Para poder entender bien la organización de las lecturas en la misa, hay que comenzar por entender qué es el año litúrgico.
El año litúrgico es el conjunto de las celebraciones que se realizan en la liturgia cristiana a lo largo de un año. A diferencia del año civil, no comienza el 1 de enero, sino que todo ese año está cualificado por la idea de celebrar lo que llamamos la historia de la salvación. Así, comienza a finales de noviembre o inicios de diciembre con el Adviento —primer tiempo litúrgico— y culmina al año siguiente el día anterior al inicio del nuevo Adviento. El año litúrgico es, por tanto, cíclico: se repite cada año el mismo conjunto de celebraciones. Su centro es la celebración de la Pascua, es decir, de la muerte y resurrección de Jesús.
Comenzamos con el Adviento, que dura veintiocho días y termina con la Navidad. Luego viene el tiempo de Navidad, que termina con el Bautismo del Señor, celebración que cae más o menos en el primer tercio de enero. Cada una de estas fechas depende de en qué día de la semana cae la Navidad y de en qué día del año cae la Pascua; por eso hablamos de fechas aproximadas: la Navidad sí tiene un día fijo, pero todo lo demás no lo tiene.
Terminado el tiempo de Navidad, y hasta que comienza el tiempo previo a la Pascua —llamado Cuaresma—, transcurre un período que va de enero hasta mediados de febrero o inicios de marzo, según el año. Ese tiempo es la primera parte del llamado tiempo ordinario o tiempo durante el año.
Después viene la Cuaresma, de cuarenta días. A continuación, la Pascua, que dura cincuenta días y termina en la fiesta de Pentecostés. Luego, hasta el próximo Adviento, transcurre un tiempo largo —más o menos desde junio hasta finales de noviembre— que constituye la segunda parte del tiempo ordinario o tiempo durante el año.
• el Adviento dura cuatro semanas;
• la Navidad, poco más de dos semanas;
• la Cuaresma, algo menos de seis semanas;
• el Triduo Pascual comprende el Jueves, Viernes y Sábado Santo, con la celebración nocturna de la resurrección, que ya da inicio al tiempo de Pascua, de siete semanas;
• todo el resto —treinta y cuatro semanas— es el Tiempo Ordinario, dividido en dos fases: una primera antes de la Cuaresma, y una segunda después de la Pascua.
En cada uno de esos días y en cada una de esas celebraciones, la misa cuenta con lecturas bíblicas. La cantidad y el tipo de lecturas dependerán de qué tipo de celebración es, en qué tiempo está ubicada, etcétera. Siempre se lee un fragmento del Evangelio —es la lectura principal— y antes de él, una o dos lecturas que pueden venir del Antiguo y/o del Nuevo Testamento, además de un fragmento de un salmo.
En general, las lecturas fueron tomando forma a lo largo de los siglos. Así, hay combinaciones de lectura del Antiguo y Nuevo Testamento más Evangelio, o de lectura y salmo, que son muy tradicionales y que están atestiguadas ya en la antigüedad. Pero eso también fue trayendo con el tiempo un problema: a lo largo de un año, las lecturas eran muchas, pero siempre las mismas. Se perdía mucha riqueza bíblica, porque la Biblia es muy grande y es difícil leerla entera. Entonces el Concilio Vaticano II acordó realizar una reforma de la liturgia que, entre otras características —la reforma fue amplísima y no se limitó a esto—, dio gran riqueza bíblica al año litúrgico. Se puede decir que si una persona participa todos los días de misa a lo largo de un conjunto de dos años, tiene escuchada la Biblia entera (prácticamente).
¿Cómo se consiguió esto? Por medio de ciclos leccionales. Se separaron los tipos de lectura en tres hilos —llamémoslos así—, en tres cauces:
• las lecturas dominicales;
• las lecturas feriales, es decir, las de todos los días menos los domingos y grandes fiestas;
• y las lecturas del ciclo santoral y festivo, es decir, las celebraciones que tienen día fijo durante el año.
Empiezo por esta última: las lecturas del ciclo santoral y festivo. Prácticamente solo interesan las de las fiestas y solemnidades más importantes, porque incluso la propia Iglesia recomienda que las lecturas de las memorias de santos menos importantes no se superpongan con la lectura diaria. Es decir, que si vas a la misa de San Antonio, no va a haber una lectura específica de la Biblia que compagine con la memoria de San Antonio, sino que se va a leer lo que corresponde a ese día normal o ferial. Así, en la práctica, las lecturas del ciclo festivo se reducen a las grandes fiestas, solemnidades y fiestas de la vida de Jesús o de la Virgen, y poco más.
Las lecturas dominicales están organizadas en un ciclo de tres años correspondientes a los tres primeros evangelios, llamados sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas. Esto comenzó alrededor de 1970 (la reforma se aplicó distinto según los países).
Al primer año lo llamamos ciclo A, y le corresponde el Evangelio de San Mateo; al siguiente lo llamamos ciclo B, y le corresponde el de Marcos; y al siguiente lo llamamos ciclo C, y le corresponde el de Lucas. Cuando termina el año de Lucas, vuelve a comenzar el de Mateo.
Como el Evangelio de Marcos es mucho más breve que los otros dos, en el año de Marcos una buena parte la ocupa la lectura de algunas secciones del Evangelio de Juan, que no tiene un ciclo propio. Lo que no se lee de Juan en el ciclo de Marcos, se lee en las grandes solemnidades pascuales o en momentos muy destacados del año litúrgico. Así que, aunque Juan no tiene un ciclo propio, tiene una presencia muy grande en las lecturas, porque es un evangelio distinto a los otros tres: es un evangelio que podríamos llamar más "mistérico", que penetra más en el misterio de Jesús de una manera simbólica, para caracterizar de algún modo la diferencia.
Ahora bien, ¿esto se aplica a todo el año litúrgico? En realidad, no.
En los tiempos que consideramos "fuertes" —Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua—, los evangelios están escogidos según el tema de cada celebración, y en general son los mismos todos los años. Mientras que el ciclo trienal se aplica a las treinta y cuatro semanas del tiempo ordinario. Así, en los domingos del año, a lo largo de tres años se lee mucho de los evangelios —no diré que se lee todo, pero se lee una cantidad muy significativa— entre fragmentos de los tiempos fuertes y fragmentos del ciclo trienal.
Nos queda el curso de las misas en días feriales, es decir, de lunes a sábado, cuando no cae ninguna solemnidad ni ninguna fiesta. Esas lecturas se dividen también según si estamos en tiempo fuerte o no. En tiempo fuerte se lee un fragmento escogido para el tiempo, y en tiempo ordinario lo que varía, en un ciclo de dos años, es la primera lectura: la primera lectura del año impar es distinta de la primera lectura del año par para la misma celebración. Los evangelios, en cambio, se leen en secuencia, en el orden en que probablemente se escribieron históricamente, es decir, primero Marcos, luego Mateo, luego Lucas —que no es el orden en que los encontramos en la Biblia, ni el orden en que se usan los domingos—. Los tres evangelios se leen a lo largo de un año, así que en cada ciclo bienal se lee dos veces cada evangelio, una vez en año impar y otra en año par. Siempre hablamos de los evangelios sinópticos, que son los que se dividen para la lectura del tiempo ordinario; el Evangelio de Juan, como ya señalé, tiene un tratamiento especial, muy destacado pero especial.
La variación de ciclo par/impar afecta a las lecturas que se hacen del resto de la Biblia. Aunque no se puede decir que de esta manera se lea toda la Biblia en la misa, es muy significativa la cantidad.
Si leemos atentamente los textos que se proclaman en la misa —sus oraciones, sus antífonas, sus exhortaciones—, veremos que destilan lenguaje bíblico; prácticamente no hay ningún texto que pertenezca a la redacción misma de la misa (por supuesto, no me refiero aquí a los textos que se agregan, como la oración de los fieles o la homilía) que no tenga algún eco bíblico.
Así, la Biblia está ya presente de esa manera; sin embargo, tiene además su propio lugar en la proclamación de los textos, en la primera parte de la misa, llamada Liturgia de la Palabra.
El corazón de la Liturgia de la Palabra es siempre la proclamación del Evangelio, que incluso se hace de una manera distinta a las otras lecturas: el pueblo cristiano está de pie escuchando, solo lo puede proclamar un ministro ordenado (diácono, presbítero u obispo), y está enmarcado entre algunas invocaciones que lo caracterizan —"El Señor esté con vosotros...", etcétera—. El Evangelio se proclama siempre al final del conjunto de las lecturas.
Según si la misa es una solemnidad o cualquier otro tipo de misa, tiene distinta cantidad de lecturas.
Las solemnidades —en esto se incluyen todos los domingos y algunas celebraciones del Señor, de la Virgen y de algunos santos, como el santo patrono de una parroquia— tienen siempre dos lecturas antes del Evangelio. La primera se relaciona de alguna manera con el Evangelio: puede ser ilustrándolo, puede ser anticipándolo, puede ser haciéndole un contrapunto, puede ser mostrando una promesa que luego se cumplirá en el Evangelio. Hay distintas relaciones posibles; lo que importa es que, en las solemnidades, la primera lectura está relacionada con el Evangelio. Puede provenir del Antiguo o del Nuevo Testamento; si es del Nuevo, por supuesto, no será Evangelio.
A esa primera lectura le sigue siempre el salmo, del cual se extrae un versículo que sirve como antífona para que todo el pueblo vaya respondiendo a la proclamación. En general, la antífona del salmo es un buen punto de partida para entender el tono de las lecturas de cada día, porque, sin decir que sea propiamente un resumen, podemos decir que en ella está presente el sentido profundo de las lecturas de un día litúrgico.
Y luego viene una segunda lectura, tomada de las epístolas del Nuevo Testamento, que en el tiempo ordinario se lee en secuencia de domingo a domingo. Es decir, que no está relacionada propiamente con las lecturas del día, sino que sigue su propio curso. El carácter de esa lectura suele ser un poco más moral, es decir, referido a las acciones cristianas concretas.
En todas las demás celebraciones que no son solemnidades —por ejemplo, en los días feriales— hay una sola lectura y su salmo antes del Evangelio. En el tiempo ordinario, esa lectura no tiene relación temática con el Evangelio, sino que sigue su propio curso de día a día. Como hemos visto, en el tiempo ordinario el Evangelio se lee completo, siguiéndolo fragmento a fragmento, y lo mismo pasa con muchos de los libros que se leen. Mientras que en los tiempos fuertes, esa única lectura sí coincide temáticamente con el Evangelio.
En las celebraciones caracterizadas como fiestas o memorias (que son rangos menores a solemnidad) también hay una única lectura antes del Evangelio, pero esta sí tiene relación temática con él.
Algunas celebraciones muy importantes durante el año tienen su propia estructura de lecturas. Por ejemplo, la noche de Pascua se leen muchas más lecturas, y además son fijas cada año, no cambian con los ciclos; lo mismo ocurre en la vigilia de Pentecostés, en la Navidad...
Quién proclama las lecturas
Las lecturas que no son el Evangelio las puede proclamar cualquier persona de la asamblea capacitada para eso. En realidad, existe un ministerio específico de lector, pero la realidad de las parroquias es que no hay muchos lectores ministeriales, así que en la práctica lee quien pueda. Lo importante es tener presente que esas lecturas no las hace un ministro ordenado.
Dado que cada día litúrgico es la conjunción de un tipo de celebración dentro de un conjunto que se refiere ya a la Navidad, ya a la Pascua, es imposible "adivinar" qué día litúrgico es. Para eso está el auxilio de los calendarios litúrgicos: cada año la diócesis publica un calendario, que suele ser accesible a través de la web o se compra en librerías religiosas, y allí está, día por día, qué día litúrgico es, qué lecturas tocan, si hay alternativas —es decir, si puede haber distintos conjuntos de lectura— y todas las características que corresponden a la celebración.
En general, el calendario tiene un esquema que vale para toda la Iglesia católica, pero hay algunos aspectos que cada diócesis adapta a su realidad; estos también están presentes en los calendarios litúrgicos.
El calendario litúrgico de Argentina (no es publicación oficial)
Calendario litúrgico de Colombia (no es publicación oficial)
Calendario litúrgico de España (publicación oficial de la CEE)
Calendario litúrgico de México (no es publicación oficial)
Para ver cómo están distribuidas las lecturas, se puede acudir a estos vínculos: