Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,16-20)
Jesucristo da a la Iglesia su misión, y une esa misión a una promesa «He aquí que yo estoy con vosotros». La misión parece monumental: bautizar, proclamar, anunciar, enseñar, salvar, pero Jesús promete su constante presencia. Si hay algo que Dios repite constantemente es precisamente el recordarnos su compañía:
A Isaac le dice: «Yo soy el Dios de tu padre Abraham. No temas, porque yo estoy contigo.»
A Jacob: «Mira que yo estoy contigo; te guardaré por doquiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho.»
A Moisés, desde la zarza ardiendo: «Yo estaré contigo»
Los planes de Dios siempre son excesivos, sobreabundantes, desmesurados, pero también lo es el Dios que nos acompaña. No solo promete su compañía, sino que nos pide no temer ante ninguna circunstancia de nuestra vida.
Cristo nos mandara lo mismo, pero encarnará lo que ya el nombre de YHVH (y su nombre profetico Emmanuel) apuntaba: Dios siempre nos acompaña: Dios con nosotros.