Te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me creaste y no te olvidaste del que se olvidó de ti. Te invoco en bien de mi alma, a la que tú preparas para acogerte con el deseo mismo que tú le inspiras. Ahora no abandones al que te invoca, tú que antes de que te invocase me previniste con un insistente crescendo de los más variados reclamos, para que te oyera de lejos y me convirtiera y me llamaste para que te invocara.
Porque tú, Señor, borraste todos mis méritos malos, para no tener que retribuir las obras de mis manos, con las que te fallé, y previniste todos mis méritos buenos para poder retribuir las obras de tus manos, con las que me hiciste. Porque antes de que yo existiera, existías tú; yo no existía, para que me pudieras otorgar el don de la existencia: y he aquí que, no obstante, existo gracias a tu bondad que previno todo esto que me hiciste y de donde me hiciste. Porque ni tú tenías necesidad de mí, ni yo era un bien tal con el que pudieras ser ayudado, Señor mío y Dios mío. Ni quieres que yo te sirva como si estuvieras fatigado de trabajar, o como si tu poder sufriera merma de no contar con mi ayuda. Ni eres como la tierra, que si no se la cultiva permanece inculta: si he de servirte y darte culto es para recibir el bien de ti, que me das el ser precisamente para colmarme de bienes.
En efecto: de la plenitud de tu bondad subsiste toda criatura, para que el bien —que a ti no podía serte de provecho ni, procediendo de ti, serte igual, y que, sin embargo, podía ser hecho por ti— no faltase. Porque, ¿qué pudieron merecer de ti el cielo y la tierra que tú creaste al principio? Que me digan los méritos que hicieron ante ti tanto la naturaleza espiritual como la corporal, que tú creaste en tu sabiduría, para que de ellas pendieran todas las cosas —si bien esbozadas e informes—, cada cual en su género, espiritual o corpóreo, que van a la deriva y en una lejanísima desemejanza tuya. Y aunque lo espiritual informe sea superior a un cuerpo formado, y un cuerpo formado sea preferible a la nada absoluta, todas, como en embrión, dependían de tu Palabra; y sin ella que habría de reconducirlas a tu unidad, no habrían podido ser formadas para ser totalmente buenas y ni siquiera recibir la existencia de ti, único y sumo Bien. ¿Qué pudieron merecer de ti para ser siquiera informes, cuando ni aun esto serían si no fuera por ti?
¿Qué pudo merecer de ti la materia corpórea para existir, aunque opaca y desordenada, ella que ni siquiera sería esto si tú no la hubieras creado? Por tanto, al no existir, mal podía hacer méritos ante ti para llegar a la existencia. O ¿qué pudo merecer de ti la incipiente criatura espiritual para que, aunque tenebrosa, tuviera una existencia fluctuante semejante al abismo, desemejante de ti, si la acción de tu Palabra no la hubiera reconvertido al mismo elemento primordial del que había sido formada, e, iluminada por ella, se transformase en luz, luz que sin ser exactamente igual a ti, es sin embargo conforme a la Forma igual a ti?
Para el espíritu creado lo bueno es estar siempre junto a ti, para no perder, alejándose de ti, la luz conquistada por su conversión a ti, por miedo de recaer en una vida semejante al abismo tenebroso. En otro tiempo, también nosotros —que en cuanto al alma, somos criaturas espirituales—, cuando te volvimos las espaldas, a ti que eres nuestra luz, fuimos efectivamente en esta vida tinieblas, y aún ahora nos debatimos entre los restos de nuestra oscuridad, hasta que seamos, en tu Unigénito, justicia como las altas cordilleras: ya que antes fuimos como tus sentencias: un océano inmenso.