Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Política de cookies +
El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
rápido, gratis y seguro
conservar sesión
  • Por sobre todo, los miembros registrados dan forma y sentido a este sitio, para que no sea solamente un portal de servicios sino una verdadera comunidad de formación, reflexión y amistad en la Fe.
  • Además tienes ventajas concretas en cuanto al funcionamiento:
    • Tienes reserva del nombre, de modo que ningún invitado puede quedarse con tu identidad.
    • En los foros, puedes variar diversas opciones de presentación (color de fondo, cantidad de mensajes por página, etc.), así como recibir mail avisándote cuando respondan a cuestiones de tu interés.
    • También puedes llevar un control sobre los mensajes que leíste y los que no, o marcarlos para releer.
    • Puedes utilizar todas las funciones de la Concordancia Bíblica on-line.
registrarme
rápido, gratis y seguro
«Mira que estoy a la puerta y llamo,
si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Documentación: Confesiones
Libro VII
«La edad madura, encuentro con el Neoplatonismo»

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII

Libro Séptimo: La edad madura. Encuentro con el Neoplatonismo

CONTENIDO

I. Persisten las dificultades sobre la idea de Dios

II. Argumento de Nebridio contra el maniqueísmo

III. El origen del mal y el libre arbitrio

IV. La incorruptibilidad divina

V. La existencia del mal y la omnipresencia divina

VI. Argumentos contra los astrólogos

VII. Angustias ante el problema del mal

VIII. Saludables efectos de esas angustias

IX. Confrontación de las doctrinas neoplatónicas con el prólogo de San Juan y las epístolas de San Pablo

X. Retorno a sí y conocimiento de Dios

XI. El ser absoluto y los seres relativos

XII. Valor ontológico de todos los seres

XIII. El mal en los seres no es más que relativo

XIV. Torpeza del dualismo maniqueo

XV. Relatividad de la falsedad en los seres

XVI. Bondad y conveniencia

XVII. La verdad interior

XVIII. Necesidad de Cristo Mediador

XIX. Falsas ideas acerca de Cristo

XX. Peligros del neoplatonismo

XXI. Lectura de San Pablo

Notas al Libro VII

CAPÍTULO I

PERSISTEN LAS DIFICULTADES SOBRE LA IDEA DE DIOS

1. Ya había muerto mi adolescencia mala y nefanda. Entraba en la edad madura y cuanto mayor en edad tanto más degradado por la vanidad, ya que no era capaz de concebir una sustancia más que bajo la forma de eso que por estos ojos suele verse.

No te concebía, oh Dios mío, bajo la forma de un cuerpo humano, desde que comenzara a oír hablar algo de la sabiduría. Siempre evité eso y estaba contento de haber encontrado la misma idea en la fe de nuestra madre espiritual, tu Iglesia católica. Pero no se me ocurría de qué otro modo concebirte.

Y siendo hombre y ¡qué hombre!, me esforzaba por concebirte supremo, único y verdadero Dios. Desde lo más íntimo de mi ser creía que eres incorruptible, inviolable e inmutable, porque sin saber de dónde ni cómo, claramente veía, sin embargo, y estaba seguro de que lo que puede corromperse es inferior a lo que no puede, y lo que no puede padecer violencia lo ponía sin ambages por encima de lo que está sujeto a violencia, y lo que no sufre cambio alguno lo reputaba superior a lo que puede cambiar.

Protestaba violentamente mi corazón contra todas mis imaginaciones y así, de un solo golpe, me empeñaba en alejar de la vista de mi mente el tropel de imágenes inmundas que revoloteaban en torno. Apenas dispersado, en un pestañeo se volvía a reunir y se presentaba de nuevo y caía sobre mi vista y la obnubilaba. Así, aunque no fuese bajo la forma de cuerpo humano, veíame obligado a pensar como en un ser corporal, situado en el espacio local y, fuese infuso en el mundo o fuese también externo a él, difundido por el infinito, en aquel mismo ser incorruptible, inaccesible a la violencia y al cambio, que yo ponía por encima del ser corruptible, accesible a la violencia y al cambio.

Porque todo lo que yo despojaba de un tal espacio parecíame que era una nada, pero una pura nada, no un vacío como el que quedaría si se quitase un cuerpo de su lugar y quedase el lugar vacío de todo cuerpo, terrestre o líquido o aéreo o celeste, que sería, al fin y al cabo, un lugar vacío, una especie de nada que ocupa espacio.1

2. Estaba, pues, embotado mi corazón 2 y ni siquiera tenía yo una visión clara de mí mismo. Todo cuanto no poseyese un determinado espacio para en él extenderse o difundirse o condensarse o hincharse y para allí tomar alguna forma análoga o poderla tomar, teníalo yo por pura nada.

Cuales eran las formas por las cuales suelen vagar mis ojos, tales eran las imágenes por las cuales andaba mi espíritu. Y no reparaba en que la misma energía, con que formaba esas mismas imágenes,3 no era cosa alguna semejante a ellas; y que no las formaría, no obstante, si no fuese algo grande.

Así, también a ti, vida de mi vida, le concebía como algo grande que atravesaba los espacios infinitos por ludas partes, penetraba toda la masa del mundo y, fuera de esa masa, atravesaba en todas las direcciones las inmensidades sin límites, de suerte que te poseía la tierra, que te poseía el cielo, que te poseían todas las cosas y que en ti tenían sus límites ellas; tú, en cambio, en ninguna parte.

Pues lo mismo que la luz del sol no encuentra en el cuerpo del aire, de ese aire que está sobre la tierra, ningún obstáculo que le impida atravesar ese cuerpo, penetrándolo sin romperlo ni rasgarlo, sino llenándolo todo entero, así pensaba yo que, para ti, no sólo el cuerpo del cielo y el del aire y el del mar sino también el de la tierra, era permeable y, en todas sus partes, las más grandes y las más pequeñas, penetrable, para que recibiese tu presencia; ya que tu soplo misterioso gobierna, desde dentro y desde fuera, todo cuanto has creado.

Así lo conjeturaba yo, porque era incapaz de concebir otra cosa. Pero era falso. Porque de esa suerte, una parte más grande de la tierra hubiera poseído una parte mayor de ti y una más pequeña suya una menor de ti. Y hubieran estado llenas de ti todas las cosas de una manera tal que el cuerpo de un elefante habría contenido más de ti que el de un pájaro, en la medida en que el elefante es más grande que el pájaro y ocupa mayor espacio. Y así, a pedazos, estarías presente en las grandes partes del mundo con grandes partes tuyas y en las pequeñas con pequeñas. Por supuesto que no es así. Pero aún no habías iluminado mis tinieblas.

CAPÍTULO II

ARGUMENTO DE NEBRIDIO CONTRA EL MANIQUEÍSMO

3. Bastárame, Señor, contra aquéllos engañadores engañados y habladores mudos —pues no sonaba en sus labios tu Verbo—, bastárame, pues, la argumentación que desde hacía largo tiempo, ya desde Cartago, acostumbraba a proponer Nebridio y que, a todos cuantos le oíamos, dejaba impresionados: 4 "¿Qué hubiera podido hacerte aquélla no sé qué raza de tinieblas que los maniqueos suelen oponerte, de parte de la masa enemiga, si no hubieses querido tú combatir contra ella? Porque si se respondía que hubiera podido hacerte algún daño, serías susceptible de violencia y de corrupción. Y si se decía que no hubiera podido hacerte daño alguno entonces no se aportaba ninguna razón para combatir y para combatir en tales condiciones que una determinada parte de ti mismo, uno de tus miembros o un vástago de tu propia sustancia debía mezclarse con potestades enemigas, con naturalezas que tú no habías creado, ser corrompido y deteriorado por ellas, hasta el grado de pasar de la bienaventuranza a la miseria, y de tener necesidad de auxilio para poder ser arrancada de allí y purificada.

Y que esta parte de ti era el alma humana, a la que vino a socorrer tu Verbo; el libre a la esclava, el puro a la contaminada, el íntegro a la corrompida; mas también él corruptible, puesto que procedía de una sola y misma sustancia.

Por lo tanto, si a ti, seas lo que seas, es decir, a la sustancia que hace que tú seas, te declaraban incorruptible, eran falsos y execrables todos esos alegatos; mas si te declaraban corruptible, esto mismo era ya falso y, desde la primera palabra, abominable".

Bastábame, pues, este argumento contra aquella gente, a la que de cualquier modo había que vomitar de mi pecho oprimido, porque no podían salir de allá sin un horrible sacrilegio del corazón y de la lengua, teniendo acerca de ti esa concepción y ese lenguaje.

CAPÍTULO III

EL ORIGEN DEL MAL Y EL LIBRE ARBITRIO

4. Pero yo todavía, no obstante que afirmaba y sentía firmemente la imposibilidad de cualquier contaminación, alteración o cambio en ti, Dios nuestro, Dios verdadero, que hiciste no sólo nuestras almas sino también nuestros cuerpos, y no sólo los nuestros sino todas las almas y todos los cuerpos, no tenía explicada ni desentrañada la causa del mal.

Cualquiera que fuese, sin embargo, esa causa, veía que tenía que buscarla sin verme obligado a creer mudable a Dios inmutable, si no quería convertirme yo mismo en lo que andaba buscando.5 Así que la buscaba confiado, seguro de que no era verdad lo que afirmaban aquellos hombres de quienes huía con toda mi alma, porque los contemplaba, al investigar el origen del mal, repletos de malicia. Malicia que antes los llevaba a imaginar tu sustancia padeciendo el mal, que la suya cometiéndolo.

5. Ponía empeño en comprender lo que oía decir,6 que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal que hacemos y que tu justo juicio lo es del que padecemos: yo no acertaba a ver claramente esa causa. Por lo que me esforzaba por apartar de este abismo la mirada de mi entendimiento pero me volvía a sumergir en él; multiplicaba los esfuerzos en repetidas ocasiones y otras tantas volvía a sumergirme.7

Pero había algo que me llevaba hacia tu luz: que estaba tan seguro de tener voluntad como de vivir. Por eso, cuando quería o no quería alguna cosa, estaba absolutamente cierto de que no era otro que yo el que quería o no quería; y ya estaba a punto de darme cuenta de que allí residía la causa de mi pecado. En cambio, lo que yo hacía contra mi voluntad, bien advertía que más era sufrirlo que hacerlo; y juzgaba que no era esto una falta sino un castigo; y que no resultaba injusto que con él fuese afligido, lo admitía de inmediato, desde el momento en que te concebía como justo.

Mas tornaba a decir: "¿Quién me ha hecho? ¿No ha sido mi Dios, que es no solamente bueno sino el bien mismo? ¿De dónde me viene, pues, el querer el mal y no. querer el bien? ¿Para que hubiese motivo de ser castigado justamente? ¿Quién ha depositado en mí y me ha plantado este semillero de amargura, pues he sido hecho todo entero por mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor, ¿de dónde viene el diablo mismo? Y si él mismo, por su voluntad mal encaminada, de ángel bueno se convirtió en demonio, ¿de dónde le vino a él mismo la voluntad mala, por la que se hizo demonio, si había sido hecho ángel todo entero por un creador buenísimo?" Con estos pensamientos me hundía de nuevo y me asfixiaba, pero no pie dejaba arrastrar ya hasta aquel infierno del error, donde nadie te confiesa, puesto que se prefiere pensar que eres tú quien está sujeto al mal, que no admitir que es el hombre quien lo obra.

CAPÍTULO IV

LA INCORRUPTIBILIDAD DIVINA

6. Así era como pugnaba por averiguar las demás cosas, del mismo modo que había averiguado ya que lo incorruptible es mejor que lo corruptible y, por ende, confesaba que tú, seas lo que fueres, eres incorruptible. Pues que jamás alma alguna ha podido ni podrá concebir nada que sea mejor que tú, que eres el sumo y óptimo bien. Siendo, pues, absolutamente verdadero y cierto que se ha de anteponer lo incorruptible a lo corruptible, como ya entonces lo anteponía yo, podía alcanzar con el pensamiento alguna cosa que fuese mejor que mi Dios, si no fueses tú incorruptible.

Allí, pues, donde yo advertía que se debe preferir lo incorruptible a lo corruptible, allí debía buscarte y por ahí colegir dónde está el mal, es decir, de dónde viene la corrupción misma que de ninguna manera puede alcanzar a tu sustancia. Porque de ninguna manera, en absoluto, alcanza la corrupción a nuestro Dios, ni por un acto de voluntad ni por una necesidad, ni por una circunstancia imprevista, puesto que él mismo es Dios y lo que para sí quiere es bueno y él mismo es ese mismo bien; en cambio, ser corrompido no es un bien.

Ni puedes ser, contra tu voluntad, forzado a cosa alguna, porque tu voluntad no es mayor que tu poder. Sería mayor sólo en el caso de que tú mismo fueses mayor que tú mismo, ya que la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo.

Y ¿qué puede haber de imprevisto para ti, que lo conoces todo? Ninguna naturaleza existe más que porque tú la conoces.

Y ¿para qué gastar tantas palabras en probar que no es corruptible la sustancia que es Dios, puesto que, si lo fuese, no sería Dios?

CAPÍTULO V

LA EXISTENCIA DEL MAL Y LA OMNIPRESENCIA DIVINA

7. Y buscaba de dónde viene el mal y lo buscaba mal y no veía el mal que había en mi misma búsqueda.

Y colocaba ante la mirada de mi espíritu la creación entera: todo lo que en ella podemos distinguir, como la tierra y el mar, el aire y los astros, los árboles y los animales mortales; y todo lo que no vemos en ella, como el firmamento del cielo superior con todos sus ángeles y todos sus seres espirituales; también estas cosas, como si fuesen cuerpos, las colocaba aquí y allá en diversos lugares, según mi imaginación. E hice de tu creación una sola mole inmensa, en la que los cuerpos se distinguían por géneros, tanto los que eran realmente cuerpos, como los que yo mismo imaginaba en lugar de los espíritus.

A esta mole hícela inmensa, no tanto como era, que eso no lo podía yo saber, sino cuanto me plugo, dejándola finita en todas direcciones. Y a ti, Señor, rodeándola por todas partes y penetrándola, pero permaneciendo infinito en todos los sentidos. Era como un mar que se extiende por todas partes y en todas las direcciones a través de la inmensidad, un único mar infinito que tuviera en su seno una esponja tan grande como se quiera pero finita, sin embargo: esa esponja estaría empapada, evidentemente, por todas partes, del inmenso mar.

Así imaginaba yo tu creación finita, llena de ti, infinito, y decía: "He aquí a Dios y he aquí las cosas creadas por Dios. Dios es bueno e inmensa e incomparablemente superior a ellas; con todo, siendo bueno, las ha creado buenas; y he aquí como las rodea y las llena.

¿Dónde está, pues, el mal? ¿De dónde y por dónde se ha deslizado hasta acá? ¿Cuál es su raíz y cuál su germen?

O ¿será que no existe en absoluto? ¿Por qué, pues, tenemos temor y nos guardamos de lo que no existe?

Mas si nuestro temor es infundado, al menos el temor mismo es un mal que, sin causa, aguijonea y tortura nuestro corazón, y un mal tanto más grave, cuanto que, sin tener por qué temer, tememos. De manera que, o bien existe un mal, al que tememos, o bien el mal es que tememos.

¿De dónde viene, pues, el mal, puesto que Dios, bueno, ha hecho todas esas cosas buenas? Cierto es que él, Bien superior y soberano, ha hecho bienes inferiores; pero, no obstante, Creador y creatura, todo es bueno.

¿De dónde viene el mal? ¿Será que en aquello de que hizo los bienes había alguna materia mala y, aunque le dio forma y la ordenó, dejó en ella algo que no convirtió en bien? Y eso, ¿por qué? ¿Acaso era impotente para cambiarla y transformarla toda entera, de modo que no quedase en ella nada de malo, él que es omnipotente? Finalmente, ¿por qué ha querido hacer de ella alguna cosa y no ha hecho, usando de esa misma omnipotencia, que no existiera de plano? ¿Acaso pudiera existir ella contra mi voluntad? Y si era eterna, ¿por qué durante tan largo tiempo, a través de infinitos espacios de tiempos anteriores, la dejó existir así, y tan largo tiempo después tuvo a bien hacer de ella alguna cosa? O, en fin, si es que quiso de repente hacer algo, ¿por qué no ha hecho más bien él, todopoderoso, que ella no existiera y existiera solamente él, Bien completo, verdadero, supremo e infinito?

Y si no estaba bien que no fabricase ni crease alguna cosa buena el que era bueno, ¿por qué qué no ha suprimido y reducido a nada esa materia que era mala, para constituir él mismo otra buena de donde crease todas las cosas? Porque no sería omnipotente si no pudiese crear alguna cosa buena, sin ayudarse de aquella materia que él mismo no había creado".8

Tales eran los pensamientos que revolvía en mi desventurado corazón, agobiado de punzantes preocupaciones, porque temía a la muerte y no había encontrado la verdad. Firmemente estaba, sin embargo, arraigada en mi corazón y conforme a la Iglesia Católica, la fe de tu Cristo, Señor y Salvador nuestro. En muchos aspectos, sin duda, era todavía amorfa y fluctuaba fuera de las reglas de la doctrina, pero mi espíritu no la abandonaba, antes, al contrario, se iba impregnando más y más de ella cada día.

CAPÍTULO VI

ARGUMENTOS CONTRA LOS ASTRÓLOGOS

8. Ya había mandado también a paseo las falsas adivinaciones y las impías extravagancias de los astrólogos.9 ¡Confiésente también por ello, desde lo más profundo de mi alma, tus misericordias, Dios mío!

Pues tú, tú sólo —porque ¿qué otro nos aparta de la muerte en que nos sume todo error sino la vida que no sabe morir y la sabiduría que ilumina las inteligencias que tienen necesidad sin tener necesidad ella de iluminación alguna y gobierna al mundo hasta, las hojas que vuelan de los árboles?— tú eres el que remediaste aquella mi obstinación con que me opuse a Vindiciano, el anciano ingenioso, y a Nebridio, el joven de alma admirable. Afirmaban, aquél resueltamente y éste con alguna vacilación, es cierto, pero sin cesar de repetirlo, que no existe el arte de prever el futuro sino que las conjeturas de los hombres tienen con frecuencia fuerza de azar y que, diciendo muchas cosas, se dicen no pocas que han de suceder. No las saben los que las dicen pero, a fuerza de hablar, vienen a acertar sobre ellas.

Me proporcionaste, pues, un amigo nada perezoso para consultar a los astrólogos, aunque no conocía bien esas materias, 10 pero, como he dicho, los consultaba con curiosidad a pesar de estar bien enterado de un sucedido que decía haber oído contar a su padre; ignoraba el valor que tal hecho tenía para demoler la confianza en aquel arte.

Llamábase Firmino ese hombre y poseía una educación liberal y un lenguaje cultivado. A título de amigo suyo muy querido vino a consultarme sobre ciertos asuntos personales, que le henchían de esperanza según el mundo: qué pronóstico formulaba yo conforme a lo que ellos llaman sus constelaciones.

Yo, que en esta materia había comenzado ya a inclinarme al parecer de Nebridio, sin negarme rotundamente a formular mis conjeturas ni a decirle lo que a mi dubitante espíritu se ofrecía, añadía que ya estaba casi convencido de la ridiculez e inanidad de aquellas prácticas.

Entonces me contó que su padre había sido muy aficionado a ese género de libros y que tuvo un amigo, que se había entregado a esas prácticas tanto como él y por la misma época. Colaborando con parejo ardor atizaban el fuego de su corazón por semejantes simplezas, hasta el grado de que, aun para los animales brutos, si acaso los había que parieran en sus casas, observaban la hora y punto de su nacimiento, refiriéndolos a la posición correspondiente de los astros, a fin de hacer sobre esta pretendida ciencia una colección de experimentos.

Y había oído contar a su padre, aseguraba Firmino, que al mismo tiempo que su madre se encontraba encinta de él, se hallaba también embarazada una esclava de ese amigo de su padre; cosa que no pudo pasar desapercibida al dueño, que hasta de los partos de sus perras procuraba enterarse con meticulosísima diligencia.

Y las cosas sucedieron de tal modo que, mientras ellos calculaban, el uno para su esposa y el otro para su esclava, con la más escrupulosa precaución los días, las horas y las más pequeñas fracciones de las horas, ambas dieron a luz al mismo tiempo, de suerte que se vieron obligados a emitir el mismo horóscopo, hasta en los menores detalles, para ambos nacidos, el uno para su hijo y el otro para su esclavo.

Porque luego que las mujeres comenzaron a sentir los síntomas del parto, entrambos se pusieron mutuamente al corriente de lo que acontecía en la casa de cada quién y tenían preparados mensajeros para enviárselos el uno al otro, con la mira de que fuese anunciado a cada uno el nacimiento tan pronto como tuviera lugar. Y, además, para que el anuncio fuese inmediato, expeditamente lo habían dispuesto todo, como reyes en su reino. Hasta el punto de que los mensajeros enviados de una y de otra parte se encontraron, aseguraba Firmino. a una distancia tan enteramente igual de las dos casas, que a ninguno de los dos le fue posible anotar diferencia alguna en la posición de los astros, ni en las fracciones del tiempo.

Y, con todo eso, Firmino, nacido dentro de la holgada posición de los suyos, recorría los más blanqueados caminos del siglo,11 acrecentaba su fortuna, se elevaba a los honores; y, en cambio, el esclavo aquel seguía sirviendo a sus dueños sin que se relajara lo más mínimo el yugo de su condición, según nos dijo el mismo que le conocía.

9. Escuché este relato y le preste fe, dada la cualidad del narrador, con lo que se vino a tierra y se hizo polvo todo mi empecinamiento. Por principio intenté apartar al propio Firmino de aquella insana curiosidad, diciéndole que, una vez examinadas sus constelaciones, para predecir la verdad habría debido yo, sin duda, ver en ellas que sus padres eran personajes principales en su medio, que su familia era noble en su propia ciudad, libre de nacimiento, su educación distinguida y su cultura liberal. Y que si aquel esclavo me hubiese consultado sobre las mismas constelaciones —puesto que también eran las suyas—, para revelarle también a él la verdad hubiera debido ver asimismo en ellas una familia de la ¡mis baja clase, una condición servil y todo lo demás, que era tan diferente y tan lejano del primer horóscopo.

Y de ahí resultaba que de observaciones idénticas salían respuestas que, para ser verdaderas, tendrían que haber sido diferentes, puesto que darlas idénticas equivaldría a darlas falsas. De donde deduje esta conclusión absolutamente cierta: las predicciones verdaderas que se hacen tras del examen de las constelaciones, provienen no de arte alguno sino del azar; y las predicciones falsas provienen, no de que el arte no sea competente, sino de que el azar se engaña.

10. Tomé el camino que me señalaba este relato y rumiando dentro de mí mismo tales hechos, para que ninguno de esos delirantes, que sacan dinero de semejantes prácticas y a quienes deseaba cuanto antes atacar y refutar, poniéndolos en ridículo, se me resistiera bajo el pretexto de que Firmino a mí o a Firmino su padre hubiese contado imposturas, centré mi reflexión en los que nacen mellizos. Salen del seno materno la mayor parte de ellos siguiéndose el uno al otro tan de cerca, que aquel pequeño intervalo de tiempo que los separa, por más importancia que se empeñen en concederle en el orden de la naturaleza, no puede ser apreciado por la observación humana y es absolutamente imposible de consignar en las gráficas que ha de examinar el astrólogo para sacar un horóscopo verdadero.

Y no será verdadero el horóscopo porque, contemplando las mismas gráficas, debió haber hecho el astrólogo las mismas predicciones sobre Esaú y sobre Jacob, que no tuvieron uno y otro el mismo destino. Luego hubiera predicho cosas falsas o, de haberlas predicho verdaderas, no hubiera predicho las mismas, aún teniendo a la vista las mismas gráficas. No sería, pues, por arte, sino por azar por lo que hubiera predicho cosas verdaderas.

Porque eres tú, Señor, justísimo moderador del universo, quien, sin saberlo consultantes ni consultados, obras con secreto toque, de tal suerte que, cuando alguno consulta oye la respuesta que le conviene oír, según los méritos ocultos de las almas, respuesta que procede del abismo de tu justo juicio. Al cual no diga el hombre: "¿Qué es esto?" "¿Por qué es esto?" No lo diga, no lo diga, porque es hombre.

CAPÍTULO VII

ANGUSTIAS ANTE EL PROBLEMA DEL MAL

11. Ya, pues, ayudador mío, me habías librado de aquellos lazos e investigaba de dónde viene el mal y no había salida. Pero no permitías que fluctuación alguna de mi pensamiento me apartase de aquella fe por la que creía que tú existes y que tu sustancia es inmutable, que cuidas de los hombres y que los juzgas, que en Cristo, tu Hijo, Señor nuestro y en las Sagradas Escrituras garantizadas por la autoridad de tu Iglesia católica, has establecido el camino de la humana salud para aquella vida que ha de venir después de la muerte de acá abajo.

Dejando a salvo todos estos puntos, que estaban inquebrantablemente arraigados en mi espíritu, investigaba febrilmente de dónde viene el mal. ¡Qué torturas de mi corazón en trance de parto! ¡Qué gemidos, Dios mío! Y allí estaban tus oídos sin que yo lo supiera.

Y como en el silencio buscaba intensamente, las calladas congojas de mi corazón eran grandes voces que ascendían hasta tu misericordia. Tú, que no hombre alguno, sabías lo que yo sufría. Porque de estas cosas ¿qué era lo que pasaba por mi lengua a los oídos de mis íntimos? ¿Era posible que sonara completo para ellos el tumulto de mi alma, que ni el tiempo ni mi boca bastaban a declarar? Todo entero, no obstante, llegaba a tus oídos el rugido de mi corazón gimiente, y delante de ti estaba mi deseo y la luz de mis ojos no estaba conmigo.

Porque ella estaba dentro, mientras que yo estaba fuera; no estaba ella en un lugar y yo miraba hacia las cosas que están contenidas en lugares y no encontraba en ellas lugar para reposar, ni me acogían de suerte que pudiese exclamar: "Es bastante y está bien", ni me dejaban volver adonde estuviese completamente bien.

Yo era, efectivamente, superior a ellas pero inferior a ti; y fueras tú mi verdadero gozo de haber estado yo sometido a ti, que habías sometido a mí lo que por debajo de mí has creado. Y este era el perfecto equilibrio y el justo medio para mi salud: Quedar conforme a tu imagen y, sirviéndote, dominar mi cuerpo.12

Mas como yo me levantaba con orgullo contra ti y corría contra el Señor bajo el espeso dorso de mi escudo, hasta esas cosas bajas se alzaron sobre mí y me agobiaban y no había reposo ni respiro por ninguna parte. Por doquiera me asaltaban esas mismas cosas, en tropel y amontonadamente, cuando miraba; y, cuando reflexionaba, las mismas imágenes de los cuerpos se oponían a que volviera, como diciéndome: "¿A dónde vas, indigno y sucio?"

Y todo esto había crecido de mi herida, porque has humillado al soberbio como a un herido. Mi finchada presunción me separaba de ti y la inflamación de mi rostro no me dejaba abrir los ojos.

CAPÍTULO VIII

SALUDABLES EFECTOS DE ESAS ANGUSTIAS

12. Pero tú, Señor, permaneces para siempre y no te enojas para siempre con nosotros. Porqué has tenido misericordia de lo que es tierra y ceniza y plugo a tus ojos reformar mis deformidades. Y con interiores estímulos me acosabas para que no hallase reposo hasta que, por una interna intuición, fueses para mí una certidumbre. Y cedía mi hinchazón con el misterioso tratamiento de tu mano y la vista turbada y entenebrecida de mi espíritu, con el fuerte colirio de dolores saludables, iba sanando día a día.

CAPÍTULO IX

CONFRONTACIÓN DE LAS DOCTRINAS NEOPLATÓNICAS CON EL PRÓLOGO DE SAN JUAN Y LAS EPÍSTOLAS DE SAN PABLO

13. Y, en primer lugar, querías mostrarme hasta qué grado resistes a los soberbios y concedes, en cambio, la gracia a los humildes, y con qué gran misericordia tuya has señalado a los hombres el camino de la humildad, por el hecho de que tu Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres. Por lo que me procuraste, a través de un individuo, 13 henchido de un monstruoso orgullo, ciertos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín. 14

Y en ellos leí, no en estos términos, por supuesto, pero el sentido era completamente el mismo, 15 apoyado con muchas y variadas razones, que en el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él nada ha sido hecho. Lo que ha sido hecho es vida en Él y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz no es, sin embargo, ella misma la luz, sino que el Verbo Dios, Él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que: Él estaba en este mundo y el mundo fue hecho por Él y el mundo no le conoció. Mas que: Él vino a su propio dominio y que los suyos no le recibieron y que a todos los que le recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, creyendo en su nombre, eso no lo leí en esos libros.

14. Asimismo leí allí que el Verbo, Dios, nació, no de la carne ni de la sangre ni de la voluntad del hombre, ni de la voluntad de la carne, sino de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, eso no lo leí allí.

Encontré en aquellos libros, bajo expresiones diversas y múltiples formas, que el Hijo, siendo de la condición del Padre, no consideró una usurpación ser igual a Dios, puesto que es por naturaleza eso mismo. Pero que se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho a semejanza de los hombres y reconocido, en su manera de ser, por un hombre; que se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y que por eso le ensalzó Dios de entre los muertos y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y que toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre, eso no lo contienen aquellos libros.

Que antes de todos los tiempos y por encima de todos los tiempos, permanece de una manera inmutable tu Hijo único, coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas para ser felices y que, con la participación de la sabiduría permanente en sí, se renuevan para ser sabios, esto está allí. Mas que, al tiempo señalado murió por los impíos y que tú no has perdonado a tu Hijo único, sino que por todos nosotros le entregaste, eso no está allí.

Porque escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeñuelos, para que viniesen a Él los que trabajan y están cargados y Él los aliviase, porque es manso y humilde de corazón y encamina a los mansos por la justicia y enseña a los apacibles sus senderos, viendo nuestra humildad y nuestro trabajo y perdonando todos nuestros pecados.

Mas los que, empinándose sobre el coturno de una ciencia, que se proclama más sublime, no le oyen cuando dice: Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas, aunque conocen a Dios, no lo glorifican como a Dios ni le dan gracias, sino que se evaporan en la vanidad de sus pensamientos y se oscurece su necio corazón: diciendo que son sabios, resultan fatuos.

15. Y por eso leía yo también allí la gloria de tu incorrupción trocada en ídolos y simulacros diversos, en semejanza de imágenes que representan al hombre corruptible y a los pájaros y a los cuadrúpedos y a las serpientes. Es decir, en aquel manjar de Egipto por el cual perdió Esaú sus derechos de primogenitura.16 Porque fue la cabeza de un cuadrúpedo lo que adoró tu pueblo primogénito en lugar tuyo, vuelto de corazón a Egipto e inclinando tu imagen, su alma, ante la imagen de un becerro que come heno. Éste manjar encontré en esos libros y no lo comí. Porque te plugo, Señor, quitar a Jacob el oprobio de su inferioridad para que el mayor sirviese al menor; y llamaste a tu heredad a los gentiles.17

Y de los gentiles había yo venido a ti. Y fijé mi atención en el oro que quisiste que sacase tu pueblo de Egipto, porque tuyo era aquel oro, dondequiera que estuviese. Y dijiste a los atenienses por tu Apóstol, que en ti vivimos, nos movemos y somos, como ya algunos de entre ellos dijeron.18 Y, por cierto, que de allí procedían aquellos libros. Y no presté atención a los ídolos de los egipcios, a los cuales servían con tu oro los que trocaron en mentira la verdad de Dios y dieron culto y sirvieron a la criatura en vez de al Creador.

CAPÍTULO X

RETORNO A SÍ Y CONOCIMIENTO DE DIOS

16. Amonestado a volver a mí mismo por aquellos libros, entré en la intimidad de mi ser bajo tu guía, y pude hacerlo porque te hiciste tú mi ayudador. Entré y vi con el ojo de mi alma, como quiera que él fuese, por encima de ese ojo. de mi alma, por encima de mi inteligencia, la luz inmutable, no la que es ordinaria y visible a toda carne, ni una especie de luz del mismo género que fuese más grande y que resplandeciese, pongo por caso, con un incomparablemente mayor resplandor y que ocupase todo el lugar con su grandeza. No, no era así aquella luz, sino otra cosa, muy diferente de todas nuestras luces.

Y no estaba sobre mi inteligencia como el aceite sobre el agua, ni como el cielo sobre la tierra. Estaba sobre mí porque fue ella la que me hizo, y yo debajo de ella porque por ella fui hecho. Quien conoce la verdad conoce esa luz y quien la conoce, conoce la eternidad. Conócela la caridad.

¡Oh eterna verdad y verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios. A ti suspiro día y noche. Cuando te conocí por vez primera, me levantaste para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era todavía capaz de ver.

Deslumbraste la debilidad de mi vista con la violencia de tu reverberación sobre mí, y me estremecí de amor y de horror. Y descubrí que estaba lejos de ti, en la región de la desemejanza, como si oyese que tu voz me decía desde lo alto: "Alimento soy de grandes; crece y me comerás. No me transformarás tú en ti, como asimilas el alimento de tu carne, sino que te transformarás tú en mí".

Y me di cuenta de que por su iniquidad corregiste al hombre e hiciste que mi alma se desecase como una tela de araña. Y dije: "¿Acaso es nada la verdad, puesto que no se difunde por espacios de lugares finitos ni infinitos?" Y exclamaste tú de lejos: "Sí, en verdad; yo soy el que soy".

Y oí, como se oye en el corazón, y no había el más mínimo lugar a dudas. Más fácilmente dudaría de mi vida que de la existencia de la verdad que, a través de las cosas creadas, se deja ver a la inteligencia.

CAPÍTULO XI

EL SER ABSOLUTO Y LOS SERES RELATIVOS

17. Examiné las demás cosas por debajo de ti y vi que ni son del todo, ni del todo no son. Son, es cierto, porque por ti son, y no son, porque no son lo que tú eres. Porque es verdaderamente lo que inmutablemente permanece.

Ahora, para mí, es mi bien el estar unido a Dios, porque, si yo no permanezco en Él, tampoco podré permanecer en mí. Él, en cambio, permaneciendo en sí, renueva todas las cosas. Y tú eres mi Señor, porque no tienes necesidad de mis bienes.

CAPÍTULO XII

VALOR ONTOLÓGICO DE TODOS LOS SERES

18. Y claramente se me manifestó que son buenas las cosas que se corrompen. Tan sólo no podrían corromperse en el caso de que fuesen sumamente buenas o de que no fuesen buenas.19 Porque si fuesen sumamente buenas, serían incorruptibles y si no fuesen nada buenas, no habría en ellas nada que corromperse. Porque la corrupción daña y, si no disminuyese el bien, no dañaría. Por lo que, o la corrupción no daña nada, lo cual no es posible, o, y ésta es la verdadera realidad, todas las cosas que se corrompen se privan de un bien. Si las cosas se privasen de todo bien, en modo alguno existirían. Pero si existen y ya no pueden corromperse, serán mejores, porque permanecerán incorruptibles. Y ¿hay algo más monstruoso que decir que con la pérdida de todo bien se hacen mejores las cosas? Luego si se las priva de todo bien, ya no existirán. Luego, mientras existen, son buenas. Luego todas las cosas que existen son buenas. Y aquel mal, cuyo origen yo buscaba, no es una sustancia, porque si fuese una sustancia sería un bien. Sería, en efecto, o una sustancia incorruptible, gran bien, por cierto, o sería una sustancia corruptible que, a menos que fuese buena, no podría corromperse.

Así vi y claramente se me manifestó que tú has hecho todas las cosas buenas y que no hay absolutamente ninguna sustancia que tú no hayas hecho. Y como no has hecho todas las cosas iguales, si existen todas ellas es porque son buenas cada una en sí y son muy buenas todas juntas, porque nuestro Dios ha hecho muy buenas todas las cosas.

CAPÍTULO XIII

EL MAL EN LOS SERES NO ES MÁS QUE RELATIVO

19. Para ti no hay absolutamente ningún mal. Y no sólo para ti, pero ni para el conjunto de tu creación, porque nada hay fuera que pueda irrumpir y corromper el orden que le has impuesto.20

Pero hay, en partes de la creación, algunos elementos que, porque no son convenientes con relación a otros, son tenidos por malos. Esos mismos elementos convienen a otros y son buenos y lo son también en sí mismos. Y todos esos elementos, que no convienen entre sí unos con otros, convienen con la parte inferior del universo, que llamamos tierra, la cual tiene su cielo nublado y ventoso, cual le conviene.

Lejos de mí, la idea de decir al presente: "¡Ojalá no existiesen esas cosas!" Porque si bien yo no las viese más que a ellas solas, desearía, por supuesto, otras mejores, pero aun sólo por ésas debería yo alabarte, porque debes ser alabado, lo muestran sobre la tierra los dragones y todos los abismos, el fuego, el granizo, la nieve, el hielo, los soplos de la tempestad, que cumplen tu palabra, los montes y todos los collados, los árboles frutales y todos los cedros, las bestias y todos los ganados, los reptiles y los volátiles alados; que los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra, los mancebos y las vírgenes, los ancianos y los jóvenes alaben tu nombre.

Y como también en los cielos se te alaba, alábente, oh Dios mío, en las alturas todos tus ángeles y todas tus potestades, el sol y la luna, todas las estrellas y la íuz, los cielos de los cielos y las aguas que están por encima de los cielos; que alaben tu nombre. Ya no deseaba mejores las cosas, porque las abarcaba todas en mi pensamiento. Las cosas superiores son, sin duda, mejores que las inferiores, pero, pensaba con más acertado juicio, todas juntas son mejores que la superiores solas.

CAPÍTULO XIV

TORPEZA DEL DUALISMO MANIQUEO

20. No están en sus cabales aquellos a quienes desagrada algo de tu creación, como no lo estaba yo cuando me desagradaban tantas de las cosas que tu hiciste.21 Y como mi alma no se atrevía a reconocer que le desagradaba mi Dios, no quería que fuera tuyo lo que le desagradaba. Por eso había venido a caer en la opinión de las dos sustancias y no conocía reposo y hablaba desatinos. Y, de vuelta de este error, se había fabricado un dios esparcido a través de los espacios infinitos de todos los lugares y había creído que eras tú, y lo había instalado en su corazón y se había convertido nuevamente en el templo de su ídolo, un templo abominable para ti.

Pero después que calmaste la cabeza de este ignorante y cerraste mis ojos para que no viesen la vanidad, quedé inconsciente un momento y se adormeció mi delirio. Y me desperté en ti y te vi infinito de otra manera y esta visión no procedía de la carne.

CAPÍTULO XV

RELATIVIDAD DE LA FALSEDAD EN LOS SERES

21. Y dirigí mi vista hacia las otras cosas y vi que te deben el ser, y que en ti están todas las cosas finitas, pero de otro modo, no como en un lugar, sino porque eres tú el que tiene todas las cosas en la mano con la verdad, y todas son verdaderas en tanto que son y nada es falsedad, más que cuando se juzga que es lo que no es.

Y vi que cada cosa conviene, no sólo a su lugar sino también a su tiempo. Y que tú, que eres el único eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempo; porque todos los espacios de tiempo, así los que han pasado como los que pasarán, no podrían pasar ni llegar si tu no obraras y permanecieras.

CAPÍTULO XVI

BONDAD Y CONVENIENCIA

22. Y comprendí por propia experiencia que no hay que extrañarse de que al paladar que no está sano le sepa desabrido el mismo pan que resulta sabroso para el paladar sano, ni de que a los ojos enfermos sea detestable la luz que es agradable a los limpios.

Si hasta tu misma justicia desagrada a los pecadores, ¡para que no les desagraden la víbora y el gusano que tú creaste buenos y de acuerdo con las partes inferiores de tu creación! Con esas partes inferiores están de acuerdo los pecadores mismos en la medida en que son más desemejantes a ti; por el contrario, están de acuerdo con las superiores en la medida en que se hacen más semejantes a ti.

E inquirí qué cosa era el pecado, y encontré que no era una sustancia sino la perversidad de una voluntad, desviada de la suprema sustancia, de ti, oh Dios, hacia las cosas inferiores, que arroja sus bienes interiores y se infla por fuera.

CAPÍTULO XVII

LA VERDAD INTERIOR

23. Y estaba sorprendido de que ya te amaba a ti y no a un fantasma en lugar tuyo. Y no era yo estable en la fruición de mi Dios, sino que era arrebatado hacia ti por tu hermosura y, enseguida, era arrancado de ti por mi propia pesadumbre y caía gimiendo en las cosas de aquí abajo. Ese peso era el hábito carnal.

Quedaba, empero, conmigo tu recuerdo y no me cabía la menor duda de que había alguien a quien unirme, pero aún no estaba yo en disposición de unirme, porque el cuerpo, que se corrompe, hace pesada al alma y la morada terrestre oprime al espíritu, ocupándolo con múltiples pensamientos. Estaba yo segurísimo de que lo invisible que hay en ti, desde la creación del mundo, se ha hecho inteligible a través de las cosas creadas; hasta tu mismo sempiterno poder y divinidad.

Pues inquiriendo la causa por la que yo apreciaba la belleza de los cuerpos, así celestes como terrestres, y de qué principios disponía para emitir un juicio exacto sobre las cosas mudables, cuando decía: "Esto debe ser así, aquello no", inquiriendo, pues, la razón de juzgar cuando así juzgaba, hallé sobre una inteligencia mudable, la inmutable y verdadera eternidad de la verdad.

Y así, de escalón en escalón, fui subiendo de los cuerpos al alma, que siente a través del cuerpo y de allí, a aquella fuerza interior, a la que llevan los sentidos del cuerpo el mensaje de los objetos exteriores, límite que pueden alcanzar las bestias. De ahí, nuevamente, a la potencia racional, que recibe para juzgarlo, lo que han recogido los sentidos del cuerpo. Esta misma potencia, reconociéndose también mudable en mí, se elevó hasta su propia inteligencia y separó el pensamiento de la costumbre, sustrayéndose al enjambre de imágenes contradictorias, hasta llegar a ser capaz de descubrir de qué luz estaba bañada cuando proclamaba sin lugar a duda que hay que preferir lo inmutable a lo mudable, y de dónde le venía el conocimiento de lo inmutable mismo; ya que si no lo conociese de algún modo, en modo alguno lo hubiese preferido resueltamente a lo mudable. Y llegó a lo que es, en un golpe de vista trepidante.

Entonces, finalmente, descubrí que lo que en ti hay de invisible se ha vuelto inteligible a través de lo que ha sido creado, pero no fui capaz de mirar de hito en hito y cuando, rechazada mi debilidad, volví a mi modo de ver acostumbrado, no traía conmigo más que un amoroso recuerdo, que me llevaba a desear un manjar, del cual había como percibido el olor, pero que todavía no podía comer.

CAPÍTULO XVIII

NECESIDAD DE CRISTO MEDIADOR

24. Y buscaba el camino de adquirir el vigor que me hiciese capaz de gozar de ti y no lo encontraba hasta que me hube abrazado con el Mediador entre Dios y los hombres. el hombre Jesucristo, que es sobre todas las cosas Dios bendito por todos los siglos. Él llama y me dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Y el alimento que, por debilidad, yo no podía tomar, lo mezcló Él a la carne, ya que el Verbo se hizo carne, a fin de que tu sabiduría, por la cual creaste todas las cosas, se convirtiese en leche para nuestra infancia.

Es que no podía poseer a mi Dios, el humilde Jesús, porque yo no era humilde ni sabía qué enseñanza proporciona su debilidad. Porque tu Verbo, la eterna Verdad, encumbrado sobre las partes más altas de tu creación, eleva hasta sí mismo a quienes le están sometidos; pero en las partes inferiores se edificó una humilde morada de nuestro barro, con la que derribase de sí mismos a los que se le debían someter y los atrajese hacia sí, curando su orgullo y fomentando su amor; y esto para que su confianza en sí mismos no los llevase demasiado lejos, antes se debilitasen, viendo a sus pies a la divinidad, debilitada por haber participado de nuestra túnica de piel 22 y, fatigados, se prosternasen ante ella y ella, incorporándose, los levantase a ellos.

CAPÍTULO XIX

FALSAS IDEAS ACERCA DE CRISTO

25. Pero yo pensaba de otro modo y mi opinión sobre Cristo, mi Señor, 23 se limitaba a ver en Él un hombre de una eminente sabiduría, a quien nadie se podía equiparar; 24 sobre todo, porque, nacido maravillosamente de una virgen, para ejemplo de menosprecio de las cosas temporales a fin de alcanzar la inmortalidad, parecíame haber merecido, gracias a una solicitud divina para con nosotros, tan extraordinaria autoridad de magisterio.

Mas qué misterio encerrase el Verbo hecho carne, ni siquiera podía sospecharlo. Solamente sabía, por los escritos que acerca de Él se han transmitido, donde se cuenta que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció y conversó, que aquella carne no se había unido a tu Verbo, sin un alma y una inteligencia humanas. Esto lo conoce todo el que conoce la inmutabilidad de tu Verbo. Yo la conocía ya en la medida que podía y no me cabía acerca de ello la menor duda. Porque mover unas veces los miembros del cuerpo a gusto de la voluntad y no moverlos otras, experimentar ahora un sentimiento y no experimentarlo luego, ora expresar por medio de los signos de las palabras sabios pensamientos, ora permanecer en silencio, es propio de un alma y de una inteligencia sujetas a cambio.

Si estas cosas se hubieran escrito falsamente de Él, correría también el riesgo de ser mentira todo el resto y no quedaría en esos libros ningún remedio de fe saludable para el género humano. Pero como es verdad lo que se ha escrito, reconocía yo en Cristo a un hombre completo y no sólo el cuerpo de un hombre, ni un alma sin inteligencia con el cuerpo. Pues este hombre mismo, no porque fuera la verdad en persona sino por una singular excelencia de la naturaleza humana y por una más perfecta participación de la sabiduría, juzgaba que debía ser antepuesto a todos los demás.

Alipio, por el contrario, pensaba que los católicos creían en un Dios revestido de carne, de tal manera que no había más que Dios y la carne en Cristo y juzgaba que no se le atribuían alma e inteligencia de hombre. Y como estaba firmemente persuadido de que los hechos transmitidos por la tradición a propósito de Cristo no pueden ser llevados a cabo sin una criatura viviente y racional, se encaminaba con más lentitud hacia la fe cristiana. Pero más tarde, cuando advirtió que ese era el error de los herejes apolinaristas, se alegró de conformarse a la fe católica. 25

Yo, en cambio, confieso que fue algo más tarde cuando aprendí a propósito de el Verbo se hizo carne, cómo se distingue la verdad católica del error de Fotino. Tan verdad es que la desaprobación de los herejes hace resaltar cuál sea el pensamiento de tu Iglesia y el contenido de la sana doctrina. Fue menester, pues, que hubiese también herejías, para que los hombres de una virtud probada se manifestasen entre los débiles.

CAPÍTULO XX

PELIGROS DEL NEOPLATONISMO

26. Pero entonces, después de la lectura de aquellos libros de los platónicos y de la amonestación que en ellos se me hiciera para buscar la verdad incorpórea, cuando me hube apercibido de tus perfecciones invisibles, hechas inteligibles a través de lo que ha sido creado, y hube comprendido por mis rechazos lo que las tinieblas de mi alma no me permitían contemplar, estaba seguro de que existes y de que eres infinito, sin que estés, sin embarco, derramado por lugares finitos o infinitos; de que eres verdaderamente tú, que eres siempre idéntico a ti mismo, sin llegar a ser en parte alguna ni por ningún movimiento otro o de otra manera; de que los demás seres proceden todos de ti, por esta única y decisiva razón: que son. Estaba seguro, sí, de todo esto, pero era demasiado débil para gozar de ti.

Charlaba yo como si fuera un buen conocedor y, de no haber buscado tu camino en Cristo, nuestro Salvador, hubiera sido no un buen conocedor sino un buen perecedor.

Porque ya había comenzado a querer parecer sabio, lleno como estaba de mi propio castigo, y no lloraba, antes andaba finchado con la ciencia. ¿En dónde se encontraba, pues, aquella caridad que edifica sobre el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús? Y ¿cuándo me la hubiesen enseñado aquellos libros? Si has querido que diese con ellos antes de meditar tus Escrituras, creo que ha sido para que se imprimiesen en mi memoria los sentimientos que me habían inspirado y, cuando más adelante, fuese amansado con tus libros y fuesen restañadas mis heridas con tus dedos curadores, supiese discernir y distinguir la diferencia que media entre la presunción y la confesión; entre los que ven adonde se debe ir sin ver por dónde y el que es el camino que conduce no sólo a divisar la patria bienaventurada sino también a habitarla.

Porque, si hubiera sido formado primero en tus santas Letras y en su familiaridad te me hubieras mostrado dulce y hubiera encontrado después aquellas obras, quizá me hubieran arrancado del fundamento de la piedad o, de haberme mantenido en los sentimientos saludables de que fuera impregnado, tal vez hubiera creído que esos sentimientos podían nacer también de aquellos libros, si uno no los hubiese estudiado más que a ellos.

CAPÍTULO XXI

LECTURA DE SAN PABLO

27. De manera que agarré, con la mayor avidez, las obras venerables de tu Espíritu y, con preferencia a todas las demás, las del apóstol Pablo.

Desvaneciéronse entonces las dificultades que un día tuviera, cuando me había parecido en contradicción consigo mismo y en desacuerdo con los testimonios de la Ley y de los Profetas, en el tenor literal de sus palabras. Y se me descubrió el único rostro de las palabras santas y aprendí a alegrarme con temblor.

Púseme a leer y descubrí que todo lo que había leído de verdadero allá en los platónicos se decía acá, mas con la recomendación de tu gracia, 26 para que el que ve no se gloríe, como si no hubiese recibido, no sólo lo que ve, sino también el poder ver —¿qué tiene, en efecto, que no haya recibido?—; y para que no sólo sea estimulado a verte a ti, que eres siempre el mismo, sino que sea también sanado para poseerte; y que el que no puede ver de lejos, marche, no obstante, por el camino por el que pueda venir y ver y poseer. Porque aunque se deleite el hombre en la Ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de la otra ley, que está en pugna en sus miembros con la ley de su espíritu y le lleva cautivo de la ley del pecado que está en sus miembros?

Porque tú eres justo, Señor, pero nosotros hemos pecado, hemos obrado la iniquidad, hemos cometido la impiedad, y tu mano ha descargado su rigor sobre nosotros. Con toda justicia hemos sido entregados al pecador antiguo, 27 al príncipe de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad que se conformase a la suya, que no perseveró en tu verdad.

¿Qué hará el hombre en su miseria? ¿Quién le librará de este cuerpo de muerte sino tu gracia por Jesucristo Nuestro Señor, que tú engendraste coeterno y creaste en el comienzo de tus caminos? El príncipe de este mundo no halló en Él nada que fuese digno de muerte y, no obstante eso, le mató. Y así fue cancelado el quirógrafo que nos era adverso.

Éstas son cosas que no contienen los libros platónicos. No contienen aquellas páginas el rostro de esta piedad, ni las lágrimas de la confesión, ni tu sacrificio, el espíritu atribulado y el corazón contrito y humillado, ni la salud del pueblo, ni la ciudad desposada, ni las arras del Espíritu Santo, ni el cáliz de nuestra salud.

Allí nadie canta: ¿Cómo no va a estar mi alma sometida a Dios? De Él viene mi salvación; Él sólo es mi Dios y mi salud, mi amparador; no seré sacudido ya más.

Allí nadie oye el llamamiento: Venid a mí los que estáis trabajados. No se dignan aprender de Él, porque es manso y humilde de corazón. Y es que has escondido estas cosas a los sabios y a los prudentes y se las has revelado a los pequeños.

Una cosa es divisar desde una cumbre agreste la patria de la paz y no descubrir el camino que a ella conduce y esforzarse en vano por parajes intransitables, en medio de los asaltos y emboscadas de los desertores fugitivos con su jefe, león y dragón; y otra seguir el camino que allí conduce bajo la protección del Emperador celestial, donde no asaltan los que desertaron de la milicia celeste, antes la evitan como un suplicio.

Penetraban hasta mis entrañas estas cosas por modos maravillosos, mientras leía al menor de tus apóstoles. Había considerado tus obras y había quedado estupefacto.

Notas al Libro VII:

1 Abandonado el materialismo maniqueo, conserva de él algunos resabios: es incapaz de concebir a Dios como una realidad verdaderamente espiritual. (No se olvide que Tertuliano, tributario en esto del estoicismo, sostenía a la vez la corporeidad y la espiritualidad de Dios, siendo el cuerpo un espíritu sui generis.) Lo espiritual consiste para él en una suerte de espacio matemático, de lugar vacío de toda sustancia corporal que le llenase.

2 Cor está tomado aquí en el sentido bíblico y designa, no la sede de la afectividad, sino la de los pensamientos justos y profundos, el lugar en que eI hombre percibe íntimamente la verdad y se adhiere a ella.

3 Advierte sagazmente que le hubiera bastado para vencer su materialismo fijarse en la intentio de su espíritu, es decir, tomar conciencia de la actividad espiritual que trasciende todas las imágenes y nociones que ella forma.

4 Nebridio, aquel quaestionum difficillimarum scrutator acerrimus (VI, 10, 17) lanzaba contra el punto de partida de la fe maniquea una objeción decisiva: ¿Qué puede contra Dios la raza de las tinieblas si él no consiente en entablar combate con ella? Y se anticipa a cualquier respuesta posible con un dilema que no permite escapatoria: o la raza de las tinieblas puede dañar a Dios, en cuyo caso no es éste incorruptible, o no le puede dañar y no hay entonces razón para entablar combate con ella. Ese combate, tal cual le concebían los maniqueos, es ya indigno de Dios, puesto que obliga a hacerse corruptible a una partícula o a una descendencia divina por mezclarse con la naturaleza mala. De suerte que la incorruptibilidad divina hace impensables las fábulas maniqueas. Estos argumentos fueron sometidos a discusión con dos maniqueos convencidos (Costumbres de los maniqueos, XII, 25): uno de ellos pretendía que Dios mismo había escogido estar sujeto al mal o que, por su bondad, había querido acudir en ayuda de la naturaleza mala para purificarla. Pero estas hipótesis, comenta Agustín, están en contradicción con el más obvio contenido de los libros maniqueos.

5 "So pena de ser tomado yo mismo por el mal y convertirme en malo", resolviendo mal el problema del mal.

6 La predicación de Ambrosio habíale mostrado las tesis de la Iglesia católica sobre algunos puntos que sembraban de dudas la mente de Agustín. A propósito de la esencia divina busca el modo de trascender las imágenes sensibles y no lo logra; a propósito del mal trata de comprender intelectualmente la explicación que Ambrosio le propone en sus sermones. Tiene ya Agustín las conclusiones, pero le falta el término medio para integrarlas en su sistema de pensamiento y transformarlas en certezas. Será el estudio directo de los escritos neopla-tónicos el que le suministre ese término medio, que no es otro que la reflexión del espíritu sobre su propia actividad. A partir de ¿entonces será capaz de conocer a Dios como un ser auténticamente espiritual, y el mal, en su esencia y en su origen, como una perversión del libre albedrío.

7 El fracaso de Agustín en su intento de encontrar la solución del problema del mal, débese a que busca una causa del mal positiva, sustancial y extrínseca a la voluntad mala. Más adelante (VII, 16, 22) afirmará que el mal no es una sustancia, sino la perversión de la voluntad. Sin embargo, la solución definitiva del problema se plantea más explícitamente en De libero arbitrio, III, 17, 47 y, sobre todo, en La Ciudad de Dios, XII, 7-8, y es ésta: no hay que buscar una causa eficiente del mal, porque una tal causa es totalmente negativa.

8 Superado el dualismo maniqueo, hace mención aquí del dualismo helénico, que descubría en la materia la raíz del desorden y del mal. Páginas adelante afirmará Agustín que la materia misma ha sido creada por Dios.

9 Si alude aquí a su total abandono de las prácticas astrológicas, que debió tener lugar mucho antes de su arribo a Milán, es porque vienen a cuento de la solución del problema del mal. En efecto, si ni el dualismo maniqueo ni el helénico habían sabido dar razón de la existencia del mal, mal podría darla el fatalismo astral.

10 Eas litteras: esta expresión puede designar tanto los manuales de astrologia como las gráficas de los signos del zodíaco, que permitían, situando la posición exacta de las constelaciones en el instante del nacimiento, establecer el "tema de la natividad" del consultante, para prever, en consecuencia, su porvenir. En este segundo sentido se la encuentra en el párrafo décimo de este mismo capítulo.

11 A Erasmo debemos la explicación del sentido de esta metáfora: "Viae munitae opere publico, quadrato lapide, calce interlito, stratae erant; quae, cum reficiebantur, noua calce hiantibus lapidum rimis immissa, dealbatae uidebantur; quamobrem dealbatiores uiae dici uulgo poterant, quae diligentius curabantur ac proinde commodiores erant". En sentido figurado, pues, dealbatiores uiae no significa otra cosa que llevar una vida cómoda en la riqueza y los honores.

12 En otras dos obras, por lo menos, del autor se toca este mismo tema: De Trinitate, X, 5, 7; In lohanem, I, 4. El destino del hombre a la luz de esos textos es elevarse hasta la semejanza con Dios y, en este sentido, hay que rebasar lo humano. Pero es de Dios, en la humildad, y no de sus propios esfuerzos, en el orgullo, de donde debe recibir su elevación el hombre. Es menester, pues, que reconozca su condición para alcanzar su destino último, realizando plenamente su ser.

13 M. Courcelle ha identificado a ese individuo en la persona de Malio Teodoro, personaje político al mismo tiempo que filósofo neoplatonizante, cuya carrera nos es bien conocida por el encomion que le dedicara el poeta Claudio con ocasión de su elevación al consulado. De creer al diligente investigador francés, Agustín habría tenido una buena razón para omitir su nombre cuando escribía las Confesiones: era que Malio, tras un período de su vida en la soledad, consagrado a las ocupaciones del espíritu, acababa de tornar a la vida pública y ambicionaba altas magistraturas. (Acabaría siendo elevado al consulado con Eutropo en 399.) Pero esta identificación no pasa de ser una hipótesis sugestiva. Es cierto que Agustín estuvo en relación con Malio en Milán. Sostuvo con él pláticas filosóficas a las que se refiere en el prefacio del De beata uita, a él dedicado. Si fuese éste el intermediario que se busca, hubiera tenido Agustín en esa dedicatoria una excelente ocasión para reconocer su deuda, mas limítase a decir, cuando alude a la influencia ejercida sobre él por esas obras, que sabe de oídas que Malio es un asiduo lector de ellas.

O’Meara opina que ese hombre henchido de orgullo no es otro que él propio Porfirio, porque "para Agustín es Porfirio el orgulloso por excelencia y siempre se expresa de él en éstos términos". Hipótesis que no es más verosímil que la anterior, pues que procurasti mihi per... parece designar la acción intermediaria inmediata. Lo más probable es que recibiera esas obras Agustín de un neoplatonizante que no era cristiano: es el orgullo lo que el Santo confiesa haber superado al pasar del neoplatonismo a la fe (VII, 20, 26).

14 Como no precisa qué autores ni qué libros ha leído, se ha lanzado a descubrirlos la crítica histórica y filológica de estos últimos decenios con resultados bastante positivos. En realidad la lista de autores se reduce a dos, Plotino y Porfirio. Y aquí es donde los especialistas se dividen: W. Theiler pretende que toda la información neoplatónica de Agustín deriva de Porfirio, mientras que P. Henry se inclina por la influencia plotiniana. Pero la mayoría deciden quedarse con los dos, razonando, cada uno a su manera, el influjo de uno y de otro.

Aceptado que ha bebido a la vez en Plotino y en Porfirio, resta determinar los tratados de estos autores que pudo leer Agustín. Él mismo se adelanta a confesarnos que fueron muy pocos. (De beata uita, I, 4 y Contra Acad., II, 2, 5). Por lo que al primero se refiere, leyó ciertamente los tratados: De lo bello, I, 6; Del origen de los males, I, 8; De tres hipóstasis fundamentales, V, 1; De la génesis y del orden de los seres que vienen después del Primero, V, 2. Seguramente también el tratado De la Providencia y algunos de la Cuarta Enneada, sobre la esencia del alma y sus facultades. Más difícil resulta precisar su utilización de Porfirio, a causa de la desaparición de la mayor parte de sus obras y del carácter esporádico de los fragmentos que se conservan. Adviértense indicios de una lectura del Regreso del alma, del tratado De la unidad de la doctrina de Platón y de la de Aristóteles, así como de La filosofía de los oráculos. Hay, además, en el De Ordine huellas evidentes de una lectura de los Aphormai, obra muy corta, que puede considerarse como un resumen porfiriano de las Enneadas.

15 No han sido bien estudiadas todavía las relaciones entre el neoplatonismo y el Cristianismo, pero sí sabemos que Plotino no ignoraba a los cristianos. Fue alumno de Ammonio Saccas, cristiano durante una parte de su vida, y tuvo por condiscípulo a Orígenes. Los discípulos inmediatos de Plotino conocieron igualmente los escritos neotestamentarios. En sus conversaciones con Simpliciano, que tan importante papel desempeñara en la evolución del pensamiento de Agustín, más de una vez tocaría aquél el tema de la semejanza entre el sistema neoplatónico y el prólogo de San Juan. Confrontación que, por otra parte, estaba muy lejos de constituir una novedad; ya el pagano Amelio, discípulo directo de Plotino, la había señalado, con la intención de probar que la Encarnación cristiana deriva en realidad de las especulaciones de Platón sobre la caída del alma en el cuerpo. El primer cuidado de Agustín, después de su entusiasta lectura de algunos "libros platónicos", debía ser establecer un balance de las concordancias y discordancias entre los textos neoplatónicos y los textos cristianos. En estas páginas reproduce, en alguna manera, los resultados que le sugiriera Simpliciano en el curso de sus conversaciones.

16 "Sabernos que el alimento de los egipcios es la lenteja; allí abunda. Por eso se ponderan tanto las lentejas de Alejandría, que su fama llegó hasta nuestra patria, como si aquí no se diesen las lentejas. Luego, ambicionando el alimento de Egipto perdió el primado". Ennarrat. In Ps. 46, 6.

17 "Primero nació Esaú y después Jacob, pero el que nació en último lugar fue antepuesto al que nació el primero, el cual perdió por la gula su primogenitura... Así aconteció al pueblo judío, del cual se dijo que dirigió su corazón hacia Egipto, y deseando, en cierto modo, las lentejas, perdió el primado. Eligió para nosotros su heredad, la hermosura de Jacob, a la que amó". In Ps. 46, 6.

18 Apunta al texto de Hechos, XVII, 28: Sicut et quidam uestrorum poetarum dixerunt, sin reparar en que ese sicut se refiere a la frase siguiente: ipsius enim et genus sumus. En Plotino, Enn., VI, 9, 9, se halla un texto muy parecido al paulino: in ipso uiuimus, mouemur et sumus.

19 En De moribus manich, II, 6-7, había explicado cómo la posibilidad misma de la corruptio implica la bondad ontológica de la naturaleza que se corrompe.

20 También este argumento antimaniqueo para la explicación del mal parece tener origen neoplatónico.

21 Cfr. De Gen. contra manich., I, 16, 25.

22 La túnica pelícea con que revistiera Dios a Adán y Eva cuando los expulsó del Paraíso, simboliza las consecuencias del pecado original. Cfr. Ennarrat, in Ps. 103, I, 8.

23 La lectura de los escritos neoplatónicos ha proporcionado a la inquieta inteligencia de Agustín una noción justa de las realidades espirituales, de Dios y del Verbo de Dios; pero nada le ha enseñado sobre la Encarnación, impidiéndole así encontrar al Mediador que le facilitase el acceso a Dios.

24 Tal era la doctrina de Fotino, quien se negaba a admitir una subsistencia personal del Verbo antes de la Encarnación. Después de su nacimiento virginal, habría crecido Cristo en perfección moral y recibido, por consiguiente, una plenitud de gracias cada vez mayor. Cristo era para él un hombre de sabiduría superior, única, pero no un Dios hecho hombre.

25 La errónea doctrina que Alipio profesaba entonces, remontábase al obispo de Laodicea, Apolinar, quien sostenía que la divinidad forma con el cuerpo de Cristo una única naturaleza, a tal grado que la divinidad del Logos se une sin intermediario con la carne nacida de la Virgen. Así Cristo no está compuesto de una naturaleza humana, formada de un alma y de un cuerpo, unida a una naturaleza divina, sino solamente del cuerpo y de la divinidad fundidos en una sola naturaleza.

26 ¿Por qué se le ocurrió a Agustín cotejar la enseñanza de San Pablo con la de los neoplatónicos? No se olvide que había sido maniqueo durante toda su vida adulta y que para aquéllos las Epístolas paulinas representaban la parte mejor y más pura de la Escritura cristiana, pues parecían admitir la distinción que ellos hacían entre los principios del Bien y del Mal, el espíritu y la carne, la Antigua y la Nueva Ley. Suponían, es verdad, que algunos de estos escritos habían sido falsificados por los cristianos por conveniencias de su causa, pero que, en conjunto, los habían respetado. Posteriormente, en sus escritos polémicos contra los maniqueos, pondrá Agustín en boca de Fausto, de Fortunato, de Félix o de Secundino, textos sacados del Apóstol.

De manera que, desde una perspectiva maniquea, la idea de comparar los neoplatónicos y las Escrituras, significaba compararlos con San Pablo. No tardó en descubrir Agustín que, contrariamente a la opinión maniquea, no se contradice el Apóstol en parte alguna y que sus textos concuerdan con el testimonio de la Ley y de los Profetas.

27 "Non primus peccauit Adam; si primum peccatorem quaeris, diabolum uide", escribe en el Sermón 124, 15. Y en otros diversos lugares insiste en que el pecado ha comenzado con el diablo.

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII
© El Testigo Fiel - 2003-2026 - www.eltestigofiel.org - puede reproducirse libremente, mencionando la fuente.
Sitio realizado por Abel Della Costa - Versión de PHP: 8.2.30