El libro séptimo de la Historia eclesiástica contiene lo siguiente 1:
1. De la perversidad de Decio y de Galo.
2. Los obispos de Roma en tiempos de éstos.
4. Cuántas cartas compuso Dionisio sobre este asunto.
5. De la paz tras la persecución.
8. De la heterodoxia de Novato.
9. Del impío bautismo de los herejes.
10. De Valeriano y su persecución.
11. De lo que entonces ocurrió a Dionisio y a los de Egipto.
12. De los que murieron mártires en Cesarea de Palestina.
13. De la paz en tiempo de Galieno.
14. Los obispos que florecieron en aquel tiempo.
15. De cómo en Cesarea murió mártir Marino.
17. De las señales de la magnificencia de nuestro Salvador existentes en Paneas.
19. De las cartas festales de Dionisio, en las cuales fija también un canon sobre la Pascua.
20. De qué sucedió en Alejandría.
21. De la enfermedad que sobrevino.
24. Sobre el Apocalipsis de Juan.
25. De las cartas de Dionisio.
26. Sobre Pablo de Samosata y la herejía que suscitó en Antioquía.
27. De los obispos ilustres que eran célebres en aquel tiempo.
28. De cómo se rebatió a Pablo y se le excomulgó.
29. De la heterodoxa perversión de los maniqueos, iniciada entonces precisamente.
Notas:
1 Este sumario contiene solamente 30 títulos. Sin embargo, el texto comprende 32 capítulos. De ellos, el 17 y el 30 carecen de título, lo que hace que, respecto del orden del sumario, haya un número de diferencia a partir del 17, y dos a partir del 30. Los Mss ER difieren bastante en la formulación de los títulos y en el número de capítulos, que son 37; Cf. Schwartz, 2 p.634-635; 3 p.CXLIX-CLIII.
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En la elaboración del libro séptimo de la Historia eclesiástica va a estar de nuevo con nosotros, con sus propias palabras, el gran 2 obispo de Alejandría Dionisio, contándonos sucesivamente, por medio de las cartas que nos dejó, cada uno de los hechos de su tiempo. Mi narración va a comenzar desde este punto.
Notas:
2 En adelante se llamará con frecuencia a Dionisio de Alejandría «Dionisio el Grande». Esta es la primera vez.
A Decio, que no reinó el par de años completos, pues en seguida fue degollado junto con sus hijos, le sucede Galo 3. En este tiempo muere Orígenes, cumplidos los sesenta y nueve años de su vida4. Dionisio, por su parte, escribiendo a Hermamón 5, dice de Galo esto que sigue:
«Pero es que Galo ni reconoció el mal de Decio ni tuvo la precaución de examinar qué le derribó, sino que vino a estrellarse contra la misma piedra que estaba delante de sus ojos 6. Cuando el imperio marchaba bien y los asuntos salían a pedir de boca, expulsó a los santos varones que ante Dios intercedían por su paz y por su salud, y, en consecuencia, junto con ellos, persiguió también a las oraciones hechas en su favor» 7.
Esto, pues, acerca de Galo.
Notas:
3 Cf. Eusebio, Chronic. ad annum 252: HELM, p.218. Decio no sobrevivió al desastre que los godos le infligieron en Abrito; aunque no se sabe con exactitud la fecha de su muerte, es, en todo caso, anterior al 30 de agosto de 251 (de sus hijos, el uno murió con él; y el otro, Hostiliano, asociado a Galo, no mucho después). Le sucedió Cayo Vibio Treboniano Galo, proclamado por las legiones del Danubio (251-253); cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.348.
4 De nuevo utiliza Eusebio la expresión «en este tiempo», imprecisa por demás. Si colocamos la muerte de Orígenes en tiempos de Galo (251-253), surgen innumerables dificultades para toda la cronología origeniana. Como ya vimos supra VI 39,5 nota 278, Orígenes debió de sobrevivir poco tiempo a la persecución. Generalmente se supone que murió en 254-255, imperando ya Valeriano. Es posible que algo más tarde, pero no más de 257; cf. supra VI 3,3; Nautin, Orig. p.441.
5 Probablemente, un obispo de Egipto (cf. infra 21,12); la carta data del año 262, según M. SORDI, Dionigi d’Alessandria, Commodiano ea alcuni problemi della storia del III secolo: Rendiconti della Pontificia Accademia di Archeologia 35 (1961-63) 131-136.
6 Cf. Mt 21,44; Lc 20,18.
7 La persecución de Galo comenzó casi al año de su reinado, agosto de 151; cf. C. L. Feltoe, The Letters and other Remains of Dionysius of Alexandria (Cambridge 1904) p.69ss.
En la ciudad de Roma, después que Cornelio ejerció el episcopado alrededor de tres años, se estableció como sucesor suyo a Lucio, que, sin embargo, vivió en su ministerio algo menos de ocho meses y, al morir, transmitió su cargo a Esteban 8. A éste es al que Dionisio escribe la primera carta suya Sobre el bautismo 9, ya que por entonces se había suscitado un importante problema, a saber, si había que purificar de nuevo con el bautismo a los que se convertían de una herejía cualquiera. Había prevalecido una costumbre antigua al menos: usar con estas gentes únicamente la oración con imposición de manos 10.
Notas:
8 Eusebio, Chronic, ad annum 254: HELM, p.219. Eusebio parece contar como pontificado de Cornelio también el año vacante que precedió a su consagración, tras el martirio de Fabián (cf. supra VI 39.1). Galo desterró a Cornelio a Centumcelle (Civitavecchia) en junio de 253. Elegido Lucio el 25 de junio, duró en el pontificado hasta el 5 de marzo del año siguiente, 254. ya en el reinado de Valeriano. Esteban fue elegido el 12 de mayo.
9 La primera de una serie de cinco cartas—por lo menos—escritas todas ellas durante el imperio de Valeriano (253-260); la segunda irá dirigida a Sixto; la tercera, al presbítero romano Filemón; la cuarta, al presbítero y luego obispo de Roma Dionisio, y la quinta también a Sixto; esto sin contar las aludidas infra 5,6 y 9,6.
10 Este es el resumen de la postura del papa Esteban, formulada, en San Cipriano, Epist. 74,1, como sigue: «si qui ergo a quacumque haeresi venient ad vos, nihil innovetur nisi quod traditum est, ut manus illis imponatur in paenitentiam, cum ipsi haeretici proprie alterutrum ad se venientes non baptizent, sed communicent tantum*.
Cipriano, pastor de la iglesia de Cartago 11 y primero 12 de los de entonces, creía que no había que admitir más que a quienes primeramente habían sido purificados del error mediante el bautismo. Pero Esteban, por su parte, juzgando que no había que añadir innovación ninguna contraria a la tradición que había prevalecido desde el principio, se enojó mucho con él 13.
Notas:
11 Eusebio utiliza la forma helénica καρχηδῶν cuando habla por propia cuenta; en cambio, cuando traduce documentos latinos, transcribe la forma latina Carthago (infra X 5,18; 6,1); cf. D. Neiman, Carchédôn = «New City»: Journal of Near Eastern Studies 25 (1966) 42-47-
12 El primero en categoría y representación, no en tiempo; cf. infra 7,5.
13 La bibliografía más importante sobre esta controversia bautismal está recogida por J. P. Junglas en su artículo Ketzertaufe (LThK t.s 940s); cf. et. P. Grattarola, Il problema dei «lapsi» fra Roma e Cartagine: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 38 (1984) 1-16.
Dionisio trató largamente del asunto con él por carta 15, y al final, le muestra que, efectivamente, una vez calmada la persecución 16, todas las iglesias de todas partes han rechazado la innovación de Novato y han recuperado la paz unas con otras. Escribe así:
Notas:
14 A pesar de este título, en el texto no aparece el número de cartas escritas por Dionisio.
15 Ya bien entrado el año 254, puesto que Esteban fue elegido el 12 de mayo de ese mismo año (cf. supra 2 nota 8).
16 En el pasaje que va a citar no se menciona la persecución, sino la paz que le siguió; quizás se mencionaba en los párrafos omitidos por Eusebio. Debió de ser la de Galo, que pretendía vengar en los cristianos las muchas calamidades que jalonaron su breve reinado; cf. Chronic. ad annum 253: HELM, p.219.
1 «Pero sabe ahora, hermano, que se han unido todas las iglesias que anteriormente se hallaban separadas 17, las de Oriente y las de más lejos todavía, y que todos los que las presiden en todas partes tienen el mismo sentir, gozosos en extremo por esta paz inesperada. Demetriano en Antioquía 18, Teoctisto en Cesarea 19, Mazabanes en Elia 20, Marino en Tiro (por muerte de Alejandro) 21, Heliodoro en Laodicea (fallecido Telimidro) 22, Heleno en Tarso 23 y todas las iglesias de Cilicia, así como Firmiliano 24 y toda Capadocia. He nombrado solamente a los obispos más sobresalientes, para no alargar mi carta ni hacer pesado mi discurso.
2 »Las dos Sirias enteras y Arabia—a las que en todo momento habéis socorrido 25 y a las que ahora habéis escrito—, así como Mesopotamia, el Ponto y Bitinia, y, por decirlo en una palabra, todas, por todas partes, saltan de alegría y glorifican a Dios por esta concordia y amor fraterno».
3 Esto dice Dionisio. En cuanto á Esteban, tras haber cumplído su ministerio durante dos años, le sucede Sixto 26. Escribiendo a éste su segunda carta sobre el bautismo, Dionisio expone conjuntamente la opinión y la sentencia de Esteban y de los demás obispos. Acerca de Esteban dice lo siguiente:
4 «Había, pues, escrito él anteriormente acerca de Heleno y también de Firmiliano y de todos los de Cilicia, de Capadocia y, evidentemente, de Galacia y de todos los pueblos limítrofes, que en adelante no estaría en comunión con ellos, por esta misma razón, porque—decía—rebautizan a los herejes 27.
5 »Y considera la magnitud del asunto, porque, en realidad, se habían tomado decisiones sobre esto en los más grandes concilios de obispos 28, según mis informes, de manera que a los que provenían de las herejías se les hacía pasar previamente un catecumenado y luego se los lavaba y purificaba nuevamente de la suciedad de su antigua e impura levadura 29. Y yo le escribí preguntándole sobre todos estos puntos».
6 Y después de otras cosas, dice:
«Y a nuestros amados copresbíteros Dionisio y Filemón 30, que primeramente pensaban como Esteban y me escriben sobre los mismos asuntos, les he escrito brevemente primero y ahora con mucha más amplitud».
Notas:
17 Con esta advertencia, que se aclara con el párrafo 4. Dionisio sale al paso de la amenaza de excomunión fulminada por Esteban y peligrosa para la unidad de la Iglesia, lograda hasta en sus más lejanos confines orientales (posiblemente Mesopotamia y Osroene).
18 Cf. supra VI 46,4.
19 Cf. supra VI 46,3.
20 Cf. supra VI 39,3.
21 De Marino de Tiro no se sabe más; el paréntesis: «por muerte de Alejandro* sigue a este nombre seguramente por simple deslizamiento de los copistas; debería seguir a Mazabanes; Schwartz cree, en cambio, que es interpolación anterior a Eusebio.
22 Cf. supra VI 46,2, donde Telimidro aparece como obispo de Laodicea de Siria. Rufino omite aquí toda referencia a él; según Schwartz, Dionisio mencionaba a Heliodoro, sin más.
23 Cf. supra VI 46,3.
24 Cf. ibid., y especialmente infra 28,1.
25 Dionisio de Alejandría confirma las palabras de su tocayo de Corinto, que escribía al papa Sotero sobre la generosidad de la iglesia de Roma para con las comunidades necesitadas (cf. supra IV 23,10). San Ignacio de Antioquía (Roman, inscript.) resumía ya esta generosidad llamando a la iglesia de Roma, con expresión poco menos que intraducibie: προκαθημένη τῆς ἀγάπης.
26 En realidad, el pontificado de Esteban duró más de tres años: hasta el 2 de agosto de 257; Sixto II le sucedió a finales del mismo agosto o comienzos de septiembre, y ejerció su cargo hasta el 6 de agosto del siguiente año, 258. Eusebio (Chronic. ad annum 256: HELM, p.220) le asigna ¡ocho años de pontificado!
27 Cf. supra § 1. Dionisio parece referirse a una amenaza de excomunión de esas iglesias por parte de Esteban; para Firmiliano de Cesarea, la excomunión es un hecho; cf. San Cipriano, Epist. 75.6-25.
28 Quizás los indicados infra 7,5.
29 Cf. 1 Cor 5,7; 6,11.
30 Presbíteros los dos de la iglesia de Roma, Dionisio será elegido obispo y sucederá a Sixto; cf. infra 7,1.6.
Y esto es lo que hay sobre la cuestión mencionada.
Pero cuando en la misma carta, hablando también de los herejes sabelianos 31, señala que en su tiempo iban prevaleciendo, dice lo siguiente:
«Porque acerca de la doctrina surgida ahora en Tolemaida de Pentápolis 32, doctrina impía y que contiene muchas blasfemias sobre el Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y también mucha incredulidad por lo que se refiere a su Hijo unigénito, el primogénito de toda creación 33, el Verbo hecho hombre, así como también falta de sensibilidad para el Espíritu Santo, como quiera que de todas partes me llegaban manifiestos y hermanos con intención de discutirlo, escribí algunas cosas conforme a mis posibles y con ayuda de Dios, explicándolas de una manera bastante didáctica, y de ellas te envío las copias».
Notas:
31 Dionisio escribió especialmente contra Sabelio (cf. infra 26,1); no se puede asegurar que lo haya conocido ni siquiera que vivía todavía en su tiempo. De Sabelio apenas sabemos más que enseñaba en Roma en tiempos de Zeferino y de Calixto; cf. Hipólito, Refut. o,n; M. Decker, Die Monarchianer. Frühchristliche Theologie im Spannungsfeld zwischen Rom und Kleinasien. Diss. (Hamburgo 19895); F. Carcione, Le eresie. Trinità e Incarnazione nella chiesa antica (Ediz. Paoline 1992).
32 La Pentápolis líbica; por lo tanto, dependiente de Dionisio.
33 Cf. Col 1,15.
1 Y en la tercera de las cartas sobre el bautismo—la que el mismo Dionisio escribe a Filemón, presbítero de Roma 34—, se expone lo siguiente:
«Yo también he leído las obras y las tradiciones de los herejes, y por breve tiempo he manchado mi alma con sus infames pensamientos, pero de ello he sacado esta ventaja: poder refutarlos por mí mismo y abominar de ellos con mucha más fuerza.
2 »En realidad, un hermano, uno de los presbíteros, me iba separando y me metía miedo, porque me dejaba envolver en el fango de la maldad de aquéllos; y es que, efectivamente, yo estaba mancillando mi propia alma y él, como he comprobado, decía verdad.
3 »Una visión enviada por Dios vino a darme fuerzas y una voz se dirigió a mí y me ordenó diciendo expresamente: 'Lee todo lo que caiga en tus manos 35, pues te bastas para enmendar y probar cada cosa, y esto lo tienes desde el principio y fue causa de tu fe' 36. Yo acepté la visión, que se avenía bien con la sentencia apostólica que dice a los más robustos: Sed cambistas experimentados»37.
4 Luego, tras decir algunas cosas acerca de todas las herejías, añade:
«Yo recibí esta regla y este modelo de nuestro bienaventurado papa 38 Heraclas. Efectivamente, a los que provenían de las herejías, aunque se habían separado de la Iglesia—y con mayor razón a los que no se habían separado, pero que, siendo miembros de la congregación sólo en apariencia, en realidad se les achacaba estar en relación con alguno de los maestros herejes—, los expulsaba de la Iglesia y no los admitía, aunque se lo pidieran, hasta que hubiesen expuesto públicamente todo cuanto habían escuchado entre los adversarios; entonces los admitía a la asamblea, sin exigir para ellos un nuevo bautismo, puesto que ya habían recibido anteriormente de él el santo lavado» 39.
5 Y de nuevo, tras haber discutido largamente el problema, añade lo que sigue:
«He aprendido también esto40: que no solamente los africanos han introducido ahora esta costumbre41, sino que esto mismo se decidió mucho antes, en tiempos de los obispos que nos han precedido en las iglesias más pobladas y en los concilios de los hermanos, en Iconio, en Sínade y en muchas partes42. No me atrevo a subvertir sus decisiones y hacerles entrar en liza y rivalidad, porque no cambiarás de sitio, se dice, las lindes de tu vecino que tus padres pusieron»43.
6 La cuarta de sus cartas sobre el bautismo se la escribió a Dionisio de Roma, honrado entonces con el presbiterado, pero que no mucho después recibió también el episcopado de aquella iglesia. Por dicha carta se puede conocer cómo también éste era un hombre ilustrado y admirable, según lo atestigua Dionisio de Alejandría, quien, después de otras cosas, le escribe haciendo mención del asunto de Novato en los términos siguientes:
Notas:
34 Cf. supra 5,6.
35 Es inevitable la referencia a la visión de Pedro en Jope, Act 10,10-15; cf. también 1 Tes 5.21.
36 Esta expresión parece una afirmación velada de que Dionisio procedía del paganismo ilustrado o de alguna secta herética.
37 Eusebio debió de respirar satisfecho al terminar de transcribir esta justificación de Dionisio, que le ahorraba la propia, pues pocos como él eran tan proclives a leer y citar las obras de los herejes y de los paganos. La última frase, bastante citada por los escritores eclesiásticos, se atribuye a Cristo; cf. Resch, log. 43 p. 116.
38 Este título se da aquí por primera vez al obispo de Alejandría; por el mismo tiempo se lo daban también a San Cipriano los presbíteros de Roma (cf. San Cipriano, Epist. 30); en cambio, el obispo de Roma todavía tardará algún tiempo en recibirlo; cf. P. de Labriolle, Une esquisse de l'histoire du mot «papa»: Bulletin d'ancienne littérature et d'archéol. chrétiennes I (1911) 2I5;220.
39 Cf. infra 8 (τὸ λουτρὸν... τὸ ἃγιον). Se trata, pues, de los que antes de caer en la herejía habían sido bautizados en la Iglesia católica. Los que habían recibido bautismo herético habían de ser rebautizados al convertirse al catolicismo.
40 Dionisio ha realizado sus investigaciones; cf. supra 5,5.
41 Cf. San Cipriano, Epist. 74,12.
42 El concilio de Sínade, que sólo se menciona aquí, pudo haberse celebrado por el mismo tiempo que el de Iconio. La fecha más probable de éste es el 230, ya que Firmiliano de Cesarea, que asistió a él como obispo—y no pudo serlo antes de 230—habla del mismo el año 256, en carta a San Cipriano, como ocurrido «ya hace tiempo» (San Cipriano, Epist. 75,7.19).
43 Dt 19,14.
«Porque a Novaciano44 lo odiamos con razón, pues desgarró la Iglesia, arrastró a algunos hermanos a la impiedad y a la blasfemia, deslizó, además, una enseñanza sacrilega sobre Dios45, calumnió a nuestro bondadosísimo Señor Jesucristo acusándole de ser despiadado 46 y, por añadidura de todo lo dicho, anulaba el santo bautismo 47, subvertía la fe y la confesión 48 que le preceden, y expulsaba por completo de los mismos al Espíritu Santo, aun cuando había alguna esperanza de que permaneciese o incluso de que volviese a ellos».
Notas:
44 Solamente Tr; aunque algo desfigurado, ER dan «Novato».
45 El extremo e inflexible rigor de Dios para con los pecadores.
46 Despiadado, por negar el perdón a los caídos.
47 Según la doctrina rigorista de Novaciano y su práctica bautismal (cf. San Cipriano, Epist. 73,2), en el pecador el bautismo quedaba arrumbado como algo inútil, pues de hecho perdía todo su valor y eficacia, permanente y transitoria; de ahí la expresión de Dionisio. Cf. H. J. Vogt, Άθετέω im Brief des Dionys von Alexandrien über Novatianus (Euseb. h. e. 7,8) : Studia Patrística 10: T(J 107 (Berlin 1970) 195-199. No es más halagüeño el retrato que del mismo Novaciano ha dejado San Cipriano (Epist. 60,3): «desertor ecclesiae, misericordiae hostis, interfector paenitentiae, doctor superbiae, veritatis corruptor, perditor caritatis*.
48 Profesión de fe.
1 También su quinta carta la escribió al obispo de Roma Sixto. En ella, después de decir muchas cosas contra los herejes, expone en los términos siguientes algo ocurrido en su tiempo:
«Porque, de hecho, hermano, también yo necesito consejo y pido tu parecer para un asunto importante que se me ha presentado y temo equivocarme:
2 »Efectivamente, uno de los hermanos admitidos a la comunión, fiel antiguo, según creíamos, formaba parte de la asamblea ya antes de mi ordenación—y antes de instalarse el bienaventurado Heraclas 49—, hallándose junto a los recién bautizados, y habiendo escuchado las preguntas y las respuestas50, se acercó a mí llorando y lamentándose. Cayó a mis pies, y confesaba y juraba que el bautismo con que había sido bautizado entre los herejes no era éste ni tenía en absoluto nada en común con él, puesto que aquél estaba lleno de impiedad y blasfemias.
3 »Y decía que ahora tenía el alma enteramente traspasada por el dolor y que no se atrevía siquiera a levantar los ojos hacia Dios, habiendo tenido comienzo en aquellas palabras y prácticas sacrílegas, y por esto pedía poder obtener esta purificación, esta acogida, esta gracia purísima51.
4 »Esto precisamente es lo que yo no osé hacer, y le dije que le bastaba para esto la comunión en que estaba admitido desde hacía tan largo tiempo. Yo, efectivamente, no podría atreverme a reconstruir desde los comienzos 52 a uno que ha escuchado la Eucaristía, ha respondido con los otros el Amén 53, ha estado ante la mesa de pie, ha tendido sus manos para recibir el sagrado alimento, lo ha recibido y durante bastante tiempo ha participado en el cuerpo y en la sangre de nuestro Señor. Y le exhortaba a tener ánimo y a acercarse a participar de las cosas santas con fe segura y buena esperanza.
5 »Pero él no cesa de llorar y tiembla de acercarse a la mesa, y apenas si, tras muchos ruegos, sufre el acompañarnos de pie en las oraciones»54.
6 Además de las cartas antedichas, se conserva también de él otra sobre el bautismo, que él y la comunidad que gobernaba dirigen a Sixto y a la iglesia de Roma. En ella expone la doctrina acerca del problema planteado, por medio de una prolija demostración. Y también se conserva de él, después de éstas, otra dirigida a Dionisio de Roma, la que trata sobre Luciano55. Esto es lo que hay sobre ellos.
Notas:
49 El anciano en cuestión no provenía, pues, del novacianismo, sino que había sido bautizado en alguna secta herética bastante anterior, incluso anterior a la consagración de Heraclas (232-233); cf. supra VI 26.
50 Según el texto, el anciano había asistido al interrogatorio y confesión previos al bautismo (cf. supra 8), pero el bautismo acababa de realizarse. Como el bautismo en Alejandría tenía lugar en Pascua y en Pentecostés, la carta tiene que datar de poco después de estas fiestas del año 258, ya que bajo Sixto II sólo hubo una pascua, la de ese año.
51 El pobre anciano, en su entusiasmo, no sabe cómo expresar su único deseo, el bautismo católico, y lo llama purificación, acogida y gracia.
52 Esto es, a rebautizar. Dionisio parece estar convencido de la validez del bautismo de aquel hombre.
33 Cf. San Justino, Apol. I 65,3-4.
54 Esto es, entre los penitentes llamados συνεστάμενοι o «consistentes», que formaban el grupo más alto; aunque se les excluía de la comunión eucarística, participaban de la oración común antes de la anáfora; cf. supra VI 42,5.
55 No han dado resultados positivos los intentos de identificar a este personaje. El nombre de Luciano era demasiado común entonces.
1 Galo y su equipo, después de haber retenido el mando casi dos años, fueron derrocados, y les sucedieron en el gobierno Valeriano y su hijo Galieno 56.
2 Otra vez, pues, nos es dado conocer lo que de él cuenta Dionisio por la carta dirigida a Hermamón 57, en la cual lleva su narración de la siguiente manera:
«Y también a Juan le fue revelado igualmente: Y se le dio, dice, una boca que profiere grandezas y blasfemias, y le fueron dados poder y cuarenta y dos meses 58.
3 »Pero ambas cosas59 son de admirar en Valeriano, y sobre todo se ha de considerar cómo era al principio, qué favorable y benevolente para con los hombres de Dios, porque, antes de él, ningún otro emperador, ni siquiera los que se dice que abiertamente fueron cristianos 60, tuvo una disposición tan favorable y acogedora. Al comienzo los recibía con una familiaridad y una amistad manifiestas, y toda su casa estaba llena de hombres piadosos y era una iglesia de Dios 61.
4 »Pero el maestro y jefe supremo de los magos de Egipto 62 logró persuadirle a que se desembarazase de ellos, y le ordenaba matar y perseguir a los puros y santos varones, porque eran contrarios y obstáculo de sus infames y abominables encantamientos (pues son, efectivamente, y eran capaces, con su presencia y con su vista, e incluso únicamente con su respiración y el sonido de su voz, de destruir las asechanzas de los pestíferos demonios) 63, y le sugería realizar iniciaciones impuras 64, sortilegios abominables y ritos de mal auspicio, así como degollar a míseros niños, inmolar a hijos de padres infortunados, abrir entrañas de recién nacidos y cortar y despedazar las criaturas de Dios, como si por todo esto hubieran de ser felices».
5 Ya esto añade lo siguiente:
«En consecuencia, Macriano les ofreció 65 buenos sacrificios de acción de gracias por el imperio que esperaba. Él, que en un principio había estado al frente de las cuentas universales 66 del emperador, no tuvo un solo pensamiento razonable ni universal, sino que cayó bajo la maldición del profeta que dice: ¡Ay de los que profetizan desde su propio corazón y no miran lo universal! 67
6 »Y es que no comprendió la providencia universal ni temió el juicio del que está antes que todo, a través de todo y sobre todo 68, por lo cual se convirtió en enemigo de su Iglesia universal, se hizo ajeno y se desterró a sí mismo de la misericordia de Dios, y huyó lejísimos de su propia salvación, mostrando en ello la verdad de su propio nombre» 69.
7 Y después de otras cosas vuelve a decir:
«Valeriano, efectivamente, inducido por éste a tales excesos, se vio objeto de insultos y ultrajes70, según la sentencia de Isaías: Y éstos escogieron para sí los caminos y las abominaciones que su alma quiso; pues yo me escogeré sus burlas y he de recompensarles sus pecados 71.
8 »Macriano 72, en cambio, enloquecía por el imperio, a pesar de no merecerlo; y no pudiendo revestir él los ornamentos imperiales en su cuerpo contrahecho, propuso a sus dos hijos, que así recibieron los pecados paternos, pues fue bien clara en ellos la predicción hecha por Dios: Yo, que castigo los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian 73.
9 »En efecto, al arrojar sus propios malvados deseos, que se habían frustrado, sobre las cabezas de sus hijos, también les transfirió su propia maldad y su odio a Dios»74.
Y esto es lo que Dionisio dice sobre Valeriano.
Notas:
56 Eusebio, Chronic, ad annum 254: HELM, p.219. En la derrota sucumbió también el hijo y coaugusto Volusiano. La fecha no está clara: debió de ser entre mayo y junio de 253. El vencedor, M. Emilio Emiliano, caía también asesinado unos meses más tarde a manos de sus soldados. Proclamado emperador casi al mismo tiempo por las legiones danubianas, Publio Licinio Valeriano quedó dueño de la situación desde septiembre de 253 y, una vez aceptado por el senado, asoció en el mando imperial a su hijo Publio Licinio Egnacio Galieno, y juntos imperaron desde antes del 22 de octubre; cf. L. Homo, o.c., p.348; Chronic, ad annum 255: HELM, p.220; P. Kerksztes, Two edicts of the Emperor Valerian: VigCh 19 (1975) 81-95: medidas destinadas a sofocar al cristianismo, sin violencias, de ser posible.
57 Ya hemos dicho, supra 1 nota 5, que esta carta data del 262. Pertenece al grupo de las llamadas «festales* (cf. infra 20).
58 Ap 13,5.
59 No sabemos cuáles, debido sin duda a un mal corte del párrafo citado respecto de lo omitido: una debe de ser el contenido de la cita del Apocalipsis; la otra quedaría en lo suprimido. Sin este contexto previo, el texto resulta muy oscuro.
60 Se trata de una exageración; como ya hemos ido viendo, de lo más que se puede hablar es de emperadores cristianófilos, como Severo Alejandro (cf. supra VI 28) y Felipe el Arabe (cf. supra VI 34). Sobre el tema de todo el capítulo, véase P. J. Healy, The Valerian Persecution. A study of the relations between Church and State in third Century A. D. (Londres 1905); P. Paschini, La persecuzione di Valeriano (nel XVII Centenario) : Studi Romani 6 (1958) p.130-137.
61 Es la época que va de 253 a 257; cf. H. Grégoire, Les persécutions dans l'empire romain (Bruselas 1951) P45-52.
62 Se trata de Macriano, al que nombrará en el párrafo 5. La frase en sí, más que un cargo oficial o sacerdotal, viene a significar el gran influjo de Macriano en Egipto y el favor que dispensaba a los magos. Schwartz piensa que Dionisio no pudo escribir simplemente «el maestro», sino algo así como «el maestro de males», según la conjetura de Rufino: «doctorem pessimum magistrum».
63 Se trataba, por lo tanto, de exorcistas cristianos que ejercían su carisma ministerial.
64 Macriano intentaba iniciar a Valeriano en algún culto mistérico, muy poco recomendable al parecer.
65 Naturalmente, a los demonios.
66 Dionisio, en un alarde de «ingenio retórico», comienza aquí un juego de palabras: καθόλου-καθολικόν = universal, para retratar a Macriano. En definitiva, según él, este ejercía el cargo de ministro o intendente general de finanzas, cuyo título latino era rationalis Augusti. El continuador de Dion Casio (fragm.3) le hace comes thesaurorum y praefectus annonae; en todo caso se hallaba en inmejorables condiciones para abusar de las confiscaciones durante la persecución. Cf. L. Homo, Las instituciones políticas romanas. De la ciudad al Estado, en Biblioteca de síntesis histórica. La evolución de la humanidad (Barcelona 1928) p.390-391.
67 Ez 13,3; Dionisio, por seguir el juego de palabras, modifica el sentido del pasaje profético.
68 Cf. Ef 4,6; Col 1,17.
69 Alusión a la etimología popular del nombre de Macriano: derivaría de μακρός, largo, alejado.
70 Debe de referirse a la derrota y prisión de Valeriano, en 260, por los persas, cuyo rey Sapor I parece que le hizo sufrir toda clase de vejaciones. Valeriano murió en la cautividad.
71 Is 66,3-4.
72 El texto dice οὗτος, referido evidentemente a Macriano; pero debido a un mal corte de la cita, si decimos «este», sin más, parecería referirse a Valeriano, de quien se acaba de hablar.
73 Ex 20,5.
74 Los dos hijos de Macriano (Macriano el Joven y Quieto) no lograron imponerse a las fuerzas de Galieno, y los dos fueron derrotados y muertos: Macriano en 261 (junto con su padre) y Quieto en 262; cf. M. Sordi, Dionisio di Alessandria e le vicende della persecuzione di Valeriano in Egitto, en Paradoxos politeia. Studi patristici in onore di Guseppe Lazzatí, a cura di R. Cantalamessa e L. F. Pizzolato = Studia Patrística Mediolaneusia, 10 (Milán 1979), p.288-295.
1 En cambio, por lo que hace a la persecución de su tiempo, que arreciaba terriblemente, sus propias palabras, dirigidas contra Germán75, un obispo de su tiempo, que intentaba difamarle, declaran cuánto tuvieron que soportar él y otros con él por causa de su piedad para con el Dios del universo. Lo expone de la siguiente manera:
2 «Sin embargo, realmente corro el peligro de caer en gran locura y estupidez si me veo obligado 76 a exponer la admirable dispensación de Dios para con nosotros. Mas como quiera que es bueno —dice—ocultar el secreto del rey, pero glorioso revelar las obras de Dios 77, saldré al paso de la violencia de Germán.
3 »Yo no vine solo ante Emiliano 78, sino que me acompañaban mi copresbítero Máximo79 y los diáconos Fausto80, Eusebio81 y Queremón 82; y con nosotros entró uno de los hermanos de Roma allí presentes 83.
4 »Y Emiliano no me dijo de buenas a primeras: 'No tengas reuniones', porque esto resultaba superfluo y lo último para él, que iba derecho al grano. Porque, para él, la cuestión no era el que nos reuniésemos con otros, sino el que tampoco nosotros mismos fuésemos cristianos, y por eso nos intimaba a dejar de serlo, pensando que, si yo cambiaba de parecer, también los demás me seguirían.
5 »Pero yo di una respuesta que no se diferenciaba mucho ni se alejaba del ¡Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres!84, y abiertamente atestigüé que yo adoro al Dios único y a ningún otro, y que jamás cambiaría de parecer ni dejaría de ser cristiano. Entonces nos ordenó marchar a una aldea cercana al desierto, llamada Cefró85.
6 »Pero escuchad lo que uno y otro dijeron, tal como fue registrado86. 'Introducidos Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón87, Emiliano, que ejerce de gobernador, dijo: ... y verbalmente 88 conversé con vosotros acerca de la humanidad que nuestros señores emplean con vosotros.
7 »Efectivamente, os han dado el poder salvaros, con tal de que queráis volver a lo que es conforme a la naturaleza, adorar a los dioses salvadores de su imperio y olvidaros de lo que va contra naturaleza. ¿Qué decís, pues, a esto? Porque yo espero de vosotros que no seréis unos ingratos para con esa su humanidad, puesto que os están exhortando a lo mejor'.
8 »Dionisio respondió 89: 'No todos adoran a todos los dioses, sino que cada uno adora a los que creen que lo son, y así nosotros rendimos culto y adoramos al único Dios y creador de todas las cosas, el que puso también el imperio en manos de los augustos Valeriano y Galieno, amadísimos de Dios, y a él dirigimos continuamente nuestras súplicas por el imperio, con el fin de que permanezca inconmovible' 90.
9 »Emiliano, que ejerce de gobernador, dijo: 'Pues ¿quién os impide adorar también a éste, si es que es Dios, con los dioses que lo son por naturaleza? Porque se os manda dar culto a los dioses, y dioses que todo el mundo conoce'. Dionisio respondió: 'Nosotros no adoramos a ningún otro'.
10 »Emiliano, que ejerce de gobernador, dijo: 'Estoy viendo que vosotros sois no sólo ingratos, sino también insensibles a la mansedumbre de nuestros augustos; por lo cual no vais a quedaros en esta ciudad, sino que seréis deportados a las regiones de Libia, a un lugar llamado Cefró 91; es el sitio que escogí, por mandato de nuestros augustos, y de ninguna manera os estará permitido, ni a vosotros ni a ningún otro, hacer reuniones o entrar en los llamados cementerios 92.
11 »Ahora bien, si apareciese que alguno no se ha personado en el lugar que le mandé 93 o fuese hallado en reunión con alguien, sobre sí mismo tendrá suspendido el peligro, pues no ha de faltar la necesaria vigilancia. Retiraos, pues, a donde se os ha mandado' 94.
»Y, a pesar de que me hallaba enfermo, me obligó a salir apresuradamente, sin dar siquiera la demora de un día. ¿Qué tiempo tenía yo, pues, para convocar o no convocar una reunión?» 95
12 Luego, después de otras cosas, dice:
«Sin embargo, con la ayuda de Dios, ni siquiera de la reunión visible nos abstuvimos, sino que, por una parte, ponía gran empeño en reunir a los de la ciudad como si yo estuviera con ellos: Ausente con el cuerpo—dice—mas presente con el espíritu 96; y por otra parte, a Cefró vino a habitar con nosotros una iglesia numerosa, pues unos hermanos nos seguían de la ciudad y otros se nos juntaban desde Egipto.
13 »Y allí mismo Dios nos abrió una puerta a la palabra 97. Al principio, es cierto, nos persiguieron y apedrearon, pero luego algunos paganos, bastantes, dejaron los ídolos y se convirtieron a Dios. Anteriormente nunca habían recibido la palabra, y sólo entonces se sembraba entre ellos por primera vez, gracias a nosotros.
14 »Es como si Dios nos hubiera conducido hasta ellos por esta causa, pues así que hubimos cumplido este ministerio 98, de nuevo nos alejó.
»Efectivamente, Emiliano quiso trasladarnos a lugares al parecer más ásperos y más líbicos 99 aún, y mandó que los de todas partes confluyeran en la Mareota, después de asignar a cada uno una aldea de la región. Pero a nosotros nos colocó más bien en el camino, para prendernos también los primeros. Porque era evidente que lo iba disponiendo y preparando de modo que, cuando quisieran prendernos a todos, nos pudieran tener bien a mano.
15 »Yo, por mi parte, cuando se me ordenó partir para Cefró, por más que ignoraba en qué dirección se hallaba este lugar, pues casi ni el nombre había oído anteriormente, sin embargo, incluso partía animoso y tranquilo. Pero cuando se me anunció que debía trasladarme a la región de Colución 100, los que se hallaban presentes saben cómo me afectó (pues aquí he de acusarme a mí mismo).
16 »Al pronto me molestó y lo llevé demasiado a mal, porque, aunque daba la casualidad de que esos lugares nos eran más conocidos y familiares, sin embargo, se afirmaba que la región carecía de cristianos y de hombres honrados, y que, en cambio, se hallaba expuesta a las molestias de los viandantes y a las incursiones de los salteadores.
17 »Logré, sin embargo, consolarme al recordarme los hermanos que se hallaba más cercana a la ciudad y que, si bien Cefró nos había aportado numerosas relaciones con los hermanos venidos de Egipto, hasta el punto de poder tener asambleas más amplias, allí, empero, con la ciudad más cerca, íbamos a gozar más frecuentemente de la vista de los que verdaderamente eran amadísimos y de la mayor intimidad y amistad, porque ellos vendrían y se hospedarían, y como en los barrios bastante apartados, habría reuniones parciales 101, y así sucedió».
18 Y después de otras cosas todavía escribe lo siguiente acerca de lo que a él le sucedió:
«¡De muchas confesiones 102 se jacta Germán! Al menos puede decir que es mucho lo que hubo contra él, tanto cuanto puede enumerar de nosotros: sentencias, confiscaciones, proscripciones, despojo de los bienes 103, destitución de dignidades, indiferencia por la gloria mundana, desprecio de alabanzas de gobernantes y senadores, incluso de los contrarios, y el soportar amenazas, griteríos hostiles, peligros, persecuciones, vida errante, angustias y toda clase de tribulaciones 104, las mismas que me sucedieron bajo Decio y Sabino 105 y hasta ahora bajo Emiliano.
19 »Sin embargo, ¿dónde apareció Germán? ¿Qué documento hay sobre él? 106 Pero bueno, estoy cansado de esta gran locura en que voy cayendo 107 por culpa de Germán: y por lo mismo desisto también de dar a los hermanos, que ya lo saben, explicación detallada de los acontecimientos».
20 Y el mismo Dionisio, en la carta a Domecio y a Dídimo 108, vuelve a mencionar los sucesos de la persecución en estos términos:
«Pero es superfino haceros lista nominal de los nuestros, que son muchos y no los conocéis; sabe, con todo, que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, doncellas y ancianos, soldados y civiles, y todo sexo y toda edad 109, vencedores en la lucha, unos por azotes y fuego y otros por el hierro, todos recibieron sus coronas.
21 »A otros, en cambio, no les ha bastado un tiempo bastante largo para aparecer aceptables al Señor 110. Tampoco a mí hasta el presente, por lo que se ve, por lo cual me ha reservado para el momento oportuno que bien conoce el mismo que dice: En tiempo aceptable te escuché y en dia de salvación te socorrí 111.
22 »Puesto que preguntáis por nuestra situación y queréis que os informe de cómo vamos marchando, seguramente ya oísteis cómo nos conducían prisioneros un centurión y oficiales con los soldados y criados que iban con ellos, a mí y a Cayo, Fausto, Pedro y Pablo, y presentándose algunas gentes de Mareota, nos arrebataron, bien a pesar nuestro, arrastrándonos por la fuerza al negarnos a seguirlos 112.
23 »Y ahora yo, Cayo y Pedro, los tres solos 113, nos hallamos encerrados en un paraje desierto y árido de Libia, huérfanos de los demás hermanos, apartados de Paretonio tres días de camino».
24 Y algo más abajo sigue diciendo:
«Sin embargo, en la ciudad 114 se hallan escondidos y visitan en secreto a los hermanos, de una parte, los presbíteros Máximo, Dióscoro, Demetrio y Lucio—ya que los más conocidos en el mundo, Faustino y Aquilas, andan errantes por Egipto—, y de otra, los diáconos que sobrevivieron a los que murieron en la isla 115: Fausto, Eusebio y Queremón. Eusebio es aquel a quien Dios fortaleció 116 y preparó desde el principio para cumplir ardorosamente el servicio a los confesores encarcelados y llevar a cabo, no sin peligro, el enterramiento de los cuerpos de los perfectos y santos mártires.
25 »Efectivamente, incluso hasta el presente, el gobernador no deja de dar cruel muerte, como dije antes, a algunos de los que a él son conducidos, de desgarrar a los otros en torturas y de consumir en cárceles y prisiones al resto, ordenando que nadie se les acerque, e indagando si alguien aparece. Y, sin embargo, Dios no cesa de aliviar a los oprimidos, gracias al ánimo y perseverancia de los hermanos».
26 Esto narra Dionisio. Pero se ha de saber que Eusebio, al que él llamó diácono, poco después fue instituido obispo de Laodicea de Siria 117. En cuanto a Máximo, que entonces dice que era presbítero, sucedió a Dionisio mismo en el ministerio de los hermanos de Alejandría 118, mientras que Fausto, que en aquel momento se distinguió junto con él por su confesión, sobrevivió hasta la persecución de nuestros días y, muy anciano ya y lleno de días 119, ha consumado su martirio en nuestro tiempo 120, decapitado. Tal sucedió a Dionisio en aquel tiempo.
Notas:
75 Cf. supra VI 40,1.
76« Cf. 2 Cor 11,1.17.21; 12,6.11.
77 Tob 12,7.
78 Emiliano, proprefecto de Egipto en 258 (cf. infra § 6), era prefecto desde octubre de 259; cf. L. Cantarelli, La serie dei prefetti di Egitto (Roma 1906) p.116. Rebelado contra Galieno al desaparecer Valeriano, parece ser que fue derrotado y enviado a Roma en 262-263; cf. Hist. August. 24; Aemil. 22.
79 Cf. infra § 6.24.26, donde se dice que sucederá a Dionisio; lo mismo en 28,3.
80 Cf. ibid.
81 El nombre de Eusebio no aparece en el párrafo 6, pero sí en el 24; y en el 26 se dice además que será obispo de Laodicea de Siria; cf. especialmente infra 32,5.
82 Cf. infra § 24.
83 ¿Quizás el Marcelo del párrafo 6?
84 Act 5,29.
85 Pequeño lugar no localizado, pero bastante alejado de Alejandría; cf. infra § 10.12.15.17; Harnack, Mission 2 p.715.
86 Dionisio va a citar el texto del Acta oficial; cf. V. Saxer, Les «Actes des martyrs anciens» chez Eusèbe de Césarée et dans les martyrologes syriaque et hiéronymien: AB 102 (1984) 85-95.
87 Sobre todos ellos, cf. supra § 3.
88 Esto supone, seguramente, que en las líneas anteriores se hacía referencia a un contacto por escrito.
89 El gobernador se ha dirigido a todos; ahora es Dionisio quien responde en nombre de todos.
90 La oración de los cristianos por los emperadores, urgida ya por los apóstoles, se ha mantenido constante, y los mártires, lo mismo que los apologistas, hacen de ella argumento de fidelidad patria; cf. 1 Tim 2,1-2; 1 Clementis 61,1-2; San Justino, Apol. I 17,3-4; Tertuliano, Apolog. 30-32; Orígenes, C. Celsum 8,73-74; Acta Cypriani 1,2.
91 Cf. supra § 5.
92 Casi en los mismos términos se expresa el procónsul Paterno en el interrogatorio de San Cipriano; cf. Acta Cypriani 1,7.
93 El deportado tenía que trasladarse por sus propios medios al lugar de la condena; la desobediencia se pagaba con la muerte.
94 Aquí termina la copia del Acta oficial.
95 Esta pregunta responde a la acusación de Germán.
96 1 Cor 5,3.
97 Cf. Col 4,3-
98 Cf. Act 12,25.
99 Término difícil de entender; quizás pretenda resumir lo más incómodo que los antiguos encontraban en las tierras líbicas; o más bien quiera decir que la región así llamada, la Mareota, se hallaba más cerca todavía del terreno libio y, por ende, más lejos de Alejandría.
100 Lugar de emplazamiento desconocido, aunque más cerca de Alejandría.
101 Los que vivían en los suburbios o barrios apartados no acudían a la asamblea común en la ciudad, sino que se reunían para el culto por sectores. A Dionisio le proponen que haga algo parecido en la región de Colución: las «molestias de los viandantes» (§ 16) podrían convertirse en ocasiones de ejercicio de su ministerio; si entre aquellas «molestias» se incluía la tan temida recipiendi hospitis nécessitas, la intención del consejo aparece clara: los viandantes serían cristianos más o menos camuflados.
102 Es decir, confesiones de fe ante las autoridades.
103 Cf. Heb 10,34.
104 Cf. Rom 8,35.
105 Cf. supra VI 40,2.
106 Alusión sin duda al Acta que antes ha copiado.
107 Cf. 2 Cor 11,17.
108 Eusebio piensa—a juzgar por el lugar donde la incluye—que ésta se refiere a la persecución de Valeriano; por las alusiones a personas, lugares y hechos, que ya hemos visto arriba, sobre todo en VI 40,4-9, lo que en ella se relata pertenece a la persecución de Decio; cf. C. L. Feltoe, o.e., p.64-66. Sobre su datación, cf. infra 20.
109 Cf. supra VI 41,14-23. donde, sin embargo, no se menciona a las doncellas.
110 Cf. Eclo 2,5.
111 Is 49,8; 2 Cor 6,2.
112 Cf. supra VI 40,5-9.
113 Fausto y Pablo habían marchado (no es seguro que Fausto sea el mismo de los párrafos 3.6.24 y 26).
114 Alejandría.
115 Schwartz adopta la lectura de L Sarm. No sabemos de que isla pueda tratarse. En cambio, el texto de los Mss da νόσῳ. ¿Podría tratarse de la peste que hizo estragos por el año 252, de que habla el mismo Dionisio infra 22, y a la que consagró San Cipriano su opúsculo De mortalitate?
116 Cf. 1 Tim 1,12.
117 Cf. infra 32,5.
118 Eusebio, Chronic, ad annum 265: HELM, p.221; cf. infra 28,3.
119 Cf. Gén 25,8 et passim.
120 En la persecución de Diocleciano, aunque no es seguro que se trate del mismo de que se habla infra VIII 13,7 y del que se dice que era presbítero.
En la mentada persecución de Valeriano 121, tres fueron los que en Cesarea de Palestina 122 sobresalieron por su confesión de Cristo y, arrojados como pasto a las fieras, se adornaron con el divino martirio. Uno de ellos se llamaba Prisco, el otro Malco y el tercero Alejandro. Se dice 123 que éstos vivían en el campo y que primero se acusaron a sí mismos de negligencia y cobardía por mostrarse indiferentes a los premios que la ocasión repartía a los que ardían de celeste deseo y por no arrebatar anticipadamente la corona del martirio; y que después de haber deliberado así, se encaminaron a Cesarea, se presentaron ante el juez y lograron para su vida el final que acabamos de decir. También cuentan que, además de éstos, durante la misma persecución y en la misma ciudad, una mujer sostuvo el mismo combate; pero una tradición 124 afirma que ésta era de la herejía de Marción.
Notas:
121 Ya hemos dicho que los acontecimientos de ia última carta extractada pertenecen a la de Decio; cf. supra 11,20.
122 Eusebio quiere hacer ahora honor a su propia Iglesia.
123 La expresión es característica para indicar que estos informes provienen de una tradición oral.
124 Aquí Eusebio se apoya en documentación escrita, pero, debido a que se trataba de una hereje (ello indica que en Palestina todavía existían focos marcionitas), apenas hace más que mentarla de paso. Sobre otro mártir marcionita, cf. supra IV 15,46, y, en general, sobre los mártires de esa secta, también supra V 16,20-21.
Pero no mucho después, mientras Valeriano sufría la esclavitud entre los bárbaros, empezó a reinar solo su hijo 125 y gobernó con mayor sensatez. Inmediatamente puso fin, mediante edictos, a la persecución contra nosotros 126, y ordenó por un rescripto 127 a los que presidían la palabra que libremente ejercieran sus funciones acostumbradas. El rescripto rezaba así:
«El emperador César Publio Licinio Galieno Pío Félix Augusto, a Dionisio, Pina, Demetrio y a los demás obispos: He mandado que el beneficio de mi don se extienda por todo el mundo, con el fin de que se evacúe los lugares sagrados y por ello también podáis disfrutar de la regla contenida en mi rescripto, de manera que nadie pueda molestaros. Y aquello que podáis recuperar, en la medida de lo posible, hace ya tiempo 128 que lo he concedido. Por lo cual, Aurelio Cirinio, que está al frente de los asuntos supremos 129, mantendrá cuidadosamente la regla dada por mí» 130.
Quede inserto aquí, para mayor claridad, este rescripto, traducido del latín. Se conserva también, del mismo emperador, otra ordenanza que dirigió a otros obispos y en que permite la recuperación de los lugares llamados cementerios.
Notas:
125 Cautivo Valeriano de los persas en 260, su hijo Galieno, ya de antes asociado al imperio (desde 253), quedó como único emperador.
126 Eusebio, Chronic, ad annum 260: HELM, p.220; H. G. Pflaum, Zur Reform des Kaisers Gallienus: Historia 15 (1976) 109-117; L. De Blois, The policy of the emperor Gallienus (Leiden 1976).
127 Galieno había promulgado un edicto general; el rescripto conservado por Eusebio no hace más que resumir y aplicar a Egipto las disposiciones de aquél. Lo más probable es que date del mismo 260. Cf. H. Grégoire, o.e., p.121-122; sin embargo, C. Andresen ve en este «edicto», más que un reconocimiento del cristianismo como tal, un acto de εὐεργεσία (= favor, beneficio] imperial premiando la actitud política —proimperial— de Dionisio, en los años 261-262, frente al usurpador Emiliano: Der Erlass des Gallienus an die Bischöfe Aegyptens (Euseb. HE VII 13), en Studia Patrística XII, 1 = TU 115 (Berlin 1975).
128 Probablemente Galieno hacía tiempo que, de su parte, hubiera dado el paso en favor de los cristianos.
129 No sabemos exactamente con qué cargo y atribuciones; seguramente de carácter fiscal.
130 No es todavía reconocer a la religión cristiana como «religio licita», pero se reconoce a las iglesias locales la capacidad de poseer bienes propios. Cf. S. Pezzella, L'imperatore Gallieno e il cristianesimo (Roma 1965).
En este tiempo, Sixto seguía todavía rigiendo la iglesia de Roma 131; Demetriano, en cambio, la de Antioquía, a continuación de Fabio; y Firmiliano, la de Cesarea de Capadocia; además de éstos, regían las iglesias del Ponto, Gregorio y su hermano Atenodoro, discípulos de Orígenes. Por lo que atañe a Cesarea de Palestina, muerto Teoctisto, recibe en sucesión el episcopado Domno, pero, habiendo éste sobrevivido breve tiempo, fue instituido sucesor Teotecno, contemporáneo nuestro, que también era de la escuela de Orígenes. Pero también en Jerusalén, muerto Mazabanes, recibe en sucesión el trono 132 Himeneo, el mismo que ha brillado muchísimos años en nuestra época.
Notas:
131 «En este tiempo», esto es, en el de Galieno como único emperador, no existía ya Sixto II, que había muerto mártir el 6 de agosto de 258, tras menos de un año de pontificado; cf. supra 5,3. En realidad, Eusebio no parece tener aquí otra intención que dar los nombres de los obispos y de sus sedes respectivas, sin entrar en precisiones cronológicas.
132 Cf. infra 19.
1 Por estos años 133, a pesar de que en todas partes las iglesias tenían paz, en Cesarea de Palestina fue decapitado por haber dado testimonio de Cristo un tal Marino, que pertenecía a los altos cargos del ejército y se distinguía por su linaje y sus riquezas. La causa fue la siguiente:
2 Entre los romanos hay una insignia de honor: el sarmiento 134, y dicen que quienes lo alcanzan se convierten en centuriones. Habiendo vacante una plaza, el escalafón designaba a Marino para este ascenso. Ya estaba a punto de recibir el honor cuando se presentó ante el tribunal otro afirmando que, según las antiguas leyes, Marino no podía tomar parte en las dignidades romanas, puesto que era cristiano y no sacrificaba a los emperadores 135, y que el cargo le correspondía a él.
3 Ante esto, el juez (que era Aqueo) se sintió turbado y empezó por preguntar a Marino qué pensaba él, pero cuando vio que éste insistía en confesar que era cristiano, le concedió el plazo de tres horas para que reflexionara.
4 Hallándose fuera del tribunal, se le acercó Teotecno, obispo del lugar, y le apartó para conversar y, tomándole por la mano, lo condujo a la iglesia; una vez dentro, lo plantó delante del mismo santuario y, levantándole un poco la clámide, le señaló su espada, que colgaba, a la vez que le presentaba y le contraponía la Escritura de los divinos Evangelios, mandándole que entre las dos cosas escogiera la que le pareciese. Pero él, sin vacilar, extendió la derecha y tomó la divina Escritura. «Mantente, pues—le dice Teotecno—, mantente aferrado a Dios y ojalá alcances, fortalecido por Él 136, lo que has escogido. Vete en paz».
5 Salió al punto de allí. Un pregonero lanzaba ya su grito llamándole de nuevo ante el tribunal. Efectivamente, se había cumplido ya el plazo previamente fijado. Presentóse entonces ante el juez y, mostrando un entusiasmo todavía mayor por su fe, en seguida, tal como estaba, se le condujo al suplicio y fue ejecutado.
Notas:
133 Siguen los años de Galieno.
134 Era el bastón de mando del centurión, llamado vitis; por metonimia recibía tal nombre el mismo grado de centurión.
135 El edicto de Galieno (cf. supra 13) no reconocía al cristianismo como «religio licita»; por lo tanto, aun en tiempos de paz, sobre todo entre soldados, eran posibles casos como este de Marino (de quien, por lo demás, es todo lo que sabemos). El soldado cristiano se hallaba totalmente indefenso.
136 Cf. Col 1,11.
Allí también 137 se recuerda a Astirio por su gran franqueza, agradable a Dios. Era miembro del senado romano, favorito de los emperadores y de todos conocido por su noble linaje y por su hacienda. Se hallaba presente cuando se ejecutaba al mártir, y, arrimando su hombro, levantó el cadáver sobre su espléndida y rica vestidura y se lo llevó para enterrarlo con gran magnificencia y darle digna sepultura. Los allegados y conocidos de este hombre que han sobrevivido hasta nosotros recuerdan otras innumerables hazañas suyas, incluida la que sigue, portentosa.
Notas:
137 En la misma Cesarea de Palestina.
En Cesarea de Filipo, que los fenicios llaman Paneas, se dice que, en las fuentes que allí se muestran, al pie de la montaña llamada Paneión, y de las cuales nace el Jordán, cierto día de fiesta se arroja una víctima inmolada, y ésta, por virtud del demonio, se hace invisible de modo prodigioso. El hecho resulta maravilla famosa para los que se hallan presentes. Pues bien, una vez asistía a la operación Astirio y, contemplando a la muchedumbre afectada por el hecho, se compadeció de su error, y levantando los ojos al cielo suplicó por Cristo al Dios que está sobre todas las cosas 139 que confundiera al demonio extraviador del pueblo y le hiciera dejar de engañar a los hombres. Y se cuenta que así que hubo orado él de ese modo, la víctima comenzó a sobrenadar en las fuentes y de esta manera cesó para ellos el prodigio y ya no se dio en adelante ningún milagro en torno al lugar.
Notas:
138 En la distribución actual de los capítulos, según dijimos, éste carece de título.
139 Cf. Rom 9,5.
1 Mas ya que hemos hecho mención de esta ciudad, creo que no es justo pasar por alto un relato digno de memoria incluso para nuestros descendientes. En efecto, la hemorroísa, que por los Evangelios 140 sabemos que encontró la curación de su mal por obra de nuestro Salvador, se dice que era oriunda de esa ciudad y que en ella se enseña su casa, y que aún subsisten monumentos admirables de la buena obra realizada por el Salvador en ella:
2 Efectivamente, sobre una piedra alta, delante de las puertas de su casa, se alza una estatua de mujer, en bronce, con una rodilla doblada y con las manos tendidas hacia adelante como una suplicante; y enfrente de ésta, otra del mismo material, efigie de un hombre en pie, revestido pulcramente con un manto y tendiendo su mano hacia la mujer; a sus pies, sobre la misma estela, brota una extraña especie de planta, que sube hasta la orla del manto de bronce y resulta un antídoto contra toda clase de enfermedades.
3 Esta estatua dicen que reproducía la imagen de Jesús. Se conservaba hasta nuestros días, como lo hemos comprobado de vista nosotros mismos, de paso en aquella ciudad 141.
4 Y no es extraño que hayan hecho esto aquellos paganos de otro tiempo que recibieron algún beneficio de nuestro Salvador, cuando hemos indagado que se conservan pintadas en cuadros las imágenes de sus apóstoles Pablo y Pedro, e incluso del mismo Cristo, cosa natural, pues los antiguos tenían por costumbre honrarlos de este modo, llanamente, como a salvadores, según el uso pagano vigente entre ellos 142.
Notas:
140 Gf. Mt 9,20ss; Mc 5,25ss; Lc 8,43ss.
141 Este extraño relato alcanzó gran aceptación entre los autores posteriores a Eusebio, que nos dejaron referencias más o menos coincidentes, como Filostorgo (Hist. Eccl. 7,3), Sozomeno (Hist. Eccl. 5,21), Juan Malalas (Chronogr. 10), San Juan Damasceno (De sacris imag. adv. Const. 3), y hasta la cadena sobre San Lucas, editada por Mai (Nova Biblioth. Patrum t.14 p.167).
142 El culto cristiano de las imágenes parece ser ya un hecho; Eusebio lo ve como un claro influjo pagano; cf. V. Fazzo, La gtustificazione delle immagine religiose della tarda antiquità al Cristianesimo. Vol. i.°; La tarda antichità (con un Appendice sull'Iconoclasmo bizantino) (Nápoles 1977).
El trono de Santiago, primero que recibió del Salvador y de los apóstoles el episcopado de la iglesia de Jerusalén y al que los libros divinos llaman incluso hermano de Cristo 143, ha sido preservado hasta hoy. Los hermanos del lugar han venido rodeándolo de cuidados en las sucesivas generaciones y claramente muestran a todos qué veneración conservan los antiguos y siguen conservando los de hoy para con los santos varones, por ser amados de Dios 144.
De esto basta ya.
Notas:
143 Cf. Gál 1,19.
144 Ya hemos hecho notar (supra II 23,1) cómo siempre que se trata de la sede episcopal de Jerusalén se habla del «trono». A juzgar por el presente capítulo, los cristianos de Jerusalén conservaban como preciosa reliquia el asiento material utilizado por Santiago y lo habían elevado, por respeto, a la categoría de «trono», símbolo material, a la vez, del episcopado primado universal, según la mentalidad de aquellos primeros siglos.
Por lo que hace a Dionisio, además de las cartas suyas mencionadas 145, compuso por aquel tiempo otras que todavía se conservan: las festales 146. En ellas enarbola palabras mucho más solemnes acerca de la fiesta de la Pascua. Una va dirigida a Flavio 147, y otra a Domecio y Dídimo 148, en la cual propone incluso un canon de ocho años, alegando que no conviene celebrar la fiesta de la Pascua más que después del equinoccio de primavera 149. Además de estas cartas escribió también otra a sus copresbíteros de Alejandría, y a la vez a otras personas en términos sobresalientes; éstas cuando todavía duraba la persecución.
Notas:
145 Algunas de las ya citadas por contener noticias de las persecuciones de Decio y Valeriano (v.gr., la de Hermamón, supra 1; 10,2), pertenecen a las festales aquí anunciadas.
146 En ellas, Dionisio—y en esto le siguieron fielmente sus sucesores—anunciaba la fecha de la Pascua y además trataba otros asuntos de interés inmediato; cf. Lawlor, Eusebiana p.160-165.169-174.
147 Esta se ha perdido.
148 Quizás la que se cita supra 11,20. Mientras Lawlor (p.250-253) la fecha en 251 (persecución de Decio), M. Sordi (o.e., p.127-129) piensa que informa sobre la persecución de Valeriano y la fecha en la Pascua del 259 o del 260.
149 Como veremos infra 32,14-20, el cálculo para la fecha de la Pascua resultaba más bien complicado y no dejaba de suscitar problemas; cf. V. Grumel, Le problème de la date pascale aux IIIe et IVe s. L'origine du conflit; le nouveau cadre du comput pascal juif: Revue des Etudes Byzantines 18 (i960) 163-178.
1 Apenas se había restablecido la paz, y ya estaba de regreso en Alejandría; pero habiendo estallado de nuevo allí una sedición y una guerra, de modo que no le era posible visitar a todos los hermanos de la ciudad, divididos como estaban en uno y otro bando de la sedición, una vez más, en la fiesta de Pascua 150, desde la misma Alejandría, igual que si estuviera al otro lado de la frontera, entró en comunicación con ellos por carta.
2 Y escribiendo también después de esto a Hieraco 151, un obispo de Egipto 152, otra carta festal, menciona la rebelión de los alejandrinos de su tiempo en estos términos:
«Y en cuanto a mí, ¿por qué admirarse de que me sea penoso comunicar incluso por carta con los que moran más lejos, siendo así que hasta el conversar conmigo mismo y deliberar con mi propia alma se me hace imposible?
3 »Lo cierto es que, en relación con mi propia entraña 153, esto es, con los hermanos que comparten mi techo y mis sentimientos, ciudadanos también de mi misma iglesia, necesito de correspondencia epistolar, y aun ésta no veo cómo arreglarme para transmitirla, porque le sería más fácil a uno atravesar, no digo ya más allá de la frontera, sino incluso de Oriente a Occidente, que llegarse a Alejandría desde la misma Alejandría;
4 »pues más vasta y más impracticable que aquel enorme y no hollado desierto que Israel recorrió en dos generaciones 154 es la calle más céntrica de la ciudad. Y del mar que, partido y separado por dos muros, aquéllos encontraron vadeable para sus caballos, mientras los egipcios eran anegados en la misma senda 155, son imagen los puertos apacibles y sin oleaje, pues muchas veces, por los asesinatos en ellos cometidos, aparecen igual que un mar Rojo 156.
5 »Y el río que baña la ciudad, unas veces se le ha visto más reseco que el sediento desierto y más árido que aquel en que, al atravesarlo, tanta sed pasó Israel, que Moisés gritó suplicando y por obra del único que hace maravillas 157 brotó bebida para ellos de un risco 158;
6 »y otras veces, en cambio, tanto se desbordó, que inundó toda la contornada, las calles y los campos, hasta amenazar con la avenida de las aguas de los tiempos de Noé. Y siempre corre manchado con sangre, por homicidios y ahogamientos, como en tiempos de Moisés, cuando se convirtió para el faraón en sangre y apestaba 159.
7 » ¿Y qué otra agua podría purificar al agua que todo lo purifica? ¿Y cómo el vasto océano, infranqueable para el hombre, podría derramarse y purificar este amargo mar? ¿O cómo el gran río que sale del Edén podría lavar la sangre impura, aun cuando trasvasara los cuatro brazos en que se divide a uno sólo: el Geón? 160
8 »¿Y cuándo podría quedar puro el aire infestado por los miasmas procedentes de todas partes? Porque tales hálitos emanan de la tierra, tales vientos del mar, tales efluvios de los ríos y tales exhalaciones de los puertos, que el rocío podría ser el pus de cadáveres que se pudren en todos los elementos indicados.
9 »Y luego la gente se admira y está incierta de dónde provienen las continuas pestes y las graves enfermedades, de dónde las corrupciones de toda especie y la varia y reiterada mortandad de los hombres, y por qué la gran ciudad no sostiene ya en sí misma aquella tan grande muchedumbre de hombres que antes alimentaba, comenzando por los niños de pecho, hasta los ancianos de extrema vejez, pasando por el gran número de 'viejos prematuros', como se les llamaba. Al contrario, los cuarentones y hasta los setentones eran tan numerosos entonces, que ahora su número no llega a completarse aunque estén inscritos y apuntados para la ración pública de víveres desde los catorce hasta los ochenta años 161; y los que aparentan más jóvenes parecen contemporáneos de los más viejos de entonces.
10 »Y de esta manera, aun viendo constantemente disminuida y consumida la familia humana sobre la tierra, no tiemblan, a pesar de acercarse más cada vez a su completa destrucción».
Notas:
150 Todos los indicios apuntan a la Pascua de 262, precedida de las repercusiones que en Alejandría tuvo la rebelión de Macriano contra Galieno; cf. S. I. Oost, The Alexandrian seditions under Philip and Gallienus: Classical Philology 56 (1961) 1-20.
151 Eusebio piensa que los hechos relatados en la carta a Hieraco pertenecen al año siguiente que la carta anterior, esto es, Pascua de 263 (M. Sordi [o.e., p. 124-26] piensa en 261). Pero creo, con Lawlor (p.253), que la carta habla más bien de la época turbulenta que precedió a la subida de Valeriano al poder, después de la tremenda peste de 252; por lo tanto, que data de por entonces.
152 Cf. supra VI 41,19 nota 305.
153 Flm 12.20.
154 Cf. Núm 14,22-23.
155 Cf. Ex 14,29-30.
156 Cf. Ex 15,4.
157 Cf. Sal 135.4.
158 Cf. Núm 20,1-11; Dt 8,15; Sal 78,20; Sal 11,4.
159 Cf. Ex 7,20-21.
160 Cf. Gén 2,10-13. Aquí identifica al Geón con el Nilo.
161 Todos ellos vivían, pues, a costa del Estado, recibiendo su porción del frumentum publicum, como los ciudadanos de Roma, y estaban inscritos en un registro especial.
1 Después de esto, cuando la peste interrumpió la guerra y la fiesta se acercaba, de nuevo entró en comunicación por carta con los hermanos 162, indicándoles los padecimientos de esta calamidad con estas palabras:
2 «Ciertamente, a los demás hombres 163 no les parecerá tiempo de fiestas la ocasión presente. Para ellos, ni éste ni otro lo es; no hablo ya de los tiempos luctuosos, pero ni siquiera de los que se podrían creer sumamente alegres. En la actualidad al menos, ciertamente, todo son lamentaciones, todo llantos, y los gemidos resuenan en toda la ciudad por causa de la muchedumbre de los muertos y de los que cada día siguen muriendo;
3 »porque, como está escrito de los primogénitos de Egipto, así también ahora se ha levantado un gran clamor, pues no hay casa donde no haya un muerto 164; y ¡ojalá no fuera más que uno!, porque en verdad son muchas y terribles las cosas que han sucedido incluso antes de esto.
4 »Primeramente nos expulsaron, y somos los únicos que, a pesar de estar perseguidos por todos y condenados a morir, celebramos la fiesta, incluso entonces, y cada lugar de tribulación de cada uno se nos convirtió en paraje de asamblea festiva: campo, desierto, nave, albergue, cárcel. Pero la más esplendorosa de todas las fiestas la celebraron los mártires perfectos, regalados con el festín del cielo.
5 »Y después de esto se echaron encima la guerra y el hambre, que sufrimos junto con los paganos: hemos soportado solos los malos tratos que nos dieron, pero hemos entrado a la parte en lo que ellos entre sí se hacían y padecían, y una vez más hemos gozado de la paz de Cristo, que sólo a nosotros nos ha dado 165.
6 »Habíamos logrado, tanto ellos como nosotros, un brevísimo respiro cuando irrumpió la enfermedad ésta, cosa para ellos más temible que todo temor y, por lo tanto, más cruel que cualquier otra calamidad, y como escribe un autor particular suyo, 'única cosa que haya sobrepujado a toda previsión' 166. Mas no así para nosotros, que más bien fue un ejercicio y una prueba en nada inferiores a las demás. Efectivamente, en nada nos perdonó a nosotros, aunque mucho se cebó en los paganos».
7 Ya continuación añade lo que sigue:
«En todo caso, la mayoría de nuestros hermanos, por exceso de su amor y de su afecto fraterno, olvidándose de sí mismos y unidos unos con otros, visitaban sin precaución a los enfermos, les servían con abundancia, los cuidaban en Cristo y hasta morían contentísimos con ellos, contagiados por el mal de los otros, atrayendo sobre sí la enfermedad del prójimo y asumiendo voluntariamente sus dolores. Y muchos que curaron y fortalecieron a otros, murieron ellos, trasladando a sí mismos la muerte de aquéllos y convirtiendo entonces en realidad el dicho popular, que siempre parecía de mera cortesía: 'Despidiéndose de ellos humildes servidores' 167.
8 »En todo caso, los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de este modo, presbíteros—algunos—, diáconos y laicos, todos muy alabados, ya que este género de muerte, por la mucha piedad y fe robusta que entraña, en nada parece ser inferior incluso al martirio.
9 »Y así tomaban con las palmas de sus manos y en sus regazos los cuerpos de los santos, les limpiaban los ojos, cerraban sus bocas y, aferrándose a ellos y abrazándolos, después de lavarlos y envolverlos en sudarios, se los llevaban a hombros y los enterraban. Poco después recibían ellos estos mismos cuidados, pues siempre los que quedaban seguían los pasos de quienes les precedieron.
10 »En cambio, entre los paganos fue al contrario 168: incluso apartaban a los que empezaban a enfermar y rehuían hasta a los más queridos, y arrojaban a moribundos a las calles y cadáveres insepultos a la basura, intentando evitar el contagio y compañía de la muerte, empeño nada fácil hasta para los que ponían más ingenio en esquivarla».
11 Y después de esta carta, cuando la ciudad estuvo ya en paz, envió además una carta festal a los hermanos de Egipto 169, y luego volvió a escribir otras. Se conservan de él también una Sobre el sábado y otra Sobre el ejercicio 170.
12 Comunicándose una vez más por carta con Hermamón 171 y los hermanos de Egipto, explica muchas otras cosas sobre la perversidad de Decio y de sus sucesores, y menciona la paz de los tiempos de Galieno.
Notas:
162 Eusebio piensa que esta carta «a los hermanos» (seguramente de Alejandría) es algo posterior a la anterior, lo que es cierto; pero, como la anterior, por las razones indicadas supra 21,2, data del 252, hay que fechar esta otra en 253; M. Sordi (o.e., p.126-127) piensa también que data de la Pascua de 252-253; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 253; HELM, p.219.
163 Se refiere a los no cristianos—«infieles y gentiles», dice Valois—, incapaces de comprender la alegría festiva de la Pascua, siempre, pero sobre todo en medio de tanta calamidad.
164 Ex 12,30.
165 Cf. Jn 14,27.
166 El autor «suyo» esto es, de «los otros» (cf. supra nota 163) es Tucídides (Hist. 2, 64,1). La famosa descripción tucidídea de la peste de Atenas ha inspirado siempre a todos los escritores de la antigüedad que tuvieron que abordar el mismo tema. Sobre el contacto de Dionisio con la literatura «ajena», cf, supra 7,3.
167 La «popular» fórmula de mera cortesía (en esto Dionisio es un testigo de esa acepción de περίψημα, recogida por los léxicos de Suidas y de Focío) se carga, para el obispo de Alejandría, de un contenido tremendamente realista, que define al verdadero cristiano como servidor, sí, pero servidor que se entrega como víctima expiatoria por los demás, a imitación de Cristo, como ya lo habían expresado en cierto modo San Ignacio de Antioquía (Ephes. 8,1; 18,1), Pseudo-Bernabé (4,9; 6,5) y, sobre todo, San Pablo (1 Cor 4,13).
168 Dionisio insiste en contraponer las actitudes y las conductas de cristianos y paganos.
169 Posiblemente en 264, aunque no es fácil identificar el período de paz a que se refiere.
170 Entre los fragmentos recogidos por Feltoe (o.e., p.254) hay uno que da como posible resto de esta carta Sobre el sábado. En la página 256 da otro como procedente con seguridad de la carta Sobre el ejercicio, cuyo tema tiene clara relación con el párrafo 6 de este capítulo.
171 Cf. supra 1.
1 Pero nada mejor que escuchar cómo fueron estos acontecimientos:
«Así, pues, aquél 172, traicionando a uno de sus emperadores y atacando al otro, pronto desapareció con su pillaje, arrancado de raíz, y todos proclamaron y reconocieron a Galieno, que era a la vez antiguo y nuevo emperador, pues lo era antes, y vino después de aquéllos 173.
2 «Efectivamente, conforme al dicho del profeta Isaías: Ved que llega lo del principio, y lo que ahora surgirá será nuevo 174. Porque así como una nube, deslizándose bajo los rayos del sol, por un momento lo va cubriendo y lo ensombrece y se muestra en lugar de él, pero luego, cuando la nube ha pasado o se ha disuelto, otra vez surge y reaparece el sol, que ya antes había salido, así Macriano se puso delante y se aproximó en persona al imponente poder imperial de Galieno, pero ya no es 175, puesto que tampoco era, mientras que éste es lo mismo que era;
3 »y el poder imperial, como si hubiese depuesto su vetustez y se hubiera de nuevo purificado de su anterior maldad, florece ahora con más vigor y se le ve y se le escucha mucho más lejos y va penetrando por todas partes» 176.
4 Luego, continuando, señala también el tiempo en que escribía esto con las palabras que siguen:
«También me place examinar de nuevo los días de los años imperiales, porque estoy viendo que los más impíos, no obstante su renombre, al cabo de poco tiempo han caído en el anonimato 177, mientras que él178, más santo y amado de Dios, rebasado ya su séptimo año, cumple ahora el año noveno en el cual celebraremos la fiesta»179.
Notas:
172 Macriano, el que logró persuadir a Valeriano a que persiguiese a los cristianos y trató luego de derrocar a Galieno; cf. supra 10,4-9.
173 Lo había sido desde que su padre lo asociara ai imperio como augusto en 253 (cf. supra 10,1); en Alejandría volvió a serlo tras el breve intervalo de la intentona de Macriano y sus hijos.
174 Is 42,9; 43,19.
175 Cf. Ap 17,8-11.
176 Sobre el momento histórico reflejado en estos párrafos, cf. J. Gagé, Commodien et le moment millénariste du IIP siècle (258-262 ap. J.-C.) : Revue d'Histoire et de Philosophie religieuses 41 (1961) 335-378.
177 Queda así esbozado el tema de la obra de Lactancio, De mortibus persecutorum, y de parte de los últimos libros de esta misma HE.
178 Galieno, contrapuesto a Valeriano.
179 El séptimo año de Galieno se cumplía al finalizar el año 260; para un emperador de aquella época, doblar esa especie de ecuador mágico del séptimo año era bastante más que un buen presagio. Dionisio tenía, además, otra razón para mentarlo: el cese de la persecución. Por consiguiente, la Pascua del 262 se anunciaba especialmente festiva y alegre; cf. 1 Cor 5,8.
1 Además de todo esto, escribió también los dos libros Sobre las promesas 180, cuyo tema era Népote, obispo de los de Egipto 181, quien enseñaba que las promesas hechas a los santos en las divinas Escrituras deben interpretarse más al modo judío, y suponía que habría un milenio de delicias corporales sobre esta seca tierra 182.
2 En todo caso, creyendo reforzar su propia suposición con el Apocalipsis de Juan, compuso sobre él una obra que tituló Refutación de los alegoristas 183.
3 Contra esta obra se yergue Dionisio en sus libros Sobre las promesas. En el primero expone su propio pensamiento sobre la doctrina, y en el segundo discute acerca del Apocalipsis de Juan. En él hace mención de Népote al comienzo, y escribe de él lo siguiente:
4 «Mas como quiera que aducen cierto libro de Népote en el que se apoyan más de la cuenta, como si demostrara irrefutablemente que el reinado de Cristo será sobre la tierra, en muchas otras cosas apruebo a Népote y lo amo: por su fe, por su laboriosidad, por su estudio serio de las Escrituras y por su numerosa producción de himnos 184, con los que muchos hermanos se vienen reconfortando hasta hoy, y mi respeto por el hombre es absoluto, máxime estando ya muerto. Sin embargo, puesto que la verdad me es querida y más estimada que todas las cosas 185, hay que alabarlo y estar de acuerdo con él, sin reservas, si dice algo rectamente, pero también, si en algo no aparece sano lo que ha escrito, hay que examinarlo y enmendarlo.
5 «Para con uno que está presente y que se explica de palabra, podría bastar una conversación oral, que a base de preguntas y respuestas va persuadiendo y reduciendo a los contrincantes 186; pero habiendo de por medio un escrito, y muy persuasivo a juicio de algunos, y contando, por otra parte, con que algunos maestros 187, estimando en nada la Ley y los Profetas, dejando de seguir los Evangelios y despreciando las Cartas de los apóstoles, proclaman, sin embargo, la enseñanza de este libro como un misterio grande y escondido, y no permiten a nuestros hermanos más sencillos tener pensamientos elevados y magníficos acerca de la manifestación gloriosa y realmente divina de nuestro Señor 188, ni de nuestra resurrección de entre los muertos ni de nuestra reunión 189 y configuración con Él 190, sino que los persuaden a esperar cosas mínimas y mortales, cuales son las presentes, en el reino de Dios, es necesario que también nosotros discutamos con nuestro hermano Népote como si estuviera presente».
6 A lo dicho añade, tras otras cosas, lo siguiente:
«Así, pues, hallándome en Arsinoé, donde, como sabes, hace mucho prevalecía esta doctrina, hasta el punto de que hubo cismas y apostasías de iglesias enteras, convoqué a los presbíteros y maestros de los hermanos de las aldeas, y, estando también presentes los hermanos que querían, los exhorté a realizar en público el examen de la doctrina.
7 »Al presentarme el libro éste como arma y muro inatacable, estuve con ellos tres días de sesión continua, desde el alba hasta el anochecer, probando de enmendar lo que estaba escrito.
8 »Pude entonces admirar sobremanera el equilibrio, el amor a la verdad, la facilidad de comprensión y la inteligencia de los hermanos cuando, por orden y con moderación, íbamos desarrollando las preguntas, las objeciones y los puntos de coincidencia; por una parte, habíamos rehusado aferramos obstinada y porfiadamente a las decisiones tomadas una sola vez, aun cuando esto no parezca justo; y por otra, tampoco evitábamos las objeciones, sino que, en lo posible, tratábamos de abordar los temas propuestos y dominarlos; y tampoco nos avergonzábamos de cambiar de idea y concordar si el razonamiento lo exigía, antes bien, con la mejor conciencia, sin disimulos y con el corazón abierto a Dios, aceptábamos cuanto quedaba establecido por las argumentaciones y por las enseñanzas de las Santas Escrituras.
9 »Y, por último, el cabecilla e introductor de esta doctrina, el llamado Coración 191, confesó y atestiguó a oídos de todos los hermanos presentes que ya no se daría más a esto, ni discutiría sobre ello, ni lo recordaría ni lo enseñaría, pues estaba suficientemente convencido por los argumentos opuestos. Y de los otros hermanos, unos se alegraban del coloquio, así como de la condescendencia y disposición común para con todos...»
Notas:
180 De ellos sólo nos quedan los pequeños fragmentos recogidos por Feltoe (o.e., p.125-126) y las citas de Eusebio en este y el siguiente capítulo.
181 Népote, pues, no era griego; probablemente era obispo de Arsinoé (§ 6).
182 Cf. supra III 28; M. SlMONETTl, II millenarismo in Oriente da Origine a Metodio, en Corona gratiarum. Miscellanea E. DEKKERS, O.S.B. I (Brujas 1975) p.37-58.
183 La obra se ha perdido; posiblemente atacaba al mismo Orígenes, pero más por su método exegético en general que por algún comentario sobre el Apocalipsis en particular; no han prosperado los intentos de atribuirle los famosos Escolios al Apocalipsis; cf. C. Diobounitis-A. Harnack, Der Scholien-Kommentar des Orígenes zur Apocalypse Johannes: TU 38,3 (Leipzig 1911); C. H. Turner, The Text of the Newly Discovered Scholia of Origen on the Apocalypse: JTS 13 (1911-12) 386-397; Id., Origeris Scholia in Apocalypsim: JTS 25 (1924) 1-16.
184 Todos se han perdido; sobre qué clase de himnos fúesen, cf. supra V 28,5.
185 Cf. Platón, Resp. X 1: 595c (cf. supra IV 16,6); Aristóteles, Eth. Nic. I 4 p.1096 a 16.
186 Cf. 2 Tim 2,25.
187 No sabemos quiénes son.
188 Cf. 1 Tim 6,14; Tit 2,13; 2 Tes 2,8.
189 Cf. 2 Tes 2,1.
190 Cf. 1 Jn 3.2.
191 No lo conocemos de más.
1 Continuando luego un poco más abajo, dice lo siguiente sobre el Apocalipsis de Juan:
«Así, pues, algunos de nuestros antecesores 192 rechazaron como espurio y desacreditaron 193 por completo el libro, examinando capitulo por capítulo y declarando que era ininteligible e ilógico, y su título engañoso.
2 «Dicen, efectivamente, que no es de Juan y que tampoco es Apocalipsis 194, estando como está bien velado con el grueso manto de la ignorancia, y que autor de este escrito no sólo no fue ninguno de los apóstoles, pero es que ni siquiera ningún santo o miembro de la Iglesia en absoluto, sino Cerinto 195, el mismo que instituyó la herejía cerintiana y que quiso acreditar su propia invención con un nombre digno de fe 196.
3 «Efectivamente, la doctrina que él enseña es ésta: el reino de Cristo será terreno; y como él era un amador de su cuerpo y enteramente carnal, soñaba que consistiría en lo mismo que él deseaba: hartazgos del vientre y de lo que está debajo del vientre, es decir, en comidas, en bebidas, en uniones carnales y en todo aquello con que le parecía que se procuraría estas cosas de una manera más biensonantes: fiestas, sacrificios e inmolación de víctimas.
4 «Yo, por mi parte, no podría atreverme a rechazar el libro, pues son muchos ios hermanos que lo toman en serio 197, pero aun dado que el pensamiento que encierra excede a mi propia inteligencia, supongo que el sentido de cada pasaje está en cierto modo encubierto y es bastante admirable, porque, incluso si no lo comprendo, no obstante sospecho al menos que en las palabras se encierra alguna intención más profunda 198.
5 »No mido esto ni lo juzgo con propio razonamiento, sino que, aun otorgando la superioridad a la fe, he llegado a la conclusión de que esto es demasiado alto para ser concebido por mí. Y yo no repruebo lo que no he comprendido, antes bien, lo admiro más, porque ni siquiera lo vi».
6 Tras esto y después de examinar todo el libro del Apocalipsis y demostrar que es imposible entenderlo según su sentido obvio, continúa diciendo:
«Después de concluir toda su—por así decirlo—profecía, el profeta declara dichosos a los que la guardan y también, es verdad, a sí mismo: Dichoso—dice, efectivamente—el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan 199, que estoy viendo y escuchando estas cosas 200.
7 »Por lo tanto, no contradiré que él se llamaba Juan y que el libro éste es de Juan, porque incluso estoy de acuerdo en que es obra de un hombre santo e inspirado por Dios. Pero yo no podría convenir fácilmente en que éste fuera el apóstol, el hijo del Zebedeo y hermano de Santiago, de quien es el Evangelio titulado de Juan y la Carta católica 201.
8 »Efectivamente, por el carácter de uno y otro, por el estilo y por la llamada disposición general del libro, conjeturo que no es el mismo, ya que el evangelista en ninguna parte escribe su nombre ni se predica a sí mismo: ni en el Evangelio ni en la Carta».
9 Luego, un poco más abajo, otra vez dice así:
«Pero Juan de ninguna manera, ni en primera ni en tercera persona. Sin embargo, el que escribió el Apocalipsis, al punto se pone delante, ya en el comienzo: Revelación de Jesucristo, la que le dio para mostrar prontamente a sus siervos, y la que reveló enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, el cual dio testimonio de la palabra de Dios y de su testimonio: todo lo que vio 202.
10 «Luego escribe también una carta: Juan a las siete iglesias que están en Asia. Gracia y paz a vosotros 203. Sin embargo, el evangelista ni siquiera en el encabezamiento de su Carta católica escribió su nombre, sino que comenzó sin más por el misterio mismo de la revelación divina: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos 204. Con motivo de esta revelación, efectivamente, llamó el Señor dichoso a Pedro cuando dijo: Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás, pues ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre celestial 205.
11 «Pero es que ni siquiera en la Carta segunda ni en la tercera que se consideran de Juan, aunque breves, aparece Juan por su nombre, sino que de una manera anónima hallamos escrito: el presbítero 206. En cambio, este otro no creyó bastante nombrarse una sola vez y seguir la explicación, sino que repite de nuevo: Yo, Juan, vuestro hermano y copartícipe en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesús, estuve en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús 207. Y todavía, incluso hacia el final, dice lo siguiente: Dichoso el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan, el que está viendo y oyendo estas cosas 208.
12 »Por lo tanto, que es Juan quien esto escribe hay que creerlo pues él lo dice; pero no está claro quién sea éste, puesto que no dice, como en muchos pasajes del Evangelio, que él es el discípulo amado por el Señor, el que se reclinó sobre su pecho 209, el hermano de Santiago 210, el testigo ocular y oyente directo del Señor 211.
13 »Porque hubiera dicho algo de lo que acabamos de indicar si hubiera querido darse a conocer claramente. Y, sin embargo, nada de eso, antes bien se dijo hermano y compañero nuestro 212, testigo de Jesús y dichoso por haber contemplado y escuchado las revelaciones 213.
14 »Yo creo que hubo muchos con el mismo nombre del apóstol Juan, los cuales, por amor a él y por admirarlo y escucharlo y por querer ser amados lo mismo que él por el Señor, se aficionaron a ese mismo nombre, de igual manera que entre los hijos de los fieles abundan los nombres de Pablo y de Pedro.
15 »Así, pues, en los Hechos de los Apóstoles hay también otro Juan, de sobrenombre Marcos 214, al que Bernabé y Pablo tomaron consigo y sobre el cual llega a decir: Y tenían además a Juan como servidor 215. Ahora bien, si fue éste el autor, yo no lo diría, porque no está escrito que llegó con ellos a Asia, sino que dice: Navegando desde Pafos, Pablo y sus compañeros llegaron a Perges de Panfilia, mientras que Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén 216.
16 »Yo creo que fue otro de los que vivieron en Asia 217. Se dice que en Efeso hubo dos sepulcros y que cada uno de los dos se decía ser de Juan 218.
17 »Y por los pensamientos, por las palabras y por su ordenación, se comprenderá naturalmente que el uno es persona diferente del otro. Efectivamente, el Evangelio y la Carta concuerdan entre sí.
18 »Y los dos comienzan igual. Aquél dice: En el principio era el Verbo 219; ésta: Lo que desde el principio 220; y aquél dice: y el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros y contemplamos su gloria, gloria como de unigénito del Padre 221; y ésta las mismas palabras un poco cambiadas: Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y nuestras manos palparon acerca del Verbo de la vida, y la vida se manifestó ... 222.
19 «Porque esto es lo que pone como preludio, apuntando, según demostró en lo que sigue, a los que andaban diciendo que el Señor no había venido en la carne, por lo cual había tenido también el cuidado de añadir: Y lo que hemos visto lo atestiguamos, y os anunciamos la vida eterna, la que estaba en el Padre y se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos también a vosotros 223.
20 «Se mantiene fiel a sí mismo y no se aparta de lo que se ha propuesto, sino que todo lo va explicando con los mismos principios y las mismas expresiones, algunas de las cuales vamos a recordarlas brevemente:
21 »Quien ponga aplicación al leer encontrará en el uno y en la otra muchas veces las expresiones: 'La vida' 224, 'la luz' 225, 'apartamiento de las tinieblas' 226; y continuamente: 'la verdad' 227, 'la gracia' 228, 'la alegría' 229, 'la carne 230 y la sangre 231 del Señor', 'el juicio' 232, 'el perdón de los pecados' 233, 'el amor de Dios para con nosotros 234, el mandato de amarnos los unos a los otros' 235 y que 'hay que guardar todos los mandamientos' 236; la refutación del mundo 237, del diablo 238 y del anticristo 239, la promesa del Espíritu Santo 240la adopción como hijos por parte de Dios 241, la fe 242, que se nos exige absolutamente; el Padre y el Hijo 243, por todas las partes. Y en una palabra: es evidente que quienes se fijan en todas sus características ven que tanto el Evangelio como la Carta presentan una misma y única coloración.
22 »En cambio, el Apocalipsis es muy diferente y ajeno a estos escritos. Con ninguno de ellos está ligado ni tiene afinidad, y casi, por decirlo así, ni una sílaba tiene en común con ellos.
23 »Pero es que ni la Carta (porque dejemos ya el Evangelio) tiene la menor mención o el menor pensamiento sobre el Apocalipsis, ni el Apocalipsis sobre la Carta, en tanto que Pablo deja entrever en sus Cartas algo sobre sus revelaciones, aunque no las consignó por ellas mismas 244.
24 «Pero incluso por su estilo es posible todavía reconocer la diferencia del Evangelio y de la Carta respecto del Apocalipsis.
25 «Aquéllos, efectivamente, no sólo están escritos sin faltas contra la lengua griega, sino incluso con la máxima elocuencia por su dicción, sus razonamientos y la construcción de sus expresiones. Por lo menos están muy lejos de que se encuentre en ellos algún vocablo bárbaro, un solecismo o, en general, un vulgarismo, pues su autor, según parece, poseía los dos saberes 245, por haberle otorgado ambos graciosamente el Señor: el del conocimiento y el del lenguaje.
26 «En cambio, el otro no negaré que ha visto revelaciones y que recibió conocimiento y profecía 246; sin embargo, no creo que su estilo y su lengua sean exactamente griegas, antes bien utiliza idiotismos bárbaros y en algunas partes incluso comete solecismos. No es preciso ahora dar una selección,
27 «puesto que tampoco dije esto por mofa (que nadie lo piense) sino únicamente para establecer la desigualdad de estos escritos».
Notas:
192 Posiblemente se refiera a Cayo, con cuyo relato sobre Cerinto viene a coincidir bastante; cf. supra III 28,2.
193 Dos términos técnicos de crítica literaria; cf. Aristóteles, Rhet. I40ib,3; Diógenes Laercio, De cl. phil. vit. 7,34; Dionisio de Halicarnaso, Deinar. 9.
194 Esto es, «revelación».
195 Desde aquí hasta el final del párrafo ya fue citado por Eusebio, supra III 28,4-5.
196 Cf. W. Speyer, Die literarische Fälschung im Altertum (Munich 1971) p.171ss.
197 Cf. M.-J. Lagrange, Histoire ancienne du Nouveau Testament (Paris 1933) p. 103-105.
198 La intención irónica de este párrafo parece imponerse, pero también puede representar el reflejo inconsciente de una auténtica duda y la vacilación interior de Dionisio, como parecen insinuar el párrafo 5 y el apelativo «profeta» del párrafo 6, frente al nombre de Juan, sin más, de supra 10,2, a pesar de las restricciones del párrafo 7.
199 En el Apocalipsis, la frase, desde «y yo, Juan...*, contrariamente a lo que Dionisio da a entender, no pertenece al período anterior, sino que abre uno nuevo.
200 Ap 22,7-8.
201 Es la llamada 1 Ioannis. Dionisio la distingue de las llamadas 2 y 3, de las que hablará infra § 11, por su carácter peculiar de universalidad.
202 Ap 1,1-2.
203 Ap 1,4.
204 1 Jn 1,1.
205 Mt 16,17.
206 2 Jn 1; 3 Jn 1.
207 Ap 1,9.
208 Ap 22,7-8.
299 Cf. Jn 13,23-25; 19,26; 20,2; 21,20.
210 Cf. Jn 21,2.
211 1 Jn 1,1-3; Jn 19,35; 21,24.
212 Cf. Act 1,9.
213 Cf. Act 22,7.
214 Act 12,25.
215 Act 13,5.
216 Act 13,13.
217 Dionisio da por cierto que tanto el autor del cuarto Evangelio como el del Apocalipsis vivieron en Asia.
218 Cf. supra III 39,6.
219 Jn 1,1.
220 1 Jn 1,1.
221 Jn 1,14.
222 1 Jn 1,1-2.
223 1 Jn 1,2-3.
224 Jn 1,4 et passim; 1 Jn 2,25; 3,14 et passim.
225 Jn 1-12 et passim; 1 Jn 1,5-7; 2,8-10.
226 Esta expresión no es de Juan, pero sí la idea; v.gr., Jn 1,5; 3,19; 6,17; 8,12; 12,35.46. 1 Jn 1,5; 2,9.11. La expresión más allegada es la del discurso de Pablo ante Agripa: Act 26,18;
227 Jn 1,14 et passim; 1 Jn 1,8; 3,19 et passim.
228 El griego χάρις es más bien término raro en San Juan: sólo aparece en el prólogo, unida a ἀληθή (Jn 1,14.16.17); en 1 Jn no aparece nunca, y sólo una vez en las restantes cartas: 2 Jn 3; 3 Jn 4.
229 Jn 3,29; 1 Jn 1,4; 2 Jn 12; 3 Jn 4.
230 Jn 1,13-14; 6,53-56; 1 Jn 4,2.
231 Jn 6,53-56; 19,34; 1 Jn 1,7; 5,6-8.
232 Jn 3,19; 1 Jn 4,17; cf. 2,18.
233 Cf. Jn 20,23; 1 Jn 1,9; 2,12; 3,5.
234 Jn 3,16; 14,23; 17,23; 1 Jn 3,1; 4,11.
235 Jn 13,34; 15,12-13; 1 Jn 3,23.
236 Jn 15,10; 1 Jn 2,3; 3,22.
237 Jn 16,8; 1 Jn 2,16.
238 1 Jn 3,8; cf. 2,14.
239 1 Jn 2,18.
240 Jn 14,16; 1 Jn 3,24; 4,13; cf. 2,20.
241 Jn 1,12; 11,52; 1 Jn 3,1-2.
242 Jn 1,7: 1 Jn 5,4.
243 Jn 3,36 et passim; 1 Jn 4,14 et passim.
244 Cf. 2 Cor 12,1-9; Gál 1,12; 2,2; Ef 3,3.
245 Dionisio utiliza la palabra λόγον seguida luego de los dos genitivos γνώσεως y φράσεως; a pesar de la posible referencia a 1 Cor 12,8, no traduzco «palabra», sino «saber»: Dionisio quiere expresar el dominio del pensamiento y del lenguaje que aparece en la composición del cuarto Evangelio. Sobre la argumentación de Dionisio, cf. E. B. Allo, Saint Jean. L'Apocalypse (París 1933) p.CXXIX-CLIV.
246 Cf. 1 Cor 14,1-6.
1 Además de estas cartas, se conservan también otras muchas de Dionisio, como la dirigida a Ammón, obispo de la iglesia de Bernice, contra Sabelio; a Telesforo, a Eufranor; de nuevo a Ammón y a Euporo 247, contra Sabelio. Y sobre el mismo tema compuso también otros cuatro escritos que dirigió a su homónimo de Roma Dionisio 248.
2 Y entre nosotros, aparte de éstas, existen también muchas cartas suyas e incluso prolijos tratados en forma de cartas, como los dedicados a su hijo Timoteo Sobre la naturaleza 249, y el otro Sobre las tentaciones 250, que también dedicó a Eufranor.
3 Además de estas obras, escribiendo también a Basílides, obispo de las iglesias de Pentápolis, él mismo dice que tiene escrito un Comentario del comienzo del Eclesiastés 251. Y dirigidas al mismo nos ha dejado diversas cartas.
Todo esto escribió Dionisio, pero, después de historiar estas cosas, ya es hora de que entreguemos al conocimiento de la posteridad también cómo era nuestra generación252.
Notas:
247 Lo mismo que Ammón, seguramente se trata de obispos de distintas poblaciones de la región cirenaica.
248 Por Eusebio, en su HE, es todo lo que sabemos de la lucha antisabeliana de Dionisio de Alejandría, lucha, no obstante, de gran importancia en su vida y de no pequeña repercusión en la historia de los dogmas, según nos informa San Atanasio (De sentent. Dionys. 13). Los fragmentos conservados los ha recogido C. L. Feltoe (o.c., p.165-198); cf. W. Bienert, Dionysius von Alexandrien zur Frage des Origenismus in dritten Jahrhundert = Patristische Texte und Studien, 21 (Berlin 1978).
249 Cf. supra VI 40,4. Dirigido contra los epicúreos, Eusebio ha conservado algunos fragmentos en su PE 14,23-27, reproducidos, junto con otros pocos, por Feltoe (o.c., p.127-164).
250 Este se ha perdido.
251 C. L. Feltoe (o.c., p.208-227) recoge los posibles fragmentos restantes de esta obra, tomados principalmente de Procopio de Gaza. La Carta a Basílides, que recoge en las páginas 91-105, no hace referencia ninguna al Comentario ; debe de ser una de las «diversas cartas» aludidas.
252 Eusebio empieza a hablar de las personas y de los acontecimientos que considera contemporáneos suyos: de aquéllas, porque murieron después de nacido él; de éstos, por ocurrir también después de su nacimiento. Es el único punto de referencia para fijar la fecha de éste, siquiera aproximadamente, como se dijo en la introducción.
1 A Sixto, que presidió la iglesia de Roma durante once años, le sucede Dionisio, homónimo del de Alejandría 253. Y en este tiempo, al emigrar también Demetriano de esta vida en Antioquía, recibió el episcopado Pablo, el de Samosata 254.
2 Como quiera que éste, contrariamente a la enseñanza de la Iglesia, tenía acerca de Cristo pensamientos bajos y a ras de tierra, diciendo que por naturaleza fue un hombre común 255, Dionisio de Alejandría, invitado para asistir al concilio, dando por excusa a la vez su vejez y su debilidad corporal, aplaza su presencia personal, y por medio de una carta expone su pensamiento sobre el tema debatido 256. Los otros pastores de las iglesias, en cambio, cada cual desde su tierra, se iban reuniendo como contra una peste del rebaño de Cristo, y todos se apresuraban hacia Antioquía.
Notas:
253 Eusebio, Chronic, ad annum 266: HELM, p.221. El haber tomado por años (lo mismo en la Crónica que en HE) los meses de pontificado de Sixto II (martirizado el 6 de agosto de 258, según informa San Cipriano [Epist. 80,1,4]) hace caer a Eusebio en toda una serie de inconsecuencias cronológicas, v.gr.: Dionisio de Alejandría y Dionisio de Roma se habrían carteado siendo obispos, a pesar de que el primero había muerto en 264-265 (cf. infra 28,3). De hecho, Dionisio de Roma no comenzó su pontificado hasta el 22 de julio de 259.
254 Eusebio aquí hace coincidir en el tiempo el cambio de obispos en las sedes de Antioquía y de Roma el año 266, según sus cálculos o sus fuentes. En cambio, para Antioquía, en la Crónica, utilizando quizás otra fuente, se acerca más a la verdad (Chronic, ad annum 261: HELM, p.220). Al caer Antioquía en poder de los persas en 256, Demetriano salió desterrado; cuando murió, fue elegido, en 260, Pablo de Samosata; cf. F. Loofs, Paulus von Samosata. Eine Untersuchung zur altkirchlichen Literatur der Dogmengeschichte: TU 3. Rh. 14,5 (Leipzig 1924) 51ss; G. Bardy, Paul de Samosate (Lovaina 21929) p.241-250.
255 Es todo lo que Eusebio nos dice sobre la doctrina de Pablo de Samosata. Sobre ella, cf. H. J. Lawlor, The sayings of Paul of Samosata: JTS 10 (1917-18) 24-45: 115-120: H. de Riedmatten, Les Actes du procès de Paul de Samosate. Etude sur la Christologie du IIIe au IVe siècle: Paradosis 6 (Friburgo-Suiza 1951) 73SS; J. H. Declerck, Deux nouveaux fragments attribués à Paul de Samosate: Byzantion 54 (1984) 116-140.
256 Este concilio —el primero conocido contra Pablo de Samosata— debió, pues, de celebrarse poco antes de la muerte de Dionisio de Alejandría, en el mismo año 264; cf. infra 28,3; G. Bardy, o.e., p.283; J. A. Fischer, Die antiochenischen Synoden gegen Paul von Samosata: Annuarium Historiae Conciliorum 18 (1986) 9-30.
1 Entre ellos, los que más sobresalieron fueron: Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia; los hermanos Gregorio y Atenodoro, pastores de las iglesias del Ponto; y después de ellos, Heleno, de la iglesia de Tarso, y Nicomas, de la de Iconio. Pero no sólo ellos, sino también Himeneo, de la iglesia de Jerusalén; y Teotecno, de la de Cesarea, limítrofe de ésta; y además de éstos, Máximo, que dirigía también con mucha brillantez a los hermanos de Bostra 257. Y no sería muy difícil enumerar a muchísimos otros reunidos junto con los presbíteros y diáconos por la misma causa en la antedicha ciudad; pero de todos, por lo menos los más sobresalientes eran éstos.
2 Todos, pues, se reunieron para lo mismo, en diferentes y repetidas ocasiones 258. Y en cada reunión se agitaban razonamientos y preguntas: los partidarios del samosatense, intentando ocultar todavía y disimular lo que hubiera de herejía; los otros, por su parte, poniendo todo su empeño en desnudar y sacar a la vista la herejía y la blasfemia de aquél contra Cristo.
3 Pero en este tiempo murió Dionisio, en el año duodécimo del imperio de Galieno, después de haber presidido el episcopado de Alejandría durante diecisiete años. Le sucede Máximo 259.
4 Habiendo sido Galieno dueño del poder durante quince años completos, fue instituido sucesor suyo Claudio 260. Este, cuando terminó su segundo año, transmitió el principado a Aureliano 261.
Notas:
257 Los nombres de invitados al concilio citados en este párrafo han ido apareciendo ya en capítulos anteriores. Sobre su relación con el concilio, véase G. Bardy, o.c., P.283SS; H. de Riedmatten, o.c., p.15ss; en cuanto a Máximo, J. Scherer (Entretien d'Origène avec Héraclide : Sources Chrét. 67 [Paris i960] p. 18) apunta la posibilidad de identificarlo con el que tomó parte en el diálogo en cuestión antes de ser obispo.
258 Esta expresión parece indicar que, en Antioquía, existía una especie de concilio permanente, con sesiones más o menos intermitentes, hasta la definitiva, que terminó con la deposición de Pablo de Samosata; cf. Lawlor, p.256.
259 Eusebio, Chronic, ad annum 265: HELM, p.221. De los datos de Eusebio resulta como fecha de la muerte de Dionisio el 264-265. Teniendo en cuenta la duración en el cargo (dato que seguramente Eusebio podía ver en la lista que manejaba), parece más probable los últimos meses del 264.
260 Galieno cayó asesinado ante Milán, víctima de una conspiración de sus propios generales en el verano de 268 (Chronic. ad annum 269: HELM, p.221). Le sucede M. Aurelio Claudio II, con el cual se inicia la serie de emperadores ilirios; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.357.
261 Efectivamente, parece que Claudio II, que había hecho de Aureliano su lugarteniente, antes de morir en Sirmio recomendó a sus generales que eligieran emperador a Aureliano, lo que se hizo, a pesar del intento de Quintilo, hermano de Claudio, por hacerse con el poder, Aureliano reinará desde 270 a 275; cf. Chronic, ad annum 271: HELM, p.222; L. Homo, o.c., p.359.
1 En tiempos de éste, habiéndose reunido un último concilio 262 de numerosísimos obispos, sorprendido in flagranti y ya por todos condenado abiertamente por heterodoxia, el cabecilla de la herejía de Antioquía fue excomulgado de la Iglesia católica que está bajo el cielo.
2 Quien más hizo por acabar con su disimulo y dejarle convicto fue Malquión, hombre, por lo demás, elocuente y director de la clase de retórica en las escuelas griegas de Antioquía; y no sólo eso, sino también considerado digno del presbiterado de la comunidad local, por la excelentísima legitimidad de su fe en Cristo 263. Este había emprendido contra él, con taquígrafos que la iban registrando, una investigación —que sabemos se ha conservado incluso hasta nuestros días—, por lo que él solo entre todos fue capaz de sorprender in flagranti a aquel hombre a pesar de su disimulo y engaño 264.
Notas:
262 Conforme a lo indicado supra 28,2, este «último concilio» debe más bien entenderse como última reunión o sesión del concilio permanente que venía durando varios años. Eusebio aquí lo sitúa en tiempos de Aureliano, quizás atendiendo a su equivocada cronología de los obispos de Roma (cf. supra 27,1). En la Crónica agrupa todo lo referente a Pablo de Samosata en torno al año 268, entre los años decimocuarto y decimosexto de Galieno (HELM, p.221). El concilio debió de concluir en otoño de 268; cf. G. Bardy, o.c., p.296-297.
263 Este personaje queda bien estudiado en las obras citadas de G. Bardy (p.27gss) y de H. de Riedmatten (p.17ss).
264 Primero Malquión llevó previamente a cabo una investigación a base de preguntar a Pablo (ζήτησιν προς αὐτόν), pero—y aquí está la novedad—utilizando unos taquígrafos que dejaban constancia inapelable de lo hablado; luego, en la reunión final, presentó estas pruebas, que la asamblea aceptó como definitivas para probar la culpabilidad de aquel hombre, atrapado al fin a pesar de su habilidad. Sigo en todo la interpretación de este pasaje propuesto por M. Richard, Malchion et Paul de Samosate. Le témoignage d'Eusèbe de Césarée: Ephemerides Theologieae Lovanienses 35 (1959) 325-338.
1 Entonces los pastores allí reunidos con el mismo fin escriben de común acuerdo una sola carta dirigida personalmente a Dionisio, obispo de Roma 266, y a Máximo, de la de Alejandría 267, y la transmiten a todas las provincias, poniendo en claro para todos su propio celo y la perversa heterodoxia de Pablo, así como los argumentos y preguntas que habían blandido contra él, y exponiendo además con detalle toda la vida y conducta de aquel hombre. Quizás esté bien citar en esta obra, para hacer memoria, las siguientes palabras suyas:
2 «A Dionisio, a Máximo, a todos nuestros colegas en el ministerio por todo el mundo habitado: obispos, presbíteros y diáconos, y a toda la Iglesia católica que está bajo el cielo, Heleno, Himeneo, Teófilo, Teotecno, Máximo, Proclo, Nicomas, Eliano, Pablo, Bolano, Protógenes, Hieraco, Eutiquio, Teodoro, Malquión, Ludo 268 y todos los demás que con nosotros habitan las ciudades y poblaciones vecinas, obispos, presbíteros, diáconos y las iglesias de Dios: a los amados hermanos, salud en el Señor».
3 Poco después de esto, añade lo siguiente:
«Escribíamos a la vez y exhortábamos 269 a muchos, incluso a obispos de lejos, a venir y curar esta mortífera enseñanza, así como también a los benditos Dionisio el de Alejandría y Firmiliano de Capadocia. De éstos, el primero escribió una carta a Antioquía, no considerando al autor del error ni digno de un saludo, por lo que no le escribió a él personalmente, sino a toda la comunidad; de esta carta adjuntamos una copia 270.
4 «Firmiliano, en cambio, que incluso había venido dos veces 271, condenó ciertamente las innovaciones de aquél—como sabemos y atestiguamos los que estábamos presentes y lo saben también otros muchos—, pero como Pablo prometiera cambiar, él, creyendo y esperando que el asunto se arreglaría oportunamente sin menoscabo para la doctrina, lo fue difiriendo, engañado por el hombre que negaba a su propio Dios y Señor y no observaba la fe que anteriormente él mismo poseía 272.
5 «Mas ahora estaba ya Firmiliano a punto de pasar a Antioquía y había llegado concretamente hasta Tarso, pues había experimentado la maldad negadora de Dios de aquel hombre; pero en el intervalo, estando nosotros reunidos llamándole y esperando a que llegase, le alcanzó la muerte».
6 Y después de otras cosas, de nuevo describen la vida y la conducta de Pablo en los términos siguientes:
«Desde el punto en que se apartó de la regla y se pasó a enseñanzas falsas y bastardas, no se deben juzgar las acciones del que está fuera 273;
7 »ni siquiera por el hecho de que, siendo primeramente pobre mendigo y no habiendo recibido de sus padres riqueza ninguna ni habiéndola adquirido mediante un oficio o cualquier ocupación, ahora ha llegado a una opulencia excesiva proveniente de sus ilegalidades, de sus robos sacrilegos y de lo que pide y esquilma a los hermanos, defraudando a los que han sido víctimas de injusticia y prometiendo ayuda por un salario: en realidad, engañando también a éstos y sacando provecho sin razón de la facilidad con que dan los que se hallan en apuros con tal de librarse de las molestias, ya que él considera a la religión como fuente de ganancia 274;
8 »tampoco porque tiene pensamientos altivos 275 y se enorgullece de estar investido con dignidades mundanas, prefiriendo que lo llamen ducenario antes que obispo 276, avanzando jactancioso por la plaza y leyendo y dictando cartas a la vez que pasea en público, escoltado por guardias muy numerosos, unos precediéndolé y otros siguiéndole; el resultado es que la misma fe se ve aborrecida y odiada por causa de su fasto y del orgullo de su corazón;
9 »y tampoco se deben juzgar los juegos de prestidigitación que organizaba en las reuniones eclesiásticas aspirando a la gloria, deslumbrando a la imaginación e hiriendo con estas cosas las almas de los más sencillos. Se hizo preparar para sí una tribuna y un trono elevado—no como discípulo de Cristo—, y lo mismo que los príncipes del mundo, tenía—y así lo llamaba—su secretum 277; con la mano se golpeaba el muslo y con los pies pegaba en la tribuna. Y a los que no le aprobaban ni agitaban los pañuelos, como en los teatros, ni lanzaban gritos ni se alzaban de un salto a la vez que sus secuaces, hombres y mujeres que en este desorden le escuchaban, y, por lo tanto, a los que le escuchaban con gravedad y en buen orden, como en la casa de Dios, los reñía y los insultaba. Y a los intérpretes de la doctrina que partieron de esta vida los insultaba en público groseramente, mientras que de sí mismo hablaba con gran énfasis, no como un obispo, sino como un sofista y un charlatán.
10 »Hizo además que cesaran los salmos en honor de nuestro Señor Jesucristo 278, porque decía que eran modernos y obra de hombres bastante modernos; en cambio, preparó unas mujeres para que en honor suyo salmodiasen en medio de la iglesia el gran día de Pascua. ¡Para estremecerse oyéndolas! ¡Y qué cosas dejaba que tratasen en sus homilías al pueblo los obispos y presbíteros de los campos y ciudades limítrofes, sus aduladores! 279
11 «Porque él no quiere confesar con nosotros que el Hijo de Dios ha bajado del cielo (esto por exponer de antemano algo de lo que escribiremos, y que no lo diremos como simple afirmación, sino que será demostrado con muchos pasajes de los documentos que os enviamos 280, y sobre todo por aquel en que se dice que Jesucristo es de abajo); pero aquéllos, cuando le cantan salmos y le ensalzan ante el pueblo, afirman que su impío maestro ha descendido como ángel del cielo. Y él no sólo no impide esto, sino que, en su soberbia, incluso se halla presente cuando lo dicen.
12 »En cuanto a las mujeres subintroductas—como las llaman los antioquenos 281—, las de él y las de los presbíteros y diáconos de su séquito, a los cuales ayuda a ocultar éste y los demás pecados incurables, ya a plena conciencia y con pruebas convincentes para tenerlos a su merced y para que, temiendo por sí mismos, no se atrevan a acusarle de las injusticias que comete de palabra y de obra —es más, incluso los hizo ricos, por lo cual le quieren y admiran los que se pierden por tales cosas...—, ¿por qué habríamos de escribir esto?
13 »Sin embargo, sabemos, queridos, que el obispo y el clero entero deben ser para la muchedumbre ejemplo 282 de toda obra buena283, y no ignoramos tampoco cuántos han caído por haber introducido para sí mujeres, mientras otros se hicieron sospechosos, tanto que, aun concediéndole que no hacía nada indecoroso, no obstante era necesario al menos precaverse contra la sospecha que nace de un tal asunto, para no escandalizar a nadie y evitar que otros lo intenten.
14 »Porque ¿cómo podría reprender y advertir a otro de que no cohabite ya más bajo el mismo techo con una mujer y se guarde de caer, como está escrito 284, uno que alejó de sí a una ya, pero que tiene consigo dos en plena juventud y de buen ver, y que, si marcha a otra parte, allá las lleva consigo, y esto con derroche de lujo?
15 «Por causa de esto lloran todos y se lamentan dentro de sí mismos, pero es tanto el temor a la tiranía y poder de aquél que nadie se atreve a una acusación.
16 «Pero, como ya hemos dicho, de esto se podría corregir a un hombre que tuviese al menos un pensamiento católico y se contase entre nosotros, pero a uno que traicionó el misterio 285 y se pavonea de la abominable herejía de Artemas 286 (¿por qué, efectivamente, no iba a ser necesario manifestar quién es su padre?) creemos que no hay que pedirle cuentas de todo esto.»
17 Luego, al final de la carta, añaden:
«Por consiguiente, al seguir oponiéndose a Dios y no ceder, nos hemos visto forzados a excomulgarlo y a establecer en su lugar para la Iglesia católica—según providencia de Dios, estamos convencidos—otro obispo, Domno, el hijo del bienaventurado Demetriano—éste había presidido antes que aquél, con gran notabilidad, esa misma iglesia—, varón adornado con todas las cualidades que convienen a un obispo 287. Y os lo hemos manifestado para que le escribáis y recibáis de él las cartas de comunión 288. En cuanto al otro, que escriba a Artemas y que tengan comunión con él los que piensen como Artemas» 289.
18 Así, pues, caído Pablo del episcopado y de la ortodoxia de su fe, le sucedió Domno, como se dice, en el ministerio de la iglesia de Antioquía.
19 Sin embargo, como Pablo no quisiera en modo alguno salir del edificio de la iglesia 290, el emperador Aureliano, de quien se solicitó, decidió muy oportunamente sobre lo que había de hacerse, pues ordenó que la casa se otorgase a aquellos con quienes estuvieran en correspondencia epistolar los obispos de la doctrina de Italia y de la ciudad de Roma. Así es que el hombre antes mencionado, con extrema vergüenza suya, fue expulsado de la iglesia por el poder mundano 291.
20 Así era para con nosotros Aureliano, al menos por aquel entonces. Pero, ya avanzado su imperio, cambió de pensar sobre nosotros y se dejaba excitar por ciertos consejos de que suscitara una persecución contra nosotros. Eran muchos los rumores sobre este punto en todos los ambientes.
21 Mas, cuando estaba a punto de hacerlo y por así decirlo firmaba ya los decretos contra nosotros 292, le alcanzó la justicia divina 293, que le retuvo de la empresa casi como atándole por los brazos. Con ello permitía a todos ver claramente que nunca los poderes de esta vida tendrían facilidad contra las iglesias de Cristo si la mano que nos protege, por juicio divino y celeste, para instrucción y conversión nuestra, no permitiese 294 que esto se llevara a cabo en los tiempos que ella juzga buenos.
22 Así, pues, a Aureliano, que ejerció el poder durante seis años, le sucede Probo 295, y a éste, que lo retuvo más o menos los mismos años, Caro, junto con sus hijos Carino y Numeriano 296. Y habiendo durado éstos, a su vez, otros tres años no completos, el poder absoluto pasa a Diocleciano 297 y a los que se introdujo después de él por adopción, bajo los cuales se llevó a cabo la persecución de nuestro tiempo y en ella la destrucción de las iglesias.
23 Ahora bien, muy poco tiempo antes de esto, Félix sucede en el ministerio al obispo de Roma Dionisio, que había pasado en él nueve años 298.
Notas:
265 Este capítulo, como el 17, no figura en el sumario y carece de título.
266 Muerto Dionisio de Roma el 26 de diciembre de 268, lo más tarde que podía haber salido la carta de Antioquía era antes de que llegase la noticia de la muerte de su destinatario; por lo tanto, muy a comienzos de 269.
267 Cf. supra 28,3.
268 En esta lista se hallan ausentes—han muerto—algunas de las grandes personalidades que iniciaron el concilio (cf. supra 27; 28,1), y aparecen otros nombres nuevos, algunos totalmente desconocidos; cf. H. de Riedmatten, o.c., p. 128. Malquión es probablemente el presbítero citado supra 29,2; San Jerónimo (De vir. ill. 71) le atribuye la redacción de la carta. Sobre el nombre de Bolano, que sería un obispo sirio, con sede cerca de Antioquía, en Palestina o Fenicia, cf. G. Bardy, A propos des inscriptions grecques de Volubilis: REG 66 (1953) 111-112.
269 Estos imperfectos vienen en apoyo de la intermitencia del concilio; cf. supra 23,2.
270 De esta carta no se ha conservado nada.
271 Cf. supra 28,2.
272 Jds 3-4; cf. H. C. BRENNECKE, Zum Process gegen Paul von Samosata. Die Frage nach der Verurteilung des Homoousios: ZNWKAK 75 (1984) 270-290.
273 Cf. 1 Cor 5,12.
274 Cf. 1 Tim 6,5.
275 Cf. Rom 12,16; 1 Tim 6,17.
276 Por lo tanto, era las dos cosas. Según el contexto, además de obispo seria procurator ducenarius, cargo que, además de sustanciosos emolumentos (su sueldo básico era de 200.000 sextercios), le deparaba uno de los puestos más altos de la administración civil; cf. L. Homo, Las instituciones políticas romanas. De la ciudad al Estado (Barcelona 1918) p.445ss; K W. Norris, Paul of Samosata. «Procurator ducenarius»: JTS n.s. 35 (1984) 50-70.
277 Despacho interior del pretorio y retirado, donde los jueces dictaban sentencia.
278 Cf. supra V 28,5; VII 24,4.
279 A pesar del concilio, Pablo se ve que contaba con no pocos adeptos entre el clero.
280 Acompañaba a la carta sinodal, cf. H. de Riedmatten, o.c., p.34-48.
281 La denominación parece, pues, obra de los antioquenos. Los textos relativos a esta clase de mujeres se encontrarán en H. Achelis, Virgines subintroductae. Ein Beitrag zu I Kor. VII (Leipzig 1902); cf. Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles, t.I (Paris 1907) p.201-202.
282 Cf. 1 Tim 4,12; Tit 2,7.
283 Cf. 2 Tim 2,21; 3.17.
284 Cf. 1 Cor 10,12; Eclo 9,8-9.
285 Cf. 1 Tim 3,16.
286 Eusebio le llama Artemón; cf. supra V 28. Sobre el retrato de Pablo aquí descrito, cf. J. Burke, Eusebius on Paul of Samosata: A new image: Kleronomia 7 (1975) 8-21; V. Burrus, Rhetorical stereotypes in the portrait of Paul de Samosata: VigCh. 43 (1989) 215-225.
287 Eusebio, Chronic, ad annum 268: HELM, p.221. No obstante, para tomar posesión de su obispado, Domno tuvo que esperar a que los romanos reconquistasen Antioquía, a finales de 271 o comienzos de 272.
288 Con esta clase de cartas se anunciaba a los demás obispos la consagración del nuevo pastor de una iglesia, como expresión de la unidad y comunión del episcopado.
289 ¿Quiere esto decir que Artemas o Artemón vivía todavía? No es fácil determinarlo; de todos modos, su herejía databa de sesenta años por lo menos; cf. supra V 28.
290 Literalmente, «la casa de la Iglesia» o «la casa de la Asamblea» es una expresión que en HE designa el edificio eclesial, el templo, y que otras veces Eusebio sustituye por «iglesias», sin más; cf. infra 22; VIII 2,4; 13,13,17,1.9; IX 9a,11; 10.10: VC 3,43,3. Traduciremos «edificio/s de las iglesias» o «iglesias». Cf. R. L- P. Miljburn, ὁ τῆς ἐκκλησίας οἴκος : JTS 46 (1945) 65-68; V. Saxer, Domus ecclesiae - οἴκος τῆς ἐκκλησίας in den frühchristlichen litterarischen Texten: Römische Quartalschrift für christliche Altertumswissenschaft und Kirchengeschichte 83 (1988) 167-179. R. Aguirre, La casa como estructura base del cristianismo primitivo. Las iglesias domésticas: EE 59 (1984) 27-51.
291 Aureliano actúa en la línea del edicto de Galieno; cf. supra 13, sin que ello signifique favor especial a los cristianos por su parte; habiendo tenido lugar en 272, el hecho indica solamente que por esas fechas aquel edicto seguía vigente. Lo interesante es la relación que, para dirimir el pleito, establece entre Antioquia y los obispos de Italia; cf. G. Bardy, Paul de Samosate (Lovaina 21929) P358-63. Véase también F. Millar, Paul of Samosata, Zenobia and Aurelian. The church, local culture and political allegiance inthird-century Syria : The Journal of Roman Studies 61 (1971) 1-17.
292 Según Lactancio (De mort. pers. 6,2), los habría firmado, pero murió antes de que llegasen a las provincias más apartadas. Siguiendo a Lactancio, San Agustín (De civ. Dei 18,52) y Pablo Orosio (Hist. 7,23) le atribuirán la que llaman «novena persecución», que en realidad no llegó a darse. Eusebio se acerca más a la realidad histórica; cf. también Chronic, ad annum 275: HELM, p.223.
293 Se refiere a su asesinato; cf. infra § 22. Vuelve a aflorar el tema del castigo divino de los perseguidores, tema central del libro de Lactancio y que seguiremos encontrando.
294 Cf. Jn 19,11.
295 Eusebio incluye aquí el año del imperio sucesivo de los hermanos Tácito y Fiorino, que precedieron a Probo; en Chronic, ad annum 276: HELM, p.223 los menciona expresamente. Aureliano cayó asesinado entre Perinto y Bizancio, a finales de agosto de 275; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma p.362.
296 Marco Aurelio Probo reinó del año 276 al 282, en que fue asesinado por sus soldados cerca de Sirmio, sucediéndole M. Aurelio Caro, prefecto del pretorio, que, muerto ai año siguiente en circunstancias misteriosas, fue sustituido por sus dos hijos Carino y Numeriano (283-285); cf. L. Homo, o.c., p.362-63.
297 Aunque no quedó con el poder absoluto hasta que murió Carino (comienzos de 285), C. Valerio Diocleciano se consideró emperador desde su proclamación por los soldados, tras la muerte de Numeriano. La proclamación tuvo lugar el 17 o 19 de septiembre, según la mayoría de los autores; cf. W. Seston, Dioctétien et la Tétrarchie (París 1946); Id., L'amnistie des vicennalia de Dioctétien d'après P. Oxy. 2187, en Chronique d'Êgypte (1947) p.333-337; A. d'Accini, La data della salita al trono de Diocleziano: Rivista di Filología Classica 26 (1948) 244-256, que está por el 17 de noviembre de 284; F. Kolb, Diocletian und die Erste Tetrarchie. Improvisation oder Experiment in der Organisation monarchischer Herrschaft? = Untersuch, z. antiken Literat, u. Geschichte, 27 (Berlin 1987).
298 Esto supone que Dionisio de Roma habría muerto el año 275 (¡aun así faltaban todavía muchos años para la gran persecución, contra lo que se dice al comienzo del párrafo!), pero, en realidad, murió el 26 de diciembre de 268 (cf. supra 30,1), por lo que Félix comenzó su pontificado a fines de ese año o comienzos del 269; pero nunca en la fecha que le asigna Eusebio; cf. Chronic, ad annum 278: HELM, p.223. Una imprecisión parecida, supra VI 6,2.
1 En este tiempo, también el loco aquel, epónimo 299 de la endemoniada herejía 300, se armaba del extravío de la razón; el demonio, sí, el mismo Satanás, adversario de Dios, empujaba a aquel hombre para ruina de muchos. Siendo como era bárbaro en su vida, por su habla misma y sus costumbres, y demoníaco y demente por naturaleza, emprendía hazañas en consonancia con ello e intentaba hacer el papel de Cristo, ora proclamándose él mismo Paráclito y Espíritu Santo en persona 301, inflado por su locura, ora eligiéndose, como Cristo, doce discípulos 302 copartícipes de su nuevo sistema.
2 En realidad, pergeñó unas falsas e impías doctrinas a base de remiendos recogidos de las innumerables e impías herejías, ya de antiguo extinguidas, y desde Persia las fue transmitiendo como veneno mortífero hasta nuestra propia tierra habitada, y desde entonces el impío nombre de los maniqueos pulula hasta hoy entre muchos. Tal fue, pues, el fundamento de esta gnosis de falso nombre 303, que brotó en los tiempos mencionados.
Notas:
299 Eusebio juega con las palabras μάνης-μανείς, que supone de la misma raíz y con el significado de locura o extravío mental. Se trata de Manes o Maní y del maniqueísmo; cf. E. de Stoop, Essai sur la diffusion du Manichéisme dans l'empire romain (Gante 1909). H. Ch. Puech (Le manichéisme, son fondateur, sa doctrine: Musée Guimet. Bibliothèque de diff. 56 [Paris 1949] 195) fija la fecha del comienzo de la predicación de Manes el 9 de abril de 243; A. Mariacq (Les débuts de la prédication de Mani: Mélanges Henri Grégoire [Bruselas 1950] 266) la fija en 240-241. Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 280: HELM, p.223.
300 Eusebio está convencido de qué el maniqueísmo es una herejía; por lo tanto, de origen cristiano; cf. I. Decret, Mani et la tradition manichéenne = Maîtres spirituels, 40 (Paris 1974); H.-Ch. Puech, Sur le manichéisme et autres essais (Paris 1979).
301 Cf. Jn 14,16-17; cf. F. DECRET, Mani, «l'autre Paraclet»: Augustinianum 31 (1991) 105-118.
302 Cf. Mt 10,1-5.
303 Cf. 1 Tim 6,20; cf. L. J. van Der Lof, Mani as the danger from Persia in the Roman Empire: Augustinianum 14 (1974) 75-84.
1 Por este tiempo, habiendo Félix presidido la iglesia de Roma durante cinco años, le sucede Eutiquiano. Este, que no sobrevivió diez meses enteros, dejó el cargo a Cayo, contemporáneo nuestro, y habiendo éste ejercido la presidencia unos quince años, se instituye como sucesor a Marcelino, al que también arrebatará la persecución 305.
2 Y por estas fechas regía el episcopado de Antioquía, después de Domno, Timeo, a quien sucedió Cirilo, contemporáneo nuestro 306. De su tiempo conocemos a Doroteo 307, varón docto y juzgado digno del presbiterado de Antioquía. Fue éste un amante de las cosas divinas y se ejercitó en la lengua hebrea, tanto que hasta podía leer y comprender las mismas escrituras hebreas.
3 No era ajeno éste a los estudios más liberales, ni a la instrucción preliminar de los griegos, y además era eunuco por naturaleza, hecho tal ya desde su mismo nacimiento, de manera que el emperador lo acogió a su amistad por esta misma causa como caso raro, y le honró con la administración de la tintorería de púrpura de Tiro.
4 A éste lo hemos escuchado explicar las Escrituras con mesura en la iglesia. Y después de Cirilo recibió en sucesión el episcopado de la iglesia de Antioquía Tirano, en cuyos días alcanzó su culmen el ataque a las iglesias 308.
5 En cambio, a la iglesia de Laodicea, después de Sócrates, la gobernó Eusebio 309, oriundo de la ciudad de Alejandría. La causa de su emigración fue el asunto referente a Pablo. Por causa de éste subió a Siria, y los que en ella se afanaban por las cosas de Dios le impidieron su regreso a casa. Para nuestros contemporáneos ha sido un ejemplo amable de religión, como fácilmente se descubre en las expresiones de Dionisio anteriormente citadas 310.
6 Fue instituido como sucesor suyo Anatolio311, uno bueno que, según el dicho, sucede a otro bueno. También era de origen alejandrino, y por sus estudios, por su educación griega y por su filosofía alcanzó los primeros puestos entre los más ilustres de nuestros contemporáneos, puesto que avanzó hasta la cumbre de la aritmética, de la geometría, de la astronomía y de toda especulación teórica, de la dialéctica como de la física, igual que de la retórica. Por esta causa, según quiere una tradición, los ciudadanos de Alejandría lo consideraron digno de organizar allí la escuela de la sucesión de Aristóteles 312.
7 Se recuerdan, pues, de él, innumerables otras hazañas de cuando el asedio del Piruquío 313, puesto que todas las autoridades le consideraban digno de un privilegio especial; pero yo sólo voy a mencionar, por vía de demostración, lo siguiente.
8 Dicen que, faltando el trigo a los sitiados, hasta el punto de que ya el hambre les era más insoportable que los enemigos de fuera, el mencionado Anatolio, que se hallaba presente, tomó las siguientes disposiciones. Como la otra parte de la ciudad estaba aliada con el ejército romano y no se encontraba asediada, Anatolio envió un mensaje a Eusebio, que se encontraba entre los no asediados (efectivamente aún estaba por entonces allí, antes de su emigración a Siria) y cuya gloria y nombre famoso había llegado hasta el general en jefe de los romanos, y le informó de los que perecían por hambre a lo largo del asedio.
9 Este, así que lo supo, pidió al general romano, como un favor grandísimo, que otorgara seguridad a los desertores del campo enemigo. Y en cuanto tuvo su petición, se lo hizo saber a Anatolio. Este, inmediatamente después de recibir la promesa, reunió el consejo de los alejandrinos. Comenzó pidiendo a todos que ofrecieran su diestra a los romanos en son de amistad, pero así que vio que su promesa los enfurecía, dijo: «Sin embargo, creo que, al menos en esto, no me llevaréis la contraria si os aconsejo sacar fuera de las puertas a la gente superflua y absolutamente inútil, ancianas, niños y ancianos, y que marchen a donde quieran. ¿Por qué los vamos a tener entre nosotros inútilmente si no es ya para morir? ¿Y para qué estamos agotando con el hambre a los enfermos y maltrechos de cuerpo, ya que nos es preciso alimentar sólo a los hombres y a los jóvenes, y reservar el trigo necesario para los que son capaces de guardar la ciudad?»
10 Con tales razonamientos logró persuadir al consejo, y, levantándose el primero, votó un decreto: despedir de la ciudad a todo el que no fuera idóneo para el servicio militar, hombre o mujer, puesto que no había esperanza de salvación para los que se quedasen en la ciudad y en ella pasaran el tiempo sin utilidad alguna, pues perecerían de hambre.
11 Y de esta manera, cuando todos los demás del consejo hubieron emitido el mismo voto, faltó muy poco para que salvaran a todos los sitiados. Se preocupó de que primeramente huyeran los que procedían de la iglesia, y luego también los demás que estaban en la ciudad, de cualquier edad que fuesen. Y no solamente de los que caían dentro del decreto, sino también, con el pretexto de éstos, muchísimos otros que, disfrazados ocultamente de mujer y por cuidado de aquél, salían de noche de las puertas y se lanzaban hacia el ejército romano. Allí recibía a todos Eusebio, y como un padre y un médico, con todo género de providencias y de cuidados, iba restaurando a los maltrechos por el largo asedio.
12 De tales pastores fue digna la iglesia de Laodicea, donde los dos se sucedieron después que emigraron allá desde la ciudad de Alejandría, con ayuda de la providencia divina, al terminar la mencionada guerra.
13 Verdaderamente no son muchas las obras compuestas por Anatolio, pero a nosotros han llegado las suficientes para poder percibir a través de ellas su elocuencia y su mucha erudición. En ellas presenta sobre todo sus opiniones acerca de la Pascua, de las cuales quizá sea necesario mencionar en la presente obra lo siguiente: Extracto de los Cánones de Anatolio sobre la Pascua.
14 «Tiene, pues, en el primer año, el novilunio del primer mes, que es el comienzo del período de diecinueve años, el 26 de Famenoz según los egipcios, el 22 de Distro, según los meses de los macedonios y, como dirían los romanos, el undécimo antes de las calendas de abril 314.
15 »El sol se encuentra el mencionado día 26 de Famenoz, no sólo entrado en el primer segmento, sino en el cuarto día de su paso por él. Se acostumbra a llamar a este segmento el primer dodecate-morión, equinoccio, comienzo de los meses, cabeza del ciclo y suelta del curso de los planetas. El que le precede es el último de los meses, el duodécimo siguiente, último dodecatemorión y final del curso de los planetas. Por lo cual decimos que yerran no poco y gravemente quienes sitúan en él el primer mes y, en consecuencia, toman el decimocuarto día como día de la Pascua.
16 »No es ésta nuestra doctrina; en cambio, la conocían ya los judíos antiguos 315, incluso de antes de Cristo, y la guardaban con todo esmero. Se puede saber por lo que dijeron Filón 316, Josefo 317 y Museo, y no sólo éstos, sino también los que son más antiguos, los dos Agatóbulos 318, apellidados los maestros de Aristóbulo319, el famoso, que fue de los Setenta que tradujeron para Tolomeo Filadelfo y para el padre de éste las sagradas y divinas Escrituras 320 de los hebreos y dedicó a los mismos reyes libros de exégesis de la ley de Moisés.
17 «Estos, al resolver los problemas del Exodo, dicen que todos han de sacrificar la Pascua por igual, después del equinoccio de primavera, al mediar el primer mes, y que esto se halla cuando el sol atraviesa el primer segmento de la elíptica solar o—como la nombra alguno de ellos—del zodíaco. Por su parte, Aristóbulo añade que en la fiesta de Pascua no sólo el sol, sino también la luna, deben forzosamente atravesar el segmento equinoccial,
18 «porque, siendo dos los segmentos equinocciales—uno de primavera y otro de otoño—, diametralmente opuestos entre sí, y dado que el día de la fiesta pascual es el decimocuarto del mes, por la tarde, la luna tomará la posición diametralmente opuesta respecto del sol, como efectivamente se puede ver en los plenilunios; y entonces el sol estará en el segmento equinoccial de primavera, y la luna, forzosamente, en el segmento equinoccial de otoño.
19 «Sé que estos hombres dijeron también muchísimas otras cosas, ora verosímiles, ora avanzadas, conforme a rigurosas 321 demostraciones, mediante las cuales intentaban establecer que la fiesta de Pascua y de los ácimos debía celebrarse a toda costa después del equinoccio. Pero yo paso por alto el pedir tales materiales de demostración a aquellos para quienes el velo que cubría la ley de Moisés está descorrido y en adelante pueden ya contemplar siempre con rostro descubierto a Cristo y las enseñanzas y los sufrimientos de Cristo 322. Ahora bien, que entre los hebreos, el primer mes cae en torno al equinoccio, lo dan a entender incluso las enseñanzas del libro de Henoc» 323.
20 Y él mismo ha dejado también unas Introducciones aritméticas en diez libros enteros, y otras pruebas de su estudio asiduo y gran experiencia de las cosas divinas.
21 El obispo de Cesarea de Palestina, Teotecno, fue el primero que le impuso las manos para el episcopado, buscando de antemano procurar a su iglesia un sucesor suyo para después de la muerte. Y, efectivamente, por espacio de un breve tiempo ambos presidieron la misma iglesia 324, pero habiéndole llamado a Antioquía el concilio reunido contra Pablo, al pasar por la ciudad de Laodicea, lo retuvieron en su poder los hermanos de allí, por haber muerto Eusebio.
22 Pero habiendo partido de esta vida también Anatolio, se nombra a Esteban, último obispo de aquella iglesia antes de la persecución. Admirado por muchos en razón de sus doctrinas filosóficas y de todo el resto de su cultura griega, no tenía, sin embargo, las mismas disposiciones respecto de la fe divina, como lo demostró el transcurso de la persecución, que puso al descubierto al hombre solapado, cobarde y poco viril, más bien que al verdadero filósofo.
23 Pero no iba a arruinarse por esto la iglesia; antes bien el mismo Dios y salvador de todos la restableció, haciendo que inmediatamente se proclamara obispo de aquella iglesia a Teodoto, un hombre que con sus mismas obras hacía realidad lo que su nombre propio y el de obispo significan 325. Efectivamente, en primer lugar destacaba en la ciencia que cura los cuerpos; pero es que en la terapéutica de las almas no tuvo igual, por su amor a los hombres, su nobleza, su compasión y su celo por ser útil a los que le necesitaban. También se había ejercitado mucho en lo que atañe a las enseñanzas divinas.
Tal era Teodoto.
24 En Cesarea de Palestina, a Teotecno, que había ejercido con toda solicitud su episcopado, le sucede Agapio 326, de quien sabemos que bregó mucho, desplegando la más generosa providencia en la protección del pueblo y cuidando de todos con mano abundante, especialmente de los pobres.
25 En su tiempo conocimos a Pánfilo 327, hombre distinguidísimo, verdadero filósofo por su vida misma y considerado digno del presbiterado de la comunidad local. No sería pequeño tema mostrar quién era y de dónde procedía, pero cada aspecto de su vida y de la escuela que él constituyó, así como sus combates en diferentes confesiones cuando la persecución y la corona del martirio que se ciñó al final de todo, lo hemos explicado al pormenor en la obra especial sobre él 328.
26 Pues bien, éste fue el más admirable de todos los de aquí. Sin embargo, entre los más cercanos a nuestro tiempo sabemos de hombres de muy rara cualidad: Pierio 329, un presbítero de Alejandría, y Melicio, obispo de las iglesias del Ponto 33
27 El primero se ha hecho notar por una vida enteramente pobre y por sus conocimientos filosóficos, habiéndose ejercitado extraordinariamente en especulaciones y comentarios acerca de las cosas divinas y en homilías públicas en la iglesia. Y Melicio (la miel del Atica 331 le llamaban las gentes instruidas) era tal como uno lo describía: el más perfecto por toda su doctrina. Es imposible admirar como se merece el vigor de su retórica, pero se podría decir que él lo tenía por naturaleza. Y en cuanto a pericia en lo demás y vasta erudición, ¿quién podría sobrepasar su excelencia?
28 Antes que hicieras la prueba con él una sola vez, dirías que en verdad era el hombre más hábil y más impuesto en todas las ciencias del razonar. Además, su vida virtuosa estaba también a la altura. Nosotros le hemos observado durante siete años completos cuando, con ocasión de la persecución, anduvo fugitivo de un lado para otro por las regiones de Palestina.
29 En la iglesia de Jerusalén, después de Himeneo—el obispo mencionado un poco más arriba 332—, recibe el ministerio Zabdas 333. Muerto éste no mucho después, recibe en sucesión el trono apostólico, allí conservado todavía hasta hoy 334, Hermón, último obispo hasta la persecución de nuestros tiempos 335.
30 Y en Alejandría es Teonas quien sucede a Máximo, que ejerció el episcopado, tras la muerte de Dionisio, dieciocho años 336. En su tiempo era célebre en Alejandría Aquilas 337, considerado digno del presbiterado a la vez que Pierio. Estaba encargado de la escuela de la fe sagrada 338 y dio pruebas de una obra filosófica de muy rara calidad, no inferior a la de ninguno, y de una conducta genuinamente evangélica.
31 Y después de Teonas, que sirvió durante diecinueve años, recibe en sucesión el episcopado de los alejandrinos Pedro 339, que también se distinguió muy especialmente durante doce años enteros. Habiendo empleado los tres primeros años anteriores a la persecución, no completos, en gobernar la iglesia, el resto de su vida se entregó a una ascesis bastante más vigorosa, y, sin ocultarse, velaba por el común provecho de las iglesias. Y así fue como el año noveno de la persecución fue decapitado y se adornó con la corona del martirio.
32 Después de haber descrito en estos libros el tema de las sucesiones 340, desde el nacimiento de nuestro Salvador hasta la destrucción de los oratorios, lo que abarca unos trescientos cinco años, a continuación vamos a dejar por escrito, para que lo sepan los que vengan detrás de nosotros, cuántos y de qué índole han sido los combates de los que en nuestros días se han portado virilmente en defensa de la religión.
Notas:
304 Este capítulo, que quiere ser suplemento del libro VII, intenta resumir los acontecimientos que siguieron a la condena de Pablo de Samosata. Es muy desigual y adolece de numerosas lagunas.
305 Ya nos es conocida la falta de precisión de Eusebio en cronología romana, sobre todo en lo tocante a los obispos de Roma. Después de Félix, muerto el 30 de diciembre de 274, las fechas de los obispos de Roma fueron: Eutiquiano: 275-283; Cayo: 283-296 (cf. Chronic, ad annum 282: HELM, p.224); Marcelino: 296-304; cf. L. Duchesne, Liber Pontificalis, t.I (Paris 1886) p.LXII-LXXV y 158ss.
306 Timeo: Chronic, ad annum 272: HELM, p.222; Cirilo: ibid., ad annum 281: HELM, p.224. Cirilo es, casi sin duda, el mismo que hallamos en el relato del martirio de los Cuatro Coronados; cf. AA. SS. Nov. Ill P.769SS.
307 Sabemos de él solamente lo que aquí nos dice Eusebio.
308 Eusebio, Chronic, ad annum 303: HELM, p.227; seguramente fue nombrado poco después de la condena de Cirilo a las minas, pues éste no murió hasta el 306.
309 Cf. supra 11,26; Chronic, ad annum 274: HELM, p.222.
310 Cf. supra 11,3.24.
311 Chronic, ad annum 279: HELM, p.223.
312 Es la primera vez que se habla de un cristiano al frente de una escuela aristotélica, formando διαδοχή, y además, precisamente, en Alejandría, foco principal del platonismo; cf. A.-J. Festugière, L'idéal religieux des Grecs et l'Évangile, en Études Bibliques (Paris 1932) p.221-263.
313 El barrio más importante de Alejandría. El hecho ocurrió probablemente cuando el levantamiento de Emiliano contra Galieno, quizás en 261; cf. supra 11,3.
314 Sitúa, pues, la primera neomenia de su ciclo, esto es, el equinoccio primaveral, el día 22 de marzo; cf. V. Grumel, La date de L'équinoce vernal dans le canon pascal d'Anatole de Laodicée: Mélanges E. Tisserant: Studi e Testi 232 (Ciudad del Vaticano 1964) 217-240.
315 Cf. E. Schwartz, Christliche und jüdische Ostertafeln (Berlin 1905) p.15ss.
316 Filón de Alejandría, De decálogo 159-162 p.206 M.
317 Josefo, AI 3 (10,5) 248-250.
318 Estos, lo mismo que Museo, nos son desconocidos.
319 Cf. supra VI 13,7.
320 Como ya se indicó supra VI 13,7 nota 101, se trata de Tolomeo Filométor (170-150 a.C.), y no de Tolomeo Filadelfo.
321 Traduzco la corrección de Schwartz: κυριολογικᾶς, en vez de κυριακάς.
322 Cf. 2 Cor 3.15-18.
323 Henoc 72: ed. F. Martin (París 1906) p.163ss.
324 Ya existía al menos el precedente de Jerusalén; cf. supra VI 11,1.
325 Teodoto = don de Dios; obispo = el que vela por. Teodoto, que tuvo un largo episcopado, siguió la misma línea que Eusebio en la cuestión arriana. Eusebio no se contentará sólo con alabarlo aquí, sino que le dedicará sus dos grandes obras PE v DE.
326 Ultimo que Eusebio nombra en la sucesión de obispos en Cesarea; ni en los tres libros que siguen ni en MPal vuelve a mencionar al obispo de Cesarea, a pesar de hablarnos de los obispos circunvecinos; no sabemos por qué.
327 Véase la introducción.
328 La Vida de Pánfilo, escrita en 311-313, y perdida.
329 El maestro de Pánfilo; cf. San Jerónimo, De vir. ill. 76; Focio, Biblioth. cod. 118; L. B. Radford, Three teachers of Alexandria, Theognostos, Pierius and Peter (Cambridge 1908) p.44-45.
330 Metropolitano del Ponto, según Filostorgo (Hist. Eccl. 1,8), tenía su sede en Sebastópolis. Apenas se sabe más de él. Los Mss ATER lo llaman μελέτιος.
331 Apodo basado en el juego de palabras que formaba su nombre con el de la miel Μελιτ-μελιτ. Como exponente de la fe verdadera lo cita S. Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo, XXIX, 74 (Trad, de A. Velasco, O.P. = Biblioteca de Patrística, 32 [Madrid 1996], p.235).
332 Supra 28,1.
333 Eusebio, Chronic, ad annum 300: HELM, p.226-227.
334 Cf. supra 19.
335 Chronic, ad annum 303: HELM, p.227.
336 ibid. ad annum 283: HELM, p.224. Máximo debió de permanecer en el episcopado de Alejandría desde 264 a 282.
337 Sucederá a Pedro en la sede de Alejandría a finales de 312; cf. Chronic, ad annum 311: HELM, p.229.
338 Sin duda de la escuela catequética.
339 Chronic. ad annum 304: HELM, p.227; debió de comenzar su episcopado el año 300.
340 Cf. J. Salaverri, La sucesión apostólica en la Historia eclesiástica de Eusebio Cesariense: Gregorianum 14 (1933) 219-147; R. M. Grant, Early Episcopal Succession, en Studia Patrística XI, i = T.U.108, ed. F. L. Cross (Berlin 1971).