Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.»
Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.
Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,28-32)
Estos discípulos despistados y tristes, reconocen al Señor cuando este toma el pan y lo parte, con este signo sacramental se les abren los ojos. Pero hay que destacar otra cosa, ese abrir de ojos ante el signo, es solo el culmen de lo que los discípulos venían trabajando para ver, a la par que Jesús trabajaba en sus corazones para que vieran: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»