Era la luz verdadera,
la que ilumina a todo hombre
viniendo al mundo.
En el mundo estaba,
y el mundo apareció a través de ella,
y el mundo no la (re)conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la admitieron. (Jn 1,9-11)
Lectura del libro del Exodo (Ex 32, 7-14)
Habló Yahveh a Moisés, y dijo: '¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado el camino que yo les había prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: «Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.»'
Y dijo Yahveh a Moisés: 'Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo.'
Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh su Dios, diciendo: '¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Van a poder decir los egipcios: Por malicia los ha sacado, para matarlos en las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra? Abandona el ardor de tu cólera y renuncia a lanzar el mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, siervos tuyos, a los cuales juraste por ti mismo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; toda esta tierra que os tengo prometida, la daré a vuestros descendientes, y ellos la poseerán como herencia para siempre.»'
Y Yahveh renunció a lanzar el mal con que había amenazado a su pueblo.