El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.
Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo,
y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó. (Jn 20,2-8)
«Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó». Jesús anuncia en varias ocasiones su pasión, muerte y resurrección a sus discípulos: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará.» Ellos nada de esto comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo que decía (Lc 18,31-34). Mientras las mujeres tienen miedo, el discípulo amado comprendió la tumba vacía, creyó en las palabras de Cristo. No vio a Jesucristo, no vio su cuerpo resucitado, vio una tumba vacía, una tumba que puede significar muchas cosas, decir a cada uno diferentes palabras, pero para el discípulo amado ese signo débil bastó para que comprendiera a Aquel al que habían seguido y amado.