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El Testigo Fiel
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Documentación: Confesiones
Libro X
«Disposiciones actuales de Agustín»

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII

Libro Décimo: Disposiciones actuales de Agustín

CONTENIDO

I. Deseos de conocer y practicar la verdad

II. Para Dios nada hay oculto en el hombre

III. Por qué se confiesa también ante los hombres

IV. Se confiesa a los hombres para que se unan a su acción de gracias

V. Sólo el Señor es juez

VI. El amor y la búsqueda de Dios

VII. Dios está más allá de la vida psíquica

VIII. La memoria y su contenido

IX. El conocimiento científico

X. Origen del conocimiento científico

XI. Cómo se aprenden las nociones intelectuales

XII. Los números

XIII. El recuerdo del recuerdo

XIV. Las pasiones del alma

XV. Recuerdo e imagen

XVI. Memoria y olvido

XVII. Misterio de la memoria

XVIII. Para reconocer un objeto perdido hay que acordarse de él

XIX. Jamás es total el olvido

XX. Buscar a Dios es buscar la vida bienaventurada

XXI. Memoria y vida bienaventurada

XXII. La vida bienaventurada es gozar de Dios

XXIII. Errores del hombre acerca de la vida bienaventurada

XXIV. Dios está en la memoria

XXV. Cómo está Dios en la memoria

XXVI. Cómo ha llegado Dios a la memoria

XXVII. Conclusión lírica

XXVIII. Plegaria

XXIX. Dios es nuestro único apoyo

XXX. Tentaciones de la sexualidad

XXXI. Tentaciones del gusto. Los alimentos son remedios. Glotonería y embriaguez

XXXII. Tentaciones del olfato

XXXIII. Tentaciones del oído. Dudas sobre el canto de la Iglesia

XXXIV. Tentaciones de la vista

XXXV. La vana curiosidad

XXXVI. El orgullo

XXXVII. La alabanza de los hombres

XXXVIII. La vanagloria

XXXIX. El amor propio

XL. Gusto de Agustín por buscar y encontrar a Dios

XLI. No se puede poseer a Dios con la mentira

XLII. Necesidad de un mediador. Falsos mediadores de los neoplatónicos

XLIII. El verdadero mediador

Notas al Libro X

CAPÍTULO I

DESEOS DE CONOCER Y PRACTICAR LA VERDAD

1. Conózcate, Conocedor mío, conózcate como soy conocido. Virtud de mi alma, entra en ella y adáptala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga.

Esta es mi esperanza; por eso hablo y en esa esperanza pongo mi gozo cuando me gozo con un gozo sano. En cambio, todos los demás bienes de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se llora por ellos, y tanto más se han de llorar cuanto menos se llora por ellos.

He aquí que has amado la verdad, ya que quien la pone en práctica viene a la luz. Quiero practicarla en mi corazón, delante de ti con la confesión, y también con mi pluma delante de muchos testigos.

CAPÍTULO II

PARA DIOS NADA HAY OCULTO EN EL HOMBRE

2. Por supuesto que para ti, Señor, a cuyos ojos está desnudo el abismo de la humana conciencia, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque me negara a confesártelo? Sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti.

Pero al presente, como mi gemido es testigo de que me desagrado a mí mismo, resplandeces y me agradas tú, y eres amado y deseado hasta el punto de sentir de mí vergüenza y desecharme a mí y elegirte a ti, y ni a ti ni a mí agradar sino por ti.

A ti, Señor, me manifiesto tal cual soy. Y ya he dicho con qué fruto me confieso a ti. No lo hago con palabras y con voces de la carne, mas con palabras del alma y con el clamor del pensamiento, que tu oído conoce.

Porque cuando soy malo, confesarme a ti no es otra cosa que desagradarme a mí; mas cuando soy bueno, no es otra cosa confesarme a ti que no atribuírmelo a mí. Porque tú, Señor, bendices al justo, pero antes, de impío le conviertes en justo.

Así que mi confesión, Dios mío, en tu presencia, es, a la vez callada y no callada. Calla en cuanto al ruido, grita en cuanto al sentimiento. Pues nada verdadero digo a los hombres, que no hayas oído de mí antes. Ni oyes de mí nada verdadero que no me lo hayas dicho tú antes.

CAPÍTULO III

POR QUÉ SE CONFIESA TAMBIÉN ANTE LOS HOMBRES

3. ¿Qué tengo, pues, que ver yo con los hombres, para que oigan mis confesiones, como si hubiesen de curar ellos todas mis dolencias? Linaje curioso para enterarse de la vida ajena, perezoso para corregir la suya.

¿Por qué quieren oír de mí quién soy yo, los que no quieren oír de ti quiénes son ellos? Y ¿cómo saben, al oírme hablar a mí mismo de mí mismo, si digo la verdad, cuando ningún hombre sabe lo que pasa en el hombre, si no es el espíritu del hombre que está en él?

Pero si te oyen a ti hablar de sí mismos no podrán decir: "El Señor miente". Porque, ¿qué es oírte hablar de uno mismo sino conocerse uno a sí mismo? Y ¿quién hay, que si se conoce, pueda decir: "Es falso", a menos que él mismo mienta?

Mas, como la caridad todo lo cree —al menos entre quienes, unidos a ella misma, funde en unidad estrecha— también yo, Señor, me confieso a ti ahora, para que oigan los hombres, a quienes no puedo demostrar que es verdad lo que confieso. Pero me creen aquellos, cuyos oídos abre la caridad para que me oigan.

4. Con todo, tú, íntimo médico mío, permíteme ver con claridad cuál puede ser el fruto de que yo haga esto. Porque las confesiones de mis faltas pasadas, que me has perdonado y cubierto para hacerme feliz en ti, transformando mi alma con la fe y con tu sacramento, cuando se las lee y escucha, excitan el corazón para que no se duerma en la desesperanza y diga: "No puedo", sino que vele en el amor de tu misericordia y en la dulzura de tu gracia, con la que es fuerte todo hombre débil que llega a ser, por ella, consciente de su debilidad. Y resulta agradable a los buenos oír hablar de sus faltas pasadas, porque ya no las tienen. No les resulta agradable porque sean faltas, sino porque fueron y ya no son.

¿Con qué fruto, pues, Señor mío, a quien cada día se confiesa mi conciencia, más segura en la esperanza de tu misericordia que en su propia inocencia, con qué fruto, te ruego, voy a confesar también a los hombres delante de ti por este escrito lo que actualmente soy, no lo que he sido? Porque el fruto de la confesión del pasado lo he visto y lo he señalado. Mas lo que soy ahora, en el preciso momento de mis confesiones, desean también saberlo muchos que me conocen y no me conocen, que han oído algo de mí o sobre mí, pero su oído no está aplicado a mi corazón, donde soy lo que soy. Quieren, pues, oír por confesión mía lo que yo soy por dentro, donde no pueden dirigir ni el ojo, ni el oído, ni el entendimiento. Quieren oirme dispuestos, a pesar de todo, a creerme. ¿Acaso dispuestos también a conocerme? Es la caridad, que los hace buenos, la que les dice que yo no miento en mis confesiones; es ella en ellos la que me cree.

CAPÍTULO IV

SE CONFIESA A LOS HOMBRES PARA QUE SE UNAN A SU ACCIÓN DE GRACIAS

5. ¿Con qué fruto, empero, lo quieren? ¿Desean unir sus acciones de gracias a las mías al oír cuánto me acerco a tí por tu gracia, y orar por mí al oír cuánto me retardo por mi propio peso?

A gentes como estas me manifestaré. Pues no es pequeño fruto, Señor, Dios mío, que muchos te den gracias por nosotros y que muchos te rueguen por nosotros. Ame en mí el alma fraterna lo que enseñas que se debe amar y deplore en mí lo que enseñas que se debe deplorar. Esta conducta espero del alma fraterna, no de la extraña, no de los hijos de los extranjeros, cuya boca ha proferido la vanidad y cuya diestra es una diestra de iniquidad, sino de aquella alma fraterna, que, cuando me aprueba, se congratula por mí, y, cuando me desaprueba, por mí se entristece. Y es que, me apruebe o me desapruebe, me ama de todos modos.

A gentes como éstas me manifestaré. Que respiren a la vista de mi bien y suspiren a la vista de mi mal. El bien que hay en mí, tú lo has establecido y tú me lo has dado; el mal que hay en mí, yo soy quien lo ha cometido y tú quien lo juzgas. Que respiren a la vista del primero y suspiren a la vista del segundo. Que asciendan, a la vez, a tu presencia himnos y llantos desde los corazones fraternos, que son tus incensarios.

Mas tú, Señor, deleitado con la fragancia de tu santo templo, ten misericordia de mí, según tu gran misericordia, por causa de tu nombre. Tú, que nunca abandonas lo que has comenzado, consuma lo que hay de imperfecto en mí.

6. Tal es el fruto que espero de mis confesiones, revelando, no lo que fui, sino lo que soy: que lo confiese, no sólo en tu acatamiento con un secreto transporte de alegría mezclada con temblor, con una secreta tristeza mezclada con esperanza; sino también en los oídos de los creyentes, esos hijos de los hombres, asociados a mi gozo y participantes de mi condición mortal, conciudadanos míos y peregrinos conmigo, que me preceden o me siguen o me acompañan en la vida. Estos son tus siervos, mis hermanos, y has querido que sean tus hijos, mis señores, a quienes me ordenaste servir, si quiero vivir de ti contigo.

Y bien poco hubiese sido para mi que tu Verbo hubiera dado ese mandato con palabras, si no hubiese ido delante con los hechos. También yo lo cumplo con hechos y con palabras. Lo cumplo bajo tus alas, porque sería extremadamente grande el peligro, si no estuviese yo bajo tus alas, donde te está sumisa mi alma y mi debilidad te es conocida.

Pequeñuelo soy, pero mi padre vive por mí siempre y mi tutor es el indicado para mí. Sí, él es el mismo que me engendró y que me tutela. Eres tú mismo, que eres todo mi bien. Tú, el todopoderoso, que estás conmigo, aun antes de que estuviese yo contigo.

Manifestaré, pues, a tales hombres, cuales son los que me ordenas servir, no lo que fui sino lo que ya soy y lo que sigo siendo. Mas no me juzgo yo a mí mismo. Que se me escuche, pues, con este espíritu.

CAPÍTULO V

SÓLO EL SEÑOR ES JUEZ

7. Tú eres, Señor, quien me juzga. Pues aunque ningún hombre sabe las cosas que son del hombre, como no sea el espíritu del hombre que está en él, hay, no obstante, alguna parte del hombre que no la sabe ni el mismo espíritu del hombre que está en él. Pero tú, Señor, que le hiciste, sabes todo lo suyo.

Y yo, aunque me desprecie en tu presencia y me considere tierra y ceniza, sé, no obstante, algo de ti que no lo sé de mí. Cierto es que vemos ahora por medio de espejo y en enigma y no todavía cara a cara; por eso, mientras dura mi peregrinación lejos de ti, me soy más presente a mí que a ti. Y, sin embargo, conozco que sobre ti no se puede ejercer ninguna clase de violencia. En cambio, a qué tentaciones pueda o no pueda resistir yo, lo desconozco. Mi confianza estriba en que eres fiel y en que no permites que seamos tentados más de lo que podemos soportar, sino que con la tentación nos das también salida, para que podamos afrontarla.

Confesaré, pues lo que de mí sé; confesaré también lo que no sé. Porque lo que sé de mí, lo sé cuando me iluminas; y lo que de mí no sé; no lo sabré hasta que mis tinieblas sean como la claridad del mediodía ante tu rostro.

CAPÍTULO VI

EL AMOR Y LA BÚSQUEDA DE DIOS

8. No me cabe duda alguna, antes estoy plenamente seguro en mi conciencia, Señor, de que te amo. Golpeaste mi corazón con tu palabra y te amé. Además, el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos, me están diciendo por dondequiera que te ame y no cesan de decírselo a todos los hombres, para que no tengan excusa.

Pero tú, más profundamente te apiadarás de quien quieras apiadarte, y tendrás misericordia con quien quieras ser misericordioso. De otro modo, el cielo y la tierra pregonarían a sordos tus alabanzas.

Mas ¿qué es lo que amo cuando te amo? No es la belleza de un cuerpo, ni el encanto de un tiempo, ni el esplendor de la luz, amable a mis ojos de acá abajo, ni las dulces melodías de cualquier suerte de cantilenas, ni el suave olor de las flores, de los perfumes, de los aromas, ni el maná, ni la miel, ni los miembros acogedores a los abrazos de la carne. No es eso lo que amo, cuando a mi Dios amo.1

Y, no obstante, amo una luz y una voz y un olor y un alimento y un abrazo, cuando a mi Dios amo: luz, voz, olor, alimento, abrazo del hombre interior que está en mí, donde brilla para mi alma lo que no cabe en lugar, y donde resuena lo que no arrebata el tiempo, y donde se exhala una fragancia que el viento no dispersa, y donde se saborea lo que la voracidad no disminuye, y donde se anuda un abrazo que la saciedad no afloja. Esto es lo que amo, cuando a mi Dios amo.

9. Y ¿qué es esto? Pregunté a la tierra y contestó: "No soy yo". Y todo cuanto hay en ella hizo la misma confesión. Pregunté al mar y a los abismos y a los seres vivientes que se arrastran y respondieron: "No somos tu Dios; busca más arriba de nosotros". Pregunté a las brisas que soplan y todo el espacio aéreo, con sus moradores, dijo: "Equivócase Anaximenes; yo no soy Dios".2 Pregunté al cielo, al sol, a la luna, a las estrellas: "Tampoco somos nosotros el Dios que buscas", respondieron.

Y dije a todos los seres que rodean las puertas de mi carne: "Decidme de mi Dios, ya que no lo sois vosotros, decidme algo de él". Y exclamaron con una voz potente: "Él nos ha hecho". Mi pregunta era mi contemplación y su respuesta, su hermosura.3

Me dirigí entonces a mí mismo y me dije: "¿Tú quién eres?" Y respondí: "Un hombre". He aquí un cuerpo y un alma que están en mí, a mi disposición; exterior el uno y la otra interior. ¿A cuál de los dos hubiera debido preguntar por mi Dios, por quien ya había preguntado por medio del cuerpo, desde la tierra hasta el cielo, hasta donde pude enviar, como mensajeros, los rayos de mis ojos? Pero el mejor es el elemento interior. A él, en efecto, comunicaban todos los mensajeros del cuerpo, como a presidente y juez, las respuestas del cielo y de la tierra y de todo lo que en ellos se contiene, cuando decían: "No somos Dios", y: "Él nos ha hecho".4El hombre interior tuvo conocimiento de esto por mediación del hombre exterior. Soy yo, el hombre interior, el que ha adquirido conocimiento, yo, yo el espíritu, por los sentidos de mi cuerpo. Interrogué a la gran mole del universo acerca de mi Dios, y me respondió: "Yo no lo soy, pero él es quien me ha hecho".

10. ¿Es que no está patente esta hermosura a todos cuantos tienen íntegros sus sentidos? ¿Por qué no a todos les dice lo mismo? Los animales pequeños y grandes la ven, mas no pueden preguntar, porque no hay en ellos ese juez que preside las informaciones de los sentidos, que es la razón. Pero los hombres pueden preguntar, de modo que lleguen a conocer los misterios invisibles de Dios por el conocimiento de las cosas creadas, sino que, amando a estas criaturas, se someten a ellas y, sometidos, no son capaces de juzgar. Y esas criaturas no responden a quienes les preguntan, a menos que emitan ellos un juicio. No es que muden ellas su voz, es decir, su hermosura, si uno se conforma sólo con ver mientras que otro ve y pregunta, de suerte que se muestra de una manera al primero y de otra al segundo; sino que, mostrándose de la misma manera a los dos, es muda para aquél y habla para éste. Mejor dicho, habla para los dos, pero aquéllos entienden que, recibiendo su voz fuera, dentro la comparan con la verdad. De hecho la verdad me dice: "Tú Dios no es la tierra, ni el cielo, ni cuerpo alguno". Esto lo dice su misma naturaleza.

Ellos ven: es una masa, menor en una parte que en su totalidad.5 Ya tú eres mejor, alma; yo te lo digo, puesto que animas la masa de tu cuerpo dándole vida, cosa que ningún cuerpo proporciona a otro cuerpo. Mas tu Dios es para ti hasta la vida de tu vida.

CAPÍTULO VII

DIOS ESTÁ MÁS ALLÁ DE LA VIDA PSÍQUICA

11. ¿Qué es, pues, lo que amo, cuando a mi Dios amo? ¿Quién es ese ser por encima del ápice de mi alma? Por mi misma alma subiré hasta él.

Traspasaré mi fuerza vital con que estoy adherido al cuerpo y lleno de vida su organismo. No encuentro a mi Dios en esa fuerza, ya que le encontrarían también el caballo y el mulo, que no tienen inteligencia y tienen la misma fuerza, gracias a la cual viven también sus cuerpos.

Hay otra fuerza en mí que me permite dar no sólo vida, sino también sensibilidad a mi carne, que el Señor me fabricó, ordenando al ojo que no oiga y al oido que no vea, sino al primero que vea yo por él, y al segundo que oiga yo por él, y fijando su función propia a cada uno de los demás sentidos, según su sede y su oficio; y esas funciones tan diferentes las desempeño yo por ellos, conservando mí unidad espiritual. Traspasaré, asimismo, esta segunda fuerza que hay en mí, pues la poseen el caballo y el mulo, que sienten también ellos a través del cuerpo.

CAPÍTULO VIII

LA MEMORIA Y SU CONTENIDO

12. Traspasaré, pues, también esta fuerza de mi naturaleza, ascendiendo por grados hasta el que me creó. Y llego a los anchurosos espacios y a los vastos palacios de la memoria, donde se encuentran los Tesoros de las innumerables imágenes acarreadas por la percepción de toda suerte de objetos. Allí está almacenado también todo lo que construye nuestra mente, sea aumentando, sea disminuyendo, sea modificando de cualquier modo los objetos que percibieron los sentidos, y cualquier otra imagen allí depositada y guardada, que no haya sido aún borrada y sepultada en el olvido.

Cuando estoy en este palacio, llamo para que se presenten los recuerdos que se me antojan. Unos salen al instante, otros se hacen buscar por algún tiempo y como sacar de una especie de depósitos más secretos, algunos irrumpen en tropel y, cuando se pide y se busca otra cosa, saltan en medio, como diciendo: "¿No seremos nosotros?" Y los aparto con la mano del corazón, de la faz de mi memoria, hasta que se destaque de la semioscuridad el que yo busco y salga de su escondite a mi presencia. Otros recuerdos son traídos ante mí sin dificultad alguna, en filas bien ordenadas, según van siendo llamados; los que vienen los primeros van desapareciendo ante los que siguen y, al desaparecer, se ocultan, prestos a reaparecer cuando yo lo desee. Todo esto tiene lugar cuando refiero alguna cosa de memoria.

13. En ese palacio, separadas y clasificadas por especies, encuéntranse guardadas todas las sensaciones que han penetrado, cada una por su propia entrada: así la luz y todos los colores y las formas de los cuerpos, por los ojos; por los oídos, los sonidos de todo género; los olores todos, por el conducto de la nariz; el conjunto de los sabores, por la puerta de la boca, y por la sensibilidad difusa por todo el cuerpo, lo que es duro y lo que es blando, lo que es caliente o frío, suave o áspero, pesado o ligero, sea exterior o interior al cuerpo. Todas estas cosas las recoge la memoria, para evocarlas de nuevo cuando sea menester y volver sobre ellas en sus vastos depósitos, en el secreto de yo no sé qué inexplicables recovecos. Y todas, cada una por su puerta, van entrando en ella, y en ella se almacenan.

Aunque no son las cosas mismas las que entran, sino las imágenes de los objetos percibidos, que permanecen allí, prestas a responder al pensamiento cuando las evoca. Cómo fueron fabricadas estas imágenes ¿quién podrá decirlo? A pesar de que se advierte claramente por qué sentidos han sido captadas y encerradas después dentro.

Así, aunque me encuentre en la oscuridad y en el silencio, evoco en mi memoria, si quiero, los colores, y distingo el blanco del negro y otros colores entre sí, si quiero. Ninguna incursión de sonidos viene a turbar la contemplación de lo que he captado por los ojos; y eso que allí están los sonidos, pero como aparte y agazapados en un rincón, puesto que también a ellos los llamo, si me da la gana, y se presentan al punto. Con la lengua queda y la garganta muda canto cuanto quiero; y aquellas imágenes de los colores, que, no obstante, están allí, no se interponen ni interrumpen, mientras repaso otro tesoro: el que ha colado en mí por los oídos. De esta guisa recuerdo a voluntad otras sensaciones que han penetrado y se han acumulado por los demás sentidos. Distingo el perfume de los lirios del de las violetas sin oler nada, y prefiero la miel al arrope, lo suave a lo áspero, sin gustar ni tocar nada, sino con sólo el recuerdo.

14. Estos procesos los verifico dentro, en el aula inmensa de mi memoria. Allí están a mi disposición el cielo y la tierra y el mar, con todas las sensaciones que pude percibir en ellos, a excepción de las que he olvidado.

Allí me encuentro también a mí mismo, me acuerdo de mí, de lo que he hecho, cuándo y dónde lo he hecho, y qué impresión sentía en el momento de hacerlo.

Allí están todas las cosas que me acuerdo haber experimentado o creído. De esa misma abundante reserva saco igualmente, por semejanza con las cosas de que he tenido experiencia o con aquellas que, conforme a esta experiencia, haya creído nuevas y nuevas imágenes. Las cotejo yo mismo con la trama del pasado y voy, de ahí, tejiendo la del porvenir, hechos, acontecimentos, esperanzas. Y todo esto lo pienso y repienso como si fuese presente. "Haré esto o aquello", digo entre mí, en la inmensa galería de mi espíritu, llena de imágenes de tantas y tan grandes cosas; y se sigue esto o aquello. "¡Oh, si acaeciese tal o cual cosa!" "¡Dios me libre de esto o de lo de más allá!" Eso digo entre mí, y, apenas lo digo, se me presentan las imágenes de todo lo que digo, surgiendo de ese mismo tesoro de la memoria. Y no podría decir absolutamente nada de todo esto si me hubiesen faltado ellas.

15. ¡Grande es este poder de la memoria, grande sobremanera, Dios mío! ¡Es un santuario vasto y sin límite! ¿Quién ha llegado hasta su fondo? Y este poder es de mi espíritu; pertenece a mi naturaleza, y ni yo mismo puedo comprender todo lo que soy. De manera que el espíritu es demasiado estrecho para poseerse a sí mismo. Pero entonces, ¿dónde está lo que de sí no puede abarcar? ¿Estará fuera de él y no en él mismo? ¿Cómo es, pues, que no lo abarca? Esta cuestión despierta en mí una gran admiración y me sobrecoge el estupor.

Y se van los hombres a admirar la altura de los montes, las gigantescas olas del mar, los anchos caudales de los ríos, la inmensidad del océano, el curso de los astros y a sí mismos se dejan a un lado. Y no se maravillan de que, al hablar de todas estas cosas, yo no las veía con los ojos, y, sin embargo, no hablaría de ellas, si los montes, las olas, los ríos y los astros que yo he visto, y el océano, en el que he creído, no los viese interiormente en mi memoria, con tan vastas dimensiones, como si los viera en el exterior. Y, no obstante, cuando las vi con los ojos, no las absorbí al verlas; ni son ellas las que están dentro de mí, sino sus imágenes; y sé qué es lo que se ha impreso en mí y por qué sentido de mi cuerpo.

CAPÍTULO IX

EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

16. Pero no es eso sólo lo que lleva mi memoria en su inmenso receptáculo. Encuéntranse allí también todos los conocimientos que aprendí de las ciencias liberales y aún no han caído en el olvido; están como relegados más adentro, en un lugar interior que no es lugar. Y no son sus imágenes, sino las propias cosas las que en mí llevo. Todo lo que yo sé sobre problemas como qué cosa sea la literatura, qué el arte de la discusión, cuántos géneros de cuestiones hay..., está en mi memoria. Y no está a la manera de una imagen que yo hubiera retenido, dejando el objeto fuera, o de un sonido que hubiera resonado y se hubiese ido, como acontece con la voz, que deja impreso en el oído un rastro que permite recordarla como si sonase aún, cuando ya no está sonando; o con un olor, que, mientras pasa y se desvanece en el aire, afecta al olfato, de donde transmite a la memoria una imagen de sí mismo, que podemos repetir con la reminiscencia; o con un alimento, que, si bien es cierto que en el estómago ya no tiene sabor, con todo, como que se saborea en la memoria; o con tal o cual objeto, qué el cuerpo toca y siente y, una vez separado de nosotros, la memoria lo imagina. Evidentemente, no son estas cosas las que se introducen en la memoria, sino que únicamente sus imágenes son captadas con una maravillosa rapidez y son depositadas en unos como casilleros maravillosos, y maravillosamente afloran cuando el recuerdo las evoca.

CAPÍTULO X

ORIGEN DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

17. Mas cuando oigo que hay tres géneros de cuestiones: si existe una cosa, qué es, y cuál es, retengo, sin duda, las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Han cruzado, vibrando, por el aire y ya no existen, ya lo sé. Pero las cosas mismas significadas por esos sonidos, ni las he alcanzado con sentido alguno del cuerpo, ni las he visto en parte alguna fuera de mi espíritu. Y he guardado en mi memoria, no sus imágenes, sino a ellas mismas.

¿De dónde han venido para entrar en mí? Díganlo ellas, si pueden. Porque yo recorro todas las puertas de mi carne y no hallo por cuál de ellas hayan podido penetrar. En efecto, los ojos dicen: "Si tienen color, nosotros las hemos anunciado". Dicen los oídos: "Si han hecho ruido, nosotros las hemos señalado". La nariz dice: "Si tienen olor, por mí pasaron". El sentido del gusto dice, a su vez: "Si no tienen sabor, no me preguntes nada". El tacto dice: "Si no tiene espesor corporal, no lo he palpado; si no lo he palpado, no lo he señalado".

¿De dónde han venido y por dónde han penetrado en mi memoria? No sé cómo. Porque cuando aprendí esas nociones, no di crédito a un corazón ajeno; fue en el mío donde las reconocí y las aprobé por verdaderas, y se las confié, como a un depósito, de donde yo podría retirarlas cuando quisiese. Allí estaban, pues, en mi corazón, aun antes de que yo las aprendiera, pero no estaban en la memoria. ¿Dónde, pues? Y ¿por qué, cuando me las enunciaron, las reconocí y exclamé: "Así es; es verdad"? ¿Por qué, sino porque ya estaban en la memoria, pero tan retiradas y tan recluidas como en cavernas más secretas, que, a menos que alguien me hubiese avisado de que las sacara, tal vez no hubiera podido pensar en ellas?

CAPÍTULO XI

CÓMO SE APRENDEN LAS NOCIONES INTELECTUALES

18. A este respecto descubrimos que aprender esas nociones —cuyas imágenes no percibimos por los sentidos, sino que, sin imágenes, y como son en realidad, las vemos por sí mismas dentro de nosotros— no es otra cosa que esto: reunir, de alguna manera, por la reflexión, los elementos que la memoria contenía en estado disperso y desordenado, y procurar, con la atención, irlos colocando como a la mano en esa misma memoria, donde antes, disgregadas y abandonadas, se escondían, a fin de que en lo sucesivo se presenten fácilmente a la intención del espíritu que les resulta familiar.6

¡Que de nociones de este género lleva mi memoria, que, una vez descubiertas, han sido, tal como vengo diciendo, como colocadas al alcance de la mano! A esto se dice "haberlas aprendido" y "saberlas". Si dejo de repasarlas a intervalos de tiempo moderados, de tal modo se sumergen de nuevo y se escurren en esa especie de santuarios más remotos, que, cual si fuesen nuevas, hay que volver a sacarlas otra vez con el pensamiento de aquel mismo lugar, pues no tienen otra residencia. Hay que volver a reunirlas de nuevo, para que puedan ser sabidas; es decir, que como después de una especie de dispersión, hay que reagruparlas. De ahí viene el término "cogitare", porque "cogo" y "cogito"7 es como "ago" y "agito", "facio" y "factito". Sino que el espíritu se ha apropiado este término "cogito", reivindicándolo para sí, de tal modo, que lo que en el espíritu, no en otra parte, se agrupa (colligitur), esto es, se reúne (cogitur), se dice ahora ya, en sentido propio, que se piensa (cogitari).

CAPÍTULO XII

LOS NÚMEROS

19. Contiene, además, la memoria las razones y las leyes innumerables de los números y de las medidas. Ninguna de ellas ha sido impresa en nosotros por los sentidos corporales, puesto que no tienen color, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni pueden palparse. He oído el sonido de las palabras con que se designan, cuando de ellas se trata, pero una cosa son ios sonidos y otras las cosas mismas. De hecho, las palabras suenan de un modo en griego y de otro en latín, pero las cosas no son ni griegas, ni latinas, ni de ningún otro idioma.

He visto las líneas que trazan los artesanos, sumamente finas, como un hilo de araña. Pero las de la memoria son otra cosa; no son las imágenes de las que me presentó el ojo de la carne. Conócelas aquél que, sin pensar en objeto corporal alguno, las ha reconocido dentro de sí mismo.

He recibido igualmente por todos los sentidos del cuerpo las sensaciones de los números que contamos; pero aquéllos, con que contamos, son otros; 8 no son imágenes de los primeros, y eso porque ellos son por excelencia.

Ríase de mí, por decir esto, el que no los ve, que lástima tendré del que de mí se ría.

CAPÍTULO XIII

EL RECUERDO DEL RECUERDO

20. Todo esto lo retengo en la memoria, y lo retengo en la memoria tal como lo aprendí. También he oído y retengo en la memoria las numerosas objeciones, absolutamente falsas, que se alegan contra esta evidencia. Por falsas que sean las objeciones, no es falso el hecho de que me acuerdo de ellas. He distinguido entre aquellas verdades y las falsedades que contra ellas se dicen, y también de esto me acuerdo; una cosa es ver ahora que yo las distingo y otra acordarme de que las he distinguido muchas veces, cuando muchas veces pensaba en estas cosas.

De manera que, por una parte, he entendido con frecuencia estas nociones y me acuerdo de ello, y, por otra, distingo y comprendo en este momento, y eso lo guardo en la memoria, para que pueda acordarme más tarde de que comprendí en este momento. Por consiguiente, acuér-dome hasta de haberme acordado; como también, si, más adelante, me acuerdo de que he podido tener al presente este recuerdo de recuerdo, será ciertamente por el poder de la memoria, por lo que me acordaré.

CAPÍTULO XIV

LAS PASIONES DEL ALMA

21. También las afecciones de mi espíritu las contiene la memoria, pero no del mismo modo que están en el espíritu cuando las padece, sino de otro muy diferente, según el poder propio que posee la memoria. Porque, sin estar alegre, me acuerdo de que estuve alegre, y recuerdo mi tristeza pretérita sin estar triste, y evoco, sin temor, el temor que sentí en otro tiempo, y, sin ambición actual, tengo memoria de mi antigua ambición. Otras veces, por el contrario, recuerdo con alegría mi tristeza pasada y con tristeza, mi alegría.

Ni hay por qué extrañarse, tratándose del cuerpo, pues que una cosa es el espíritu y otra el cuerpo. Que yo me acuerde con alegría de un dolor corporal pasado, no es mucho de maravillar. Mas aquí es diferente, puesto que el espíritu es también la memoria misma. En efecto, cuando confiamos alguna cosa para ser retenida en la memoria, decimos: "Mira, guárdala en el espíritu." Y cuando nos olvidamos de algo, decimos: "No lo tuve en el espíritu", o "Se me fue del espíritu", dando a la memoria misma el nombre de espíritu. Si esto es así, ¿cómo es que, cuando me acuerdo con alegría de mi tristeza pasada, tiene alegría el espíritu y tristeza la memoria; que el espíritu está alegre de tener en él alegría, mientras que la memoria no está triste por tener tristeza en ella? ¿Será, acaso, que no tiene la memoria relación con el espíritu? ¿Quién se atrevería a afirmarlo?

Digamos, pues, que la memoria es como el vientre del espíritu, y la alegría y la tristeza como un alimento dulce o amargo. Cuando son confiados a la memoria, pueden, como si pasaran al vientre, guardarse allí, pero no pueden tener sabor. Sería ridículo creer que las dos operaciones son semejantes y, no obstante, no carecen del todo de semejanza.

22. Y obsérvese que también lo saco de la memoria cuando digo que son cuatro las pasiones que perturban el espíritu: deseo, alegría temor y tristeza.9 Y para todas las disertaciones que pudiera hacer sobre ellas: divisiones en especies particulares, según el género propio de cada una, definiciones..., siempre encuentro allí lo que tengo que decir y de ahí lo saco.

Y, sin embargo, con ninguna de estas pasiones que perturban me perturbo, cuando con el recuerdo las rememoro. Antes de ser por mí recordadas y tratadas en mi espíritu, allí estaban; por eso han podido ser extraídas de allí por el recuerdo.

Tal vez, pues, como sube un alimento del estómago por la rumia, así suben de la memoria estas emociones por el recuerdo. ¿Por qué, entonces, no se siente en la boca del pensamiento, cuando se trata de ellas, esto es, cuando se las recuerda, la dulzura de la alegría o la amargura de la tristeza? ¿Será que en esto difieren cosas que no son del todo semejantes? ¿Quién, en efecto, hablaría de estas cosas, si cada vez que pronunciamos las palabras tristeza o temor tuviéramos que entristecernos o temer?

Y, no obstante, no hablaríamos de ellas si no encontráramos en nuestra memoria, no sólo los sonidos de las palabras, según las imágenes impresas por los sentidos corporales, sino también las nociones de las cosas mismas. Esas nociones no las hemos recibido por ninguna puerta de la carne, sino que ha sido el mismo espíritu, quien las ha sentido por la experiencia de sus propias pasiones y las ha confiado a la memoria, o ha sido esta misma memoria la que las ha retenido sin que le fueran confiadas.

CAPÍTULO XV

RECUERDO E IMAGEN

23. Mas esto, ¿se hace por medio de imágenes o no? No es fácil de decir. Nombro, por caso, la piedra, nombro el sol, aunque esos mismos objetos no están presentes a mis sentidos. Pero tengo en la memoria sus imágenes a mi disposición. Nombro el dolor físico, que no está presente en mí, mientras nada me duela. A menos que su imagen estuviese en mi memoria, no sabría yo lo que decía, ni, refiriéndome a él, podría distinguirlo del placer físico. Nombro la salud del cuerpo estando sano del cuerpo; tengo en mí esa misma realidad; pero si su imagen no estuviese también en mi memoria, de ningún modo recordaría lo que significa el sonido de ese nombre. Ni los mismos enfermos reconocerían, al oír nombrar la salud, lo que se quiere decir, si no fuese retenida esa misma imagen por el poder de la memoria, aunque esté ausente de sus cuerpos la realidad misma.

Nombro los números con que contamos y al punto se presentan en mi memoria, no sus imágenes, sino ellos mismos. Nombro la imagen del sol y allí está en mi memoria; porque no es la imagen de su imagen lo que recuerdo, sino la propia imagen: es ella misma la que se me presenta cuando me acuerdo. Nombro la memoria y reconozco lo que nombro. Y ¿dónde lo reconozco, sino en la memoria misma? ¿Será que también ella está presente a sí propia por su imagen y no por sí misma?

CAPÍTULO XVI

MEMORIA Y OLVIDO

24. ¿Qué? Cuando nombro el olvido y a la par reconozco lo que nombro, ¿cómo lo reconocería si no me acordase, no digo ya del sonido mismo del nombre, sino de la realidad que significa? Si yo me hubiera olvidado de la realidad, claro que no sería capaz de reconocer lo que es capaz de significar ese sonido. Pues cuando me acuerdo de la memoria, es la memoria misma la que está por sí misma presente a sí misma. Pero cuando me acuerdo del olvido son, a la vez, la memoria y el olvido los que están presentes; la memoria por la cual me acuerdo y el olvido, del cual me acuerdo. Mas, ¿qué es el olvido, sino una privación de la memoria? ¿Cómo, pues, está ahí presente para que me acuerde de él, si, cuando está presente, no me puedo acordar?

Y como aquello de que nos acordamos, retenérnoslo por la memoria, si no nos acordásemos del olvido, de ninguna manera podríamos, al oír ese nombre, reconocer la realidad que él significa. Luego es la memoria la que retiene al olvido.

Presente, pues, está, para que no olvidemos, aquel que, cuando está presente, olvidamos. ¿Habrá que deducir de aquí que no es por sí mismo como se encuentra el olvido en la memoria, cuando nos acordamos de él, sino por su imagen? Si el olvido estuviese presente por sí mismo, haría, no que le recordásemos, sino que le olvidásemos. ¿Quién llegará a averiguar esto? ¿Quién comprenderá cómo es?

25. Yo, por mi parte, Señor, trabajo acá abajo y trabajo en mí mismo. He llegado a ser para mí mismo una tierra excesivamente ingrata y de demasiado sudor. Pues no escrutamos ahora las regiones del cielo, ni medimos las distancias siderales, ni investigamos las fuerzas del equilibrio terrestre. Soy yo el que recuerdo, yo el espíritu. No es muy de extrañar que esté lejos de mí todo lo que no soy yo. Pero, ¿qué más cercano a mí que yo mismo? Y he aquí que escapa a mi comprensión la fuerza de mi memoria, y eso que no puedo expresarme a mí mismo sin ella. ¿Qué he de decir, si tengo la certidumbre de acordarme del olvido? ¿He de decir que no está en mi memoria aquello de que me acuerdo? O ¿he de decir que está el olvido en mi memoria para que no me olvide? No pueden ser más absurdas ambas cosas.

¿Qué decir de la tercera solución? ¿Cómo diré que es la imagen del olvido la que retiene mi memoria y no el olvido mismo, cuando me acuerdo de él? ¿Cómo diré también eso? Porque, en verdad, para que se imprima en la memoria la imagen de una cosa, es cada vez necesaria, antes que nada, la presencia de la cosa misma, de donde pueda venir a imprimirse esa imagen. Así es como yo me acuerdo de Cartago, así de todos los lugares donde he estado, así de los rostros de las personas que he visto y de eso de que los restantes sentidos se han hecho los mensajeros, así del bienestar o del dolor de mi propio cuerpo. Cuando tales cosas estaban presentes, tomó de ellas la memoria las imágenes que me fuese posible contemplar presentes y repasar en espíritu cuando me acordase de ellas, aun estando ausentes. Luego si es por su imagen, y no por sí mismo, como está retenido el olvido en la memoria, forzosamente hubo de estar él mismo allí, para que se pudiese tomar su imagen. Y, cuando estaba presente, ¿cómo inscribía su imagen en la memoria, si hasta lo que encuentra ya trazado, lo borra el olvido con su presencia? Y, no obstante, de cualquier manera que esto sea, aunque sea una manera incomprensible e inexplicable, estoy seguro de que me acuerdo del olvido mismo, del olvido que sepulta nuestros recuerdos.

CAPÍTULO XVII

MISTERIO DE LA MEMORIA

26. ¡Grande es el poder de la memoria! Es yo no sé qué misterio espantable, Dios mío, qué profunda e infinita multiplicidad. Y esto es el espíritu, y esto soy yo mismo. ¿Qué soy yo, pues, Dios mío? ¿Qué naturaleza soy? Una vida varia, multiforme y de una potente inmensidad.

He aquí mi memoria y sus largos espacios, sus antros, sus cavernas innumerables, llenas de innumerables especies de cosas innumerables, que están ahí, sea por imágenes, como los cuerpos todos; sea por presencia, real, como las ciencias; sea por no sé qué nociones o notaciones, como las impresiones del espíritu, las cuales, aun cuando no las sienta el espíritu, las retiene la memoria, pues todo lo que está en ella está en el espíritu. Voy pasando por todo esto, revoloteando acá y allá; voy penetrando tan adentro como puedo, y no hallo límite en parte alguna. ¡Tan grande es el poder de la memoria! ¡Tan grande es el poder de la vida en el hombre que vive vida mortal!

¿Qué voy a hacer, pues, oh verdadera vida mía, Dios mío? Traspasaré incluso esta potencia mía, que se llama memoria; la traspasaré para tender hacia ti, dulce luz. ¿Qué me dices? Heme aquí, subiendo a través de mi espíritu hasta ti, que permaneces por encima de mí; traspasaré también esa potencia que hay en mí, que se llama memoria, con ánimo de alcanzarte, por donde puedes ser alcanzado, y de unirme a ti, por donde puede uno unirse a ti.

Porque memoria también la tienen las bestias y las aves, ya que, de otra suerte, no volverían a encontrar sus guaridas o sus nidos, ni muchas otras cosas a que se han acostumbrado. Ni serían capaces de acostumbrarse a cosa alguna a no ser por la memoria. Traspasaré, pues, también la memoria, para alcanzar a Aquél que me separó de los cuadrúpedos y me hizo más sabio que las aves del cielo. Traspasaré también la memoria, para encontrarte ¿dónde? Si es fuera de la memoria donde te encuentro, es que no me acuerdo de ti. Y, ¿cómo te encontraré, entonces, si no me acuerdo de ti?

CAPÍTULO XVIII

PARA RECONOCER UN OBJETO PERDIDO HAY QUE ACORDARSE DE ÉL

27. Había perdido la mujer una dracma y la buscó con la linterna. Y, si no la hubiera tenido en la memoria, no la hubiese encontrado. Porque, al hallarla, ¿cómo sabría que era la misma, si no la hubiera tenido en la memoria? Me acuerdo de haber buscado y encontrado muchos objetos perdidos. Por eso conozco bien esto, porque cuando buscaba alguno de ellos y se me decía: "¿Es, quizás, esto? ¿Es, quizás, aquello?", contestaba siempre: "No es", hasta que se me presentase el que buscaba. Si yo no lo hubiese tenido en la memoria, fuese cual fuese el objeto, aunque me lo hubiesen presentado, no lo hubiera encontrado, porque no lo habría reconocido. Siempre sucede lo mismo cuando buscamos y encontramos algo que se había perdido.

Sin embargo, si por casualidad desaparece un objeto de la vista, que no de la memoria, por ejemplo, un cuerpo visible cualquiera, se retiene interiormente una imagen suya y se le busca hasta que vuelva a aparecer. Y cuando se le encuentra, se le reconoce por la imagen que está dentro de nosotros. Y no afirmamos que hemos encontrado lo que se había perdido, si no lo reconocemos; y no podemos reconocerlo, si no nos acordamos. Se había perdido un objeto, es verdad, para los ojos, pero se conservaba en la memoria.

CAPÍTULO XIX

JAMÁS ES TOTAL EL OLVIDO

28. ¿Qué? Cuando la memoria misma pierde una cosa, como acontece cuando nos olvidamos y buscamos para acordarnos, ¿dónde la buscamos, en última instancia, sino en la memoria misma? Y si acaso ahí se ofrece una cosa por otra, la rechazamos hasta que se presente la que buscamos. Y, cuando se presenta, decimos: "Esto es". Cosa que no diríamos, a menos de reconocerla, ni la reconoceríamos, a menos de recordarla. Como quiera que fuere la habíamos olvidado. O ¿será que no se había escapado toda entera, y, por la parte que de ella se retenía, se buscaba la otra parte? ¿Acaso sentía la memoria que no desarrollaba juntamente lo que solía estar junto, y como hacíala cojear esta especie de mutilación de la costumbre la hacía cojear, reclamaba que se le devolviese lo que le faltaba?

Es lo que acontece con una persona conocida: si viéndola con nuestros ojos o pensando en ella, tratamos de encontrar su nombre, que se nos había olvidado, no encaja cualquier otro nombre que se nos ocurra, porque no está habituado a pensar con él nuestro espíritu, por lo que se le rechaza, hasta que se presente el nombre, con el que de una manera cabal y satisfactoria, es señalado el conjunto habitual de esa persona. Y ¿de dónde viene su presencia, sino de la memoria? Porque aun cuando sea otro quien nos inspire ese nombre que al punto reconocemos, es de allí de donde viene su presencia. Pues no lo aceptamos como algo nuevo, sino que, al acordarnos de él, estamos de acuerdo en que es ése. Que si por completo se borrase del espíritu, aun cuando se nos sugiriera, no lo recordaríamos. Y es que no hemos olvidado todavía por completo, lo que al menos recordamos haber olvidado. De manera que ni siquiera lo que está perdido podríamos buscar, si lo hubiésemos olvidado por completo.

CAPÍTULO XX

BUSCAR A DIOS ES BUSCAR LA VIDA BIENAVENTURADA

29. ¿Cómo hago para buscarte, Señor? De hecho, cuando te busco, Dios mío, es la vida bienaventurada lo que busco. ¡Búsquete para que viva mi alma! Porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti. ¿Cómo hago, pues, para buscar la vida bienaventurada? El hecho es que no está en mí hasta que no diga: "Basta; allí está", donde tenga que decirlo. ¿Cómo hago para buscarla? ¿Acaso por el recuerdo, como si la hubiese olvidado y conservase aún el recuerdo del olvido? ¿O bien por el deseo de aprender una vida ignorada, que jamás he conocido, o que he olvidado hasta el grado de no acordarme siquiera de haberla olvidado?

¿No es la vida bienaventurada eso que todos desean sin que haya nadie que no la desee? ¿Dónde la han conocido para que así la deseen? ¿Dónde la han visto para que la amen? Sin duda que la poseemos de una manera que desconozco. Hay una cierta manera que hace que cada uno sea feliz en el momento que la posee; y hay quienes son felices en esperanza. Poséenla éstos de una manera que vale menos que la de aquellos que son ya realmente felices; con todo, vale más que la de aquellos otros que no son felices ni en realidad ni en esperanza. E incluso estos últimos, si no la poseyesen de alguna manera, no desearían tanto ser felices. Y que lo desean no puede ser más cierto.

No sé cómo llegaron a conocerla, por lo que no sé qué noción tengan de ella. Trato por todos los medios de saber si esa noción está en la memoria; porque de estar allí, es que ya fuimos alguna vez felices. No inquiero por el momento si lo fuimos todos individualmente o si lo fuimos en aquel hombre que cometió el primer pecado, en quien también todos hemos muerto y de quien hemos nacido todos con miseria. Inquiero si la vida feliz se encuentra en la memoria. Porque es un hecho que no la amaríamos si no la conociésemos.

Hemos oído ese nombre y todos admitimos que apetecemos la misma cosa. No es que nos deleitemos con el sonido. Porque si un griego oye la palabra latina no se deleita, ya que ignora lo que se está diciendo. Nosotros, por el contrario, nos deleitamos, como se deleitaría también él si oyese la palabra griega, puesto que la cosa, en sí, no es ni griega ni latina; esa cosa que griegos y latinos anhelan alcanzar, lo mismo que los hombres de los demás idiomas. Es, pues, conocida de todos, y no tendrían todos más que una voz, en el caso de que se les pudiese preguntar si desean ser felices, para responder, sin vacilación alguna, que lo desean. Lo que no acontecería si la cosa misma que lleva ese nombre no estuviese en la memoria.

CAPÍTULO XXI

MEMORIA Y VIDA BIENAVENTURADA

30. ¿Estará en la memoria a la manera como se acuerda de Cartago el que la ha visto? No; la vida feliz no se ve con los ojos, porque no es un cuerpo.

¿Estará a la manera como nos acordamos de los números? No; el que los tiene en su conocimiento no busca, además, alcanzarlos, mientras que la vida feliz, la tenemos en nuestro conocimiento y por eso la amamos, pero además deseamos alcanzarla para ser felices.

¿Estará a la manera como nos acordamos de la elocuencia? No. Sin duda que cuando oyen este nombre, se acuerdan de la cosa misma hasta aquellos que aún no son elocuentes, y hay muchos que desean serlo, lo cual prueba claramente que está en su conocimiento la elocuencia. Sin embargo, ha sido gracias a sus sentidos corporales como se han fijado en otros que son elocuentes y Jes ha complacido y desean serlo ellos también. Es verdad que sin conocimiento interior no se hubieran complacido, ni desearían serlo si no se hubieran complacido. Pero la vida feliz con ningún sentido corporal podemos experimentarla en los demás.

¿Estará a la manera como nos acordamos de la alegría? Quizá sea así. Yo me acuerdo, es verdad, de mi alegría aun estando triste, como de la vida feliz siendo desventurado. Y nunca por sentido corporal he visto, ni oído, ni olfateado, ni gustado, ni tocado mi alegría, pero la he experimentado en mi espíritu cuando he estado alegre; y su conocimiento está fijo en mi memoria, para que pueda recordarla, unas veces con menosprecio y otras con deseo, según la diversidad de los objetos de que me acuerde haberme alegrado. De hecho, me sentí inundado de cierta alegría aun por cosas vergonzosas y hoy, al recordarla, la detesto y abomino. Otras veces por cosas buenas y honestas, y la deseo cuando la evoco, aunque tal vez no estén presentes y por eso evoco con tristeza mi alegría pasada.

31. ¿Dónde, pues, y cuándo he tenido experiencia de mi vida feliz, para acordarme de ella y amarla y desearla? Y no soy yo solo, o unos cuantos conmigo, sino que todos absolutamente queremos ser dichosos. Y esto, si no lo conociésemos con un conocimiento determinado, no lo querríamos con una voluntad tan determinada.

Mas ¿qué es esto? Pregunten a dos hombres si quieren ser solda-dos y puede suceder que uno responda que sí y otro que no. Pero pregúnteseles si quieren ser felices y los dos al punto, sin la menor vacilación, dirán que sí lo desean; siendo así que por ningún otro motivo, sino por ser felices desea el uno ser soldado y el otro no. ¿Será, acaso, que el uno pone su gozo en una cosa y el otro en otra? Sí, todos los hombres están de acuerdo en declarar que quieren ser felices, como estarían de acuerdo en declarar, si se les preguntase, que quieren gozar y es al gozo mismo al que llaman vida feliz. Y aunque el uno lo consigue aquí y el otro allí, una sola es la meta adonde todos se esfuerzan por llegar: el gozar. Y como ésta es una cosa que ninguno puede decir que no ha experimentado, por eso se encuentra la vida feliz en la memoria y se la reconoce apenas se oye su nombre.

CAPÍTULO XXII

LA VIDA BIENAVENTURADA ES GOZAR DE DIOS

32. Lejos de mí, Señor, lejos del corazón de tu siervo que se confiesa a ti, lejos de mí el considerarme feliz, cualquiera que fuere el gozo de que goce. Hay, en realidad, un gozo que no se concede a los impíos, sino a los que desinteresadamente te sirven: tú mismo eres su gozo. Y la misma vida feliz no es otra cosa que gozar para ti, de ti, por ti: 10 esa es y no hay otra. Y los que piensan que hay otra van en pos de otro gozo que no es el verdadero. Pero su voluntad no se aparta de una cierta imagen del gozo.

CAPÍTULO XXIII

ERRORES DEL HOMBRE ACERCA DE LA VIDA BIENAVENTURADA

33. No es cierto que todos quieran ser felices, pues los que no quieren gozar de ti, que eres la única vida feliz, no quieren verdaderamente la vida feliz. O tal vez lo quieren todos, mas como la carne apetece en sentido opuesto al espíritu y el espíritu en sentido opuesto a la carne, de suerte que no hacen lo que quieren, caen en lo que pueden y con ello se contentan, porque lo que no pueden no lo quieren tanto como es menester para que puedan.

Pregunto a todos si prefieren gozar de la verdad o de la mentira. Tan no dudan decir que prefieren gozar de la verdad, como no dudan decir que quieren ser felices.

Es que la vida feliz es el gozo nacido de la verdad; pues es el gozo nacido de ti, que eres la verdad, ¡oh Dios, mi luz, salud de mi rostro, Dios mío! Esta vida feliz todos la quieren; esta vida, que es la única feliz, todos la quieren; el gozo de la verdad, todos lo quieren.

He conocido a muchas gentes que querían engañar, pero a nadie que quisiese ser engañado. ¿Dónde, pues, han tenido conocimiento de esta vida feliz sino allí donde han tomado conocimiento de la verdad? Pues aman también ellos la verdad, ya que no quieren ser engañados. Y cuando aman la vida feliz, que no es otra cosa que el gozo de la verdad, aman evidentemente también la verdad; y no la amarían si no tuviesen alguna noción de ella en su memoria.

¿Por qué, pues, no se gozan en ella? ¿Por qué no son felices? Es que se ocupan con mayor empeño en otras cosas, que pueden hacerlos más desgraciados que felices al tenue recuerdo de la verdad. Todavía hay un poco de luz sobre los hombres; anden, anden, no sea que les sorprendan las tinieblas.

34. ¿Cómo es que la verdad engendra odio 11 y que el hombre tuyo que predica la verdad, se convierte en enemigo suyo, si se ama la vida feliz, que no es otra cosa que el gozo de la verdad? Pues porque de tal manera se ama la verdad, que quienes aman otra cosa quieren que lo que ellos aman sea la verdad. Y como no quieren admitir que se engañan, no quieren que se les convenza de que están engañados.

Odian, pues, la verdad, a causa de esa otra cosa que aman como si fuese la verdad. Aman la verdad cuando resplandece, ódianla cuando acusa. Como no quieren ser engañados y quieren engañar, ámanla cuando ella se señala y la odian cuando los señala a ellos. Con eso mismo les retribuirá ella: no quieren que los descubra y los descubrirá sin que ellos quieran, mientras que ella no quedará por ellos descubierta.

Así, así, sí, así es el espíritu humano. Sí, así, ciego y sin vigor, torpe y sin honor, que quiere permanecer oculto, pero no quiere que se le oculte nada. Pero es pagado al revés: que él no se oculta a la verdad, y la verdad queda oculta para él.

Mas aun así, miserable como es, prefiere encontrar su gozo en lo verdadero que en lo falso. Será, pues, feliz, si, libre de todo impedimento, gozare de sólo aquella verdad, por la cual son verdaderas todas las cosas.

CAPÍTULO XXIV

DIOS ESTÁ EN LA MEMORIA

35. Mira todo el espacio recorrido en mi memoria buscándote, Señor, y no te he hallado fuera de ella. Porque no he encontrado nada de ti, de que no me acordase desde que te conocí. Es que desde que te conocí, no me he olvidado de ti. Y sucede que donde he encontrado la verdad, allí he encontrado a mi Dios, que es la Verdad misma. Y desde que la conocí no la he olvidado. De modo que desde que te conocí permaneces en mi memoria y allí es donde te encuentro cuando de ti me acuerdo y en ti me deleito. Tales son mis santas delicias, que tú me has dado en tu misericordia, fijando tus ojos en mi pobreza.

CAPÍTULO XXV

CÓMO ESTÁ DIOS EN LA MEMORIA

36. Mas, ¿dónde moras en mi memoria, Señor? ¿Dónde moras allí? ¿Qué recámara te construiste en ella? ¿Qué santuario te has edificado? Has concedido a mi memoria el honor de morar en ella; pero en qué parte de ella mores, eso es lo que considero.

Traspasé las partes de la memoria que poseen también las bestias cuando te recordaba; porque no te encontraba allí entre las imágenes de las cosas corporales. Llegué a aquellas partes de ella, donde he depositado las impresiones de mi espíritu, y tampoco allí te encontré. Penetré hasta la sede de mi mismo espíritu, la que tiene en mi memoria, pues que también de sí mismo se acuerda el espíritu, y no estabas allí.

Porque así como no eres imagen corporal, ni sentimiento de un ser viviente, como lo es el gozo, la tristeza, el deseo, el temor, el recuerdo, el olvido y demás cosas semejantes; así tampoco eras el espíritu mismo, puesto que eres el Señor Dios del espíritu. Y todas estas cosas están sujetas a cambio, mientras que tú, inaccesible a la mudanza, permaneces sobre todas. Y te has dignado habitar en mi memoria desde que te conocí.

Mas, ¿por qué estoy buscando qué lugar habitas en ella, como si en realidad hubiese allí lugares? Habitas ciertamente en ella, porque me acuerdo de ti desde que te conocí, y es en ella donde te encuentro, cuando me acuerdo de ti.

CAPÍTULO XXVI

CÓMO HA LLEGADO DIOS A LA MEMORIA

37. ¿Dónde, pues, te encontré para conocerte? Porque no estabas aún en mi memoria antes de conocerte. ¿Dónde, pues, te encontré para conocerte sino en ti mismo sobre mí? Y ningún lugar por ninguna parte. Nos alejamos, nos acercamos y ningún lugar por ninguna parte. ¡Oh Verdad! Tú presides en todas partes a todos cuantos te consultan; y respondes a todos a la vez, aunque te consulten cosas diferentes.

Claramente respondes tú, pero no todos oyen claramente. Todos te consultan sobre lo que quieren, pero no siempre oyen lo que quieren. Tu mejor ministro es el que más atento está, no a oír de ti lo que él quiere, sino más bien a querer lo que oiga de ti.12

CAPÍTULO XXVII

CONCLUSIÓN LÍRICA

38. ¡Tarde te amé,13 hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que estabas dentro y yo fuera, y fuera te buscaba yo, y sobre esas cosas hermosas que tú has hecho, me precipitaba carente de hermosura. Estabas tú conmigo y no estaba yo contigo. Lejos de ti me retenían esas cosas, que si no existiesen en ti, no existirían.

Has llamado, has gritado, has roto mi sordera. Has relampagueado, has resplandecido, has disipado mi ceguera. Has exhalado perfume, lo respiré y anhelo por ti. He gustado y tengo hambre y tengo sed. Me has tocado y me inflamé en deseos de tu paz.

CAPÍTULO XXVIII

PLEGARIA

39. Cuando me haya adherido a ti con todo mi ser, en ningún sitio habrá para mi dolor y trabajo, y mi vida estará viva, toda llena de ti. Mas ahora, como tu aligeras al que llenas, no estando lleno de ti soy una carga para mí.

Luchan mis gozos, dignos de lágrimas, con mis tristezas, dignas de gozo, y no sé de qué parte esté la victoria. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí.

¡Ay de mí! Mira mis heridas, no las oculto. Tú eres médico, yo soy enfermo; tú misericordioso, yo miserable. ¿No es una prueba la vida humana sobre la tierra? ¿Quién puede querer molestias y dificultades? Ordenas que se soporten, no que se amen. Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlo. Pues aunque se goce en tolerarlo, prefiere, sin embargo, que no haya nada que tolerar.

En la adversidad deseo la prosperidad; en la prosperidad temo la adversidad. ¿Qué justo medio hay entre las dos, donde no sea una prueba la vida humana?

¡Ay, una y dos veces, de las prosperidades del siglo! Porque se teme la adversidad y se corrompe el gozo.

¡Ay, una y dos y tres veces, de las adversidades del siglo! Porque se desea la prosperidad, que es dura por sí misma la adversidad y corre el riesgo de quebrantar la paciencia.

¿No es una prueba la vida humana sobre la tierra, sin la menor tregua?

CAPÍTULO XXIX

DIOS ES NUESTRO ÚNICO APOYO

40. Toda mi esperanza estriba únicamente en la inmensa grandeza de tu misericordia. Dame lo que mandas y manda lo que quieras. Nos ordenas la continencia. "Y como yo sé, ha dicho alguien, que nadie puede ser continente, si Dios no lo concede, esto mismo forma parte de la sabiduría, saber de quién era ese don". Por la continencia, en efecto, nos recogemos y reducimos a la unidad, que habíamos perdido derramándonos en lo múltiple. Porque te ama menos el que, junto contigo ama alguna cosa que no ama por ti.

¡Oh amor, que siempre ardes y no te apagas nunca! ¡Oh caridad, Dios mío, abrásame! Es la continencia lo que mandas: dame lo que mandas y manda lo que quieras.

CAPÍTULO XXX

TENTACIONES DE LA SEXUALIDAD

41. Mandas ciertamente que me contenga de la concupiscencia de la carne y de la concupiscencia de los ojos y de la ambición del siglo. Lo has mandado de la unión carnal, y, respecto al matrimonio mismo, has aconsejado algo mejor que lo que has permitido. Y porque tú lo has dado, se ha hecho, antes inclusive de que yo llegase a ser el dispensador de tu sacramento.

Mas todavía viven en mi memoria, de la que tanto he hablado, las imágenes de cosas de ese jaez, que fijó en ella mi costumbre. Asáltanme cuando estoy despierto, sin fuerza alguna, es verdad, pero en sueños llegan no sólo hasta el deleite, sino incluso hasta el consentimiento y a algo que se parece mucho al acto mismo. Y tanta fuerza tiene en mi alma sobre mi carne la ilusión de la imagen, que esas visiones irreales obtienen de mí durante el sueño lo que la visión de las realidades no puede obtener cuando estoy despierto. ¿Es que entonces no soy yo, Señor, Dios mío? Y, sin embargo, ¡hay tal diferencia de mí mismo a mí mismo, mientras paso de la vigilia al sueño o vuelvo a pasar del sueño a la vigilia! ¿Dónde está entonces la razón que permite resistir a tales sugestiones cuando se está despierto y, aunque se presenten las realidades mismas, permanecer inquebrantable? ¿Ciérrase ella con los ojos? ¿Se adormece con los sentidos del cuerpo? Y ¿de dónde viene que muchas veces aún en sueños resistimos y que, acordándonos de nuestro firme propósito, perseveramos en él con toda fidelidad, sin conceder asentimiento alguno a las seducciones de ese género? Y, no obstante, hay una tal diferencia, que, cuando sucede de otro modo, encontramos, al despertar, el reposo de la conciencia: la distancia misma entre los dos estados nos descubre que no hemos sido nosotros los que lo hemos hecho; con todo, de cualquier modo que son, ha sido hecho en nosotros y lo deploramos.

42. ¿Es que no es poderosa tu mano, oh Dios todopoderoso, para curar todas las dolencias de mi alma y, con una mayor abundancia de tu gracia, extinguir hasta los movimientos lascivos de mi sueño? Aumentarás, Señor, más y más en mí tus dones, para que me siga hacia ti mi alma, desprendida de la viscosidad de la concupiscencia, para que no sea rebelde a sí misma y para que, aun en sueños, no sólo no cometa esas degradantes torpezas, bajo el influjo de imágenes sensuales, hasta la efusión carnal, pero ni siquiera consienta.

Sí, conceder que nada de eso me produzca placer, ni aun el mínimo que, con un simple movimiento de la voluntad, se puede reprimir hasta cuando se duerme en un casto sentimiento, el concederlo, no sólo a una tal vida, sino, sobre todo, a una tal edad, no es gran cosa para ti, Todopoderoso, que puedes ir en tu acción mucho más allá de lo que pedimos y concebimos.

Acabo de decir ahora a mi buen Señor lo que soy todavía en ese género de mal mío, con los transportes de un gozo mezclado de temblor por lo que tú me has dado, y con llanto por lo que aún queda en mí de inacabado. Espero que acabarás en mí la obra de tus misericordias hasta la plenitud de la paz; la que han de poseer, cuando yo esté contigo, mi ser interior y mi ser exterior, cuando la muerte haya sido absorbida en la victoria.14

CAPÍTULO XXXI

TENTACIONES DEL GUSTO. LOS ALIMENTOS SON REMEDIOS. GLOTONERÍA Y EMBRIAGUEZ

43. Otra malicia tiene el día y ojalá que le bastara. Reparamos, en efecto, las diarias ruinas del cuerpo con el comer y el beber, esperando que destruyas el alimento y el vientre, cuando mates la necesidad con maravillosa hartura y revistas de una eterna incorrupción este cuerpo corruptible. Mas, por ahora, me resulta dulce esta necesidad y contra esa dulzura lucho, para no ser su prisionero; cada día le hago la guerra con el ayuno, y con mucha frecuencia reduzco mi cuerpo a servidumbre. Y son expulsados mis dolores por el placer; pues dolores son el hambre y la sed: queman y, como la fiebre, matan, si no acude en socorro el remedio de los alimentos. Mas como este remedio está a nuestra disposición, gracias a tus dones consoladores, que ponen al servicio de nuestra debilidad la tierra, el agua y el cielo, lo que es calamidad toma el nombre de delicias.

44. Me has enseñado que me acerque a tomar los alimentos, cual si fuesen medicinas. Pero mientras paso de la molestia de la necesidad al bienestar de la saciedad, en ese mismo paso me acecha el lazo de la concupiscencia. Porque ese mismo paso es un deleite y no hay otro por donde pasar adonde me obliga a pasar la necesidad.

Y siendo la salud el motivo de comer y beber, júntasele, como acompañante, un peligroso deleite, y se empeña en ir delante la mayor parte del tiempo, para que se haga por él lo que yo declaro hacer o quiero hacer por la salud. No es la misma medida para uno que para otro, porque lo que es suficiente para la salud es demasiado poco para el deleite. Y no se sabe muchas veces si todavía exige refuerzo el necesario sustento del cuerpo o es el deleite engañoso del apetito el que, reclama servicio. Ante esa incertidumbre se regocija la pobre alma y en ella fragua la defensa de una excusa, contenta de no ver con claridad qué es lo que basta para el equilibrio de la salud, y así encubrir, so pretexto de salud, un asunto de deleite.

Esfuérzome en resistir a estas tentaciones cada día. Invoco tu diestra y a ti someto mis perplejidades, porque aún no está bien difinida mi línea de conducía en este punto.

45. Escucho la palabra viva de mi Dios, que me prescribe: No se carguen vuestros corazones en la glotonería y la embriaguez. La embriaguez está lejos de mí; tu piedad la impedirá que se me acerque. Mas la glotonería se desliza de vez en cuando en tu siervo; tu piedad la alejará de mí. Porque nadie puede ser continente, si tú no se lo concedes. Muchas cosas nos concedes cuando oramos; y todo lo bueno que, antes de orar, hemos recibido, de ti lo hemos recibido; y que lo reconozcamos después, también de ti lo hemos recibido.

Borracho nunca lo fui; pero he conocido a borrachos que tú has hecho sobrios. Eres, pues, tú el que ha hecho que no fuesen borrachos los que nunca lo fueron, el que ha hecho que no lo fueran siempre los que lo fueron, y también el que ha hecho conocer a unos y a otros quién es el que lo ha hecho.

Otra palabra tuya he escuchado: No vayas en pos de tus concupiscencias y prohíbete lo que es deleite para ti. He escuchado también, por tu gracia, aquella otra que mucho me ha agradado: Ni si comiéremos tendremos más, ni si no comiéremos tendremos menos. Es decir, ni lo uno me hará rico, ni lo otro, menesteroso.

Todavía he escuchado otra: Aprendí a conformarme con lo que tengo; sé vivir en la abundancia y sé padecer penuria. Todo lo puedo en aquel que me conforta. He aquí un soldado de los campamentos celestiales y no el polvo que somos nosotros. Mas recuerda, Señor, que somos polvo y que del polvo hiciste al hombre, y que estaba perdido y ha sido hallado. Ni él tuvo poder alguno en sí mismo, porque fue también polvo aquel a quien me aficioné al oírle decir, bajo el soplo de tu inspiración, estas palabras: Todo lo puedo, asegura, en aquél que me conforta. Confórtame para que pueda. Da lo que mandas y manda lo que quieras. Confiesa él que todo lo ha recibido y, cuando se gloría, gloríase en él el Señor.

He oído a otro que pedía se le concediese: Quita de mí, decía, las concupiscencias del vientre. De donde se deduce, Santo Dios mío, que eres tú el que das, cuando se hace lo que mandas que se haga.

46. Tú me has enseñado, Padre bueno: Todo es puro para los puros; pero que es malo para el hombre comer con escándalo: Todo lo que has creado es bueno, y no se debe rechazar nada de Jo que se toma con acción de gracias. Y: El manjar no nos hace recomendables a Dios. Y: Nadie nos juzgue por la comida o la bebida. Y: Que el que coma no desprecie al que no come y, el que no come no juzgue al que come.

Esto es lo que he aprendido. Gracias a ti, alabanzas a ti, Dios mío, Maestro mío, que llamas a mis oídos, que iluminas mi corazón. Líbrame de toda tentación. No es la impureza del alimento lo que temo, sino la impureza del apetito.

Sé que Noé fue autorizado a comer todo género de carne que pudiera servir de alimento; que Elías reparó sus fuerzas comiendo carne; que Juan, que practicaba una admirable abstinencia, no se manchó con los animales, es decir, con las langostas que le servían de alimento. Y sé que Esaú fue engañado por su apetito por la lenteja, que David se reprendió a sí mismo por haber deseado agua, y que nuestro Rey fue tentado, no con carne, sino con pan. Y que por eso, también el pueblo en el desierto mereció ser reprobado, no por haber deseado carne, mas porque, por el deseo de alimento, murmuró contra el Señor.

47. Así que, en medio de estas tentaciones en que estoy colocado, lucho cada día contra el apetito de comer y de beber. Porque no es una cosa que yo pueda decidir cortar de una buena vez y no volver ya más sobre ella, como lo he podido hacer con la unión carnal. De suerte que hay que sujetar el freno del paladar, aflojándolo o estirándolo con moderación. Y ¿quién es, Señor, el que no se deja arrastrar un poco más allá de los límites de la necesidad?

Quienquiera que sea, grande es; que exalte la grandeza de tu nombre. Mas yo no lo soy, porque soy un hombre pecador. Sin embargo, también yo exalto la grandeza de tu nombre; e intercede ante ti por mis pecados Aquél que ha vencido al siglo. Cuénteme Él entre los miembros enfermos de su cuerpo, porque tus ojos han visto lo que hay en él de imperfecto, y todos serán inscritos en tu libro.

CAPÍTULO XXXII

TENTACIONES DEL OLFATO

48. Por el atractivo de los olores no me preocupo demasiado. Cuando no los hay, no los busco; cuando los hay, no los rechazo, y estoy dispuesto a pasarme siempre sin ellos. Así es como yo me veo; tal vez me engañe. Pues existen siempre esas tinieblas deplorables, en las que se oculta a mis ojos el poder que hay en mí. Hasta el punto de que mi espíritu, interrogándose sobre sus propias fuerzas, no se atreve a tener demasiada confianza en sí mismo. Ya que, por una parte, lo que está dentro de él permanece oculto por lo general, a menos que lo descubra la experiencia, y, por otra, nadie debe estar seguro en esta vida, que, de principio a fin, es llamada tentación. El que de peor pudo hacerse mejor, ¿no podrá también de mejor volverse peor?

No hay más que una esperanza, una seguridad, una promesa firme: tu misericordia.

CAPÍTULO XXXIII

TENTACIONES DEL OÍDO. DUDAS SOBRE EL CANTO DE LA IGLESIA

49. De una manera más tenaz me habían envuelto y subyugado los deleites del oído, pero tú me desligaste y liberaste. Al presente, las melodías de que tus palabras son el alma, cantadas por una voz agradable y experimentada, me inspiran, lo confieso, alguna satisfacción. No tanta, por supuesto, que quede clavado en el sitio, pues que me levanto cuando quiero. Con todo, esas melodías, junto con la letra que les da vida, para ser admitidas en mí, buscan en mi corazón un lugar de preferencia, y yo apenas les doy el que les es debido. Pues se me figura, a veces, que les concedo más honor del que les conviene. Las mismas palabras santas, yo lo siento, conmueven nuestros espíritus y los inflaman en la piedad con más ardor religioso cuando son cantadas de ese modo que si no fuesen cantadas así. Y todos los sentimientos de nuestra alma, según su diversidad, encuentran en la voz y en el canto los modos que les convienen y no sé qué afinidad secreta que los excita.

Pero el deleite de mi carne, al que no hay que permitir que rompa el nervio del espíritu, me engaña con frecuencia. No acompaña entonces el sentido a la razón, resignándose a estar detrás de ella, sino que, por el hecho de haber sido admitido a causa de ella, llega hasta pretender precederla y conducirla. De este modo peco en esta materia, sin darme cuenta; es más tarde cuando llego a advertirlo.

50. A veces también me paso de la raya por precaverme de ese mismo engaño, y me extravío por un exceso de severidad. Voy tan lejos, por momentos, que querría alejar de mis oídos y de la misma Iglesia todas las melodías y dulces sones que suelen acompañar a los salmos de David. En tales casos, paréceme más segura la práctica del obispo de Alejandría, Atanasio. Recuerdo que se me ha dicho muchas veces que hacía pronunciar al lector del salmo con tan ligera inflexión de voz, que estaba más cerca de la recitación que del canto.

En cambio, cuando me acuerdo de mis lágrimas, las que derramé al oír los cantos de la Iglesia, en los comienzos de mi fe recobrada; cuando, todavía hoy, me siento conmovido, no por el canto, sino por las cosas que se cantan, si se cantan con voz límpida y en un ritmo muy apropiado; entonces reconozco de nuevo la gran utilidad de esta práctica.

Así fluctúo entre el riesgo del deleite y la confirmación de un efecto saludable. Inclinóme, más bien, sin emitir, con todo, un dictamen irrevocable, a aprobar la costumbre del canto en la Iglesia, a fin de que, por el agrado de los oídos, pueda el espíritu, débil todavía, elevarse hasta el sentimiento de la piedad. Mas cuando me acontece encontrar más emoción en el canto que en lo que se canta, confieso que cometo un pecado que merece castigo. Preferiría entonces no oír cantar.15

He aquí dónde me encuentro. Llorad conmigo y llorad por mí los que abrigáis dentro de vosotros alguna preocupación por el bien, preocupación de la que proceden los actos. Porque si no la tenéis, nada os dicen estas cosas. Pero tú, Señor, Dios mío, oye, mira y ve, ten piedad, cúrame. Tú, ante cuyos ojos me he convertido en un problema para mí mismo. Ése es, precisamente, mi mal.

CAPÍTULO XXXIV

TENTACIONES DE LA VISTA

51. Queda el placer de estos ojos de mi carne. Hablo de él aquí, para que oigan mis confesiones los oídos de quienes son tu templo, oídos fraternales y piadosos. Y con ello habremos terminado las tentaciones de la concupiscencia de la carne, que me asaltan todavía, no obstante mis gemidos y mi ardiente deseo de ser revestido de mi morada, que es del cielo.

Las formas hermosas y variadas, los colores vivos y apacibles agradan a los ojos. No retengan estas cosas a mi alma. Reténgala Dios, que hizo estas cosas, muy buenas, por cierto; pero él es mi bien y no ellas. Alcánzanme durante todo el día, cuando estoy despierto, y no me dejan punto de reposo, como me lo dejan las voces que cantan, y en ocasiones todas las voces en los momentos de silencio. Pues la misma reina de los colores, esa luz que inunda todo cuanto vemos, dondequiera que yo esté durante el día, cuélase hasta mí de mil maneras y me acaricia, aunque esté yo haciendo otra cosa y no le preste atención. Y con tanta vehemencia se insinúa que, si se le retirase de repente, se le desea y se le busca, y, si es muy prolongada su ausencia, se entristece mi espíritu.

52. ¡Oh luz que contemplaba Tobías, cuando, cerrados los ojos del cuerpo, enseñaba a su hijo el camino de la vida, y caminaba delante de él al paso de la caridad, sin extraviarse nunca! ¡Luz que veía Isaac, cuando, a pesar del tupido velo que la vejez había tendido sobre las antorchas de su carne, mereció no bendecir a sus hijos reconociéndolos, sino reconocerlos bendiciéndolos! ¡Luz que veía Jacob, cuando, prisionero de sus ojos también él, a causa de su avanzada edad, esclareció las futuras generaciones de su pueblo, prefiguradas en sus hijos, con rayos de su corazón iluminado, y cuando impuso sobre sus nietos, los hijos de José, sus manos misteriosamente cruzadas, no como el padre de ellos corregía por fuera, mas como él mismo discernía por dentro! Ésa es la verdadera luz. Es una y uno son todos los que la ven y la aman.

Que la otra, la luz corporal de que yo hablaba, sazona, con dulzura seductora y peligrosa, la vida de los ciegos amadores del siglo. Mas, cuando aciertan a alabarte también a propósito de ella, "Oh Dios, creador de todas las cosas", la toman para ponerla en tu himno,16 en lugar de dejarse tomar por ella en su sueño.

Así deseo ser yo. Resisto a las seducciones de los ojos para que no se traben mis pies, que me permiten entrar en tu camino. Y elevo hacia ti ojos invisibles para que sueltes mis pies del lazo.

Los sueltas muchas veces, porque caen en el lazo. No cesas de soltarlos pero yo me enredo con frecuencia en las redes tendidas por doquier. Porque no dormirás ni dormitarás tú que guardas a Israel.

53. ¡Qué de seducciones sin cuento, debidas a los variados trabajos de artistas y de artesanos, en los vestidos, en el calzado, en los vasos y en los objetos de toda índole que se fabrican, así como en las pinturas y en las diversas figuras y en todas esas cosas que rebasan con mucho un uso necesario o moderado y un significado piadoso.

Tantas seducciones añadidas a los ojos por los hombres, que van por fuera tras lo que ellos hacen y abandonan por dentro al que los hizo y arruinan lo que de ellos hizo.

Yo, por el contrario, Dios mío y decoro mío, también por esto te entono un himno y ofrezco un sacrificio de alabanza al que por mí sacrifica. Porque las cosas hermosas, que pasan a través de las almas para llegar a manos hábiles, proceden de aquella hermosura que está por encima de las almas y por la cual suspira mi alma día y noche. Mas si los artesanos y los seguidores de hermosuras exteriores sacan de ella la norma para juzgarlas, no sacan de ahí la norma para usar de ellas. Allí está ella, y no la ven, para evitar que vayan más lejos, para que pongan bajo tu custodia su fortaleza y no la derrochen en deliciosas fatigas.

Y yo, que hablo de estas cosas y las discierno, dejo también que mis pasos se enreden en estas hermosuras. Pero tú, Señor, los desenredas; los desenredas tú, porque tu misericordia está delante de mis ojos. Sí, me dejo cautivar miserablemente y me libertas misericordiosamente, a veces sin que yo lo sienta, porque apenas había resbalado; a veces con dolor, porque ya estaba enredado.

CAPÍTULO XXXV

LA VANA CURIOSIDAD

54. Añádese a esto otra forma de tentación, más compleja en sus peligros. Además de la concupiscencia de la carne, que radica en el deleite y voluptuosidad de todos los sentidos, y de la que se hacen esclavos, perdiéndose, los que de ti se alejan, radica en el alma por los mismos sentidos corporales otra especie de apetito que lleva, no. a deleitarse en la carne, sino a adquirir experiencia por medio de la carne: es una vana curiosidad, paliada con el nombre de conocimiento y de ciencia. Y como radica en el deseo de conocer y los ojos son, entre los sentidos, los principales agentes del conocimiento, la ha llamado el oráculo divino concupiscencia de los ojos.

A los ojos pertenece propiamente la visión. Pero usamos este término también para los demás sentidos, cuando los aplicamos a conocer. Pues no decimos: "Escucha cómo brilla", ni: "Huele cómo relumbra", ni: "Gusta cómo resplandece", ni: "Toca cómo refulge". Es la palabra "ver" la que se emplea en todos estos casos. Mas no decimos únicamente: "Mira cómo brilla", cosa que sólo los ojos pueden percibir, sino también: "Mira cómo resuena, mira cómo huele, mira cómo sabe, mira qué duro está". De manera que el conjunto de experiencias de los sentidos llámase, como se ha dicho, concupiscencia de los ojos; porque si la visión es una función en la que tienen los ojos el primer lugar, también los demás sentidos se la arrogan por analogía, cuando tratan de conocer algún objeto.

55. Esto permite distinguir más claramente la parte del deleite y la parte de la curiosidad en la actividad de los sentidos. El deleite va tras lo bello, lo armonioso, lo suave, lo sabroso, lo muelle; mientras que la curiosidad admite también, por vía de experimento, hasta impresiones contrarias, no para sufrir desagrado, sino por el placer de experimentar y de conocer. Porque, ¿qué placer hay en contemplar un cadáver despedazado, que causa horror? Y, no obstante, si se encuentra uno tendido en cualquier parte, acude la gente para entristecerse, para palidecer. Tienen miedo hasta de verlo en sueños, como si alguien los obligara a verlo despiertos, o como si los hubiera atraído la fama de alguna belleza. Y otro tanto ocurre en los demás sentidos; sería demasiado largo el proseguir.

Es este deseo malsano el que hace exhibir en los espectáculos tantas cosas prodigiosas. Es el que empuja a escrutar las obras de la naturaleza que están fuera de nuestro alcance. De nada nos aprovecha conocerlas, y, no obstante, no desean los hombres otra cosa que conocerlas.17 Es también él el que interviene si, con la misma finalidad de ciencia depravada, se hacen investigaciones por medio de prácticas de la magia. Es él igualmente el que hace que, en la religión misma, se tiente a Dios, exigiéndole signos y prodigios, que se desean, no con una mira saludable, sino tan sólo por adquirir una experiencia.

56. En esta selva tan inmensa, repleta de emboscadas y de riesgos, he cercenado y arrancado de mi corazón no pocas cosas, tal como tú me concediste hacerlo, oh Dios de mi salud. Con todo, ¿cuándo podré atreverme a decir, rodeados como estamos por doquier de tantas cosas de esta índole, que nos asaltan vociferando, cuándo podré atreverme a decir que ninguna de semejantes cosas roba la atención de mis miradas y el vano cuidado de comprenderla?

Cierto es que no me atrae ya el teatro, ni me preocupa conocer el curso de los astros, ni jamás pidió mi alma oráculos a las sombras. Los ritos sacrilegos los detesto todos.18 Mas, ¡qué de imaginaciones no urde en mí el enemigo para sugerirme que te pida algún signo a ti, Señor, Dios mío, a quien debo el servicio humilde y simple de un esclavo! Mas yo te conjuro, por nuestro Rey y por Jerusalén, patria de simplicidad, de santidad, me concedas que, así como estoy lejos de consentir esas sugestiones, esté siempre igual de lejos y aún más. Empero, cuando te ruego por la salud de alguno, persigo otra finalidad bien diferente; tú haces lo que quieres y me das y me harás que te siga de buen grado.

57. No obstante, ¡qué de bagatelas ínfimas y despreciables tientan cada día nuestra curiosidad y qué de veces caemos! ¿Quién lleva la cuenta?

Cuántas ocasiones, al contársenos futilidades, al principio como que las toleramos para no ser chocantes con los débiles, y después vamos poco a poco fijándonos con gusto en ellas.

Si un perro corre tras una liebre, no quiero ver ese espectáculo cuando tiene lugar en el circo, pero si es en el campo y acierto a pasar accidentalmente, me distrae, tal vez, de algún grave pensamiento esa persecución y hace que me fije en ella, obligándome a desviar, si no el cuerpo de mi jumento, al menos la inclinación de mi corazón. Y si, con esa demostración que en ese instante se me da de mi debilidad, no me adviertes tú en seguida, o que saque del espectáculo mismo alguna consideración que le eleve hacia ti, o que menosprecie todo eso y pase de largo, me quedo embotado como tonto.

Y ¿qué decir cuando me encuentro sentado en casa y una lagartija que está cazando moscas o una araña que va enredando a las que caen en su tela me roban muchas veces la atención? ¿Acaso como son animales pequeños habrá que concluir que no se trata de la misma cosa? Paso de esos hechos a alabarte, maravilloso creador y ordenador de todas las cosas, pero no comienza mi atención con ellos. Una cosa es levantarse prontamente y otra no caer.

De semejantes miserias está mi vida llena y no tengo más que una sola esperanza: la inmensa magnitud de tu misericordia. En efecto, como nuestro corazón se convierte en receptáculo en que se conciben tales cosas y acarrea una gran cantidad de futilezas, de ahí que hasta nuestras oraciones se vean interrumpidas y molestadas con frecuencia y que, mientras dirigimos hacia tus oídos la voz de nuestro corazón, en tu presencia, irrumpan, de no sé dónde, pensamientos frívolos y corten una acción tan importante.

CAPÍTULO XXXVI

EL ORGULLO

58. ¿Habrá que consignar, acaso, también esto entre las cosas despreciables? ¿O existirá algo que nos vuelva a llevar a la esperanza fuera de tu misericordia bien conocida, puesto que has comenzado a transformarnos?

Sabes en cuantas partes me has transformado ya, tú, que, en primer lugar me curas de la pasión de justificarme, para mostrarte en seguida indulgente con todas mis demás iniquidades, curar todas mis dolencias, rescatar mi vida de la corrupción, coronarme con piedad y misericordia y saciar de bienes mi deseo. Tú, que has reprimido mi orgullo con tu temor, y has amansado con tu yugo mi cerviz. Porto ahora este yugo y me resulta suave, como tú lo prometiste y has cumplido. Ya era suave y yo no lo sabía, cuando temía someterme a él.

59. ¿Será, pues, Señor —tú que eres el único en señorear sin orgullo, puesto que únicamente tú eres el verdadero Señor, que no tienes Señor—, será que también este tercer género de tentación ha terminado para mí o puede terminar por toda la vida, el de querer ser temido y amado de los hombres, sin otra razón que sacar de ello un gozo que no es gozo? ¡Miserable vida y repugnante jactancia! De ahí principalmente nace el que no se te ame ni se te tema santamente. Y por eso resistes a los soberbios, mientras que das tu gracia a los humildes; y truenas sobre las ambiciones del siglo y se estremecen los fundamentos de los montes.

Así a nosotros, a quienes por determinados cargos de la sociedad humana, nos resulta inevitable ser amados o temidos de los hombres, nos acosa el enemigo de nuestra verdadera felicidad, esparciendo por todas partes, a guisa de lazos, los "¡Bravo!, ¡Bravo!". Quiere con esto que, en nuestra avidez por recoger esos bravos, caigamos incautamente en el lazo, que dejemos de poner nuestro gozo en tu verdad para ponerlo en el engaño de los hombres, que tomemos gusto a ser amados y temidos, no por ti, sino en lugar de ti. Pretende de ese modo hacemos semejantes a él, no por un acuerdo común en la caridad, sino por un destino común en el suplicio, porque ha decidido poner su trono sobre el aquilón, para imitarte de una manera perversa y tortuosa y procurarse adoradores tenebrosos y ateridos de frío.

Mas aquí estamos nosotros, Señor, tu pequeño rebaño. Tómanos en posesión. Extiende tus alas y nos refugiaremos debajo de ellas. Sé nuestra gloria. Por ti seamos amados y sea temida en nosotros tu palabra. El que quiere ser alabado por los hombres cuando tú le vituperas, no será defendido por los hombres, cuando tú le juzgues, ni salvado por ellos cuando le condenes.

Y aun cuando no se trate de un pecador que es alabado por los deseos de su alma ni de un perpetrador de iniquidad que es bendecido, sino de un hombre que es alabado por un don que tú le has dado, si ese hombre se goza más en sí mismo de ser alabado que de poseer el don mismo que le granjea la alabanza, también es alabado mientras tú le vituperas. Y mejor es, por ende, el que le ha alabado que el que ha sido alabado, ya que al primero le ha complacido el don de Dios en el hombre y al segundo le ha complacido el don del hombre más que el don de Dios.

CAPÍTULO XXXVII

LA ALABANZA DE LOS HOMBRES

60. Tentados somos con estas tentaciones cada día, Señor. Sin tregua somos tentados. Nuestro crisol cotidiano es la lengua de los hombres. Nos ordenas, también en este dominio, continencia: daños lo que mandas y manda lo que quieras. Conoces los gemidos de mi corazón hacia ti y los ríos que manan de mis ojos por este motivo. Es que no me percato fácilmente de hasta qué grado estoy más limpio de este contagio y temo mucho mis ocultos desfallecimientos, que conocen tus ojos, no los míos.

En las tentaciones de otra índole, en realidad, tengo una cierta facultad de examinarme; en éstas casi ninguna. En los deleites de la carne, por ejemplo, y en la vana curiosidad de conocer, veo en qué medida he logrado poder refrenar mi espíritu, cuando estoy privado de ellos, ya por mi voluntad, ya porque no los tengo. Pues entonces me pregunto cuánto más o menos penoso me resulte el no tenerlos. En cuanto a las riquezas que se apetecen para servir a una de estas tres concupiscencias, o a dos de ellas, o a todas, mi espíritu, que no puede darse cabal cuenta de si las menosprecia, poseyéndolas, puede renunciar a ellas para hacer la prueba.

Pero, ¿la alabanza? Para carecer de ella y medir por ahí cuál es nuestro poder en este punto, ¿habría que llevar una vida tan mala, tan depravada, tan monstruosa, que nadie pudiera conocernos sin que nos aborreciese? ¿Puede expresarse ni concebirse locura mayor? Por el contrario, si la vida virtuosa y las buenas obras tienen una compañía habitual y obligada, que es la alabanza, tanto esa compañía como la vida virtuosa misma no deben ser abandonadas. Mas no aquilato qué privación de bien pueda serme indiferente o penosa, hasta que ese bien me falte.

61. ¿Qué es, pues, Señor, lo que en este género de tentación tengo que confesarte? ¿Qué, sino que me deleito en las alabanzas? Pero aún más en la verdad misma que en las alabanzas. Porque si se me propusiese qué preferiría: estar loco y equivocado en todas las cosas y ser alabado por todos los hombres, o estar equilibrado y muy seguro en la verdad y ser por todos vituperado, veo lo que elegiría. Sin embargo, querría que ni siquiera la aprobación de una boca extraña aumentase mi gozo de tener en mí un bien cualquiera. En realidad no sólo lo aumenta, lo confieso, sino que también el vituperio lo disminuye. Y cuando esta miseria mía me perturba, cuélaseme una excusa que tú, Señor, has de saber qué valor tenga, porque a mí me deja perplejo.

Y como has ordenado no sólo la continencia,19 o lo que es lo mismo, de qué debemos apartar nuestro amor, sino también la justicia, esto es, hacia qué debemos orientarlo, y has querido que no se diríja únicamente a ti nuestro amor, sino también al prójimo, me parece, en no pocas ocasiones, que es del progreso del prójimo, o de la esperanza de ese progreso de lo que yo me alegro, cuando me alegro de la alabanza de un hombre que entiende bien; y, en cambio, que es de su mal de lo que me entristezco cuando le oigo censurar lo que ignora o lo que es bueno.

En verdad, también algunas veces me entristezco de que me alaben, cuando se alaban en mí cosas de que estoy yo mismo descontento, o cuando son más estimadas de lo que debieran serlo algunas ventajas secundarias o fútiles. Mas volvemos a lo mismo; ¿cómo saber si no brota en mí un tal sentimiento de que me choca encontrar en aquél que me alaba una opinión sobre mí mismo diferente de la mía, no porque me mueva su provecho, sino porque los mismos bienes que me agradan en mí, me son más agradables cuando agradan también a otro? Y es que, en cierta manera, no soy alabado cuando no es alabada la opinión que tengo de mí mismo, ya que, o se alaba lo que me desagrada o se alaba más lo que me agrada menos. Luego, ¿no estoy inseguro de mí mismo en este punto?

62. He aquí que veo en ti, oh Verdad, que no deben afectarme por mi causa las alabanzas de que soy objeto, sino a causa del provecho del prójimo. Y no sé si soy así. En este asunto menos me conozco a mí que a ti. Te conjuro, Dios mío, que me des a conocer a mí mismo, para que confiese a mis hermanos, que han de rogar por mí, todas las llagas que en mí descubriere.

Me quiero interrogar de nuevo y con más cuidado. Si es el provecho del prójimo el que me hace sensible a las alabanzas que se me tributan, ¿por qué me afecta menos si es otro injustamente vituperado que si lo soy yo? ¿Por qué me mueve más vivamente el ultraje lanzado contra mí que el lanzado contra otro, con idéntica injusticia, delante de mí? ¿Es que también esto desconozco? ¿Es la única respuesta que queda todavía, que me estoy engañando a mí mismo y que no practico la verdad delante de ti, en mi corazón y en mi lengua? Aparta lejos de mí, Señor, está locura, a fin de que las palabras de mi boca no sean para mí el óleo del pecador para ungir mi cabeza.20

CAPÍTULO XXXVIII

LA VANAGLORIA

63. Indigente y pobre, eso es lo que soy. Y soy mejor cuando con secreto gemido estoy descontento de mí mismo y busco tu misericordia, hasta que sea reparado y perfeccionado lo que es defecto en mí, hasta ilegar a la paz que desconoce el ojo del arrogante.

Mas la palabra que sale de la boca y los actos que llegan a conocimiento de los hombres, encierran una de las más peligrosas tentaciones; procede ésta de ese amor a la alabanza que, por una cierta excelencia personal, amasa sufragios mendigados.

Tiéntame ese amor, aun cuando lo denuncio en mí, por el hecho mismo de denunciarlo. Y saca, no pocas veces, del mismo desprecio de la vanagloria, un más vario título de gloria. Y, por ende, no se gloría ya del mismo desprecio de la gloria; porque no la desprecia cuando se gloría.

CAPÍTULO XXXIX

EL AMOR PROPIO

64. Dentro también de nosotros, sí, dentro, hay, en este mismo género de tentación, otro mal que hace vanos a los que de sí mismos se contentan, aunque no contenten o, tal vez, descontenten a los demás y no pongan ningún empeño en contentar al resto de los hombres. Empero, contentándose a sí, te descontentan mucho a ti, no sólo por los falsos bienes, que toman ellos por bienes, sino también por los bienes que son tuyos y que ellos toman por suyos, o que toman como tuyos pero los achacan a sus méritos, o que los atribuyen a tu gracia, pero sin gozarse con los otros, antes sintiendo envidia de esta gracia en los demás.

En todos éstos y en parecidos peligros y trabajos ves cómo tiembla mi corazón. Y más experiencia tengo de que curas en seguida mis heridas, que no de que yo no las reciba.

CAPÍTULO XL

GUSTO DE AGUSTÍN POR BUSCAR Y ENCONTRAR A DIOS

65. ¿Dónde no has caminado conmigo, oh Verdad, enseñándome lo que debía evitar y lo que debía buscar, cuando te daba cuenta de mis humildes puntos de vista, en tanto que podía, y te consultaba?

He recorrido con mis sentidos, hasta donde me ha sido posible, este mundo exterior; he observado en mí la vida de mi cuerpo y mis propios sentidos. He entrado después en los apartados recintos de mi memoria, múltiples inmensidades, maravillosamente llenas de riquezas innumerables. Lo consideré y quedé espantado. Y nada de todo esto pude discernirlo sin ti, y descubrí que nada de todo eso eras tú.

Ni yo mismo, que lo descubrí, lo era. He recorrido todas las cosas; me he esforzado por distinguirlas y estimarlas a cada una en su propio valor. Unas las he recibido transmitidas por los sentidos y las he interrogado; otras las he sentido mezcladas conmigo mismo. He identificado y enumerado los sentidos que me las transmitían; y, ya en los vastos tesoros de la memoria, he manejado unas, escondido otras y exhumado algunas. Pues bien, ni yo mismo cuando hacía esas reflexiones, es decir, mi potencia con la que las hacía, ni aun esta misma eres tú. Porque tú eres la luz permanente que yo consultaba acerca de todas las cosas, para saber si eran, qué eran, y en cuánto se las debía estimar. Y te oía que me enseñabas y ordenabas.

Eso es lo que hago con frecuencia. Es cosa que me deleita y me desligo de las ocupaciones obligatorias, tanto como me es posible, para encontrar en ese deleite mi refugio. Mas en todas estas cosas que recorro consultándote, no descubro lugar seguro para mi alma sino en ti, donde se recogen todas mis dispersiones, sin que nada de mí se separe de ti.

Y alguna que otra vez me haces entrar en un sentimiento enteramente desacostumbrado en el fondo de mí, hasta no sé qué dulzura, que si llega a ser completa en mí, será yo no sé qué, que no será esta vida.21

Mas con el peso de mis miserias vuelvo a caer en el actual y vuelvo a ser absorbido por las cosas ordinarias, y me retienen, y derramo muchas lágrimas, y sigo fuertemente retenido. ¡Tanto pesa la carga de la costumbre! Estar aquí puedo y no quiero; allá quiero y no puedo; por una y otra parte desgraciado.22

CAPÍTULO XLI

NO SE PUEDE POSEER A DIOS CON LA MENTIRA

66. Por eso he considerado las dolencias de mis pecados en la triple concupiscencia y he invocado tu diestra para mi salud. Porque he visto tu esplendor, con mi corazón herido y sacudido por el choque, dije: ¿Quién podrá llegar allá? He sido arrojado lejos de la mirada de tus ojos. Tú eres la verdad que presides sobre todas las cosas. Y yo, en mi avaricia, he querido no perderte, pero he querido poseer contigo la mentira: así es como nadie quiere mentir, hasta el grado de no saber él mismo qué es la verdad. Ésta es la razón por la que te he perdido: porque no te avienes a ser poseído con la mentira.

CAPÍTULO XLII

NECESIDAD DE UN MEDIADOR. FALSOS MEDIADORES DE LOS NEOPLATÓNICOS

67. ¿A quién hallaría yo, que me reconciliase contigo? ¿Debería hacer la corte a los ángeles? ¿Con qué plegaria? ¿Con qué ritos sagrados? Muchos que se esforzaban por retornar a ti, y no podían por sí mismos, tentaron estos medios, según oigo decir.23 Y cayeron en el atractivo de visiones curiosas y merecieron ser víctimas de ilusiones. Es que, engreídos por el orgullo de la ciencia, te buscaban ahuecando, más bien que golpeando, el pecho. Y por la semejanza de su corazón atrajeron hacia sí, como compañeras y cómplices de su soberbia, a las potestades del aire, y fueron por ellas engañados con sus poderes mágicos, cuando buscaban el mediador que les purificase.24 Y no había tal, sino que era el diablo, transfigurándose en ángel de luz. Fue un poderoso incentivo para su carne orgullosa que no tuviera él cuerpo de carne.

Mortales y pecadores eran ellos, mas tú, Señor, con quien orgullosamente buscaban reconciliarse, eres inmortal y sin pecado. Y un mediador entre Dios y los hombres debía tener algo de semejante con Dios y algo de semejante con los hombres. Semejante en todo a los hombres, estaría muy lejos de Dios; semejante en todo a Dios, estaría muy lejos de los hombres, y así no sería mediador. Por eso aquel falso mediador, por quien según tus secretos juicios, merece ser engañada la soberbia, tiene una cosa en común con los hombres: el pecado; y quiere aparentar tener otra en común con Dios: como no está revestido de la mortalidad de la carne, presume de ser inmortal. Mas como el salario del pecado es la muerte, tiene de común con los hombres el ser condenado con ellos a la muerte.

CAPÍTULO XLIII

EL VERDADERO MEDIADOR

68. El verdadero mediador, que en tu secreta misericordia has revelado a los hombres y has enviado para que, también con su ejemplo, aprendieran la humildad misma, aquel mediador de Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, apareció entre los pecadores mortales y el Justo inmortal, mortal con los hombres, justo con Dios. Así ha podido él, puesto que el salario de la justicia es la vida y la paz, sirviéndose de la justicia unida a Dios, expulsar de los impíos justificados la muerte que quiso tener en común con ellos.

Este mediador fue mostrado a los santos antiguos, para que así pudiesen ellos, por la fe en su pasión futura, como nosotros por la fe en su pasión cumplida, obtener la salud. Porque, en tanto es mediador en cuanto es hombre; que, en cuanto Verbo, no es intermediario, puesto que es igual a Dios, Dios cerca de Dios y, junto con Dios, un solo Dios.

69. ¡Cómo nos has amado, Padre bueno, que no perdonaste a tu Hijo único, antes le entregaste por nosotros impíos! ¡Cómo nos has amado! Por nosotros, él, que sin usurpación se tenía por tu igual, se hizo sumiso hasta morir en cruz, él, el único libre entre los muertos. Poder tenía para dar su vida y poder tenía para volver a tomarla; por nosotros es, delante de ti, vencedor y víctima; por nosotros es, delante de ti, sacerdote y sacrificio, y precisamente sacerdote porque sacrificio. Para ti, de servidores ha hecho de nosotros hijos, naciendo de ti, sirviéndonos a nosotros.

Con justo título tengo firme esperanza en él que curarás todas mis dolencias, por él, que está sentado a tu derecha e intercede por nosotros ante ti. De no ser así, desesperaría. Porque numerosas y grandes son mis dolencias; numerosas y grandes; pero más grande es tu remedio. Hubiéramos podido creer que tu Verbo estaba bien lejos de unirse al hombre, y desesperar de nosotros si no se hubiese hecho carne y no hubiese habitado entre nosotros.

70. Aterrado por mis pecados y por el opresivo peso de mi miseria, había dado vueltas en mi corazón y meditado el proyecto de huir a la soledad.25 Pero me detuviste y me diste ánimos, diciendo: Por eso ha muerto Cristo por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para aquél que murió por ellos. Aquí estoy, Señor, y arrojo en ti mi cuidado, a fin de tener vida. Y consideraré las maravillas de tu ley. Conoces mi ignorancia y mi debilidad; instrúyeme y cúrame. Aquel tu Hijo único, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, me ha rescatado con su sangre. No venga sobre mí la calumnia de los soberbios, porque tengo en mi espíritu a aquél que es mi rescate, y le como y le bebo, y le distribuyo, y, en mi pobreza, deseo hartarme de él entre los que comen y se hartan. Y alabarán al Señor los que le buscan.

Notas al Libro X:

1 "Si pulchritudo te delectat, quid pulchrius faciente? Si utilitas laudatur, quid illo utilius, qui fecit omnia? Si uirtus laudatur, quid illo potentius, a quo facta sunt omnia, a quo etiam facta non dimittuntur, sed reguntur et gubernantur omnia?’’ Enarrat. In Ps. 144, VII.

2 "Pensó Tales de Mileto que el agua es el principio de las cosas, y de ahí dedujo la existencia de todos los elementos del mundo, del mundo mismo y de cuanto en él se origina. Sin embargo, a esta obra, que vemos tan maravillosa cuando consideramos el mundo, no antepuso ninguna mente divina. Le sucedió Anaximandro, su discípulo, quien cambió de opinión sobre la naturaleza de las cosas. Fue de parecer que no proceden éstas de un solo elemento, como decía Tales del agua, sino de sus propios principios. Creyó que estos principios de las cosas singulares son infinitos y que dan origen a innumerables mundos. Tampoco él atribuyó en estas obras cósmicas nada a la mente divina. Dejó por discípulo y sucesor a Anaximenes, que asignó al aire infinito las causas de todas las cosas. No negó los dioses o los silenció; pero creyó que no son los hacedores del aire, sino que proceden de ella." La Ciudad de Dios, VIII, 2, 8.

3 En éste y en el siguiente párrafo explánase una especie de "prueba cosmológica" de la existencia de Dios. Hay que puntualizar, no obstante, que no se trata de una prueba racional, sino más bien de una "contemplación", por la cual el alma religiosa descubre el mundo como obra de Dios.

4 Hay una notable semejanza entre este pasaje y otro de Plotino, Enn.,III, 2, 3.

5 No puede ser considerado este inciso, como algunos pretenden, como una glosa medieval. En capibio la lección uident, que le antecede si es discutible. Quizá hubiera que leer uidenti, y considerar el inciso como una explicación del término natura, que precede: "haec dicit eorum natura: uidenti moles est, minor in parte quam in toto"

6 También este tema lo tocó Plotino (Enn., I, 5, 8), de donde, tal vez haya sacado el autor las imágenes de la memoria como uenter animi y del gozo y la tristeza como cibus dulcis et amarus.

7 Es la explicación que daba Varrón en su tratado Sobre la lengua latina, VI, 43.

8 La distinción entre números sensibles y números inteligibles, que tal vez sea de origen pitagórico, ya la utiliza Plotino en diversos lugares de las Enneadas.

9 Esta enumeración de las pasiones, de origen estoico, pudo leerla el Santo en Cicerón, Tusc., IV, 6, 11 y De fin., 111, 10, 35.

10 Tener un gozo del cual Dios sea el término (ad te), la fuente (de te) y el móvil (propter te).

11 "Obsequium amicos, ueritas odium parit." Terencio, Andria, 68.

12 Numerosos capítulos ha dedicado Agustín al examen de la memoria, tema que solamente de pasada trataron los antiguos, si exceptuamos a Aristóteles y a Plotino. La concepción aristotélica elimina la memoria intelectual, reduciendo el recuerdo de los conceptos a una nueva operación del entendimiento sobre las imágenes conservadas por la memoria sensible. En cuanto a la reminiscencia, por la que evoca el hombre su pasado y lo reconoce como suyo, necesita emplear medios lógicos y racionales; por eso es propia del hombre, mientras que la memoria es común al hombre y al bruto. Para el Estagirita, pues, no hay ni memoria sin imágenes, ni memoria intelectual, ya que la misma reminiscencia no exige otra cosa que una intervención extrínseca y accidental de la inteligencia.

Plotino, que conoce y discute las teorías de Aristóteles, consagra largos capítulos a las relaciones entre la memoria y el alma. En un principio parece que trata de restablecer la memoria intelectual, pero la excluye a la postre y adopta algo semejante a la teoría aristotélica: "No se da verdaderamente recuerdo, sino sólo intuición de las cosas espirituales; no hay recuerdo más que de las imágenes sensibles que están ligadas a las ideas".

Con respecto a las de sus predecesores la concepción de Agustín resulta original, ya que, como se ha visto, restablece la existencia de una memoria intelectual, negando, no obstante, el carácter imaginativo de sus representaciones. La concepción agustiniana de la memoria se podría condensar así: La memoria no es, propiamente hablando, una actividad del espíritu, sino el receptáculo de orden espiritual, donde se conserva el fruto de sus actividades anteriores y donde se preparan las actividades futuras; es la condición, mucho más que el medio, de la conciencia del mundo, de la imaginación creadora, de la conciencia de sí y hasta de la presencia de Dios. Es d espejo del espíritu, donde éste se refleja en la totalidad de su experiencia, donde encuentra al mundo y a Dios, al propio tiempo que su propia subjetividad. Así hace posible la universalidad del espíritu y su personalidad.

13 Este pasaje tan celebrado es uno de los más señalados ejemplos del lirismo de Agustín en las Confesiones.

14 El autor lee in uictoriam y no in uictoria, como la Vulgata.

15 Por los días en que escribía estas páginas de las Confesiones, expuso Agustín a Jenaro sus ideas sobre el canto en la Iglesia, en la Epist., 55, XVIII, 34: "‘Sobre esta práctica (el canto de himnos y salmos), tan útil para mover piadosamente el ánimo y para encender el afecto del amor divino, hay costumbres diversas: la mayor parte de los miembros de la Iglesia africana son reacios para cantar. Por eso nos acusan los donatistas de que en la iglesia salmodiamos con sobriedad los divinos cánticos de los profetas, mientras ellos inflaman su embriaguez al son de los salmos, armonizados con ingenio humano, como a exhortación de trompetería. Por lo demás, siempre es buen tiempo para cantar cosas santas, cuando los hermanos se reúnen en la iglesia; a no ser cuando se lee, cuando se predica, cuando el obispo reza en alta voz o cuando la voz del diácono dirige la oración común". En otras obras insiste el Santo en la necesidad de comprender lo que se canta, para que el canto ayude a la inteligencia de las palabras y no distraiga toda la atención.

16 Veamos lo que entiende por himno San Agustín: "¿Sabéis lo que es un himno? —pregunta en Serm., 148, 17—. Es un canto con alabanza de Dios. Si alabas a Dios y no cantas, no dices himno; si cantas y no alabas a Dios, no dices himno. Si alabas otra cosa que no pertenece a la alabanza de Dios, aunque alabes cantando, no dices himno. El himno, pues, tiene estas tres cosas: canto, alabanza y de Dios. La alabanza de Dios con canto es lo que se llama himno".

17 Claro está que no se refiere aquí a la ciencia propiamente dicha, sino a la adivinación. Admite Agustín la posibilidad y el valor de la ciencia profana, siempre a condición de que vaya acompañada de humildad y de caridad.

18 Denomina con frecuencia sacrilega sacramenta a los ritos de los cultos paganos.

19 Entendida en su sentido etimológico de abstenerse en general, De frenar, según la doctrina de San Juan (Epist., II, 16), la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la ambición mundana.

20 "¿Qué significa el óleo del pecador no ungirá mi cabeza? No crecerá mi cabeza por la adulación. La adulación es una falsa alabanza; la falsa alabanza es propia del adulador. Por eso los hombres, cuando se han burlado de alguien con una falsa alabanza, dicen: le he Ungido la cabeza." In Ps. 140, V, 13.

21 Por breve que sea la descripción y por discreta que resulte la confidencia, es preciso ver en este texto la afirmación de una experiencia auténticamente mística, en el sentido preciso y restringido que los autores de espiritualidad dan a esa palabra. Porque está bien subrayado el carácter infuso de esa experiencia espiritual: no depende en modo alguno de un esfuerzo de concentración y de reflexión, sino que surge de improviso en el alma por efecto de una intervención divina: et aliquendo intromittis me. También está puesto de relieve el carácter pasivo y extraordinario: affectum multum inusitatum, así como el carácter afectivo delicioso que específica esta experiencia: nescio quam dulcedinem. El sentimiento que el alma experimenta parécele que sobrepasa todo cuanto puede conocer o imaginar; es un deleite espiritual muy de otro orden que el humano, y que es inefable: nescio quam dulcedinem, nescio quid erit. Por descontado que es incompleta la saturación del alma, que no es eso la visión beatífica (si perficiatur in me...), que la elevación a ese superior modo de sentir no es permanente (aliquando) y depende de un don de Dios (intromittis me). Pero lo que entonces experimenta no procede de su condición terrena: "nescio quid erit, quod uita ista non erit". Es un anticipo de la eterna felicidad.

22 Esta experiencia de orden superior se desvanece en un sentimiento de impotencia que recuerda el "suspirauimus et remeauimus" de la contemplación de Ostia. Porque siempre quedan trazas del pecado y del mal hábito en el hombre justificado por el bautismo. Queda en él un "peso" que le hace volver a caer en las condiciones ordinarias: "sed recido in haec aerumniosis ponderibus et resorbeor solitis et teneor, et multum fleo, sed multum teneor. Tantum consuetudinis sarcina digna est!" La contemplación de Dios y el sentimiento de su presencia no hacen sino acentuar en el hombre el sentimiento de su impotencia y de su indignidad: uidi enim splendorem tuum corde saucio et 'repercussus dixi: quis illuc potest? (X, 41, 66). Es que mientras viva acá abajo, el hombre estará siempre dividido entre la verdad y la mentira: "Tu es ueritas super omnia praesidens, at ego per auaritiam meam non amittere te uolui, sed uolui tecum possidere mendacium" (ibid.). Por eso evoca Agustín el recurso de un mediador. Los poderes angélicos, buenos o malos, no pueden desempeñar ese papel; ninguna práctica teúrgica puede suplantarle (42, 67). Es menester, pues, recurrir de una vez al único Mediador Jesucristo, Hijo único, que asume nuestros pecados para hacer de nosotros hijos de adopción (43, 69).

23 Refiérese a los neoplatónicos, particularmente a Porfirio. En el libro IX de la Ciudad de Dios les reprochará Agustín que busquen el retorno del alma a Dios por medio de prácticas mágicas o a través de espíritus celestes.

24 Sostuvo Agustín la opinión de que los neoplatónicos, al observar que la mayoría de los hombres eran incapaces de elevarse por sí mismos a la purificación y contemplación intelectual, suponían la existencia de algún mediador entre el Padre y la humanidad, de una especie de autoridad que a todos se impusiese, de un camino universal para la salud del alma. No desconocían que Cristo se ofrecía como tal mediador, mas, aunque contemplaban en Él a un hombre excelentísimo, le rechazaban porque había nacido de una virgen y muerto en una cruz, y también porque juzgaban que el Cristianismo desaparecería bajo los golpes de las persecuciones que estaba padeciendo. El texto más explícito a este respecto encuéntrase en la Ciudad de Dios, X, 24-32, donde menciona expresamente a Porfirio. Agustín insiste repetidas veces en la necesidad de un mediador para llegar a la rectitud moral y alcanzar a Dios.

25 De Labriolle sitúa esta tentación de huida a poco de la conversión. Pellegrino y Cayre, después de la ordenación sacerdotal o episcopal. Pintard cree que tuvo lugar entre 395 y 398 y estima que fue motivada por las calumnias de los donatistas.

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII
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