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El Testigo Fiel
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Documentación: Contra Celso
Libro VIII


Partes de esta serie: Prólogo · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII

Libro Octavo

1. El apologista, embajador de Cristo

Ya he llegado a terminar siete libros y ahora quiero empezar el octavo. Asístanos Dios y su Verbo unigénito a fin de refutar noblemente las mentiras de Celso, que en balde se titulan Discurso de la verdad, y, en lo posible y por lo que atañe a su defensa, se demuestre la razón del cristianismo.

Rogamos también a Dios poder decir con el espíritu de Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por nosotros (Ps 2), y ser efectivamente embajadores ante los hombres de cómo el Verbo de Dios los exhorta a que tengan amistad con El mismo. Este Verbo quiere ganar para la justicia, la verdad y las demás virtudes a los que, antes de recibir las enseñanzas de Jesucristo, pasaban su vida en tinieblas respecto de Dios y en ignorancia del Creador. Y, una vez más, diré que Dios nos dé la generosa y verdadera Palabra, el Señor fuerte y poderoso en la guerra (Ps 23,8) contra la maldad. Y ya es hora de que pasemos al texto siguiente de Celso y a su refutación.

2. Se puede, según Celso, servir a muchos amos

Anteriormente nos preguntó Celso "por qué no damos culto a los démones", y a lo que dijo sobre los démones le replicamos (VII 68-70) lo que nos pareció conforme al sentir de la palabra divina. Seguidamente nos presenta respondiendo a su pregunta de hombre que quiere demos culto a los démones : "No es posible que uno mismo sirva a muchos amos". "Esta", opina él, "es voz de rebelión (cf. III 5; VIH 49); voz de quienes", según sus palabras, "se amurallan a sí mismos y se separan del resto de los hombres". Por su parte cree que "quienes así hablan, en cuanto de ellos depende, trasladan a Dios sus propios sentimientos". Por eso piensa que, "entre los hombres, pueda tener lugar que quien sirve a uno no pueda razonablemente servir a otro, por el daño que se supone le viene a éste del distinto servicio; ni que quien antes se ha comprometido con uno no se comprometa con otro. Así es razonable no servir a la vez a diferentes héroes o démones si de ahí resulta daño" Pero, tratándose de Dios, al que no llega daño ni pena, tiene Celso por irracional "guardarse de dar culto a muchos dioses, de modo semejante que si se tratara de hombres, héroes y démones por el estilo". Dice además que "quien da culto a muchos dioses, por el hecho de honrar algo que pertenece al Dios grande, hace en ello cosa grata a éste". Y añade: "A nadie le es posible ser honrado si no le fuere dado por El; de donde se sigue", dice, "que quien honra y adora a todos los que son de El, no ofende al Dios a quien todos pertenecen".

3. La Escritura habla de "dioses"

Antes de pasar adelante, veamos si no entendemos razonablemente el texto: Nadie puede servir a dos señores; a lo que sigue: Porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se adherirá al uno y despreciará al otro. Y luego: No podéis servir a Dios y a mammón (Mt 6,24 LE 16,13). La defensa nos lleva a un profundo y misterioso razonamiento acerca de dioses y señores. Y es así que la divina Escritura sabe que el Señor es grande por encima de todos los dioses (Ps 96,9); palabras en que no entendemos por dioses los que son adorados entre los gentiles, pues sabemos que todos los dioses de las naciones son demonios (Ps 95,5). Se trata más bien de dioses, cuya junta conoce la palabra profética, como conoce al Dios sumo que los juzga y ordena a cada uno su propia obra. Y es así que Dios estuvo en la junta de los dioses, y en medio juzga a los dioses (Ps 81,1). Dios es, además, el Señor de los dioses, que, por medio de su Hijo, llamó a la tierra desde el nacimiento del sol hasta su puesta (Ps 49,1). Mándasenos igualmente dar gracias al Dios de los dioses (Ps 135,2) y sabemos que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Mt 22,32). Todo lo cual se dice no sólo en estos textos, sino en otros sin número.

4. Y también de "señores"

Cosas semejantes nos enseñan las sagradas letras a examinar y sentir acerca del Señor de los señores cuando nos dicen, por ejemplo: Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterna su misericordia; dad gracias al Señor de los señores, porque es eterna su misericordia (135,2-3); y en otro lugar, que Dios es Rey de reyes y Señor de señores (Mt 1). Pero la palabra divina conoce dioses, que así se llaman, y otros que lo son, se llamen o no se llamen; y enseñando lo mismo acerca de señores que lo son y otros que no, dice Pablo: Porque si bien hay llamados dioses, en el cielo o en la tierra, como hay muchos dioses y muchos señores (Mt 1). Luego, como quiera que el Dios de los dioses llama a los que quiere a su porción , por medio de Jesucristo, de oriente y occidente (Ps 49,1); y puesto que el Cristo de Dios es Señor y, al invadir los dominios de todos y llamar así de todos los dominios súbditos suyos, demuestra que es superior a todos los que dominan, de ahí es que Pablo, que lo sabía muy bien, añada después del texto citado: Mas para nosotros sólo hay un Dios, el Padre de quien todo procede, y un solo Señor, Jesucristo, por quien es todo, y nosotros por El (Ps 1). Y percatándose Pablo de que había en sus palabras algo de maravilloso y recóndito, añade: Pero no en todos hay ciencia (ibid., 7). Ahora bien, cuando Pablo dice: Para nosotros, empero, sólo hay un Dios, el Padre, de quien todo procede; y un solo Señor, Jesucristo, por quien es todo, ese "nosotros" lo dice de sí mismo y de cuantos se han remontado al sumo Dios de dioses y al sumo Señor de señores. Y al Dios sumo se remonta el que, sin escisión, división ni parcialidad, lo adora por medio de su Hijo, el Dios Verbo y sabiduría que fue contemplado en Jesús, el único que conduce a El a los que se esfuerzan, por todos los modos, en pertenecer al Dios artífice del universo por medio de palabras, obras y pensamientos excelentes. Por esta y otras cosas semejantes opino que el príncipe de este mundo, que se transfigura en ángel de luz (Ps 2), hizo que se dijera: "A éste sigue un ejército de dioses y démones, ordenados en doce partes". Y de sí mismo y de los que se dan a la filosofía añade: "Nosotros con Zeus, y otros con otros démones" (PLAT., Phaidr. 246,2- 247a.250b).

5. Quiénes se levantan por encima de todos los "dioses" y "señores"

Como haya, pues, muchos que se dicen dioses o que lo son realmente, y lo mismo señores, nosotros lo hacemos todo con el fin de remontarnos por encima, no sólo de las cosas que son adoradas como dioses por las naciones de la tierra, sino también de los mismos que las Escrituras llaman dioses; cosa de que nada saben los que son extraños a las alianzas , hechas con Dios por medio de Moisés y de nuestro Salvador Jesús, y no entran a la parte de las promesas que por ellos se nos han dado a conocer. Ahora bien, por encima de toda servidumbre de démones se remonta el que no hace obra alguna grata a los démones; y de la parte de los que Pablo llama dioses se sale el que mira, ora como aquéllos, ora de otro modo cualquiera, no lo que se ve, sino lo que no se ve (Ps 2); y el que considera de qué modo la expectación de la creación está aguardando la revelación de los hijos de Dios, pues la creación está sometida a la vanidad, no de su grado, sino por causa de quien la sometió en esperanza , si es cierto que alaba la creación y ve cómo se liberará de la servidumbre de la corrupción y llegará a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, no se distrae a servir a Dios y a otro juntamente con El ni a sujetarse a dos amos. No hay, pues, voz de sedición en quienes esto entienden y no quieren servir a muchos señores. Por eso se contentan con el Señor Jesucristo, que instruye a los que están a su servicio, a fin de entregarlos, una vez instruidos y hechos reino digno de Dios , al mismo Dios Padre. Sí es cierto, en cambio, que se apartan y separan de los que son forasteros en la ciudad de Dios y extraños a sus alianzas, a fin de tener su ciudadanía en los cielos y acercarse al Dios vivo y a la ciudad de Dios, la Jerusalén celeste, y a la compañía innumerable de ángeles y a la iglesia de los primogénitos, que están inscritos en los cielos .

6. El cristiano, embajador de Cristo

Pero tampoco nos apartamos de servir a otro fuera de Dios por medio de su Verbo y su verdad porque nos imaginemos que recibe Dios un daño, como parece recibirlo un hombre, de parte de quien sirve a otro además de él; no, lo que queremos es no dañarnos a nosotros mismos, separándonos de la porción del Dios sumo, como quiera que vivimos emparentados con su bienaventuranza por excelente espíritu de adopción. Este espíritu mora en los hijos del Padre del cielo, que no echan palabrillas, sino hechos cuando, con levantada voz, dicen en el secreto: Abba!, Padre .

Como es sabido, los embajadores lacedemonios no quisieron adorar al rey de los persas, por más que'los forzaran; los guardias, por .temor al: que ellos tenían -por su sola.señóri que era la ley de Licurgo' (HEROD,, VII 13 6) v aquellos; emperó, que desempeñan una embajada por Cristo, mucho más grande y divina (Ps 2), no pueden adorar ni al príncipe de los persas, ni al de los griegos, ni al de los egipcios, ni al de otra nación alguna, por más que la guardia de tales gobernantes, que son los démones y ángeles del diablo, los quieran forzar a hacerlo e intenten persuadirlos a que abandonen al que es superior a toda ley sobre la tierra. Y es así que Cristo es señor de los que son sus embajadores y lo representan, El, Verbo que era en el principio y estaba en Dios y era Dios .

7. Vaguedades de Celso sobre dentones y héroes

Celso se imaginó sin duda que, entre las cosas que él tenía por patentes, iba a exponer una doctrina de especial profundidad acerca de héroes y algunos démones. Así, después de explicar lo que atañe al servicio entre los hombres, es decir, que recibe uno daño si el que antes le servía quiere también servir a otro, dice que "lo mismo habría de decirse ' sobre héroes y démones por el estilo". A esto le preguntaremos, pues, qué entiende por héroes y de dónde proceden esos démones, de suerte que quien sirve a este héroe no pueda servir al otro, y quien sirve a tal demon no pueda ya servir a otro, pues el primer demon saldría dañado, a la manera como son dañados los hombres si el siervo primero se pasa a segundo amo. Demuéstrenos Celso qué daño piensa él que se da en los héroes o démones por el estilo. La verdad es que se verá forzado a caer en un mar de tonterías, repetir su discurso y retractar lo dicho; o, si no quiere decir tonterías, tendrá que confesar que no sabe una palabra sobre lo que sean héroes y démones. Y respecto a lo que dice sobre los hombres, que reciben daño los primeros si un esclavo quiere servir también a segundos amos, habría que decirle:

¿Qué daño cree Celso que recibe el primer amo si su esclavo quiere servir también a un segundo?.

8. El solo verdadero daño

Ahora bien, si entiende, como un hombre vulgar y ajeno a la filosofía 2, por daño el que se dice de cosas que están fuera de nosotros, demostraría que no ha saludado siquiera lo que hermosamente dice Sócrates: "Realmente, Anito y Me-leto me pueden quitar la vida, pero no dañarme, pues no es de ley divina que lo superior reciba daño de lo inferior" (PLAT., Apol. .30cd) ", Mas, si por daño entendiera un movimiento o hábito malo *, como parejo daño no puede darse en los sabios, sigúese que puede uno servir a dos sabios que estén en distintos lugares. Mas si tampoco es razonable, en balde tomó Celso como ejemplo que censurar el texto: Nadie puede servir a dos señores (Mt 6,24); y tanto mayor fuerza tendrá esa palabra que se refiere al servicio único de Dios del universo por medio de su Hijo, que lleva a los hombres a El. Por lo demás, no daremos culto a Dios como si El lo necesitara o hubiera de tener pena de no tributárselo. Nosotros, antes bien, sacamos provecho del culto de Dios; nosotros nos hacemos insensibles al dolor y a la pasión por servir al Dios sumo por medio de su unigénito Verbo y sabiduría.

9. El culto de Jesús, solo que viene de Dios

De ver es también cuan a la ligera dice: "Porque, aun dado caso que dieras culto a otra cosa de las que hay en el universo...", pues así se afirma que, sin daño alguno de nuestra parte, podemos trasladar el culto debido a Dios a cualquiera de las cosas simplemente que son de Dios. Pero, como si él mismo se hubiera percatado de no haber hablado sanamente al decir: "Porque, aun dado caso que dieras culto a otra cosa de las que hay en el universo...", vuelve sobre sus pasos y corrige lo dicho con estotro: "No es posible tributar honor a nadie a quien no se le haya concedido por El".

Pues preguntemos a Celso acerca de los que son honrados como dioses, démones o héroes: ¿Por dónde, amigo, puedes demostrar habérseles concedido de parte de Dios a éstos el ser honrados, y que no les viene el honor de la ignorancia y necedad de hombres que han errado y se han apartado de Aquel que propiamente merece ser honrado? En todo caso, honor se tributa al querido de Adriano, como tú mismo, Celso, has dicho poco antes (III 36; V 63); y seguramente no querrás afirmar que el Dios del universo le ha concedido a Antínoo derecho a recibir honores divinos. Lo mismo diremos acerca de los otros, requiriendo pruebas de que el Dios supremo les ha concedido derecho de ser honrados.

Ahora bien, si algo semejante se nos replicara respecto de Jesús, nosotros demostraríamos habérsele dado de Dios el ser honrado, para que todos honren al Hijo como honran al Padre . Y es así que las profecías hechas antes de que naciera eran recomendaciones del honor que se le debía. Y los milagros que hizo, no por magia, como se imagina Celso (III 36; V 63), sino por virtud divina predicha por los profetas, eran una testificación de Dios, una garantía de que quien honre al Hijo, que es el Logos o Razón, no hace caso sin razón, sino que sacará provecho del honor que le tribute. Y el que honra al que es la verdad, se hace mejor por honrar la verdad; y, por el mismo caso, el que honra la sabiduría y la justicia y todo lo demás que las divinas letras dicen ser el Hijo de Dios.

10. Quién honra de verdad a Dios

Ahora bien, que el honor tributado al Hijo de Dios consista en una vida recta, lo mismo que el honor que se rinde a Dios Padre, veamos si no nos lo enseña este texto: Tú que te ufanas de la ley, por la transgresión de la ley deshonras a Dios ; y estotro: ¿Pues cuánto mayor castigo pensáis merecerá quien ha pisoteado al Hijo de Dios, y profanó la sangre de la alianza en que fue santificado, e insultó al espíritu de grada? . Porque, si por la transgresión de la ley deshonra a Dios el transgresor de la ley, y pisotea al Hijo de Dios el que no recibe la palabra divina, es evidente que honra a Dios el que guarda la ley, y le da culto el que está adornado de la palabra de Dios y de las obras que ella pide. Y si Celso hubiera sabido quiénes son de Dios y que ellos son los solos sabios, y quiénes son ajenos a Dios, y que son malos todos los que no sienten inclinación a abrazar la virtud, hubiera entendido en qué sentido se dice: "Si uno honra y adora a todos los que son de El,

¿en qué ofende al Dios a quien todos pertenecen?"

11. No hay división en el reino de Dios

Seguidamente dice Celso: "Además, el que dice que sólo uno fue llamado señor, si habla de Dios, comete una impiedad, pues divide el reino de Dios e intenta una sedición, como si hubiera allí un partido y algún otro rival de Dios". Esto tendría realmente lugar si Celso pudiera demostrar con pruebas lógicas que son dioses esos que los gentiles adoran como dioses, y que los que se cree andan en torno a las estatuas, templos y altares no son démones malignos. Respecto del reino de Dios de que hablamos y escribimos continuamente (cf. I 39; III 59; VI 17), nosotros pedimos en nuestra oración entenderlo, y ser tales que sólo tengamos a Dios por rey, y que su reino se haga también nuestro; Celso, empero, que nos enseña a dar culto a muchos dioses, debiera hablar, de querer ser consecuente, de un reino de dioses, no de un reino de Dios.

Así, ni hay en Dios bandos o partidos, ni dios alguno que se levante como su rival. Sí hay, empero, algunos que, a modo de gigantes o titanes (cf. IV 32; VI 42), quieren, por su propia maldad, hacer la guerra a Dios uniéndose con Celso y quienes se la han declarado al que de mil formas demostró la verdad sobre Jesús, y a Jesús mismo, que, por la salvación de nuestro linaje, se mostró a todo el mundo en general como el Logos, según cada uno podía comprender.

12. "Yo y el Padre somos una sola cosa"

Acaso pudiera pensarse que, en lo que sigue, hay algo probable contra nosotros: "A la verdad, si éstos no dieran culto a nadie más que a un solo Dios, su razonamiento contra los demás tendría acaso alguna fuerza; pero el caso es que dan un culto excesivo a ese que apareció recientemente (I 26) y, sin embargo, en nada creen pecar contra Dios, a pesar de que se da culto a un servidor suyo". Pero a esto hay que decir que Celso no entendió lo que quiere decir: Yo y el Padre somos una sola cosa , ni lo que dijo el Hijo de Dios en su oración: Como tú y yo somos una sola cosa (17,22). De haberlo entendido, no hubiera imaginado que nosotros damos culto a nadie fuera del Dios supremo. Porque el Padre, dice, está en mí y yo en el Padre (14,10-11). Mas si alguno teme por estos textos que nos pasemos como tránsfugas a los que niegan que el Padre y el Hijo sean dos hi-póstasis, considere estotro texto: Todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma , y así vea lo de Yo y el Padre somos una sola cosa.

Así, pues, como hemos explicado, damos culto a un solo Dios, al Padre y al Hijo, y sigue válido nuestro razonamiento contra los otros. Y no es cierto tampoco que demos culto excesivo al que apareció poco ha, como si antes no hubiera existido, pues le creemos cuando dice: Antes de que Abrahán naciera, yo soy , y cuando dice: Yo soy la verdad (14,6). Y no hay entre nosotros nadie tan estúpido que piense no haber existido la esencia de la verdad antes de la fecha en que apareció Cristo. Damos, pues, culto al Padre de la verdad y al Hijo, que es la verdad, los cuales son dos cosas por su hipóstasis, pero una sola por su concordia, por la armonía e identidad de su voluntad; de suerte que quien ha visto al Hijo, resplandor que es y marca de la substancia de Dios , en El, que es imagen de Dios (Col 1,15), ha visto a Dios .

13. La mediación del Verbo, sumo sacerdote

Luego opina Celso que, del hecho de que demos culto a Dios juntamente con su Hijo, lógicamente se sigue que, según nosotros, no sólo hay que dar culto a Dios, sino también a sus servidores. Ahora bien, si Celso se hubiera referido a los servidores de Dios que vienen después del Unigénito, a Gabriel y Miguel y demás ángeles y arcángeles y hubiera afirmado que también a éstos se debe dar culto, tal vez habríamos comenzado por apurar bien la significación de las palabras "dar culto" y de las acciones de los que lo dan, y hubiéramos luego dicho lo que sobre el tema alcanzáramos, bien persuadidos de discutir sobre cosas de monta. Pero lo cierto es que Celso tiene por servidores de Dios a los démones adorados por los gentiles y, por lo tanto, no nos persuade por lógica consecuencia a que demos culto a quienes la palabra divina nos presenta como ministros del maligno, príncipe que es de este mundo (Col 1), que aparta de Dios a cuantos puede. Así, pues, por no tenerlos por servidores de Dios, nos negamos a adorar y dar culto a todos esos que adoran los otros hombres; pues si se nos hubiera enseñado que son servidores del Dios sumo, no diríamos que son demonios. Por eso damos culto al Dios uno y a su solo Hijo, que es su Verbo e imagen, con las mejores súplicas y peticiones que podemos, ofreciendo nuestras oraciones al Dios del universo por medio de su Unigénito. A éste, digo, se las ofrecemos primeramente, rogándole que, pues es propiciación por nuestros pecados (Col 1), presente, como sumo sacerdote , nuestras oraciones, sacrificios y súplicas al Dios supremo.

Así, pues, nuestra fe en Dios nos viene por su Hijo, que la confirma en nosotros, y Celso no será capaz de demostrar que hay en nosotros sedición alguna respecto del Hijo de Dios. Y es así que adoramos al Padre, a par que admiramos a su Hijo, que es Verbo, sabiduría, verdad y justicia (Col 1) y todo lo demás que sabemos ser el Hijo de Dios, como quien fue engendrado de tal Padre. Y baste con esto sobre esto.

14. Himno al Hijo de Dios

Dice también Celso: "Si alguien trata de enseñarles que Jesús no es Hijo de Dios, sino que Dios es padre de todos, y a este solo hay que adorar verdaderamente, no aceptarán tal enseñanza si no adoran también a este que tienen por cabeza de su sedición. Y si a éste le han dado nombre de hijo de Dios, no es porque quieran honrar particularmente a Dios, sino porque quieren exaltar a éste sobre todo". Pero nosotros hemos aprendido quién es el Hijo de Dios: resplandor de su gloria y marca de su substancia , y vapor del poder de Dios, y emanación pura de la gloria del Omnipotente, y fulgor de la luz eterna, y espejo sin mancha de la acción de Dios e imagen de su bondad ; y sabemos que Jesús es hijo de Dios, y Dios, padre de Jesús. Y nada inconveniente ni impropio de Dios hay en esta doctrina que admite tal Hijo, y nadie será capaz de persuadirnos 5 que Jesús no es Hijo del Dios y Padre ingénito.

Mas si Celso entendió mal a algunos que no confiesan que el Hijo de Dios lo sea del que creó este universo (cf. V 54; VI 53), allá se las haya él y allá se las hayan los que pareja doctrina aceptan. No es, pues, Jesús cabeza de sedición alguna, sino de toda paz, como quien dijo a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy. Y, como sabía que los hombres que son del mundo y no de Dios nos habían de hacer la guerra, añadió a esas palabras estotras: No como el mundo da paz, asi os doy yo mi paz . Y aunque nos veamos atribulados en este mundo, tenemos confianza por Aquel que dijo: En el mundo tendréis tribulación; pero tened buen ánimo, porque yo he vencido al mundo (16,33). Y éste afirmamos ser Hijo de Dios, del Dios a quien, si hay que usar las palabras de Celso, nosotros adoramos particularmente; y sabemos también que el Hijo ha sido particularmente exaltado por el Padre.

Acaso haya quienes, por ser de la muchedumbre de los creyentes, profesen también la creencia divergente de suponer, por su temeridad, que el Salvador es el Dios máximo, que está sobre todas las cosas; pero nada semejante profesamos nosotros que creemos al que dice: El Padre que me ha enviado es mayor que yo . Por eso no podemos subordinar al Hijo de Dios el que ahora llamamos Padre.

15. Fantasías de oscura secta gnóstica

Después de esto dice Celso: "Y como prueba que no opino en esto fuera de camino, me voy a valer de sus mismas palabras. En cierto Diálogo celeste, se dice en efecto textualmente: -Si más fuerte que Dios es el hijo, y señor de El es el hijo del hombre-¿y quién otro pudiera señorear sobre el Dios poderoso?-, ¿cómo es que muchos están en torno al pozo y nadie baja al pozo? ¿Por qué, haciendo tan largo camino, eres tímido? -¡Te equipocas, pues yo poseo audacia y espada!-. Así, su objeto no es adorar al Dios supraceleste (cf. VI 19), sino a otro que suponen padre de Jesús, en torno al cual se han reunido, y, so capa del gran dios, adorar únicamente a éste, a quien han puesto a su frente, a ese hijo del hombre que afirman ser más fuerte que el Dios poderoso y señor suyo. De ahí les ha venido su consigna de no servir a dos señores, a fin de mantener la sedición en torno a este solo".

Una vez más se ve aquí cómo toma Celso fantasías de no sé qué oscurísima secta y se las endosa a todos los cristianos. Y digo secta "oscurísima", porque ni nosotros mismos, que muchas veces nos hemos debatido con gentes sectarias, podemos dar con la doctrina de que tomara eso Celso. Eso, si lo tomó de alguna parte y no se lo inventó él o lo añadió como secuela. Porque nosotros, que afirmamos pertenecer al Creador de todas las cosas aun el mundo sensible, claramente decimos que el Hijo no es más fuerte que el Padre, sino inferior a El. Y lo decimos porque creemos al Hijo mismo que dijo: El Padre que me ha enviado es mayor que yo . Y no hay nadie entre nosotros tan estúpido que diga que el Hijo del hombre es señor de Dios. Decimos que el Salvador domina sobre todos los que le están sometidos, señaladamente cuando pensamos en El como Dios Verbo, sabiduría, justicia y verdad, en cuanto es estas cosas; pero no que domine a Dios Padre, que lo domina a Él. Además, como el Logos no domina a los que no se le someten voluntariamente, y hay aún algunos malos no sólo entre los hombres, sino también entré los ángeles (y aquí entran todos los dé-mones), sobre éstos decimos que, hasta cierto modo, no domina, puesto que no le obedecen voluntariamente; aunque, en otro sentido de "dominar", también sobre ellos domina, como decimos que domina el hombre a los animales irracionales, por más que no los sujete a su albedrío, como domina algunos leones domesticándolos y a ciertas bestias por la doma. Sin embargo, El no deja piedra por mover a fin de persuadir a los que ahora no le obedecen a que se sometan a su imperio. En conclusión, en nuestra opinión miente Celso cuando dice que nosotros decimos: "¿Quién otro dominará al Dios poderoso?"

16. La Iglesia, que lleva el nombre de Cristo solo

Luego, a mi parecer, confunde de nuevo las cosas, alegando de otra secta: "¿Cómo es que muchos están en torno al pozo y nadie entra en el pozo?" Y estotro: "¿Por qué, al acabar tan largo camino, eres tímido? -¡Te equipovas!"; y luego: "Porque yo poseo audacia y espada". Los que pertenecemos a la Iglesia, que lleva el nombre de Cristo solo, afirmamos que nada de eso es verdad. Y es lo bueno que, dicho eso, se imagina que saca puras consecuencias en cosas que para nada nos atañen. Y es así que nosotros no nos proponemos adorar a un Dios hipotético, sino al Creador de este universo y de cualquier otro no sensible ni patente a los ojos. Allá se lo verán los que echan por "otro camino y otras sendas" (HOMER., Odyssea 9,261), esos, que niegan a este Dios y se han entregado a un fantasma de nueva hechura, que sólo tiene nombre de Dios, imaginando que es más grande que el Creador; y allá se lo haya cualquier otro si por lo visto hay quien dice que el Hijo es más fuerte y señor del Dios poderoso.

Respecto del mandato de no servir a dos señores (Mt 6,24), ya dimos la explicación que mejor nos pareció cuando expusimos no poderse probar sedición alguna en el honor tributado a Jesús como Señor, en aquellos que confiesan haberse levantado por encima de todo señor y servir al solo Señor, que es el Hijo y Logos de Dios.

17. Defensa del aniconismo cristiano

Luego dice Celso que "huimos de levantar estatuas y templos" (Vil 62), porque esto se imagina él ser para nosotros "la segura contraseña de una asociación oculta y misteriosa". Y no ve que, para nosotros, son altares la mente de cada justo, y de ellos suben, real y espiritualmente, olorosos inciensos, que son las oraciones que brotan de conciencia limpia. De ahí que se diga en el Apocalipsis de Juan (Ap 5,8): Los perfumes son las oraciones de los santos. En el salmista: Sea mi oración como incienso en tu acatamiento (Ps 140,2).

Las imágenes, empero, y las ofrendas que convienen a Dios, no son las fabricadas por artesanos vulgares, sino las que labra y modela en nosotros el Logos de Dios, las virtudes que imitan al Primogénito de toda la creación (Col 1,15), donde están los ejemplares de la justicia, prudencia, fortaleza, sabiduría y demás virtudes. Así, pues, en todos aquellos que, de acuerdo con el Logos divino, se han fabricado para sí la templanza, justicia, fortaleza, sabiduría y piedad y demás imágenes de virtudes, en ésos, decimos, se levantan las estatuas, con las que estamos convencidos se honra debidamente al que es prototipo de todas las imágenes, imagen del Dios invisible (Col 1,15) y Dios unigénito . Todos aquellos, además, que, desnudándose del hombre viejo con sus obras y revistiéndose del nuevo, que se renueva para conocer según la imagen del que lo creó (Col 3,9-10), al restablecer en sí mismo la imagen del Creador, erigen en sí mismos estatuas tales como las quiere el Dios supremo.

Sin embargo, como entre escultores y pintores los hay que realizan maravillosamente su obra, por ejemplo6, Fidias y Policleto entre los escultores, y Zeuxis y Apeles entre los pintores; otros fabrican imágenes con arte inferior al de éstos; otros, con menos arte aún que los segundos y, de modo general, hay mucha diferencia en la fabricación de estatuas e imágenes; por el mismo estilo hay quienes fabrican estatuas del Dios supremo con más arte y ciencia acabada, de forma que no cabe comparación alguna entre el Zeus Olímpico labrado por Fidias y el hombre que se configura según la imagen del Dios creador. Eso sí, la imagen mejor y que aventaja con mucho toda otra de la creación entera es la que se levanta en nuestro Salvador mismo, que dijo: El Padre está en mí .

18. Dios hace su inorada en el alma

Además, en cada uno de los que, según sus fuerzas, lo imitan también en esto, se levanta una estatua según la imagen del Creador (Col 3,10), estatua que ellos fabrican mirando a Dios con corazón puro, hechos imitadores de Dios . Y, de modo general, todos los cristianos se esfuerzan en levantar altares tales como hemos dicho y estatuas tales como las que hemos explicado, no inanimadas e insensibles, ni propias para dar acogida a démones golosos que se asientan en lo inanimado, sino del espíritu de Dios, que mora como en casa propia en las estatuas que hemos dicho y en el que se configura según la imagen del Creador. Y, por el mismo caso, el espíritu de Cristo se asienta sobre quienes se configuran, por decirlo así, con El. Y como la Escritura nos quería poner esto delante, nos describió a Dios, que dice a los justos en son de promesa: Habitaré entre ellos y con ellos me pasearé, y seré Dios suyo, y ellos serán pueblo mío (Col 2). Y al Salvador: Si alguno oyere mis palabras y las pusiere por obra, yo y mi Padre vendremos a El y haremos nuestra morada en él . Compare, pues, quien quisiere los altares que hemos explicado con los que dice Celso, y las estatuas que se levantan en el alma de los piadosos para con Dios, con las de Fidias y Policleto y artistas semejantes, y claramente verá que éstas son inanimadas y sujetas a la corrupción del tiempo; aquéllas, empero, permanecen en el alma inmortal todo el tiempo que el alma racional quiere que permanezcan en ella.

19. El cuerpo de Jesús, templo sacratísimo

Ahora bien, si hay que comparar templos con templos para demostrar a los que aceptan las ideas de Celso que nosotros no rehuimos levantar templos que convengan a las estatuas y a los altares antedichos, sino que nos negamos a construir templos inanimados y muertos al autor de toda vida, oiga el que gustare de ello cómo se nos enseña que nuestros cuerpos son templos de Dios (Col 1); y si alguno, por su incontinencia o su pecado, corrompe o destruye el templo de Dios, ese tal, como verdadero impío contra el verdadero templo, será por Dios destruido. De entre todos los templos, empero, que así se llaman, el mejor y más excelente fue el cuerpo sagrado y puro de nuestro Salvador, Jesucristo; el cual, sabiendo que los impíos podían atentar contra el templo de Dios que había en El, pero no de forma que sus intentos prevalecieran sobre la divinidad que edificaba aquel templo, les dijo: Destruid este templo, y yo lo reedificaré en tres días... El, empero, lo decía del templo de su cuerpo .

Y en algún otro lugar, enseñando misteriosamente la doctrina de la resurrección a quienes son capaces de escuchar las palabras de Dios con oído divino, las sagradas letras dicen que serán edificados con piedras vivas y preciosas. Con lo que ocultamente da a entender que cada uno de los que conspiran por la palabra de Dios a la piedad para con El, es una piedra preciosa de todo el templo de Dios. Así, Pedro dice: Mas vosotros sois edificados como piedras vivas casa espiritual, para formar un templo santo y ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo (Col 1). Y Pablo: Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, teniendo por piedra angular al mismo Jesucristo nuestro Señor . El mismo sentido místico tiene también el pasaje de Isaías, dirigido a Jerusalén, que dice así: Mira, pondré tus piedras sobre carbunclos y tus fundamentos sobre zafiros. Y haré de jaspe tus baluartes, y tus puertas de piedras de cristal, y de piedras preciosas todo tu cerco; todos tus hijos serán adoctrinados de Dios y gozarán de mucha paz; y tú serás edificada sobre justicia (Is 54,11-14).

20. Variaciones sobre el mismo tema

Así, pues, algunos justos son carbunclo, otros zafiro, otros jaspe y otros cristal; y así, por el estilo, son los justos todo linaje de piedras escogidas y preciosas. No es éste momento de explicar la significación espiritual de las piedras y la razón de su naturaleza, ni a qué clase de alma se puede aplicar el nombre de cada piedra preciosa; sólo era del caso recordar brevemente qué significan entre nosotros los templos, y señaladamente el templo único de Dios hecho de piedras preciosas. Si, respecto de esos que se tienen por templos, los habitantes de una ciudad se ufanaran de ellos ante otros, los orgullosos de sus templos más preciosos enumerarían sus excelencias para demostrar la inferioridad de los otros; así nosotros, contra los que nps recriminan porque no creemos debe adorarse a Dios en templos insensibles, parangonamos los templos que se dan entre nosotros y demostramos a los que no son insensibles y semejantes a sus dioses, que tampoco sienten, que no cabe comparación alguna entre nuestras estatuas y las de los gentiles, ni entre nuestros altares y- llamémoslos así- nuestros perfumes y los altares de ellos, sus grasas y sangre. Y lo mismo digamos de los templos por nosotros explicados y los de cosas insensibles, admirados por hombres también insensibles, que no tienen ni imaginación de aquella divina sensación por la que se siente a Dios, y sus estatuas, templos y altares tales como convienen a Dios.

Así, pues, no rehuimos levantar altares, estatuas y templos porque ello sea para nosotros una contraseña segura de una sociedad oscura y misteriosa, sino porque, por medio de Jesús, hemos encontrado la manera de dar culto a Dios. De ahí que huyamos de lo que, con apariencia de piedad, hace impíos a los que se han apartado de la piedad que nos enseñara Jesucristo, que es el solo camino de la piedad, como quien dijo con verdad: 7o soy el camino, la verdad y la vida .

21. Cómo se celebra de verdad una ñesta

Pues veamos lo que seguidamente dice Celso acerca de Dios y cómo nos incita a que comamos lo que realmente se sacrifica a los ídolos o, por mejor decir, a los démones; Celso lo llamaría "ofrendas sacras", como quien ignora qué es lo de verdad sagrado y cuáles son los verdaderos sacrificios. Como quiera, he aquí sus palabras: "Dios, a la verdad, es común a todos, bueno, y sin necesidad y ajeno a toda envidia (cf. VI 52; VII 65; PLAT., Phaidr. 247a; Tim. 29e; ARIST., Metaph. 1,2 (983a,2). ¿Qué inconveniente hay por ende en que quienes le están más particularmente consagrados tomen también parte en las públicas festividades?" No sé qué se imaginó Celso para pensar que de ser Dios bueno, sin necesidades y ajeno a la envidia lógicamente se siga deban participar en las públicas fiestas los que a El están consagrados. Por mi parte digo que, de ser Dios bueno, sin necesidad de nada y ajeno a toda envidia, se seguiría deber participar en las públicas fiestas quienes le están consagrados si se demostrara que las tales fiestas no tienen nada de erróneo y fueron instituidas partiendo de un claro conocimiento de Dios, como conformes con el culto y piedad que se le debe.

Pero lo cierto es que las públicas fiestas sólo de nombre son fiestas y no tienen razón alguna que demuestre se ajustan al culto debido a la divinidad; cabe, en cambio, probar que son invenciones de quienes las instituyeron al azar por razón de ciertas historias humanas, o que contienen teorías físicas acerca del agua, de la tierra o de los frutos que en ésta se producen. De donde se sigue patentemente que quienes quieren dar culto a Dios sabiendo lo que hacen, obran razonablemente no tomando parte en las públicas fiestas. Y es así que una fiesta, como dice-y dice bien-incluso un sabio griego, "no es otra cosa que hacer uno lo que debe" (Teucio., 1, 70 v. finem). Y, a decir verdad, una fiesta celebra el que hace lo que debe, y ora siempre, y en todo momento ofrece en sus oraciones a la divinidad incruentos sacrificios. Por eso magníficamente me parece hablar Pablo cuando dice: Observáis días y meses y tiempos y años; mucho me temo no haya trabajado en balde entre vosotros .

22. Las fiestas cristianas

Mas acaso alguien objete a esto lo que nosotros hacemos los días del Señor, de preparación, pascua o pentecostés. A ello hay que responder que el perfecto, por el hecho de permanecer siempre en las palabras, en las obras y en los pensamientos del Dios Verbo, que es por naturaleza señor, siempre está en los días de El y siempre celebra días del Señor. Y, por el mismo caso, el que constantemente se prepara para la vida verdadera y se aparta de los placeres de la vida que seducen a los muchos; el que no fomenta el sentir de la carne , sino que abofetea su cuerpo y lo reduce a servidumbre (Is 1), ése celebra constantemente las preparaciones (o pa-rasceve). Además, el que comprende que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado y que debemos celebrar fiesta comiendo de la carne del Logos (Is 1), ése no hay momento en que no esté celebrando la pascua, que se interpreta "sacrificio para el tránsito" (cf. PHILO., Vita Mos. II 224), pues constantemente está pasando de las cosas de la vida a Dios y acelerando el paso a la ciudad de Dios. Finalmente, el que puede decir con verdad: Hemos resucitado juntamente con Cristo (Col 3,1); y: Nos levantó y sentó en los cielos juntamente con Cristo , se halla siempre en los días de Pentecostés; y, señaladamente, cuando, como los discípulos de Jesús, sube al piso superior y vaca a la oración y súplicas, a fin de hacerse digno del viento impetuoso que viene del cielo , el viento que fuerza a desaparecer de los hombres la maldad y cuanto de ella procede, digno también de recibir alguna parte de la lengua de fuego venida de Dios.

23. No hay en esta vida fiesta total

La muchedumbre, empero, de los que parecen creer y no han llegado a esa dignidad, al no querer o no poder celebrar así todos los días, necesita, a modo de recuerdo, de ejemplos sensibles si no se quiere que de todo punto se diluya. Algo así creo yo que pensó Pablo cuando llama parte de fiesta (Col 2,16) la que se celebra en días separados de los demás, y que con esta expresión da a entender que la vida conforme al Verbo divino no consiste en fiesta parcial, sino entera y no interrumpida.

Pero es también de ver, por lo dicho acerca de nuestras fiestas, si, comparadas con las públicas fiestas de Celso y los gentiles, no son aquéllas mucho más sagradas que las públicas fiestas en que el sentir de la carne , al celebrarlas, se desenfrena y se propasa a embriagueces y disoluciones.

Mucho habría ahora que decir por qué las fiestas que prescribe la ley de Dios enseñan a comer pan de aflicción o ázimos con hierbas amargas (Ex 12,8), y por qué dicen: Humillad vuestras almas o cosas por el estilo. Y es que no resulta siquiera posible que el hombre, ser compuesto, celebre enteramente una fiesta en tanto la carne codicie contra el espíritu y el espíritu contra la carne .

Porque, al celebrarla con el espíritu, hay que mortificar el cuerpo, que, por naturaleza, dado el sentir de la carne, no sabe celebrarla con el espíritu; o, celebrándola según la carne, no se goza la fiesta según el espíritu. Pero baste de momento con esto sobre el tema de las fiestas.

24. "El ídolo no es nada"

Pues veamos ahora con qué argumentos nos incita Celso a comer de lo sacrificado a los ídolos y a tomar parte en los públicos sacrificios de las fiestas públicas. He aquí sus palabras: "Porque, si estos ídolos no son nada, ¿qué inconveniente hay en tomar parte en el general banquete? Y, si son algún linaje de démones, es evidente que también ellos pertenecen a Dios, y hay que creer en ellos y ofrecerles sacrificios según las leyes y rogarles que nos sean propicios". Para responder a esto fuera bueno tomar en la mano y comentar todo el razonamiento que hace Pablo en la primera carta a los corintios. Allí, respondiendo también a eso de que un ídolo no es nada en el mundo (Ex 1), demostró el daño que se sigue de comer de lo sacrificado a los ídolos. A los que son capaces de entender lo que allí dice les hace ver que quien participa de lo sacrificado a los ídolos comete acción absolutamente peor que la de un asesino, pues mata a sus hermanos por los que murió Cristo (8,11). Y luego, sentado que lo sacrificado se sacrifica a los demonios, Pablo demuestra que se hacen partícipes de los demonios quienes toman parte en la mesa de los demonios; y demuestra también ser imposible que el mismo hombre tome parte en la mesa del Señor y en la de los demonios (Ex 1).

Sin embargo, como el comentario de la carta a los corintios, en este punto, requiriría un tratado completo que lo explicara ampliamente, nos contentaremos con lo brevemente respondido; quienquiera lo examine verá claro que, aunque nada sean los ídolos, no por eso deja de ser cosa terrible tomar parte en el banquete de los ídolos. Y con moderada extensión hemos dicho también que, aun cuando sean cierto linaje de démones a quienes se ofrecen los sacrificios, nosotros no debemos tomar parte alguna en ellos cuando sabemos la diferencia que va de la mesa del Señor a la mesa de los démones. Y porque lo sabemos, lo hacemos todo con miras a participar de la mesa del Señor, y por todos los modos nos guardamos de tomar jamás parte en la de los demonios.

25. ¿Son también de Dios los démones ?

En el texto citado dice Celso que "también los démones son de Dios y, por eso, hay que creer en ellos y ofrecerles sacrificios según las leyes y rogarles nos sean propicios". Ello es razón para que instruyamos a quienes tuvieren interés en pareja instrucción que la palabra de Dios no gusta de proclamar posesión de Dios nada malo, pues lo juzga por indigno de tan gran Señor. De ahí que no todos los hombres reciben título de hombres de Dios, sino solamente los que son dignos de Dios, como lo fue Moisés y Elias (Ex 2), o algún otro que fue llamado hombre de Dios o fue semejante a los que así fueron llamados. Por el mismo caso, tampoco todos los ángeles se dicen ser ángeles de Dios (LE 12,8 Mt 22,30), sino sólo los bienaventurados; aquellos, empero, que se extraviaron hacia la maldad se llaman ángeles del diablo (Mt 25,41); como los hombres malos son dichos hombres del pecado, o hijos de perdición, o hijos de iniquidad (Mt 1). Como quiera, pues, que hay hombres buenos y hombres malos, unos se dicen ser de Dios y otros del diablo; y lo mismo los ángeles, unos se llaman de-Dios y otros del maligno. En cuanto a los démones, ya no se reparten en dos clases, pues se demuestra que son todos malos. Por eso diremos ser falsa la afirmación de Celso cuando dice: "Y si son cierto linaje de démones, es evidente que también ellos son de Dios". Si no, pruebe el que quisiere no ser exacta ' la distinción entre hombres y ángeles, o que es razonable hacer la misma distinción también entre démones.

26. Antes morir que obedecer

a los dentones

Mas si pareja prueba es imposible, es evidente que ni los démones son de Dios, pues no es Dios su príncipe, sino, como dicen las sagradas letras, Belzebú (Mt 12,24); ni hay que creer en los démones por más que Celso nos exhorte a ello; no, antes morir que obedecer a los démones; todo, en cambio, ha de estar pronto a sufrir el que obedece a Dios. Por el mismo caso, tampoco hay que ofrecer sacrificios a los démones, pues es imposible sacrificar a seres malos y perniciosos para los hombres. Y ¿según qué leyes quiere Celso que sacrifiquemos a los démones? Porque, si es conforme a las que vigen en las ciudades, tendrá que demostrar que se conciertan con las leyes divinas. Y si no puede demostrarlo (pues ni aun entre sí se conciertan las leyes de muchas ciudades), es evidente que no deben llamarse siquiera verdaderas leyes", o son leyes de hombres malos, a las que no se debe obedecer, pues antes hay que obedecer a Dios que a los hombres .

Lejos, pues, de nosotros el consejo de Celso, que nos dice debemos orar a los démones. A consejo semejante no debe prestársele el menor oído, pues sólo hay que orar al Dios sumo. Orar debemos también al Logos de Dios, unigénito, y primogénito de toda la creación (Col 1,15) y, como a sumo sacerdote, hemos de pedirle que, una vez que llegue a El nuestra oración, la presente a su Dios, que es nuestro Dios, y a su Padre, que es padre de los que viven conforme a la palabra de Dios . Ahora bien, como no querríamos tener benévolos a hombres que sólo quisieran ser benévolos con quienes vivan según su maldad, y no lo fueran con quienes se deciden a lo contrario de lo que ellos hacen, pues la benevolencia de éstos nos haría enemigos de Dios, que tal vez no es benévolo con quienes quieren tener a los tales benévolos; por modo semejante, los que han comprendido la naturaleza de los démones, sus propósitos y maldad, no es posible que deseen jamás tener benévolos a los démones.

27. Nos basta la benevolencia de Dios

Y es así que, aun cuando no les sean benévolos los démones, no por eso van a sufrir nada de su parte, custodiados que están por el Dios sumo, que les es benévolo por su piedad

y que pone a sus ángeles divinos junto a los que merecen ser custodiados, para que nada sufran de parte de los démones. Ahora bien, el que tiene propicio al Dios supremo por su piedad para con El y haber recibido al ángel de Dios del gran consejo (Is 9,6), que es el Señor Jesús, contento puede estar con la benevolencia de Dios por medio de Jesucristo y decir confiadamente, en la seguridad de que nada ha de sufrir por parte de todo el ejército de los démones:

El Señor es luz mía y salud mía, ¿a quién puedo temer? El Señor es baluarte de mi vida, ¿de quién puedo temblar? (Ps 26,1).

Si contra mí un ejército acampare, no temerá mi corazón... (ibid., 3).

Y baste con esto sobre lo dicho por Celso: "Y si son algún linaje de démones, es evidente que también ellos son de Dios, y hay que creer en ellos y ofrecerles sacrificios según las leyes y rogarles nos sean propicios".

28. ¡Démones por doquier!

Citemos ahora lo que sigue y, una vez más, lo examinaremos según nuestras fuerzas: "Si se abstienen de comer de víctimas tales por una tradición de sus mayores, habían de abstenerse en absoluto de toda carne de animales, opinión que fue de Pitágoras, por honor de la vida y de sus órganos (VII 41). Pero si es, como afirman, por no sentarse a la mesa con los démones, yo les felicito por su sapiencia, pues poco a poco van entendiendo que son siempre comensales de los démones; y es lo bueno que sólo se guardan de ellos cuando ven una víctima sacrificada. Ahora bien, cuando se comen un bocado de pan o beben vino o gustan de unas frutas, y hasta cuando toman unos sorbos de agua o respiran el aire, ¿no reciben cada una de esas cosas de ciertos démones, a quienes, según sus partes, está encomendado el cuidado de cada una?" Yo no sé cómo pudo ver Celso consecuencia lógica en que hayan de abstenerse de toda carne de animales los que él dijo que, por cierta costumbre tradicional, se apartan de determinados sacrificios. Y no decimos esto como si la palabra divina, por razón de una vida más segura y limpia, no nos sugiriera algo semejante cuando nos dice: Bueno es no comer carne ni beber vino, ni hacer cosa en que tu hermano se escandaliza . Y de nuevo: No lleves a la perdición con tu comida a aquel por quien muñó Cristo (ibid., 15). Y en otro lugar: Sí el comer escandaliza a mi hermano, yo no probaré jamás la carne para no escandalizar a mi hermano (Ps 1).

29. Los alimentos, cosa diferente

Es de saber, sin embargo, que los judíos que se imaginan entender la ley de Moisés, guardan respecto de los alimentos la norma de comer de los que la ley define como puros y abstenerse de los impuros; es más, ni siquiera comen de la sangre de un animal, ni de los que destroza una fiera ni de otros; sobre todo lo cual habría mucho que decir y, por lo tanto, no es propio de este momento discutirlo. La doctrina, empero, de Jesús, que quería llamar a todos los hombres a la religión pura, quería, por el mismo caso, evitar que muchos que por el cristianismo podían mejorar en sus costumbres, se retrajeran de abrazarlo por razón de la legislación, demasiado molesta, acerca de la comida. De ahí que Jesús afirmara : No mancha al hombre lo que entra en la boca del hombre, sino lo que sale de ella; pues lo que entra en la boca, dice, va a parar al vientre, y se echa luego en el retrete. Mas lo que sale de la boca son pensamientos malos que se hablan, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y blasfemias (Mt 15,11 Mt 17 Mt 19). Y Pablo dice también: La comida no nos recomendará a Dios; pues ni por comer tendremos ventaja, ni por no comer sufriremos mengua (Mt 1). Todo esto tiene alguna oscuridad si no se explica , de ahí que les pareciera bien a los apóstoles de Jesús y a los ancianos reunidos en Antioquía (erravit Orígenes) y, como ellos mismos dijeron, al Espíritu Santo , escribir una carta a los creyentes de la gentilidad con la prohibición respecto de comidas, como ellos dijeron, de lo estrictamente necesario; y esto se redujo a lo sacrificado a los ídolos, lo sofocado y la sangre.

30. ¡Dentones de nuevo!

Porque lo sacrificado a los ídolos se sacrifica a los demonios, y no es bien que un hombre de Dios se haga comensal de una mesa de demonios. En cuanto a lo sofocado, como no se ha separado la sangre, que dicen ser el alimento de los démones, que se nutren de los vapores que de ella emanan, nos lo prohibe la Escritura, para que no nos alimentemos de comida de demonios. Si comiéramos de lo sofocado, tal vez algunos de tales espíritus se alimentarían con nosotros (cf. supra II 28). De lo dicho acerca de lo sofocado puede verse claro lo referente a la abstención de sangre. Y venido a este punto, no me parece fuera de lugar citar una sentencia muy bien dicha que también muchos cristianos leen, escrita que está en las Sentencias de Sexto, y dice así: "Comer de seres animados es cosa indiferente, pero abstenerse es más razonable" (SEXTI PYTHAG., Sent., ed. A. Elter, n.109; cf. ORIG., In Matth. XV 3). No nos abstenemos, pues, simplemente por una costumbre tradicional de los supuestos sacrificios ofrecidos a los llamados dioses, héroes o démones, sino por muchas más razones, algunas de las cuales he expuesto aquí. Además, tampoco tenemos obligación de abstenernos de comer en absoluto de todos los animales, como debemos apartarnos de toda maldad y de cuanto viene de la maldad. Y no sólo de la carne de animales, sino de cualquier otro alimento hay que abstenerse si al tomarlo nos dejáramos llevar de la maldad o de sus efectos. Así hay que evitar comer por glotonería, o dejándose llevar I0 del placer, sin miramiento a la salud y cuidado del cuerpo.

Sin embargo, no decirnos en absoluto que se dé la transmigración del alma ni que ésta caiga en animales irracionales; y es evidente que, si nos abstenemos alguna vez de animales, no dejamos de comer sus carnes por las mismas razones que Pitágoras. Y es así que nosotros sólo sabemos honrar el alma racional, mas los órganos de ella los llevamos con honor, según los usos y costumbres, al sepulcro. Cosa digna es, en efecto, no arrojar deshonrosamente y al azar, como si se tratara de bestias, lo que fue morada del alma racional (cf. IV 59; V 24; VIII 50). Tal es señaladamente el caso de quienes creen que el honor tributado al cuerpo en que moró un alma racional recae en el que recibió esa misma alma, la cual, por ese órgano, luchó valerosamente. En cuanto a la cuestión:

¿Cómo resucitarán los muertos y con qué cuerpo vendrán (Mt 1), ya antes (V 18 v. fin.) respondimos brevemente, como lo pide la índole de este escrito.

31. Démones y ángeles

Después de esto pone Celso lo que, como es notorio, alegan cristianos y judíos cuando justifican su abstención de los sacrificado a los ídolos y dicen que quienes se han consagrado al Dios supremo no deben tomar parte en banquetes de démones. En réplica a ello dijo el texto que hemos citado.

Ahora bien, nosotros no conocemos más modos de tener parte con los demones en materia de comidas y bebidas si no es comiendo lo que el vulgo llama sacrificios de los ídolos (cf. VIII 21) o bebiendo el vino de la libaciones hechas a los demonios; Celso, empero, opina que banquetea con los demones el que toma un pedazo de pan, o se bebe unos sorbos de vino o gusta de unas frutas; aun el que sólo beba agua, dice él que banquetea en ello con los demones. Y aún añade que quien respira este aire, común a todos, lo recibe también de ciertos demones. Demones que están al frente del aire hacen merced de él a los animales que lo respiran.

Así, pues, siga quien quiera la sentencia de Celso; pero demuestre que no son ángeles divinos de Dios, sino demones, cuya raza entera es mala, los que tienen orden de administrar todo lo antedicho. Porque también nosotros afirmamos que, sin estos labradores invisibles, digámoslo así, y sin otros mayordomos, no sólo de los frutos de la tierra, sino de toda agua manantial y del aire, la tierra no produce lo que se dice es administrado por la naturaleza, ni el agua mana y corre en las fuentes y en los ríos que de ellas nacen, ni el aire se conserva incorrupto, ni se torna vivificante para los que lo respiran. No decimos, ciertamente, que tales mayordomos invisibles sean los demones; antes bien, si hubiéramos de atrevernos a decir qué obras, ya que no éstas, proceden de los demones, diremos que son las pestes, la esterilidad de las viñas y árboles frutales, las sequías y hasta la corrupción del aire, que daña a los frutos y es a veces causa de la muerte de los animales y de peste entre los hombres. Todo esto lo producen por sí mismos los demones, como una especie de verdugos ", que, por oculto juicio de Dios, reciben potestad de hacerlo en determinados tiempos, ora con el fin de convertir a los hombres que se precipitan en el torrente de la maldad, ora para prueba del linaje de los seres racionales. Así, los que entre tales calamidades se mantienen piadosos y no se tornan en absoluto peores, ponen de manifiesto su carácter a los espectadores, visibles e invisibles, que hasta entonces no los habían mirado; los de disposiciones contrarias, por otra parte, pero que saben ocultar su maldad, al quedar convictos por los acontecimientos de lo que son, ellos mismos tengan conciencia de sí mismos y se manifiesten, digámoslo así, a sus espectadores.

32. Toda criatura es buena

El salmista mismo testifica que las calamidades, por juicio divino, son directamente producidas por obra de ciertos ángeles malos cuando dice:

Envióles al fuego de su ira, indignación, furor y duro estrago,

tropel de mensajeros de desgracias (Ps 77,49).

Ahora, si a los démones se les permite a veces algo más que esto-ellos que siempre lo quisieran hacer, pero no siempre pueden por impedírselo alguien-es cuestión que ha de examinar el que sea capaz de ello, considerando, en cuanto le es posible a la naturaleza humana, la súbita separación del cuerpo por parte de muchas almas que van por caminos que llevan a la muerte, cosa esta indiferente. Y es así que grandes son los juicios de Dios y por su grandeza incomprensibles para una inteligencia que está aún ligada al cuerpo mortal. De ahí que sean también difíciles de explicar y, para almas incultas, de todo punto incontemplables . Esta es también la razón por que hombres temerarios, por su ignorancia sobre estas cosas y por su arrogancia contra Dios, hija de su temeridad, hacen prosperar las impías doctrinas contra la providencia.

Así, pues, no recibimos de los démones las cosas necesarias para la vida, aquellos señaladamente que hemos aprendido a usar de ellas debidamente; ni los que toman un bocado de pan, o un trago de vino, o gustan de frutas, .o beben agua o respiran el aire se sientan a la mesa con démones, sino más bien con ángeles divinos, que están puestos al frente de esas cosas, como convidados a la mesa del hombre piadoso, que ha entendido la enseñanza de la palabra divina: Ora comáis, ora bebáis, ora hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios (Ps 1). Y en el mismo sentido se dice en otro lugar: Hacedlo todo en nombre de Dios (Col 3,17). Ahora bien, si comemos y bebemos y respiramos para gloria de Dios, y todo lo hacemos conforme a la palabra divina, sigúese que no somos comensales de los démones, sino de los ángeles de Dios. Y es así que toda criatura de Dios es buena, y nada debe reprobarse con tal de que se tome con nacimiento de gracias, pues se santifica por la palabra de Dios y la oración (Col 1). Pero no sería buena ni capaz de santificación si, como se imagina Celso, esas cosas estuvieran encomendadas a los démones.

33. Contra un dilema de Celso

Por aquí se ve claro quedar ya respondido lo que seguidamente dice Celso y es de este tenor: "Luego, o hay que renunciar en absoluto a la vida y no venir siquiera a este mundo, o quien en estas condiciones viene tiene que dar gracias a los dioses a quienes ha cabido la administración de las cosas de la tierra, pagarles primicias y votos mientras vivamos, a fin de tenerlos benévolos".

Naturalmente que debemos vivir, y debemos vivir conforme a la palabra de, Dios en cuanto nos es posible y nos es dado vivir conforme a ella; y una de las formas en que se nos da es que, ora comamos, ora bebamos, todo lo hacemos para gloria de Dios (Col 1). Y no hay tampoco por qué abstenerse, con hacimiento de gracias al Creador, de las cosas por El creadas para nuestro uso. Y en estas condiciones, más bien que las que supone Celso, fuimos traídos por Dios al mundo, y no estamos sujetos a los démones, sino al Dios sumo por medio de Jesucristo, que nos ha llevado a El.

Por lo demás, según leyes de Dios, a ningún demon le ha cabido en suerte la administración de las cosas de la tierra; si bien es probable que, por su propia iniquidad, se hayan distribuido entre sí aquellas regiones en que no se da conocimiento de Dios ni vida conforme a su volurftad, o donde hay muchos ajenos a Dios. Posible es también que, como señores dignos de los malvados y verdugos de ellos, el Logos, que todo lo rige y gobierna, los haya puesto al frente de quienes se han sometido a la maldad y no a Dios. Por semejantes razones, allá Celso, que desconoce a Dios, pague sus acciones de gracias a los démones; nosotros, empero, sólo damos gracias al Hacedor del universo, y comemos los panes ofrecidos con hacimiento de gracias y oración sobre los dones, panes que, en virtud de la oración, se convierten en cierto cuerpo santo que santifica también a los que lo toman con pura intención 12.

34. Primicias, sólo al Creador

Quiere además Celso que se ofrezcan primicias a los démones; nosotros, empero, al que dijo: Brote la tierra hierba verde que lleve semilla según su especie y semejanza, y árbol frutal que produzca fruto, cuya semilla esté en él según su especie sobre la tierra . Y al mismo a quien pagamos las primicias, elevamos también nuestras oraciones, pues tenemos un sumo sacerdote, que penetró los cielos, a Jesucristo, Hijo de Dios ; y esta confesión mantenemos mientras vivimos, pues sentimos benévolo a Dios y a su Unigénito, que se nos muestra en Jesús.

Y si deseamos una muchedumbre de seres que nos sean benévolos, sabemos que millares de millares le asistían y decenas de decenas de millar le servían . Todos éstos miran como parientes y amigos a los que imitan su piedad para con Dios, y cooperan a la salvación de los que invocan a Dios y oran sinceramente. Ellos se les aparecen y tienen por un deber escuchar y acudir, como por un convenio, en auxilio y salvación de los que oran al mismo Dios al que oran ellos. Todos son, en efecto, espíritus administrativos, enviados para servir a los que han de alcanzar la salud , Digan, pues, enhorabuena los sabios griegos que al alma humana se le asigna desde que nace un demon; mas Jesús nos enseñó que no despreciemos ni aun a los más pequeños de la Iglesia, porque-nos dice-los ángeles de ellos están mirando en todo momento la faz de mi Padre del cielo (Mt 18,10). Y el profeta dice también:

El ángel del Señor su campo pone

en derredor de aquellos que lo temen, y los salva (Ps 33,8).

En resolución, tampoco nosotros negamos que haya muchos démones en el mundo; afirmamos más bien que los hay y que tienen poder sobre los malos a causa precisamente de la maldad de éstos; pero nada pueden contra los que se han vestido de la panoplia (o armadura completa) de Dios y han recibido fuerza para resistir a las asechanzas del diablo y se ejercitan continuamente en la lucha contra él, pues saben que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra potestades y principados, contra los que mandan sobre las tinieblas de este siglo, contra los espíritus de la maldad en los espacios celestes .

35. Ni el sabio ni el cristiano hacen daño a nadie

Consideremos ahora otro texto de Celso que dice así: "Un sátrapa, un gobernador, un general o un procurador del rey de los persas o del emperador romano, y hasta los que desempeñan magistraturas, cargos o servicios inferiores a ésos, pueden hacer gran daño si no se les tributan los debidos obsequios; ¿y los sátrapas y ministros del aire y de la tierra sólo podrán hacérnoslo ligero si se los ultraja?" Es de ver cómo introduce Celso, a la manera humana, sátrapas del Dios supremo, gobernadores, generales y procuradores y hasta los que desempeñan magistraturas, cargos y servicios inferiores, todos con ánimo de infligir graves daños a quienes los agravien; y no se percata que ni un hombre sabio quisiera dañar a nadie, sino que a los mismos que lo insultan trata, en lo posible, de convertirlos y mejorarlos. A no ser que, por lo visto, los sátrapas y gobernadores y generales que Celso atribuye a Dios estén moralmente por bajo de Licurgo, legislador de los la- cedemonios, y de Zenón de Citio. Y es así que Licurgo, teniendo en su poder al hombre que le había arrancado un ojo, no sólo no tomó venganza de él, sino que no dejó de encantarlo hasta persuadirle que se diera a la filosofía (PLUTARCH., Lycurg. 11). Y a Zenón le dijo uno: "¡Así me muera si no me vengo de ti!"; y él le respondió: "¡Y yo, si no te hago amigo mío!" (ID., De cohibenda ira 14)13.

Y no hablo ahora de los que se han configurado según la enseñanza de Jesús y entienden su palabra: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os maltratan, para ser así hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos (Mt 5,44-45). Y en los discursos profetices dice así el justo:

¡Oh Señor y Dios mío!, si tal hice, si iniquidad mis manos mancha, si fui causa de mal contra mi amigo...

que a mi alma persiga el enemigo y le dé alcance, mi vida pisotee sobre el suelo

y mi honor lleve al polvo (Ps 7,4-6).

36. Nada puede sufrir el verdadero cristiano por parte de los démones

Pero los ángeles, que son los verdaderos sátrapas, gobernadores, generales y procuradores de Dios, no dañan, como se imagina Celso, a los que los ofenden; y si dañan ciertos démones, de que el mismo Celso tuvo alguna idea, dañan como malos, y no porque se les haya encomendado satrapía alguna, ni generalato ni procuraduría de Dios, y dañan sólo a quienes les obedecen y se les han sometido como a amos. Es posible que también por esta causa reciban daño quienes, en cada lugar, infringen la ley que prohibe comer ciertos alimentos, caso que los infractores sean de los que están bajo el señorío de los démones; mas si hay quienes no están bajo tal señorío ni se han sometido al demonio del lugar, como quienes han mandado a paseo a tales demonios, se ven libres de padecer de parte de ellos; aunque pueden ser dañados por ellos si, por ignorancia de los unos, se someten a los otros. El cristiano, empero, el verdadero cristiano, digo, que se ha sometido a sí mismo a Dios y a su Logos, no puede sufrir daño alguno de parte de los demonios, puesto que es más fuerte que los demonios. Y no puede sufrirlo, porque

el ángel del Señor su campo pone

en derredor de aquellos que lo temen, y El los salva (Ps 33,8);

y su ángel está en todo momento contemplando la faz del Padre del cielo (Mt 18,10), y en todo momento, por mediación del único sumo sacerdote , presenta sus oraciones al Dios del universo, y hasta ora El mismo junto con el que tiene encomendado.

No nos venga, pues, Celso con ese coco, amenazándonos con el daño que nos inflijan los démones si les negamos nuestros obsequios. Nada, en efecto, nos pueden hacer los démones por más que los despreciemos, a quienes nos hemos consagrado al que puede ayudar a todos los que lo merecen y pone además a sus propios ángeles para custodia de los piadosos para con El, a fin de que ni los ángeles contrarios, ni el príncipe de ellos, que es llamado príncipe de este mundo , puedan hacer nada contra los que se han consagrado a Dios.

37. Dios entiende toda lengua

Luego se olvida Celso de que está hablando con cristianos, que oran al Dios único por medio de Jesucristo, y revuelve cosas de otros, se las pega sin razón alguna a los cristianos y dice: "Si se los nombra con nombres bárbaros, tienen algún poder; pero, si se les habla en griego o latín, ninguno" (cf. I 6.25; V 45; VI 40). Muestre, en efecto, a quién nombramos nosotros con nombre bárbaro para invocarlo en nuestra ayuda. Que Celso dijo eso a humo de pajas contra nosotros puede persuadirse quien advierta que la mayoría de los cristianos no emplean siquiera en sus oraciones los nombres que constan en las Escrituras divinas y designan propiamente a Dios; los griegos oran a Dios en griego, y los romanos en latín, y así, por el estilo, cada uno en su propia lengua ora y alaba a Dios lo mejor que puede. Y el que es Señor de toda lengua oye a los que le ruegan en toda lengua, como si fuera, por decirlo así, una voz sola, que es lo que cada lengua significa y se expresa por los varios modos de hablar. Porque no es el Dios supremo de los que han recibido en suerte un habla particular, griega o bárbara, y ya no entienden las otras o no se preocupan de los que hablan lengua distinta.

38. El daño más grande

Luego apunta algo que, o no oyó a ningún cristiano, o sólo a alguno sin ley ni formación, y afirma que dicen los cristianos: "Pues yo me acerco a la estatua de Zeus, de Apolo o de cualquier otro dios, blasfemo de ellos y les doy puñetazos, y no se vengan en absoluto" (cf. VII 36.62; VIII 4). Celso no advierte que, en la ley divina, hay entre otros este precepto: No blasfemarás de los dioses (Ex 22,28), a fin de que nuestra boca no se acostumbre a maldecir, pues oímos que se nos manda: Bendecid y no maldigáis , y se nos enseña que los maldicientes no poseerán el reino de Dios (Ex 1). Por lo demás, ¿quién hay tan necio entre nosotros que diga parejas palabras y no vea que tal procedimiento no contribuye para nada a destruir la idea que se tiene de los supuestos dioses? Y es así que vemos cómo gentes de todo punto ateas, que niegan la providencia y han engendrado una cáfila de supuestos filósofos con doctrinas perversas e impías, nada sufren de los que el vulgo tiene por males, ni ellos ni los que abrazan sus doctrinas, sino que se enriquecen y gozan de perfecta salud. Ahora que, si se mira el daño que hay en ellos, se verá que lo sufren en su inteligencia.

Porque ¿qué daño mayor que no comprender por el orden del mundo a su Hacedor? ¿Y qué peor desgracia que ser ciego de inteligencia y no ver al padre y artífice del universo?

39. Orden de destierro contra Cristo y los cristianos

Ya que nos ha atribuido parejos razonamientos y calumniado a los cristianos, que nada de eso dicen, se imagina construirse una apología, que es más bien una broma que una apología, diciendo, como si hablara con nosotros : "¿Con que no ves, querido, que hay quien se pone también delante de tu demon, y no sólo blasfema de él, sino que, por público bando, se lo expulsa de toda tierra y mar, y a ti, que eres como estatua consagrada a él, se te conduce, maniatado, a clavarte en un palo? Y tu demon o, como tú dices, el Hijo de Dios, no te venga para nada" (cf. V 41; VIII 41.54.69). Esta defensa tendría razón de ser si nosotros habláramos como él escribe que hablamos; o, por mejor decir, ni aun así diría Celso la verdad al llamar demon al Hijo de Dios. En nuestro sentir, pues decimos que todos los démones son malos, no puede llamarse así al que a tantos hombres ha convertido a Dios, sino Dios Logos e Hijo de Dios; mas en cuanto a Celso, que nada ha dicho de los démones malos, no sé como se olvida de sí mismo y llama demon a Jesús.

Por lo demás, los castigos anunciados contra los impíos llegarán más tarde, después de los remedios, a - que no atendieron, sobre los que fueren sorprendidos, como si dijéramos, en maldad incurable.

40. Los molinos de Dios...

Nosotros, sea lo que fuere lo que decimos sobre castigos, lo cierto es que, por esa doctrina, apartamos a muchos de sus pecados; consideremos, en cambio, lo que responde el sacerdote de Apolo o de Zeus que cita Celso: "Los molinos, dice, de los dioses muelen despacio" (SEXTUS EMPIR., Adv. math. 1,287; PLUTARCH., Mor. 549d), y (su acción llega)

"hasta los hijos de los hijos

que luego nacerán en larga serie" (Ilíada, XX 308).

Pero es de ver cuánto mejor es estotro: No morirán los padres por los hijos, ni los hijos morirán por los padres; cada uno morirá por su propio pecado ; y esto: El que comiere la uva agraz, ése sufrirá la dentera ; y estotro : No pagará el hijo la iniquidad de su padre, ni pagará el padre la maldad del hijo; la justicia del justo le será reconocida, y la iniquidad del inicuo sobre él recaerá ( Ex 18,20).

Mas si alguno dijere que al dicho "Hasta los hijos de los hijos que luego nacerán en larga serie" se asemeja el de la Escritura: ... que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen (Ex 20,5), sepa que en Ezequiel se dice ser eso una parábola, cuando recrimina a los que dicen: Los padres se comieron el agraz, y los hijos sufren la dentera (Ez 18,2). A lo que añade: Vivo yo, dice el Señor, que no será así, sino que cada uno morirá por su propio pecado (3-4). Ahora, qué quiera decir esa parábola de que los pecados se pagan hasta la tercera y cuarta generación, no es éste momento de explicarlo.

41. Un alma serena jamás maldice

Luego, imitando a vejezuelas, entre un chaparrón de injurias, dice así: "Tú, insultando las estatuas de los dioses, te ríes; quizá no te fueras tan alegre de haber insultado a Dioniso o a Heracles en persona. En cambio, los que en persona tendieron en la cruz a tu Dios y lo atormentaron, ni ellos, autores del atropello, sufrieron nada, ni después de tan largo espacio ha pasado tampoco nada. ¿Qué novedad ha ocurrido desde entonces por la que pudiéramos creer I4 que no fue aquél un hechicero, sino el Hijo de Dios? Y, por lo visto, el que mandó a su hijo con no sabemos qué recados, consintió que fuera tan cruelmente maltratado hasta perderse juntamente '" con sus recados, y, no obstante tanto tiempo pasado, no ha caído en la cuenta. ¿Qué padre tan desalmado es ése? Mas acaso digas que aquél lo quiso así, y por ello se dejó maltratar. Pues también yo pudiera contestarte que éstos también, a quienes tú blasfemas, lo quieren así, y por eso aguantan que tú blasfemes. Porque no hay como comparar igual con igual. Pero es que éstos saben muy bien vengarse de quien los blasfema, ora que por ello huya y se esconda, ora se le coja y perezca".

También a esto puedo decir que nosotros no insultamos o maldecimos a nadie, pues estamos persuadidos de que los maldicientes no heredarán el reino de Dios (Ez 1), y leemos el precepto evangélico: Bendecid a los que os maldicen (Mt 5,44), y: Bendecid y no maldigáis y, en fin: Cuando se nos insulta, bendecimos (Mt 1). Y aunque el maldecir tiene cierta razón de venganza en el hombre que parece haber recibido un agravio, ni siquiera esa razón nos permite a nosotros la palabra de Dios; ¡con cuánto menor razón habrá que maldecir cuando ello pone de manifiesto una enorme necedad! Y necio es igualmente maldecir a una piedra, al oro o a la plata, que son configurados en supuesta forma de dioses para los que están muy lejos de la divinidad. Por el mismo caso, tampoco nos burlamos de las estatuas inanimadas, sino, a lo sumo, de los que las adoran. Y aun supuesto que algunos démones se asienten en ciertas estatuas y se crea ser uno Dioniso, otro Heracles, ni aun a éstos maldecimos. Pareja maldición es, en efecto, cosa vana, que en modo alguno dice con quien tiene un alma mansa, pacífica y serena y que sabe no debe maldecirse a nadie ni por razón de su maldad, trátese de un hombre o de un demon.

42. La ruina de Jerusalén, castigo de la muerte de Jesús

Pero no sé cómo, bien contra su voluntad, Celso, que poco antes ha exaltado a démones o dioses, ahora nos los presente como seres malísimos de hecho, pues castigan a quien los insulta más con ánimo de venganza que de corrección. Dice, en efecto, que "quizá no te fueras tan alegre de haber insultado a Dioniso o Heracles en persona". Explique quien quiera cómo oiga el dios sin estar presente y por qué unas veces lo está y otras se ausenta; ¿qué ocupación apremia a los démones para trasladarse de lugar a lugar?

Luego, seguramente porque se imagina que nosotros decimos ser Dios el cuerpo de Jesús tendido y atormentado en la cruz y no la divinidad que hay en él, y que precisamente fuera tenido por Dios cuando se lo crucificaba y atormentaba, añade Celso: "En cambio, los que a tu Dios en persona tendieron y atormentaron sobre la cruz, nada sufrieron por parejo atropello". Mas, como ya anteriormente (III 25; VII 16-17) hemos hablado largamente sobre los sufrimientos humanos de Jesús, damos ahora de mano adrede a ese tema, para no dar la impresión de que nos repetimos.

Otra cosa es lo que dice Celso sobre que "nada les pasó, en tan largo tiempo, a los I6 que ejecutaron a Jesús". A él y a quienes quisieren saberlo les haremos ver que la ciudad en que el pueblo judío pidió que Jesús fuera crucificado, gritando: Crucifícalo, crucifícalo (LE 23,21) (porque prefirieron que se soltara a un bandido, echado a la cárcel por sedición y homicidio, y fuera, en cambio, crucificado Jesús, que fue entregado por envidia), esa ciudad, decimos, fue poco después combatida, y se le puso por mucho tiempo tan terrible cerco, que fue destruida desde sus cimientos y quedó despoblada, pues Dios juzgó a los habitantes de aquel lugar por indignos de gozar de la vida humana. Y, si cabe decir una paradoja, todavía los trató con miramiento al entregarlos a sus enemigos, pues los veía incurables en orden a su conversión y que cada día iba en aumento el torrente de su maldad. Y ello sucedió por haberse derramado, por insidias de ellos, la sangre de Jesús en aquella tierra, que ya no pudo contener a los que tan grande crimen cometieran contra El.

43. Algo nuevo ha pasado en el mundo después de la muerte de Jesús

He ahí, pues, algo nuevo que pasó después que Jesús sufrió; me refiero a los acontecimientos de la ciudad y pueblo judío, y al nacimiento súbito del pueblo cristiano, que nació como de golpe. Y novedad fue también que los que eran ajenos a los testamentos de Dios y extraños a las promesas, los que estaban lejos de la verdad , la han aceptado por cierta virtud divina. Esto no fue obra de un hechicero, sino de Dios, que, por razón de sus mensajes, envió en Jesús a su Logos; cierto que fue torturado, de forma que se acusa de crueldad a los que injustamente lo torturaron, pero El lo sufrió todo con el mayor valor y con entera mansedumbre. En cuanto a la tortura misma, no destruyó los mensajes de Dios, sino que, si cabe decirlo así, los dio más bien a conocer, como lo enseñó Jesús mismo diciendo: Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, se queda él solo; pero si muere, da mucho fruto . Jesús, pues, que era oel grano de trigo, después de morir, dio mucho fruto, y su Padre mira siempre con su providencia los frutos que han nacido del grano de trigo, los que aún están naciendo y los que nacerán en lo por venir. Santo es, por ende, el Padre de Jesús, ese Padre que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros , cordero suyo que era, a fin de que, como cordero de Dios que moría por todos, quitara el pecado del mundo .

Seguidamente repite Celso su dicho contra los que insultan las estatuas, y dice: "Mas también pudiera contestarte que estos a quienes tú blasfemas, lo quieren así, y por eso aguantan que se los blasfeme; pues no hay como comparar igual con igual. Sin embargo, éstos saben muy bien vengarse de quien los insulta, ora que por ello huya y se esconda, ora se lo atrape y perezca". Así, pues, los démones no acostumbran vengarse de los cristianos porque blasfemen de ellos, sino porque los expulsan de sus estatuas y de los cuerpos y almas de los hombres. Sin saber lo que hacía, Celso dijo alguna verdad en este pasaje. Pues verdad es que están llenas de démones las almas de los que condenan a los cristianos, de quienes los traicionan y de quienes aplauden que se les haga la guerra.

44. La persecución de los cristianos, obra de los démones

Mas, como quiera que las almas de los que mueren por causa del cristianismo y salen gloriosamente del cuerpo por amor de la religión destruían el poder de los démones y debilitaban su conjura contra los hombres, por eso creo yo que, amaestrados por la experiencia de que son derrotados y dominados por los testigos de la verdad, tuvieron miedo de vengarse otra vez de ellos. De este modo, mientras se olviden de los golpes que han sufrido, es probable que haya paz entre el mundo y los cristianos; sin embargo, cuando junten su ejército y, cegados por su maldad, quieran de nuevo perseguir a los cristianos, otra vez serán por ellos destruidos; y entonces, una vez más, las almas de los hombres religiosos que, por amor de la religión, se desnudan de sus cuerpos, derrotarán el ejército del maligno.

En mi opinión, como los démones se han dado cuenta de que los vencedores, al morir por la religión, destruyen su poderío, y los vencidos por los tormentos que reniegan de la religión se sotneten bajo su poder, tienen por punto de honor derrotar a los cristianos llevados ante los tribunales, pues se sienten atormentados por los que confiesan su fe y recreados por los que la niegan. Y rastro de ello cabe ver en los mismos jueces, atormentados por los que aguantan las torturas y suplicios, y jubilosos cuando un cristiano es derrotado.

Y es así que no obran así por esa que pudiera parecerles humanidad, pues ven por vista de ojos que, en los derrotados por los tormentos, "la lengua juró, pero la mente no tuvo parte en el juramento" (EURIPID., Hipp. 612) ".

Tal es nuestra respuesta a las palabras de Celso: "Mas éstos saben muy bien vengarse de quien de ellos blasfema, ora que por ello huya y se esconda, ora se lo atrape y perezca". Ahora bien, si algún cristiano huye, no huye por cobardía, sino para guardar el precepto de su Maestro (Mt 10,23) ". Así se guarda puro para los que pueden aprovecharse de su vida 19.

45. Gran parrafada de Celso en pro de los oráculos

Veamos ahora lo que sigue, que es de este tenor: "¿Qué necesidad hay de enumerar cuántas cosas han dicho con voz divina desde los templos de oráculos, ora profetas y profetisas, ora otros, hombres y mujeres, divinamente inspirados? ¡Qué de maravillas no se han oído de los más recónditos sagrarios! ¡Cuántas cosas no han sido manifestadas, por medio de las víctimas y sacrificios, a quienes han hecho uso de ellos, y cuántas más por otros signos prodigiosos! No faltan quienes han tenido patentes apariciones (VII 35). Llena está la vida entera de cosas semejantes.

¡Cuántas ciudades se han levantado por los oráculos y se libraron de enfermedades y desastres; cuántas, por haberlos descuidado u olvidado, perecieron míseramente! ¡Cuántas fundaron sus colonias y debieron su prosperidad a haber guardado fielmente lo que se les ordenara! (VII 2).

¡Cuántos poderosos, cuántos vulgares corrieron próspera o adversa furtuna según su actitud en este punto! ¡Cuántos, afligidos por no tener hijos, al obtener lo que pidieron, escaparon a la cólera de los démones! ¿Cuántos no se curaron de enfermedades corporales? ¿Cuántos, por lo contrario, por haber insultado los templos, fueron castigados en el acto, unos atacados allí mismo de locura, otros que confesaron lo que hicieran, otros suicidándose, otros víctimas de enfermedades incurables?

Casos ha habido en que una voz profunda salida de los mismos sagrarios mató instantáneamente a los profanadores".

No se me alcanza por qué Celso presenta también todo eso como cosas patentes, y tiene, en cambio, por cuentos los prodigios que están consignados entre nosotros, ora los de los judíos, ora los de Jesús y sus discípulos. Porque ¿qué razón hay para que los nuestros no sean verdaderos, y los que dice Celso fantasías míticas? El hecho es que ni siquiera algunas escuelas filosóficas de los griegos han creído en ellos, como la de Demócrito, Epicuro y Aristóteles (I 43; VII 3.56). En los nuestros, en cambio, tal vez hubieran creído, por su misma claridad, si hubieran tropezado con Moisés o alguno de los profetas que obraron prodigios, o con el mismo Jesús.

46. Réplica punto por punto

De la Pitia se cuenta haber dado oráculos por soborno (cf. HEROD., VI 66); nuestros profetas, empero, no sólo fueron admirados entre sus contemporáneos por la claridad de sus palabras, sino también por la posteridad. Y es así que por los oráculos de los profetas se levantaron ciudades, sanaron hombres y cesaron pestes. Es más, siguiendo los oráculos, todo el pueblo judío salió de Egipto para fundar, evidentemente, una colonia en Palestina, y, mientras fielmente observó lo que Dios le ordenara, vivió prósperamente; cuando lo incumplió, hubo de arrepentirse. ¿Y qué necesidad hay de contar cuántos hombres poderosos o gentes del común, según los relatos de la Escritura, pasaron próspera o adversa furtuna según atendieron o desatendieron a las profecías? Y si hay que mentar la esterilidad que afligió a algunos, los cuales, después de dirigir sus preces al Hacedor del universo, vinieron a ser padres y madres, lea la historia de Abrahán y de Sara , de los que, viejos ya, nació Isaac, padre de todo el pueblo judío, y de otros además del judío; lea igualmente lo que se cuenta de Ezequías, que no sólo se vio libre de su enfermedad según las profecías de Isaías, sino que dijo atrevidamente: E^n adelante haré hijos que anunciarán tu justicia (Is 38,5 Is 19). Y en el libro cuarto de los Reyes (Is 4), la mujer que hospedó a Eliseo, que por gracia de Dios profetizó acerca del nacimiento de un hijo, fue madre por las oraciones del profeta. Además, por obra de Jesús fueron curadas enfermedades sin número; y otros que en el templo de Jerusalén se atrevieron a insultar la religión de los judíos, hubieron de sufrir lo que se escribe en los libros de los Ma-cabeos .

47. Sin milagros no se explica el cristianismo

Pero los griegos dirán que todo esto son cuentos, a pesar de que está atestiguado como verdad por dos pueblos enteros. Pero ¿por qué no ha de ser más bien cuento lo que dicen los griegos? Mas acaso alguno, atacando de frente la cuestión, para no dar la impresión de aceptar a ciegas lo propio y negar fe a lo ajeno, diga que lo que cuentan los griegos fue obra de ciertos démones; lo que los judíos, obra de Dios por medio de los profetas, o de los ángeles, o de Dios por medio de los ángeles; y lo de los cristianos, obra de Jesús o de la virtud de lesús de que gozaban los apóstoles. Pues comparémoslo todo, una cosa con otra, y veamos el fin a que miraban los que obraban los milagros, y el provecho o daño, o ninguna de ambas cosas, de los que recibían los supuestos beneficios; así se verá que, antes de ofender a la divinidad y ser abandonado por su maldad, el antiguo pueblo judío era un pueblo filósofo; y que los cristianos, en sus comienzos, se juntaron maravillosamente en un cuerpo social más por obra de milagros que por discursos de exhortación que los moviera a dejar sus tradiciones patrias y aceptar lo que difería tanto de ellas. Efectivamente, si hay que dar una explicación verosímil de cómo al principio formaron los cristianos una sociedad, diremos que no es probable que los apóstoles de Jesús, hombres sin letras y vulgares , se animaran a predicar el cristianismo a los hombres por otro motivo que por la virtud que les había sido dada, y la gracia que había en su palabra para poner las cosas de manifiesto. Ni es tampoco probable que sus oyentes abandonaran sus usos y costumbres tradicionales, de tanto tiempo arraigados, de no haber habido una fuerza considerable y hechos milagrosos que los movieran a pasar a doctrinas tan extrañas y ajenas a las en que se habían criado.

48. ¿De parte de quién está la verdad?

Seguidamente, no sé por qué razón, expone Celso el ánimo y decisión de los que luchan hasta la muerte a trueque de no renegar del cristianismo; luego, empero, como para equiparar lo nuestro con lo que dicen iniciadores y mistagogos, añade: "Y a la postre, amigo, como tú crees en castigos eternos, así también los exégetas, iniciadores y mistagogos de aquellos cuentos; y los que tú amenazas a los otros, ellos te los amenazan a ti. Quién de los dos con más verdad y firmeza, es lo que hay que examinar; porque, si a palabras va, unos y otros afirman lo suyo con pareja vehemencia. Pero, si se trata de pruebas, aquéllos las presentan copiosas y claras, alegando obras de ciertas potencias demónicas y oráculos, y de templos de adivinación de toda especie".

Por estas palabras quiere decir Celso que nosotros y los iniciadores de misterios hablamos por igual de castigos eternos (cf. III 16; IV 10), y que se examine quién se acerca más a la verdad. Ahora bien, yo diría estar en la verdad aquellos que son capaces de mover a sus oyentes a vivir como si lo que se les dice fuera la misma verdad. Y ésta es la disposición de espíritu acerca del que ellos llaman el siglo por venir, y de los premios que allí esperan a los justos y castigos de los pecadores. Que Celso, pues, o quien de ello guste demuestre quiénes han sido así impresionados acerca de los castigos eternos por los iniciadores de misterios y mistagogos. Porque lo verosímil es que la intención del autor de los castigos de que se habla no fue sólo estatuir un rito y hablar por hablar de castigos, sino mover a los oyentes a evitar, según sus fuerzas, toda acción que pueda acarrear aquellos castigos. Y las mismas profecías, si no se lee distraídamente el conocimiento de lo futuro que en ellas hay, son bastantes para persuadir al lector inteligente y discreto que aquellos hombres estaban llenos del espíritu de Dios. Ninguna obra demónica de las que se nos muestran, ningún milagro que proceda de oráculos, ni templo alguno de adivinación puede, ni remotamente, compararse con ellos.

49. Estima y desestima cristiana del cuerpo

Pues veamos lo que seguidamente dice Celso contra nosotros: "Pero además, ¿no es también absurdo lo que se da entre vosotros, que por una parte deseéis un cuerpo y esperéis que ese mismo cuerpo ha de resucitar, como si fuera lo mejor y más precioso que tenemos, y, por otra parte, lo arrojáis a los tormentos como cosa sin valor? Pero no vale la pena dialogar sobre ello con gentes que así piensan y están como fundidos con su cuerpo. Se trata, en efecto, de gentes que lambien en otras materias son rústicos e impuros y, ajenas a toda razón, sufren la enfermedad de la sedición (cf. III 5; VIII 2). Con aquellos, en cambio, que esperan han de poseer eternamente con Dios el alma o principio intelectivo (llámese elemento espiritual o espíritu inteligente, santo y bienaventurado, o alma viviente, o retoño supraceleste o incorruptible de la divina e incorpórea naturaleza, o denle, en fin, el nombre que quieran), con los que tienen, digo, esa esperanza me parece bien conversar. Aquí por lo menos opinan rectamente que los que hubieren bien vivido serán bienhadados; mas los inicuos serán entregados absolutamente a males eternos. He aquí un dogma de que no han de apartarse ni éstos ni hombre alguno jamás" (cf. III 16).

Realmente, Celso no se cansa de echarnos en cara la resurrección; sin embargo, como por nuestra parte ya expusimos, en lo posible, lo que nos pareció razonable, no vamos a responder muchas veces a una objeción muchas veces repetida. Por lo demás, nos calumnia Celso al suponer que nosotros no tenemos nada por mejor y más precioso en nuestro compuesto que el cuerpo, siendo así que afirmamos ser el alma, y señaladamente el alma racional, cosa más preciosa que cualquier cuerpo. Lo que es según la imagen del Creador (Col 3,10) lo contiene el alma, y no, en modo alguno, el cuerpo. Y es así que, según nosotros, Dios no es cuerpo; no vayamos a dar en los absurdos de los secuaces de la filosofía de Zenón y Crisipo (cf. I 21; III 75; IV 14).

50. No es deshonor sufrir por la religión

Celso nos reprocha también que deseamos el cuerpo; pues sepa que si el desear es cosa mala, nada deseamos; mas si es indiferente, deseamos todo lo que Dios promete a los justos. Y así deseamos, lógicamente, y esperamos la resurrección de los justos. Pero Celso se imagina que nos contradecimos a nosotros mismos, pues por un lado esperamos la resurrección del cuerpo, al que tenemos por digno de este honor de parte de Dios; y, por otro, lo arrojamos a los tormentos, como si no mereciera honor alguno. Ahora bien, lo que padece por razón de la piedad, lo que por amor de la virtud abraza las tribulaciones, no puede dejar de merecer honor; deshonroso es, en cambio, lo que, con maldad, se consume en los placeres (cf. supra VIII 30). Por lo menos, la palabra divina dice:

¿Cuál es la semilla honrosa? La semilla del hombre. ¿Cuál es la semilla sin honor? La semilla del hombre .

Luego opina Celso que no se debe conversar con los que tienen esperanzas sobre su cuerpo, como gentes fundidas, sin razón, con una cosa incapaz de alcanzar lo que ellos esperan; y los llama rústicos e impuros, que, ajenos a toda razón, se entregan a la sedición. Mas si Celso fuera humano, su deber fuera ayudar también a los rústicos, pues no se excluye de la sociedad a los rústicos de la misma manera que a los brutos animales; no, el que a todos nos hizo por igual nos hizo sociables con todos los hombres. Vale, pues, la pena conversar con los rústicos y llevarlos, en lo posible, a vida más urbana; y con los impuros, y hacerlos, en cuanto quepa, limpios; y con los que piensan lo que sea sin razón, y con los enfermos de alma, a fin de que no hagan nada sin razón y se libren de la enfermedad en su alma.

51. Grave incongruencia de Celso

Luego alaba a los que esperan han de poseer eternamente el alma o la inteligencia, a lo que entre ellos se llama elemento pneumático, o espíritu racional, intelectivo, santo y bienaventurado, o el alma viviente, que estará con Dios; y acepta también, como idea recta, la doctrina sobre la felicidad de los que hubieren vivido bien, y de los castigos que, absolutamente, tendrán que sufrir los inicuos. Pero lo que sobre todo admiro en Celso es lo que añade a lo antedicho con estas palabras: "Y de esta doctrina no deben apartarse ni éstos ni hombre alguno jamás". Puesto que escribe contra los cristianos, que tienen por objeto total de su fe a Dios y sus promesas por medio de Jesucristo en favor de los justos, y las enseñanzas sobre los castigos de los impíos, Celso tenía que haber visto que el cristiano convencido por sus argumentos contra los cristianos, lo verosímil es que, al rechazar la doctrina cristiana, rechace también ese dogma, del que dice no deben apartarse ni los cristianos ni hombre alguno jamás.

Más humanitariamente que Celso obra, a mi parecer, Crisipo, en su obra Sobre la cura de las pasiones (cf. supra I 64). Queriendo, en efecto, curar las pasiones que aquejan y molestan al alma humana, lo hace, desde luego, principalmente con las doctrinas que a él le parecen sanas; pero echa también mano, en segundo y tercer lugar, de las que él no acepta. "Aun supuesto, dice, que sean tres los géneros de bienes (cf. DIOG. LAERT., V 30), aun así hay que curar las pasiones, y el que está molestado por la pasión no debe preocuparse, en el momento del ardor de las pasiones, de la doctrina que antes lo ocupara; pues se corre el peligro de que con la inoportuna preocupación de refutar las doctrinas que antes ocuparan al alma, se malogre la cura que se le ofrece". Y dice también: "Aun cuando el placer sea el bien sumo, y así lo piensa el que está dominado por la pasión, no por eso hay que dejar de socorrerle y demostrarle que aun los que ponen el placer por sumo bien y fin último desaprueban toda pasión".

Según eso, también Celso, una vez que aceptó la doctrina de que los que vivan bien serán bienhadados y que los inicuos sufrirán, absolutamente, males eternos, tenía que haber obrado en consecuencia consigo mismo, y, de ser posible, aducir el argumento principal y añadir otros más para demostrar que, en efecto, los inicuos sufrirán, absolutamente, males eternos y los que bien vivieren serán bienhadados.

52. Prevenciones anticristianas

Por nuestra parte, dados los incontables motivos que nos llevaron a ordenar nuestra vida según el cristianismo, nuestro empeño principal es familiarizar, en lo posible, a todos los hombres con la totalidad de las doctrinas cristianas; mas cuando damos con gentes prevenidas por las calumnias contra los cristianos, hasta el punto de imaginar que no son éstos ni religiosos siquiera, por lo que no prestan siquiera oído a quienes intentan enseñar la palabra divina; en ese caso, según lo pide el amor a los hombres y en la medida de nuestras fuerzas, insistimos en demostrar lo referente al castigo eterno de los impíos y tratamos de que acepten esa doctrina aun los que se niegan a profesar el cristianismo. Y queremos, por el mismo caso, persuadir sobre la felicidad de los que bien vivieren 20 desde el momento que vemos cómo muchas cosas atañederas al bien vivir las dicen de modo semejante a nosotros aun los extraños a nuestra fe. Y es así que difícilmente se hallará quienes de todo en todo hayan perdido las nociones comunes sobre lo bueno y lo justo, o sobre lo malo e injusto (cf. I 4).

Así, pues, todos los hombres, que contemplan el mundo y el ordenado movimiento que se da en él del cielo y las estrellas en la esfera fija, así como el de los llamados planetas, que siguen dirección opuesta al movimiento del cielo; que contemplan también la templanza de los aires, provechosa para los animales y especialmente para los hombres, y la abundancia de cosas creadas por razón de los hombres (cf. Cíe., De nat. deor. II 19,49ss; III 7,16), deben vigilar para no hacer nada que desagrade al Creador del universo, de sus propias almas y de la inteligencia que hay en ellas; y estén todos igualmente convencidos de que serán castigados por sus pecados, y el que trata a cada uno según sus méritos los recompensará a proporción de las obras buenas o convenientemente cumplidas. Todos los hombres, en fin, han de persuadirse de que los buenos saldrán bien librados, y que los malos, malamente, serán entregados a penas y tormentos por sus iniquidades, disoluciones e intemperancias, por su afeminamiento y cobardía y por toda su insensatez.

53. Dudar por lo menos

Ya que largamente hemos hablado sobre este punto, veamos otro texto de Celso, que dice así: "Puesto que los hombres nacen encadenados a un cuerpo, sea porque así lo pida la administración del universo, sea porque paguen las penas de algún pecado, o porque el alma esté agravada por ciertas pasiones, hasta que se purifique en los períodos ordenados, pues, según Empédocles, debe

"edades treinta mil andar errante

lejos de los vivientes bienhadados, y entre tanto,

tomar las formas mil de los mortales" (fragm.115 Diels);

sigúese que debemos creer son entregados a ciertos guardianes de esta prisión" (cf. PLAT., Phaid. 114bc; Pol. 517b).

Aquí cabe también ver cómo duda, a lo humano, acerca de puntos tan graves, y, al exponer el sentir de muchos acerca de la causa de nuestro nacimiento, da muestras de cierta cautela, y no se abalanza a afirmar que algo de eso sea falso. ¿No hubiera sido lógico que quien juzga no deberse aceptar a la buena de Dios ni tampoco rechazar temerariamente las opiniones de los antiguos, ya que no quisiera creer, dudara por lo menos acerca de la doctrina de los judíos, expuesta por sus profetas, lo mismo que acerca de Jesús? Debiera haber considerado no ser cosa verosímil estén abandonados de Dios los que dan culto al Dios supremo y que por el honor que a El se le debe, no menos que a las leyes que se cree han sido dadas por El, han aceptado pasar por peligros y géneros de muerte sin cuento. Lo verosímil es que también se concediera alguna manifestación divina a quienes, por una parte, desprecian el arte humano de fabricar estatuas y, por otra, tratan de levantarse por la razón hasta el mismo Dios supremo. Debiera haber considerado que el común Padre y Hacedor de todas las cosas, "el que todo lo mira y oye todo" (HoM., Ilíada 3,277) y juzga según se merece el propósito de quien lo busca y quiere darle culto, también a éstos da algún fruto de su gobierno, para que acrecienten más y más la noción que de El un día recibieran. Si esto hubieran considerado Celso y cuantos aborrecen a Moisés y a los profetas judíos, y a Jesús y a sus auténticos discípulos, que trabajan por su doctrina, no hubieran insultado corno lo hacen a Moisés y a los profetas, y a Jesús y sus apóstoles. Tampoco hubieran desaprobado entre todos los pueblos de la tierra a solos los judíos, poniéndolos por bajo de los mismos egipcios (cf. IV 31; V 41; VI 80), que, en cuanto de ellos depende, rebajan el honor debido a la divinidad hasta los brutos animales, ora obren así por superstición, ora por otra cualquier causa o error.

Ahora bien, todo esto lo decimos no porque pretendamos incitar a nadie a que dude de la doctrina del cristianismo, sino para recomendar que quienes de todo en todo insultan la doctrina de los cristianos, fuera mejor que por lo menos dudaran acerca de ellos, y no se abalanzaran tan temerariamente a decir lo que no saben sobre Jesús y sus discípulos. Son gentes que afirman sin lo que llaman los estoicos "aprehensión directa", y sin ningún otro'criterio, por el que cada escuela filosófica ha demostrado, a su parecer, la realidad de un fenómeno.

54. Los guardianes de la cárcel

Luego dice Celso: "Hay, pues, que creer que son entregados a ciertos guardines de esta cárcel". A lo cual hay que responder que un alma virtuosa puede librarse de las cadenas de la maldad en la vida misma de los que Jeremías llamó los cautivos de la tierra , por obra de Jesús, que dijo lo que antes fuera predicho por el profeta Isaías: que salieran los que estaban cautivos y vieran la luz los que moraban en las sombras (Is 49,9). Y este Jesús, como el mismo Isaías predijo de El, se levantó como una luz para los que estaban sentados en la región y sombras de la muerte (Is 9,2); de suerte que podemos decir:

Rompamos sus cadenas,

sus lazos arrojemos de nosotros (Ps 2,3).

Si Celso, y los que son tan hostiles como Celso contra nosotros, fueran capaces de penetrar la profundidad de los evangelios, no nos aconsejaran obedecer a los que él llama guardianes de la cárcel. Se escribe, en efecto, en el evangelio que había una mujer encorvada, imposibilitada de mirar en absoluto hacia arriba. Como Jesús la vio y comprendió la causa por que estaba encorvada y no podía en absoluto mirar hacia arriba, dijo: Y esta hija de Abrahán, a la que satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no había que soltarla de esta atadura en día de sábado? ¡Y cuántos aún ahora, atados por satanás, están encorvados y no pueden por obra de él mirar en absoluto hacia arriba, pues él quiere que miremos hacia abajo! Y nadie puede enderezarlos sino el Logos, que vino al mundo en Jesús y ya antes inspirara a los hombres. Y Jesús mismo vino para liberar a todos los oprimidos por el diablo , y sobre éste dijo con profundidad muy propia suya: Ahora el principe de este mundo es juzgado .

No maldecimos, pues, a los démones que hay en el mundo, sino que argüimos sus operaciones enderezadas a la perdición de los hombres; pues, so pretexto de oráculos y curaciones y cosas por el estilo, pretenden separar de Dios al alma que ha caído en este cuerpo de humillación . Los que comprenden esa humillación, gritan con Pablo: ¡Infortunado de mil, ¿quién me librará de este cuerpo mortal? . Y tampoco es cierto que, sin razón, entreguemos nuestro cuerpo para ser torturado y crucificado. Porque el que es perseguido por los démones y sus adoradores tiene razón de entregar a todo eso su cuerpo antes que proclamar dioses a los démones terrenos. Nosotros tenemos por agradable a Dios ser crucificados por motivo de la virtud, y atormentados por amor de la religión; y morir por la santidad lo juzgamos por razonable, porque preciosa es ante el Señor la muerte de sus santos (Ps 115,5); y afirmamos ser bueno no tener amor a la vida. Celso, empero, al asimilarnos a los malhechores, que con razón sufren las penas merecidas por su bandidaje, y al no tener vergüenza de afirmar que nuestros propósitos se parezcan a pareja disposición de espíritu, se pone entre los que pusieron a Jesús entre los transgresores, cumpliendo la Escritura que dice: Con los transgresores fue contado (Is 53,12).

55. Un dilema de Celso y otro de Orígenes

Seguidamente dice Celso: "La razón plantea ese dilema: Si se niegan a dar el culto debido a los que presiden las siguientes actividades ", no lleguen tampoco a la edad viril, ni tomen mujer, ni procreen hijos, ni hagan otra cosa alguna en la vida. Márchense más bien de aquí en masa, sin dejar semilla, a fin de que la tierra quede totalmente limpia de semejante casta. Mas si toman mujeres, y procrean hijos, y gozan de los frutos de la tierra, y tienen su parte en los bienes de la vida y soportan también los males que les están ordenados - pues es ley de naturaleza que todos los hombres prueben algún mal, es forzoso que haya males que no tienen otro lugar que la tierra -, en ese caso tienen que rendir los debidos honores a los que tienen todo eso encomendado y prestar a la vida los servicios convenientes, hasta que sean desatados de las cadenas del cuerpo, y no parecer que son ingratos para con aquéllos. Género es, en efecto, de injusticia participar de los bienes que éstos poseen y no rendirles tributo alguno". A esto respondemos que, para nosotros, sólo hay una salida razonable de la vida, y es perderla por amor de la religión y la virtud, cuando los que se creen ser jueces o parecen tener potestad sobre nuestro vivir nos ponen en la alternativa: O vivir infringiendo lo que Jesús nos mandara, o morir fieles a sus palabras. Además, Dios nos ha permitido tomar mujer, pues no todos comprenden lo más excelente, que es la entera pureza; mas ya que nos hayamos casado, es deber absoluto criar los hijos que nacen y no matar a los que son don de la providencia. Y esto no pugna en modo alguno con nuestra repulsa a obedecer a los demonios que administran la tierra; pues armados con la panoplia de Dios , resistimos, como atletas de la piedad, contra la casta de los démones que nos acecha.

56. Sólo a Dios servimos

Aunque Celso, con sus palabras, nos quiera echar de la vida, para que no quede, como él piensa, rastro alguno de esta casta de hombres sobre la tierra, nosotros viviremos donde nuestro Creador nos ha puesto, conforme a las leyes de Dios, pues no tenemos el menor deseo de servir a las leyes del pecado; tomaremos mujeres si nos pluguiere y recibiremos de buen grado los hijos que nos fueren dados en el matrimonio. Si fuere menester, tomaremos parte en los bienes de la vida y soportaremos los males que nos estuvieren ordenados, como pruebas del alma; así, en efecto, acostumbran llamar las divinas letras los azares de los hombres (LE 22,28). En ellas se prueba el alma del hombre como Oro en el fuego , y recibe reprensión o aparece digna de admiración " . Y estamos por nuestra parte tan dispuestos para los que Celso llama males, que decimos:

Escrútame, Señor, y ponme a prueba,

mi corazón explora y mis ríñones (Ps 25,2).

Y es así que nadie es coronado si no lucha según ley, aun aquí en la tierra, con el cuerpo de su humillación (Ps 2).

Además, tampoco rendimos los honores que se supone convenir a los que Celso dice estar confiadas las cosas de la tierra. Nosotros adoramos al Señor Dios nuestro y a El solo servimos, pues hacemos votos por ser imitadores de Cristo. Y es así que Cristo, cuando el diablo le dijo: Todo esto te daré si, postrado en tierra, me adorares, le respondió: Al Señor, Dios tuyo, adorarás, y a El solo servirás (Mt 4,9-10).

Por eso no rendimos los honores que se supone deberse a los que Celso dice estar confiadas las cosas de la tierra, pues nadie puede servir a dos señores. No podemos servir a la vez a Dios y a Mammón (Mt 6,24), ora por esta palabra se signifique una cosa o muchas. Por otra parte, si por la transgresión de la ley se deshonra al legislador , es para nosotros patente que, ante dos leyes que entrañan contrariedad una con otra, es preferible para nosotros deshonrar a Mammón por la transgresión de la ley de Mammón. Así, por la guarda de la ley de Dios, honramos a Dios, y por ningún caso queremos deshonrar a Dios por la transgresión de la ley de Dios y honrar a Mammón por la guarda de la ley de Mammón.

57. La eucaristía, símbolo del cristiano

Ahora bien, Celso piensa que se rinden a la vida los servicios (o actos de culto) que conviene cuando, siguiendo las creencias del vulgo, se ofrecen los sacrificios a cada uno de los que en cada ciudad son tenidos por dioses. Pero es que no comprende qué se entiende por verdaderamente conveniente en una piedad rigurosa. Nosotros, empero, decimos que rinde a la vida los servicios convenientes el que recuerda quién lo ha creado y qué es lo que le agrada, y todo lo hace para agradar a Dios. Quiere también Celso que seamos agradecidos a los dé-mones de la tierra, y piensa que les debemos sacrificios de acción de gracias. Nosotros, empero, que penetramos más a fondo lo que significa acción de gracias, afirmarnos no pecar de ingratitud contra quienes ningún beneficio nos hacen, sino que nos son contrarios, por el hecho de no sacrificarles ni darles culto alguno.

Evitamos, en cambio, ser ingratos para con Dios, de cuyos beneficios estamos colmados, pues somos criaturas suyas, objeto de su providencia, sea cual fuere su juicio sobre nuestra condición, y, después de nuestra vida, esperamos lo que El nos ha prometido. Y tenemos además como símbolo de nuestra gratitud para con Dios el pan que se llama eucaristía (acción de gracias)23.

Por lo demás, tampoco es cierto, como anteriormente hemos dicho (VIII 33-35), que sean démones los que tengan la administración de las cosas creadas para nuestro uso; nada malo hacemos, por ende, cuando participamos de las criaturas y no sacrificamos a los que nada tienen que ver con ellas. Y si vemos no ser démones, sino ángeles, los encargados de los frutos de la tierra y del nacimiento de los animales, los bendecimos, desde luego, y proclamamos bienaventurados, por haber puesto Dios en sus manos las cosas útiles al género humano; pero no les tributamos ciertamente el honor debido a Dios. Eso no lo quiere Dios ni los mismos a quienes las cosas están encomendadas. Y más nos aprueban que nos guardemos de sacrificarles que si les sacrificáramos, pues no necesitan esos seres de las exhalaciones que suben de la tierra.

58. Démones del cuerpo humano

Después de esto dice Celso lo que sigue: "Que en todas estas cosas, aun las mínimas, hay un demon a quien se le ha dado poder sobre ellas, se puede ver por lo que dicen los egipcios. Según éstos, el cuerpo humano está repartido entre treinta y seis démones o ciertos dioses etéreos y, dividido en otras tantas partes (y aún hay quienes admiten más), cada uno se encarga de la suya. Y hasta saben los nombres de los démones en lengua local, por ejemplo, Cnumén, y Cnacumén, y Cnat y Sicat, Biú, Erú, Erebiú, Ramanor y Reianoor, y cuantos otros pronuncian ellos en su propia lengua. Y el hecho es que, invocando a estos démones, curan las enfermedades de cada miembro. ¿Qué empece, pues, que quien estos y otros démones acepta, si a ellos acude, goce más bien de salud que de enfermedad, de fortuna y no de infortunio y, en cuanto cabe, se vea libre de penas y torturas?"

También con esto intenta Celso rebajar nuestra alma a los démones, como si éstos tuvieran repartidos nuestros cuerpos, afirmando que cada uno se encarga de una parte. Y quiere que creamos y demos culto a los demonios que él nombra, a fin de gozar así más bien de salud que de enfermedad, de próspera fortuna más bien que de infortunio, y vernos libres, en cuanto cabe, de penas y torturas. Hasta punto tal, por lo que se ve, condena el honor único e indiviso que se debe al Dios del universo, que cree 24 no baste Dios, adorado solo y magníficamente honrado, para dar al que lo honra y por el hecho mismo de darle culto, poder que contrarreste toda insidia de los démones contra el hombre piadoso. Y es que no vio nunca cómo la fórmula "En nombre de Jesús", pronunciada por auténticos creyentes, ha curado a no pocos de enfermedades, posesiones y otras calamidades.

59. "En el nombre de Jesús..."

Es probable que cualquier partidario de Celso se nos ría al oírnos decir que al nombre de Jesús se doblará toda rodilla de los moradores del cielo, de la tierra y de bajo la tierra, y toda lengua tiene que confesar que Jesucristo es señor para gloria de Dios Padre . Sin embargo, por más que se ría, recibirá pruebas más evidentes de ser ello así, que no lo que cuenta Celso de esos nombres: Cnu- mén y Cnacumén, Cnat y Sicat y demás de la lista egipcia, que, invocados, curarían las enfermedades corporales. Y es de ver el ardid con que pretende apartarnos de la fe en el Dios del universo por medio de Jesucristo y, por razón de la curación de nuestro cuerpo, nos invita a creer en treinta y seis démones bárbaros, a los que sólo invocan los hechiceros egipcios prometiéndonos, no sé cómo, cosas de maravilla. De seguir a Celso, hora fuera ya de consagrarnos a la magia y hechicería en lugar de profesar el cristianismo; mejor fuera creer en una caterva innumerable de démones que en el Dios sumo que se nos manifiesta por sí mismo, vivo y claro, por obra de Aquel que, con gran poder, sembró por toda la tierra habitada de los hombres la pura doctrina de la religión; y no erraré añadiendo que la sembró también doquiera hay seres racionales que necesitan de corrección y cura y cambio de maldad al bien.

60. Cautelas del mismo Celso

En todo caso, Celso mismo sospecha la proclividad hacia la magia de quienes han aprendido tales cosas y, percatándose del daño que pudiera seguirse a sus oyentes, dice: "Téngase, sin embargo, la precaución, en el trato y comercio con estos seres, de no dejarse absorber por el culto que requieren, y hecho uno así amador de su cuerpo y apartado de intereses superiores, quede de todo eso cautivo por el olvido. Y es así que tal vez no haya que negar fe a hombres sabios, que dicen, en efecto, cómo la mayor parte de estos démones terrenos están pegados a la generación y clavados a la sangre y grasa y melodías, y ligados a cosas semejantes; todo su poder se reduciría a curar el cuerpo, y a predecir a un hombre o a una ciudad su suerte futura, y a cuanto saben y pueden sobre esto respecto de acciones terrenas".

Ahora bien, tratándose de terreno tan resbaladizo, como lo atestigua el enemigo mismo de la verdad de Dios, ¡cuánto mejor será estar lejos de toda sospecha de adherirnos a semejantes démones, de amar al cuerpo y apartarnos de los intereses superiores y quedar cautivos por el olvido de ellos, y entregarse, en cambio, a sí mismo al Dios sumo por medio de Jesucristo, que nos aconsejó pareja doctrina! A El hay que pedir toda ayuda y protección de los ángeles santos y justos, que nos libren de los démones terrenos, de esos que están pegados a la generación y clavados a la sangre y exhalación de grasa, se evocan con extrañas melodías o encantamientos y están ligados a cosas por el estilo; de esos, en fin, que, por confesión del mismo Celso, no tienen más poder que curar el cuerpo. Yo, empero, diría no ser cosa clara que estos démones, déseles el culto que se quiera, tengan poder para curar los cuerpos. La curación del cuerpo, el que quiera vivir esta vida corriente y común, debe procurársela acudiendo al médico; el que quiera vivir vida superior a la del vulgo, por la piedad para con el Dios supremo y oraciones al mismo.

61. Prosigue el tema demónico: Los démones no guardan su palabra

Cualquiera puede considerar consigo mismo qué conducta será más agradable al Dios sumo, que puede cuanto ningún otro en todo y, por ende, en beneficiar al hombre en su cuerpo, en su alma y en los bienes de fuera. ¿No le será más acepto el que en todo le está consagrado, que no quien anda curiosamente indagando nombres de démones, las virtudes, acciones, encantamientos y hierbas propias de ellos, las piedras y los emblemas que en éstas se esculpen, conforme a las figuras tradicionales de los démones, ora simbólicamente o de cualquier otra forma? Es evidente para quien tenga una mínima capacidad de juzgar que un carácter sencillo y sin afectación, que por ello justamente se consagra al Dios supremo, le es acepto a Dios y a todos los familiarizados con El; aquel, empero, que por razón de la salud del cuerpo y apego al mismo y por buscar la felicidad en las cosas indiferentes, se entrega a la vana indagación de nombres de démones y va a la búsqueda de maneras de encantarlos por ciertos encantamientos, a ése lo abandonará Dios, por malvado e impío, por demónico más bien que humano, y lo entregará a los démones que escogió el que tales fórmulas pronuncia para ser atormentado por sugestiones u otros males. Porque es probable que, malignos como son y, como confiesa el mismo Celso, clavados a la sangre, a la grasa, a los encantamientos y cosas por el estilo, ni siquiera a quienes les han dado esos gustos guarden la palabra y, como si dijéramos, el apretón de manos (como signo de alianza). Y es así que si otros los invocan contra quienes antes les dieran culto y compran su servidumbre a precio de más sangre y grasa y cuidado de que necesitan, pueden poner sus asechanzas al que ayer les dio culto y los admitió a la parte en el banquete que les es tan grato.

62. Celso, vencido por el espíritu de la verdad

Muchas cosas dijo anteriormente Celso sobre los oráculos y a los templos en que se emiten nos remitió, como si fueran de dioses (VIII 45.48); pero ahora se corrige él mismo la plana confesando que los que entienden en actividades mortales son démones terrenos, "pegados a la generación, clavados a la sangre, grasa y encantamientos y ligados a cosas por el estilo, sin más poder que ése". Cuando nos opusimos a la teología de Celso acerca 'de los oráculos y el culto a los supuestos dioses, es probable que se nos tuviera por impíos, al afirmar que todo eso eran obras de démones, que arrastran las almas de los hombres a las cosas de la generación (o pasajeras). Ahora, en cambio, quien eso pensara de nosotros, convénzase de la verdad de lo que predican 2S los cristianos, viendo cómo el mismo que escribe contra ellos, como vencido por el espíritu de la verdad, vino a consignar eso al fin de su obra.

Ahora bien, aun cuando Celso diga que "conviene cumplir con ellos nuestros deberes sagrados en cuanto conviene, pues la razón nos convence que haya de hacerse a todo evento",

no hay deber sagrado alguno con demonios que se pegan a grasas y sangre; ni fuera bien mancillar, en cuanto de nosotros depende, lo divino, rebajándolo hasta démones malignos. Si Celso hubiera comprendido exactamente la noción de "conveniente" y hubiera visto que lo conveniente es la virtud y el obrar conforme a virtud, no hubiera juntado ese inciso: "en cuanto conviene", a tales seres y, por confesión suya, démones. Nosotros, pues, si la salud o la dicha en la vida ha de venirnos por el culto de tales démones, preferimos estar enfermos y ser desgraciados en la vida con la conciencia limpiamente piadosa para con el Dios del universo, que no, separados de Dios y lejos de su gracia y sufriendo en el alma la más grave enfermedad y extrema desgracia, gozar de salud corporal y de felicidad en la vida. Y más vale acercarse a Aquel que de nada necesita fuera de la salvación del hombre y de todo ser racional, que no a quienes necesitan de grasa y sangre.

63. Contradicciones de Celso

Ahora bien, después de hablar Celso largo y tendido sobre la necesidad que los démones tienen de grasa y sangre, viene como a cantar una mala 2" palinodia diciendo: "Más bien hay que pensar que los démones no desean nada ni necesitan de nada, sino que se complacen de que se practique la piedad para con ellos". Pero si pensaba ser esto verdad, o no tenía que haber afirmado aquello o tenía que borrar esto. Pero la verdad es que la naturaleza humana no es enteramente abandonada por Dios ni por la Verdad unigénita de Dios. Así se explica que el mismo Celso diga la verdad al hablar de la grasa y sangre que apetecen los démones; pero luego, llevado de su propia maldad, resbaló hacia la mentira, comparando a los démones con hombres que con estricta justicia hacen lo justo, aunque nadie se lo agradezca; pero hacen beneficios a quienes se los agradecen.

Paréceme que en este punto cae Celso en confusión y que unas veces su mente es perturbada por los démones, y otras, volviendo en sí de la irracionalidad que aquéllos le producen, columbra algún rayo de verdad. Y es así que ahora añade: "De Dios no hay que apartarse por ningún caso ni en modo alguno, de día ni de noche, ni en público ni en privado, y en toda palabra y obra hay que tenerlo continuamente presente. Con démones o sin démones, el alma tiene que estar siempre tensa hacia Dios". Mas yo entiendo por "con éstos" lo común o público, toda obra y toda palabra.

Luego, como si se debatiera con su razón contra las enajenaciones que le producen los démones, y en que por lo general es vencido, añade y dice: "Siendo esto así, ¿qué mal hay en hacernos propicios a los que mandan en la tierra, a los démones y a los que son entre los hombres poderosos y emperadores, como quiera que tampoco a éstos se les han concedido, sin fuerza demónica, las cosas de la tierra? Por cierto que, en párrafos anteriores (VIII 2.11.24.28.33.35.53.55.58), ha tratado Celso, en cuanto ha podido, de rebajar nuestra alma hasta los démones; ahora quiere que nos hagamos también propicios a los dinastas y emperadores entre los hombres, de los que están llenas la vida y las historias, por lo que estimamos huelga traer ejemplos.

64. Frente a demonología, angelología

Así, pues, al Dios supremo debemos hacernos propicio, y su propiciación hemos de pedir en nuestra oración; al Dios, digo, que se nos hace propicio por la piedad y por todo linaje de virtud. Mas si Celso quiere que, además del Dios supremo, nos hagamos también propicios algunos otros, considere que, a la manera como al moverse el cuerpo le sigue necesariamente su sombra, así a la propiciación del Dios supremo se sigue tener propicios a todos sus santos ángeles, que El ama, las almas y los espíritus. Y es así que ellos se dan cuenta de quiénes son dignos de la propiciación de Dios, y no sólo ellos se muestran propicios con los dignos, sino que ayudan a los que quieren dar culto al Dios supremo, y se lo aplacan y oran e interceden con ellos. Yo me atrevería a decir que cuando vacan a la oración hombres que con toda deter-minaciqn se han propuesto las metas más altas, con ellos oran, aun sin ser llamadas, innúmeras potencias sagradas. Estas se ofrecen a sí mismas'" a nuestra raza mortal, y, por decirlo así, bajan a la palestra con nosotros, pues ven cómo los démones acampan contra nosotros y luchan contra la salvación de aquellos señaladamente que se han consagrado a Dios y nada se les da de la enemiga de los démones. Con nosotros luchan, repito, aquellas sagradas potencias, cuando los démones se exasperan contra el hombre que se niega a darles culto por medio de grasa y sangre, y se esfuerza por todos los modos, de palabra y obra, por familiarizarse con el Dios sumo y hacerse una cosa con El por medio de Jesús, que, en su paso por la tierra, curando y convirtiendo a los oprimidos del diablo , destruyó a démones innumerables.

65. La fortaleza, virtud máxima

A la verdad, hay que despreciar el favor de los hombres -así sean emperadores-no sólo si ha de comprarse a precio de asesinatos, actos de intemperancia y acciones de crueldad suma, sino también por medio de la impiedad para con el Dios del universo, o por palabra de servilismo y bajeza, que no dice con hombres valerosos y magnánimos, y que quieren contar entre las demás virtudes, la fortaleza como la mayor de todas. Cuando, empero, nada tenemos que hacer contrario a la ley y a la palabra de Dios, no somos tan mentecatos que azucemos contra nosotros la ira del emperador o de un poderoso, que nos puede llevar a los tormentos, al suplicio y a la muerte. Y es así que hemos leído: Toda alma esté sumisa a las autoridades superiores, pues no hay autoridad si no viene de Dios; y las que hay, por Dios están ordenadas, de modo que quienes resisten a la autoridad, a la ordenación de Dios resisten . En nuestro comentario a la carta a los Romanos explicamos también ampliamente este texto según nuestro saber y entender, y pusimos interpretaciones varias (cf. Com. in Rom, IX 26ss); pero ahora lo tomamos", dado el presente tema, de manera más sencilla y según la más común interpretación, ya que Celso dice que "no sin cierta fuerza demónica se les'han confiado las cosas de la tierra".

Mucho habría que decir acerca de la institución de emperadores y dinastas, y mucho habría que inquirir sobre ese punto, dado que unos han gobernado cruel y tiránicamente, y otros del mando han venido a parar a la molicie y glotonería; por eso omitimos de momento examinar ese problema.

Como quiera que sea, no juramos por la fortuna o genio de un emperador, como tampoco por ningún otro supuesto dios. Porque si, como han dicho algunos, "fortuna" es una mera expresión, lo mismo que "opinión" o "disensión", no vamos a jurar por lo que no es nada, como si fuera dios; y si es algo subsistente y capaz de hacer algo, no queremos aplicar a lo que no conviene la fuerza de un juramento. Y si, como opinan algunos, según los cuales los que juran por el genio del emperador romano juran por su demon, la que se llama fortuna o genio es un demon, antes habríamos en ese caso de morir que jurar por un demon malvado y pérfido, que muchas veces peca con el hombre que le ha cabido en suerte o peca más que él mismo 2g.

66. Celso, oscilante entre verdad y fábula

Seguidamente, a la manera de los que vuelven en sí de una posesión demónica y luego recaen en ella, dice Celso, como hombre en sus cabales, cosas como éstas: "A la verdad, si, siendo uno acaso adorador de Dios, se le mandara cometer una impiedad o proferir algo vergonzoso, en manera alguna debería obedecerse, sino que habría que soportar todos los tormentos y sufrir todo género de muerte, no digo antes que decir, mas ni que pensar nada impío contra Dios". Pero, a renglón seguido, por ignorancia de nuestra doctrina y porque, además, lo arrebuja todo, dice lo que sigue: "Mas si se nos manda bendecir al sol o a Atena, entonando con el mayor fervor un hermoso himno, tanto más parecerá, sin duda, que honras al gran Dios cuanto más cantes a éstos. Porque la piedad, al repartirse por todo, resulta más perfecta".

Decimos, pues, que no esperamos para bendecir al sol (helios) a que nadie nos lo mande, pues hemos aprendido a bendecir no sólo a los que se someten a la ordenación de Dios, sino a nuestros mismos enemigos (Mt 5,44). Alabamos, pues, al sol como bella criatura de Dios, que guarda sus leyes y oye lo que se le dice: Alabad al Señor, ¡oh sol y luna! (Ps 148,3), y, según sus fuerzas, canta un himno al padre y artífice del universo. Atena, empero, que Celso junta con el sol, fue ficción de las tradiciones de los griegos, según las cuales ora se entienda con sentido oculto, ora sin él, nació, armada con todas sus armas, de la cabeza de Zeus. Perseguida luego por Hefesto, que quería corromper su virginidad, escapó, desde luego, de él; pero amó la semilla que cayó a la tierra del deseo del dios, y la crió, dándole nombre de Erictonio

"a quien ahora Atena (dicen)

la propia hija de Zeus criado había,

y el terruño feraz había parido" (Iliada 2,547s). Por donde vemos que quien se trague eso de Atena, hija de Zeus, tendrá por el mismo caso que aceptar muchos mitos y fantasías, que realmente no podrá tragar el que huye de mitos y busca la verdad.

67. Totalitarismo imperial de Celso

Mas si Atena se entiende alegóricamente y se dice ser la inteligencia (cf. PLAT., Cratyl. 407b), habrá que demostrar su subsistencia y naturaleza como base para semejante alegoría. Mas si Atena es mujer antigua a la que se honra por obra de quienes dieron a sus subditos los misterios e iniciaciones y querían que su nombre se cantara, como de una diosa, entre los hombres, razón de más sería ésa para no cantar himnos ni glorificar a Atena como a diosa, cuando al sol mismo, con toda su grandeza, no nos es lícito adorarlo, aunque lo bendecimos. Celso, es cierto, dice que tanto más parecerá que damos culto al Dios grande cuanto más cantemos himnos al sol y a Atena. Pero nosotros sabemos lo contrario, pues himnos sólo los entonamos al Dios supremo y a su unigénito Verbo-Dios; y cantamos himnos a Dios y a su Unigénito, como se los cantan el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército celeste (Ps 148,3). Y es así que todos éstos, formando un coro divino, cantan himnos, juntamente con los hombres justos, al Dios de todas las cosas y a su Unigénito.

Por lo demás, antes hemos ya dicho (VIII 65) no deberse jurar por quien sea emperador entre los hombres o por la que se llama fortuna o genio suyo. De ahí que no creamos necesario responder a estotro que dice Celso: "Si se nos manda jurar por el que sea emperador entre los hombres, tampoco esto tiene nada de malo, pues a él se le ha dado lo que hay sobre la tierra, y cuanto en vida se recibe, de él se recibe". Nosotros, empero, afirmamos que no se ha dado al emperador, de modo absoluto, todo lo que hay sobre la tierra, ni todo lo que recibirnos en la vida lo recibamos de él.

Lo que justa y buenamente recibimos, lo recibimos de Dios y de su providencia, como los frutos maduros y el pan,

que el corazón del hombre fortalece; la amable viña con su vino,

que el corazón del hombre regocija (Ps 103,15).

Y por el mismo caso, de la providencia de Dios tenemos los frutos del olivo, por que la cara con el óleo resplandezca (ibid.).

68. Monarquía por derecho divino

Seguidamente dice Celso que no "debe negarse fe al antiguo varón que dijo: "Un solo rey, aquel a quien lo diera

de Crono el hijo, de torcida mente" (llíada 2,205).

Y añade: "Si destruyes esta doctrina, con razón te castigará el emperador; pues si todos obraran como tú, nada impediría que aquél se encontrara solo y abandonado, y el gobierno de la tierra caería en manos de los bárbaros más sin ley y salvajes, y entonces ni de tu religión ni de la verdadera sabiduría quedaría noticia entre los hombres".

Ahora bien, uno solo

"el soberano sea y el rey uno", pero no aquel a quien lo dé

"de Crono el hijo, de torcida mente",

sino a quien lo dé Aquel que instituye a los reyes y los destituye (Da 2,21), y el que a su tiempo suscita al buen gobernante sobre la tierra (Si 10,4). No; el que instituye los reyes no es el hijo de Crono, que, como dicen los mitos de los griegos, arrojó a su padre del mando y lo precipitó en el tártaro, aun cuando este mito se interpretara alegóricamente, sino Dios, que gobierna todas las cosas y sabe muy bien lo que hace en la instauración de los reyes. Destruimos, pues, esa doctrina que expresa el verso:

"A quien lo diera

de Crono el hijo, de torcida mente",

pues estamos persuadidos que ni Dios ni un hijo de Dios puede querer nada torcido ni astuto. No destruimos, empero, la doctrina de la providencia, ni de lo que por ella se dispone, ora principalmente, ora por ciertas concomitancias (cf. supra VI 53).

Tampoco es probable que un emperador nos castigue por decir que no le dio el poder de reinar el hijo de Crono, de torcida mente, sino Aquel que instituye y destituye a los reyes. ¡Y ojalá hicieran todos lo mismo que yo, negando la doctrina homérica, pero guardando lo divino sobre el imperio y observando el precepto de honrar al emperador (Si 1). A la verdad, en tal supuesto, ni el emperador se quedaría solo y abandonado, ni el gobierno de la tierra caería en manos de los bárbaros más sin ley y salvajes. Y es así que si, como dice Celso, todos sin excepción hicieran lo mismo que yo, todos los bárbaros, evidentemente, al aceptar la palabra de Dios, serían los hombres de más ley y más mansos, desaparecería toda falsa religión y sólo imperaría la cristiana, cosa que acontecerá un día, puesto que el Logos gana para sí más y más almas.

69. Hipótesis de un imperio cristiano

Luego, no percatándose que dice cosas contrarias a su otro dicho: "Porque si todos hicieran lo mismo que tú", prosigue así Celso: "Porque no nos querrás decir que si los romanos, creyéndote a ti y abandonando sus usos tradicionales con dioses y hombres, dieran culto a ese tu Altísimo, o como lo quieran llamar, iba El a bajar a la tierra y combatir por ellos, de modo que no fuera menester de otra ayuda. Porque ese mismo Dios prometió antes a los que lo adoraban esas y otras muchas cosas mayores que ésas, como vosotros mismos decís, y ya veis de qué les aprovechó a ellos y a vosotros (cf. supra VII 18). Y es así que a los judíos, en vez de hacerlos señores de toda la tierra, no les ha dejado ni un terrón ni un hogar en ella; y en cuanto a vosotros, si es que aún queda alguno que ande por ahí errante, se lo busca para darle muerte" (cf. supra VIII 39).

Celso sienta la hipótesis de que los romanos aceptaran la doctrina de los cristianos y, abandonando sus leyes pasadas respecto de los supuestos dioses y aun de los hombres, adoraran al Altísimo, y pregunta qué sucedería en tal caso. Pues oiga lo que sobre esto nos parece. Decimos, en efecto, que si dos de entre vosotros se conciertan sobre una cosa en la tierra, se os dará por el Padre celeste de los justos (Mt 18,19) -pues se complace Dios en la armonía de los seres racionales y le repele la desarmonía-, ¿qué habría que pensar si ya no fueran, como ahora, unos pocos los que se conciertan, sino todo el imperio romano? Rogarían, en efecto, al Logos, que antes dijo a los hebreos, perseguidos por los egipcios : El Señor combatirá por vosotros, y vosotros estaréis quedos (Ex 14,14). Y orando con perfecto concierto podrán destruir en la persecución más enemigos que los que destruyera la oración de Moisés, que clamaba a Dios con los que estaban con él. Y si no se ha cumplido lo que Dios prometió, ello no se debe a que Dios mienta, sino a que las promesas se hicieron a condición de guardar la ley y vivir conforme a ella. Y si a los judíos que recibieron condicional-mente las promesas no les ha quedado un terruño ni un hogar, la culpa la tiene su iniquidad en general y, señaladamente, la que cometieron con Jesús.

70. Paz aun en medio de la persecución

Mas si todos los romanos, en la hipótesis de Celso, abrazaran el cristianismo, por la oración vencerían a sus enemigos, o no tendrían siquiera que pelear en absoluto, pues estarían guardados por aquel poder divino que, por razón de cincuenta justos, prometió conservar cinco ciudades enteras . Y es así que los hombres de Dios (cf. supra VIII 25) son la sal que mantiene unida la consistencia del mundo, y las cosas de la tierra mantienen su consistencia en tanto la sal no se torna insípida. Porque si la sal se torna insípida, ya no vale ni para la tierra ni para el estiércol, sino que se arroja afuera para ser pisada por la gente (LE 14,34-35). Y el que tenga oídos, oiga en qué sentido se dice esto.

Respecto de nosotros, cuando Dios permite al tentador que nos persiga dándole poder para ello, somos perseguidos; mas cuando Dios no quiere que suframos persecución, gozamos maravillosamente de paz aun en medio de un mundo que nos aborrece, y tenemos buen ánimo confiados en Aquel que dijo: Tened buen ánimo; yo he vencido al mundo . Y realmente El venció al mundo y, por ello, el mundo sólo tiene fuerza en la medida que quiere su vencedor, que recibió del Padre la victoria sobre el mundo, y por esa victoria tenemos nosotros buen ánimo.

Mas si Dios quiere que de nuevo luchemos y combatamos por nuestra religión, acerqúense los contrarios, a los que diremos: Todo lo puedo en Aquel que me conforta, Cristo lesils. Señor nuestro . Y es así que, vendiéndose dos pajarillos, según palabras de la Escritura, por un as, uno de ellos no cae en el cepo sin permisión del Padre del cielo (Mt 10,29). Y hasta punto tal abarca la divina providencia todas las cosas, que ni los cabellos de nuestra cabeza escapan a ser contados por El.

71. Hipótesis de delirio

Seguidamente, confundiéndolo todo, como tiene de, costumbre, dice Celso cosas que nadie de nosotros ha puesto por escrito, y son de este tenor: "Tampoco es tolerable digas que, si los que ahora mandan sobre nosotros, después de dejarse persuadir de ti, son hechos prisioneros, persuadirás a los que imperen después; y si otros son hechos prisioneros, también a ésos, y a otros después de éstos, hasta que sean hechos prisioneros todos los por ti persuadidos; si es que juntamente no surge un gobernante con inteligencia que prevea lo que va a suceder y, antes de perecer él, os destruya a todos en masa". No hay por qué responder a estas palabras, pues no hay entre nosotros quien diga sobre los que ahora imperan que, si después de creernos son hechos prisioneros, persuadiremos a los que les sucedan, y, si también éstos caen'prisioneros, a sus sucesores. Mas ¿por dónde se le pudo ocurrir que, creyendo y hechos sucesivamente prisioneros los emperadores, por no haberse podido vengar de sus enemigos, surgiría un gobernante con inteligencia que, previendo lo que va a suceder, nos destruya a todos en masa? No parece sino que está aquí Celso ensartando tonterías y que todo eso se lo ha sacado de su mollera.

72. Sublime visión del porvenir cristiano

Seguidamente hace Celso una especie de voto, diciendo: "¡Ojalá fuera posible convinieran en una ley única los que habitan el Asia, Europa y la Libia, griegos a par de bárbaros, hasta los últimos confines de la tierra!" Pero, teniéndolo por imposible, añade: "El que eso piensa, nada sabe". Si también hay que hablar sobre este punto, que necesitaría de larga inquisición y demostración, digamos siquiera unas palabras para hacer patente que no sólo es posible, sino verdadera también la tesis de que todo lo racional ha de convenir en una sola ley. Ahora bien, los estoicos afirman que, al predominar el más fuerte, según ellos, de los elementos, se dará la conflagración universal (V 15) y todo se transformará en fuego. Nosotros, empero, afirmamos que el Logos dominará un día sobre toda la naturaleza racional y transformará a toda alma en su propia perfección; cuando cada uno, haciendo simplemente uso de su potestad, escoja lo que quiera y permanezca en lo que escogiere.

Decimos además que, si en las enfermedades y heridas corporales las hay más fuertes que toda arte médica, no es verosímil que en las almas haya maldad alguna que no pueda ser curada por el Logos- Dios, que todo lo domina. Porque, como el Logos sea más poderoso que todos los males que aquejan al alma, y más poderosa también la virtud curativa que hay en El, aplícala a cada uno según la voluntad de Dios; y así el término y fin de todas las cosas es la destrucción de la maldad. Ahora, si esa destrucción será de forma que no pueda por ningún caso volver a aparecer, o todavía pueda, no toca esclarecerlo en el presente discurso.

Ahora bien, muchas cosas dicen misteriosamente las profecías acerca de la destrucción del mal y de la corrección de toda alma; pero, de momento, baste citar el texto de Sofo-nías, que dice así: Está preparado, vigila de mañana, porque se han perdido todos sus racimos. Por eso, espérame, dice el Señor, el día que me levante para testimonio; porque mi voluntad es congregar las naciones y recibir a los reyes, a fin de derramar sobre ellos toda la indignación de mi furor. El fuego de mi celo devorará toda la tierra, porque entonces purificaré los labios de los pueblos, a fin de que todos invoquen el nombre del Señor y le sirvan bajo un solo yugo. Desde los confines de los ríos de Etiopía me ofrecerán sacrificios. En aquel día, no tendrás que avergonzarte por todas las obras con que prevaricaste contra mí, porque entonces te quitaré las abominaciones de tu insolencia y ya no te gloriarás más de mi monte santo. Y dejaré en ti un pueblo manso y humilde, y los que quedaren de Israel venerarán el nombre del Señor, no cometerán iniquidad, ni hablarán vanidades, ni se hallará en su boca lengua embustera; porque tendrán pastos, y se acostarán y no habrá quien los espante .

El que sea capaz de penetrar el sentido de la Escritura, después de considerar a fondo todo esto, preséntenos la explicación clara de la profecía y examine qué quiere decir eso de que, consumida toda la tierra, se cambiará la lengua de los pueblos para su generación (iuxta Septuaginta), a la manera de antes de la confusión ; considere muy a fondo qué sea eso de que todos invocarán el nombre del Señor, le servirán bajo un solo yugo, de forma que desaparezcan las abominaciones de la insolencia, y no haya más iniquidad, ni palabras vanas, ni lengua falaz.

Me ha parecido alegar este texto, en su tenor corriente y sin una interpretación a fondo, movido por el dicho de Celso sobre la imposibilidad de que convengan en un sentir único los griegos y bárbaros que habitan el Asia, Europa y la Libia. Y tal vez ello sea imposible a los que están aún en sus cuerpos, pero no a los que estén ya desprendidos de ellos.

73. El servicio de las armas

Luego nos exhorta Celso "a prestar ayuda al emperador con todas las fuerzas, a colaborar con él en lo que sea justo, a combatir por él, a tomar parte en sus campañas, si llega el caso, y hasta en el mando de las tropas". A esto hay que decir que nosotros prestamos oportunamente a los emperadores una ayuda, por decirlo así, divina, al tomar la armadura completa de Dios . Y así lo hacemos por obediencia al precepto apostólico que dice: Os exhorto, pues, primeramente a que hagáis peticiones, súplicas, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres, señaladamente por los emperadores y cuantos están constituidos en autoridad (CF 1). Y cuanto es uno más piadoso, tanto más eficaz es su ayuda a los que imperan, más que la de los mismos soldados que salen a campaña y matan a cuantos enemigos pueden.

Además, a los que son ajenos a nuestra fe y piden que hagamos la guerra y matar hombres por el interés común, les podemos decir también lo siguiente: También los que, según vosotros, son sacerdotes de ciertos ídolos o guardianes de los que tenéis por dioses, conservan sin mancha su diestra por razón de los sacrificios, a fin de ofrecer esos supuestos sacrificios a esos que decís ser dioses. Y, realmente, cuando estalla una guerra, no hacéis de los sacerdotes soldados. Ahora bien, si eso se hace razonablemente, con cuánta más razón, cuando otros salen a campaña, luchan también los cristianos como sacerdotes y servidores de Dios, manteniendo puras sus diestras, luchando con sus oraciones a Dios en favor de los que hacen guerra justa y en favor del emperador que impera con justicia, a fin de que sea destruido todo lo que es contrario y adverso a los que obran con justicia. Por otra parte, nosotros que con nuestras oraciones destruimos a todos los démones, que son los que suscitan las guerras y violan los tratados y perturban la paz, ayudamos al emperador más que quienes aparentemente hacen la guerra.

Cooperamos también en las cosas comunes nosotros que, a nuestras oraciones, hechas con justicia, añadimos ejercicios y meditaciones que nos enseñan a despreciar los placeres y no dejarnos arrastrar por ellos. Y hasta puede decirse que nosotros combatimos más que nadie por el emperador; porque, si no salimos con él a campaña, aun cuando se nos urja a ello, luchamos en favor suyo juntando nuestro propio ejército por medio de nuestras súplicas a Dios.

74. Los cristianos, máximos bienhechores de su patria

Y si quiere Celso que mandemos un ejército por la patria, sepa que también esto hacemos, y no para ser vistos de los hombres y por la vanagloria que de ahí nos viniera. No, nuestras oraciones se hacen en lo más oculto que tenemos, en nuestra misma mente, y se elevan, como de sacerdotes, por los intereses de nuestra patria. Los cristianos, por otra parte, hacen a su patria mayores beneficios que el resto de los hombres, pues educan a los ciudadanos y les enseñan a ser piadosos para con el Dios del universo, y levantan a cierta ciudad divina y celeste a quienes hubieren vivido bien en las más pequeñas ciudades. A ellos pudiera muy bien decirse: Puesto que has sido fiel en la ciudad mínima, ven también a la grande (LE 16,10 LE 19,17); allí donde Dios se puso en la junta de los dioses y en medio de ella juzga a los dioses. Y con los dioses te contará a ti, si ya no mueres como un hombre ni caes como uno de los príncipes (Ps 81,1 Ps 7).

75. Por qué se abstiene el cristiano de cargos públicos

Exhórtanos también Celso "a desempeñar los cargos de la propia patria cuando sea menester hacer también eso para salvar las leyes y la religión". Nosotros, empero, sabemos que en cada ciudad hay otro sistema de patria, fundado por el Logos de Dios, y exhortamos a gobernar las iglesias a los poderosos por su palabra y vida sana. No aceptamos a los ambiciosos, y forzamos, en cambio, a los que por exceso de modestia no quieren cargar con la general solicitud de la Iglesia de Dios. Y los que bien gobiernan entre nosotros son los forzados 2', pues los obligó el gran rey, que nosotros creemos ser Hijo de Dios y Verbo-Dios. Y si gobiernan bien los que en la Iglesia gobiernan la ciudad de Dios (digo, la Iglesia misma), escogidos para presidirla, o si mandan de acuerdo con las ordenaciones de Dios, en eso no violan para nada las leyes establecidas.

Por lo demás, si los cristianos rehusan los cargos públicos, no es porque traten de eludir los servicios generales que pide la vida, sino porque quieren guardarse a sí mismos, por la salud eterna de los hombres, para el servicio más divino y necesario de la Iglesia de Dios. Así piensan necesaria y justamente, y así se preocupan por todos: por los de dentro, para que cada día vivan más santamente; por los aparentemente de fuera, para que lleguen a las sagradas palabras y obras de nuestra religión. Así también dan verdadero culto a Dios y, educando a los más que pueden, se unen al Verbo de Dios y a la ley divina; así, en fin, se hacen una sola cosa con el Dios supremo, por su Hijo, Verbo-Dios, que es sabiduría, verdad y justicia y une con Dios a todo el que se determina a vivir en todo según Dios.

76. Sereno epílogo a Ambrosio

Y aquí tienes, santo Ambrosio, cumplido, según la fuerza que poseemos y nos ha sido dada, lo que por ti nos fue mandado. En ocho libros hemos comprendido todo lo que nos ha parecido conveniente responder al que Celso tituló Discurso de la verdad. Al lector de su escrito y de nuestra réplica toca ahora juzgar cuál de los dos respira más del verdadero Dios, de la manera como haya de dársele culto, y de la verdad que llega a los hombres de aquellas sanas doctrinas que lo inducen al mejor género de vida.

Sábete, sin embargo, que Celso promete componer después de éste otro escrito, en que anuncia enseñar cómo hayan de vivir los que quieran y puedan creerle. Ahora bien, si, no obstante su promesa, no ha escrito ese segundo discurso, será bien contentarnos con los ocho libros en réplica al primero; pero si comenzó y dio también cabo al segundo, busca y mándame también ese escrito, para responder contra él lo que nos inspirare e1 Padre de la verdad y refutar las falsas opiniones que contuviere; y si hay en él acaso algo de verdad, de ello daremos testimonio, sin espíritu de pendencia, como de cosa bien dicha.

Partes de esta serie: Prólogo · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII
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