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Documentación: Historia Eclesiástica
Libro VIII


Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X

Libro Octavo

El libro octavo de la Historia eclesiástica contiene lo siguiente:

{prólogo.}

1. De la situación anterior a la persecución de nuestros días.

2. De la destrucción de las iglesias.

3. Del modo de conducirse los que combatieron en la persecución.

4. De los mártires de Dios dignos de ser celebrados, cómo llenaron cada lugar con su recuerdo después de ceñirse variadas coronas en defensa de la religión.

5. De los de Nicomedia.

6. De los de las casas imperiales.

7. De los egipcios de Fenicia.

8. De los de Egipto.

9. De los de Tebaida.

10. Informes escritos del mártir Fileas acerca de lo ocurrido en Alejandría.

11. De los de Frigia.

12. De otros muchísimos, hombres y mujeres, que combatieron de diversas maneras.

13. De los presidentes de las iglesias, que, por medio de su sangre, mostraron la verdad de la religión de que eran embajadores.

14. Del carácter de los enemigos de la religión.

15. De lo acontecido a los de fuera.

16. Del cambio y mejoramiento de ios asuntos.

17. De la palinodia de los soberanos 1.

{ Apéndice al Libro VIII}

Notas:

1 En los Mss ER, este libro comprende 33 capítulos.

Nota de ETF: los links del sumario puestos entre {} son agregados de esta edición electrónica para que los vínculos dirijan correctamente a sus respectivos textos.

[Prólogo]

Después de haber descrito en siete libros enteros la sucesión de los apóstoles 2, creemos que es uno de nuestros más necesarios deberes transmitir, en este octavo libro 3, para conocimiento también de los que vendrán después de nosotros, los acontecimientos de nuestro propio tiempo 4, pues merecen una exposición escrita bien pensada. Y nuestro relato tendrá su comienzo desde este punto.

Notas:

2 Cf. supra VII 32,32.

3 Cf. Introducción.

4 Esto es, la gran persecución. Va, pues, a comenzar algo muy distinto que lo expuesto en los siete libros anteriores; va a centrarse en un solo tema: la persecución de Diocleciano. A pesar de esta unidad de tema, es muy difícil encontrar un esquema: en cualquiera que se intente, se encuentran lagunas, imprecisiones, desorden arbitrario, etc. No obstante, R. E. Sommerville (An Ordering Principle for Book VIII of Eusebius, Ecclesiastical History: A suggestion: VigCh 20 [1966] 91-97) encuentra cierto orden, no precisamente cronológico, topológico o parecido, sino consistente en el paralelismo entre los lamentos del salmista en Sal 88,40-46 (cf. infra 1,9) y los acontecimientos históricos desgranados a lo largo de los 13 capítulos; cf. P. Keresztes, From the great persecution (303-311) to the peace of Galerius: VigCh. >7 (1983) 379-399; P. S. Davies, The Origin and Purpose of the Persecution of 303 A.D.: JIS n.s. 40 (1989) 66-94.

Cap. 1
[De la situación anterior a la persecución de nuestros días]

1 Explicar como se merece cuáles y cuán grandes fueron, antes de la persecución de nuestro tiempo, la gloria y la libertad 5 de que gozó entre todos los hombres, griegos y bárbaros, la doctrina de la piedad para con el Dios de todas las cosas, anunciada al mundo por medio de Cristo, es empresa que nos desborda.

2 Sin embargo, pruebas de ello podrían ser la acogida de los soberanos para con los nuestros 6, a quienes incluso encomendaban el gobierno de las provincias, dispensándoles de la angustia de tener que sacrificar, por la mucha amistad que reservaban a nuestra doctrina.

3 ¿Qué necesidad hay de hablar de los que estaban en los palacios imperiales y de los supremos magistrados? Estos consentían que sus familiares—esposas, hijos 7 y criados—obraran abiertamente, con toda libertad, con su palabra y su conducta, en lo referente a la doctrina divina, casi permitiéndoles incluso gloriarse de la libertad de su fe. Los consideraban muy especialmente dignos de aceptación, aún más que a sus compañeros de servicio.

4 Tal era el famoso Doroteo 8, el mejor dispuesto y más fiel de todos para con ellos y por esta causa el más distinguido con honores, más incluso que los que ocupaban cargos y gobiernos. Y con él el célebre Gorgonio y cuantos fueron considerados dignos del mismo honor que ellos, por razón de la palabra de Dios 9.

5 ¡Era de ver también de qué favor todos los procuradores y gobernadores juzgaban dignos a los dirigentes de cada iglesia! ¿Y quién podría describir aquellas concentraciones de miles de hombres y aquellas muchedumbres de las reuniones de cada ciudad, lo mismo que las célebres concurrencias en los oratorios? 10 Por causa de éstos precisamente, no contentos ya en modo alguno con los antiguos edificios, levantaron desde los cimientos iglesias de gran amplitud por todas las ciudades.

6 Esto con el tiempo iba avanzando y cobrando cada día mayor acrecentamiento y grandeza, sin que envidia alguna lo impidiera y sin que un mal demonio fuera capaz de hacerlo malograr ni obstaculizarlo con conjuros de hombres, en tanto que la celestial mano de Dios protegía y custodiaba a su propio pueblo porque en realidad lo merecía.

7 Pero desde que nuestra conducta cambió, pasando de una mayor libertad al orgullo y la negligencia, y los unos empezaron a envidiar e injuriar a los otros, faltando poco para que nos hiciéramos la guerra mutuamente con las armas llegado el caso, y los jefes desgarraban a los jefes con las lanzas de las palabras, los pueblos se sublevaban contra los pueblos y una hipocresía y disimulo sin nombre alcanzaban el más alto grado de malicia, entonces el juicio de Dios, con parsimonia, como gusta de hacerlo, cuando aún se reunían las asambleas, iba suave y moderadamente suscitando su visita, comenzando la persecución por los hermanos que militaban en el ejército 11.

8 Y nosotros, como si estuviéramos insensibles, no nos preocupábamos de cómo hacernos benévola y propicia la divinidad, sino que, como algunos ateos que piensan que nuestros asuntos escapan a todo cuidado e inspección, íbamos acumulando maldades sobre maldades, y los que parecían ser nuestros pastores rechazaban la norma de la religión, inflamándose con mutuas rivalidades, y no hacían más que agrandar las rencillas, las amenazas, la rivalidad y la enemistad y odio recíprocos, reclamando encarnizadamente para sí el objeto de su ambición como si fuera el poder absoluto. Entonces sí, entonces fue cuando, según dice Jeremías: oscureció el Señor en su cólera a la hija de Sión y precipitó del cielo abajo la gloria de Israel, sin acordarse del escabel de sus pies en el día de su ira; antes bien, el Señor sumergió en lo profundo a todas las bellezas de Israel y destruyó todas sus vallas 12;

9 y según lo profetizado en los Salmos, destruyó el testamento de su siervo y con la ruina de las iglesias profanó su santuario, destruyó todas sus vallas y plantó la cobardía en sus fortalezas. Y todos los caminantes saqueaban al pasar a las muchedumbres del pueblo y, por si esto fuera poco, se convirtió en baldón para sus vecinos. Porque exaltó la diestra de sus enemigos y desvió la ayuda de su espada y no le sostuvo en la guerra, sino que incluso le despojó de su pureza, derribó por el suelo su trono, acortó los días de su tiempo y, por último, extendió su ignominia 13.

Notas:

5 Según E. Bovon («L'Histoire Eclésiastique» d'Eusèbe de Césarée et l'histoire du salut: Oikonomia. Heilgeschichte als Thema der Theologie [Hamburgo 1967] 137), Eusebio, en estos tres últimos libros de su HE, tiende a secularizar palabras neotestamentarias como παρρησία, φῶς, ἐλπίς, εἰρήνη, χαρά, etc., vaciándolas de su significación escatológica original y dándoles un sentido de «escatología realizada»; cf. también G. J. M. Bartelink, Quelques observations sur παρρησία dans la littérature paléochrétienne : Graecitas et Latinitas Christianorum primaeva 3 (Nimega 1970).

6 La retórica le hace a Eusebio exagerar la buena disposición de los emperadores; olvida lo que antes ha dicho de Aureliano y de sus predecesores. Desde la muerte de Aureliano, la Iglesia disfrutaba de paz, es cierto, pero nada más. Eusebio utiliza un procedimiento retórico: primero exagerar la gloria y libertad de la Iglesia antes de la persecución para, por contraste, acentuar la gravedad de la corrupción que acabó con ella y provocó, como juicio divino (cf. infra § 7), la persecución, que de esta manera quedaba justificada; R. M. Grant (Eusebius VIII: An other Suggestion: VigCh 22 [1968] 16-18) ve como trasfondo de toda esta parte el pasaje de la 1 Clementis 3,1-3; cf. también P. ThraMS, Christianisierung des Römerreiches una heidnischer Widerstand (Heidelberg 1991).

7 Posiblemente se refiera a la esposa de Diocleciano, Prisca, y a su hija Valeria, esposa de Galerio, las cuales, según Lactancio (De mort. pers. 15,1), eran cristianas, aunque seguramente no pasaban de catecúmenas.

8 Cf. infra 6,1.5.

9 Sobre Doroteo y Gorgonio, cf. infra 6,5.

10 Las palabras o expresiones προσευκτήριον, εὐκτήριον y οἶκος εὐκτήριος tienen en Eusebio sentido de iglesia-edificio o templo; cf. L. Voelkl, Die konstantinischen Kirchenbauten nach Eusebius: Rivista di Archeologia cristiana 29 (1953) 49-66; 187-206; G. J. M. Bartelink, «Maison de prière» comme dénomination de l'église en tant qu'édifice, en particulier chez Eusèbe de Césarée: REG 84 (1971) 101-118.

11 Cf. infra 4,1-4; Lactancio, De mort. pers. 10,4; W. H. C. Frend, Prelude to the great persecution. The propaganda war · The Journal of Ecclesiastical history 38 (1987) 1-18.

12 Lam 2,1-2.

13 Sal 88,40-46. Para Eusebio, en los siete primeros libros, este salmo predice siempre la destrucción de Jerusalén, justo juicio divino sobre los judíos; lo mismo encontramos en su Comentario a los Salmos. Aquí, en cambio, lo aplica a la persecución: el juicio de Dios recae sobre los cristianos y hasta sirve de cañamazo para todo el libro, como hemos visto, supra pról. nota 4, siguiendo la sugerencia de Sommerville.

Cap. 2
[De la destrucción de las iglesias]

1 Todo esto se ha cumplido, efectivamente, en nuestros días, cuando con nuestros propios ojos hemos visto los oratorios, desde la cumbre a los cimientos, enteramente arrasados, y las divinas y sagradas Escrituras entregadas al fuego en medio de las plazas públicas, y a los pastores de las iglesias ocultándose aquí y allá vergonzosamente, o prendidos indecorosamente y escarnecidos por los enemigos cuando, según otro oráculo profético, vertióse el desprecio sobre los principes y los hizo errar por lo intransitable, sin camino 14.

2 Pero no es tarea nuestra describir las tristes calamidades que al fin éstos 15 pasaron, pues tampoco es lo nuestro dejar memoria de sus mutuas disensiones y de sus locuras de antes de la persecución, por lo cual decidimos también no contar de ellos más que aquello que nos permita justificar el juicio de Dios.

3 Por consiguiente, no nos hemos dejado llevar a hacer memoria de los que han sido tentados por la persecución o de los que han naufragado 16 por completo en el negocio de su salvación y por su propia voluntad se han precipitado en los abismos de las olas, sino que a la historia general vamos a añadir únicamente aquello que acaso pueda aprovechar primero a nosotros mismos y luego también a nuestra posteridad.
Vamos, pues; comencemos ya desde este punto a describir en resumen 17 los combates sagrados de los mártires de la doctrina divina.

4 Era éste el año diecinueve del imperio de Diocleciano y el mes de Distro—entre los romanos se diría el de marzo 18—cuando, estando próxima la fiesta de la Pasión del Salvador, por todas partes se extendieron edictos imperiales mandando arrasar hasta el suelo las iglesias y hacer desaparecer por el fuego las Escrituras, y proclamando privados de honores 19 a quienes los disfrutaban y de libertad a los particulares 20 si permanecían fieles en su profesión de cristianismo 21.

5 Tal era el primer edicto contra nosotros, pero no mucho después nos vinieron otros edictos 22 en los que se ordenaba: primero, arrojar en prisiones a todos los presidentes de las iglesias en todo lugar, y luego, forzarles por todos los medios a sacrificar.

Notas:

14 Sal 106,40.

15 Se refiere a los pastores de las iglesias aludidas en el párrafo anterior.

16 Cf. 1 Tim 1,19.

17 Según R. Laqueur (Eusebius als Historiker seiner Zeit [Berlin 1929] p. 10-16.34-40), este resumen, que abarca hasta el capítulo 12, sustituye en parte al tratado MPal, desde que éste fue desgajado de una anterior redacción del libro VIII, para, en redacción posterior, «ser tratado de otra forma» y tener vida propia. Cf. infra 13.6-7.

18 Eusebio, Chronic, ad annum 304: HELM, p.228. Según Lactancio (De mort. pers. 12-13), la persecución comenzó el 23 de febrero de 303, aunque el edicto no fue expuesto al público hasta el día siguiente, 24. Éusebio se atiene a Palestina, donde la persecución llegaría, efectivamente, a fines de marzo (la Pascua cayó el 18 de abril); cf. J. Lallemand, Les préfects d'Égypte pendant la persécution de Dioclétien: Mélanges Henri Grégoire (Bruselas 1951) p.185. M. R. Cataudella (Per la cronología dei rapporti fra cristianesimo e impero agli inizi del IV secolo: Siculorum Gymnasium 20 [1962] 83-110) presenta un cuadro cronológico que, en parte, coincide con el tradicional, y en parte adelanta un año; llega a la siguiente conclusión: 303: comienza la persecución; 304: abdica Diocleciano; 305: muerte de Constancio Cloro y elección de Constantino; 310: edicto de Galerio y su muerte en Sárdica; 311: batalla de Puente Milvio y muerte de Majencio; 312: derrota y muerte de Maximino Daza (p.109).

19 ἀτίμους =» «infames»: pérdida de todos los honores y hasta el derecho de ciudadania.

20 Los «particulares», por oposición a los «dignatarios» y hombres públicos, mejor que «los que estaban en servidumbre».

21 Eusebio comienza sin más a describir la persecución, sin preocuparse de darnos alguna razón de este cambio de la política de Diocleciano para con los cristianos, tan favorable antes, según indicó supra 1,1-6. Si queremos saber algo sobre ello, debemos acudir a Lactancio, De mort. pers. 11-12; traducción castellana, con introducción y notas, por R. Teja = BCG, 46 (Madrid 1982).

22 El segundo y el tercero; cf. infra 6,8-11, pero sin señalar fechas.

Cap. 3
[Del modo de conducirse los que combatieron en la persecución]

1 Entonces 23, pues, precisamente entonces, numerosísimos dirigentes de las iglesias, luchando animosamente en medio de terribles tormentos, ofrecieron cuadros de grandes combates, pero fueron millares los otros, los que de antemano embotaron sus almas con la cobardía, y así fácilmente se debilitaron desde la primera acometida. De los restantes, cada uno fue alternando diferentes especies de tormentos: uno, lacerado su cuerpo con azotes; otro, castigado con las torturas insoportables del potro y de los garfios, en las cuales ya algunos malograron sus vidas.

2 Y otros, a su vez, pasaron por el combate de muy diversas maneras. Al uno, efectivamente, lo empujaban por la fuerza los demás, y aproximándole a los infames e impuros sacrificios, lo dejaban ir como si hubiera sacrificado, aunque no lo hubiera hecho. El otro, aunque en modo alguno se hubiera acercado ni hubiera tocado nada maldito, como los demás decían que había tocado, se retiraba en silencio cargado con la calumnia; a otro lo levantaban medio muerto y lo arrojaban como si ya fuera cadáver;

3 y aún hubo quien, acostado en el suelo, era arrastrado largo trecho por los pies y se le contaba entre los que habían sacrificado. Alguno gritaba y a grandes voces atestiguaba su negativa a sacrificar, y otro vociferaba que él era cristiano y se gloriaba de confesar el nombre salvador; el otro sostenía firme que él ni había sacrificado ni sacrificaría jamás.

4 Sin embargo, también éstos fueron arrojados fuera por la fuerza bajo el menudeo de los golpes en la boca por obra del nutrido grupo de soldados que para ese fin allí formaban, y a bofetadas en el rostro y en las mejillas se les redujo al silencio. Así de grande era la estima que los enemigos de la religión tenían de aparentar, por todos los medios, que habían conseguido su intento. Pero ni aun tales métodos servían contra los santos mártires. ¿Qué discurso sería bastante para una descripción exacta de los mismos? 24

Notas:

23 El contenido de este capítulo se repite en MPal 1,3-5; por este paralelo sabemos que los hechos narrados ocurrieron en Cesárea entre el 7 de junio y el 17 de noviembre de 303, después de promulgado el tercer edicto, ya que se aplica la tortura como se manda en él; cf. M. EI. Fritzen, Methoden der diocletianischen Christerverfolgung, nach der Schrift des Eusebius über die Märtyrer in Palestina (Mainz 1961).

24 Sin embargo, las caídas fueron también abundantes; cf. G. Ricciotti, La «Era de los Mártires» (Barcelona 1955) p.104; A. G. Hamman, Les martyrs de la Grande Persécution (303-311) (Paris 1979).

Cap. 4
[De los mártires de Dios dignos de ser celebrados, cómo llenaron cada lugar con su recuerdo despues de ceñirse variadas coronas en defensa de la religion]

1 Efectivamente, se podría relatar que fueron innumerables los que mostraron un celo admirable por la religión del Dios del universo, no sólo desde el punto en que estalló la persecución contra todos, sino mucho antes, cuando todavía se mantenía la paz.

2 Porque fue muy recientemente cuando el que había recibido el poder 25, como quien se levanta de un profundo sueño 26, la emprendió contra las iglesias, ocultamente aún y no a las claras, en el tiempo que siguió a Decio y Valeriano. Y no atacó de golpe con una guerra contra nosotros, sino que todavía probó solamente con los que estaban en las legiones 27, pues de este modo pensaba que atraparía más fácilmente también a los demás si primero salía victorioso en la lucha contra aquéllos. Era de ver entonces a gran número de soldados abrazar contentísimos la vida civil y evitar así convertirse en negadores de su religión para con el Hacedor de todas las cosas.

3 Efectivamente, así que el general del ejército—quienquiera que entonces fuese 28—emprendió la persecución contra las tropas y se dio a clasificar y depurar a los funcionarios militares 29, como diera a escoger entre seguir gozando de la graduación que les correspondía, si obedecían, o verse, por el contrario, privados de la misma, si se oponían a las órdenes, muchísimos soldados del reino de Cristo, sin vacilar, prefirieron la confesión de Cristo a la gloria aparente y al bienestar que poseían.

4 En ese momento era raro que uno o dos de éstos recibieran no sólo la pérdida de su graduación, sino también la muerte a cambio de su piadosa resistencia, pues por entonces el urdidor de la conspiración todavía guardaba cierta moderación y osaba aventurarse solamente hasta algún que otro derramamiento de sangre 30, ya que todavía le asustaba, según parece, la muchedumbre de los fieles y aún vacilaba en desatar una guerra contra todos a la vez 31.

5 Mas cuando ya se lanzó al ataque más abiertamente, imposible expresar con palabras el número y calidad de los mártires de Dios que era dado contemplar a los que habitaban las ciudades y los campos todos.

Notas:

25 Cf. Jn 19,10-11; se trata del demonio, autor primero y principal de toda persecución (cf. supra V 1,5); su representante es Galerio, responsable principal de la persecución, según Lactancio (o.c., 11). Cf. G. Ricciotti, o.c., p.39-55·

26 Los largos años de paz transcurridos desde la persecución de Valeriano.

27 Estas «purgas» dentro del ejército las había llevado a cabo Galerio antes ya de iniciarse la persecución de 303, en 295 y años siguientes; cf. infra apénd.I; Lactancio, o.c., 10; G. Ricciotti, o.c., p.43-51; D. van Berchem, Le martyr de la Légion Thébaine. Essai sur la formation d*une légende: Schweizerische Beiträge z. Altertumwiss. 8 (Basilea 1956).

28 En Chronic, ad annum 301: HELM, p.227, Eusebio da el nombre de Veturio, y San Jerónimo traduce su cargo como «magister militiae», comandante supremo.

29 Cf. supra VI 5,3-

30 Cf. Heb 12,4.

31 Cf. especialmente H. Delehaye, La persécution dans l'armée sous Dioclétien: Bulletin de l'Académie Royale de Belgique (1921) 150-156; J. Fontaine, Le culte des martyrs militaires et son expression poétique au IVe siècle: Augustinianum 20 (1980) 141-171.

Cap. 5
[De los mártires de Nicomedia]

Así, pues, tan pronto como se promulgó en Nicomedia el edicto contra las iglesias, uno que no era personaje oscuro 32, sino de los más preclaros, según la estimación de las excelencias en esta vida, empujado por el celo de Dios, se lanzó con fe ardiente, y después de arrancar el edicto 33 que se hallaba en lugar visible y público, por considerarlo impío e irreligioso, lo desgarró, a pesar de haber en la misma ciudad dos emperadores, el más antiguo de todos y el que después de él ocupaba el cuarto puesto en el gobierno 34.
Mas éste fue el primero de los que en aquella ocasión se distinguieron de esta manera, y tras sufrir en seguida cuanto era de suponer por tal atrevimiento, conservó la calma y la tranquilidad hasta su último suspiro 35.

Notas:

32 Ni Eusebio ni Lactancio dan su nombre; no han resultado los intentos por identificarlo, ni siquiera el de Papebroch (AA.SS. April. III 106-108), que piensa en San Jorge; también se ha pensado en el San Evecio del 24 de febrero del Martirologio siríaco.

33 El primer edicto; cf. Lactancio, De mort. pers. 13.

34 Es decir, el Augusto Diocleciano y el César Galerio.

35 Es Lactancio (o.c., 13) quien describe cómo murió este atrevido cristiano. Eusebio dice que fue el primero en morir, pero también silencia los nombres de los que le siguieron, sin que sepamos sus razones.

Cap. 6
[De los mártires de las casas imperiales]

1 Por encima de todos cuantos fueron celebrados alguna vez como admirables y famosos por su valentía, así entre los griegos como entre los bárbaros, esta ocasión ha hecho destacar a los divinos y excelentes mártires Doroteo 36 y los servidores imperiales que le acompañaban. Aunque sus amos los tenían considerados dignos del más alto honor y en el trato no los dejaban detrás de sus propios hijos, ellos juzgaban, con toda verdad, mayor riqueza 37 que la gloria y el placer de esta vida las injurias, los trabajos y los variados géneros de muerte inventados contra ellos por causa de su religión. Solamente mencionaremos el fin que tuvo uno de ellos y dejaremos a nuestros lectores que por él colijan qué sucedió a los otros.

2 En la ciudad mencionada 38, uno de ellos 39 fue conducido públicamente ante los emperadores ya indicados40; se le ordenó, pues, que sacrificara, y al oponerse él, se mandó colgarlo desnudo y desgarrar a fuerza de azotes todo su cuerpo hasta que, rendido, incluso a pesar suyo hiciese lo mandado.

3 Pero como él se mantenía inflexible aun después de padecer estos tormentos, y sus huesos aparecían ya a la vista, mezclaron vinagre con sal y lo derramaron por las partes más laceradas de su cuerpo. Mas también pisoteó estos dolores, y entonces arrastraron ai medio unas parrillas y fuego, y como se hace con la carne comestible, fueron consumiendo en el fuego el resto de su cuerpo, y no todo a la vez, para que no muriera en seguida, sino poco a poco41. Los que le habían puesto sobre la hoguera no podían soltarlo hasta que, aun después de tantos padecimientos, diera señal de acceder a lo mandado.

4 Pero él, sólidamente aferrado a su propósito, entregó vencedor su alma en medio de los tormentos 42. Tal fue el martirio de uno de los servidores imperiales, digno realmente del nombre que llevaba: se llamaba Pedro.

5 Aunque no fueron menores los tormentos de los otros 43, sin embargo, en gracia a las proporciones del libro, los omitiremos, y únicamente referiremos que Doroteo y Gorgonio, juntamente con otros muchos del servicio imperial, después de pasar por combates de todo género, murieron ahorcados y alcanzaron el premio de la divina victoria 44.

6 En este tiempo 45, Antimo, que entonces presidía la iglesia de Nicomedia, fue decapitado por su testimonio de Cristo. Y a él se añadió una muchedumbre compacta de mártires cuando en esos mismos días, y sin saber cómo, se declaró un incendio en el palacio imperial de Nicomedia. Al sospecharse falsamente y correrse la voz de que había sido provocado por los nuestros 46, a una orden imperial47, los cristianos de aquel lugar, en tropel y amontonadamente, unos fueron degollados a espada, y otros acabados por el fuego. Una tradición 48 dice que entonces hombres y mujeres saltaban por sí mismos al fuego con un fervor divino inefable. Los verdugos, por su parte, amarraban a otra muchedumbre a unas barcas y la arrojaban a los abismos del mar 49.

7 En cuanto a los servidores imperiales, tras su muerte, habían sido confiados a la tierra con los honores correspondientes, mas los que se tienen por dueños los hicieron exhumar de nuevo, en la opinión de que también a éstos debían arrojarlos al mar, no fuera que algunos, de yacer en sepulcros, los adorasen y los considerasen—al menos ellos esto pensaban—como dioses50. Tales fueron los acontecimientos del comienzo de la persecución en Nicomedia.

8 Pero no mucho después, habiendo intentado algunos, en la región llamada Melitene, y otros incluso en Siria, atacar al imperio, salió una orden imperial de que en todas partes se encarcelase y encadenase a los dirigentes de las iglesias 51.

9 Y el espectáculo a que esto dio lugar sobrepasa toda narración: en todas partes se encerraba a una muchedumbre innumerable, y en todo lugar las cárceles, aparejadas anteriormente, desde antiguo, para homicidas y violadores de tumbas, rebosaban 52 ahora de obispos, presbíteros, diáconos, lectores y exorcistas 53, hasta no quedar ya sitio allí para los condenados por sus maldades.

10 Más aún, al primer edicto 54 siguió otro 55, en que se mandaba dejar marchar libres a los encarcelados que hubieran sacrificado y pasar por la tortura a los que resistiesen. ¿Cómo, repito, en este caso podría uno enumerar la muchedumbre de mártires de cada provincia, sobre todo de Africa, Mauritania, Tebaida y Egipto? 56 De Egipto, algunos que habían incluso emigrado a otras ciudades y provincias sobresalieron por sus martirios.

Notas:

36 Cf. infra § 5.

37 Cf. Heb 11,26.

38 Nicomedia.

39 Pedro, como veremos en el párrafo 4.

40 Cf. supra 5; el hecho ocurrió, pues, antes de partir Galerio, al declararse el segundo incendio; cf. G. Ricciotti, o.c.,p.56.

41 El suplicio del fuego lento, según Lactancio (o.c., 21,7), lo había autorizado Galerio por primera vez contra los cristianos.

42 Es decir, murió sin haber sido condenado a muerte; el primer edicto no autorizaba este extremo; cf. supra 2,4. Los martirologios lo conmemoran el 12 de marzo.

43 Los demás servidores imperiales compañeros de Pedro; cf. § 4.

44 Las ejecuciones comenzaron después y a causa del incendio de que se habla en el párrafo siguiente, a pesar del edicto; cf. Lactancio, o.c., 15.

45 Sin duda después del incendio. La fiesta de San Antimo se celebra en Occidente el 17 de abril; en el Martirologio siriaco aparece su nombre el 24 de abril.

46 Constantino, que se hallaba presente en Nicomedia, dirá más tarde, en su Oratio ad sanctorum coetum 25, que fue un rayo lo que provocó el incendio; Eusebio, que lo achaca a la casualidad, recoge sin más los falsos rumores que acusaban a los cristianos. Lactancio (o.c., 14) es categórico en afirmar que Galerio, insatisfecho del tenor del edicto, provocó adrede el incendio para acusar a los cristianos y forzar a Diocleciano a la persecución sangrienta, objetivo que logró después de provocar, a los quince días, un segundo incendio (Constantino y Eusebio sólo mencionan uno), que acabó con la resistencia del primer augusto.

47 Cf. Lactancio, De mort. pers. 15.

48 Se trata de un documento; no sabemos cuál.

49 En esta persecución fueron bastantes los mártires que murieron ahogados, como iremos viendo.

50 Este ensañamiento con las cenizas de los mártires parece que fue obsesión de Galerio; cf. Lactancio, o.c., 21-11; Divin. Instit. 5,11,6.

51 Los disturbios o presuntas tentativas de insurrección de la provincia de Armenia Menor—cuya capital era Melitene—y de Siria, sirvieron de pretexto para un segundo edicto que atacaba a los dirigentes cristianos. La fecha de su promulgación debe situarse entre finales de abril y primeros de junio de 303; cf. G. Ricciotti, o.c., p.58-59.

52 Cf. Lactancio, De mort. pers. 15,5.

53 Cf. la lista de órdenes en Roma, supra VI 43,11; los «dirigentes» de la Iglesia son, pues, todos los grados del clero.

54 En realidad, el segundo, aludido en el párrafo 8; cf. supra 2,5.

55 El que llamamos tercer edicto, promulgado en el segundo semestre de 303, en vista del exiguo resultado logrado con el segundo.

56 Es de notar que en esta enumeración de lugares de cuyos mártires se hará mención, Eusebio omite los territorios de Constancio y, paradójicamente, los de Galerio (el Ilírico, las provincias danubianas y Acaya).

Cap. 7
[De los mártires egipcios de Fenicia]

1 Nosotros conocemos de entre ellos, por lo menos, a los que brillaron en Palestina 57, e incluso conocemos a los que sobresalieron en Tiro de Cilicia 58. Viéndoles, ¿quién no se pasmará de los innumerables azotes y de la resistencia con que los soportaron estos atletas de la religión verdaderamente maravillosos? Y después de los azotes 59, el combate con las fieras devoradoras de hombres, los ataques de leopardos, de osos de diferentes especies, de jabalíes y de toros abrasados con hierro candente: ¿cómo no pasmarse de la admirable paciencia de aquellas nobles personas frente a cada una de estas fieras?

2 También nosotros nos hallamos presentes a estos acontecimientos y observamos cómo el poder divino 60 del mismo Jesucristo, Salvador nuestro, de quien ellos daban testimonio, se hacía presente y se mostraba claramente a los mártires: las fieras devoradoras de hombres tardaron mucho tiempo en atreverse a tocar y hasta a aproximarse a los cuerpos de los amigos de Dios 61, mientras que se lanzaban contra los otros que las azuzaban desde fuera, sin duda; los santos atletas fueron los únicos a los que en modo alguno tocaron, a pesar de que se hallaban de pie, desnudos, y les hacían señas con las manos, provocándolas contra ellos mismos62 (pues así se les mandaba que hicieran). Incluso cuando se avalanzaban contra ellos, nuevamente retrocedían, como rechazadas por una fuerza más divina.

3 El hecho de prolongarse este espectáculo largo tiempo causó gran asombro a los espectadores, hasta el punto de que, ante la inacción de la primera fiera, dieron suelta a una segunda e incluso a una tercera contra un solo y mismo mártir.

4 Era para quedar atónito ante la intrépida constancia de aquellos santos en tales circunstancias y ante la firme e inflexible resistencia de sus cuerpos jóvenes. Allí, pues, verías a un joven, de edad de veinte años no cumplidos, de pie, sin cadenas y con las manos extendidas en forma de cruz 63, que con ánimo impasible y tranquilo se entregaba en la mayor calma a las oraciones de Dios, sin moverse ni desviarse lo más mínimo del lugar donde se hallaba, mientras osos y leopardos, respirando furor y muerte 64, casi tocaban ya su carne; pero, no sé cómo, por una fuerza inefable y divina, a punto ya de apretar sus fauces, de nuevo salían corriendo hacia atrás. Tal era este hombre.

5 También hubieras podido ver a otros (eran cinco en total) que fueron arrojados a un toro bravo. A los de fuera65 que se le acercaban, éste los lanzaba al aire con sus cuernos y los despezadaba, dejándolos medio muertos para ser retirados; en cambio, cuando se lanzaba furioso y amenazador solamente contra los santos mártires, ni acercarse a ellos podía siquiera; aunque diera golpes aquí y allá con sus patas y cuernos, y respirase furor y amenaza66 porque lo azuzaban con hierro al rojo vivo, la providencia sagrada lo arrastraba hacia atrás 67. Así, al no hacerles tampoco este toro el más mínimo daño, soltaron contra ellos otras fieras.

6 Finalmente, después de terribles y variadas acometidas de éstas, todos ellos fueron degollados a espada y entregados a las olas del mar en vez de a la tierra y a los sepulcros 68.

Notas:

57 En este capítulo y en el siguiente, hasta el 13 inclusive, Eusebio va a dar cuenta del desarrollo de la persecución fuera de Nicomedia e intentará seguir un orden topográfico más o menos acertado. La confusión es grande, ya que los sucesos narrados no se explican por los tres primeros edictos (de 303) y tampoco se mencionan otros, a pesar de constituir la base legal en que debían apoyarse. El cuarto edicto (de 304) lo menciona sólo en MPal 3,1. Lo referente a Palestina queda reservado para el tratado especial de los Mártires de Palestina. En todo caso, podemos señalar que en Palestina los martirios tuvieron lugar preferentemente en las fiestas del dies imperii o del dies natalis de los emperadores; cf. J. Colin, Les Jours des supplices des martyres chrétiens et les fêtes impériales (Eusèbe Mart. Palest.) : Mélanges d'Archéologie et d'Histoire offerts a A. Piganiol, ed. par R. Chevallier (Paris 1966) p.1565-1580; J.-P. Rey-Coquais, Le calendrier employé par Eusèbe de Césarée dans les «Martyrs de Palestine»: AB 96 (1978) 55-64.

58 Eusebio fue, pues, testigo ocular en lo sucedido en Palestina y en Tiro.

59 Cf. supra V 1,38.

60 Cf. infra 12,11.

61 Cf. supra V 1,42.

62 Cf. San Ignacio de Antioquía, Roman. 5,2: supra III 36,8.

63 Cf. supra V 1,41.

64 Cf. Act 9,1.

65 La expresión señala a los paganos.

66 Cf. Act 9,1.

67 Cf. supra § 2.

68 Cf. supra 6,7; H. Delehaye, Les martyrs d'Égypte (Bruselas 1923) p. 19.

Cap. 8
[De los mártires de Egipto]

Así fue también la lucha de los egipcios que en Tiro libraron públicamente sus combates por la religión.
Pero de ellos se podría además admirar a los que sufrieron martirio en su patria 69, donde hombres, mujeres y niños, en número incontable, despreciando el vivir pasajero, soportaron por la enseñanza de nuestro Salvador diferentes géneros de muertes: unos, después de los garfios, de los potros, de los azotes cruelísimos y de infinitos y variados tormentos 70, que hacen estremecer con sólo oírlos, fueron arrojados al fuego; a otros los tragó el mar; otros tendían valientemente sus propias cabezas a los que las cortan; otros incluso morían en medio de las torturas; a otros los consumió el hambre, y otros, a su vez, fueron crucificados, los unos como es costumbre hacer a los malhechores, y los otros aún peor, clavados al revés, la cabeza para abajo, y dejados con vida hasta que perecían de hambre sobre el mismo patíbulo.

Notas:

69 El norte de Egipto, por oposición a la Tebaida, distrito del sur; cf. infra 9.

70 Eusebio insistirá en esta constante invención de nuevos tormentos; cf. infra 10,3. 5; 12,7.

Cap. 9
[De los mártires de Tebaida]

1 Mas los ultrajes y dolores que soportaron los mártires de Tebaida sobrepasan toda descripción. Les desgarraban todo su cuerpo empleando conchas en vez de garfios, hasta que perdían la vida; ataban a las mujeres por un pie y las suspendían en el aire mediante unas máquinas, con la cabeza para abajo y el cuerpo enteramente desnudo y al descubierto, ofreciendo a todos los mirones el espectáculo más vergonzoso, el más cruel y el más inhumano de todos.

2 Otros, a su vez, morían amarrados a árboles y ramas: tirando con unas máquinas juntaban las ramas más robustas y extendían hacia cada una de ellas las piernas de los mártires, y dejaban que las ramas volvieran a su posición natural. Así habían inventado el descuartizamiento instantáneo de aquellos contra quienes tales cosas emprendían.

3 Y todo esto se perpetraba no ya por unos pocos días o por breve temporada, sino por un largo espacio de años enteros, muriendo a veces más de diez personas, a veces más de veinte; en otras ocasiones, no menos de treinta, y alguna vez hasta cerca de sesenta; y aún hubo vez que en un sólo día se dio muerte a cien hombres, por cierto con sus hijitos y sus mujeres, condenados a varios y sucesivos castigos.

4 Y nosotros mismos, hallándonos en el lugar de los hechos 71, vimos a muchos sufrir en masa y en un solo día, unos, la decapitación, y otros, el suplicio del fuego, hasta llegar el hierro a embotarse a fuerza de matar y a partirse en pedazos a puro desgaste, mientras los mismos asesinos se turnaban entre sí por el cansancio.

5 Entonces podíamos contemplar el ímpetu admirabilísimo y la fuerza y fervor realmente divinos de los que han creído y siguen creyendo en el Cristo de Dios. Efectivamente, aún se estaba dictando sentencia contra los primeros y ya de otras partes saltaban al tribunal ante el juez otros que se confesaban cristianos, sin preocuparse en absoluto de los terribles y multiformes géneros de tortura, pero sí proclamando impasibles, con toda libertad, la religión del Dios del universo y recibiendo la suprema sentencia de muerte con alegría, regocijo y buen humor, hasta el punto de cantar salmos, himnos y acciones de gracias al Dios del universo hasta exhalar el último aliento.

6 Admirables fueron también éstos, en verdad, pero más admirables fueron especialmente aquellos que, brillando por su riqueza y su alcurnia, por su gloria, su elocuencia y filosofía, sin embargo, todo lo pospusieron a la verdadera religión y a la fe en nuestro Salvador y Señor Jesucristo 72.

7 Tal era Filoromo, encargado de cierta magistratura importante de la administración imperial de Alejandría, quien, por su dignidad y cargo romanos, cada día administraba justicia con escolta de soldados. Y tal era Fileas, obispo de la iglesia de Tmuis, varón ilustre por sus cargos y funciones públicas desempeñadas en su patria, no menos que por sus conocimientos de filosofía73.

8 Estos hombres, aunque un gran número de parientes y de amigos les suplicaban, lo mismo que otros magistrados en activo, y a pesar de que hasta el mismo juez les exhortaba a que tuviesen compasión de sí mismos y mirasen por sus hijos y mujeres, en modo alguno se dejaron llevar por tan fuertes argumentos para escoger el amor a la vida y despreciar las leyes sobre la confesión y la negación de nuestro Salvador74, sino que, resistiendo a todas las amenazas e insolencias del juez con varonil y filosófico razonar, más aún, con ánimo lleno de piedad y amor de Dios, los dos fueron decapitados.

Notas:

71 Si, como nos dice supra VII 32,28, Eusebio permaneció en Palestina siete años completos de persecución, lo más probable es que su estancia en Egipto no tuviera lugar hasta el 311; teniendo en cuenta el período de calma que siguió al último edicto de Galerio, los hechos de que fue testigo debieron de ocurrir después de noviembre de 311, muy posiblemente ya en 312, con el recrudecimiento de la persecución bajo Maximino; cf. infra IX 2 y 4.

72 Los anteriores, párrafos 1-5, pertenecían a la Tebaida; los que siguen—párrafos 6-8—son de Alejandría, más relacionados con lo descrito en el capítulo 8 que con los cinco párrafos precedentes.

73 Sobre Fileas de Tmuis, cf. infra 10; 13,7. San Jerónimo, De vir. ill. 78. Murió decapitado juntamente con el laico Filoromo, el 4 de febrero de 305. Las Actas del proceso conservadas se consideran auténticas, al menos en lo esencial; pueden verse traducidas en D. Ruiz Bueno, Actas de los Mártires: BAC 75 (Madrid 1951) p. 1149-1157; AA. SS. Februarii I p.459; la reconstrucción del texto griego, por V. Martin, en Papyrus Bodmer XX, Apologie de Philéas évêque de Thmuïs (Ginebra 1964); A. Pietersma, The Acts of Phileas, bishop of Tmuis = Cahiers d'Orientalisme, 7 (Ginebra 1984).

74 Cf. Mt 10,31-33; Lc 11,8-9.

Cap. 10
[Informes escritos del mártir Fileas acerca de lo ocurrido en Alejandría]

1 Puesto que ya hemos dicho que Fileas fue digno de gran consideración por sus muchos conocimientos profanos, venga él mismo a ser testigo de sí mismo y a la vez nos declare quién era él y nos cuente con mayor exactitud que lo haríamos nosotros los martirios ocurridos en su tiempo en Alejandría. Estas son sus palabras:

De la carta de Fileas a los tmuitas

2 «Como quiera que en las divinas y sagradas Escrituras encontramos todos estos ejemplos, modelos y buenos indicadores, los bienaventurados mártires que estaban con nosotros, sin vacilar lo más mínimo, fijando limpiamente el ojo de sus almas en el Dios del universo y abrazando en sus mentes la muerte por la religión, se aferraban tenazmente a su vocación por haber hallado que nuestro Señor Jesucristo se hizo hombre por causa nuestra, para destruir de raíz todo pecado y proveernos de viático de entrada en la vida eterna, pues no tuvo por rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo, y hallado en su figura como hombre, se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz 75.

3 »Por lo cual, los mártires portadores de Cristo, anhelando los carismas mayores76, soportaron todo trabajo y toda clase de invenciones de tormentos, no por una sola vez, sino algunos hasta dos veces, y aunque los guardias rivalizaban en amenazas contra ellos, no sólo de palabra, sino también de obra, no abandonaron su resolución, por aquello de que el amor perfecto arroja fuera el temor 77.

4 »¿Y qué discurso bastaría para enumerar su fortaleza y su valor en cada tormento? Porque, como todo el que quería tenía permiso para ultrajarlos, unos los golpeaban con palos, otros con varas, otros con azotes, otros con correas y otros con cuerdas.

5 »El espectáculo de las torturas variaba y contenía en sí mucha maldad, porque a los unos los colgaban del potro, con las dos manos atadas a la espalda, y, por medio de ciertas máquinas, se les distendían todos los miembros, y estando así, los verdugos, a una orden, se ensañaban con sus cuerpos en su totalidad, no solamente en los costados, como se acostumbraba con los asesinos, sino que les castigaban con sus armas defensivas 78 incluso en el vientre, en las piernas y en las mejillas. A otros los colgaban del pórtico atados por una sola mano; la tensión de las articulaciones y de los miembros les era más terrible que cualquier dolor. A otros, en fin, los ataban a las columnas cara con cara y sin posar los pies en el suelo: con el peso del cuerpo, las ataduras se tensaban y apretaban fuertemente.

6 «Y esto lo soportaban no sólo mientras el gobernador79 conversaba con ellos y de ellos se ocupaba, sino casi durante el día entero, pues mientras iba pasando a los otros, dejaba a sus ministros que vigilasen a los primeros por si alguno, vencido por las torturas, parecía ceder, pero ordenando despiadadamente que apretasen aún más las ataduras 80 y que, bajando a los que al cabo de todo expirasen, los arrastraran por tierra.

7 »Y es que no tenían para con nosotros la más mínima consideración, sino que obraban como si no existiéramos, segundo tormento que, sobre el de los golpes, inventaron nuestros adversarios.

8 »Los había que incluso después de los tormentos yacían sobre el cepo con los pies distendidos hasta el cuarto agujero, de suerte que hasta por fuerza tenían que estar boca arriba sobre el cepo, impotentes, por tener recientes las heridas de los golpes por todo el cuerpo. Otros yacían tirados en el suelo por efecto de los tormentos aplicados a la vez, y ofrecían a los mirones un espectáculo más cruel que al ser atormentados, pues llevaban en sus cuerpos las marcas de las múltiples y diversas torturas inventadas.

9 »Así las cosas, unos morían en medio de los tormentos, avergonzando con su constancia al adversario; otros, encerrados medio muertos en la cárcel, fallecían al cabo de pocos días oprimidos por los dolores; y los demás, lograda la recuperación de sus fuerzas a base de cuidados81, con el tiempo y la estancia en la cárcel se hicieron todavía más animosos.

10 »Así, pues, cuando les fue intimado el escoger82: o bien tocar el sacrificio abominable y no ser molestados, logrando de ellos la libertad maldita, o bien no sacrificar y recibir condena de muerte, ellos, sin vacilar lo más mínimo, marcharon alegremente a la muerte, pues sabían lo que las Sagradas Escrituras nos prescriben: El que ofrezca, dice, sacrificios a otros dioses será exterminado 83; y no tendrás otros dioses que a mí»84.

11 Tales son las palabras que el mártir, como verdadero filósofo y amigo de Dios, hallándose todavía en la cárcel antes de su última sentencia, escribió a los hermanos de su iglesia, confiándoles la situación en que se encontraba y, a la vez, exhortándoles a mantenerse firmemente asidos a la religión de Cristo aun después de su inminente consumación.

12 Mas ¿qué necesidad hay de extenderse prolijamente y de añadir a combates recientes otros combates aún más recientes, sostenidos por los santos mártires en toda la tierra, sobre todo por aquellos que ya no eran atacados con arreglo a una ley común, sino con todo el aparato de una guerra?

Notas:

75 Flp 2,6-8.

76 Cf. 1 Cor 12,31.

77 Cf. 1 Jn 4,18.

78 El texto no da más de sí, además de resultar francamente sin sentido.

79 Según las Actas del proceso (cf. supra 9,7), se llamaba Culciano; cf. también infra IX 11,4.

80 El texto no da para más. Schwartz supone que Fileas escribió algo así como καὶ τοῖς (μάστιξι καὶ τοῖς) δεσμοῖς προστιθήναι.

81 Cuidados procurados por los mismos perseguidores, ya que «nihil aliud devitant quam ne torti moriantur» (Lactancio, Divin. Instit. 5,11).

82 Esto supone ya promulgado el cuarto edicto.

83 Ex 22,20; esta misma cita la hallamos en Martyr. Phil, I: D. Ruiz Bueno, o.e., p. 1149.

84 Ex 20,3.

Cap. 11
[De los mártires de Frigia]

1 Es el caso, pues, que ya por entonces, en Frigia, toda una pequeña ciudad de cristianos fue cercada con todos sus hombres por soldados que le prendieron fuego y abrasaron a todos, incluidos niños y mujeres, que invocaban a gritos al Dios del universo. La razón fue que todos los habitantes de la ciudad en masa, incluidos el mismo inspector imperial de cuentas85, los duunviros y todos los magistrados con el pueblo entero, se habían confesado cristianos y no obedecían en lo más mínimo a los que les ordenaban adorar a los ídolos 86.

2 Y hubo otro, llamado Adaucto, en posesión de una dignidad romana y procedente de un linaje ilustre de Italia, que había avanzado por todos los grados del honor ante los emperadores, hasta el punto de haber pasado irreprochablemente a los puestos de la administración general, en lo que ellos llaman oficio de director superior y de intendente general87. Habiéndose distinguido además de en todo esto por sus obras virtuosas en la religión y por sus repetidas confesiones del Cristo de Dios, soportó el combate por la religión en el ejercicio mismo de su cargo de intendente general y fue coronado con la diadema del martirio.

Notas:

85 «Curator rei publicae».

86 Sin duda es a este episodio al que se refiere Lactancio (Divin. Instit. 5,11,10). W. M. Ramsay (The Cities and Bishoprics of Phrigia [Oxford 1897] p.502-508) cree que se trata de Eumenia, patria de insignes mártires, como hemos visto supra V 16,22; 18,14; 24,4.

87 Entre los cargos y funciones civiles del orden ecuestre, los que Eusebio parece querer designar aquí son los de «magister summarum rationum» (director general de la hacienda privada) y «rationalis» (interventor o intendente general de las finanzas).

Cap. 12
[De otros muchísimos, hombres y mujeres, que combatieron de diversas maneras]

1 ¿Qué necesidad tengo yo ahora de recordar por sus nombres a los demás, de contar la muchedumbre de los hombres88 o de pintar los variados tormentos de los admirables mártires? A unos los mataron a hachazos, como ocurrió con los de Arabia; a otros les quemaron las piernas, como sucedió a los de Capadocia; a veces los colgaban de lo alto por los dos pies, cabeza abajo, y encendían debajo un fuego lento, cuyo humo los asfixiaba al arder la leña, como en el caso de los de Mesopotamia; y a veces les cortaban la nariz, las orejas y las manos 89 y partían en trozos los restantes miembros y partes de sus cuerpos, como aconteció en Alejandría.

2 ¿Para qué reavivar el recuerdo de los de Antioquía, de los que eran asados en braseros, no para hacerles morir, sino para alargar su tormento; y de los que preferían meter su mano derecha en el fuego antes que tocar el sacrificio maldito? 90 Algunos de ellos, por huir de la prueba, antes de ser aprehendidos y de caer en manos de los conspiradores, ellos mismos se arrojaban de lo alto de sus casas, considerando el morir como un sustraerse a la maldad de los impíos 91.

3 Y cierta persona, santa y admirable por la virtud de su alma, aunque mujer por su cuerpo, y famosa, además, entre todas las de Antioquía, por su riqueza, su linaje y su buen nombre, había criado a sus hijas en las leyes de la religión, una pareja de vírgenes notables por la belleza de su cuerpo y en plena juventud. Movióse contra ellas mucha envidia que por todos los medios se esforzaba en descubrir su escondite. Al enterarse luego de que se hallaban en tierra extraña, se las arregló astutamente para llamarlas a Antioquía, y así cayeron en las redes de los soldados. Viéndose a sí misma y a sus hijas en tal apuro, la madre les habló y les expuso los horrores que les vendrían de los hombres, incluido el más terrible e insoportable de todos, la amenaza de violación 92, exhortándose a sí misma y exhortando a las hijas a no tolerar ni siquiera el que se llegase a rozar sus oídos. Les decía también que el entregar sus almas a la esclavitud de los demonios era peor que todas las muertes y que toda ruina, y les sugería que la única solución de todo esto era la fuga hacia el Señor.

4 Entonces, puestas de acuerdo las tres, arreglaron decentemente sus vestidos en torno a sus cuerpos y, llegadas a la mitad misma del camino, pidieron a los guardias permiso para apartarse un momento, y se arrojaron al río que corría por allí al lado 93.

5 Estas, pues, se arrojaron ellas mismas, pero en la misma Antioquía hubo otra pareja de vírgenes, en todo dignas de Dios y verdaderamente hermanas, ilustres por su linaje, brillantes por su posición, jóvenes por la edad, hermosas de cuerpo, santas de alma, piadosas de carácter y admirables en su celo, a quienes, como si la tierra no fuera capaz de cargar con tanta grandeza, los siervos de los demonios mandaron arrojar al mar. Tal es lo que ocurrió con éstas 94.

6 Otros, por su parte, sufrieron en el Ponto tormentos que, con sólo oírlos, hacen estremecer. A unos les traspasaron los dedos con cañas puntiagudas, clavadas por la punta de las uñas; a otros, después de fundir plomo al fuego, hirviendo y candente como estaba, se lo vertían sobre las espaldas y les abrasaban las partes más necesarias del cuerpo;

7 y otros sufrieron en sus miembros secretos y en sus entrañas tormentos vergonzosos, implacables e imposibles de expresar con palabras, tormentos que aquellos nobles y legítimos jueces imaginaban con el mayor celo, mostrando su crueldad como un alarde de sabiduría y tratando a porfía de superarse los unos a los otros en la invención de suplicios, siempre más nuevos, como en un certamen con premios.

8 Pero el fin de estas calamidades llegó cuando, sucumbiendo ya a la fatiga de tal exceso de males, cansados de matar y hartos y aburridos de tanto derramamiento de sangre, se volvieron a lo que ellos tenían por bueno y humano, de modo que ya parecía que nada terrible se emprendería contra nosotros.

9 Porque no convenía, decían, manchar las ciudades con sangre de las propias gentes, ni acusar de crueldad al poder supremo de los príncipes, benévolo y suave para con todos, antes bien, se hacía necesario extender a todos el beneficio de la humana e imperial autoridad y no castigar ya más con la pena de muerte. Efectivamente, según ellos, por causa de la humanidad de los emperadores, este castigo suyo quedaba abolido contra nosotros.

10 Entonces se ordenó arrancar los ojos e inutilizar una de las dos piernas, pues para ellos esto era lo humano y el castigo más liviano aplicado contra nosotros; en consecuencia, por causa de esta humanidad de los impíos, no era ya posible describir la muchedumbre incalculable de mutilados 95: unos, a quienes primero les fue arrancado el ojo derecho con la espada y luego cauterizado; otros, a quienes habían inutilizado el pie izquierdo, también por medio de cauterios en las articulaciones, y a los que luego habían condenado a las minas de cobre de cada provincia, no tanto por su servicio cuanto por maltratarlos y hacerles sufrir. Además de todos éstos, otros sucumbieron en diversos combates que ni siquiera es posible catalogar, ya que sus hazañas vencen a toda palabra.

11 En estos combates, los magníficos mártires de Cristo brillaron por toda la tierra habitada y, como era natural, por todas partes llenaban de asombro a los testigos oculares de su valor, y en sí mismos ofrecían la prueba manifiesta del poder verdaderamente divino e inefable de nuestro Salvador 96. Mas sería largo, por no decir imposible, hacer mención de cada uno por sus nombres.

Notas:

88 Cf. L. Hertling, Die Zahl der Märtyrer bis 313: Gregorianum 25 (1944) 103-129; E. de Moreau, Le nombre des martyrs des persécutions romaines : Nouvelle Revue Théologique 73 (1951) 812-832.

89 Los mismos suplicios refiere Lactancio (De mort. pers. 36,7).

90 Así San Barlaán, al que probablemente alude Eusebio; cf. AB 22 (1904) 129-145; San Juan Crisóstomo, Laudatio in mart. Barlaam: PG 50,675-682.

91 Esto hizo Santa Pelagia; cf. San Juan Crisóstomo, Homil. in mart. Pelag.: PG 50, 579-586.

92 Cf. MPal 5.3.

93 Sabemos sus nombres: Domnina, el de la madre, y Bernice y Prosdocé, el de las hijas. San Juan Crisóstomo, aunque sin nombrarlas, les dedica una bellísima homilía en que da un relato más completo (PG 50,629-640); cf. A. Wilmart, Le souvenir d'Eusèbe d'Émése. Un discours en l'honneur des saintes d'Antioche Bernice, Prosdoce et Domnine: AB 38 (1920) 241-284.

94 Ignoramos sus nombres.

95 Pueden verse algunos ejemplos en MPal 7,3; 8,1.4.13; 10,1; 13,6.

96 Cf. supra 7,2.

Cap. 13
[De los presidentes de las iglesias que, por medio de su sangre, mostraron la verdad de la religión de que eran embajadores]

1 Entre los dirigentes de las iglesias 97 que sufrieron martirio en las ciudades célebres, el primero que debemos proclamar como mártir en los monumentos erigidos a los santos del reino de Cristo es Antimo 98, obispo de la ciudad de Nicomedia, que fue decapitado.

2 De los mártires de Antioquía, a Luciano, excelentísimo presbítero de aquella iglesia por toda su vida, el mismo que, en Nicomedia, en presencia del emperador, proclamó el reino celestial de Cristo, primero de palabra, con una apología, y luego también con las obras99.

3 De los mártires de Fenicia, los más ilustres pueden ser los pastores del rebaño espiritual de Cristo, amados de Dios en todo, Tiranión, obispo de la iglesia de Tiro; Zenobio, presbítero de la de Sidón, y también Silvano, obispo de las iglesias de la comarca de Emesa 100.

4 Este último, junto con otros, fue pasto de las fieras en la misma Emesa y recibido así entre los coros de los mártires. En cuanto a los otros dos, ambos glorificaron al Verbo de Dios 101 en Antioquía con su constancia hasta la muerte: el obispo 102, arrojado a los abismos del mar 103; y Zenobio, el mejor de los médicos, muriendo valerosamente en medio de las torturas que le aplicaron a los costados.

5 Entre los mártires de Palestina, Silvano, obispo de las iglesias de la comarca de Gaza, fue decapitado, junto con otros treinta y nueve, en las minas de cobre de Feno 104; y allí mismo acabaron su vida por el fuego, junto con otros, los obispos egipcios Peleo y Nilo 105.

6 Y entre éstos mencionemos la gran gloria de la iglesia de Cesárea, el presbítero Pánfilo, el más admirable de nuestros tiempos; ya describiremos 106 en el momento oportuno la excelencia de sus hazañas.

7 Entre los gloriosamente consumados en Alejandría, en todo Egipto y en la Tebaida, citaremos en primer lugar a Pedro 107, obispo de la propia Alejandría, ejemplar divino de maestros de la religión de Cristo; y a los presbíteros que con él estaban, Fausto 108, Dio y Ammonio, mártires perfectos de Cristo; lo mismo que a Fileas 109, Hesiquio, Paquimio y Teodoro 110, obispos de las iglesias de Egipto, y a otros innumerables además de ellos, ilustres todos, de los cuales hacen memoria las iglesias de cada región y de cada lugar. Poner por escrito los combates de los que lucharon por la religión divina en toda la tierra habitada y narrar con exactitud todo lo que les aconteció no es tarea nuestra, pero podrían hacerla propia los que captaron los hechos con sus propios ojos. En cuanto a los que yo mismo presencié, los daré a conocer a la posteridad por medio de otro libro 111.

8 En la presente obra, a lo ya dicho añadiré la palinodia 112 cantada por lo que se hizo contra nosotros desde el comienzo de la persecución, que será del máximo provecho de los lectores.

9 Ahora bien, ¿qué palabras serían bastantes para describir la abundancia de bienes y la prosperidad de que fue digno el gobierno de Roma antes de su guerra contra nosotros, durante el período en que los gobernantes eran amigables y pacíficos con nosotros? Era el tiempo en que los que gobernaban el imperio universal cumplían el décimo y el vigésimo aniversario 113 de su mando y pasaban su vida en completa y sólida paz entre fiestas, juegos públicos y espléndidos banquetes y festines.

10 Pero cuando su autoridad, libre de obstáculos, iba creciendo día a día y prosperando a grandes pasos, de repente dieron un cambio en su pacífica disposición para con nosotros y suscitaron una guerra sin cuartel. Mas no se habían cumplido todavía los dos años 114 de semejante movimiento cuando por todo el Imperio se produjo algo imprevisto que trastornó todos los asuntos.

11 Efectivamente, habiéndose abatido sobre el primero y principal de los que hemos dicho 115 una enfermedad que nada bueno auguraba y que le extravió la mente hasta alienarlo, retiróse a la vida corriente y privada junto con el que ocupaba el segundo puesto en los honores 116. Pero aún no se había realizado esto así117, y ya el Imperio se partía en dos, todo él, cosa que jamás en lo que se recuerda había tenido lugar anteriormente 118.

12 Pero al cabo de no muy grande intervalo 119, el emperador Constancio, que toda su vida había tratado a sus súbditos con la mayor suavidad y benevolencia y a la doctrina divina con la mejor amistad, terminó su vida según la ley común de la naturaleza 120, dejando a su hijo legítimo Constantino como emperador y augusto en lugar suyo 121. Bondadoso y suave más que los otros emperadores, él fue el primero 122 al que entre ellos proclamaron dios, por considerarlo digno de todo el honor que se debe a un emperador después de su muerte.

13 El fue también el único de nuestros contemporáneos que en todo el tiempo de su mandato se portó de una manera digna del Imperio. En lo demás, para todos se mostró el más favorable y el más bienhechor, y no participó lo más mínimo en la guerra contra nosotros, antes bien, incluso preservó libres de daño y de vejación a los fieles que eran súbditos suyos. Tampoco derribó los edificios de las iglesias ni admitió novedad alguna contra nosotros, y tuvo un final de su vida feliz y triplemente dichoso, pues fue el único que murió querido y glorioso en sus propios dominios imperiales, junto a un sucesor, hijo legítimo suyo, prudentísimo y piadosísimo en todo.

14 Su hijo Constantino, proclamado inmediatamente desde el comienzo emperador absoluto y augusto por las legiones123, y mucho antes aún que por éstas, por el mismo Dios, emperador universal, se mostró émulo de su padre en la piedad para con nuestra doctrina124. Así era este hombre. Pero, además de ellos, se proclamó a Licinio emperador y augusto por voto común de los emperadores 125.

15 Esto irritó terriblemente a Maximino, que hasta ese momento todavía seguía para todos con el único título de césar. En consecuencia, como era un grandísimo tirano, arrebató para sí fraudulentamente la dignidad de augusto y se convirtió en tal por sí y ante sí126.
Y en este tiempo se sorprendió urdiendo un atentado contra la vida de Constantino a aquel que, según se ha demostrado 127, después de su abdicación volvió al cargo y murió con la más vergonzosa muerte. Fue el primero de quien destruyeron las inscripciones honoríficas, las estatuas y todo lo que se acostumbra a ofrendar, como de hombre por demás sacrilego e impío 128.

Notas:

97 No sólo obispos, sino también presbíteros; cf. supra 6,9.

98 Cf. supra 6,6.

99 Cf. infra IX 6,3. Discípulo de Pablo de Samosata, se le considerará padre del arrianismo y fundador de la llamada Escuela de Antioquía; cf. G. Bardy, Recherches sur Lucien d'Antioche et son école (Paris 1936). Sufrió el martirio ya en 313.

100 Cf. infra IX 6,1.

101 Cf. Act 13.48.

102 Esto es, Tiranión; cf. AA. SS. Decemb. Propylaeum p.70.

103 Por supuesto, no en la misma Antioquía, alejada del mar, sino en su zona maritima, entre Seleucia y Posidio.

104 Cf. MPal 13,4-5.9-10. Feno se hallaba en Idumea, entre Petra y Zoar.

105 Cf. MPal 13,3.

106 Puesto que la Vida de Pánfilo estaba ya escrita, este futuro ha de referirse al relato de su martirio en MPal 7.4-6; 11; cf. supra 2,3.

107 Cf. supra VII 32,31; infra IX 6,1; cf. T. Vivian, Saint Peter of Alexandria: Bishop and Martyr. Diss. (Santa Bárbara, Ca 1987).

108 Cf. supra VII 11,26.

109 Cf. supra 9,7.

110 Hesiquio, Paquimio y Teodoro son los obispos encarcelados con Fileas. Desde la cárcel de Alejandría escribieron una carta al obispo de Licópolis, Melecio, carta que se conserva y puede verse en PG 10,1565; cf. E. Schwartz, Zur Geschichte des Athanasius: Nachrichten von der königl. Gesellsch. der Wiss. 7, Göttingen (1905) 175ss.

111 Será en MPal.

112 Es decir, el edicto de tolerancia de Galerio, de 311; cf. infra 17,3-10; con él parece que Eusebio quería en un principio acabar su obra.

113 Las fiestas llamadas, respectivamente, decennalia y vicennalia. Después de Antonino Pío fue Diocleciano el primer emperador que pudo celebrar sus vicennalia. Las celebró en Roma el 20 de noviembre de 303, adelantándose en dos años; su colega Maximiano las celebró el 1 de mayo de 305, el día mismo de su abdicación.

114 Es decir, en 305, pues la persecución había empezado en febrero de 303; cf. supra 2,4.

115 Es decir, sobre Diocleciano.

116 Diocleciano obligó a Maximiano Hercúleo, el segundo augusto, a abdicar juntamente con él, acto que tuvo lugar el 1 de mayo de 305, día de los vicennalia del último, como vimos. Les sucedieron con el título de augustos las Césares Galerio y Constancio Cloro, y se nombró Césares a Severo y a Maximino Daza o Daya; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.366; W. Seston, Dioclétien et la tétrarchie (París 1943); G. b. R. Thomas, L'abdication de Dioclétien: Byzantion 43 (1973) 119-147.

117 Esta frase y lo que sigue del párrafo no tiene sentido en este contexto, aunque sí cotejándolo con los lugares paralelos de MPal. Schwartz piensa que Eusebio se olvidó de borrarlo en su última revisión de su HE.

118 Prácticamente, Constancio Cloro y Severo se quedaron con todo el Occidente, mientras que Galerio y Maximino Daza se apropiaron de Oriente. En Occidente apenas se notará la persecución; en Oriente, en cambio, se agudizará cruelmente; cf. MPal 13,13; G. Gigli, L'impero romano dell'abdicazione di Diocleziano alla morte de Costantino, 305-337 (Roma 1958).

119 Lo que sigue, hasta el capítulo 15, ha sido objeto de varias revisiones por parte de Eusebio, y el resultado ha sido un texto confuso y a veces incongruente; cf. R. Laqueur, Eusebius als Historiker seiner Zeit (Berlin 1929) p.47-65.

120 Es decir, de muerte natural.

121 Constancio murió en Eboracum (York), el 25 de julio de 306. Lactancio (De mort, pers. 24,8) coincide con Eusebio al afirmar que Constancio designó a su hijo Constantino como sucesor, recomendándolo así a sus soldados, quienes, efectivamente, lo proclamaron emperador con el título de augusto. Con ello se asestaba un duro golpe al principio de sucesión de la tetrarquía, que excluía los lazos de sangre. La crisis no se hizo esperar; cf. L. Homo o.c., p.366-367; E. Horst, Konstantin der Grosse. Eine Biographie (Düseldorf 1984).

122 El primero entre los tetrarcas.

123 Cf. Lactancio, De mort. pers. 24-25.

124 Según Lactancio (o.c., 24,9), una de sus primeras obras de gobierno fue restaurar el cristianismo, afirmación sin duda exagerada.

125 Los hechos que aquí resume Eusebio son mucho más complejos. Galerio no aceptó a Constantino como augusto y, en su lugar, nombró a Severo, dejando a aquél solamente el título de césar. Pero Majencio, el hijo de Maximiano, siguiendo el ejemplo de Constantino, se proclamó augusto en Roma. Su padre, Maximiano, que había abdicado contra su voluntad, volvió al poder. Resultado: cinco augustos (dos legítimos y tres usurpadores) y un césar. Muerto Severo al tratar de eliminar a Majencio, por orden de Galerio, éste, reunido en Carnuntum en noviembre de 307 con Diocleciano y Maximiano, lo sustituyó por Licinio, con el título de augusto. Cf. L. Homo, o.c., p.366-367.

126 A partir de este momento hubo seis emperadores, todos augustos y ningún césar. La legalidad tetrárquica estaba acabada.

127 No lo ha mencionado en ninguna parte. Los Mss y versiones difieren bastante en este pasaje.

128 Se refiere a Maximiano Hercúleo. Constantino lo apresó en Marsella en 309, y en 310 parece que le obligó a suicidarse —o lo hizo asesinar—, a pesar de que era su suegro; cf. Eusebio, VC 1,47; Lactancio, De mort. pers. 29-30. La «damnatio memoriae» era consecuencia casi obligada. Eusebio, al escribir «el primero», quiere decir el primero de los tetrarcas; cf. Lactancio, o.e., 42.

Cap. 14
[Del carácter de los enemigos de la religión]

1 Su hijo Majencio, que en Roma se había constituido en tirano, comenzó fingiendo tener nuestra fe, por agradar y adular al pueblo romano, y por esta razón ordenó a sus súbditos interrumpir la persecución contra los cristianos, simulando piedad y pensando que así aparecería acogedor y mucho más suave que sus antecesores 129.

2 A la verdad no apareció en las obras tal como se esperaba que sería, sino que, viniendo a dar en toda clase de sacrilegios, no descuidó una sola obra de perversidad y desenfreno, y cometió adulterios y toda clase de corrupción. Por ejemplo, separando de sus maridos a sus legítimas esposas, las ultrajaba de la manera más deshonrosa y luego se las remitía de nuevo a los maridos; y ponía cuidado en no emprender esto con gentes insignificantes y oscuras, antes bien, se cebaba especialísimamente en los más eminentes de los mismos que se habían ganado los primeros puestos del senado romano 130.

3 Todos los que estaban a su merced, plebeyos y magistrados, famosos y gente vulgar, todos estaban cansados de tan terrible tiranía, y aunque estaban en calma y soportaban su amarga esclavitud, sin embargo, no se daba cambio alguno en la sanguinaria crueldad del tirano. Efectivamente, a veces con un pretexto baladí daba carta blanca a su cuerpo de guardia para ejecutar una matanza entre el pueblo, y así fueron asesinadas muchedumbres incontables del pueblo romano en medio de la ciudad, y no por obra de las lanzas y armas de escitas y bárbaros, sino de los propios ciudadanos 131.

4 Así, por ejemplo, no es posible calcular el número de senadores asesinados con miras a apoderarse de sus fortunas, pues fueron infinitos los eliminados en diferentes ocasiones y por diferentes causas, todas inventadas.

5 Pero el colmo de los males empujó aí tirano hasta la magia. Con vistas a la magia hacía abrir en canal a mujeres encinta, escudriñar las entrañas de niños recién nacidos o degollar leones, y creaba algunas abominables invocaciones sobre demonios y un sacrificio conjurador de la guerra, pues él tenía puesta toda su esperanza en estos medios para lograr la victoria 132.

6 En consecuencia, mientras él estuvo como tirano en Roma, es imposible decir lo que hizo para esclavizar a sus súbditos, tanto que los mismos víveres más necesarios llegaron a una escasez y penuria tan extremas como no recuerdan nuestros contemporáneos haber visto en Roma ni en ninguna otra parte 133.

7 En cuanto al tirano de Oriente, Maximino, habiendo pactado amistad en secreto con el de Roma 134, como con un hermano en la maldad, se afanaba por ocultarlo el mayor tiempo posible, pero se le descubrió y pagó luego su merecido 135.

8 Era de admirar cómo también él había logrado afinidad y hermandad, es más, el primer puesto en maldad y la palma en perversidad, respecto del tirano de Roma 136. Efectivamente, consideraba a los principales charlatanes y magos dignos del más alto honor, por lo miedoso y en extremo supersticioso que era y por la importancia que daba al errar en materia de ídolos y demonios. Sin consultar adivinos y oráculos, era absolutamente incapaz de atreverse a mover, por así decirlo, ni siquiera una uña 137.

9 Esta fue la causa de que se diera con mayor furia y frecuencia que sus predecesores a la persecución contra nosotros. Dio orden de levantar templos en todas las ciudades y renovar diligentemente los santuarios destruidos por el tiempo transcurrido; estableció en cada lugar y en cada ciudad sacerdotes de ídolos, y sobre éstos, como sumo sacerdote de cada provincia, con escolta y guardia militar, a uno de los magistrados que más brillantemente se hubieran distinguido en todos los cargos públicos, y, en fin, regaló el mando y los mayores honores, sin la menor reserva, a toda clase de hechiceros, por creerles gente piadosa y amiga de los dioses 138.

10 Partiendo de estos principios, vejaba y oprimía no ya a una ciudad ni a una región, sino a todas las provincias que estaban bajo su dominio, con exacciones de oro, plata y riquezas sin cuento 139, y con gravísimas acusaciones falsas y otras diferentes penas, según la ocasión. Arrebatando a los ricos los bienes amasados por sus antepasados, regalaba a manos llenas riquezas y montones de dinero a los aduladores que le rodeaban.

11 En verdad, a tales excesos de bebida y de embriaguez se dejaba llevar que, en bebiendo, enloquecía y perdía la razón, y tales órdenes daba estando borracho, que al día siguiente, recobrados los sentidos, tenía que arrepentirse. De nadie se dejaba ganar en crápula y desenfreno, constituyéndose en maestro de maldad para cuantos le rodeaban, gobernantes y gobernados. Al ejército lo incitaba con toda clase de placeres e intemperancias a enervarse de molicie, y provocaba a los gobernantes y comandantes militares a echarse sobre sus súbditos con rapiñas y avaricias, teniéndolos poco menos que por compañeros de tiranía.

12 ¿Para qué recordar las torpezas pasionales de aquel hombre o contar la muchedumbre de mujeres que corrompió? De hecho, no pasaba por una ciudad sin cometer adulterios continuamente y raptar doncellas 140.

13 Estas empresas le salían bien con todos, salvo únicamente con los cristianos, que, despreciando la muerte, desdeñaban tamaña tiranía. Los hombres, efectivamente, soportaban el fuego y el hierro, la crucifixión, las fieras y las profundidades del mar, que les amputaran y abrasaran los miembros, que les punzaran los ojos y se los arrancaran; la mutilación, en fin, de todo el cuerpo y, por si fuera poco, el hambre, las minas y las cadenas, mostrándose en todo ello más prestos a padecer por la religión que a dar, en cambio, a los ídolos el culto debido a Dios.

14 Y en cuanto a las mujeres, no menos robustecidas que los hombres por la enseñanza de la doctrina divina, unas soportaron los mismos combates que los hombres y se llevaron iguales premios por su virtud; otras, arrastradas para ser deshonradas, prefirieron entregar su alma a la muerte antes que el cuerpo a la deshonra.

15 Es cierto que, de todas las que fueron violadas por el tirano, solamente una, cristiana y de lo más distinguido e ilustre de Alejandría 141, logró con su firmeza más que varonil vencer al alma apasionada y disoluta de Maximino. Aunque en lo demás era célebre por su riqueza, su linaje y su educación, todo lo posponía a su castidad. Maximino le insistió muchísimo, pero no era capaz de matar a la que ya estaba dispuesta a morir, pues su pasión era más fuerte que su cólera. Entonces la condenó al destierro y le confiscó toda su hacienda.

16 Y otras incomparables mujeres, no pudiendo ni escuchar tan solo amenazas de violación, soportaron por parte de los gobernadores de provincia toda clase de tormentos, de torturas y de suplicios mortales. Por consiguiente, también éstas fueron admirables. Pero la más extraordinariamente admirable fue aquella mujer de Roma 142, la más noble en verdad y la más casta de todas cuantas el tirano de allí, Majencio, intentara atropellar, imitando a Maximino.

17 Efectivamente, así que se enteró (también ella era cristiana) de que estaban en su casa los que en tales empresas servían al tirano, y que su marido, aunque prefecto de los romanos, por temor había permitido que se la llevaran con ellos, pidió permiso por un momento con el pretexto de arreglarse, y entrando en su habitación, sola, ella misma se clavó una espada y murió al instante. A los que habían de llevarla les dejó su cadáver, pero a todos los hombres presentes y venideros les mostró con sus óptimas obras, más resonantes que toda voz, que lo único invencible e indestructible es la virtud de los cristianos 143.

18 Tal abundancia de maldad se acumuló, efectivamente, en un solo y mismo tiempo por obra de los dos tiranos que habían recibido separadamente Oriente y Occidente. ¿Y quién, si busca la causa de tantos males, podría dudar que los produjo la persecución contra nosotros? Por lo menos este estado de confusión no cesó en modo alguno antes de que los cristianos obtuvieran la libertad.

Notas:

129 El favor de Majencio para con los cristianos, aunque motivado por intereses políticos, es innegable. El mismo Lactancio (o.e., 43) no parece considerarlo «enemigo de Dios», esto es, perseguidor. Pero de ahí a que pasase por cristiano, como quiere Eusebio, hay mucha distancia; no es probable; cf. A. Pincherle, La política ecclesiastica di Massenzio: Studi di Filología Classica 7 (1929) 131S3; D. de Decker, La politique religieuse de Maxence: Byzantion 38 (1968) 472-562.

130 Cf. Eusebio, VC 1,33; parecida apreciación en A. Víctor, Caes. 40,19.

131 Cf. Eusebio, VC 1,35; A. Victor, Caes. 40,24.

132 Lactancio, De mort. pers. 44.1-8.

133 Cf. Eusebio, VC 1,35-36; A. Victor, Caes. 40,24.

134 Cf. Lactancio, o.c., 43.

135 Cf. Ibid., 44,10.

136 Aquí Eusebio parece presentar a Maximino como émulo de Majencio; más abajo, en el párrafo 16, presenta a éste imitando al primero; cf. supra 13,15.

137 Cf. infra IX 10,2-6.

138 Cf. infra IX 4,2. Maximino intenta llevar a cabo una reforma del paganismo dotándole de una constitución semejante a la de la Iglesia. Lactancio (o.c., 35) nos ofrece una descripción más completa de esta reforma, tan perfectamente calcada de la organización eclesiástica, aunque solamente en su aspecto externo; ciertamente, años más tarde Juliano intentará inyectarle también algo del contenido espiritual: su filantropía y su moralidad: cf. S. Filosi, L'ispirazione neoplatonica della persecuzione di Massimino Daia: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 41 (1987) 79-91; R. Mac Mullen, Paganism in the Roman empire (Londres 1981).

139 Cf. Lactancio, o.c., 37.

140 cf. Ibid., 38.

141 Rufino la llama Dorotea.

142 Rufino la llama Sofronia.

143 Cf. Eusebio, VC 1,34.

Cap. 15
[De lo acontecido a los de fuera]

1 El hecho es que, durante todo el decenio que duró la persecución 144, no dejaron de conspirar y de hacerse la guerra mutuamente. Los mares eran innavegables, y los que desembarcaban de dondequiera que fuese, no podían escapar de ser sometidos a toda clase de malos tratos: les retorcían sobre el potro y les desgarraban los costados, mientras les interrogaban entre torturas de toda especie si no procedían del bando enemigo; y, por último, les sometían al suplicio de la cruz o del fuego.

2 Además de esto, por todas partes se fabricaban y se preparaban escudos y corazas, dardos, lanzas y demás instrumentos de guerra, así como trirremes y armas navales. Nadie podía ya esperar cada día otra cosa que un ataque de los enemigos. Y, por si fuera poco, también el hambre y la peste subsiguientes se abatieron sobre ellos; pero de esto ya contaremos lo necesario a su tiempo 145.

Notas:

144 Duró efectivamente un decenio, pero no de manera continua; tampoco se dio por igual en todas partes; ya hemos visto que la parte occidental del Imperio apenas padeció persecución.

145 Cf. infra IX 8.

Cap. 16
[Del cambio y mejoramiento de los asuntos]

1 Tal era la situación a lo largo de toda la persecución, que, con la ayuda de la gracia de Dios, el décimo año 146 estaba ya completamente acabada, aunque de hecho había ya comenzado a ceder después del octavo 147. Efectivamente, así que la gracia divina y celestial comenzó a mostrar una preocupación benévola y propicia por nosotros, también nuestros gobernantes, aquellos mismos, ciertamente, que nos habían hecho la guerra, mudaron milagrosamente de pensamiento y cantaron la palinodia 148, extinguiendo mediante edictos favorables y órdenes llenas de suavidad la hoguera de la persecución, que tal amplitud había alcanzado.

2 Pero la causa de este cambio no fue algo propio de los hombres ni, como alguien podría decir, compasión o humanidad de los gobernantes, ni mucho menos, puesto que ellos mismos eran los que cada día, desde el comienzo hasta ese momento, imaginaban más y peores suplicios contra nosotros, renovando constantemente, unas veces de una manera y otras de otra, con variadas invenciones, los malos tratos que se nos infligía. Fue más bien una evidente visita de la misma providencia divina, que reconcilió al pueblo consigo, atacó al perpetrador de nuestros males 149 y descargó 150 su ira sobre el cabecilla de la maldad y de toda la persecución,

3 ya que, si bien esto había de ocurrir por juicio de Dios, no obstante, la Escritura dice: ¡Ay de aquel por quien venga el escándalo! 151 Le alcanzó, pues, un castigo divino que, comenzando por su misma carne, avanzó incluso hasta su alma.

4 Efectivamente, de repente le salió un absceso en medio de las partes secretas de su cuerpo, y luego una llaga fistulosa en profundidad. Sin posible curación, le fueron corroyendo hasta lo más hondo de las entrañas. De allí brotaba un hervidero de gusanos y exhalaba un hedor mortal, ya que la masa de sus carnes, producida por la abundancia de alimento y transformada ya antes de la enfermedad en una cantidad excesiva de grasa, al pudrirse entonces, ofrecía el aspecto más insoportable y espantoso a los que se acercaban.

5 De los médicos, unos, incapaces en absoluto de soportar la exagerada enormidad del hedor, eran degollados; otros, sin poder ayudarle en nada por estar hinchada toda la masa y no caber ya esperanza de salvación, eran asesinados sin piedad 152

Notas:

146 El décimo año corresponde al 313. Seguramente sustituye a una redacción anterior, donde habría escrito «octavo»; cf. Lawlor, Eusebiana p.277.

147 Es decir, a partir del edicto de tolerancia de 311..

148 Eusebio tiene que referirse solamente a Galerio y Maximino; la frase no puede aplicarse a Constantino y Licinio. La «palinodia» es el llamado «edicto de tolerancia» (cf. infra 17, 3-10), en que Galerio tiene que reconocer el fracaso de su política persecutoria.

149 Galerio.

150 Desde «y descargó», hasta «el escándalo»—ya en el párrafo 3—aparece en los Mss ATER como resto de una edición anterior; los demás lo omiten.

151 Lc 17,1.

152 Cf, Eusebio, VC 1,57; Lactancio, De mort. pers. 33; A. Víctor, Caes. 11,9; Epist. 40, 4,5. La enfermedad debió de comenzar en abril de 310, puesto que pasó un año antes de promulgar el edicto de tolerancia, 30 de abril del 311.

Cap. 17
[De la palinodia de los soberanos]

1 Luchando contra males tan grandes, se dio cuenta de las atrocidades que había osado cometer contra los adoradores de Dios y, en consecuencia, recogiendo en sí su pensamiento, primeramente confesó al Dios del universo y luego, llamando a los de su séquito, dio órdenes de que, sin diferirlo un momento, hicieran cesar la persecución contra los cristianos y que, mediante una ley y un decreto imperiales, les dieran prisa para que construyeran sus iglesias y practicaran el culto acostumbrado, ofreciendo oraciones por el emperador 153.

2 Inmediatamente, pues, las obras siguieron a las palabras, y por todas las ciudades se divulgó un edicto que contenía la palinodia de lo hecho con nosotros, en los términos siguientes 154:

3 «El Emperador César Galerio Valerio Maximiano, Augusto Invicto, Pontífice Máximo, Germánico Máximo, Egipcio Máximo, Tebeo Máximo, Sármata Máximo cinco veces, Persa Máximo dos veces, Carpo Máximo seis veces, Armenio Máximo, Medo Máximo, Adiabeno Máximo, Tribuno de la Plebe veinte veces, Imperator diecinueve veces, Cónsul ocho veces, Padre de la Patria, Procónsul;

4 »y el Emperador César Flavio Valerio Constantino Augusto Pío Félix Invicto, Pontífice Máximo, Tribuno de la Plebe, Imperator cinco veces, Cónsul, Padre de la Patria, Procónsul;

5 »y el Emperador César Valerio Liciniano Licinio 155 Augusto Pío Félix, Invicto, Pontífice Máximo, Tribuno de la Plebe cuatro veces, Imperator tres veces, Cónsul, Padre de la Patria, Procónsul, a los habitantes de sus propias provincias, salud.

6 »Entre las otras medidas que hemos tomado 156 para utilidad y provecho del Estado, ya anteriormente fue voluntad nuestra enderezar todas las cosas conforme a las antiguas leyes y orden público de los romanos y proveer a que también los cristianos, que tenían abandonada la secta de sus antepasados 157, volviesen al buen propósito.

7 »Porque, debido a algún especial razonamiento, es tan grande la ambición que los retiene y la locura que los domina 158, que no siguen lo que enseñaron los antiguos 15 9, lo mismo que tal vez sus propios progenitores establecieron anteriormente, sino que, según el propio designio y la real gana de cada cual, se hicieron leyes para sí mismos, y éstas guardan, habiendo logrado reunir muchedumbres diversas en diversos lugares.

8 »Por tal causa, cuando a ello siguió una orden nuestra de que se cambiasen a lo establecido por los antiguos, un gran número estuvo sujeto a peligro, y otro gran número se vio perturbado y sufrió toda clase de muertes 160.

9 »Mas como la mayoría persistiera en la misma locura 161 y viéramos que ni rendían a los dioses celestes el culto debido ni atendían al de los cristianos, fijándonos en nuestra benignidad y en nuestra constante costumbre de otorgar perdón a todos los hombres, creimos que era necesario extender también de la mejor gana al presente caso nuestra indulgencia, para que de nuevo haya cristianos y reparen los edificios en que se reunían, de tal manera que no practiquen nada contrario al orden público 162. Por medio de otra carta mostraré a los jueces 163 lo que deberán observar.

10 »En consecuencia, a cambio de esta indulgencia nuestra, deberán rogar a su Dios por nuestra salvación, por la del Estado y por la suya propia, con el fin de que, por todos los medios 164, el Estado se mantenga sano y puedan ellos vivir tranquilos en sus propios hogares» 165.

11 Tal era el tenor de este edicto escrito en lengua latina y traducido en lo posible al griego 166. Qué ocurrió después de esto, tiempo es de examinarlo.

Notas:

153 Cf. Eusebio, VC 1,57.

154 Según Lactancio (o.c., 35), Galerio hizo publicar el edicto en Nicomedia el 30 de abril de 311, muriendo él a los pocos días, el 5 de mayo, en Sárdica. El mismo Lactancio (o.c., 34) nos ha conservado el texto latino del edicto, sin el encabezamiento previo que nos da Eusebio, aunque revisado y corregido.

155 Este párrafo 5, referente a Licinio, aparece solamente en los Mss ATER; los demás lo omiten. El hecho de la omisión responde a la «damnatio memoriae» a que Eusebio condena a Licinio en su última edición. Vemos también que no aparecen el nombre y títulos de Maximino Daza, que debieran seguir al nombre y títulos de Galerio (el edicto tenían que firmarlo los cuatro; cf. Lactancio, De mort. pers. 15). Eusebio lo elimina ya en la primera edición, por causa de su negativa a hacer efectivo el edicto en sus dominios; cf. Lactancio, o.c., 36.

156 Naturalmente, hablan los cuatro firmantes, pero las medidas fueron tomadas por los primeros tetrarcas, de los cuales solamente Galerio pervive.

157 Es decir, el paganismo, o mejor, la religión del Imperio (cf. infra IX 1,3) o lo que en los párrafos 7-8 llaman—en el latín original—«veterum instituta»; cf. Lactancio, o.c., 34; Eusebio, PE 1,2,2; 4,1,2-4.

158 Las palabras «y la locura que los domina» sólo están en ATER.

159 En latín: «veterum instituta».

160 El latín de Lactancio dice solamente: «multi periculo subiugati, multi etiam deturbati sunt»; Eusebio debió de cambiarlo en su última edición.

161 «In proposito», según el latín.

162 El latín transmitido por Lactancio dice: «ut denuo sint christiani [¿eco del supuesto institutum Neronianum, interpretado por Tertuliano —Ad Nat. I 7,9: Apol.IV 4— como Non licet esse nos?], et conventicula sua componant...»: Galerio reconoce, pues, como legal la existencia de cristianos, y al cristianismo como «religio licita», y no ya como «superstitio illicita» (Suetonio, Nero 16, 38 y 39).

163 Ésta carta, dirigida a los jueces (éste es otro título con que se designa a los «praesides» o gobernadores civiles) de las provincias se ha perdido. Por las referencias que encontramos infra X 5,1.6, el tenor de la misma condicionaba seriamente las libertades aquí otorgadas: de hecho las suprimía.

164 El latín da «undiqueversum» (πάντα τόπον), en vez de τρόπον.

165 Para Eusebio, este párrafo es una auténtica confesión o reconocimiento de Dios; cf. supra § 1; infra apend.1.

166 Cf. sobre el mismo, K. Bihlmeyer, Das Toleranzedikt des Galerius: Theologische Quartalschrift 94 (1912) 411-427; 527-552; J. B. Knipfing, The Edict of Galerius (311 A. D ) reconsidered: Revue belge de Philologie et d'Histoire 1 (1922) 693-705.

Apéndice al Libro VIII167

1 Ahora bien, el autor de este edicto 168, después de semejante confesión 169, quedó inmediatamente libre de los dolores, aunque no para mucho tiempo, y murió 170. Una tradición dice que éste fue el primer causante de la calamidad de la persecución 171. Ya de antiguo, antes de que los demás emperadores se moviesen, había él forzado a cambiar de parecer a los cristianos que estaban en el ejército y, desde luego, comenzando por los que estaban en su casa. A unos los removió de la dignidad militar, a otros los vejó de la manera más indigna y a otros incluso ya les conminó con la muerte. Por último, indujo a sus socios imperiales a la persecución contra todos. No está bien que silenciemos el final que éstos tuvieron 172.

2 Fueron, pues, cuatro los que se habían repartido el gobierno supremo 173. Los que por el tiempo y por los honores tenían la precedencia 174, cuando aún no se habían cumplido los dos años de iniciarse la persecución, se retiraron del mando, como ya hemos explicado arriba 175. Y después de pasar el resto de sus vidas como simples personas privadas, tuvieron el fin siguiente:

3 El que por los honores y por la edad ocupaba el primer lugar, acabó minado por una larga y penosísima enfermedad corporal176; y el que tras él ocupaba el segundo puesto, truncó su vida ahorcándose 177; y esto lo sufrió, según divina profecía, por causa de los numerosísimos crímenes que había perpetrado.

4 Y de los que seguían a éstos, el último, del que ya dijimos que fue, efectivamente, el causante de toda la persecución 178, padeció males tan grandes como los ya mencionados anteriormente 179. En cambio, el que precedía a éste, a saber, el benignísimo y suavísimo emperador Constancio 180, que pasó todo el tiempo de su gobierno de una manera digna del principado y que, en lo demás, se mostró el más favorable y el más bienhechor para con todos, después de mantenerse al margen de la guerra contra nosotros, habiendo guardado libres de daño y de vejámenes a los hombres religiosos súbditos suyos y no habiendo destruido los edificios de las iglesias 181 ni emprendido lo más mínimo contra nosotros, recibió a cambio un final de su vida realmente feliz y triplemente dichosa, pues fue el único en morir feliz y gloriosamente en el ejercicio de su cargo imperial y dejando como sucesor en él a su hijo legítimo, en todo prudentísimo y religiosísimo.

5 Esté fue inmediatamente proclamado por las legiones emperador perfectísimo y augusto, y se constituyó en imitador de la piedad paterna para con nuestra doctrina 182. Tal fue la muerte de los cuatro susodichos ocurrida en tiempos diferentes.

6 De éstos, el único que todavía vivía, el mencionado un poco más arriba, junto con los que después de esto fueron introducidos en el gobierno 183, hizo pública ante todos la confesión arriba mencionada, mediante el edicto que ya expusimos antes.

Notas:

167 Este Apéndice, resto de la primera edición, se ha conservado solamente en los Mss AER cf. R. Laqueur, o.e., p.76-84. El Ms A lo introduce con estas palabras: τὸ ὡς λεῖπον ἔν τισιν ἀντιγράφοις ἐν τῷ η' λόγω; el Ms Ε, con estas otras: τινὰ τῶν ἀντιγράφων ἐν τοῖς τελευταίοις τοῦ τόμου τούτου περιέχει καὶ ταυτα· οὐχ ὡς λίποντα ἀλλ’ ὡς ἐν ἀλλοις ἀντιγράφοις εὑρεθέντα κατὰ διάφορον φράσεως τρόπον; cf. T. Christensen, The socalled «Appendix» to Eusebius' «Historia Ecclesiastica» VIII: Classica et Mediaevalia 34 (1983) 177-209.

168 Galerio, autor del edicto de tolerancia transcrito supra VIII 17,3-10.

169 Cf. supra VIII 17,10.

170 Cf. supra VIII 17,2.

171 Cf. Lactancio, De mort. pers. 11ss.

172 Cf. supra VIII 4,1-4; Lactancio, o.c., 10.

173 Diocleciano y Maximiano como augustos; Galerio y Constancio Cloro como césares.

174 Diocleciano y Maximiano.

175 Cf. supra VIII 13,10-11; Lactancio, o.c., 18.

176 Se trata de Diocleciano; supra VIII 13,11; cf. Lactancio, o.e., 17. No se hace la menor indicación de la fecha de su muerte, que tuvo lugar nueve años después de su abdicación; cf. L. Homo, Nueva Historia de Roma (Barcelona 1943) p.366.

177 Se refiere a Maximiano. En VIII 13,15 no se da este detalle, que, sin embargo, encontramos en Lactancio, De mort. pers. 30; cf. A. Víctor, Caes 40,21.

178 Es decir, Galerio; cf. O. Nicholson, The wild man of the tetrarchy. A divine companion for the emperor Galerius: Byzantion 54 (1984) 153-175.

179 Se refiere a un contexto perdido, y seguramente a supra VIII 16,3-5.

180 Cf. supra VIII 13,12-14.

181 Precisamente Constancio, al aplicar el edicto de 303 en sus dominios, se limitó a destruir algunas iglesias, aunque, eso sí, por mero trámite burocrático que le ponía al abrigo de la acusación de desobediencia; cf. Lactancio, De mort. pers. 15.

182 Cf. supra VIII 13,12-14.

183 Galerio, único superviviente de la primera tetrarquía, y Maximino, Constantino y Licinio, los cuatro que firmaron el edicto; cf. supra VIII 17,5 nota 155.

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X
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