A cuantos la admitieron,
les dejó el poder de ser hechos hijos de Dios,
a cuantos creen en su nombre,
estos, ni de la sangre,
ni de la voluntad de la carne,
ni de la voluntad del hombre
han nacido
sino de Dios. (Jn 1,12-13)
Lectura del libro Primero de Samuel (1Sam 1,9b-18)
Se levantó Ana y se puso ante Yahveh. Estaba ella llena de amargura y oró a Yahveh llorando sin consuelo, e hizo este voto: «¡Oh Yahveh Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a Yahveh por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza.»
Como ella prolongase su oración ante Yahveh, Elí observaba sus labios. Ana oraba para sí; se movían sus labios, pero no se oía su voz, y Elí creyó que estaba ebria, y le dijo: '¿Hasta cuándo va a durar tu embriaguez? ¡Echa el vino que llevas!'
Pero Ana le respondió: 'No, señor; soy una mujer acongojada; no he bebido vino ni cosa embriagante, sino que desahogo mi alma ante Yahveh. No juzgues a tu sierva como una mala mujer; hasta ahora sólo por pena y pesadumbre he hablado.'
Elí le respondió: 'Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.'
Ella dijo: 'Que tu sierva halle gracia a tus ojos.' Se fue la mujer por su camino, comió y no pareció ya la misma.