Me consumo ansiando tu salvación, espero en tu palabra. Bueno es este consumirse, pues indica deseo del bien que aún no se ha conseguido pero lo anhela avidísima y vehementísimamente. ¿Y quién dice esto? El linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo adquirido; y lo dice desde el origen del género humano hasta el fin de los siglos, en aquellos que en su respectivo tiempo vivieron, viven y vivirán aquí deseando a Cristo.
Testigo de esto es el anciano Simeón, el cual, habiendo tomado en sus manos al Señor siendo niño, dijo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación. Dios le había vaticinado que no moriría antes de ver al Cristo Señor. El mismo deseo que tuvo este anciano ha de creerse que lo tuvieron todos los santos de los tiempos pasados. De aquí que el mismo Señor dijo a sus discípulos: Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron; de suerte que también de ellos es esta voz: Me consumo ansiando tu salvación.
Luego ni entonces cesó este deseo de los santos, ni cesa hora hasta el fin de los siglos en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, hasta tanto que venga el Deseado de todas las gentes, como se prometió por el profeta Ageo. Por esto dice el Apóstol: Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación. Así, pues, este deseo del que ahora tratamos procede del amor de su manifestación, de la cual dice asimismo: Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él. Luego en los primeros tiempos de la Iglesia, antes del parto de la Virgen, hubo santos que desearon la venida de su encarnación, y en los tiempos actuales, contados a partir desde que subió al cielo, hay santos que anhelan su manifestación o aparición, en la que ha de juzgar a los vivos y a los muertos.
Este deseo de la Iglesia no ha cesado ni por un momento desde el principio de los siglos, ni cesará hasta el fin de ellos, fuera del tiempo en que el Verbo, hecho hombre, permaneció en este mundo tratando con sus discípulos. Por eso, en las palabras del salmo, se oye la voz de todo el cuerpo de Cristo que gime en este mundo: Me consumo ansiando tu salvación, espero en tu palabra. Esta palabra es la promesa. Y es esta la esperanza que hace aguardar con paciencia lo que los creyentes no ven todavía.