Tu palabra, oh Dios, es fuente de vida eterna y no pasa: por esa razón, en tu palabra se nos disuade aquel alejamiento de ti, cuando se nos dice: No os ajustéis a este mundo, a fin de que la tierra produzca —regada por la fuente de la vida— el alma viviente, en tu palabra, que por medio de tus evangelistas es vehículo del alma, imitando a los imitadores de tu Cristo.
Porque he aquí, Señor, Dios nuestro y nuestro creador, que cuando fueren apartados del amor del mundo aquellos afectos con los cuales moríamos viviendo mal, y comenzare a ser alma viviente viviendo bien y se cumpliere tu palabra proclamada por boca de tu Apóstol: No os ajustéis a este mundo, se seguirá también lo que inmediatamente añadiste diciendo: Sino transformaos por la renovación de la mente, no ya según la especie, es decir, imitando a los que nos han precedido, ni según el autorizado ejemplo de un hombre superior.
Pues no dijiste: «Hágase el hombre según su especie», sino: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que conozcamos cuál es tu voluntad. Por eso aquel ministro tuyo, que engendró hijos por el evangelio, para que no fueran siempre como niños, teniendo que alimentarlos con leche y llevarlos en brazos como una nodriza, les decía: Transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto. Por lo cual no dices: «Hágase el hombre», sino: Hagamos; ni dices: «Según su especie», sino: A nuestra imagen y semejanza. Porque, el hombre, renovado en la mente y capaz de contemplar y comprender tu verdad, no tiene necesidad de aprendizaje humano para imitar su especie, sino que, teniéndote a ti por guía, él mismo llega a discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto; y le enseñas —pues ya es capaz— a ver la trinidad en la unidad y la unidad en la trinidad. Por eso, después de haber dicho en plural: Hagamos al hombre, continúa en singular: Y creó Dios al hombre; y habiendo dicho en plural: A nuestra imagen, concluye en singular: A imagen de Dios. Y así el hombre se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo y, hecho espiritual, tiene un criterio para juzgar todo lo que haya de juzgarse, mientras él no está sujeto al juicio de nadie.