Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos.
Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.»
Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.»
Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?»
Le contestaron: «No.»
Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido -pues estaba desnudo- y se lanzó al mar. (Jn 21,2-7)
Este relato evangélico nos pone de cara a varios discípulos pescando y a Jesús en la orilla, al que no reconocen sino hasta que les hace un gesto, un gesto que sólo un enamorado puede «recordar», una repetición de un evento pasado que marcó la relación entre ellos y Jesús, y que al evocar tal recuerdo surge el reconocimiento inmediato: «¡Es el Señor!!»
Esa escena anterior había sido la pesca milagrosa descrita en Lucas 5:
Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes.» Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.»
Aquel primer encuentro de Pedro con Jesús, aquél reconoce su indignidad ante el «Profeta»; mucho ha pasado ya desde eso, muchos años de caminar juntos, de vivencias, de amistad e infidelidad, de arrepentimiento... y se lanza al mar para llegar pronto hasta él.