la ciudad de donde provenía ni si era esclavo o si era libre, sino que a todo lo que se le preguntaba respondía en latín: '¡Soy cristiano!' En lugar de su nombre, de su ciudad, de su familia y de todo, esto es lo que sucesivamente iba confesando, y ninguna otra palabra escucharon de él los paganos.

21 »Por esta razón, lo mismo el gobernador que los torturadores se ensañaron contra él de tal manera, que, cuando ya no sabían qué hacerle, por último le aplicaron planchas de cobre candentes a los miembros más delicados de su cuerpo.

22 »Estos, ciertamente, se quemaban, pero él se mantuvo inflexible y firme, constante en la confesión, rociado 37 y fortalecido por la fuente eclesial del agua viva que brota de la entraña de Cristo 38.

23 »Su cuerpo atestiguaba lo ocurrido: todo él era una llaga, todo confusión, encogido y perdida toda forma humana 39; pero Cristo padecía en él y realizaba grandes glorias anulando al adversario y mostrando, para ejemplo de los demás40, que nada hay temible allí donde está el amor del Padre41, ni doloroso donde la gloria de Cristo42.

24 »Efectivamente, después de algunos días, aquellos malvados comenzaron de nuevo a torturar al mártir, pensando que podrían vencerlo si, estando sus carnes43 hinchadas e inflamadas, le aplicaban los mismos suplicios ahora que ni siquiera soportaba el roce de las manos, o bien que, si moría en medio de los tormentos, infundiría temor a los demás. Pero no solamente no ocurrió con él nada semejante, sino que, contra lo que todos pensaban, se recuperó, y su cuerpo se enderezó entre los tormentos que siguieron y recobró su prístina forma y el uso de los miembros, de manera que la segunda tortura fue para él no un suplicio, sino curación por la gracia de Cristo.

25 »Y Bíblida también, una de las que habían renegado. Ya pensaba el diablo que la tenía devorada44, mas, queriendo además condenarla por blasfemia, la condujo a la tortura y la forzaba a declarar sobre nosotros aquellas impías calumnias, seguro ya de su fragilidad y cobardía.

26 »Pero ella, en el tormento, volvió en sí y, por así decirlo, despertó de un profundo sueño. Recordando entonces, gracias a aquellos castigos temporales, el castigo eterno en el infierno45, se puso, por el contrario, a replicar a los detractores y decía: '¿Cómo podrían comer a un niño estas gentes si ni siquiera les está permitido comer sangre de animales irracionales?' 46 Y desde ese instante confesaba que también ella misma era cristiana, y fue incorporada a la fila de los mártires.

27 »Anulados por Cristo los tormentos de los tiranos mediante la constancia de los santos, el diablo se puso a idear otros recursos47, el encerramiento en el lugar más oscuro y peor de la cárcel, la distensión de los pies en el cepo, separados hasta el quinto agujero 48, y los demás suplicios que los funcionarios airados y endiablados acostumbraban a infligir a los presos, tanto que en la cárcel murieron asfixiados la mayor parte, al menos cuantos el Señor quiso que así murieran, mostrando su propia gloria49.

28 »Efectivamente 50, algunos que habían sido cruelmente torturados hasta el punto de parecer que no podrían ya vivir aunque se les diera toda clase de cuidados, permanecían en la cárcel, desprovistos, claro está, de toda asistencia humana; pero, fortalecidos por el Señor 51 en sus cuerpos y en sus almas, animaban y consolaban a los demás. Otros, en cambio, jóvenes y recién detenidos, cuyos cuerpos no habían sido torturados previamente, no soportaban el peso del encerramiento y morían allí dentro.

29 »El bienaventurado Potino, a quien se tenía confiado el ministerio del episcopado de Lión 52, sobrepasaba la edad de noventa años y su cuerpo estaba débil. Por causa de esta su debilidad corporal, apenas si podía respirar, mas, por su gran deseo del martirio, el ardor de su espíritu le devolvía las fuerzas53. También él fue arrastrado al tribunal con el cuerpo deshaciéndose por la vejez y la enfermedad, pero con su alma dentro, conservada para que por ella triunfara Cristo54.

30 »Llevado por los soldados ante el tribunal con acompañamiento de las autoridades de la ciudad y de toda plebe gritándole toda clase de injurias 55, como si él mismo fuera Cristo, dio hermoso testimonio 56.

31 »Al interrogarle el gobernador quién era el Dios de los cristianos, dijo: 'Si eres digno, lo conocerás' 57. Entonces se le arrastró sin miramientos y sufrió diversas heridas; los que estaban cerca le propinaban toda especie de vejámenes con pies y manos, sin el menor respeto a su edad, y los que estaban lejos cada cual arrojaba contra él lo que a mano tenía, y todos creían faltar gravemente y ser unos impíos si omitían alguna insolencia contra él, pues, pensaban que así vengaban a sus dioses. Él, respirando apenas, fue arrojado en la cárcel, y al cabo de dos días entregó su alma.

32 »Fue entonces cuando tuvo lugar una gran dispensación de Dios y se manifestó la inmensa misericordia de Jesús, como raramente se había dado en la comunidad de hermanos, pero muy de acuerdo con el arte de Cristo.

33 »Efectivamente, los que habían renegado en las primeras detenciones fueron también encarcelados y compartían los mismos horrores, ya que en esta ocasión de nada les sirvió su apostasía. A los que confesaban lo que en verdad eran, se los encerraba como cristianos, sin ninguna otra acusación de más; en cambio, a los otros, se los retenía como homicidas e impuros y los castigaban doble que a los demás 58.

34 »Y es que a los primeros les aliviaba la alegría del martirio, la esperanza de lo prometido, el amor de Cristo y el Espíritu del Padre, mientras que a estos otros, su conciencia los atormentaba grandemente, hasta el punto de que, al pasar, podían ser reconocidos por su aspecto entre todos.

35 »Efectivamente, mientras los unos avanzaban gozosos, con mezcla de gloria y de gracia abundantes en sus rostros, de manera que incluso las cadenas los ceñían como espléndido adorno, igual que una novia ataviada con abigarradas fimbrias de oro 59, y esparcían al mismo tiempo el buen olor de Cristo 60 hasta hacer pensar a algunos que se habían ungido con perfumes mundanos, los otros, por el contrario, lo hacían sombríos, cabizbajos, disformes y llenos de toda fealdad, y, por si fuera poco, hasta los paganos los tildaban de innobles y cobardes: tenían la acusación de homicidas a cambio de haber perdido su nombre venerabilísimo, glorioso y vivificador. Cuando los demás contemplaron esto, se reafirmaron, y los que iban siendo detenidos confesaban ya sin vacilación y sin tener un pensamiento de cálculo diabólico».

36 Después de añadir a lo dicho algunas cosas intermedias continúan:
«Después de esto, en adelante los géneros de muerte de los mártires eran variadísimos, pues con flores de toda especie y de colores diferentes trenzarán ellos una sola corona para ofrecérsela al Padre, y así era necesario que aquellos generosos atletas, después de haber mantenido una lucha variada y haber vencido en toda la línea, recibieran la gran corona de la inmortalidad61.

37 »Así, pues, Maturo y Santos, lo mismo que Blandina y Atalo, fueron conducidos a las fieras, al lugar público y para común espectáculo de la inhumanidad de los paganos, pues el día de lucha de fieras se dio precisamente por causa de los nuestros.

38 »En el anfiteatro, Maturo y Santos pasaron de nuevo por toda clase de tormentos igual que si antes no hubieran padecido nada en absoluto, o mejor, como atletas que han vencido ya en muchos lances62 al contrincante y que siguen luchando por la misma corona. De nuevo sufrieron las pasadas de látigos, allí acostumbradas 63, los tirones de las fieras y todo cuanto el pueblo enloquecido, cada cual desde su sitio, gritaba y ordenaba. Y como remate de todo, la silla de hierro, donde los cuerpos, al asarse, lanzaban hasta el público un olor de carne quemada.

39 »Pero éstos, ni con todo eso cejaban, sino que todavía se acrecentaba su frenesí queriendo vencer la constancia de aquéllos. Pero ni aun así lograron escuchar de Santos otra cosa que la frase de confesión 64 que desde el comienzo acostumbraba a repetir.

40 »Así, pues, los mártires, como quiera que después de atravesar el gran combate seguían con mucha vida, por último fueron sacrificados65, convertidos ellos mismos en espectáculo para el mundo 66 aquel día en sustitución de la variada serie de combates de gladiadores.

41 »A Blandina, en cambio, la colgaron de un madero, y quedó expuesta para pasto de las fieras, que se arrojaban a ella. Con sólo verla colgando en forma de cruz 67 y con su oración continua, infundía muchos ánimos a los otros combatientes, que en este combate veían con sus ojos corporales, a través de su hermana, al que por ellos mismos había sido crucificado. Y así ella persuadía 68 a los que creen en Él de que todo el que padece por la gloria de Cristo entra en comunión perpetua con el Dios vivo.

42 »Al no tocarla por entonces ninguna fiera 69, la bajaron del madero y de nuevo se la llevaron a la cárcel, guardándola para otro combate70; así, tras vencer aún en más lides, de una parte haría implacable la condena de la serpiente tortuosa 71, y de otra animaría a sus hermanos; ella, pequeña, débil y despreciada, pero revestida del grande e invencible atleta, Cristo 72, batiría en repetidas suertes al adversario, y por el combate se ceñiría la corona de la incorruptibilidad 73.

43 »Atalo, por su parte, también fue reclamado con gran empeño por la plebe (pues tenía gran renombre). Entró ya como luchador entrenado, gracias a su buena conciencia, pues se había ejercitado sinceramente en la disciplina cristiana y siempre había sido entre nosotros testigo de la verdad.

44 »Se le hizo conducir dando la vuelta al anfiteatro, precedido de un cartel en que estaba escrito en latín: 'Este es Atalo, el cristiano' 74, mientras el pueblo se enardecía terriblemente contra él. Al enterarse el gobernador de que era romano, mandó que lo llevasen con los demás que estaban en la cárcel, acerca de los cuales escribió una carta al emperador y quedó esperando su respuesta 75.

45 »El tiempo que medió no fue ocioso ni estéril para ellos 76, sino que, por su paciencia, se manifestó la inmensa misericordia de Cristo: por vivir ellos, revivían los muertos, y por ser mártires, otorgaban la gracia a los que no lo eran 77; así, mucha fue la alegría de la Virgen Madre al recobrar vivos a los mismos que había abortado muertos 78.

46 »Efectivamente, por medio de ellos, la mayoría de los que habían renegado volvían sobre sus pasos79 y de nuevo eran concebidos, se reanimaban y aprendían a confesar y, ya con vida y bien robustecidos, se iban acercando al tribunal para ser de nuevo interrogados por el gobernador, mientras Dios, que no quiere la muerte del pecador 80, sino que es favorable al arrepentimiento, les suavizaba el camino.

47 »Efectivamente, el emperador disponía en su rescripto que los unos fueran degollados y los otros, con tal que renegaran, absueltos81. Al empezar a tenerse la gran fiesta local (concurren a ella en muchedumbre gentes de todas las razas), el gobernador hizo llevar de nuevo al tribunal a los bienaventurados, en plan de teatro y de espectáculo para las muchedumbres. Por eso les interrogó de nuevo, y a los que parecían estar en posesión del título de ciudadanos romanos, los hacía decapitar82, mientras que a los demás los mandaba a las fieras.

48 »Mas Cristo fue grandemente glorificado en aquellos que primeramente habían renegado y que ahora, contra lo que podían sospechar los paganos, confesaban su fe. A éstos, efectivamente, se los interrogaba en privado, como si al punto hubieran de ser puestos en libertad, pero al confesar su fe se los iba añadiendo a la fila de los mártires. Quedaron fuera, sin embargo, los que nunca tuvieron ni un vestigio de fe, ni sentido de la vestidura nupcial83 ni idea del temor de Dios 84, sino que con su manera de vivir infamaban el camino 85, es decir, los hijos de la perdición 86.

49 »En cambio, a los demás, a todos, se los incorporó a la Iglesia87. Cuando estaban siendo interrogados, un tal Alejandro, frigio de nacimiento y médico de profesión, que había vivido muchos años en las Galias y que de casi todos era conocido por su amor a Dios y por la franqueza de su hablar88 (pues también participaba del carisma apostólico) 89, se hallaba de pie junto al tribunal y con gestos los animaba a la confesión, pareciendo a los que rodeaban la tribuna como que tuviera dolores de parto 90.

50 »La plebe, enfureciéndose porque de nuevo confesaban los que primeramente renegaran, se puso a gritar contra Alejandro, creyéndole causante de todo, y el gobernador, reparando en él, le preguntó quién era y, como éste respondiese: 'Un cristiano', montó en cólera y le condenó a las fieras. Y al día siguiente entró en la arena junto con Atalo, ya que el gobernador, por congraciarse con la plebe, entregó de nuevo a Atalo a las fieras.

51 »Los dos pasaron por todos los instrumentos inventados para torturar en el anfiteatro y sostuvieron un gran combate. Por último también ellos fueron sacrificados 91. Alejandro ni sollozó ni murmuró lo más mínimo, sino que en su corazón conversaba con Dios.

52 »Atalo, en cambio, cuando le pusieron sobre la silla de hierro y empezó a quemarse y de su cuerpo se desprendía el olor de carne asada, dijo dirigiéndose en latín a la muchedumbre: '¡Ya lo veis!, esto es comer hombres, lo que vosotros estáis haciendo. En cambio, nosotros ni comemos hombres ni hacemos ninguna otra cosa de malo'. Y como le preguntaran qué nombre tiene Dios, contestó: 'Dios no tiene nombre como un hombre' 92.

53 »Después de todo esto, el último día de luchas de gladiadores fue de nuevo llevada Blandina junto con Póntico, muchacho de unos quince años. Cada día se los había introducido para que viesen las torturas de los demás. Empezaron obligándoles a jurar por los ídolos de los paganos; mas como ellos permanecieron firmes y hasta los menospreciaron, la muchedumbre se puso enfurecida contra ellos hasta el punto de no tener lástima de la edad del muchacho ni respeto del sexo femenino.

54 »Los entregaron a todos los horrores y les hicieron recorrer todo el ciclo de torturas, una tras otra, probando a forzarles a jurar, sin que pudieran conseguirlo. Efectivamente, Póntico, animado por su hermana hasta el punto de que incluso los paganos podían ver que era ella la que le exhortaba y confortaba, después de sufrir generosamente toda clase de tormentos, entregó el espíritu 93.

55 »Y la bienaventurada Blandina, la última de todos, como noble madre que ha infundido ánimos a sus hijos y los ha enviado por delante victoriosos a su rey 94, después de hacer también ella el recorrido de todos los combates de sus hijos, volaba hacia ellos alegre y gozosa de la partida, como si fuera invitada a un banquete de bodas 95 y no arrojada a las fieras.

56 »Después de los látigos, después de las fieras y después de las parrillas, por último la echaron a un toro. Lanzada a lo alto largo rato por el animal, insensible ya a lo que le estaba ocurriendo por su esperanza suspensa de cuanto había creído y por su conversación con Cristo, también ella fue sacrificada 96, mientras incluso los mismos paganos confesaban que jamás entre ellos una mujer había padecido tantos y tales suplicios.

57 »Pero ni aun así se hartó su vesania y crueldad para con los santos, porque, incitada por una fiera salvaje 97, aquella tribu salvaje y bárbara 98 no podía fácilmente acallarse. Su cruel insolencia tomó otro rumbo particular: cebarse en los cadáveres.

58 »En efecto, el haber sido vencidos no les causaba la menor vergüenza, ya que no reflexionaban como hombres, sino que enardecía todavía más su cólera, como de fiera, y así, tanto el gobernador como la plebe demostraban tener el mismo odio injusto contra nosotros, para que se cumpliera la Escritura: que el injusto continúe en sus injusticias, y que el justo siga siendo justificado 99.

59 »Efectivamente, a los que habían perecido asfixiados en la cárcel los arrojaban a los perros, vigilando cuidadosamente noche y día para evitar que alguno de nosotros les hiciera honras fúnebres. También entonces expusieron los restos dejados por las fieras y por el fuego, en parte despedazados y en parte carbonizados, y durante algunos días seguidos custodiaron con guardia militar las cabezas de los otros, junto con sus troncos, asimismo insepultos.

60 »Y sobre esos restos los unos rezongaban y rechinaban los dientes 100, buscando tomarse de ellos alguna venganza suplementaria; los otros se reían y se mofaban, a la vez que engrandecían a sus ídolos, a los que atribuían el castigo de aquéllos, y los más moderados y que parecían compadecerse un poco menudeaban insultos diciendo: '¿Dónde está su Dios y de qué les aprovechó su religión, la que han preferido incluso a su propia vida?' 101.

61 »Así de variada era la actitud de aquéllos; nosotros, en cambio, nos hundíamos en gran dolor porque no podíamos enterrar los cuerpos, ya que ni la noche nos ayudaba en ello, ni el dinero lograba persuadir ni las súplicas ablandar, sino que por todos los medios los custodiaban como si en el hecho de que los cuerpos no recibieran sepultura ellos tuviesen gran ganancia».

62 A continuación de esto, después de algunas otras cosas, dicen:
«Así, pues, los cuerpos de los mártires, después de ser expuestos al escarnio en todos los modos posibles y de estar a la intemperie durante seis días, fueron luego quemados y reducidos a ceniza, que aquellos impíos arrojaron al río Ródano, que pasa por allí cerca, para que ni siquiera sus reliquias fuesen ya visibles sobre la tierra.

63 »Y esto lo hacían pensando que podrían vencer a Dios y arrebatarles a aquéllos su nuevo nacimiento 102, con el fin de que, según ellos decían, 'ni siquiera esperanza tengan de resurrección; persuadidos de ella, nos están introduciendo una religión extraña y nueva, desprecian los tormentos y vienen dispuestos y alegres a la muerte: veamos ahora si van a resucitar y si puede su Dios socorrerles y arrancarlos de nuestras manos'» 103.

Notas:

6 Siempre había sido objeto de estudio especial la distinción de estas dos iglesias, el número de sus miembros y su real importancia; cf. E. Griffe, La Gaule chrétienne à l'époque romaine. I: Dts origines chrétiennes à la fin du IVe siècle (Paris-Tolosa 1947)· Pero el año 1964 trajo la gran sorpresa, por obra y gracia de J. Colin, buen conocedor de inscripciones y papiros, con sus artículos: Martyrs grecs de Lyon ou martyrs Galates? (Eusèbe, Hist. Eccl. V 1) : L'Antiquité Classique 33 (1964) 108-115; —Saint Irénée était-il évêque de Lyon? : Latomus 23 (1964) 81-85; y sobre todo en su libro: L'Empire des Antonins et les martyrs gaulois de 177.· Collect. Antiquitas 10 (Bonn 1964), en el que prueba su teoría, a saber: Eusebio habría confundido nada menos que la Galacia del Ponto con la Galia de Occidente; ha tenido poca resonancia; citaremos los estudios de S. ROSSI, Ireneo fu vescovo di Lione: Giornale Italiano di Filología 17 (1964) 239-54; Id., II Cristianesimo della Gallia e i martiri di Lione: ibid., p.189-320, y el de B. Hemmerdinger, Saint Irénée évêque en Gaule ou en Galatie?: REG 77 (1964) 191-192; ambos autores defienden la interpretación tradicional de Eusebio. Cf. los estudios recogidos en: Les martyrs de Lyon (177). [Colloque tenu à] Lyon, 10-13 sept. 1977 (Colloques internat, du CNRS, 575) Paris 1978.

7 Esta carta, según P. Nautin. «en realidad va destinada a combatir el influjo en las iglesias de Asia y Frigia de un partido de 'mártires' que rehusaba la penitencia a los apóstatas y fomentaba el encratismo so capa de preparar a los cristianos para una posible vuelta de la persecución»; Lettres et Ecrivains chrétiens des IIe et IIIe siècles: Patrística 2 (Paris 1961) 36. La explicación tradicional de las relaciones entre puntos tan distantes es que dichas iglesias de la Galia debían de estar formadas principalmente por cristianos emigrados de Asia Menor.

8 Cf. supra IV 15,3.

9 Cf. 2 Pe 1,1-2.

10 Aunque la carta fuera probablemente escrita en Viena (en el § 1 ésta precede a Lión), la persecución parece desarrollarse en Lión, como se desprende de los párrafos 17,29 y 47, aunque los mártires proceden de las dos comunidades; cf. § 13. Viena, dependiente de la Narbonense, escapaba a la jurisdicción del gobernador de Lión; cf. H. LECLERCQ, Lyon: DACL t.1o, 1ª col.43-72.

11 Cf. P. Lanaro, Temi del martirio nell'antichitá cristiana. I martiri di Lione: Studia Patavina 14 (1967) 204-235; 325-359; F. Scheidweiler, Zur Kirchengeschichte des Eusebios von Kaisareia: ZNWKAK 49 (1958) 127-129. Sobre el libro IV de los Macabeos como fuente de inspiración de esta relación, cf. O. Perler, Das vierte Makkabäerbuch. Ignatius von Antiochien und die älteste Märtyrerberichte: Rivista di Archeologia Cristiana 25 (1949) 47-72.

12 En el párrafo anterior se destaca la irritación popular contra los cristianos: el causante de ella y de toda la persecución es el «adversario», Satanás (§ 14), o como dirá en el párrafo 25, «el diablo»; cf. también los párrafos 6.16.23.27.35.42.57; también infra 2,6.

13 1 Tim 3,15; Gál 2,9·

14 Cf. Heb 10,33.

15 Rom 8,18.

16 Los cristianos son conducidos ante el tribuno—seguramente el comandante de la guarnición de Lión—y ante los magistrados—los duoviri iure dicundo—para ser juzgados; realizado el primer interrogatorio, público, quedan detenidos en espera de que llegue el gobernador: así lo exigía el procedimiento a seguir. Ello supone la existencia de una ley contra los cristianos, ley de la que en Lión se abusó, según J. Zeiller, Légalité et arbitraire dans les persécutions contre les chrétiens: AB 67 (1949) (Mélanges Paul Peeters 1) 49-54. contestando al artículo de L. Dieu (Les persécutions au IIe siècle. Une loi fantôme: RHE 38 [1942] 5-19). Cf. P. Wuilleumier, L'administration de la Lyonnaise sous le Haut-Empire (Paris 1948).

17 Sobre los nombres de los mártires, cf. H. Quentin, La liste des martyrs de Lyon: AB 39 (1921) 113-138.

18 Cf. Lc 1,6. Zacarías, el padre del Bautista. Es el primer testimonio de su martirio; cf. H. F. von Campenhausen, Das Martyrium des Zacharias. Seine früherte Bezeugnung im zweiten Jahrhundert : Historisches Jahrbuch 77 (1958) 383-386.

19 Cf. Rom 10,2.

20 Cf. Act 18,25; Rom 12,11.

21 Literalmente, «en el lote o herencia de los mártires»; lo mismo infra § 26 y 48. Cf. San Ignacio de Antioquía, Trail. 12,3; Roman. 1,2; Philad. 5,1.

22 La carta juega con el doble sentido de παράκλητος: consolador y abogado (Rufino traduce advocatum), esto último en sentido jurídico: Vetio sale en defensa de los hermanos. Se ha querido ver en estas expresiones y en la alusión a Lc 1,67 un matiz montanista en Vetio, pero más bien se debe pensar en una suave y discreta censura del montanismo frigio; cf. P. de Labriolle, La crise montaniste (París 1013) p.225-227.

23 Cf. 1 Jn 3,16; 2 Tes 2,8.

24 Ap 14,4.

25 La expresión πρωτομάρτυρες de los Mss no tiene sentido; Schwartz propone la corrección οἱ ἒτοιμοι πρὸς τὸ μαρτυρεῖν: «los preparados para dar testimonio o sufrir martirio». Es lo más lógico, teniendo en cuenta lo que sigue y la imagen que subyace: la división selectiva de los atletas preparados, de los no preparados.

26 Cf. infra § 45.

27 F. Scheidweiler (a.c., p.127) cree necesario en el párrafo anterior un correlativo temporal, como (τέως μὲν), delante de καίπερ. En la mente del redactor de la carta, la fuerza del adverbio y partícula iniciales del párrafo lo hacen innecesario.

28 Lo mismo que cuenta Melitón de Sardes; cf. supra IV 26,5. Estas irregularidades y abusos parecen frecuentes en las persecuciones habidas bajo Marco Aurelio. A ellas se refiere J. Zeiller (a.c., p.53).

29 Cf. infra § 25ss. Serán las calumnias clásicas del hombre de la calle, como vemos en los Apologistas. Nótese que este hecho desmiente la afirmación de Minucio Félix (Octav. 28,2) de que los esclavos y siervos nunca habían acusado a sus amos. Lo mismo afirma Atenágoras (Suppl. 35), pero es posible que esto se debiera a que ya había publicado su obra cuando el hecho ocurrió, o bien que lo supo demasiado tarde.

30 Cf. Act 5,33; 7,54.

31 Jn 16,2.

32 Quizás fuera el responsable de la comunidad de Viena; cf. supra § 13. Su nombre es claramente latino, como el de varios otros, pero seguramente era el único cuya lengua materna era el latín. Atalo también lo habla, pero no es su lengua materna: cf. infra § 52.

33 Cf. 1 Tim 3.15.

34 Cf. 1 Cor 1,28-29.

35 Cf. 2 Cor 5,12.

36 Cf. Ef 6,5; Col 3,22.

37 Cf. San Ignacio de Antioquía, Magn. 14.

38 Cf. Jn 7.38; 10,34; Ap 21,6.

39 Cf. Is 53.2-5.

40 Cf. 1 Tim 1,16.

41 Cf. 1 Jn 4.18.

42 Cf. 2 Cor 8,23.

43 Los Mss dan σωμάτων; Schwartz da por falsa la conjetura τραυμάτων, de Rufino; F. Scheidweiler (a.c., p.127) lo supone equivocación gráfica de σώματος μελῶν, basándose en lo que sigue: «su cuerpo... recobró... el uso de los miembros».

44 Cf. 1 Pe 5,8.

45 Cf. Mt 25,46.

46 Alusión a la norma apostólica de Act 15.29; esto no implica que estuviera todavía vigente en Lión; cf. Minucio Félix, Octav. 30.

47 Cf. supra § 5.

48 Cf. infra VI 39,5, el mismo suplicio sufrido por Orígenes.

49 Cf. Jn 2,11.

50 La partícula γὰρ, que relaciona lo que sigue con la frase anterior, no parece tener sentido, ya que se va a hablar precisamente de los que resisten la cárcel y sobreviven, mientras que acaba de hablar de los que en ella sucumbieron. Partiendo de que, según los párrafos 20,23 y 29, el Señor muestra su gloria en los que soportan todos los tormentos, no en los que mueren antes de tiempo, F. Scheidweiler (a.c., p.128) cree que γὰρ relaciona lo que sigue solamente con la frase anterior (sobre la gloria de Dios), incompleta, que debe ser completada con algo así como ἐπιδεικνύων (ὅμως κἀκεῖ) τὴν αὐτοῦ δόξαν (nota 4).

51 Cf. 2 Tim 4,17.

52 Se le considera como primer obispo de Lión. Nacido antes del año 87, debió de ser uno de los primeros miembros de aquella comunidad; cf. E. Griffe, o.c., p.13ss.

53 Cf. Mc 14,38.

54 Cf. 2 Cor 2,14; Col 2,15.

55 Cf. Lc 23,1.18.

56 Cf. 1 Tim 6,12-14.

57 La pregunta debía de ser de rigor; cf. Martyr. Pionii 8ss; el tenor de la respuesta parece ser también usual entre los mártires; cf. infra § 52.

58 Se les consideraba criminales de derecho común.

59 Cf. Sal 44,4; San Ignacio de Antioquía, Ephes. 11,2; supra IV 15,37.

60 Cf. 2 Cor 2,15.

61 Cf. 1 Cor 9,25.

62 Literalmente, «en muchas suertes o lotes». Los atletas iban luchando por pares sorteados, eliminándose hasta quedar el último par en lucha por la corona (Valois); cf. infra § 42, el mismo sentido de lance o combate.

63 Cf. infra § 56; parecida costumbre encontraremos infra VIII 7,1; cf. Acta Perpet. et Fel. 18.

64 Cf. supra § 20.

65 Posiblemente a manos del confector; cf. supra IV 15,38.

66 Cf. 1 Cor 4,9; Heb 10,33.

67 Cf. infra VIII 7,4; Minucio Félix, Octav. 29.

68 Cf. F. Scheidweiler, a.c., p.128.

69 Cf. infra VIII 7,2; San Ignacio de Antioquía, Roman. 5,2.

70 Cf. supra § 38.

71 Cf. Is 27,1; Gén 3,27.

72 Cf. Rom 13,14; Gál 3,27.

73 Cf. 1 Cor 9,25.

74 Cartel obligatorio para los condenados que eran ciudadanos romanos; cf. Suetonio, Calig. 32; Domit. 10; Dion Casio, Hist. 54,3. Pero en la mente del redactor puede estar presente, más bien, el cartel de la cruz de Jesús; cf. Mt 27,37; Mc 15,26; Lc 23,38; Jn 19,19.

75 Las instrucciones que pedía el gobernador atañían a todos los presos. Esta gestión demuestra que el emperador tenía que ver algo en la persecución.

76 Cf. 2 Pe 1,8.

77 Cf. 2 Cor 2,7; Col 3,13.

78 La «Virgen Madre» es la Iglesia; cf. supra III 32,7 nota 248. No sabemos exactamente cuál puede ser el alcance de la intervención de los confesores de la fe en la donación de la gracia. ¿Se trata de la reconciliación penitencial o sólo de una acción de captación?; cf. infra § 2,5; A. D'Ales, L'Édict de Calliste. Études sur les origines de la pénitence chrétienne (Paris 1914) p.244-51; P. Galtier, L'Église et la rémission des péchés aux premiers siècles (Paris 1932) p.36-41.

79 El sentido de medir una distancia volviendo sobre los propios pasos, es decir, de desandar lo andado, creo que permite mantener la lectura ἀνεμετροῦντο de ATERB, sin necesidad de acudir a las conjeturas de M y del cod. París. 1437 o a la propuesta de Schwartz: ἀνεμαιοῦντο.

80 Cf. Ez 18,23; 33.11; 2 Pe 3,9.

81 Marco Aurelio se atiene en su respuesta a la regla marcada por Trajano en su rescripto a Plinio, cf. supra III 33.

82 Atalo sería una excepción; cf. infra § 50, sin duda víctima de otro abuso de los denunciados por J. Zeiller (a.c., p.53).

83 Cf. Mt 22,11-13.

84 Cf. Rom 2,24.

85 Cf. Act 19,9; 2 Pe 2,2.

86 Cf. Jn 17,12; 2 Tes 2,3.

87 Cf. Act 2,41.

88 CF. Act 4,29-31; supra IV 15,47 nota 118.

89 Frigio y con el carisma profético: sin duda, otra figura «ortodoxa»—al estilo de Vetio Epágato (cf. supra § 10)—que la comunidad lionesa oponía a los «profetas» montanistas de Asia y Frigia.

90 Cf. Gál 4.19.

91 Cf. supra § 40.

92 Cf. supra § 31; San Justino, Apol. II 5(6), que recoge el pensamiento griego, judío y cristiano sobre la inefabilidad de Dios.

93 Cf. Jn 19,30; cf. W. H. C. FREND, Blandina et Perpetua: Two early Christian heroines, en Les martyrs de Lyon (177), p.167-177.

94 Cf. 2 Mac 7,11-13.17-29.41.

95 Cf. Ap 19,9.

96 Cf. supra § 40 y 51.

97 Cf. supra § 5 y 25.

98 Cf. Homero, Odis. 7,206.

99 Ap 22,11.

100 Cf. Act 7,54.

101 cf. Sal 41.4.

102 Cf. Mt 19,28.

103 Cf. Dan 3,15; 6,20-21; Mt 27,49

Cap. 2
[De cómo los mártires, amados de Dios, acogían y cuidaban de los que en la persecución habían fallado]

1 Tal fue lo que, bajo el mencionado emperador, aconteció a las iglesias de Cristo, y por ello se puede también conjeturar con cálculo razonable lo que se llevó a cabo en las demás provincias 104; será conveniente añadir a lo dicho algunos pasajes más del mismo documento, en los cuales se describe la suavidad y humanidad de los susodichos mártires con estas mismas palabras:

2 «Los cuales, en el celo e imitación de Cristo 105, quien subsistiendo en forma de Dios no tuvo por usurpación el ser igual a Dios 106, llegaron a tan alto grado que, a pesar de su gloria y de haber dado testimonio, no una sola vez ni dos, sino muchas más veces, y de haber sido retirados de las fieras y de estar cubiertos por todas partes de quemaduras, cardenales y heridas, ni ellos mismos se proclamaban mártires ni a nosotros nos permitían que les llamásemos por este nombre; antes bien, si alguno de nosotros por carta o de palabra se dirigía a ellos como a mártires, lo reprendían severamente 107.

3 »Y es que se complacían en ceder el título del martirio a Cristo, el fiel y verdadero mártir 108, primogénito de los muertos y autor de la vida de Dios 109, y recordando a los mártires que ya habían partido, incluso decían: 'Aquéllos sí que son mártires, puesto que Cristo tuvo a bien tomarlos consigo en su confesión y selló sus martirios con sus muertes; en cambio, nosotros somos unos confesores 110 medianos y sin relieve'; y con lágrimas exhortaban a los hermanos pidiéndoles que se hicieran asiduas oraciones 111 para lograr su consumación.

4 »Y con su obrar demostraban la fuerza de su martirio, dirigiendo la palabra con entera libertad a los paganos, y ponían de manifiesto su nobleza mediante su paciencia, su entereza y su impavidez; mas el título de mártires dado por los hermanos lo rechazaban, llenos de temor de Dios»112.

5 Y luego, poco más lejos, dicen: «Se humillaban bajo la mano poderosa que ahora los tiene grandemente ensalzados 113. Y entonces a todos defendían y a ninguno condenaban, a todos desataban y a ninguno ataban 114, y, como Esteban, el mártir perfecto 115, rogaban por los que les infligían los tormentos: Señor, no les imputes este pecado. Y si rogaba por los que le lapidaban, ¿cuánto más no haría por los hermanos?»

6 Y nuevamente, después de otros detalles, dicen:
«Porque éste fue para ellos su combate mayor contra él 116, por la verdad de su amor, con el fin de que la bestia se atragantase y vomitara vivos a los que primeramente pensaba tener engullidos 117. Efectivamente, no se mostraron arrogantes 118 frente a los caídos, antes bien, con entrañas maternales, acudían en socorro de los menesterosos con su propia abundancia y, derramando muchas lágrimas por ellos al Padre, pedían vida y a ellos se la daban 119.

7 »También se la repartían a los más próximos cuando, en todo vencedores, marchaban hacia Dios. Siempre amaron la paz, y en paz emigraron hacia Dios recomendándonos la paz, no dejando tras de sí ni trabajos a la madre 120 ni revuelta y guerra a los hermanos, sino alegría, paz 121, concordia y amor».

8 Lo dicho acerca del amor de aquellos bienaventurados hacia los hermanos caídos podrá ser útil, por causa de la actitud inhumana e inclemente de aquellos que, después de esto, se ensañaron implacables en los miembros de Cristo 122.

Notas:

104 Referida a Marco Aurelio (cf. supra V pról. 1), esta manera de expresarse Eusebio parece dura, injusta y contraria a la tendencia cristiana antigua a liberar a los «buenos emperadores» del baldón de perseguidores. No obstante, hay que observar que Eusebio sólo tiene en su HE dos frases en alabanza de Marco Aurelio, y éstas son citas de autores de la mencionada tendencia: IV 26,11 y V 5,6. En cambio, debió de quedar impresionado por el espeluznante relato de los mártires de Lión, del que no se resuelve a dejar de citar todavía algunos pasajes más. La corrección propuesta por F. Scheidweiler (a.c., p.129) no me parece viable, por partir de un supuesto no probado y carecer de fundamento en el texto mismo.

105 Cf. 1 Cor 11,1; 1 Tes 1,6.

106

107 Cf. P. de Labriolle. Martyrs et confesseurs: Bulletin d'ancienne littérature et d'archéologie chrétiennes 1 (1911) 50-54; H. Delehaye, Les origines du cuite des martyrs (Bruselas 1912) p.1-28—Martyr et confesseur: AB 39 (1921) 20-49 — ; Sanctus. Essai sur le culte des saints dans l'antiquité (Bruselas 1927) p.74-121; P. Peeters, Les traductions orientales du mot Martyr: AB 39 (1921) 50-64; H. von Campenhausen, Die Idee des Martyriums in der alten Kirche (Gottinga 1936); G. Jouassard, Aux origines du culte des martyrs dans le christianisme: RSR 39 (1950 362-367; M. Lods, Confesseurs et Martyrs (Neuchâtel 1958); H. Kraft, Zur Entstehung des altchristlichen Märtyrertitels : Ecclesia und Res Publica. Festschrift K. D. Schrrjidt (Gottinga 1961) 64-75; J· Ruysschaert, Les «martyrs» et les «confesseurs» de la Lettre des Eglises de Lyon et de Vienne, en Les martyrs de Lyon (177), p.155-166.

108 Ap 3,14.

109 Ap 1,5; Act 3,15; Col 1,18.

110 El sentido lo da el contexto, más que la sola palabra utilizada. Schwartz supone una corrupción del texto, anterior a Eusebio. En el sentido coinciden las conjeturas de algunos Mss: ὁμολογηταί. La corrección de Schwartz, ὁμολογο(υντες ἒτ)ι, puede admitirse. La de Wendland, ὁμόδουλος, se acerca al sentido de ὁμόλογος en algunos papiros de Egipto: esclavo. Cf. H. Delehaye, Sanctus. Essai sur le culte des saints dans l'antiquité (Bruselas 1917) p.82; E. Valgiglio, «Confessio» nella Bibbia e nella letteratura cristiana antica (Turin 1980).

111 Cf. Act 12,5.

112 Cf. Is 11,3.

113 Cf. 1 Pe 5,6; supra § 2.

114 Cf. Mt 16,19; 18,18. Como supra 1,45, seguimos sin poder saber el alcance de estas intervenciones de los confesores.

115 Cf. Act 7,60. El adjetivo «perfecto» aplicado al mártir lo encontraremos también infra VII 11,24; 22,4; cf. también supra § 3.

116 Por el corte de la cita, no aparece a quién se refiere, pero se trata sin duda del demonio, al que en seguida llama «la bestia»; cf. supra 1,5.

117 Cf. 1 Pe 5,8.

118 Cf. Gál 6,4.

119 Cf. Sal 20,5.

120 A la Iglesia; cf. supra 1,45.

121 Cf. Gál 5,22.

122 Eusebio está aludiendo, sin duda, a los novacianos; cf. infra VI 43.

Cap. 3
[Qué aparición tuvo en sueños el mártir Atalo]

1 El mismo escrito de los susodichos mártires contiene además otro relato digno de mención y no habrá inconveniente para que yo lo proponga al conocimiento de los lectores. Es así:

2 Alcibíades, uno de ellos, llevaba una vida austera hasta la miseria. Al principio no recibía nada en absoluto, no tomando sino sólo pan y agua. Incluso en la cárcel trataba de llevar el mismo régimen. Pero a Atalo, después de su primer combate librado en el anfiteatro, le fue revelado que Alcibíades no obraba bien no usando de las criaturas de Dios y dejando a los demás tras de sí un ejemplo de escándalo 123.

3 Alcibíades, persuadido, empezó a tomar de todo sin reservas y daba gracias a Dios 124. La gracia de Dios no les tenía descuidados, antes bien, el Espíritu Santo era su consejero. Y de estos casos baste así.

4 Como fue justamente por entonces cuando los partidarios de Montano, Alcibíades 125 y Teodoto, empezaron a dar a conocer entre muchos en Frigia su opinión acerca de la profecía (pues los otros muchos milagros del carisma de Dios, que todavía hasta entonces venían realizándose por las diferentes iglesias, producían en muchos la creencia de que también aquéllos eran profetas), habiendo surgido discrepancias por su causa, de nuevo los hermanos de la Galia formularon su propio juicio, precavido y enteramente ortodoxo, acerca de ellos, exponiendo además diferentes cartas de los mártires consumados entre ellos, cartas que, estando todavía en la cárcel, habían escrito a los hermanos de Frigia 126, y no sólo a ellos, que también a Eleuterio 127, obispo entonces de Roma, como embajadores en pro de la paz de las iglesias.

Notas:

123 El ascetismo de Alcibíades, de por sí, no indica que éste fuera montanista: también los cínicos y los estoicos estrictos hacían otro tanto. Pero es cierto que este género de ascesis caracterizaba a los montanistas; cf. Labriolle, La crise p.228s. El redactor lionés parece querer presentar a las comunidades de Asia y Frigia otro ejemplo concreto (cf. supra 1,10), para indicarles lo que en Lión se piensa del montanismo, sobre el cual posiblemente aquéllos les habían consultado, según parece desprenderse del párrafo siguiente; cf. Labriolle, La crise p.213-244·

124 Cf. 1 Tim 4,3-4.

125 A pesar del acuerdo de los Mss, algunos han querido ver aquí un lapsus de Eusebio por influjo del nombre del mártir citado inmediatamente antes, y en vez de Alcibíades, leen Milcíades, identificándolo con el mencionado por el Anónimo antimontanista (infra 16,3). Con Labriolle (La crise p.33) creo que no es necesario en este caso cambiar nada. Eusebio habla de un Alcibíades compañero de Montano, es decir, uno de los primeros miembros del movimiento, mientras que el Milcíades de infra 16,3 aparece como jefe de la secta cuando el Anónimo escribe, esto es, muerto ya Montano y más de trece años después de la muerte de Maximila (cf. infra 16,19). Conclusión parecida, aunque atribuyendo la contraria a P. De Labriolle, la de Nautin, Lettres p.41 nota 2.

126 Para Nautin (Lettres p.39 nota 3 y p.41), se trata de la carta de las iglesias de Viena y de Lión a las de Asia y Frigia, no más.

127 Eleuterio parece que estuvo algún tiempo indeciso acerca del nuevo movimiento oriundo de Frigia, y es posible que escribiese alguna carta, si no abiertamente favorable, al menos no condenatoria. A ella puede referirse Tertuliano (Adv. Prax. 1,57); cf. Labriolle, La Crise p.257-275.

Cap. 4
[De cómo los mártires recomendaban a Ireneo en su carta]

1 Los mismos mártires recomendaban a Ireneo, que ya por entonces era presbítero de la iglesia de Lión 128, al mencionado obispo de Roma, dando de él numerosos testimonios, como demuestran las palabras siguientes:

2 «De nuevo y siempre rogamos que goces de salud en Dios, padre Eleuterio. Hemos impulsado a nuestro hermano y compañero 129 Ireneo para que te lleve esta carta, y te rogamos que le tengas por recomendado, celador como es del testamento de Cristo, porque, de saber que un cargo confiere a alguno justicia, desde el primer momento te lo habríamos recomendado como presbítero de la Iglesia, lo que es precisamente».

3 ¿Qué necesidad hay de transcribir la lista de los mártires 130, así de los que acabaron por decapitación como de los que fueron arrojados para pasto de las fieras, como también de los que murieron en la cárcel y el número de confesores supervivientes hasta aquel momento? Para quien guste, le será fácil repasar muy cumplidamente estas listas, si toma en las manos el escrito que, como ya dije 131, se encuentra recogido en nuestra Recopilación de martirios 132. Mas esto fue lo ocurrido bajo Antonino 133.

Notas:

128 Entre 174 y 178.

129 Cf. Ap 1,9.

130 Sobre el origen de estas listas, cf. H. Kraft, Zur Entstehung des altchristlichen Märtyrertitels: Ecclesia und Res Publica (Gottinga 1961) p.64-75.

131 Cf. supra V prol 1; IV 13.1 nota 77.

132 Eusebio no consideró necesario reproducir la lista de mártires en su HE, habiéndolo hecho ya en su Recopilación de antiguos martirios. Pero indica que se dividía en secciones, como está en un Ms de la traducción latina de Rufino y en el Martirologio jeronimiano para el 2 de junio. En definitiva, todos debían de basarse en la lista que acompañaba a la carta; cf. H. Quentin, La liste des martyrs de Lyon de l'an 177: AB 39 (1921) 113-138.

133 Marco Aurelio, cf. supra IV 13,1; V prol. 1.

Cap. 5
[De cómo Dios accedió a las oraciones de los nuestros e hizo llover del cielo para el emperador Marco Aurelio]

1 Es tradición 134 que el hermano de éste, Marco Aurelio César 135, hallándose en orden de batalla frente a los germanos y los sármatas 136, por causa de la sed que apretaba a su ejército, pasaba gran apuro. Mas los soldados que militaban bajo la, así llamada, legión de Melitene 137—que por su fe todavía subsiste hasta hoy desde entonces—, formados frente al enemigo, pusieron sus rodillas en tierra, según nuestra familiar costumbre de orar, y dirigieron sus súplicas a Dios.

2 Semejante espectáculo pareció, en verdad, muy extraño a los enemigos, pero otro documento refiere que al instante les sorprendió otro espectáculo todavía más extraño: un huracán ponía en fuga y aniquilaba a los enemigos, mientras la lluvia caía sobre el ejército de los que habían invocado el socorro divino y lo reanimaba cuando ya estaba todo él a punto de perecer por causa de la sed.

3 El relato se conserva incluso en los escritores alejados de nuestra doctrina que se preocuparon de escribir sobre aquellos tiempos. También los nuestros lo dan a conocer. Sin embargo, los historiadores de fuera, como ajenos a la fe, exponen, sí, el prodigio, pero no confiesan que éste se realizó por las oraciones de los nuestros 138; en cambio, los nuestros, como amantes de la verdad, transmiten con sencillez lo ocurrido y sin malicia.

4 De éstos podría ser también Apolinar 139, quien afirma que la legión autora del prodigio por su oración recibió del emperador, a partir de entonces, un nombre adecuado al suceso, que en lengua latina se dice Fulmínea 140.

5 Testigo de estos hechos, digno de crédito, podría ser también Tertuliano, quien dirigió al senado la Apología latina en favor de la fe, de la que ya más arriba hemos hecho mención 141, y confirma el relato con una demostración más amplia y más clara.

6 Escribe, pues, él también y dice que todavía hasta ahora se conservan cartas de Marco 142, el emperador más inteligente, en las cuales él mismo atestigua que, estando su ejército a punto de perecer en Germania y por falta de agua, se salvó por las oraciones de los cristianos. Y sigue diciendo Tertuliano que el emperador amenazó incluso con pena de muerte a los que intentaran acusarnos.

7 A todo ello el mismo autor añade lo siguiente:
«¿Qué clase, pues, de leyes son éstas, impías, injustas y crueles, seguidas solamente contra nosotros? No las observó Vespasiano, a pesar de haber vencido a los judíos; Trajano las tuvo en parte como nada, al impedir que se buscase a los cristianos, y Adriano, a pesar de ocuparse con extrema curiosidad con muchas cosas, no las sancionó, como tampoco el que es llamado Pío»143.
Pero esto, que cada cual lo ponga donde quiera 144.

8 Nosotros, por nuestra parte, volvamos al hilo de lo que sigue. Cuando Potino, con sus noventa años de vida cumplidos, murió en compañía de los mártires de la Galia 145, recibió en sucesión el episcopado de la iglesia de Lyón, que Potino había regido, Ireneo 146. Hemos sabido que éste, en su juventud, fue oyente de Policarpo 147.

9 En el libro tercero de su obra Contra las herejías expone la sucesión de los obispos de Roma hasta Eleuterio, de cuya época investigamos también los sucesos, y establece la lista como si, efectivamente, su obra estuviera compuesta en tiempos de éste; escribe como sigue:

Notas:

134 En fuentes escritas, cuya relación da en los párrafos 3-5.

135 En su consabida confusión de nombres (cf. supra IV 13,1; V prol. 1; 4,3), esta vez Eusebio acierta en el nombre y en la persona, pero por evidente equivocación. Para él, Antonino, del que acaba de hablar, es el sucesor de Antonino Pío y autor de las persecuciones narradas. Es el malo. Ahora bien, sus fuentes para el episodio que aquí va a referir le dan el nombre «Marco Aurelio» y alguna que otra frase de alabanza. Por lo tanto, no parece ser Antonino (Marco Aurelio), sino «su hermano». Él piensa, pues, que se trata de Lucio Vero. Lógicamente, al no dar fechas, debe de suponer que ocurrió antes de la muerte de éste (169), aunque en la Crónica sitúa el hecho en 174 (ed. HELM, p.207). Pero Eusebio, con tal de no atribuírselo a un emperador perseguidor, no repara en pequeñas incongruencias cronológicas. Por lo demás, no parece muy seguro en la datación del hecho, pues en el párrafo 7 parece dejarla al arbitrio del lector.

136 En realidad, la guerra contra germanos y sármatas duró de 166 a 179. El episodio de la lluvia milagrosa, según Dion Casio (Hist. 72,8-10; cf. Histor. August. Vita M. Aurel. 24) ocurrió en la batalla contra los cuados. La fecha fue el 171, según A. von Domaszewski (Die Chronologie des Bellum Germanicum et Sarmaticum: Neue Heidelberger Jahrbücher t.5 p.120ss), o el 172, como quiere J. Guey (La date de la pluie miraculeuse (172 après J.-C.) et la colonne Aurelienne: Mélanges d'Archéologie et d'Histoire [1948] p. 105-127; [1949] p.93-118),

137 Melitene, ciudad de Capadocia, que había adquirido gran importancia desde Trajano, fue ya cuartel general de la legión XII, bajo el mando de Tito. Procedente de Capadocia, no es extraño que, en sus filas, militara buen número de cristianos, aunque no se puede pensar en la mayoría, y menos en la totalidad, aparte de que tampoco está probado que se tratase de la legión XII. Ritterling (Legio: Pauly-Wissova, t.12 col. 1708) lo niega rotundamente. Cf. infra § 4.

138 Efectivamente, además de Dion Casio y de la Historia Augusta ya citados (supra nota 136), lo narran también C. Claudiano (In VI cons. Honorii p.340-350) y el retor Temistio (Orat. 15), y unos se lo atribuyen a la piedad de Marco Aurelio, otros a Júpiter, y otros al mago egipcio Arnufis, o simplemente a la divinidad, cf. J. Guey, a.c., y su otro trabajo, Encoré la pluie miraculeuse: Revue de Philologie 22 (1948) 16-12; M. M. Sage, Eusebius and the rain miracle. Some observations: Historia 36 (1987) 96-113; G. Fowden, Pagan version of the rain miracle of A. D. 172: Historia 36 (1987) 83-95.

139 Probablemente, en su Apología a Marco Aurelio, cf. supra IV 27, de la que Eusebio toma la información y que, por lo tanto, habría sido escrita entre 171 y 177.

140 Fulmineam, traduce Rufino. Parece evidente que se trata de la legión XII Fulminata; pero este sobrenombre, entre los varios que esta legión llevó, le quedó como definitivo ya en tiempos de Augusto o poco más tarde. Desde el año 70 permaneció siempre en Melitene de Capadocia. Ritterling (a.c.), que recoge en las cols. 2705-1710 cuanto de ella se sabe, niega que esta legión tomara parte en la campaña contra marcomanos y cuados, aunque no excluye la posibilidad—difícil, con todo—de que interviniese alguna vexillatto o sección de la misma (ibid., col. 1708).

141 Supra II 2,4; 25,4; III 33,3. Tertuliano no dirigió su Apologeticum al senado, sino a los gobernadores (antistites, praesidentes) de las provincias; cf. A. Harnack, Die griechische Uebersetzmg des Apohgeticus Tertullians : TU 8,4 (Leipzig 1892) 9-10.

142 Tertuliano (Apolog. 5,6) no dice exactamente que todavía se conservan; simplemente apela a ellas. Eusebio también las mienta en Chronic, ad annum 175: HELM, p.207, dependiendo seguramente de Julio Africano. Por su parte, Dion Casio (Hist. 71,10) afirma que Marco Aurelio escribió al senado, pero no especifica el contenido. R. Freudenberger (Ein angeblicher Christenbrief Mark Aurels : Historia 17 [1968I 251-256) ve un eco de esta carta, realmente existente, en la apócrifa conservada por los Mss. de las apologías de San Justino y que, según él, data de finales del reinado de Licinio. De todos modos, Eusebio aquí la ignora.

143 El traductor, como acostumbra, se ha tomado sus libertades con el texto de Tertuliano (Apolog. 5,7). Por si fuera poco, Eusebio termina la cita cortando la frase en que Tertuliano pone a Vero en la línea de los «buenos emperadores». ¿Creyó tal vez Eusebio que Tertuliano hablaba de su «Antonino», o sea de Marco Aurelio, y al no comprender, cortó sin más?

144 Cf. supra §1.

145 Cf. supra 1,29-31.

146 Debió de ser, por lo tanto, en 178.

147 Cf. supra IV 14,3; infra 20,5-6.

Cap. 6
[Lista de los obispos de Roma]

1 «Los bienaventurados apóstoles, después de haber fundado y edificado la Iglesia, pusieron el ministerio del episcopado en manos de Lino. De este Lino hace mención Pablo en su carta a Timoteo 148.

2 »Le sucede Anacleto, y, después de éste, en tercer lugar a partir de los apóstoles 149, obtiene el episcopado Clemente, que también había visto a los bienaventurados apóstoles y tratado con ellos, y todavía tenía resonándole en sus oídos la predicación de los apóstoles y delante de los ojos su tradición. Y no sólo él, porque entonces todavía sobrevivían muchos que habían sido instruidos por los apóstoles.

3 »Cuando en tiempos de este Clemente surgió entre los hermanos de Corinto no pequeña disensión, la iglesia de Roma escribió a los corintios una carta importantísima intentando reconciliarlos en la paz y renovar 150 su fe y la tradición que tenían recién recibida de los apóstoles» 151.
Y después de breve espacio dice:

4 «A este Clemente sucede Evaristo, y a Evaristo, Alejandro; después es instituido Sixto, el sexto, por lo tanto, a partir de los apóstoles; y después de éste, Telesforo, que también sufrió gloriosamente el martirio 152; luego Higinio 153; después Pío, y, tras éste, Aniceto; habiendo sucedido a Aniceto Sotero, ahora es Eleuterio quien ocupa el cargo del episcopado, en duodécimo lugar a partir de los apóstoles.

5 »Por el mismo orden y con la misma sucesión 154 han llegado hasta nosotros la tradición y la predicación de la verdad que proceden de los apóstoles en la Iglesia»155.

Notas:

148 2 Tim 4.21.

149 Para M. Bévenot (Clement of Rome in Irenaeus's succession-list : JTS 17 [1966] 98-107), ésta es la lectura que de Ireneo hace Eusebio, no lo que Ireneo escribió: Clemente es el tercero contando a Pedro y Pablo, y primero de todos los otros, antes de Lino (según Bévenot, Ireneo utiliza ἀπὸ en sentido de «comenzando por, inclusive», sin confundirlo con μετὰ y acusat., como hace Eusebio). D. F. Wright (Clement and the Roman Succession in Irenaeus: JTS 18 [1967] 144-154) considera insostenible esa tesis. Sobre la lista, en general, sigue siendo imprescindible la obra de E. Caspar (Die älteste römische Bischofsliste, en Schriften des königsberger Gelehrten Gesellschaft Geisteswiss Klasse Heft 4 [Berlin 1926] p.165-258).

150 Eusebio, al cortar el párrafo, ha dejado fuera la palabra que seguía a εἰλήφει, la equivalente de la versión latina de Ireneo: annuntians (Schwartz propone κηρύσσουσα), quedando así el complemento objetivo de ésta como si fuera un segundo complemento de ἀνανεοῦσα, El sujeto es la Iglesia de Roma, no Clemente, como traduce Rufino.

151 San Ireneo, Adv. haer. 3,3.3.

152 Cf. supra IV 10 nota 58.

153 Cf. supra IV 11,1.

154 Todos los Mss (menos M, que, por conjetura, trae διαδοχῇ) dan διδαχῇ, y lo mismo supone la versión siríaca. Esto indica que Eusebio escribió διδαχῇ, quizás por error de lectura, suyo o de sus colaboradores, ya que en la traducción latina de Ireneo leemos successione, que sin duda traduce al original διαδοχῇ.

155 San Ireneo, Adv. haer. 3,3,3.

Cap. 7
[De cómo incluso hasta aquellos tiempos se realizaban por medio de los fieles milagros portentosos]

1 Ireneo, coincidiendo con las narraciones que nosotros hemos discutido anteriormente en los libros que, en número de cinco, tituló Refutación y destrucción de la falsamente llamada gnosis 156, esboza también estas cosas. En el libro segundo de la misma obra señala que, en algunas iglesias, han persistido incluso hasta él manifestaciones del maravilloso poder divino. Lo dice con estas palabras:

2 «Mucho les falta para resucitar a un muerto 157, como lo resucitaron el Señor y los apóstoles mediante la oración y como se dio en la comunidad de hermanos muchas veces: por causa de la necesidad, la iglesia entera del lugar estuvo rogando con ayunos y repetidas súplicas, y el espíritu del muerto volvió, y el hombre recibió el favor en gracia a las oraciones de los santos»158.
Y de nuevo, después de otras cosas, dice:

3 «Pero si llegan a decir que el Señor ha hecho tales prodigios en mera apariencia, entonces los haremos remontarse a los escritos proféticos y por éstos les demostraremos que así está predicho acerca de Él, y que así ha sucedido con seguridad y que solamente Él es el Hijo de Dios. Por lo cual, también en su nombre los que son verdaderamente sus discípulos reciben de Él la gracia y la utilizan en beneficio de los demás hombres, según el don que cada uno ha recibido de Él159.

4 »Unos, efectivamente, expulsan firme y verdaderamente a los demonios, de manera que muchas veces aquellos mismos que fueron purificados de los malos espíritus creen y están en la Iglesia; otros tienen conocimiento anticipado del porvenir, así como visiones y declaraciones proféticas; otros, en cambio, curan a los enfermos mediante la imposición de las manos y los restituyen sanos; más aún, como dijimos 160, incluso muertos han sido resucitados y permanecieron con nosotros bastantes años. ¿Y para qué más?

5 »No es posible decir el número de gracias que por todo el mundo la Iglesia recibió de Dios en el nombre de Jesucristo crucificado bajo Poncio Pilato y que cada día va utilizando en beneficio de los paganos, sin engañar jamás a nadie ni despojarlo de su dinero, porque gratuitamente lo ha recibido de Dios y gratuitamente 161 lo sirve»162.

6 Y en otro lugar escribe el mismo:
«Así como también oímos que hay muchos hermanos en la Iglesia que tienen carismas proféticos y que por medio del Espíritu hablan en toda clase de lenguas 163, que ponen al descubierto los secretos de los hombres 164 cuando es provechoso y que explican los misterios de Dios» 165.
Esto es lo que hay sobre la permanencia de los diferentes carismas 166 hasta los tiempos mencionados entre los que de ellos eran dignos 167.

Notas:

156 Es el título completo de la obra conocida generalmente por Adversus haereses; cf. 1 Tim 6,20.

157 A los secuaces de Simón y de Carpócrates.

158 San Ireneo, Adv. haer. 1,31,1 ἀδελφότητι: como en 1 Pe 1,17 y 5,9, sentido colectivo: «comunidad de hermanos» = «todos los cristianos»; cf. M. Dujarier, L'Église-Fraternité. Vol. I: Les origines de l'expression «adelphôtes fraternitas» aux trois premiers siècles du Christianisme (Paris 1991).

159 Cf. Ef 4,7.

160 Cf. supra § 2.

161 Cf. Mt 10,8.

162 San Ireneo, Adv. haer. 2,32,4.

163 Cf. 1 Cor 12,7-10.

164 Cf. 1 Cor 14,25.

165 San Ireneo, Adv. haer. 5,6,1.

166 Rom 12,6; 1 Cor 12,4.

167 Está clara la intención antimontanista; cf. Labriolle, La crise p.230-242.

Cap. 8
[De cómo Ireneo menciona las diversas Escrituras]

1 Puesto que al dar comienzo a la obra 168 hicimos promesa de citar oportunamente las palabras de los antiguos presbíteros y escritores eclesiásticos, en las cuales nos han transmitido por escrito las tradiciones llegadas hasta ellos acerca de las Escrituras canónicas, y como quiera que Ireneo era uno de ellos 169, citemos también sus palabras;

2 y, en primer lugar, las que se refieren a los sagrados evangelios; son las siguientes:
«Mateo publicó entre los hebreos, en su lengua propia 170, un Evangelio también escrito 171, mientras Pedro y Pablo estaban en Roma evangelizando y poniendo los cimientos de la Iglesia.

3 »Después de la muerte de éstos, Marcos 172, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió por escrito, él también, lo que Pedro había predicado. Y Lucas, por su parte, el seguidor de Pablo 173, puso en un libro el Evangelio que éste había predicado.

4 »Finalmente, Juan, el discípulo del Señor, el que se había reclinado sobre su pecho 174, también él publicó el Evangelio, mientras moraba en Éfeso de Asia» 175.

5 Esto es lo que se dice en el libro tercero antes mencionado de la dicha obra, pero en el quinto se expresa acerca del Apocalipsis de Juan y de la cifra del nombre del anticristo 176 como sigue:
«Siendo esto así y hallándose este número en todas las buenas y antiguas copias, y atestiguándolo aquellos mismos que vieron a Juan cara a cara, y puesto que la razón nos enseña que el número del nombre de la bestia aparece manifiesto según el cálculo de los griegos por medio de las letras que hay en él...»177.

6 Y un poco más abajo sigue diciendo sobre lo mismo:
«Nosotros, pues, no nos arriesgaremos a manifestarnos de manera segura acerca del nombre del anticristo, porque, si hubiera sido necesario en la ocasión presente proclamar abiertamente su nombre, se hubiera hecho por medio de aquel que también había visto el Apocalipsis, ya que no hace mucho tiempo que fue visto, sino casi en nuestra generación, hacia el final del imperio de Domiciano» 178.

7 Esto es lo que el citado autor refiere acerca del Apocalipsis, pero menciona también la primera carta de Juan al aducir numerosos 179 testimonios sacados de ella, lo mismo que de la primera de Pedro 180; y no solamente conoce, sino que también admite 181 el escrito del Pastor cuando dice:
«Porque bien dice la Escritura: Lo primero de todo, cree que hay un solo Dios, el que todo lo ha creado y ordenado, etc.»182.

8 Y hasta utiliza algunas sentencias sacadas de la Sabiduría de Salomón, diciendo poco más o menos:
«Visión de Dios que produce incorrupción; y la incorrupción hace estar cerca de Dios»183 y menciona las Memorias de cierto presbítero apostólico, cuyo nombre silenció, y cita sus Explicaciones de las divinas Escrituras 184.

9 Hace mención, además, del mártir Justino y de Ignacio, utilizando una vez más testimonios sacados de las obras escritas por ellos 185, y promete refutar él mismo, con un trabajo propio, a Marción, partiendo de sus escritos 186.

10 Y por lo que hace a la traducción de las Escrituras inspiradas realizada por los Setenta, escucha lo que textualmente escribe:
«Dios, pues, se hizo hombre, y el Señor mismo nos salvó, después de darnos la señal de la Virgen; pero no como dicen algunos de ahora que se atreven a traducir la Escritura: He aquí que la joven concebirá en su vientre y dará a luz un hijo 187, como han traducido Teodoción, el de Efeso, y Aquila, el del Ponto, ambos judíos prosélitos, a los que siguen los ebionitas cuando dicen que aquél nació de José» 188.

11 Tras un breve espacio, añade a lo dicho:
«Efectivamente, antes de que los romanos hiciesen prevalecer su gobierno y cuando todavía los macedonios retenían el Asia, Tolomeo, hijo de Lagos 189, ambicionando adornar la biblioteca por él organizada en Alejandría con las obras de todos los hombres, siquiera las buenas, pidió a los de Jerusalén tener traducidas en lengua griega sus Escrituras.

12 »Ellos, que por entonces aún estaban sometidos a los macedonios, enviaron a Tolomeo setenta ancianos, los más versados entre ellos en las Escrituras y en ambas lenguas. Dios hacía precisamente lo que quería.

13 »Tolomeo, queriendo probarlos aparte y precaviéndose de que se pusieran de acuerdo para ocultar mediante la traducción la verdad que hay en las Escrituras, los hizo separar a unos de otros y ordenó que todos escribieran la misma traducción, y así hizo con todos los libros.

14 »Mas cuando luego se reunieron junto a Tolomeo y cada uno comparó su propia traducción, Dios fue glorificado y las Escrituras fueron reconocidas como verdaderamente divinas: todos habían proclamado las mismas cosas con las mismas expresiones y los mismos nombres, desde el comienzo hasta el fin, de manera que incluso los paganos allí presentes conocieron que las Escrituras estaban traducidas bajo inspiración de Dios.

15 »Y en nada hay que extrañarse de que obrase Dios esto, porque Él fue quien, habiéndose destruido las Escrituras en la cautividad del pueblo bajo Nabucodonosor y habiendo regresado los judíos a su país después de setenta años, luego, en los tiempos de Artajerjes, rey de los persas, inspiró al sacerdote Esdras 190, de la tribu de Leví, el rehacer todas las palabras de los profetas que le habían precedido y restituir al pueblo la legislación dada por medio de Moisés» 191
Todo esto dice Ireneo.

Notas:

168 Cf. supra I 1,1; III 3,1-3.

169 No sabemos el porqué de esta inclusión.

170 Cf. supra III 39,16; seguramente Ireneo se basa también en Papías.

171 El καί supone las dos formas: la oral y la escrita.

172 Cf. supra III 39,15.

173 Cf. supra III 4,7.

174 Cf. Jn 13,25; 21,20.

175 San Ireneo, Adv. haer. 3,1,1.

176 Cf. Ap 13,18.

177 San Ireneo, Adv. haer. 5,30,1.

178 San Ireneo, Adv. haer. 5,30,3; cf. este mismo pasaje citado supra III 18,3.

179 En realidad, solamente tres: 1 Jn 2,18-22 (= Adv. haer. 3,16.5); 1 Jn 4,1-3 y 5,1 (= Adv. haer. 3,16,8). En cambio, no alude Eusebio a las referencias de Ireneo a la 2 Jn 11 (= Adv. haer. 1,16,3) y a 2 Jn 7-8 (= Adv. haer. 3,16,8).

180 1 Pe 1,8 (= Adv. haer. 4,9,2; 5,7,2); 1 Pe 2,16 (= Adv. haer. 4,16,3).

181 Lo admite entre las Escrituras canónicas; cf. supra III 3,6.

182 San Ireneo, Adv. haer. 4,20,2 (= HERMAS, Pastor, mand.I).

183 Cf. infra 26, donde insiste en esas citas de la Sabiduría de Salomón; en las obras conservadas, no se ha podido dar más que con ésta: Sab 6,19-20 ( = Adv. haer. 4.38,3).

184 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 4,27,1-2; 28,1; 30,1; 31,1; 32,1; 5,17,4. Cf. A. D´Ales, Le πρεσβύτης de saint irénée: REG 47 (1929) 398-410.

185 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 4,6,2; 5,26,2; 28,4. De San Justino, cf. supra IV 18,9; de hecho, el influjo de Justino sobre Ireneo es muy grande, particularmente en su Demonstratio; cf. J. A. Robinson, Irenaeus, A Demonstratio of the Apostolic Truth (Londres 1920) p.6-24. Sobre San Ignacio de Antioquía, cf. supra III 36,12.

186 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 1,27,4. Eusebio no parece ya conocerlo; posiblemente ni se escribió.

187 Is 7,14. Cf. San Justino, Dial. 43. Mientras los Setenta traducen παρθένος, los otros traducen νεανίς.

188 San Ireneo, Adv. haer. 3,21 I.

189 Este parece ser Tolomeo I Soter. La carta de Aristeas supone el hecho bajo Tolomeo II Filadelfo (186-147 a.C.); cf. P. Lamarche, La septante, en Le monde grec anden et la Bible, dir. C. Mondésert = Bible de tous les temps, 1 (Paris 1084), p.10-33.

190 Cf. Esd 7,1-10.

191 San Ireneo, Adv. haer. 3,21,2. Este relato se basa en la Carta de Aristeas—apócrifo del siglo II a.C.—y encierra algunos elementos legendarios añadidos. El texto de la carta, editado por H. St. J. Tackeray, puede verse como apéndice en H. B. Swete, An Introduction to the Old Testament in greek (Cambridge 21902) p.499-574; M. ClMOSA, La traduzione greca dei LXX. Dibattito sull ispirazione: Salesianum 46 (1984) 3-14.

Cap. 9
[Los que fueron obispos bajo Cómodo]

Habiéndose mantenido Antonino en el imperio diecinueve años, recibe el principado Cómodo 192. El año primero de éste y después de haber cumplido Agripino el ministerio por espacio de doce años, es Juliano quien se hace cargo del episcopado de las iglesias de Alejandría 193.

Notas:

192 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 179: HELM, p.208. Marco Aurelio murió el 17 de marzo de 180; le sucedió su hijo Lucio Aurelio Cómodo Antonino, que desde 177 era ya coaugusto (cf. Chronic. ad annum 177: HELM, p.207) y que, al quedar solo en el imperio, tomó el nombre de Marco Aurelio Cómodo Antonino Augusto. Pasará a la posteridad, como ya indicamos, con el simple nombre de Cómodo.

193 Cf. Chronic, ad annum 179: HELM, p.208.

Cap. 10
[De Panteno, el filósofo]

1 Por aquel tiempo dirigía la escuela de los fieles de allí un varón celebérrimo por su instrucción, cuyo nombre era Panteno 194. Existía entre ellos, por antigua costumbre, una escuela de las sagradas letras. Esta escuela sigue prolongándose hasta nosotros 195 y, por lo que hemos sabido, la forman hombres elocuentes y estudiosos de las cosas divinas 196. Pero una tradición afirma que entre los de aquella época brillaba sobremanera el mencionado Panteno. ¡Como que procedía de la escuela filosófica de los llamados estoicos!

2 Se cuenta, pues, que demostró un celo tan grande por la doctrina divina con su ardentísima disposición de ánimo, que incluso fue proclamado heraldo del Evangelio de Cristo para los paganos del Oriente y enviado hasta las tierras indias 197. Porque había, sí, había hasta aquel entonces aún numerosos evangelistas de la doctrina, cuya preocupación era poner a contribución su inspirado celo de imitación de los apóstoles para acrecentamiento y edificación de la doctrina divina.

3 De éstos fue también Panteno, y se dice que fue a la India, donde es tradición que se encontró con que el Evangelio de Mateo se le había adelantado en su llegada entre algunos habitantes del país que conocían a Cristo: Bartolomé, uno de los apóstoles, les había predicado y les había dejado el escrito de Mateo en los propios caracteres hebreos 198, escrito que conservaban hasta el tiempo mencionado.

4 Lo cierto es, al menos, que Panteno, por sus muchos merecimientos, terminaba rigiendo la escuela de Alejandría, comentando de viva voz y por escrito 199 los tesoros de los dogmas divinos.

Notas:

194 De Panteno apenas se sabe más de lo que Eusebio nos dice de él en este capítulo y en los siguientes. Debió de llegar a Alejandría hacia el 180; cf. J. Gwynn, Pantaenus: DCB t.4 col.181-184.

195 Eusebio parece tener de esta escuela una idea uniforme para todas las épocas. En realidad, lo que aqui dice sólo se le puede aplicar desde los años 212 en adelante, con Orígenes. Panteno y Clemente enseñaron bajo su propia responsabilidad. La «escuela» era exclusivamente de catequesis elemental; cf. G. Baroy, Pour l'histoire de l'École d'Alexandrie: Vivre et penser, n.s. (Paris 1942) 80-109. Por otra parte, el presente que utiliza Eusebio parece referirse a su situación en los comienzos del siglo IV. Nada sabemos de ella en esa época.

196 Cf. Lc 24,19; Act 7,22; ¿A qué maestros contemporáneos suyos puede referirse aqui Eusebio? No tenemos noticia de ninguno.

197 No se sabe exactamente de qué tierras se trata, si de la India propiamente dicha o del sureste de Arabia; cf. J. Gwynn, a.c., p.182.

198 Para Eusebio se trata del Evangelio original de San Mateo, no del llamado Evangelio de los Hebreos; lo mismo interpreta San Jerónimo (De vir. ill. 36).

199 Lapsus de Eusebio, sin duda, ya que Clemente (cf. infra 11,3; VI 13, 9) parece indicar que sus maestros, entre ellos Panteno, no escribieron. Por otra parte, nada se ha conservado de él.

Cap. 11
[De Clemente de Alejandría]

1 Por este tiempo 200 se ejercitaba en las Escrituras divinas y era célebre en Alejandría Clemente 201, homónimo del discípulo de los apóstoles que antiguamente rigiera la iglesia de Roma.

2 En las Hypotyposeis 202 que compuso menciona por su nombre a Panteno 203 como maestro suyo, y a éste mismo alude, me parece a mí 204, en el libro primero de sus Stromateis cuando, al señalar a los más célebres de la sucesión 205 apostólica por él recibida, dice lo siguiente:

3 «En verdad esta obra no es un escrito compuesto con arte para ostentación, sino apuntes atesorados para mi vejez, remedio contra el olvido, imagen sin arte y dibujo en sombras de aquellas palabras brillantes y llenas de vida que yo tuve el honor de escuchar, y de aquellos varones bienaventurados y realmente eminentes.

4 »Uno de ellos, el jónico, en Grecia; otro en la Magna Grecia; otro era de Celesiria, otro de Egipto; otros en cambio estaban por Oriente, uno de ellos de Asiría y otro, de origen hebreo, en Palestina. Pero cuando topé con el último—que, sin embargo, era el primero en poder—y le di caza en Egipto, donde se ocultaba, descansé 206.

5 »Mas estos hombres, que conservaban la verdadera tradición de la enseñanza bendita proveniente en línea recta de los santos apóstoles, de Pedro y de Santiago, de Juan y de Pablo, recibiéndola el hijo del padre (mas pocos fueron los hijos parecidos a los padres) 207, con la ayuda de Dios han llegado incluso hasta nosotros para depositar aquellas semillas ancestrales y apostólicas» 208.

Notas:

200 En tiempos de Cómodo, aunque también puede entenderse de Panteno.

201 Es inmensa la bibliografía sobre Clemente, antigua y reciente. Oriundo de Grecia, lo más probable (cf. San Epifanio, Haer. 32,6), debió de llegar a Alejandría ya en su madurez, bajo Cómodo (180-192), puesto que una al menos de sus obras fue escrita antes del pontificado del papa Víctor (hacia 189-199); cf. infra 28,4.

202 Cf. infra VI 13,2; 14,1.

203 Cf. infra VI 13,2. Lo confirma Focio, Biblioth. cod. 109.

204 La mayor parte de los autores piensa lo mismo.

205 Los Mss—excepto M—son unánimes; Eusebio, pues, escribió διαδοχῆς, aunque ni Clemente ni Panteno fuesen obispos. Quizás la solución esté en el párrafo 5, donde Clemente habla de tradición transmitida directamente de los apóstoles; esta tradición supone una «sucesión». Es posible que Eusebio, al escribir este párrafo, tenía «in mente» el contenido del párrafo 5, como si precediera a lo que iba a citar en el párrafo 5.

206 A pesar de los esfuerzos hechos, no se ha logrado identificar a ninguno de estos maestros «orales» de Clemente, excepto al último, que pudiera ser Panteno (cf. supra § 2; infra VI 6; 14,4). El orden seguido parece ser el de su encuentro con ellos. Es extraño que Eusebio, que da la patria de todos ellos, omita la frase que sigue de Clemente, en que éste llama a Panteno «abeja siciliana», de casi segura significación biográfica local.

207 Homero, Odis. 2,276.

208 Clemente de Alejandría, Stromat. 1,1,11,1-3: cf. M. Merino, Clemente de Alejandría. Stromata I = Fuentes Patrísticas, 7 (Madrid 1996) p.89-91; E. Osborn, Arguments for faith in Clement of Alexandria: VigCh 48 (1994) 1-14.

Cap. 12
[De los obispos de Jerusalén]

1 En estos tiempos 209 era célebre y famoso—aun hoy sigue siendo entre muchos—Narciso, obispo de la iglesia de Jerusalén, decimoquinto en la sucesión desde el asedio de los judíos bajo Adriano 210. Ya demostramos que fue desde entonces cuando por primera vez allí la Iglesia se compuso de gentiles, después de los oriundos de la circuncisión, y que el primero de los obispos gentiles que los dirigió fue Marcos 211.

2 Y las sucesiones 212 del lugar señalan que después de él fue obispo Casiano, y después de éste, Publio, luego Máximo; tras ellos, Juliano; después, Cayo, y después de éste, Símaco y un segundo Cayo; de nuevo otro Juliano; detrás de éstos, Capitón, Valente y Doliquiano, y después de todos, Narciso, trigésimo desde los apóstoles, según la sucesión de la serie 213.

Notas:

209 En tiempos de Cómodo (180-192) y del papa Eleuterio (h. 174-189). Cf. Chronic, ad annum 185: HELM, p.209. De infra VIII,3 se deduce que debió de nacer en torno al año 100, por lo que tuvo que ser obispo antes del 174, antes de que Hegesipo redactara sus Memorias. Cf. infra 22; 23,3; 25; VI 9-11.

210 Cf. infra § 2.

211 Cf. supra IV 6,4.

212 Éstas sucesiones o listas de sucesión (cf. supra IV 22,3 nota 162), continúan la que dio supra IV 5,3 y que Lawlor (p. 168-169) cree que está tomada de Hegesipo, aunque de un texto bastante corrompido.

213 Efectivamente, el número de orden indicado es el que le corresponde, según las listas que Eusebio nos da en su Chronic, ad annum 160; HELM, p.203-204; ad annum 185: HELM, p.208-209, donde confiesa que no ha podido establecer la cronología; pero aquí, en el párrafo 2, omite dos nombres: Máximo y Antonino, entre Capitón y Valente.

Cap. 13
[De Rodón y de las disensiones que menciona de los marcionitas]

1 También por este tiempo, Rodón 214, oriundo de Asia y discípulo en Roma, como él mismo cuenta, de Taciano, al que ya conocemos por lo anterior 215, compuso diferentes libros y se alineó también con los demás contra la herejía de Marción. Cuenta que en su tiempo ésta se hallaba dividida en diversos pareceres216, describe a los causantes de la ruptura y refuta con rigor las falsas doctrinas imaginadas por cada uno de ellos.

2 Escucha, pues, lo que escribe:
«Por esto discrepan también entre sí, porque reivindican doctrinas inconsistentes. Efectivamente: de su rebaño es Apeles, venerado por su conducta y por su ancianidad, quien sí confiesa un solo principio, pero dice que los profetas proceden del espíritu contrario, y obedece a los preceptos de una virgen poseída del demonio llamada Filomena 217.

3 »Otros 218, en cambio, igual que el mismo piloto Marción 219, introdujeron dos principios. De sus filas vienen Potito y Basilico.

4 »También éstos siguieron al lobo del Ponto y, al no encontrar, como él tampoco, la división de las cosas, dieron media vuelta hacia lo fácil y proclamaron dos principios, escuetamente y sin demostración. Y otros, partiendo a su vez de éstos, vinieron a dar en lo peor y suponen no ya sólo dos, sino incluso tres naturalezas; su jefe y patrono es Sinero, según dicen los que están al cargo de su escuela».

5 Escribe también el mismo autor que incluso llegó a tratar a Apeles; dice así:
«Porque al viejo Apeles, cuando tuvo trato con nosotros, se le convenció de que estaba diciendo muchas cosas equivocadamente, y a partir de entonces solía repetir que no convenía examinar por entero las razones, sino que cada cual se quedara con su propia creencia; declaraba, efectivamente, que se salvaban los que tenían puesta su esperanza en el Crucificado, con tal solamente de que sean hallados con buenas obras. Mas, como ya hemos dicho, declaraba que para él, de todos, el asunto más oscuro era el que a Dios se refiere. Y es que decía, lo mismo que nuestra doctrina, que solamente hay un principio».

6 Luego, después de exponer todo el parecer de éste, sigue diciendo:
«Como yo le preguntara: ¿De dónde sacas esta prueba o cómo puedes tú decir que hay un principio? Explícanoslo. Contestó que las profecías se refutaban a sí mismas porque nada han dicho enteramente verdadero, ya que discrepan, son engañosas y unas a otras se contradicen. En cuanto a cómo hay un solo principio, decía que lo ignoraba, que así, sin más, se sentía movido.

7 Entonces yo le conjuré a que me dijese la verdad, y él juró que estaba diciendo la verdad: que no sabía cómo existe un solo Dios increado 220, pero que él lo creía. Yo entonces me eché a reír y le acusé de decir que es maestro y no saber, sin embargo, dominar lo que enseña».

8 El mismo autor 221, dirigiéndose a Calistión en la misma obra, confiesa que él mismo fue discípulo de Taciano en Roma y dice también que Taciano preparó un libro de Problemas 222; como Taciano prometiera hacer ver mediante ellos lo oscuro y oculto de las divinas Escrituras, el propio Rodón anuncia a su vez que va a exponer en un libro especial223 las soluciones de los problemas de aquél. Se conserva también de él un Comentario sobre el Hexameron.

9 Apeles, sin embargo, profirió impíamente innumerables ultrajes contra la ley de Moisés, blasfemando de las divinas palabras con sus numerosos escritos y poniendo gran empeño, al menos por lo que parecía, en refutarlas y en destruirlas 224.
Esto es, pues, lo que hay sobre ellos.

Notas:

214 Sólo se sabe de él lo que aquí nos dice Eusebio.

215 Cf. supra IV 16,7; 29.

216 Cf. A. Harnack, Marcion. Das Evangelium vom fremden Gott: TU 45 (Leipzig 21924); E. C. Blackman, Marcion and his Influence (Londres 1948).

217 Sobre Apeles y Filomena, véase Tertuliano, De praescript. 30-34; De carne Christi 24; Adv. Marc. 3,11; el libro Adv. Apelleiacos se ha perdido; Pseudo-Tertuliano, Adv. omnes haer. 6; Hipólito, Refut. 7,38; también DCB t.i col. 127.

218 Desconocidos todos ellos, fuera de lo dicho.

219 Schwartz lo elimina, a pesar de ser unánimes todos los Mss y versiones.

220 Los Mss se reparten casi por igual: ἀγένητος, TER y las versiones SL; ἀγέννητος, ABDM. Creo preferible la primera, más conforme con el contexto al que se refiere el fragmento citado, pues lo que parece estar en juego es el carácter absoluto, no contingente, de Dios. Sobre el uso de ambos términos, cf. G. L. Prestige, Dieu dans la pensée patristique: Les Religions 10 (Paris 1955) 54-66.

221 Rodón. Calistión sólo aparece aquí.

222 Quizás en Roma mismo. Cf. G. Bardy, Questions et réponses sur l'Écriture Sainte dans la tradition patristique: RB 41 (1932) 223.

223 Seguramente no llegó a escribirlo.

224 De Apeles sólo sabemos que escribió las Phaneroseis, o Revelaciones (las que daba Filomena en sus éxtasis) y los Silogismos (cf. Pseudo-Tertuliano, Adv. omnes haer. 6), en que critica el Antiguo Testamento (quizás las palabras ἐλεγχον y ἀνατροπήν pertenecieran al titulo) y que Origenes y San Ambrosio utilizaron. Este último (De parad. 5,28) toma varias cuestiones sobre Gén 2 del tomo 38 (quizás este número explique lo de «numerosos»).

Cap. 14
[De los falsos profetas catafrigas]

Como quiera que el enemigo de la Iglesia de Dios es en sumo grado aborrecedor del bien y amante del mal y en modo alguno deja de lado cualquier manera de conspirar contra los hombres, hizo que de nuevo brotasen extrañas herejías contra la Iglesia. De estos herejes 225, los unos, a modo de serpientes venenosas, reptaban por Asia y Frigia, jactándose de tener al Paráclito en Montano y en las mujeres de su acompañamiento, Priscila y Maximila, las supuestas profetisas de Montano 226.

Notas:

225 En este y en el siguiente capítulo va a enumerar escuetamente los herejes de que tratará después más en particular.

226 Siguen siendo básicas para el estudio del montanismo las obras de P. de Labriolle, La crise montaniste: Bibliothèque de la Fondation Thiers 31 (París 1913); Id., Les sources de l'histoire du Montanisme. Textes grecs, latins, syriaques publiés avec une Introduction critique, une Traduction française, des Notes et des «Indices»: Collectanea Friburgensia 14 n. s. 15 (Friburgo-Suiza 1913); A. Faggiotto, L'eresia dei Frigi (Roma 1924); Id.. La diaspora catafrigia (Roma 1924)· Sobre la fecha de aparición del montanismo, véase supra IV 27 nota 238, y T. D. Barnes, The chronology of Montanism: JTS 11 (1970) 403-408. Más recientemente, Th. Baumeister, Montanismus und Gnosticismus. Die Frage der Identität und Akkomodation des Christentums im II. Jht.: Trierer theologische Zeitschrift 87 (1978) A4-60; W. H. C. Frend, Montanism. A movement of prophecy and regional identity in the early Church: Bulletin of the John Rylands University Library of Manchester 70 (1988) n.° 3, 15-34.

Cap. 15
[Del cisma de Blasto en Roma]

Los otros florecían en Roma. Los dirigía Florino, un rebotado del presbiterio de la Iglesia, y con él Blasto, que había tenido una caída 227 similar. Estos arrastraron a muchos de la Iglesia y los sometieron a su voluntad, intentando uno y otro introducir novedades sobre la verdad, cada cual por su parte 228.

Notas:

227 Esta caída puede significar la aceptación de la herejía, y también la deposición del rango presbiteral, como parece indicar el participio ἀποπεσών; cf. infra VII 30,18.

228 Parece, pues, que no coincidían en sus ideas (en el Pseudo-Tertuliano, Adv. &mms haer. 8,1 leemos que Blasto era también cuartodecimano).

Cap. 16
[Lo que se menciona acerca de Montano y de los pseudoprofetas de su acompañamiento]

1 Contra la herejía llamada catafriga, el poder defensor de la verdad suscitó en Hierápolis un arma potente e invencible: Apolinar, de quien ya más arriba esta obra hizo mención 229, y con él otros muchos hombres doctos de aquel tiempo, de los cuales se nos ha dejado tema abundante para historiar.

2 Al comenzar, pues, uno de los mencionados 230 su escrito contra aquéllos, señala primeramente que también ha luchado contra ellos con argumentos orales. Escribe en su prólogo de esta manera:

3 «Hace muchísimo y muy largo tiempo, querido Avircio Marcelo 231, que tú me ordenaste escribir algún tratado contra la herejía de los llamados 'de Milcíades' 232, pero hasta ahora en cierta manera me encontraba indeciso, no por dificultad en poder refutar la mentira y dar testimonio de la verdad, sino por temor de que, a pesar de mis precauciones, pareciera a algunos en cierto modo que yo agrego o sobreañado 233 algo nuevo a la doctrina del Nuevo Testamento 234, a la que no puede añadir ni quitar nada quien haya elegido vivir conforme a este mismo Evangelio 235.

4 »Hallándome recientemente en Ancira de Galacia y comprendiendo que la iglesia local estaba aturdida por esta, no ya, como dicen ellos, nueva profecía, sino, más propiamente, según se demostrará, pseudoprofecía, en cuanto nos fue posible y con la ayuda del Señor, durante varios días, discutimos intensísimamente236 acerca de estos mismos hombres y sobre los puntos por ellos propuestos, tanto que la iglesia se llenó de gozo y quedó robustecida en la verdad, mientras que los contrarios eran rechazados por el momento y los enemigos abatidos.

5 »En consecuencia, los presbíteros del lugar pidieron que les dejásemos alguna nota de lo que se había dicho contra los que se oponen a la doctrina de la verdad 237, hallándose también presente nuestro copresbítero 238 Zotico, el de Otreno, mas nosotros no lo hicimos; en cambio, prometimos escribirlo aquí, Dios mediante, y enviárselo con toda presteza».

6 Después de exponer al comienzo esto y a continuación alguna otra cosa, sigue adelante y narra la causa de la mencionada herejía de esta manera:
«Ahora bien, su conducta y su reciente ruptura herética respecto de la Iglesia tuvieron como causa lo que sigue.

7 »Se dice que en la Misia de Frigia existe una aldea llamada Ardabán 239. Allí es, dicen, donde un recién convertido a la fe llamado Montano, por primera vez, en tiempos de Grato, procónsul de Asia 240, dando entrada en sí mismo al enemigo con la pasión desmedida de su alma ambiciosa de preeminencia, quedó a merced del espíritu y de repente entró en arrebato convulsivo como poseso y en falso éxtasis 241, y comenzó a hablar y a proferir palabras extrañas, profetizando desde aquel momento en contra de la costumbre recibida por la tradición y por sucesión desde la Iglesia primitiva.

8 »De los que en aquella ocasión escucharon estas bastardas expresiones, los unos, enojados con él por energúmeno, endemoniado, empapado en el espíritu del error y perturbador de las muchedumbres, lo reprendían y trataban de impedirle hablar, acordándose de la explicación y advertencia del Señor sobre estar en guardia y alerta con la aparición de los falsos profetas 242; los otros, en cambio, como excitados por un espíritu santo y un carisma profético, y no menos hinchados de orgullo y olvidadizos de la explicación del Señor, fascinados y extraviados por el espíritu insano 243, seductor y descarriador del pueblo, lo provocaban para que no permaneciese ya más en silencio 244.

9 »Con cierta maña, o mejor, con tales métodos fraudulentos, el diablo 245 maquinó la perdición de los desobedientes y, honrado contra todo merecimiento por ellos, excitó e inflamó además sus mentes adormiladas, ya lejos de la fe verdadera, y así suscitó otras dos mujeres cualesquiera 246 y las llenó de su espíritu bastardo, de manera que también ellas se pusieron a hablar delirando, a destiempo y de modo extraño, como el mencionado antes. El espíritu proclamaba bienaventurados a los que se alegraban y vanagloriaban en él y los henchía con la grandeza de sus promesas; a veces, sin embargo, por motivos supuestos y verosímiles, los condenaba públicamente con el fin de parecer también él capaz de argüir; mas, con todo, pocos eran los frigios engañados 247. El orgulloso espíritu enseñaba además a blasfemar contra la Iglesia católica entera que se extiende bajo el cielo, porque el espíritu pseudoprofético no había tenido ni honor ni entrada en ella.

10 »Efectivamente, los fieles de Asia se habían reunido248 para esto muchas veces y en muchos lugares de Asia, y, después de examinar las recientes doctrinas, las declararon profanas y las rechazaron como herejía; de esta manera aquéllos fueron expulsados de la Iglesia y separados de la comunión».

11 Esto es lo que se refiere en los comienzos; luego continúa a través de todo el libro la refutación del error montanista, y en el segundo libro dice sobre el final de las personas antedichas lo que sigue:

12 «Pues bien, puesto que nos llaman mataprofetas 249 porque no admitimos a sus profetas charlatanes 250 (dicen, efectivamente, que éstos son los que el Señor había prometido enviar a su pueblo 251), que ante Dios nos respondan: De los que comenzaron a hablar 252 a partir de Montano y de las mujeres, ¿hay alguno, amigos, al que los judíos hayan perseguido o al que los criminales hayan asesinado? Ninguno. ¿Ni siquiera alguno de ellos fue apresado y crucificado por causa del nombre? 253. Tampoco, desde luego. ¿Ni siquiera alguna de las mujeres ha sido azotada en las sinagogas de los judíos y lapidada? 254

13 »Ni en parte alguna, en absoluto. En cambio, se dice que Montano y Maximila finaron con otro género de muerte. Efectivamente, es fama que éstos, por influjo del espíritu perturbador de la mente, que al uno y a la otra movía, se ahorcaron, aunque no a la vez, y que al tiempo de la muerte de uno y otra corrió abundante rumoreo de que habían acabado y muerto de la misma manera que Judas el traidor 255.

14 »Como también es rumor insistente que aquel inefable Teodoto, el primer, digamos, intendente 256 de su pretendida profecía, hallándose un día como levantado y alzado hacia los cielos, entró en éxtasis y se confió por entero al espíritu del engaño 257, y entonces, lanzado con fuerza, acabó desastrosamente. Al menos dicen que así fue.

15 »Sin embargo, querido, no habiéndolo visto nosotros, pensamos que nada sabemos de ello; porque quizás haya ocurrido así, pero también quizás no han muerto así ni Montano ni Teodoto ni la susodicha mujer».

16 Vuelve a decir en el mismo libro que los sagrados obispos de aquel tiempo intentaron refutar el espíritu que había en Maximila, pero que otros se lo impidieron, colaboradores, evidentemente, de aquel espíritu.

17 Escribe como sigue:
«Y que el espíritu que obra por medio de Maximila no diga en el mismo libro de Asterio Urbano 258: 'Me persiguen como a lobo lejos de las ovejas; yo no soy lobo, soy palabra y espíritu y poder' 259, antes bien que demuestre claramente el poder que hay en el espíritu, que lo pruebe y que por medio del espíritu obligue a confesar a los que en aquella ocasión se hallaban presentes para examinar y para dialogar con el espíritu que hablaba, varones probados y obispos: Zotico, de la aldea de Cumana 260, y Juliano, de Apamea, cuyas bocas amordazaron los partidarios de Temiso261, impidiendo así que refutaran al espíritu engañador y descarriador de pueblos».

18 De nuevo en el mismo libro, a la vez que se dicen algunas otras cosas refutando las falsas profecías de Maximila, indica el tiempo en que escribió esto y menciona los vaticinios de aquélla, en los cuales predecía que habría guerras y revoluciones 262; la falsedad de todo ello la descubre él cuando escribe:

19 «¿Y cómo no se ha evidenciado ya también esta mentira? Porque son ya más de trece años los transcurridos hasta hoy desde que murió aquella mujer y en el mundo no ha habido guerra, ni parcial ni general, sino que incluso para los cristianos la paz ha sido más permanente 263, por misericordia divina».

20 Esto lo hemos tomado del libro segundo. Pero también del tercero citaremos algunas breves frases, por las cuales dice contra los que se jactaban de que entre ellos ha habido más mártires:
«Ahora bien, cuando se los refuta con todo lo dicho y se ven apurados, intentan refugiarse en los mártires, diciendo que tienen muchos mártires 264 y que esto es una garantía fidedigna del poder del espíritu que ellos llaman profético. Pero esto, al parecer, es de todo lo menos verdadero.

21 »Efectivamente, de las otras herejías algunas tienen numerosísimos mártires, y no por esto vamos a prestarles asentimiento ni a confesar que poseen la verdad. Los primeros, al menos, los que se llaman marcionitas 265 por seguir la herejía de Marción, también ellos dicen que tienen mártires innumerables 266, pero a Cristo mismo no lo confiesan conforme a la verdad».
Y después de breve espacio, añade a lo dicho:

22 «Por lo cual, siempre que los fieles de la Iglesia llamados a dar testimonio de la fe conforme a la verdad se encuentran con algunos de los llamados mártires procedentes de la herejía catafriga, se apartan de ellos y mueren sin haber comunicado con ellos, porque no quieren prestar asentimiento al espíritu que se vale de Montano y de sus mujeres. Que esto es verdad y que, incluso en nuestros tiempos 267, ha ocurrido en Apamea, orillas de Meandro, se evidencia en los martirios de Cayo y Alejandro de Eumenia y de sus compañeros.»

Notas:

229 Supra IV 21; 26,1; 27; cf. también infra 19,2.

230 San Jerónimo (De vir. ill. 39) cree que es Rodón; Rufino, en cambio, atribuye en su traducción los fragmentos siguientes a Apolinar, lo mismo que la versión siríaca. W. Kuehnert (Der antimontanistische Anonymus des Eusebius: TZ 5 [1949] 436-446) cree que podría ser Polícrates de Efeso, único «eminente representante—dice—del cuartodecimanismo». En realidad, no es posible identificarlo mientras no se disponga de otros elementos de juicio. Seguiremos llamándole el Anónimo, sabedores solamente de que probablemente era obispo (cf. infra §5), que escribió cuando el montanismo estaba ya muy desarrollado en Oriente, aunque a los pocos años, relativamente, de la muerte de Maximila (cf. infra § 19), hacia el 192-193 (cf. Labriolle, La crise p.580-581), y que su obra constaba al menos de tres libros (cf. infra § 20).

231 Dado que el Anónimo se escribió hacia 192-193, y el epitafio de Abercio, obispo de Hierápolis, es anterior a 216 (cf. Lightfoot, Ign. I p.492ss; H. Strathmann-Th. Klauser, Aberkios: RAC 1.1,12-17), son bastantes los autores que se inclinan a identificar al Avircio Marcelo del Anónimo con el Abercio del epitafio; cf. Labriolle, La crise p.581-584; Lawlor, p.171-172. Algunos, con todo, disienten; asi A. Ferrua, Nuove osservazione sull' epitafio di Abercio: Rivista di Archeologia cristiana 20 (i943) 279-305.

232 Cf. supra 3,4. Este Milcíades parece ser que, en la última década del siglo II, se había convertido en uno de los principales dirigentes del montanismo en la Pentápolis. No se sabe más de él. Algunos han querido identificarlo con el Alcibíades nombrado supra 3,4 (cf. nota 125), y no ha faltado quién ha intentado identificarlo con el apologista del mismo nombre, de infra 17: A. Faggiotto, Note eusebiane: Le vicende dell' Anónimo antimontanista. Un Mïlziade profeta del Paráclito?: Atti del r. Istituto Veneto di scienze, lettere e arti 72,2 (1922-23) 643-660.

233 Cf. Gál 3.15.

234 El Anónimo se cura en salud de la acusación de hacer como los montanistas: añadir o quitar algo al «Nuevo Testamento». Esto supone un canon del NT ya cerrado (cf., sobre el AT supra IV 26,14). si καινῆς διαθήκης se refiere realmente al Nuevo Testamento. La mayor parte de los autores están por la afirmativa, con lo cual ésta sería la primera vez que aparece la expresión; cf. W. C. van Unnik, De la régle μήτε προσθεῖναι μήτε ἀφελεῖν dans l'histoire du Canon: VigCh 3 (1949) 1-36. Una vision completa del problema, en el mismo Van Unnik, Ἡ καινὴ διαθήκη—a Problem in the early history of the Canon: Studia Patrística 4: TU 79 (Berlín 1961) 212-227.

235 Cf. Ap 22,18-19.

236 Traduzco la corrección de Schwart2: ἐκτενέστατα, en vez del incomprensible ἕκαστὰ τε.

237 Cf. 2 Tim 2,25.

238 Es la expresión con que los obispos acostumbraban a dirigirse a los presbíteros y, a veces, a sus colegas de episcopado (infra VII 5,6; 11,3; 20). Zotico podía ser obispo o presbítero de Otreno.

239 W. M. Ramsay (Cities and Bishoprics of Phrygia [Oxford 1897] P-573) la sitúa en «la región de Misia, que está al sur y sureste de Filadelfia»; cf. Labriolle, La crise p. 12.

240 Siéndonos desconocida la fecha en que Grato fue proconsul de Asia, para fijar la aparición del montanismo hay que utilizar otros puntos de referencia. San Epifanio (Haer. 48,1): el año 156-157; Eusebio, en cambio, reúne los acontecimientos en torno al año 171 (Chronic, ad annum 171: HELM, p.206), y de los datos de su HE resulta el 172-173 (cf. Labriolle, La crise p.570-571); cf. supra IV 27; V 14.

241 Para designar este fenómeno, totalmente distinto del éxtasis (ἔκστασις) auténtico, ortodoxo, el Anónimo utiliza los términos παρέκστασις—παρεξίστημι (cf. infra § 14; 17,2). Labriolle (La crise p. 155-162) explica cómo se discernía a los verdaderos profetas de los falsos, uno de cuyos fenómenos eran los éxtasis; cf. p. 162-175.

242 Cf. Mt 7,15.

243 Cf. 1 Jn 4,6.

244 En el texto sobra un infinitivo, interpolado, según Schwartz; creo que sobra κωλύεσθαι, omitido por S.

245 Para Schwartz, interpolado.

246 Al decir «otras», el autor no quiere decir que antes hubiera ya mujeres; son «otras» víctimas del diablo, por relación a la primera: Montano. Las dos mujeres se juntaron a éste, aunque no sabemos en qué momento. Como se desprende de infra 14, estaban consideradas en grado inferior al de Montano. Más abajo (§ 13,17 y 18; 17,4; 18,3; 19,3) van apareciendo con sus nombres. Cf. Labriolle, La crise p.23-26.

247 Este inciso parece ir en contra de lo que se dijo en el párrafo 4 y de lo que sigue, todo lo cual supone que el montanismo se había extendido ya bastante.

248 En los párrafos 4-5 se habla ya de una especie de reuniones de obispos y presbíteros, aunque no como aquí, donde los reunidos—«fieles»: quizás obispos, presbíteros y seglares— se consideran con autoridad suficiente para condenar las nuevas doctrinas y excomulgar a sus fautores. Por eso se ha querido ver en ellos ios primeros sínodos o concilios de la Iglesia de que se tenga noticia, desde el de Jerusalén (Act 15,1-29). Así Labriolle, La crise p.30, y Lawlor, p.174; cf. J. A. FISCHER, Die aniimontanistischen Synoden des 1./3. Jhts.: Annuarium historiae Conciliorum 6 (1974) 141-273.

249 Cf. Mt 23.31

250 Cf. Homero, Ilíada 2,212.

251 Cf. Jn 14,26.

252 Esto es, a «profetizar», como Montano.

253 El nombre de Cristo; cf. 3 Jn 7

254 El trasfondo de estas invectivas irónicas está en Mt 23,34-38, que los montanistas habían aplicado a sus propios profetas, perseguidos, según ellos, por los católicos. Aparentemente, este párrafo contradice a lo que se afirma luego, en el párrafo 22. Sin embargo, aquí no se niega que los montanistas tengan mártires, cosa que allí reconoce; lo que se niega es que haya un solo mártir entre «los profetas» (= «los que comenzaron a hablar») de la secta, desde Montano hasta el último, hombre o mujer; cf. Lawlor, p.174; Labriolle, La crise p.182-186. En cuanto a la animosidad de los judíos contra los cristianos, el hecho de que no se dé respecto de los montanistas (cf. supra IV 15,26) es utilizado por el Anónimo como un argumento más contra éstos; cf. Labriolle, La crise p. 186-187.

255 En el párrafo 19, el Anónimo se muestra completamente seguro de la fecha de la muerte de Maximila; en cambio, aquí no garantiza el relato sobre el modo de su muerte ni el referente a Montano. Más claro lo da a entender infra § 15. Ei paralelismo con la muerte de Judas (cf. Mt 27,5) infunde también sobradas sospechas.

256 Como veremos, infra 18,2, Montano tenía bien organizadas sus finanzas, por lo que hay que entender a la letra el cargo de Teodoto. El género de muerte de éste, en cambio, cae de lleno en el tópico de cierta literatura del siglo II; cf. la muerte de Simón Mago en las Acta Petri 32; o la de Peregrino, en el De morte Peregrini 36, de Luciano. Por lo demás, el Anónimo sigue negándose a garantizar la veracidad de lo que cuenta.

257 Cf. 1 Jn 4,6.

258 Por lo que parece, se trata de un compilador de los oráculos proféticos de Maximila; no se le nombra más; cf. Labriolle, La crise p.35.

259 Cf 1 Cor 2,4; las tres palabras quieren expresar el espíritu que habla en Maximila; cf. Labriolle, La crise p.70-71.

260 Zotico, obispo de Cumana (una aldea probablemente de Panfilia, no lejana de Apamea) no debe confundirse con el de Otreno (supra § 5); ¿se le podrá llamar el primer «corepíscopo» conocido?; cf. Labriolle, La crise p.29-30. Sobre el incidente aludido, cf. infra 18,13.

261 Cf. infra 18,5; Labriolle, La crise p.27.135 y 157.

262 Cf. Mt 24,6-9; Mc 13,6-8; Lc 21,9. Esto indica que se consideraban los últimos profetas y que la parusía era inminente. También se deduce que Maximila sobrevivió a Montano y a Priscila (cf. también San Epifanio, Haer. 48,2).

263 Determinar esta paz tan duradera es capital para fechar la muerte de Maximila y al mismo Anónimo antimontanista. Desde Antonino Pío nunca hubo período más largo de paz (aunque no tan larga ni tan duradera como quiere el texto) hasta el reinado de Cómodo (180-192). Según esto, Maximila habría muerto hacia el 179, y el Anónimo habría sido escrito hacia 192-193. Cf. Labriolle, La crise p.580-587.

264 A pesar de esta afirmación, los montanistas de Frigia no sobresalen por su afán de martirio, como luego los seguidores de Tertuliano. Ya vimos (§ 12) lo que el Anónimo piensa de sus jefes—profetas—; más abajo (18,5) veremos lo que Apolonio refiere de Temiso. Si tenemos en cuenta además que en el siglo II fueron raros los martirios en Frigia (cf. W. M. Ramsay, Cities and Bishoprics of Phrygia [Oxford 1897] p.501), veremos en qué queda esta afirmación. Quizás es lo que sugiere Lawlor, que tienen bastantes simpatizantes entre los mártires o confesores que, sin ser montanistas, han intervenido en su favor o al menos protestado contra su condenación.

265 Cf. supra IV 22,5 nota 171 - Los Mss. aquí vacilan; no obstante, es preferible la forma «marcionitas», por ser más antigua.

266 Cf. supra IV 15,46; infra VII 12; MPal 10,3; Acta Pionii 21. Cf. A. Harnack, Mar-cion. Das Evangelium vom fremden Gott : TU 45 (Leipzig 21924) 348.

267 Seguramente todavía bajo Marco Aurelio.

Cap. 17
[De Milcíades y los tratados que compuso]

1 En la misma obra 268 se menciona también a Milcíades 269, un escritor que, al parecer, también ha escrito un tratado contra la antedicha herejía. Después de citar algunos pasajes de éstos 270 continúa diciendo:
«Esto encontré en una obra de las que atacan al escrito de Milcíades 271 nuestro hermano, escrito en que demuestra no ser necesario que un profeta hable en éxtasis, y me lo he resumido».

2 Un poco más abajo de la misma obra establece una lista de los que han profetizado en el Nuevo Testamento; entre ellos enumera a un tal Amias y a Cuadrato; dice así:
«... mas el falso profeta, en el éxtasis—al que siguen el descaro y la osadía—, comienza por voluntaria ignorancia y termina en demencia involuntaria del alma, según se ha dicho anteriormente.

3 »Mas no podrán mostrar un solo profeta, ni del Antiguo ni del Nuevo (Testamento) que fuera arrebatado por el espíritu de esta manera, ni podrán gloriarse de Agabo 272, ni de Judas, ni de Silas 273, ni de las hijas de Felipe 274, ni de Amias de Filadelfia 275, ni de Cuadrato 276 ni de ningún otro, si lo hay, porque nada tienen que ver con ellos».

4 Y luego, tras corto espacio, dice lo siguiente:
«Porque, si es como dicen, que después de Cuadrato y de Amias de Filadelfia, el carisma profético lo recibieron en sucesión las mujeres del séquito de Montano, que demuestren quiénes de entre ellos han sucedido a los discípulos de Montano y a sus mujeres, ya que el Apóstol sostiene que es necesario que el carisma profético subsista en toda la Iglesia hasta la parusía final277. Pero no podrán mostrar a nadie, a pesar de ser ya éste el decimocuarto de la muerte de Maximila».

5 Esto dice él. Por lo que atañe a Milcíades, por él mismo mencionado, también nos ha dejado otros recuerdos de su aplicación diligente a las divinas Escrituras en los tratados que compuso Contra los griegos y Contra los judíos, temas con los que se enfrentó separadamente en sendos libros. Es más, también ha hecho una Apología dirigida a los príncipes 278 del mundo en favor de la filosofía 279 por él profesada 280.

Notas:

268 El Anónimo antimontanista.

269 Este escritor, de Asia Menor, se cuenta entre los ortodoxos, como antimontanista y como antivalentiniano; cf. infra 28,4; Tertuliano, Adv. Val. 5,1.

270 Se refiere a los representantes de la herejía mencionada. Como supra 14, tras hablar de «herejías», los pronombres se refieren a «los herejes». No obstante, las versiones SL han leído αὐτοῦ, y lo refieren a Milcíades.

271 Los Mss y la versión S dan aquí, en vez de Milcíades, Alcibíades, seguramente por confusión con el Alcibíades de supra 3,4. Schwartz da por cierta la conjetura μιλτιάδου, del cód. Par. 1436. Efectivamente, Eusebio comienza a transcribir textualmente el pasaje que habla del Milcíades mencionado al introducirlo; no puede haber, pues, dualidad, a menos de perder todo el sentido; cf. Labriolle, La crise p.31-32.

272 Cf. Act 11,28; 21,10-11.

273 Cf. Act 15,22.27.32; sobre Silas solo, cf. ibid., 18,5ss.

274 Act 21,8-9; se trata sin duda de las cuatro hijas, vírgenes y profetisas, del diácono Felipe, al que Eusebio confunde a veces con el apóstol (cf. supra III 31,4 nota 227; 39,9). El montanismo debió de sacar bastante partido del nombre de estas profetisas, basado en la teoría de la sucesión en el carisma profético; cf. infra § 4; Labriolle, Les sources p.55-56.

275 De Amias de Filadelfia no se sabe más.

276 Ya vimos que este Cuadrato, profeta, parece ser personaje distinto del apologista, y posiblemente del obispo de Atenas del mismo nombre (supra III 37,1 nota 285).

277 Cf. Ef 4,11-13; 1 Cor 1,4-8; 13,8-10; el Anónimo reconoce que en la Iglesia ha de haber siempre profetas, pero no precisamente del tipo montanista.

278 Lo más probable, a Marco Aurelio y su coaugusto Lucio Vero (161-160). Sin embargo, buena parte de los Mss leen πρὸς ἓλληνας κοσμικοὺς ἄρχοντας, lo que hace pensar a Valois que se trata de los gobernadores de las provincias (a los que también está dirigido el Apologeticum de Tertuliano). Además, Valois piensa que Milcíades escribió su Apología bajo Cómodo.

279 Cf. supra III 37,2 nota 288.

280 Además de las obras aquí enumeradas, Tertuliano (Adv. Val. 5,1) le atribuye también un tratado antivalentiniano. Todas se han perdido.

Cap. 18
[En qué términos Apolonio refutó a los catafrigas y a quiénes menciona]

1 Como la herejía llamada catafriga estuviera floreciente aún por aquel entonces en Frigia, también Apolonio281, escritor eclesiástico, acometió la empresa de una refutación. Compuso contra ellos un escrito propio, en el que, palabra por palabra, corrige las falsas profecías por ellos alegadas y describe cómo fue la vida de los cabecillas de la herejía. Pero escucha esto que dice sobre Montano, a la letra:

2 «Mas sus obras y su enseñanza muestran quién es este nuevo maestro. Este es el que enseñó las rupturas de matrimonios 282, el que impuso leyes de ayunos 283, el que dio el nombre de Jerusalén a Pepuza y a Timio (ciudades éstas insignificantes de Frigia) 284, porque quería reunir allí a gente de todas partes, el que estableció recaudadores de dinero, el que inventaba la aceptación de donativos bajo el nombre de ofrendas, el que asalariaba a los heraldos de su doctrina 285, con el fin de que la enseñanza de su doctrina se afirmase por medio de la glotonería» 286.

3 Esto sobre Montano. Pero un poco más abajo también escribe acerca de sus profetisas como sigue:
«Demostramos, por lo tanto, que estas primeras profetisas en persona son las que, desde el momento en que fueron llenas del espíritu, abandonaron a sus maridos. ¿Cómo, pues, trataban de engañamos llamando virgen a Priscila?»

4 Todavía sigue diciendo:
«¿No te parece que toda la Escritura prohíbe que un profeta reciba dones y dinero? 287 Por lo tanto, cuando veo 288 que la profetisa ha recibido oro y plata y vestidos suntuosos, ¿cómo no voy a rechazarla?»

5 Y un poco más abajo, otra vez dice sobre algunos de sus confesores lo que sigue:
«Más aún: también Temiso, que envolvió su avidez con visos de aceptabilidad y que no soportó las insignias de la confesión 289, sino que depuso las cadenas a cambio de abundante dinero, cuando por todo esto debía humillarse, se las dio de mártir y, componiendo una Carta católica, a imitación del Apóstol 290, se atrevió a catequizar a los que eran mejores creyentes que él, a combatir con palabras vacías de sentido y a blasfemar contra el Señor, los apóstoles y la santa Iglesia».

6 Y acerca de otro, también de los que ellos estiman como mártires 291, escribe así:
«Y para no hablar de más, que nos diga la profetisa 292 lo que hay de Alejandro, el que a sí mismo se llama mártir, con el cual ella banquetea y al que muchos incluso adoran. No es preciso que digamos los latrocinios y demás crímenes suyos por los que ha sido castigado: los conserva el opistodomo 293.

7 »¿Quién, pues, perdona a quién de sus pecados? 294 ¿Cuál de los dos: el profeta al mártir sus latrocinios, o el mártir ai profeta su avaricia? Porque, teniendo dicho el Señor: no poseáis ni oro ni plata ni dos túnicas 295, éstos han pecado haciendo todo lo contrario en lo que atañe a la posesión de estas cosas prohibidas. Efectivamente, vamos a demostrar que los llamados entre ellos profetas y mártires no solamente hacen a la calderilla de los ricos, sino también a la de los pobres, de los huérfanos y de las viudas.

8 »Y si están seguros, que se planten aquí y se expliquen sobre estos puntos para que, en el caso de quedar convictos, en adelante dejen de prevaricar. Efectivamente, hay que examinar los frutos de los profetas 296,

9 »ya que por su fruto se conoce al árbol 297. Y para que cuantos lo deseen conozcan la historia de Alejandro, fue juzgado por Emilio Frontino, procónsul de Efeso 298, no por causa del nombre 299, sino por los robos que había osado cometer, porque era ya un delincuente. Luego, añadiendo mentira a mentira en nombre del Señor, engañó a los fieles del lugar y fue puesto en libertad, y su propia comunidad de origen no lo recibió, por ser ladrón; los que quieran saber su historia tienen el archivo público de Asia 300.

10 »El profeta no lo conoce, a pesar de convivir con él muchos años 301. Nosotros, desenmascarándole a él, por él ponemos en evidencia la naturaleza 302 del profeta. Cosas parecidas podemos demostrar de muchos; y, si se atreven, que soporten la prueba».

11 Y de nuevo, en otro lugar de la obra, añade lo que sigue, acerca de los profetas de que se jactan:
«Si por ventura niegan que sus profetas han recibido regalos, que admitan esto: si se les prueba que los han recibido, no son profetas, y nosotros aduciremos pruebas de ello a miles. Es preciso comprobar todos los frutos del profeta. Un profeta, dime, ¿se tiñe los cabellos? 303 Un profeta, ¿se pinta de negro cejas y pestañas? Un profeta, ¿es amigo de afeites? Un profeta, ¿juega a tableros y dados? Un profeta, ¿presta dinero a interés? Que confiesen si está permitido esto o no, que yo demostraré que entre ellos se ha dado» 304.

12 Este mismo Apolonio refiere en la misma obra que, cuando él escribía su libro, habían transcurrido ya cuarenta años desde que Montano emprendiera su fingida profecía 305.

13 Y dice además, que estando Maximila en Pepuza fingiendo que profetizaba, Zotico—del que también hizo mención el anterior escritor 306—se le enfrentó intentando refutar al espíritu que obraba en ella, pero que se lo impidieron los que pensaban lo mismo que aquella mujer. Menciona también a cierto Traseas, uno de los mártires de entonces 307.

14 Dice además, como proveniente de una tradición, que el Salvador ordenó a sus apóstoles no alejarse de Jerusalén en doce años 308; utiliza también testimonios tomados del Apocalipsis de Juan y refiere que el mismo Juan resucitó en Efeso con poder divino a un muerto; y aún dice otras cosas mediante las cuales enmendó acertada y cumplidísimamente el error de la antedicha herejía.
Esto dice Apolonio.

Notas:

281 No sabemos de él más de lo que nos dice Eusebio, al que sigue San Jerónimo (De vir. ill. 40). De los párrafos 1,0 y 14 se desprende que era de Asia, y del párrafo 12 podemos deducir que escribió su refutación antimontanista en la primera década del siglo III, antes de 212; cl. Labriolle, La crise p.584.

282 Seguramente se refiere a la invitación que Montano hacía de entregarse de lleno a la obra del Espíritu, aun a costa de romper con el cónyuge, lo que hicieron sobre todo algunas mujeres (infra § 3). Sobre el concepto montanista del matrimonio y de la continencia, cf. Labriolle, La crise p. 110-112.374-397.

283 Eran, pues, ayunos impuestos, no voluntarios; cf. Labriolle, La crise p. 109-110.397-404.

284 Dos ciudades, o mejor, pueblos o aldeas de Frigia, sobre cuya localización no hay acuerdo; cf. W. M. Ramsay, o.e., p.243.573-575. La razón de nombrarlas «Jerusalem» fue el milenarismo de Montano, que le impulsaba a preparar el lugar de la parusía, donde habían de reunirse todos; cf. San Epifanio, Haer. 48,14; 49,1; cf. A. Strobel, Das heilige Land der Montanisten. Eine religionsgeographische Untersuchung = Religionsgeschichtliche Versuche und Vorarbeiten, 37 (Berlin 1980).

285 Cf. 1 Cor 9,14.

286 Ya vimos (supra 16,14) que el primer «intendente» de esta organización financiera fue Teodoto. El tener esta organización no era cosa nueva; la Iglesia contaba siempre con ella. El escándalo viene más bien de su estructura y funcionamiento, especialmente del pago de salario a los predicadores; un caso similar levantará gran escándalo en Roma (cf. infra 28,10). Sobre las finanzas montanistas, véase Labriolle, La crise p. 127-128.

287 Este mandato aparece solamente en la Doctr. apóstol., 11,12, que aquí parece ser tomada como «Escritura».

288 El aoristo empleado—ἴδω—no obliga a pensar que se trata de una profetisa «en vida»; con todo, quizás se refiera a la misma que infra § 5; cf. Labriolle, La crise P.584ss.

289 Es decir, del martirio.

290 Esta Carta católica debía de estar dirigida a la Iglesia en general o a una vasta zona. Es la primera vez que se aplica el adjetivo «católica» a una carta, en el sentido que se hará general más tarde para todas las cartas no paulinas del NT. La aplicación del mismo a las cartas de Dionisio de Corinto (cf. supra IV 23,1) debió de ser posterior, si no del mismo Eusebio. «El apóstol» que Temiso imitó debió de ser San Juan (1 Jn) o San Pedro (1 Pe); cf. A. F. Walls, The Montanist «Catholic Epistle» and its New Testament prototype: Studia Evangélica 3: TU 88 (Berlín 1964) 437-446.

291 Cf. supra 2,2 nota 107; 16,20.

292 Todo parece indicar que se trata de una contemporánea, aunque no debemos olvidar lo que se dice en el párrafo 1.

293 En el templo griego era la cámara interior y más resguardada, donde se conservaban los tesoros y los documentos, haciendo las veces de archivo. Aquí tiene claramente este significado de archivo (cf. infra § 9).

294 Esto supone que Montano consideraba a los profetas y a los «mártires» con igual autoridad para perdonar los pecados. Tertuliano (De pudic. 21-22) se la negará a los mártires.

295 Mt 10,9-10.

296 Cf. Doctrina apóstol. 11,8-12.

297 Cf. Mt 7,16; 12,33; Doctr. apóstol. 11,8.

298 Desconocido.

299 El nombre de Cristo.

300 No deja de ser curioso el parecido de este «curriculum vitae» del montanista Alejandro, según Apolonio, con la etapa cristiana del Peregrino, de Luciano de Samosata (De morte Peregrini 11-17).

301 El verdadero profeta—piensa él—lo hubiera sabido en seguida. Según el latín de Rufino, lo no sabido es lo del archivo. Posiblemente, aunque no diga «profetisa», se está refiriendo a la compañera de Alejandro (cf. § 4).

302 O bien lo que avala o justifica la pretensión del profeta; cf. P. Ox. vol II n.336-337 p.151.

303 βάπτεσθαι, voz media, tiene el significado especial de «teñirse los cabellos»; va mejor con el contexto que «bañarse».

304 De ser esto verdad, al menos en parte, el montanismo de Frigia tendría poco que ver con el de Africa en lo que atañe al ascetismo. Seguramente el apologista carga las tintas y generaliza. Es de notar que Rufino habla de «profetisa» en lo referente a los afeites; cf. también San Jerónimo, De vir. ill. 40, que se lo refiere a «Prisca y Maximila».

305 Según la fecha que se adopte para la aparición del montanismo, se podrá fechar la obra de Apolonio (cf. supra IV 27; V 14; 16,7). Es posible que cuente a partir del acontecimiento de Pepuza (§ 2 y 13), lo que daría los primeros años del siglo III, hacia 212; cf. Labriolle, La crise p.584.

306 Cf. supra 16,17.

307 Esto es, contemporáneo del acontecimiento de Pepuza. Ahora bien, como se verá (infra 24.4). Traseas de Éfeso sufrió el martirio en 165 a más tardar.

308 Cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 6,5.43; cf. también Praed. Petri fragm.6: RESCH, p.275.

Cap. 19
[De Serapión sobre la herejía de los frigios]

1 Las obras de Apolinar 309 contra la referida herejía las menciona Serapión 310, que, según quiere una tradición, fue obispo de la iglesia de Antioquía en los tiempos a que nos referimos, después de Maximino 311 hace mención de él en una carta particular dirigida a Carico y Poncio 312, en la cual, refutando también él la misma herejía, añade lo que sigue:

2 «Mas, para que también sepáis que el influjo de esta engañosa tropa—la llamada nueva profecía—es abominada por todos los hermanos del mundo 313, os he enviado también unos escritos de Claudio Apolinar, obispo beatísimo que fue de Hierápolis de Asia».

3 En esta misma carta de Serapión se conservan también las firmas de diferentes obispos, uno de los cuales firma así: «Aurelio Cirinio, mártir 314: ruego que estéis bien»; y otro de esta manera:
«Elio Publio Julio, obispo de Develto, colonia de Tracia: vive el Dios de los cielos, que el bienaventurado Sotas de Anquialo quiso expulsar al demonio de Priscila, y los hipócritas no le dejaron» 315.

4 También se conservan en la carta aludida las firmas autógrafas de muchos otros obispos que están de acuerdo con éstos 316. Tal es lo que hay sobre ellos.

Notas:

309 Sobre Apolinar, cf. supra IV 21; 26,1; 27; V 16,1.

310 De Serapión se hablará infra 22,1; VI 11,4; 12.

311 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 190: HELM, p.209.

312 Algunos Mss y la version latina leen ποντικόν. Ni a Poncio ni a Carico se les conoce fuera de aquí.

313 Es decir, por todo el conjunto de hermanos, por toda la cristiandad esparcida por el mundo, como viene a decir la lectura (glosa, sin duda) de algunos Mss y de las versiones SL.

314 Cf. supra 2,2 nota 107.

315 El mismo incidente que supra 16,17; 18.13. Sotas, pues, no firma personalmente la carta. De ninguno de los tres obispos sabemos más.

316 Cf. Labriolle, La crise p. 151-155.

Cap. 20
[Lo que Ireneo discute por escrito con los cismáticos de Roma]

1 Contrariamente a los que en Roma falsificaban el sano estatuto de la Iglesia, Ireneo compuso varias cartas: una que tituló A Blasto, sobre el cisma 317; otra, A Florino, sobre la monarquía o que Dios no es autor de los males, ya que, al parecer, Florino defendía esta opinión 318, y como además estuviera seducido por el error de Valentín, Ireneo compuso otro trabajo, Sobre la Ogdoada, en el cual da a entender que él mismo ha recibido la primera sucesión de los apóstoles 319.

2 Hacia el final de la obra encontramos una gratísima indicación suya que por necesidad hemos de registrar en el presente escrito, y que dice de esta manera:
«Te conjuro a ti, que vas a copiar este libro, por nuestro Señor Jesucristo y por su venida gloriosa, cuando venga a juzgar a vivos y muertos 320, a que compares lo que transcribas y lo corrijas cuidadosamente conforme a este ejemplar del que lo copiaste. Y copiarás igualmente este conjuro y lo pondrás en la copia» 321.

3 Advertencia útil para el que la hizo y para nosotros, que la referimos, para que tengamos a aquellos antiguos y realmente sagrados varones como el mejor ejemplo de solicitud diligentísima.

4 En la Carta a Florino de que hablamos arriba 322, de nuevo menciona Ireneo su convivencia familiar con Policarpo, diciendo:
«Estas opiniones, Florino, hablando con moderación, no son propias de un pensamiento sano. Estas opiniones disuenan de las de la Iglesia y arrojan en la mayor impiedad a cuantos las obedecen; estas opiniones ni siquiera los herejes que están fuera de la Iglesia se atrevieron alguna vez a proclamarlas; estas opiniones no te las han transmitido los presbíteros que nos han precedido, los que juntos frecuentaron la compañía de los apóstoles.

5 »Porque, siendo yo niño todavía 323, te vi en casa de Policarpo en el Asia inferior 324, cuando tenías una brillante actuación en el palacio imperial 325 y te esforzabas por acreditarte ante él. Y es que yo me acuerdo más de los hechos de entonces que de los recientes

6 »(lo que se aprende de niños va creciendo con el alma y se va haciendo uno con ella), tanto que puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialogaba sentado, así como sus salidas y sus entradas, la índole de su vida y el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan 326 y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba las palabras de unos y otros; y qué era lo que había escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y su enseñanza; y cómo Policarpo, después de haberlo recibido de estos testigos oculares de la vida del Verbo 327, todo lo relataba en consonancia con las Escrituras.

7 »Y estas cosas, por la misericordia que Dios tuvo para conmigo, también yo las escuchaba entonces diligentemente y las anotaba, pero no en el papel, sino en mi corazón, y, por la gracia de Dios, siempre las estoy rumiando fielmente y puedo atestiguar delante de Dios que, si aquel bienaventurado y apostólico presbítero hubiera escuchado algo semejante 328, habría lanzado un grito, se habría taponado los oídos y, diciendo, como era su costumbre: '¡Dios bondadoso! ¡Hasta qué tiempos me has conservado, para tener que soportar estas cosas!', habría huido incluso del sitio en que estaba 329 sentado o de pie cuando escuchó tales palabras.

8 »Esto puede también comprobarse claramente por las cartas 330 que escribió, bien a las iglesias vecinas, confortándolas, bien a algunos hermanos amonestándolos y exhortándolos».
Esto dice Ireneo.

Notas:

317 Cf. supra 15. Sobre su cisma, cf. G. La Piana, The Roman Church at the End of the Second Century: Harvard Theological Studies 11 (1915) 101-177; Y. DE Andia, Irénée, théologien de l'unité: Nouvelle Revue Théologique 109 (1987) 31-48.

318 Cf. supra 15. Florino, pues, rechazaba, igual que Marción, la divina «monarquía», término técnico ya para expresar la unidad de la divinidad.

319 Cf. supra III 37,4. Esta afirmación—que es de Ireneo mismo—implica que nació en los primeros años del siglo II. No obstante, cf. infra § 5.

320 Cf. 2 Tim 4,1; Act 10,42; 1 Pe 4,5.

321 Además del interés que esta indicación tiene para la historia del libro (ya vimos cómo se quejaba Dionisio de Corinto de las falsificaciones de sus propias cartas, supra IV 23,12), señalemos el que tiene para determinar que se trataba de un libro más que de una carta.

322 Párrafo I.

323 Cf. supra IV 14,3.

324 Inferior o baja, costera más bien, en oposición a la interior. Es denominación geográfica, no administrativa.

325 No se ve a qué corte imperial pueda referirse, ya que, según la opinión más común, Ireneo debió de nacer hacia el año 140, lo cual supone que lo recordado en este párrafo ocurrió hacia 150-155, y no hay pruebas de que el emperador habitase por entonces en Asia.

326 Ireneo no conoce otro Juan que el apóstol.

327 Cf. 1 Jn 1,1-2; Lc 1,2.

328 Algo semejante a lo que defiende Florino.

329 Cf. supra IV 14.6-7.

330 No se conserva más que la Carta a los Filipenses (cf. supra III 36,13). mentada por Ireneo como si fuera también la única que conoce; cf. supra IV 14,8 (= San Ireneo, Adv. haer. 3.3.4). Quizás era solamente la más conocida.

Cap. 21
[De cómo Apolonio murió mártir en Roma]

1 Por el mismo tiempo del reinado de Cómodo, nuestra situación dio un cambio hacia una mayor suavidad. La paz, con ayuda de la gracia divina, abarcaba a todas las iglesias de toda la tierra habitada 331. Fue también cuando la doctrina salvadora iba poco a poco ganando a toda alma de toda clase de hombres para el culto piadoso del Dios de todas las cosas, tanto que ya incluso muchos de los que en Roma sobresalían por su riqueza y linaje marchaban al encuentro de su salvación con toda su casa y toda su familia 332.

2 Pero esto no podía soportarlo el demonio, aborrecedor del bien y envidioso como es por naturaleza, y en consecuencia se preparaba de nuevo para el combate mientras iba maquinando variadas asechanzas contra nosotros. En la ciudad de Roma condujo ante los tribunales a Apolonio 333, varón famoso entre los fieles de entonces por su educación y filosofía, y para acusarlo suscitó a un ministro suyo cualquiera, gente apropiada para estas faenas.

3 Mas en mala hora introdujo la causa el desgraciado, porque, según un decreto imperial 334, no se permitía que vivieran los acusadores de tales hombres, y al instante le fueron quebradas las piernas, pues tal sentencia formuló contra él el juez Perennio 335.

4 El mártir, por su parte, amadísimo de Dios, a pesar de que el juez le rogó con mucha insistencia y le pidió que diese razón ante el senado, presentó delante de todos una elocuentísima apología de la fe por la que daba testimonio, y murió decapitado, como si mediara un decreto del senado, ya que una antigua ley 336 ordenaba entre ellos que no se dejase marchar a los que comparecieran una vez ante el tribunal y no mudaran en absoluto de propósito.

5 Así, pues, quien desee leer las palabras de Apolonio ante el juez y las respuestas que dio al interrogatorio de Perennio, así como su apología dirigida al senado, toda entera, podrá verlo en la relación escrita de los antiguos martirios que nosotros hemos compilado 337

Notas:

331 Eusebio exagera. Se dejó en paz a los cristianos, pero la crueldad se cebó en otras víctimas.

332 Tertuliano (Apolog. 37.4) lo expresaba así: «Hesterni sumus, et orbem iam et vestra omnia implevimus, urbes insulas... palatium, senatum, forum»; cf. Ad, Scapulam 4-5; A. Harnack, Die Mission und Ausbreitung des Christentums in den ersten drei Jahrhunderten, t.2: Die Verbreitung (Leipzig 4I924) p.562-563.

333 La fuente de Eusebio son las Actas de Apolonio. Una versión armena se publicó en 1893, en Venecia, y traducida en inglés por F. L. Conybeare en 1894. Van Den Gheyne publicó una recensión griega en AB 14 (1895) 284ss. El texto griego, según las posteriores ediciones de Harnack y de Rauschen—con su traducción castellana—puede verse en D. Ruiz Bueno, Actas de los mártires: BAC 75 (Madrid 1951) p.363-373.

334 Eusebio debe de basarse en algún presunto decreto imperial, que tomó por auténtico; cf. supra IV 13,7.

335 Tigidius Perennis (su verdadero nombre latino) fue prefecto del pretorio entre 183 y 185. Por lo tanto, el martirio tuvo lugar entre esas fechas; cf. E. Griffe, Les Actes du Martyr Apollonius et les problèmes de la base juridique des persécutions: BLE 53 (1952) 65-76.

336 Posiblemente el rescripto de Trajano a Plinio el Joven (Epist. 10,97 [98]).

337 Los párrafos 4 y 5 son un modelo de confusión. La literatura en torno a ellos es buena prueba. E. Griffe (a. c.) supone con San Jerónimo (De vir. ill. 42; Epist. 53), que Apolonio fue senador y pronunció una Apología, recogida en las Actas. En la misma línea está M. Sordi (Un senatore cristiano dell' etá di Commodo: Epigraphica 17 [1955] 104-112; Id., L'Apologia del martire romano Apollonio come fonte dell' «Apologeticum» di Tertulliano e i rapport i fra Tertuliano e Minucio: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 18 [1964] 169-188). Cario Tibiletti (Gli «Atti di Apollonio» e Tertulliano: Atti della Academia delle Scienze di Torino 99 [1964-65] 295-337) responde a M. Sordi: niega que Apolonio fuera senador y que escribiera una Apología distinta de las Actas mismas. Eusebio, según él, al reflejar esquemáticamente los dos momentos principales del proceso, no deja ver bien claro que πάσαν... ἀπολογίαν «designa la parte sustancial y más relevante de la defensa oral» (p.304), y por «senado» entiende el grupo de συγκλητικοί y βουλευτικοί de las Actas (p.306 nota 2). En cambio, para E. Gabba (Il processo di Apollonio: Mélanges d'Archéologie, d'Épigraphie et d'Histoire offerts à Jerôme Carcopino (París 1966, p.397-402), Eusebio conocía las Actas y una Apología, distinta y dirigida al senado. R. Freudenberger (Die Ueberlieferung von Martyrium des römischen Christen Apollonius: ZNWKAK 60 F1969] 111-130) supone que las Actas reflejan la temática de la Apología que Apolonio había compuesto y que Eusebio pudo leer; cf. V. Saxer, L'apologie au Sénat du martyr romain Apollonius: Mélanges de l'École française de Rome 96 (1984) 1017-1038.

Cap. 22
[Qué obispos eran célebres en aquellos tiempos]

El año décimo del reinado de Cómodo, Víctor sucede a Eleuterio 338, que había ejercido el episcopado durante trece años. Y por el mismo tiempo, habiendo cumplido Juliano su décimo año, se hace cargo del ministerio de las comunidades de Alejandría Demetrio 339. Y también por estas fechas era todavía conocido como obispo de la iglesia de Antioquía, octavo a partir de los apóstoles, Serapión 340, del que ya hicimos anteriormente mención 341. A Cesárea de Palestina la gobernaba Teófilo 342. Y asimismo Narciso, al que ya esta obra mencionó más arriba 343, todavía por entonces ejercía el ministerio de la iglesia de Jerusalén. En cambio, de Corinto, en Grecia, en estas mismas fechas, era obispo Baquilo 344; y de la comunidad de Efeso, Polícrates 345. Y además de éstos—al menos así se supone—, en esta época brillaron también muchísimos otros. Sin embargo, como es natural, hemos enumerado en lista por sus nombres solamente aquellos cuya ortodoxia en la fe ha llegado por escrito hasta nosotros.

Notas:

338 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 193: HELM, p.210, donde aparece posterior a la muerte de Cómodo.

339 Cf. Chronic. ad annum 189: HELM, p.209.

340 Cf. Ibid., ad annum 190.

341 Cf. supra 19,1.

342 Cf. Chronic. ad annum 195: HELM, p.209, asociado también a Narciso.

343 Cf. supra 12,1-2.

344 Cf. Chronic. ad annum 195: HELM, p.211, donde le hace obispo de Asia, no de Corinto. Cf. infra 23,4.

345 Cf. ibid., ad annum 196, donde aparece como escritor, junto con Ireneo y Baquilo; cf. infra 24·

Cap. 23
[De la cuestión movida por entonces en torno a la Pascua]

1 Por este tiempo 346 suscitóse una cuestión bastante grave, por cierto, porque las iglesias de toda Asia, apoyándose en una tradición muy antigua, pensaban que era preciso guardar el decimocuarto día de la luna para la fiesta de la Pascua del Salvador 347, día en que se mandaba a los judíos sacrificar el cordero y en que era necesario a toda costa, cayera en el día en que cayese de la semana, poner fin a los ayunos, siendo así que las iglesias de todo el resto del orbe no tenían por costumbre realizarlo de este modo, sino que, por una tradición apostólica, guardaban la costumbre que ha prevalecido incluso hasta hoy: que no está bien terminar los ayunos en otro día que en el de la resurrección de nuestro Salvador.

2 Para tratar este punto hubo sínodos y reuniones de obispos, y todos unánimes, por medio de cartas, formularon para los fieles de todas partes un decreto eclesiástico: que nunca se celebre el misterio de la resurrección del Señor de entre los muertos otro día que en domingo, y que solamente en ese día guardemos la terminación de los ayunos pascuales.

3 Todavía se conserva hasta hoy un escrito de los que se reunieron por aquellas fechas en Palestina; los presidieron Teófilo, obispo de la iglesia de Cesárea, y Narciso 348, de la de Jerusalén. También sobre el mismo punto se conserva asimismo otro escrito de los reunidos en Roma, que muestra a Víctor como obispo; y también otro de los obispos del Ponto a los que presidía Palmas, que era el más antiguo 349, y otro de las iglesias de la Galia, de las que era obispo Ireneo 350.

4 Así como también de las de Osroene 351 y demás ciudades de la región, y en particular de Baquilo 352, obispo de la iglesia de Corinto, y de muchos otros, todos los cuales, emitiendo un único e idéntico parecer y juicio, establecen la misma decisión.
Estos, pues, tenían como regla única de conducta la ya expuesta.

Notas:

346 Es decir, en tiempos del papa Víctor (h. 189-198) y últimos años de Cómodo. Pero más que suscitarse entonces la controversia, lo que hizo fue alcanzar su momento más agudo y crítico, puesto que el tema se venía ventilando a lo largo de todo el siglo II; cf. N. Zernov, Eusebius and the pascal controversy at the end of the 2nd Century: Church Quarterly Review 116 (1933) 24-41. Un estudio de conjunto de la bibliografía contemporánea, en B. J. van der Veken, Sensus Paschatis in saeculo secundo. Obiectum Paschatis Quartodecimanorum et Romanorum apud auctores praecipuos ultimatum quadraginta annorum (1919-1959). Diss. (Pont. Univ. Gregorianae 1961); cf. V. Peri, La data della Pasqua. Nota sull'origine e lo sviluppo della questione pasquale tra le chiese cristiane: Vetera Christianorum 13 (1976) 319-348; V. G ROSSI, La Pasqua quartodecimana e il significato della croce nel II sec.: Augustinianum 16 (1976) 557-571; R. Cacitti, Grande sabato. II contesto pasquale quartodecimano nella formazione della teología del martirio = Studia patrística Mediolanensia, 10 (Milán 1094).

347 Sin duda, la misma que supra II 17,11 llama «fiesta de la Pasión del Salvador».

348 Nombrado junto con Teófilo en Chronic, ad annum 195: HELM, p.211; cf. supra 22; también 12; infra 25; VI 9,11.

349 Palmas (cf. supra IV 23,6) tenía que ser, efectivamente, bastante anciano.

350 Todavia está sin dilucidar cuántas iglesias eran y qué grado de organización tenían. Cf. supra 1,1.

351 Cf. supra I 13,2 nota 186.

352 Cf. supra 22.

Cap. 24
[Sobre la disensión de Asia]

1 Los obispos de Asia, en cambio, con Polícrates en cabeza, seguían persistiendo con fuerza en que era necesario guardar la costumbre primitiva que se les había transmitido desde antiguo. Polícrates mismo, en una carta que dirige a Víctor y a la iglesia de Roma 353, expone la tradición llegada hasta él con estas palabras:

2 «Nosotros, pues, celebramos intacto este día, sin añadir ni quitar nada. Porque también en Asia reposan grandes luminarias, que resucitarán el día de la venida del Señor, cuando venga de los cielos con gloria y en busca de todos los santos: Felipe, uno de los doce apóstoles, que reposa en Hierápolis con dos hijas suyas, que llegaron vírgenes a la vejez, y otra hija que, después de vivir en el Espíritu Santo, descansa en Efeso 354.

3 »Y además está Juan, el que se recostó sobre el pecho del Señor 355 y que fue sacerdote portador del pétalon, mártir y maestro; éste reposa en Efeso 356.

4 »Y en Esmirna, Policarpo, obispo y mártir 357. Y Traseas, obispo asimismo y mártir, que procede de Eumenia y reposa en Esmirna 358.

5 »¿Y qué falta hace hablar de Sagaris, obispo y mártir, que descansa en Laodicea 359, así como del bienaventurado Papirio 360 y de Melitón, el eunuco 361, que en todo vivió en el Espíritu Santo 362 y reposa en Sardes esperando la visita que viene de los cielos el día en que resucitará de entre los muertos?

6 »Todos éstos celebraron como día de Pascua el de la luna decimocuarta, conforme al Evangelio, y no transgredían, sino que seguían la regla de la fe 363.
«Y yo mismo, Polícrates, el menor de todos vosotros, (obro) 364 conforme a la tradición de mis parientes, a algunos de los cuales he seguido de cerca. Siete parientes míos fueron obispos, y yo soy el octavo 365, y siempre mis parientes celebraron el día cuando el pueblo desterraba el fermento.

7 »Por lo tanto, hermanos, yo, con mis sesenta y cinco años 366 en el Señor, que he conversado con hermanos procedentes de todo el mundo y que he recorrido toda la Sagrada Escritura, no me asusto de los que tratan de impresionarme 367, pues los que son mayores que yo han dicho: Hay que obedecer a Dios más que a los hombres» 368.

8 Luego añade esto que dice sobre los obispos que estaban con él cuando escribía y eran de su misma opinión:
«Podría mencionar a los obispos que están conmigo, que vosotros me pedisteis que invitara y que yo invité. Si escribiera sus nombres, sería demasiado grande su número. Ellos, aun conociendo mi pequeñez, dieron su común asentimiento a mi carta, sabedores de que no en vano llevo mis canas, sino que siempre he vivido en Cristo Jesús».

9 Ante esto, Víctor, que presidía la iglesia de Roma, intentó separar en masa de la unión común a todas las comunidades de Asia y a las iglesias limítrofes, alegando que eran heterodoxas, y publicó la condena mediante cartas proclamando que todos los hermanos de aquella región, sin excepción, quedaban excomulgados 369.

10 Pero esta medida no agradó a todos los obispos, quienes, por su parte, le exhortaban a tener en cuenta la paz y la unión y la caridad para con el prójimo 370. Se conservan incluso las palabras de éstos, que reconvienen a Víctor con bastante energía.

11 Entre ellos está Ireneo, en la carta 371 escrita en nombre de los hermanos de la Galia, cuyo jefe era. Ireneo está por que es necesario celebrar únicamente en domingo el misterio de la resurrección del Señor; sin embargo, con muy buen sentido, exhorta a Víctor a no amputar iglesias de Dios enteras que habían observado la tradición de una antigua costumbre, y a muchas otras cosas 372. Y añade textualmente 373 lo que sigue:

12 «Efectivamente, la controversia no es solamente acerca del día 374, sino también acerca de la forma 375 misma del ayuno, porque unos piensan que deben ayunar durante un día, otros que dos y otros que más; y otros dan a su día una medida de cuarenta horas del día y de la noche.

13 »Y una tal diversidad de observantes 376 no se ha producido ahora, en nuestros tiempos, sino ya mucho antes, bajo nuestros predecesores, cuyo fuerte, según parece, no era la exactitud, y que forjaron para la posteridad la costumbre 377 en su sencillez y particularismo. Y todos ellos no por eso vivieron menos en paz unos con otros, lo mismo que nosotros; el desacuerdo en el ayuno confirma el acuerdo en la fe» 378.

14 A esto añade también un relato que será conveniente citar y que dice así:
«Entre ellos, también los presbíteros 379 antecesores de Sotero, que presidieron la iglesia que tú riges ahora, quiero decir Aniceto, Pío e Higinio, así como Telesforo y Sixto: ni ellos mismos observaron el día 380 ni a los que estaban con ellos les permitían elegir, y no por eso ellos mismos, que no observaban el día, vivían menos en paz con los que venían procedentes de las iglesias en que se observaba el día, y, sin embargo, el observar el día resultaba más en oposición para los que no lo observaban.

15 »Y nunca se rechazó a nadie por causa de esta forma, antes bien, los mismos presbíteros, tus antecesores, que no observaban el día, enviaban la eucaristía a los de otras iglesias 381 que sí lo observaban.

16 »Y hallándose en Roma el bienaventurado Policarpo en tiempos de Aniceto 382, surgieron entre los dos pequeñas divergencias, pero en seguida estuvieron en paz, sin que acerca de este capítulo se querellaran mutuamente, porque ni Aniceto podía convencer a Policarpo de no observar el día—como que siempre lo había observado, con Juan, discípulo de nuestro Señor, y con los demás apóstoles con quienes convivió—, ni tampoco Policarpo convenció a Aniceto de observarlo, pues éste decía que debía mantener la costumbre de los presbíteros antecesores suyos.

17 »Y a pesar de estar así las cosas, mutuamente comunicaban entre sí, y en la iglesia Aniceto cedió a Policarpo la celebración de la eucaristía, evidentemente por deferencia, y en paz se separaron el uno del otro; y paz tenía la Iglesia toda, así los que observaban el día como los que no lo observaban».

18 E Ireneo, haciendo honor a su nombre 383, pacificador por el nombre y por su mismo carácter, hacía estas y parecidas exhortaciones y servía de embajador en favor de la paz de las iglesias, pues trataba por correspondencia epistolar al mismo tiempo, no solamente con Víctor, sino también con muchos otros jefes de diferentes iglesias, acerca del problema debatido.

Notas:

353 La carta de Polícrates responde a otra de Victor, en que éste le debía de pedir que convocase un sínodo que discutiera el asunto; cf. infra § 8; Nautin, Lettres p.65-74.

354 Cf. supra III 30,1; 31,3-4 nota 222.

355 Cf. Jn 13,23; 21,20.

356 Cf. supra III 31,3 y nota 225.

357 Cf. supra III 36,1-5; IV 14,1-9; 15

358 Cf. supra 18,14. Polícrates parece seguir un orden cronológico; por lo tanto, Traseas debió de sufrir martirio antes que Sagaris (166), o sea el 165 a más tardar; posiblemente en 162; cf. Lawlor, p.186.

359 Cf. supra IV 26,3.

360 Seguramente no fue mártir, ya que Polícrates no hace indicación alguna. Fue el sucesor de Policarpo (Vita Polyc. 27).

361 Sobre Melitón, cf. supra IV 26. La palabra «eunuco» no tiene sentido estricto, sino el de «continente»; cf. O. Perler, Méliton de Sardes Sur la Pâque et Fragments : Sources Chrétiennes 123 (Paris 1966) 8.

362 Esta expresión no significa que fue virgen (eso lo expresa con la palabra «eunuco»), sino que llevó una vida enteramente espiritual, cf. supra n.354: la misma expresión para designar a la hija casada, frente a las otras dos, «vírgenes».

363 Esta regla o norma de fe no es, evidentemente, el Símbolo de la fe; abarca más que éste al anunciar, v.gr., también la práctica cuartodecimana; cf. D. van den Eynde, Les normes de l'enseignement chrétien dans la littérature patristique des trois premiers siècles: Univers, cathol. Lovaniensis Diss. Fac. Theol. ser.2.t.25 (Gembloux-Paris 1933) p.192 y 199. Sobre los cuarto-decimanos en general, véase F. E. Brightman, The Quartodeciman Question: JTS 25 (1924) 254-270; C. C. Richardson, The Quartodecimans and the Synoptic Chronology: HTR 33 (1940) I77ss; corrigiéndoles a ambos, C. W. Dugmore, A Note on the Quartodecimans: Studia Patristica 4: TU 79 (Berlín 1961) 411-421; W. H. Cadman, The Christian Pascha and the Day of the Crucifixion-Nisan 14 or 15? Studia Patrística 5: TU 80 (Berlín 1962) 8-16; C. C. Richardson, A new solution to the Quartadeciman riddle: JTS n.s. 24 (1973) 74-84.

364 En el texto de Eusebio falta el verbo, por causa, quizás, de un corte descuidado.

365 Posiblemente, uno de los casos más curiosos de «familia sacerdotal» en el cristianismo antiguo.

366 Teniendo en cuenta la última frase del párrafo 8 y su pertenencia a una «familia sacerdotal», ésta debe de ser su edad real, no a partir del bautismo, como quiere Zahn (Forschungen p. 214).

367 Cf. Flp 1,28.

368 Act 5,29.

369 La excomunión no surtió efecto, a juzgar por el término πειρᾶται, pero, según el texto, no es posible dudar de que Víctor la decretó.

370 Cf. Rom 14,19.

371 Sobre esta carta de San Ireneo y las que se mencionan en el párrafo 18 (hoy perdidas), cf. Nautin, Lettres p.74-85.

372 El resultado de esta gestión de San Ireneo ante el papa Víctor fue positivo: se levantó la excomunión.

373 Textualmente, sí, pero con las limitaciones de las citas textuales de Eusebio, a causa, sobre todo, de las lagunas intermedias y los cortes arbitrarios, que hacen muy difícil la interpretación. Los dos fragmentos que siguen reflejan dos situaciones diferentes y emplean una terminología distinta. Eusebio, en su introducción de los mismos, refleja más bien las preocupaciones y terminología de su tiempo, y nos deja sin introducirnos realmente en el problema y la terminología de la carta entera de Ireneo.

374 Imposible saber si se trata del día del ayuno (así Nautin) o del día de la pascua, al que preceden los ayunos sobre los cuales había diferencias; cf. L. Duchesne, Origines du culte chrétien (París 21898) p.230.

375 Por «forma» Ireneo va a entender la duración del ayuno.

376 No sabemos si la diversidad se refiere a los cuartodecimanos o a los dominicales, o a elementos diferentes dentro de uno de estos grupos.

377 Se da por sabido el objeto de esa costumbre, y si era general o local, primitiva o relativamente reciente. El texto supone lagunas lamentables.

378 San Ireneo, como Polícrates, no ve en la cuestión un asunto de fe.

379 San Ireneo sigue fiel a su terminología primitiva (cf. Adv. haer. 4,26, 2-5; 32,1). Los enumerará en sentido cronológico inverso y en lista incompleta (cf. Adv. haer. 3,3,3).

380 τηρεῖν, término que, teniendo en cuenta el resto de la carta, seguramente llevaba su complemento directo explícito en el párrafo anterior, que fue suprimido. Lo traduzco por «observar el día». No se puede especificar más. M. Richard (La Question pascal au IIe siègle LOrient Syrien 6 [1961] 179-212; La lettre de Saint Irénée au Pape Victor: ZNWKAK 56 [1965] 260-282), siguiendo a H. Koch, K. Müller, K. Holl, H. Lietzmann, etc., traduce τηρεῖν por «observar (la Pascua)» u «observar el día (aniversario)» = de la Pascua (esto en su segundo artículo), y llega a la conclusión de que Roma nunca practicó la fecha cuartodecimana, y que la dominical—que se había iniciado después de 135 en las demás partes—la practicó solamente desde el papa Sotero (167-174), aduciendo que Aniceto no se había comprometido ya con Policarpo, y que Víctor, ante el cisma cuartodecimano de Blasto (cf. supra 15; 20,1), que aún pervivía, reaccionó violentamente. Por su parte, Mlle. Ch. Mohrmann (Le conflit pascal au II siècle. Note Philologique: VigCh 16 [1962] 154-171), enjuiciando el trabajo de Nautin y el primer artículo de M. Richard, objeta fuertemente a la tesis de éste, y se atiene a la interpretación tradicional de τηρεῖν = «observar el día 14º», por lo que el μή τηρεῖν significa «no observar el día decimocuarto», pero sí el dominical. No obstante, aunque por diverso camino, a la misma conclusión de M. Richard ha llegado B. J. van der Veken en sus artículos De primordiis liturgiae Paschatis: Sacris erudiri 13 (1962) 461-501 y De sensu Paschatis in saeculo secundo et Epistula Apostolorum: Sacris erudiri 14 (1963) 5-33.

381 Se enviaba la Eucaristía en señal de comunión. En el párrafo 17 se expresará esa comunión con un gesto mucho más significativo.

382 Cf. supra IV 14,i; entre 154 y 155. Cf. G. Bardy, L'Église de Rome sous le pontificat de saint Anicet: RSR 17 (1927) 481-511.

383 Alusión a la etimología del nombre: εἰρηναίος, pacífico.

Cap. 25
[De cómo hubo acuerdo unánime entre todos acerca de la Pascua] 384

Los obispos de Palestina antes mencionados, Narciso y Teófilo 385, y con ellos Casio, obispo de la iglesia de Tiro, y Claro de la de Tolemaida 386, así como los que se habían reunido con éstos, dieron por menudo abundantes explicaciones acerca de la tradición sobre la Pascua, llegada hasta ellos por sucesión de los apóstoles, y al final de la carta añaden textualmente:
«Procurad que se envíe copia de nuestra carta a cada iglesia, para que no seamos responsables de los que, con gran facilidad, descarrían sus propias almas. Os manifestamos que en Alejandría celebran precisamente el mismo día que nosotros, pues entre ellos y nosotros se viene intercambiando correspondencia epistolar, de modo que nos es posible celebrar el día santo en consonancia y simultáneamente».

Notas:

384 A pesar de este título, sólo se trata del acuerdo existente en la práctica de las iglesias de Palestina y la de Alejandría.

385 Cf. supra 12; 22; 23,3.

386 En Siria.

Cap. 26
[Cuánto ha llegado a nosotros de Ireneo]

Pero es que, además de los escritos y cartas de Ireneo ya dichos 387, se conservan de él un tratado contra los griegos, cortísimo y en gran manera perentorio, titulado Sobre la ciencia, y otro que dedicó a su hermano, llamado Marciano, En demostración de la predicación apostólica, así como un libro de Disertaciones variadas, en el cual hace mención de la Carta a los Hebreos y de la llamada Sabiduría de Salomón, al citar de ellos algunas sentencias. Y esto es lo que ha llegado a nuestro conocimiento de los escritos de Ireneo 388.
Y habiendo terminado Cómodo su imperio al cabo de trece años y tras mantenerse Pertinax, después de Cómodo, unos seis meses no completos, prevalece como emperador Severo 389.

Notas:

387 Cf. supra 7,1; 20,1 ; 24,11.

388 Todas las obras aquí mencionadas se han perdido, excepto la Demostración de la predicación apostólica, que fue hallada en 1904, en una versión armena, por el Dr. K. Ter-Mekettsnian, y publicada por A. Harnack (TU 31,1, Leipzig 1907); en castellano tenemos la espléndida y documentadísima edición de E. Romero Pose en la colección Fuentes Patrísticas, nº 2, de la editorial Ciudad Nueva (Madrid 1992).

389 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 192-194: HELM, p.210. Cómodo fue asesinado la noche del 31 de diciembre de 192: la guardia pretoriana eligió a Publio Helvio Pertinax, y el senado lo aceptó; pero el 28 de marzo siguiente, la misma guardia pretoriana lo asesinaba y ponía el imperio a subasta; lo compró M. Didio Severo Juliano (Eusebio no lo nombra), pero fue ejecutado el 2 de junio del mismo 193 y quedaba como único emperador Lucio Septimio Severo, que había sido proclamado por la legión de Carnuntum el 9 de abril anterior. Imperó desde esta fecha hasta el 4 de febrero de 211, que muere en Evoracum (York); cf. A. Birley, Septimius Severus (Londres 1971).

Cap. 27
[Cuánto ha llegado también a nosotros de los restantes que florecieron con Ireneo en aquella época]

Muchos, pues, conservan todavía hasta hoy en gran número documentos del celo virtuoso de los antiguos eclesiásticos de aquel entonces. Algunos por lo menos los hemos leído nosotros mismos, como son los escritos de Heráclito Sobre el Apóstol 390, y los de Máximo Sobre el problema del origen del mal 391, y De cómo la materia es creada, problema famosísimo entre los herejes; y también los de Cándido Sobre el Hexámeron y los de Apión, sobre el mismo tema, así como los de Sexto Sobre la resurrección; otro tratado de Arabiano y luego muchísimos otros, de los cuales, por no tener un punto de referencia, no es posible transmitir por escrito la fecha ni insinuar algún recuerdo de su historia. Pero han llegado también hasta nosotros tratados de muchísimos otros, de quienes no nos es posible catalogar los nombres, autores ortodoxos y eclesiásticos, como ciertamente lo demuestran las sendas interpretaciones de la Escritura divina. Sin embargo, nos son desconocidos porque no se da el nombre de sus autores.

Notas:

390 Es decir, sobre las cartas de San Pablo.

391 Un fragmento lo cita Eusebio en PE 7,22,1-64, de donde San Basilio y San Gregorio de Nisa lo tomaron para su Philocalia Origenis 24; J. A. Robinson, The Philocalia of Origen (Cambridge 1893) p.212-226. También aparece en Metodio de Olimpo, De libero arbitrio 5,1-12,8. D. G. N. Bonwetsch (GCS, 27 [Leipzig 1917] p.xxxii-xxxm) se lo atribuye sin más al mismo Metodio.

Cap. 28
[De los que acogieron la herejía de Artemón desde el principio, cuál fue su comportamiento y de qué modo osaron corromper las Escrituras]

1 En una obra de alguno de éstos 392, fruto del trabajo contra la herejía de Artemón—la que en nuestros tiempos ha intentado renovar otra vez Pablo de Samosata 393—se conserva un relato que viene al caso de la historia que estamos examinando.

2 Dejando sentado que la mencionada herejía afirma no ser el Salvador más que un puro hombre, y que era de reciente innovación, aunque sus introductores querían hacerla valer como si fuera antigua, el tratado, después de citar muchos otros argumentos para refutar la mentira blasfema de éstos, refiere textualmente lo que sigue:

3 «Dicen, efectivamente, que todos los primeros, incluidos los mismos apóstoles, recibieron y enseñaron esto que ahora están diciendo ellos, y que se ha conservado la verdad de la predicación hasta los tiempos de Víctor, que era el decimotercer obispo de Roma desde San Pedro, pero que, a partir de su sucesor, Zeferino, se falsificó la verdad 394.

4 »Lo dicho podría resultar convincente si en primer lugar las divinas Escrituras no les contradijesen. Y luego hay obras de algunos hermanos anteriores a los tiempos de Víctor, obras que ellos escribieron contra los paganos y contra las herejías de entonces en defensa de la verdad. Me estoy refiriendo a las de Justino, Milcíades, Taciano, Clemente y muchos otros, obras todas en que atribuyen la divinidad a Cristo 395.

5 »Porque ¿quién desconoce los libros de Ireneo, de Melitón y de los restantes, libros que proclaman a Cristo Dios y hombre? ¿Y los muchos salmos y cánticos escritos desde el principio por hermanos creyentes que cantan himnos al Verbo de Dios, al Cristo, atribuyéndole la divinidad?

6 »¿Cómo, pues, estando declarado el pensamiento de la Iglesia desde hace tantos años se puede admitir que lo hayan proclamado los anteriores a Víctor en el sentido que éstos dicen? ¿Y cómo no se avergüenzan de acusar a Víctor falsamente de tales cosas, siendo así que con toda exactitud saben que Víctor excluyó de la comunión a Teodoto el Guarnicionero 396, cabecilla y padre de esta apostasía negadora de Dios, y primero en decir que Cristo fue un simple hombre? Porque si Víctor hubiese pensado de la misma manera que enseña la blasfemia de éstos, ¿cómo hubiera podido expulsar a Teodoto, inventor de esta herejía?»

7 Tales son los sucesos de los tiempos de Víctor. Habiendo estado éste al frente del ministerio diez años, es instituido sucesor suyo Zeferino, hacia el año noveno del imperio de Severo 397. El mismo que compuso el susodicho libro sobre el iniciador de la mencionada herejía añade también otro asunto ocurrido en tiempo de Zeferino y escribe en los términos siguientes:

8 «Voy, pues, a recordar, al menos a muchos de nuestros hermanos, el hecho ocurrido en nuestro tiempo 398, que, de haber tenido lugar en Sodoma, creo que seguramente hubiera sido un aviso para aquella gente 399. Era Natalio un confesor, no de tiempos antiguos, sino de nuestro propio tiempo400.

9 »Un día éste fue engañado por Asclepiodoto y por otro tal Teodoto, cambista401. Estos dos eran discípulos de Teodoto el Guarnicionero, primero que por este pensamiento, o mejor, por esta locura, fue separado de la comunión por Víctor, obispo entonces, como ya dije402.

10 »Persuadieron los dos a Natalio para que por un salario se llamase obispo de esta herejía, de manera que podía recibir de ellos ciento cincuenta denarios403.

11 »Estando, pues, con ellos ya, el Señor le iba avisando muchas veces mediante sueños, ya que nuestro Dios misericordioso y Señor Jesucristo no quería que un testigo de sus propios padecimientos saliera de la Iglesia y pereciese.

12 »Mas, como quiera que no prestaba gran atención a las visiones, atrapado por aquel primer puesto entre ellos y por la torpe ganancia que a tantos pierde, finalmente fue azotado por ángeles santos durante toda la noche, de lo que quedó bien maltrecho 404, tanto que se levantó con la aurora, se vistió de saco, se espolvoreó de ceniza y con mucha diligencia y lágrimas corrió hacia el obispo Zeferino, y se arrojaba a los pies, no sólo del clero, sino también de los laicos. Con sus lágrimas conmovió a la Iglesia compasiva de Cristo misericordioso y, después de pedirlo él con reiteradas súplicas y de haber mostrado las contusiones que los golpes le hicieran, a duras penas se le admitió a la comunión».

13 A esto juntaremos también otras expresiones del mismo escritor sobre los mismos asuntos, que suenan así:
«Han adulterado sin escrúpulo las divinas Escrituras y han violado la regla de la fe primitiva; y han desconocido a Cristo por no investigar qué dicen las divinas Escrituras, en vez de andar trabajosamente ejercitándose en encontrar una figura de silogismo405 para apuntalar su ateísmo. Porque, si alguien les presenta una sentencia de la Escritura divina, empiezan a discurrir qué figura de silogismo se puede hacer, si conexo o disyuntivo.

14 »Dejaron las Santas Escrituras de Dios y se ocupan de geometría, como quien es de la tierra; hablan por influjo de la tierra y desconocen al que ha venido de arriba 406. Por lo menos entre algunos de ellos se estudia afanosamente la geometría de Euclides y se admira a Aristóteles y a Teofrasto, porque Galeno 407 quizás hasta es adorado por algunos.

15 »Mas los que se aprovecharon de las artes de los infieles para el designio de su propia herejía y con la maña de los impíos falsificaron la fe sencilla de las divinas Escrituras, ¿qué necesidad hay de decir que no están ya cerca de la fe? Por esta causa pusieron sus manos sin escrúpulo sobre las divinas Escrituras, diciendo que las habían corregido408.

16 »Y que digo esto sin calumniarlos puede saberlo el que quiera, ya que, si alguien quisiere reunir las copias de cada uno de ellos y compararlas entre sí, encontrará que disienten mucho. Por lo menos las de Asclepíades 409 disentirán de las de Teodoto.

17 »Y se pueden adquirir muchas copias, porque los discípulos se han transcrito con gran celo las que fueron, como dicen ellos, corregidas, esto es, corrompidas por cada uno de aquéllos. Tampoco las de Hermófilo concuerdan con éstas; en cuanto a las de Apoloníades410, ni siquiera concuerdan entre sí mismas, pues es posible discernir las que prepararon ellos primero y las que luego fueron alteradas, y se ve que discrepan en mucho.

18 »De qué atrevimiento sea este pecado, no es probable que lo ignoren ellos, porque, o bien no creen que las divinas Escrituras fueron dictadas por el Espíritu Santo, y en ese caso son incrédulos, o bien estiman que ellos son más sabios que el Espíritu Santo: ¿y qué otra cosa es esto sino estar poseídos del demonio? Porque no pueden negar que el atrevimiento es suyo propio, ya que las copias están escritas por su mano y no recibieron las Escrituras en ese estado de aquellos que los habían instruido, ni podrían mostrar un ejemplar de donde hayan copiado las suyas.

19 »Algunos de ellos ni siquiera tuvieron a bien falsificarlas, sino que, tras negar simplemente la Ley y los Profetas, con el pretexto de una enseñanza inicua e impía, cayeron de la gracia en la extrema ruina de la perdición»411. Y basta ya de esta clase de relatos.

Notas:

392 La obra aquí aludida y citada luego sería la conocida por Pequeño Laberinto, atribuido modernamente a Hipólito de Roma, aunque no por unanimidad. Así lo piensan Lightfoot y Harnack entre los más representativos, y más recientemente R. H. Connolly (Eusebius HE V 28 : JTS 49 [1948] 73-79), quien afirma además que el tratado no iba dirigido específicamente contra la herejía de Artemón, sino contra Teodoto el Guarnicionero (cf. infra § 6 y 9). Un resumen de los argumentos, cuya fuerza probativa niega, en P. Nautin, Le dossier d'Hippolyte et de Méliton dans les Florilèges dogmatiques et chez les historiens modernes: Patrística 1 (Paris 1953) 115-120.

393 Cf. infra VII 30,16-18. Eusebio utiliza la fórmula καθ' ἡμᾶς, por la que expresa los acontecimientos ocurridos ya en su propia generación, aunque todavía pertenezcan a sus comienzos. Sobre las relaciones de Artemón y Pablo de Samosata, cf. G. Bardy, Paul de Samusate (Lovaina 21929) P. 490-495.

394 Algunos han interpretado esto como un cambio introducido por Zeferino en la formulación del Símbolo de los apóstoles, teoría discutida por J. de Ghellinck (L'Histoire du Symbole des Apôtres. A propos d'un texte d'Eusèbe: RSR 18 [1928] 112-125; Recherches sur les origines du Symbole des Apôtres IGembloux-Paris 1946] apéndice 1). El Pequeño Laberinto es, pues, algo posterior a la muerte de Zeferino (217).

395 Uno de los testimonios más antiguos de utilización de la tradición patrística a base de sus figuras más representativas. De todos ellos, así como de los nombrados en el párrafo 5, Eusebio ha hablado ya en los capítulos y libros anteriores.

396 Cf. también Hipólito, Refut. 7,35.

397 La duración dei pontificado de Víctor, si comparamos esto con lo dicho supra 22, sería de doce años; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 201: HELM, p.212, sobre la entronización de Zeferino. En realidad, Víctor murió entre 198-199.

398 Entre el acontecimiento y la redacción de la obra ha pasado ya cierto tiempo, pero cae todavía dentro de la nueva generación.

399 Cf. Mt 11,23.

400 Posiblemente, de los años 202-203, tras la publicación del edicto de Severo que prohibía las conversiones al cristianismo; cf. Chronic, ad annum 202: HELM, p.212.

401 De Asclepiadoto no se sabe más. Teodoto fundó la secta de los melquisedecistas; cf. Hipólito, Refut. 7,36.

402 Cf. supra § 6.

403 Cf. supra 18,2, una práctica parecida entre los montanistas. Tratándose de Roma, Natalio sería ei primer antipapa conocido.

404 Este tipo de sueños y visiones no es raro en la literatura patrística. Lo más importante del hecho en cuestión es, no obstante, la práctica penitencial que se nos revela en lo que sigue: la confesión contrita del pecador (cf. la descripción de Tertuliano, De poenit. 9-10) da lugar a la absolución por parte del obispo Zeferino, incluso tratándose de un pecado tan grande como la apostasía. Cf. P. Galtier, Aux origines du sacrement de la pénitence (Roma 1951) p.i52ss.

405 Un buen estudio sobre la actitud que representa el autor de este fragmento frente a la irrupción de la lógica antigua y de la crítica textual en la teología cristiana es el de H. Schoene (Ein Einbruch der antiken Logik und Textkritik in die altchristliche Theologie. Eusebios K. G. 5,28,13-19 in neuer Uebertragung erläutet: Pisciculi. Studien zur Religion und Kultur des Altertums. F. J. Doelger... dargeboten, ed. Th. Klauser-A. Ruecker [Munster 1939] p.252-265); cf. J. de Ghellinck, Un aspect de l'opposition entre hellénisme et christianisme. L'attitude vis à vis de la dialectique dans le débat trinitaire, en Patristique et Moyen Age. Étude d'histoire littéraire et doctrinale, t.3 (Bruselas-París 1948) p.289s.

406 Expresión irónica que juega con la palabra geo-metría y el pasaje de Jn 3,31.

407 El gran médico, nacido en Pérgamo (129), había vivido en Roma en 164-167, y luego desde 170 hasta su muerte, en 199. Su fama como médico y como filósofo era enorme; cf. H. Schoene, a.c., p.258; J. de Ghellinck, o.e., p.292-294; R· Walzer, Galen on Jews and Christian (Oxford 1949).

408 Se trataba de crítica textual de los Setenta.

409 Posiblemente se trate del mismo al que supra § 9 llamó Asclepiadoto.

410 Ni de Hermófilo ni de Apoloníades se sabe más de lo dicho aquí y de que fueron discípulos de Teodoto el Guarnicionero.

411 Cf. A. Bludau, Die Schriftfälschungen der Häretikern: Neutestamentliche Abhandlungen 8,5 (Friburgo 1925) 44ss.

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X
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