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Documentación: Confesiones
Libro VIII
«La crisis final y la conversión»

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII

Libro Octavo: La crisis final y la conversión

CONTENIDO

I. Balance. Busca a Simpliciano. Duda entre dos estados de vida

II. Cuenta Simpliciano la conversión de Victorino

III. Alegría del hombre y de Dios por la conversión del pecador

IV. Alegría por la conversión de un hombre ilustre

V. El conflicto de las dos voluntades y de las dos leyes

VI. Relato de Ponticiano: San Antonio y los monjes

VII. Efectos del relato de Ponticiano en Agustín

VIII. Se desata la crisis interior

IX. Misterio del querer humano

X. Rechazo de la tesis maniquea de las dos naturalezas

XI. Se agudiza la crisis. Las "viejas amigas". Discurso de la continencia

XII. "Toma, lee". Desenlace de la crisis

Notas al Libro VIII

CAPÍTULO I

BALANCE. BUSCA A SIMPLICIANO. DUDA ENTRE DOS ESTADOS DE VIDA

1. Dios mío, en acción de gracias hacia ti quiero recordar y confesar tus misericordias para conmigo. Penétrense mis huesos de tu amor y digan: Señor, ¿quién hay semejante a ti? Has roto mis cadenas; quiero ofrecerte en sacrificio un sacrificio de alabanza.

Voy a contar cómo las rompiste y han de exclamar todos los que te adoran cuando lo oigan: Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra; grande y admirable es su nombre.

Habíanse adherido a mis entrañas tus palabras y por todas partes me hallaba sitiado por ti. Estaba cierto de tu vida eterna, aunque no la había visto más que en enigma y como en un espejo. Pero ya se me habían disipado todas las dudas acerca de la sustancia incorruptible y sobre el hecho de que toda otra sustancia procede de ella. Y deseaba estar, no más cierto de ti, sino más estable en ti.

Por lo que se refiere a mi vida temporal, se bamboleaba todo. Era menester purificar del viejo fermento el corazón. Me gustaba el camino, el Salvador mismo, pero me arredraba todavía el pasar por sus estrechos desfiladeros.

Me inspiraste la idea, que pareció buena a mis ojos, de acudir a Simpliciano.1 Teníale yo por un buen servidor tuyo y brillaba en él tu gracia. Había oído también decir que te había dedicado enteramente su vida desde su juventud. Por entonces era ya un anciano y en esa larga existencia, empleada en seguir ardorosamente tu camino, me parecía que había adquirido mucha experiencia y mucha ciencia; y así era, en verdad. Por lo que yo quería que, platicando con él de las tormentas de mi alma, me indicase el modo conveniente, para un ser dispuesto como yo lo estaba, de caminar por tu camino.

2. Pues contemplaba la Iglesia llena y que uno andaba de una manera y otro de otra.2

A mí me desagradaba lo que hacía en el siglo; esa vida me era una carga muy pesada, puesto que ya no me inflamaba la codicia como antes, cuando esperaba que el honor y el dinero me ayudarían a soportar aquella tan pesada servidumbre. Aquellas cosas ya no tenían atractivo para mí, comparadas con tu dulzura y la hermosura de tu casa que yo amé.

Mas aún estaba tenazmente ligado a la mujer. No me prohibía casarme el Apóstol, si bien me exhortaba a lo mejor, particularmente cuando deseaba que todos los hombres permaneciesen en el estado en que él se encontraba. Pero yo, más débil, elegía una postura más muelle, y sólo por esto me dejaba rodar lánguidamente por todo lo demás, consumiéndome en marchitas preocupaciones; porque aún había otras cosas que yo no quería soportar y veíame obligado a acomodarlas a la vida conyugal, con la que estaba comprometido y ligado. Había oído de boca de la Verdad que hay eunucos que se mutilaron a sí mismos por el reino de los cielos; pero añade: Quien pueda comprender, comprenda.

Vanos son, por cierto, los hombres que no poseen conocimiento de Dios y que, partiendo de las cosas buenas a nuestros ojos, no han podido encontrar al que es. Pero ya no permanecía yo en aquella vanidad. La había sobrepasado y, merced al testimonio de la creación universal, te había encontrado a ti, Creador nuestro, y a tu Verbo, Dios junto a ti, Dios único contigo, por quien creaste todas las cosas.

Hay otra clase de impíos, los que, conociendo a Dios, no le han glorificado ni dado gracias como a Dios. También había caído en esto y me tomó tu diestra y, sacándome de allí, me colocaste donde pudiera reponerme. Porque dijiste al hombre: Mira que la piedad es la sabiduría, y: No quieras parecer sabio, porque los que se decían sabios, se tornaron necios. Ya había hallado yo la margarita preciosa. Era preciso vender todo lo que poseía para comprarla. Y dudaba.

CAPÍTULO II

CUENTA SIMPLICIANO LA CONVERSIÓN DE VICTORINO

3. Me dirigí, pues, a Simpliciano, padre, en el nacimiento a la gracia, del entonces obispo Ambrosio, que le amaba como a verdadero padre. Le describí los derroteros por donde había andado errante. Y cuando le indiqué que había leído algunos libros de los platónicos, traducidos al latín por Victorino,3 un antiguo retórico de la ciudad de Roma, de quien había oído decir que había muerto cristiano, me felicitó por no haber tropezado con los escritos de otros filósofos, llenos de falacias y de engaños, según los elementos de este mundo; mientras que en estos se insinúa de mil modos la idea de Dios y de su Verbo.

Después, para exhortarme a la humildad de Cristo, que está escondida a los sabios y se revela a los pequeños, evocó el recuerdo del propio Victorino, a quien conociera muy íntimamente cuando estuvo en Roma, y me refirió de él algunos rasgos que no quiero pasar por alto. Porque hay en ellos una gran alabanza de tu gracia, que se debe confesar en honor tuyo.

Poseía aquel anciano una inmensa cultura y un cabal conocimiento de todas las artes liberales. Había leído y discutido las opiniones de muchísimos filósofos. Había sido maestro de muchos nobles senadores. El prestigio excepcional de su enseñanza le había merecido y conferido un honor, que reputan impar los ciudadanos de este mundo: una estatua en el foro romano.

Hasta edad avanzada había adorado a los ídolos y tomado parte en los misterios sacrilegos, de los que entonces se enorgullecía casi toda la nobleza romana para suministrar a los "revendedores" 4 la inspiración de los "monstruos divinos de toda laya y a Anubis el labrador", que en un tiempo "contra Neptuno, contra Venus y contra Minerva habían empuñado las armas",5 y a los que ahora Roma, después de haberlos vencido, imploraba. A estos dioses no había cesado de defender Victorino durante tantos años con voz atronadora y, sin embargo, no se avergonzó de ser esclavo de tu Cristo e infante de tu fuente bautismal, de someter el cuello al yugo de la humildad y de rendir su frente al oprobio de la cruz.

4. ¡Oh Señor, Señor, que inclinaste los cielos y bajaste, que tocaste los montes y echaron humo! ¿De qué medios te valiste para insinuarte en aquel corazón?

Leía, al decir de Simpliciano, la Santa Escritura y con sumo interés investigaba y escudriñaba todos los libros cristianos. A Simpliciano le confesaba, no en público sino en el secreto de la intimidad: "Sepas que ya soy cristiano". Y replicaba éste: "No lo creeré ni te contaré entre los cristianos mientras no te vea en la Iglesia de Cristo". Y Victorino, bromeando, decía: "¿Es que son las paredes las que hacen a los cristianos?" E insistía en que él era ya cristiano. Simpliciano le daba siempre la misma respuesta y él repetía siempre el dicho jocoso de las paredes.

Y es que tenía miedo de disgustar a sus amigos, orgullosos adeptos del demonio, y pensaba que, desde la cumbre de su babilónica dignidad, como desde los cedros del Líbano, que aún no habían sido descuajados por el Señor, se habían de precipitar sobre él con todo su peso sus enemistades. Mas, una vez que con la lectura y el deseo adquirió firmeza y temió ser negado por Cristo delante de los ángeles santos, si él temía confesarle delante de los hombres, se consideró reo de un grave delito por avergonzarse del sagrado misterio de la humildad de tu Verbo y no avergonzarse de los misterios sacrilegos de los soberbios demonios, que él, imitador de su soberbia, había aceptado. Dejó de sonrojarse ante la vanidad y se sonrojó ante la verdad y, súbita e inopinadamente, dijo a Simpliciano, según contaba este mismo: "Vamos a la Iglesia, que quiero hacerme cristiano".

No cabiendo en sí de gozo, le acompañó Simpliciano. Y, una vez imbuido en los primeros misterios de la iniciación, no tardando mucho dio también su nombre para ser regenerado por el bautismo,6 con asombro de Roma y alegría de la Iglesia. Los soberbios le veían y se irritaban; rechinaban sus dientes y se consumían. Pero para tu siervo el Señor Dios era su esperanza y no volvía sus ojos hacia las vanidades y locuras engañosas.

5. Cuando llegó, por fin, el momento de la profesión de fe, que es una fórmula precisa, aprendida y recitada de memoria, desde un lugar elevado, en presencia del pueblo fiel, según la costumbre romana impuesta a los que quieren acercarse a tu gracia, los presbíteros, decía Simpliciano, propusieron a Victorino que la recitase en secreto, como solían proponérselo a alguna que otra persona que parecía que habría de temblar de vergüenza. Mas él prefirió emitir la profesión de la salud en presencia de la asamblea santa. Porque no era precisamente la salud lo que enseñaba en la retórica y, sin embargo, la había profesado públicamente. ¡Cuánto menos, pues, debía intimidarse ante tu mansa grey, al pronunciar tu palabra, el que no se había dejado intimidar, al pronunciar las suyas propias, por las muchedumbres insensatas!

De modo que, tan pronto como subió para hacer su profesión, todos, unos a otros, cada uno en la medida en que le conocía, hicieron resonar su nombre con estrépito de congratulaciones. ¿Quién no le conocía en la asamblea? Y se oyó, con un rumor contenido, en las bocas de todos, en un júbilo colectivo: Victorino! ¡Victorino!" Pronto le aclamaron en la alegría de verle y pronto callaron con el deseo de oírle. Proclamó él la verdadera fe con espléndida confianza. Todos hubieran querido arrebatarle y meterle dentro de su corazón, y lo hacían por el amor y el gozo: tales eran las manos con que lo arrebataban.

CAPÍTULO III

ALEGRÍA DEL HOMBRE Y DE DIOS POR LA CONVERSIÓN DEL PECADOR

6. ¡Oh Dios bueno! ¿Qué es lo que sucede en el hombre para que sienta más alegría por la salud de un alma de la que desesperaba y por su liberación de un peligro más grande, que si siempre hubiera tenido la esperanza o que si el peligro hubiera sido menor? Porque también tú, Padre misericordioso, te alegras más por un solo penitente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia. Y para nosotros es un gran placer oír, cuando lo oímos, con cuánto regocijo saltan los hombros del pastor llevando la oveja que se había descarriado, y oír que es vuelto a reponer el dracma en tus tesoros, entre el alborozo común de las vecinas y de la mujer que lo encontró.

Y nos arranca lágrimas el júbilo de las solemnidades de tu casa, cuando en tu casa se lee, a propósito del hijo menor: estaba muerto y ha resucitado; se había perdido y ha sido encontrado. Ciertamente te regocijas en nosotros y en tus ángeles, santificados por la santa caridad. Y es que eres siempre el mismo, porque conoces siempre de la misma manera las cosas que no son siempre, ni son de la misma manera.

7. ¿Qué sucede, pues, en el alma, para que sienta más gozo al hallar o recobrar las cosas amadas que si siempre las hubiese tenido? Porque también lo atestiguan otros ejemplos y todo está lleno de testimonios que gritan: "Así es".

Triunfa un general vencedor y no hubiera vencido si no hubiese peleado y cuanto mayor fue el peligro en el combate, mayor es el júbilo en el triunfo. Sacude la tormenta a los navegantes y los pone en trance de naufragar; todos palidecen ante la muerte que se aproxima; cálmanse el cielo y el mar y se alegran sobremanera porque temieron sobremanera.7

Está enfermo un ser querido y su pulso denuncia su mal; todos los que desean su salud se enferman con él en espíritu. Comienza a irle bien y, aunque todavía no anda con las fuerzas que tenía antes, hay ya una tal alegría como no la hubo cuando andaba lleno de salud y de vigor.

Y los mismos placeres de la vida humana procúranselos también los hombres a costa de ciertas molestias, no ya las imprevistas y que sobrevienen contra nuestra voluntad, sino intencionadas y voluntarias. El comer y el beber no producen placer alguno si no van precedidos de la molestia del hambre y de la sed. Los buenos bebedores comen cosas saladas para excitar en sí mismos un ardor que les moleste y es extinguiéndolo con la bebida como sienten placer. Y es costumbre establecida que no sean entregadas las prometidas por esposas, no sea que el marido la tenga en poco cuando se la entregan, si no suspiró por ella esperándola como novio.

8. Esto ocurre con la alegría torpe y execrable, esto en la que es lícita y permitida, esto en la misma amistad purísima y honesta, esto en aquel que estaba muerto y resucitó, estaba perdido y fue encontrado. Dondequiera, cuanto mayor es el gozo, de mayor sufrimiento va precedido.

¿Por qué es esto, Señor Dios mío, puesto que tú mismo eres eterno gozo para ti y gozan siempre de ti algunos seres que están cerca de ti? ¿Por qué, en este mundo, sufren los seres una alternancia de retrocesos y de progresos, de choques y de conciliaciones? ¿Será esta su condición y todo lo que les diste cuando, desde lo más alto de los cielos hasta lo más profundo de la tierra, desde el comienzo hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusano, desde el primer movimiento hasta el último, distribuías toda clase de bienes y todas tus justas obras cada una en su propio lugar y las ibas ejecutando, cada una a su debido tiempo?

¡Ay de mí! ¡Cuán alto eres en las alturas y qué profundo en las profundidades! No te retiras a ninguna parte y a duras penas volvemos a ti.

CAPÍTULO IV

ALEGRÍA POR LA CONVERSIÓN DE UN HOMBRE ILUSTRE

9. ¡Ea, Señor, actúa! ¡Sacúdenos y llámanos! ¡Inflama y arrebata! ¡Sé fuego y dulzura! ¡Amemos! ¡Corramos!

¿No es cierto que muchos vuelven a ti desde un abismo de ceguera más profundo que el de Victorino y que se acercan y son iluminados al recibir tu luz, y que los que la reciben, reciben de ti la potestad de convertirse en hijos tuyos?

Pero si son menos conocidos del pueblo, menos se alegran por ellos aun los que los conocen. Cuando son muchos a participar en la alegría, es mayor la alegría de cada uno, porque uno a otro se enfervoriza e inflama. Además, como son conocidos de mucha gente, sirven a muchos de aliciente para su salvación y van delante de muchos que los han de seguir. Por eso se alegran también mucho por ellos los que les precedieron, ya que no se alegran por ellos solos.

Lejos de mí la idea de que en tu tabernáculo se acoja a los ricos con preferencia a los pobres o a los nobles con preferencia a los plebeyos, cuando tú preferiste escoger a los débiles del mundo para confundir a los fuertes y escoger a los oscuros de este mundo y a los despreciables y a los que no son nada, como si fuesen algo, para reducir a nada a los que son alguna cosa.

Y, no obstante, ese mismo hombre, el menor de tus apóstoles, por cuya boca hiciste resonar estas palabras que son tuyas, cuando el procónsul Paulo, vencida por la estrategia de Saulo su soberbia, fue sometido al suave yugo de tu Cristo y entró en la provincia del gran Rey, quiso, en lugar de su anterior nombre de Saulo, ser llamado Paulo, como señalado recuerdo de tan gran victoria.8

El enemigo sufre mayor derrota en aquél a quien tiene más dominado y por cuyo medio domina a muchos otros. Y tiene más dominados a los soberbios por el prestigio de su celebridad y, por ellos, a más gente por el prestigio de su autoridad.

Por eso, cuanto más grato era considerar el corazón de Victorino, que había ocupado el diablo como un bastión inexpugnable, y la lengua de Victorino, un dardo grande y afilado con que había hecho perecer a muchos, más debían saltar de gozo tus hijos, porque nuestro Rey había encadenado al fuerte y veían que los vasos de ese Rey, una vez arrebatados al enemigo, eran purificados y se destinaban a honrarte y resultaban útiles al Señor para toda obra buena.

CAPÍTULO V

EL CONFLICTO DE LAS DOS VOLUNTADES Y DE LAS DOS LEYES

10. Desde el momento en que tu siervo Simpliciano me narró estos hechos de Victorino, me encendí en deseos de imitarle; para eso me los había narrado también él. Después añadió que en la época del emperador Juliano se había promulgado una ley que prohibía a los cristianos enseñar letras y elocuencia 9 y que Victorino, acatando aquella ley, había preferido abandonar la palabrería de la escuela antes que a tu Verbo, con el que sueltas las lenguas de los niños que no saben hablar. Y no me pareció más valiente que afortunado, porque encontró la ocasión de dedicarse a tu servicio.10

Tras eso andaba yo suspirando, encadenado no con hierro extraño, sino con los hierros de mi propia voluntad. Se había apoderado de mi voluntad el enemigo y me había hecho con ella una cadena y me apretaba fuertemente. Y es que de la voluntad perversa nació la pasión, de la esclavitud de la pasión nació el hábito y de la no resistencia al hábito nació la necesidad. Y con esta especie de eslabones, trabados entre sí —por eso la he llamado cadena—, me tenía aherrojado una dura esclavitud.

En cambio, la nueva voluntad que acababa de nacer en mí, voluntad de servirte gratuitamente y de desear gozarte, oh Dios, único gozo verdadero, no era capaz todavía de superar mi voluntad anterior, robustecida con su antigüedad. De esta suerte, dos voluntades en mí, una vieja y otra nueva, aquélla carnal, espiritual ésta, pugnaban entre sí y con su rivalidad desgarraban mi alma.

11. De esta manera comprendí por íntima experiencia personal lo que había leído: que la carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Estaba yo, sin duda, en lo uno y en lo otro; pero había más yo en lo que aprobaba en mí, que en lo que en mí desaprobaba. En esto último, en realidad, más había ya de no yo, puesto que, en una gran parte, más lo soportaba contra mi voluntad que lo hacía queriendo. No obstante, el hábito se había hecho más obstinado contra mí. Y de mí procedía esto, ya que había llegado queriendo, adonde no hubiera querido.

Y ¿con qué derecho se protestaría si es justa la pena que sigue al pecador? Ya no existía tampoco aquella excusa, por la que solía parecerme que si tardaba en menospreciar el siglo por servirte a ti era porque no tenía la certidumbre de percibir la verdad. Pues ahora tenía también esa certeza. Pero, encadenado todavía a la tierra, rehusaba ingresar en tu milicia y tanto temía desembarazarme de todos los impedimentos, cuanto debiera temer estar embarazado con ellos.

12. Sentíame dulcemente oprimido, como sucede con frecuencia en el sueño, por la carga del siglo y las reflexiones y meditaciones que hacía sobre ti eran semejantes a los esfuerzos de quienes quieren despertar pero, vencidos por el profundo sopor, vuelven a hundirse en el sueño. Y así como no hay nadie que quiera estar siempre durmiendo y todo hombre en su sano juicio prefiere estar despierto y, con todo, tarda mucho el hombre en sacudir el sueño cuando el sopor entorpece sus miembros y, a pesar de que esté harto de él ya, lo toma con más gusto, aunque haya llegado la hora de levantarse; así tenía yo la certeza de que era mejor entregar me a tu amor que ceder a mi apetito. Pero aquello me agradaba y me vencía, esto me deleitaba y me amarraba.11

En realidad, no tenía qué responderte cuando me decías: Levántate tú que duermes, álzate de entre los muertos y te iluminará Cristo. Cuando me mostrabas por doquier la verdad de tus palabras no tenía absolutamente nada que responderte, convencido por completo por la verdad. Sólo unas palabras lentas y soñolientas: "Ahora", "ahora mismo", "déjame un poco". Mas aquel "ahora y ahora" no tenía término y el "déjame un poco" iba para largo.

En vano me deleitaba en tu ley, según el hombre interior, puesto que otra ley luchaba en mis miembros contra la ley de mi espíritu y me llevaba cautivo bajo la ley del pecado que estaba en mis miembros. Porque la ley del pecado es la fuerza violenta de la costumbre que arrastra y retiene al alma mal de su grado, en justo castigo por haber caído voluntariamente en ella. ¡Miserable, pues, de mí! ¿Quién habría podido liberarme de este cuerpo de muerte, sino tu gracia por Jesucristo Nuestro Señor?

CAPÍTULO VI

RELATO DE PONTICIANO: SAN ANTONIO Y LOS MONJES

13. Voy a contar de qué modo me libraste de aquella cadena con que el deseo de la unión carnal me tenía estrechamente atado y también de la esclavitud de los negocios del siglo, y a confesar tu nombre, Señor, Ayudador mío y Redentor mío.

Llevaba mi vida ordinaria con una ansiedad creciente y todos los días suspiraba por ti. Frecuentaba tu iglesia tanto como me dejaban libre aquellos negocios que me hacían gemir bajo su peso.

Conmigo vivía Alipio. Liberado de sus funciones judiciales, después de haber sido asesor por tercera vez, esperaba a quién vender de nuevo sus consejos, como yo vendía el arte de la palabra, si es que se puede comunicar algún arte con la enseñanza.

Nebridio, por su parte, había consentido, por amistad hacia nosotros, en ponerse al servicio de un hombre muy ligado con todos nosotros, Verecundo, ciudadano y gramático de Milán, para ser su auxiliar en la enseñanza. Verecundo deseaba vivamente y lo reclamaba en nombre de la amistad, tomar un ayudante fiel de nuestro grupo, porque tenía de él gran necesidad. No fue, pues, el deseo de ventajas lo que atrajo allá a Nebridio, ya que hubiera podido, si quisiera, sacarlas mayores de sus letras, sino que no quiso aquel amigo, sumamente condescendiente y amable, desechar nuestra petición en obsequio a la amistad.

Y desempeñaba aquel cargo con extremada prudencia, guardándose mucho de ser conocido de los grandes personajes según este siglo, evitando con ellos todo lo que pudiese inquietar su espíritu, porque le quería tener libre y lo más desocupado posible para investigar, leer, u oír algo sobre la sabiduría.

14. En esto, cierto día —no recuerdo por qué motivo estaba ausente Nebridio—, vino a casa a visitarnos a Alipio y a mí un tal Ponticiano, compatriota nuestro, puesto que era africano, que ocupaba en palacio un puesto destacado. No sé qué era lo que quería de nosotros.

Y nos sentamos para platicar. Y reparó en un códice que se encontraba por azar sobre la mesa de juego que estaba delante de nosotros. Lo tomó, lo abrió y encontró que era el apóstol Pablo, cosa que, por cierto, no esperaba, pues había imaginado que sería alguno de los libros que empleaba en mis explicaciones.

Sonriendo y mirándome, me felicitó, mostrándose extrañado de haber hallado, sin esperarlo, esta obra y sólo ella, ante mis ojos. Es que también él era cristiano y fiel y muchas veces delante de ti, oh Dios nuestro, se postraba en la iglesia con frecuentes y prolongadas oraciones.

Hícele saber que estaba consagrando mi mayor dedicación a aquellas Escrituras y se trabó la charla. Contó la historia de Antonio,12 un monje de Egipto, cuyo nombre brillaba con un gran prestigio entre tus servidores, pero que era desconocido para nosotros hasta aquel momento. Al advertir nuestra ignorancia se extendió sobre este tema, descubriéndonos, poco a poco, a aquel gran varón que desconocíamos y sorprendiéndose de nuestro propio desconocimiento. Quedábamos boquiabiertos oyendo hablar de la existencia, en un pasado tan reciente, casi en nuestros días, de maravillas perfectamente atestiguadas, realizadas por ti en el seno de la verdadera fe y de la Iglesia Católica. Todos estábamos admirados: nosotros de que existiesen tan grandes maravillas y él de que no hubiésemos oído hablar de ellas.

15. De ahí derivó su conversación hacia las multitudes que pueblan los monasterios, hacia las virtudes, que son tu suave olor, hacia las fecundas soledades del yermo, cosas todas de las que nada sabíamos. En el mismo Milán había un monasterio, lleno de santos hermanos, extramuros de la ciudad, sostenido por Ambrosio, y nosotros ni nos habíamos enterado.13

Proseguía Ponticiano hablando sin cesar y escuchándole atentamente, permanecíamos en silencio. Y vino a contar que una vez, no sé por cuándo, él y otros tres camaradas —fue en Tréveris a punto fijo, una tarde que estaba entretenido el emperador en el espectáculo de los juegos del circo—, salieron a dar un paseo por los jardines contiguos a la muralla. Y allí se iban distanciando en parejas formadas al azar, uno con él por un lado y los otros dos también por el suyo y tomaron caminos divergentes.

Los otros dos, caminando sin rumbo fijo, vinieron a dar a una cabaña en la que habitaban ciertos servidores tuyos, pobres de espíritu, de aquellos a quienes pertenece el reino de los cielos. Y encontraron allí un libro en el que estaba escrita la vida de Antonio.14 Púsose a leerla uno de ellos y comenzó a maravillarse y a encenderse y a pensar, a medida que iba leyendo, en abrazar aquel género de vida y en dejar la milicia del siglo para servirte a ti. Eran ambos de los que se llaman agentes de negocios públicos.15 Entonces, súbitamente, lleno de amor santo e irritado consigo mismo con una reprimida vergüenza, clavó los ojos en su amigo y le dijo: "Dime, te ruego, con estos nuestros trabajos ¿adonde ambicionamos llegar? ¿Qué buscamos? ¿Por qué servimos? ¿Podemos esperar en el palacio un privilegio mayor que ser amigos del emperador? 16 Y en esto ¿qué hay que no sea frágil y lleno de peligros? Y ¿qué de riesgos no hay que atravesar para llegar a un riesgo más grande todavía? Y eso ¿cuándo será? En cambio, amigo de Dios, si quisiera, ahora mismo lo puedo ser."

Esto dijo y, trastornado con el nacimiento de una nueva vida, volvió los ojos a las páginas del libro. Y a medida que leía se iba mudando por dentro, allí donde tú veías,, y su espíritu se despojaba del mundo, como bien pronto se echó de ver. Porque mientras leía y revolvía las olas de su corazón, lanzó un gemido en un momento dado y comprendió cuál era el mejor partido a tomar y lo tomó. Y, ya tuyo, dijo a su amigo: "Yo he roto ya con lo que fue nuestra esperanza y he determinado servir a Dios, y esto lo emprendo desde ahora en este lugar. Tú, si no tienes ánimos para imitarme, no quieras estorbarme". Respondió el otro que se asociaba a él para participar de tan gran recompensa y de tan alta milicia. Y, tuyos ya ambos, comenzaron a construir su torre al precio convenido de renunciar a todos sus bienes y de seguirte.

En aquel momento Ponticiano y su acompañante que estaban paseando por otros rumbos del jardín, buscándolos, llegaron al mismo lugar y, al encontrarlos, los avisaron que se volviesen, que ya estaba declinando el día. Mas ellos, exponiéndoles la resolución que habían tomado y cómo había nacido y se había afirmado en ellos semejante decisión, les pidieron que, si rehusaban asociarse, no les molestaran. Estos, sin modificar en nada su género de vida, lloraron sobre sí mismos, según decía Ponticiano. Felicitaron piadosamente a sus amigos y se encomendaron a sus oraciones. Después, bajando su corazón a la tierra se fueron a palacio, mientras los otros dos, fijando el suyo en el cielo, quedábanse en la cabaña. Los dos tenían novia, que, al enterarse de lo que había sucedido, te consagraron también ellas su virginidad.

CAPÍTULO VII

EFECTOS DEL RELATO DE PONTICIANO EN AGUSTÍN

16. Esto era lo que contaba Ponticiano. Y tú, Señor, mientras él hablaba, me volvías hacia mí mismo, quitándome de mi espalda adonde yo me había puesto para no fijarme en mí, y me colocabas delante de mi faz para que viese cuán feo era, qué deforme y sórdido, cubierto de manchas y de úlceras.

Miraba y me horrorizaba, y no había adonde huir de mí mismo. Y si intentaba apartar de mí la vista, narraba Ponticiano su relato y me volvías a enfrentar conmigo mismo y proyectabas mi imagen ante mis ojos para que descubriese mi iniquidad y la aborreciera. Bien la conocía, pero disimulaba y rechazaba y olvidaba.

17. En aquel momento, cuanto más ardientemente me aficionaba a aquellas personas de quienes tan saludables sentimientos oía narrar, porque se te habían entregado por completo para ser curados, tanto más execrable me sentía al lado de ellas y me detestaba. Ya habían transcurrido conmigo muchos años míos —tal vez doce— desde los diecinueve de mi edad, cuando la lectura del Hortensius de Cicerón había despertado mi amor por la sabiduría, e iba difiriendo el renunciar a la felicidad terrena y el consagrarme a la búsqueda de aquella cuyo, no digo ya descubrimiento sino simple indagación, había que anteponer incluso al hallazgo de los tesoros y de los reinos de las naciones y a los deleites del cuerpo, aunque de todas partes afluyesen a la menor indicación.

Pero yo, adolescente desventurado en extremo, desventurado en los comienzos mismos de la adolescencia, había llegado a pedirte a ti la castidad diciendo: "Dame la castidad y continencia, pero no ahora". Porque tenía miedo de que me escucharas enseguida y de que enseguida me curases del mal de mi concupiscencia, que más quería ver satisfecha que extinguida. Y me había encaminado por las vías depravadas de una superstición sacrilega; no porque tuviese certidumbre alguna de ella, pero la ponía, por así decirlo, por encima de las demás doctrinas, que no eran para mí objeto de una piadosa búsqueda, sino de una hostilidad agresiva.

18. Me había imaginado que el motivo que me llevaba a diferir, de día en día, el renunciar a la esperanza del siglo y el seguirte a ti solo, era que no descubría meta cierta a donde dirigir mis pasos. Y había llegado el día en que me encontraba desnudo delante de mí y en que me increpaba mi conciencia: "¿Dónde está tu palabra? Decías que era la incertidumbre de la verdad la que te impedía arrojar de ti el fardo de la vanidad. Ya está ahí la verdad cierta y aún te oprime la vanidad. Sobre hombros más desembarazados brotan alas a quienes no se consumieron tanto en investigar, ni pasaron diez años o más meditando en este asunto".

De manera que me roía por dentro y me sacudía una vergüenza afrentosa y violenta cuando Ponticiano nos contaba tales hechos. Una vez que hubo terminado su relato y el negocio que le había traído, se retiró y entré dentro de mí mismo.

¿Qué cosas no dije contra mí mismo? ¿Con qué azotes de pensamientos no fustigué a mi alma para obligarla a seguirme en mis esfuerzos por ir detrás de ti? Y resistíase ella; rehusaba y no se excusaba. Estaban ya agotados y rebatidos todos los argumentos. No quedaba más que un temblor mudo y temía, como a la muerte, que la obligasen a apartarse de la corriente del hábito, en que se estaba mortalmente consumiendo.

CAPÍTULO VIII

SE DESATA LA CRISIS INTERIOR

19. Entonces, en medio de aquel gran combate que se estaba librando en mi casa interior y que yo ha-

bía violentamente suscitado con mi alma en nuestra recámara, en mi corazón, turbado tanto en el semblante como en el espíritu, me precipito srobre Alipio gritando:

"¿Qué es lo que estamos soportando? ¿Qué es lo que has oído? Levántanse los ignorantes y arrebatan el cielo y nosotros con nuestra ciencia, faltos de corazón, ¡mira dónde nos estamos revolcando! ¡En la carne y en la sangre! ¿Es que por ventura, con el pretexto de que nos han precedido, nos da vergüenza seguirlos y no nos la da en cambio el no seguirlos?"

No sé qué cosas dije por este tenor y la agitación en que me encontraba me arrancó de junto a él, que permanecía silencioso, contemplándome atónito. Y es que yo no estaba hablando como solía de ordinario. Sobre el estado de mi ánimo decían más la frente, las mejillas, los ojos, el color y el tono de mi voz, que las palabras que estaba profiriendo.

Había en la casa en que nos hospedábamos un pequeño jardín que estaba a nuestra disposición, lo mismo que la casa entera, por no habitarla el huésped, propietario de la misma. Allí me había arrojado el tumulto de mi corazón. Allí donde nadie pudiera estorbar el ardiente conflicto que había entablado conmigo mismo, hasta llegar al desenlace que tú sabías, pero yo no. Y no deliraba más que para sanar, y no moría más que para vivir, consciente del ser malo que yo era, e inconsciente del ser bueno que bien pronto iba a ser.

Me retiré, pues, al jardín, seguido, paso sobre paso, por Alipio, ya que donde él se hallaba no dejaba yo de estar en soledad. Y ¿cómo hubiese podido abandonarme en el estado en que me hallaba? Nos sentamos lo más lejos que pudimos de la casa. Bramaba en mi espíritu, indignado con una turbulentísima indignación, porque no iba a darte gusto y a hacer un pacto contigo, Dios mío; esa era la meta hacia la que todos mis huesos gritaban que era menester ir, y que ellos exaltaban hasta el cielo. Y no se iba allá ni en barco ni en cuadriga, ni a pie, aunque fuera tan corto el espacio como el que había recorrido desde la casa hasta el lugar donde estábamos sentados.17 Porque no sólo el ir, pero el mismo llegar allí, no era otra cosa que querer ir. Pero querer decididamente y por completo, no traer y llevar de acá para allá, como en un vaivén, una voluntad medio lisiada, en la que una parte de sí misma se levanta contra la otra parte que sucumbe.

20. En fin, en la hirviente barahunda de mis perplejidades hacía muchos gestos, gestos que a veces quieren hacer los hombres y no pueden, o porque no tienen los miembros requeridos o porque los tienen atados o debilitados por la enfermedad o impedidos de alguna manera.

Si me mesé mis cabellos, si me golpeé la frente, si con los dedos entrelazados apreté mis rodillas, hícelo porque quise. Pero pude querer y no hacer, si no hubiese obedecido la movilidad de los miembros.

Hice, pues, muchos gestos en los que el "querer" no era lo mismo que el "poder"; y no hacía lo que, con un atractivo incomparable, me agradaba mucho más, lo que pronto, tan pronto como quisiera, querría efectivamente. Pero en esta materia la posibilidad de hacer era idéntica a la voluntad y el querer mismo era ya el hacer. Y, no obstante eso, no se hacía; y el cuerpo obedecía más fácilmente a la más ligera insinuación del alma para mover los miembros a su capricho, que se obedecía a sí misma el alma para cumplir su gran voluntad en la voluntad sola.

CAPÍTULO IX

MISTERIO DEL QUERER HUMANO

21. ¿De dónde proviene ese monstruoso prodigio? Y ¿cuál es su causa? ¡Brille tu misericordia! Quiero interrogar, por si pueden responderme, a esos arcanos que son las penas de los hombres, a esas profundas tinieblas que son las tribulaciones de los hijos de Adán.

¿De dónde proviene ese monstruoso prodigio? Y ¿cuál es su causa? Manda el espíritu al cuerpo y se le obedece al punto. Manda el espíritu a sí mismo y se le resiste. Manda el espíritu que se mueva la mano y hay tal facilidad en la obediencia que apenas se distingue la orden de la ejecución. Y eso que el espíritu es espíritu mientras que la mano es cuerpo. Manda el espíritu que quiera el espíritu y aunque es una misma cosa no lo hace, sin embargo. ¿De dónde proviene ese monstruoso prodigio? Y ¿cuál es su causa? Manda, digo, que quiera el que no mandaría si no quisiese y no hace él lo que él manda.

Es que no quiere del todo; por eso no manda del todo. Porque manda en la medida que quiere, y no se hace lo que manda en la medida en que no quiere. Porque la voluntad manda que sea voluntad; y no a otra voluntad que a ella misma. Es que no manda plenamente y por eso no se hace lo que manda. Que si la voluntad fuese plena, ni siquiera mandaría que fuese, porque ya sería.

No es, por ende, nada monstruoso querer en parte y en parte no querer, si no una enfermedad del espíritu que no se yergue todo entero cuando le levanta la verdad, porque el peso del hábito le oprime. Por eso hay dos voluntades, porque una de ellas no es total, y lo que la una tiene le falta a la otra.

CAPÍTULO X

RECHAZO DE LA TESIS MANIQUEA DE LAS DOS NATURALEZAS

22. Desaparezcan lejos de tu faz, oh Dios, como desaparecen, los vanos habladores y seductores del alma, los que advirtiendo dos voluntades en la deliberación, aseguran que hay dos naturalezas en dos almas, una buena y otra mala. Ellos son, en verdad, quienes son malos, ya que conciben esos pensamientos malos; y ellos mismos serían buenos si concibiesen la verdad y consintiesen en ella, de suerte que pueda decirles tu Apóstol: Fuisteis en otro tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.

Mas ellos quieren ser luz no en el Señor sino en sí mismos y estiman que la naturaleza del alma es ser lo que es Dios. Por eso se han convertido en más densas tinieblas, porque con espantosa arrogancia se han apartado lejos de ti, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Tened cuidado con lo que decís y ruborizaos; acercaos a Él y sed iluminados, y no se cubrirán de sonrojo vuestros rostros.

Cuando estaba yo deliberando sobre servir de una buena vez al Señor, mi Dios, como ya hacía mucho tiempo que lo tenía dispuesto, yo era el que quería, yo el que no quería; yo era. Ni del todo quería, ni del todo no quería. Por eso estaba en pugna conmigo mismo y me disociaba de mí mismo. Y esa misma disociación se verificaba contra mi voluntad, pero no demostraba la presencia natural de un alma extraña, sino el castigo de la mía. Y por eso ya no era yo el que la obraba sino el pecado que habitaba en mí, en castigo de otro pecado más libre, por ser yo hijo de Adán.

23. Porque si hay tantas naturalezas opuestas como voluntades en conflicto consigo mismas, ya no serían dos sino muchas más. Si un hombre delibera entre ir a la reunión de ellos 18 o al teatro, exclaman estas gentes: "Ahí tenéis las dos naturalezas, la una buena que conduce acá y la otra mala que lleva allá. Porque ¿de dónde provendría esa vacilación de voluntades que se oponen entre sí?" Pero yo afirmo que ambas son malas, la que conduce a ellos y la que lleva al teatro. Mas creen que la que a ellos conduce no puede ser sino buena.

¿Qué? Supongamos, pues, que uno de nosotros delibera y está indeciso entre dos voluntades que pugnan entre sí, sobre si ha de ir al teatro o a nuestra iglesia, ¿no estarán también ellos indecisos sobre lo que han de responder? Porque o han de admitir, cosa que no quieren, que se acude por una voluntad buena a nuestra iglesia, como acuden a ella los que están iniciados en sus misterios y permanecen fieles, o han de opinar que hay dos naturalezas malas y dos almas malas en conflicto en un solo hombre, y no será verdad lo que acostumbran a decir, que hay una buena y otra mala, o han de convertirse a la verdad y ya no negarán más que cuando alguien delibera que es una sola y misma alma la que es agitada entre voluntades divergentes.19

24. No digan, pues, más, cuando advierten en un mismo hombre dos voluntades en conflicto, que son dos almas opuestas, una buena y otra mala, procedentes de dos sustancias opuestas y de dos principios opuestos, las que están en pugna. Porque eres tú, Dios veraz, quien los condenas, los refutas y los confundes, en el caso, por ejemplo, de dos voluntades, malas una y otra.

Así, cuando uno delibera si matará a otro con veneno o con hierro; si se apoderará de esta finca ajena o de la otra; si comprará el placer derrochando o guardará el dinero con avaricia; si irá al circo o bien al teatro, cuando ambos espectáculos tienen lugar el mismo día; y añado todavía una tercera eventualidad: si irá a robar en una casa ajena, si se presenta la ocasión; y hasta una cuarta; si irá a cometer un adulterio, si por este lado se le brinda también al mismo tiempo una oportunidad. Suponiendo que todas estas eventualidades concurran a un mismo tiempo y todas sean igualmente deseadas, sin que puedan realizarse todas a la vez. Pues bien, en este caso, está desgarrada el alma por el antagonismo de estas cuatro voluntades, o de más aún, pues de tal manera abundan las cosas que se apetecen. Y, sin embargo, no se refieren ellos de ordinario a un número tan grande de sustancias diferentes.

Y lo mismo puede decirse respecto de las buenas voluntades. Yo les pregunto si es bueno gustar de la lectura del Apóstol y si es bueno gustar la sobria melodía de un salmo y si es bueno disertar sobre el Evangelio. A cada pregunta responderán: "Es bueno". Entonces ¿qué? Si todas esas acciones agradan igualmente en el mismo y único instante, ¿no es cierto que voluntades opuestas tiran del corazón del hombre en diferente sentido, mientras deliberamos sobre el mejor partido a tomar? Todas son buenas y luchan entre sí hasta que se elija un sólo objeto que arrastre tras de sí la voluntad entera y una, que se hallaba dividida en muchas.

De la misma manera, cuando las cosas eternas atraen placenteramente hacia lo alto y nos retiene en este mundo inferior el deleite de un bien temporal, la misma alma no quiere con una voluntad entera esto o aquello. Por eso se desgarra con grave malestar cuando la verdad la lleva a preferir una cosa y el hábito la mantiene asida a otra.

CAPÍTULO XI

SE AGUDIZA LA CRISIS. LAS "VIEJAS AMIGAS". DISCURSO DE LA CONTINENCIA

25. Así estaba yo de enfermo y me torturaba acusándome a mí mismo con más aspereza de lo que solía, revolviéndome y debatiéndome en mi cadena, hasta que del todo se rompiese lo poco que ya me retenía, pero que, al fin y al cabo, me retenía. Y me apremiabas en mis ocultos repliegues, Señor, y con severa misericordia redoblabas los azotes del temor y de la vergüenza, no fuera que cejase otra vez y aquello poco y tenue que quedaba no acabase de romperse y se rehiciese de nuevo y me sujetase más sólidamente.

Decíame a mí mismo en mi interior: "Este es el momento. Ahora ha de ser, ahora ha de ser". Y estaba a punto de pasar de la palabra a los hechos. Ya casi lo hacía, pero no lo hacía. No volvía a caer, con todo, en las cosas de antaño, sino que me detenía muy cerca y tomaba aliento. Lo intentaba de nuevo; un poco más y ya llegaba allí; un poco más y ya casi tocaba la meta y la agarraba. Pero ni llegaba, ni la tocaba, ni la agarraba, dudando entre morir a la muerte y vivir a la vida. Y podía más en mí lo malo inveterado que lo bueno a que no estaba acostumbrado. Y cuanto más se aproximaba el momento mismo en que iba yo a ser otra cosa, tanto mayor espanto me infundía. No me empujaba hacia atrás ni me apartaba, pero me mantenía en suspenso.

26. Lo que me retenía eran esas bagatelas de bagatelas, esas vanidades de vanidades, viejas amigas mías. Jalaban con leves tirones de mi vestido de carne y murmuraban por lo bajo: "¿Nos vas a dejar?" Y "a partir de este momento ya no volveremos a estar jamás contigo". Y "a partir de este momento jamás te será permitido esto y aquello". Y ¡qué cosas sugerían en lo que digo "esto y aquello"! ¡Qué cosas sugerían, Dios mío! ¡Apártelas tu misericordia del alma de tu siervo! ¡Qué suciedades me sugerían! ¡Qué torpezas! Pero oíalas ya mucho menos de la mitad de mí y no me salían al paso poniéndose descaradamente delante sino como musitando por detrás y como pellizcándome a hurtadillas cuando me alejaba para que me volviese a mirarlas. Sin embargo, me retardaban. Vacilaba en arrancarme y sacudirme de ellas y saltar adonde era llamado, en tanto que el hábito, tirano, me decía: "¿Crees que podrás pasarte sin ellas?"

27. Pero esto me lo decía ya muy tibiamente. Porque del lado hacia donde había vuelto yo mi rostro y por donde temblaba de pesar, mostrábaseme la casta dignidad de la Continencia, serena y de una alegría contenida, invitándome con su noble encanto para que me acercase a ella sin dudar y extendiendo hacia mí, para acogerme y abrazarme, sus manos piadosas, rebosantes de buenos ejemplos. ¡Había allí tantos jóvenes y tantas jóvenes! ¡Allí una multitud de adultos y de gentes de toda edad, de viudas venerables y de vírgenes cargadas de años! Y en todos la misma Continencia, no estéril, sino madre fecunda de hijos de regocijo, que le nacieron de su esposo, de ti, Señor. Y se reía de mí con una risa alentadora, como si dijese: "¿No podrás tú lo que pueden éstos y éstas? ¿Crees que estos y estas lo pueden por sí mismos y no en el Señor, su Dios? Ha sido el Señor, su Dios, quien me dio a ellos. ¿Por qué te apoyas en ti, si no puedes sostenerte? Arrójate en él, no tengas miedo; que no se va a retirar para que te caigas. Arrójate seguro; él te recibirá y te curará".

Y me sentía todo lleno de confusión porque aún oía el murmullo de aquellas bagatelas y seguía indeciso, todo lleno de dudas. Otra vez parecía decirme ella: "Hazte sordo a esos seres inmundos que son tus miembros sobre la tierra, a fin de que sean mortificados. Te cuentan de placeres, pero no son comparables con la ley del Señor, tu Dios".

Esta disputa en mi corazón no era más que una lucha de mí mismo contra mí mismo. Y Alipio, pegado a mi lado, esperaba en silencio el término de aquella inusitada agitación mía.

CAPÍTULO XII

"TOMA, LEE", DESENLACE DE LA CRISIS

28. Mas luego que mi profunda meditación hubo sacado del fondo de su retiro toda mi miseria y la hubo amontonado bajo la mirada de mi corazón, desatóse una gran tormenta, cargada de una copiosa lluvia de lágrimas. Y para dejarla estallar toda con su estruendo, me levanté y me aparté de Alipio. La soledad me parecía un lugar más a propósito para llorar. Me retiré muy lejos, de modo que ni siquiera la presencia de Alipio pudiera servirme de estorbo.

Tal era entonces mi estado. Él se dio cuenta, porque yo le había dicho no se qué en un tono de voz que parecía ya preñado de llanto, y en tal disposición me había levantado. Permaneció, pues, en el lugar donde estábamos sentados, en estupor profundo.

Y me tendí no sé cómo debajo de una higuera, solté la rienda al caudal de mis lágrimas y brotaron dos ríos de mis ojos, sacrificio que te fue aceptable, y, si no con estas palabras sí en este sentido, te dije una gran cantidad de cosas: Y tú, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, has de estar siempre enojado? No te acuerdes de nuestras viejas iniquidades. Pues sentía que eran ellas las que me retenían. Profería voces lastimeras: "¿En cuánto tiempo? ¿En cuánto tiempo? Mañana, siempre mañana.20 ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner en esta hora fin a mis torpezas?"

29. Esto decía y lloraba con la más profunda amargura de mi corazón contrito. Y he aquí que, proveniente de una casa vecina, oigo una voz como de un niño o de una niña, no sé, que decía cantando y repetía con frecuencia: "¡Toma, lee! ¡Toma, lee!" 21.

Mudé de semblante al punto y con toda atención me puse a pensar si acostumbrarían a cantar los niños en alguna clase de juegos un ritornelo semejante. Y no recordaba haberlo oído jamás en parte alguna. Reprimí el ímpetu de mis lágrimas y me incorporé, no viendo en ello más que una orden divina que me mandaba abrir el libro y leer lo que encontrase en el primer capítulo que se ofreciese.

Pues había oído decir, a propósito de Antonio, que de una lectura del Evangelio, a la cual llegara casualmente, había sacado una admonición personal, como si para él se dijese lo que se estaba leyendo: Vete, vende todo lo que posees, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; y ven y sígueme. Y que con ese oráculo al punto se había convertido a ti.

Así que volví a toda prisa al lugar donde estaba sentado Alipio, pues allí había dejado el libro del Apóstol cuando de allí me levanté. Lo agarré, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo en que se posaron mis ojos: No en comilonas ni en borracheras, no en amancebamiento y libertinaje, no en querellas y envidias, antes vestios del Señor Jesucristo y no os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias.

No quise leer más, ni era necesario. Al instante, con las últimas palabras de ese pensamiento, como si una luz de seguridad se hubiese difundido en mi corazón, se disiparon todas las tinieblas de la duda.

30. Entonces, poniendo el dedo o no sé qué otra señal, cerré el libro y con el semblante ya tranquilo puse a Alipio al corriente, quien a su vez me manifestó lo que pasaba por él y que yo desconocía. Pidió ver lo que yo había leído, se lo mostré y fijó su atención también más allá de lo que yo había leído. Yo ignoraba la continuación del texto, que seguía así: Acoged al débil en la fe. Se lo aplicó a sí mismo Alipio y me lo hizo saber. En todo caso, una tal advertencia le confirmó y, adoptando un propósito y una resolución de virtud en todo conformes a sus costumbres, en las que me aventajaba en el camino del bien desde hacía mucho tiempo y por buen trecho, sin ninguna turbación, sin vacilación alguna, se asoció a mí.

De aquí entramos a ver a mi madre y la informamos. Ella se llena de gozo. Contárnosle cómo ha sucedido. Salta de júbilo y triunfo y te bendecía a ti que tienes poder para llevar a cabo más de lo que pedimos y podemos comprender, pues veía que le habías concedido en mí mucho más de lo que ella en sus plegarias habituales te pedía con lágrimas y gemidos lastimeros.

Porque de tal modo me convertiste a ti, que ya no buscaba esposa ni nada de lo que se espera en este siglo. Estaba de pie sobre la regla de fe, como tú le habías revelado tantos años antes. Y convertiste su duelo en gozo, mucho más abundante de lo que ella había deseado, mucho más atractivo y más casto que el que ella esperaba de los nietos de mi carne.22

Notas al Libro VIII:

1 De este Simpliciano sabemos que era gran amigo de Mario Victorino y que fue ordenado presbítero de la iglesia de Roma. Ambrosio le escogió como maestro suyo en las ciencias eclesiásticas, al ser elegido obispo. No sabemos qué edad podría tener cuando fue a consultarle Agustín en el verano del 386, pero debía ser bastante mayor que Ambrosio, puesto que éste le consideraba como padre. Once años más tarde, en el curso de la última enfermedad del obispo de Milán, discutían cuatro de sus diáconos acerca de su posible sucesor en la sede y uno de ellos objetaba la candidatura de Simpliciano alegando que era "demasiado viejo". "Senex sed bonus", replicó Ambrosio, que había seguido la plática desde el lecho. Y le sucedió Simpliciano, no obstante su avanzada edad. De "sanctus senex" le califica Agustín en la Ciudad de Dios (X, 24) y aquí de "bonus". Y por tal debía pasar ante sus contemporáneos. Falleció hacia el 400, después de tres años de episcopado.

Era Simpliciano un hombre de reflexión y de estudio, que se pasó la vida leyendo y meditando sobre lo que leía con una curiosidad nunca satisfecha. Respondiendo a unas preguntas que le dirigiera, traza Ambrosio un cumplido elogio de aquel afanoso inquiridor: "No comprendo cómo tienes dudas y me preguntas a mí, tú, que has recorrido el mundo entero para adquirir la fe y el conocimiento de Dios, que has consagrado todo el tiempo de esta vida a leer de día y de noche, tú que penetras las realidades inteligibles de tu agudo espíritu, tú que sabes demostrar hasta qué punto están lejos de la verdad los libros de los filósofos y cuántos de entre ellos son vanos". Así se expresaba Ambrosio, pero bien sabía que el desdén de su maestro por los escritos de los filósofos no era tan universal —también Agustín es de ello testimonio— por hábil que fuera Simpliciano en distinguir el error de la verdad. Pertenecía a esa especie de gentes cultivadas que no escriben o que escriben poco, y no precisamente por falta de ideas, pero que, sin embargo, influyen sobremanera en otros escritores que les deben lo mejor de lo que escriben. Tal pudiera ser el caso de Ambrosio con respecto a Simpliciano.

2 El sentido es: "unos vivían en la continencia, otros en el matrimonio", y apunta evidentemente a I Cor., 7,7, donde el Apóstol distingue dos estados de vida, matrimonio y virginidad. Así interpreta, en efecto, Agustín el versículo paulino: "Utrumque Apostolus donum Dei praedicauit, cum de uita utraque, id est, coniugali et ea quae sine coniugio, loqueretur dicens: Vellem omnes homines sic esse sicut meipsum, sed unusquisque proprium donum habet a Deo: alius sic, alius autem sic" (De Cont., I, 1).

3 Nacido en el África proconsular antes del año 300, Mario Victorino arribó a Roma hacia el 340, siendo emperador Constancio. Llegó a ser el orador más célebre de su tiempo y un profesor de retórica tan estimado, que se le erigió una estatua vivo todavía. Neoplatónico convencido, hízose iniciar en los misterios de Osiris. Hacia el 355 convirtióse al Cristianismo en las circunstancias que al de Hipona relata Simpliciano. Continuó enseñando retórica hasta 362, en que prefirió dimitir a someterse a las decisiones de Juliano el Apóstata. No se sabe con exactitud cuándo murió. Antes de su conversión había compuesto ya numerosas obras de física, de lógica y de retórica; convertido, escribió diversos tratados teológicos sobre la Trinidad, impregnados de plotinismo todos ellos. Tradujo al latín, además de algunos libros platónicos a que se refiere el Santo, la Isagoge de Porfirio, las Categorías de Aristóteles y el Perihermeneias del mismo filósofo.

4 Nos hallamos ante un locus sumamente controvertido, para el que se han propuesto un sin fin de conjeturas. En el texto latino primitivo debía figurar un término técnico que los copistas medievales no han sabido interpretar. Ese término designaría, por el contexto, una divinidad de los cultos mistéricos y, precisando aún más, de los cultos egipcios. Alguien ha pensado en Harpocrates, Horus-infante, el pequeño hijo de Osiris, que era como su supervivencia terrena. Con esta interpretación, que explicaría la lectura de algunos códices, la traducción sería: "... de los que entonces se enorgullecía casi toda la nobleza romana para dar su favor a Osiris infante, a los monstruos de las divinidades de toda laya y a Anubis el labrador".

5 Virgilio, Eneida, VIII, 698-9. La cita de Agustín no es literal.

6 Si el catecúmeno deseaba completar su iniciación y si las autoridades de la comunidad le juzgaban digno de recibir el bautismo, pasaba al grupo de los elegidos. Cfr. nota 12 del libro IX.

7 Otra de las varias reminiscencias virgilianas que esmaltan las Confesiones (Eneida, IV, 644).

8 Es a partir del encuentro con el procónsul Sergio Pablo cuando en la narración de los Hechos comienza a darse a Saulo el nombre de Pablo (XIII, 9), que será ya el único con que se le designará en adelante. Se ha venido discutiendo desde antiguo si es que toma ese nombre en recuerdo de la conversión de tan caracterizado personaje o lo llevaba ya antes, junto con el de Saulo. Parece mucho más probable esto último, pues era entonces frecuente entre los judíos y orientales en general, el uso del doble nombre, uno hebreo, que se empleaba en familia, y otro greco-latino, para el trato con el mundo gentil. Comenzó a usar el nombre latino al iniciar sus grandes viajes apostólicos, en los que tenía que ponerse más en contacto con el mundo romano.

9 Cuando Juliano decidió actuar contra el Cristianismo en el terreno escolar, dictó, como primera providencia, la constitución Magistros studiorum (17 de junio del 362), de carácter genérico y bastante neutral. Mayor importancia revistió una carta del mismo emperador, que puede considerarse como un escrito explicativo de la mencionada constitución. Ante una ley de ese género, a un maestro cristiano no le quedaba otra alternativa que renegar de su fe o abandonar el puesto que desempeñaba.

Gran resentimiento debieron provocar estas disposiciones aun en los círculos paganos, cuando uno de ellos, Amiano, amigo del emperador, considera que lo que este hizo contra los maestros cristianos fue "inhumano y merecedor de ser cubierto con perenne silencio".

10 Sin embargo, tanto para él como para el retórico de Atenas, Proeresio, dos figuras de las letras del Imperio, estaba dispuesto a hacer una excepción Juliano, permitiéndoles seguir enseñando sin abandonar el Cristianismo.

11 Imposible reflejar en español el vigor de esas asonancias y oposiciones tan enérgicamente expresadas con términos selectos que resumen la psicología de la libertad moral: "Tuae caritati me dedere quam meae cupiditati cedere; sed illud placebat et uincebat, hoc libebat et uinciebat".

12 San Antonio Abad (251-356), padre del monacato.

13 Parece que en ese monasterio vivieron Sarmaciano y Barbaciano, quienes dieron bastante que sentir a San Ambrosio y al abad del monasterio.

14 La conocidísima biografía escrita por San Atanasio y traducida al latín por Evagrio de Antioquía, durante su permanencia en Tréveris.

15 Los agentes in rebus, cuya misión se fue haciendo cada vez más importante y temida en el Imperio, eran los supervisores de las oficinas de los prefectos, vicarios, gobernadores, generales; vigilaban los servicios de correos y aseguraban las comunicaciones entre el gobierno central y las administraciones.

16 Los amici Augusti eran, en el Bajo Imperio, un reducido número de consejeros del emperador a quienes se confería ese título. Como estaban fácilmente expuestos a caer en desgracia de sus amos, habíase hecho proverbial la inestabilidad de ese cargo.

17 Estas imágenes, ya empleadas anteriormente (I, 18, 28), se inspiran en el tratado Sobre lo hermoso de Plotino, donde se evoca la huida propuesta por Platón (Teet., 176a) hacia el padre y hacia la patria.

18 Esta polémica contra la teoría de las dos voluntades, dependientes de dos principios opuestos, va enderezada evidentemente contra los maniqueos.

19 La multiplicidad de voluntades en un mismo sujeto demuestra que, para Agustín, uoluntas puede significar tanto la facultad de querer, como tal querer particular.

20 "Quamdiu, quamdiu, cras et cras". Cfr. Persio, Sat., V, 66:

"Cras hoc fiet. Idem cras fiet... | lam cras hesternum consumpsimus; ecce aliud cras | Egerit hos annos, et semper paulum erit ultra".

Agustín cita explícitamente a Persio por lo menos diez veces en sus obras. Y en su predicación compara muchas otras los "cras, cras" del pecador, que difiere su conversión, al graznido del cuervo: In Ps. 102, 16; Serm. 82, XI, 14; 224, IV, 4: "Quando corriges, quando mutaris? Cras, inquis. Ecce quoties dicis cras, cras factus es corvus. Ecce dico tibi: cum facis uocem coruinam, ocurrit tibi ruina (nótese la asonancia coruinam... ruina) ("¿cuando cambiarás? 'Mañana' dices. Y cada día dice 'mañana, mañana', como un cuervo. Te digo: cuando pones voz corvina, viene tu ruina").

21 La interpretación dada por Courcelle a este pasaje ha provocado una resonante controversia. Para el gran estudioso de las Confesiones, la escena del jardín de Milán no sería más que una réplica de la escena de la conversión relatada poco antes por Ponticiano, y la decisión de seguir a Cristo después de la lectura del versículo paulino no haría sino recordar la escena de la Vida de Antonio, convertido a la vida monástica por el texto de Mateo 19,21. En resumidas cuentas, sostiene que toda esta descripción es puramente literaria. Percibe en ella ecos plotinianos, descubre el empleo de motivos literarios bien conocidos (Hércules entre el Vicio y la Virtud), una justa literaria entre las Vanidades y la Continencia, etc. Llega a sospechar que tampoco es auténtico el tolle, lege y funda las sospechas en una serie de observaciones históricas o filológicas: que ningún juego infantil de la antigüedad repetía esa cantilena; que la higuera bajo la cual se tendió Agustín representa la higuera de Natanael (Juan 1, 48), que, según la exégesis del de Hipona, figura "la sombra mortal de los pecados del género humano"; que la voz oída por Agustín evoca la voz de la Continencia, madre de "tantos pueri et puellae"; que esa voz viene, no de uicina domo, según el texto comúnmente recibido, sino de diuina domo, conforme a la lección del Sessorianus... La crítica se ha mostrado severa y reticente con las hipótesis del insigne filólogo. Es posible que nuestro autor haya adornado las circunstancias que enmarcan su conversión para dar al relato mayor categoría literaria, pero no es menos evidente que el sentido obvio de las páginas que describen esa escena es recordar un suceso que ha señalado el momento decisivo de su conversión.

22 La escena del jardín de Milán debió ocurrir a mediados de agosto del 386.

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII
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