Las alegorías (del griego ἀλληγορέω, «hablar de otra manera, figuradamente») son textos lingüísticos figurativos que, a diferencia de las ↗Parábolas, no confieren sentido metafórico a la totalidad de la narración, sino sólo a determinados y concretos elementos de lo que se dice (motivos, personas, escenarios, etcétera), con independencia de sus rasgos sintagmáticos (Weder; Harnisch), ya sea dentro de una convención literaria o en el marco del lenguaje peculiar de un pequeño grupo. Sólo en este segundo caso, y sólo, por tanto, para las personas ajenas al grupo, actúan las alegorías como textos cifrados. En conjunto, las características de las alegorías no son el esoterismo, el constructivismo y la artificialidad, sino la eficacia retórica, la expresividad estética y la creatividad poética.
La alegoresis o exégesis alegórica es un método de interpretación de los textos que parte del supuesto de que el sentido literal no es el sentido genuino o no, al menos, el único de un texto y que intenta, por consiguiente, descubrir su presunto sentido profundo (teológico, filosófico o ético) (cf. Klauck). Para poder acceder a esta dimensión del significado se sitúa el texto, punto por punto, dentro de un sistema de referencia construido a partir de las convicciones filosóficas o teológicas del intérprete.
Aunque las alegorías no son muy frecuentes en el Antiguo Testamento, son recursos literarios perfectamente conocidos en la sabiduría (Prov 1-9; Si 24; Sab 8) y en la profecía (Is 5,1-7; Ez 15; Ez 16; Ez 17; Ez 23). Adquieren una singular importancia ya en la ↗Apocalíptica de Dn, que se acentúa aún más en el judaísmo temprano (HenEt, OracSib, etcétera). Esta línea se prolonga en el Nuevo Testamento en el Apocalipsis (Ap 12-14; Ap 17ss). Se discute si algunas de las parábolas de Jesús encierran rasgos alegóricos (Mc 12,1-12 par.; Mt 22,1-14).
La exégesis alegórica fue la forma de interpretación o de comentario de la Escritura más importante del judaísmo helenista (Aristóbulo; Filón). Con planteamientos metódicamente analizados (Josefo, ant. I, 24), está al servicio de la interpretatio graeca de la Biblia. En el Nuevo Testamento hay dos parábolas de Jesús alegóricamente interpretadas por los redactores (Mc 4,1-9; Mc 4,13-20 par.; Mt 13,24-30; Mt 13,36-43) para poder explicar desde la predicación de Jesús las nuevas experiencias de los discípulos después de Pascua. Tanto Pablo (1Cor 5,6ss; 1Cor 9,9ss; 1Cor 10,1-13; Gál 4,21-31) como Hb aportan interpretaciones alegóricas de la «Escritura» veterotestamentaria para proporcionar los fundamentos exegéticos de sus posiciones teológicas. En estos casos, se mueven muy cerca (en cuanto al método, no en cuanto al contenido) de la alegoresis bíblica del judaísmo temprano.
Thomas Söding
Las alegorías retóricas y la alegoresis hermenéutica estuvieron, desde la Antigüedad, al servicio de la recepción creativa del depósito cultural tradicional. Su objetivo no es «la salvación del mito», sino la configuración positiva de una nueva concepción del mundo. Por consiguiente, esta aceptación cristiana de los métodos, sobre todo de los aplicados a la interpretación helenista de la poesía, lleva a la conclusión de que no es Homero, sino la Biblia, la que marca las creaciones culturales europeas. Surge una estética literaria que desborda —sin eliminarlo— el sentido histórico de los textos helenistas: las interpretaciones alegóricas no necesitan, pues, ser sometidas a la comprobación de la existencia de una referencia en los textos mismos (tipología), sino que deben ser contempladas en el marco de una dramaturgia teológica que aplica la historia de la salvación al momento presente y escenifica el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento desde la perspectiva de la Iglesia. También se aceptó y se reformuló bíblica y eclesialmente el material conceptual de la filosofía. Las teorías acerca de los múltiples sentidos de la Escritura señalan posibilidades y, al mismo tiempo, hilos conductores de la recepción alegórica. La proliferación desmesurada de interpretaciones alegóricas en la Baja Edad Media pone ante los ojos sus peligros, pero una severa hermenéutica exegética emancipatoria de la Escritura ignora su dinámica estética y teológica.
Christoph Jacob