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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Oración: La luminosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo
Jesús fortalece la fe de Tomás
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Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»

Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»

Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.» (Jn 20,24-29)

Tomás no interpreta las señales, no cree en el testimonio de los once, ni de los otros que han visto al Señor, él quiere «ver y tocar», pide pues, una señal incontrovertible, objetiva, fácil... y Jesús se la concede, no sin antes reprenderlo por su actitud: «no seas incrédulo, sino ya creyente, hombre de Fe». Jesús nos pide que aprendamos a verlo en su Palabra (¿no ardía nuestro corazón?), cuando nos llama por nuestro nombre (María), cuando leemos en los signos (vio la tumba vacía y creyó), Tomás ni siquiera se conforma con «ver» las llagas, quiere «tocarlas», quiere asegurarse, y aunque Jesús se lo permita, nos deja ver que no es el camino, no es su camino, y no hay que tentarlo con eso, si no ser hombres de fe, que saben ver a Jesús donde los demás no pueden o no quieren verlo; en definitiva pide un trabajo de nuestra parte.. el trabajo de aquel que debe saber escuchar para poder ver.

Señor Jesús, enséñanos a no caer en la tentación de tentarte, de pedir una señal que no es tu señal, de pedirte hablar como nosotros desearíamos que nos hables. Danos más bien la gracia de esperar en tu palabra, de abrir el corazón y la inteligencia a tus caminos, de dejar arder el corazón cuando nos acompañas, de verte, no con los ojos de la carne sino con los ojos con los que nos has enseñado a ver, a penetrar, a amar. Amén.
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