Hay pocas cosas esenciales en la vida. Muchas son importantes, pero la mayoría son mudables: Un trabajo, un lugar de residencia. Otras son aún más importantes, y nos gustaría que durasen para siempre: La amistad, la familia, nuestro proyecto vital. A lo largo de una vida, y sobre todo cuando se es joven e inexperto, nos cuesta diferenciar a qué terreno pertenece cada cosa.
Ni las ideologías, ni los principios; ni el concepto que tienes de ti mismo, ni de los demás; ni tus ilusiones, ni tus sentimientos, ni tus emociones; nada está asentado sobre un cimiento incuestionable, salvo para la mente fanática y ciega. Nada, salvo una cosa: el espíritu humano, el alimento interior del hombre, el fuego de la propia existencia. Y por tanto, en mayor o menor medida, todo aquello que se asienta como un poso en el fondo del espíritu, no por el peso que queramos darle, sino por su propio peso.
A mis 24 años, voy sintiendo ese peso, el peso de la criba, de la opción y la elección. Con serenidad, pero con el aplomo suficiente para no ser un adolescente caprichoso de sus deseos y efímeras obsesiones, sino un sincero caminante de este mundo. Y en este contexto me veo interpelado a ser una pequeña lámpara, para mí mismo ante todo, pero también para quien quiera escuchar. Y el que tenga oídos, que oiga.(Mateo XIII,9)
Una espiritualidad objetiva
Ser católico es difícil hoy en día. Aunque, admitámoslo: uno debe estar abierto a la trascendencia. Tener ese algo espiritual. Estoy convencido de que esta vida no vale la pena si no es para gastarla en la búsqueda de la verdad, como un buen San Agustín; y sobre todo, para conformar tu vida de acuerdo a esa búsqueda y a esa verdad. Quizás, sí, no sea más que un pasatiempo adolescente; pero desde Platón a Aristóteles, pasando por Buda o Gandhi, tenemos ejemplos claros y acreditados de mentes nada sospechosas de ser tildadas de frívolas o alocadas. O al menos, no de frívolas.
Las cosas bellas y bondadosas de esta vida, se presentan para la inteligencia algo aguda como meros signos efímeros de lo verdaderamente Bello y Bueno en sí. No como idea platónica, sino como origen y significado último de las cosas. Así como lo malo y lo injusto nos perturba. Y es precisamente el mal, su experiencia, el primitivo origen de las religiones naturales, que no son sino un consuelo para el corazón humano, que aunque herido, es esencialmente bueno y confiado.
Ciertamente, hay que saber disfrutar lo bueno y lo bello de esta vida per se, disfrutándolo y admirando su valor intrínseco; para un cristiano, que cree que todo un Dios omnipotente, tiene el humor y el valor de convertirse en un poco de pan y de vino, esto tiene una claridad meridiana. Las cosas tienen su valor por cómo son, y porque lo son de un modo y no de otro.
Y en todo esto, ¿qué es la fe, inequívocamente hablando? No vemos grandes milagros a nuestro alrededor, como cuentan de los primeros cristianos. Aún se documentan casos; extrañas curaciones donde el único certificado médico es… que no hay explicación; pero, ¿a quién se le ha curado milagrosamente un dolor de muela? La única manera de creer hoy día, es a partir de conclusiones que extraemos de nuestra pobre inteligencia y nuestros confusos anhelos humanos.
En la actualidad, acerca de la fe, solemos hacer un juicio inmanente, humanista. Podemos alabarla como una heroica y hasta necesaria virtud del hombre, de esas que sacan lo mejor de nosotros mismos en el momento más álgido y dramático de la película. En esto quizás estamos muy influenciados por la cosmovisión hollywoodiense, quizás como un legado del fideísmo puritano, que tiene su origen en Lutero: la fe es creer, y si se le buscan razones, ya no es fe. Es decir: un acto de fe es un acto de esperanza ciega. Heroico, conmovedor; pero simplemente humano.
Pero antes de este Lutero, existía otro concepto de fe; y es el que aún hoy pervive en la tradición católica, y en general, en el pensamiento latino frente al anglosajón. La fe no sólo debe ser razonable, sino que, por su propia naturaleza, exige dar razones de sí misma. Queremos convicciones objetivas, incluso brutas; pero no simples delectaciones y consuelos sutiles. Buscamos razones objetivas, porque la fe debe ser objetiva, no puede ser un fraude para nosotros mismos. Aquello que pueda ser comprendido debe ser comprendido, y la fe debe ser apuntalada y no contradicha por la razón, para que sea digna de nuestro corazón.
Sí, es difícil ser católico hoy en día. No ya porque te tachen de fanático, cerrado de mentes, o tonto. Uno mismo no puede desentenderse de cuanto forma parte, en el propio tejido personal, de la mentalidad del tiempo al que pertenece. El complejo de idiota no te lo quita nadie. Te invade cuando afirmas creer en esto o en lo otro de forma incuestionable y segura.
Así es que la espiritualidad se ha convertido hoy en día en una característica meramente humana, fruto del espíritu que busca consuelo, trascendencia, y cierto misterio; pero después del siglo XX, parece imposible hablar en términos cabales de una espiritualidad objetiva, es decir, divinamente ordenada a una verdad concreta y palpable.
Una espiritualidad sólo subjetiva, de consuelo, es en sí misma contradictoria y tan irracional como la propia posmodernidad relativista del “no sé, todo depende.” ¿De qué sirve realmente una espiritualidad así? De algo sirve. Una espiritualidad subjetiva no deja de ser útil, y sigue aportando todo lo que de subjetiva tendría también una espiritualidad cabal y razonable, como pretende ser la católica. Tanto consuela, en términos sólo psicológicos, un Padrenuestro como un Mentalismo positivo, o
Pero aquí rompo la concordia: no me sirve de nada creer en algo sólo porque me hace bien; es decir, simplemente porque quiero creerlo. Cierto, el primer paso para creer en algo es quererlo. Pero, ¿es razón suficiente? No, quiero creer en algo porque me invita a contemplarlo como cierto, por más paradójico y chocante que se me presente a una primera vista; algo en lo que se encuentra una respuesta que no depende de mí, de mi subjetividad, o de mi meditación interior, sino que viene de fuera, de lo alto, de lo lejos, de los tiempos antiguos, si cabe. Y cuanto más allá a lo lejos, mejor, como el buen vino en una copa rebosante.
Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre.
(Mateo XXVI, 27-29)
+ La Paz del Señor.
Estupendo lo que dices... posiblemente si lo miro frase por frase no podría acordar el 90% de lo que dices, epro se quedan en desacuerdos de expresión, frutos más vbien de experiencias distintas (y también edades distintas), más que de percepciones demasiado distintas; el fondo, esta fe que es "columna y fundamento de la verdad", más que una de tantas verdades que se alcanza vaya a saber cómo, me parece muy cierto.
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«Mira el amanecer: la luz vence muy lentamente a las tinieblas» (San Isidoro abad)
Luis Manuel , creo que no has conquistado experiencias de fe verdaderas porque segun tus expresiones nunca has visto ni recibido un milagro y esto se debe a que buscas esas experiencias intelectualmente, pero no sales a buscarlas , por ejemplo en misas de sanacion donde los milagros que relata la Biblia siguen ocurriendo todos los Sabados por docenas. Sin embargo pareces una persona en la que la semilla de la fe a empezado a germinar y tienes razon es dificil ser religioso en estos tiempos.
Charlotte(Satsang)
Estimado Satsang, no he conocido ninguna Misa que no sea de sanación, y te reto a que me digas una sola Misa que no sea de sanación. Otra cosa es que te refieras a Misas carismáticas. He asistido, y no van conmigo. Mi experiencia de fe ocurrió el jueves doce de mayo de dos mil cinco, cuando el Señor me mostró en visión el Infierno, el Pecado y acto después, su Infinito amor. Acto seguido fui a hablar con el Obispo, pedí hacer mi primera comunión (pues era ateo, aunque me bautizaron de pequeño) y me confirmé.
+ La Paz del Señor.
Por otra parte, una experiencia de fe como tal es una visión intelectual, subrayando la palabra "visión", como la que tienen los ángeles por naturaleza, puramente intelectual, para entenderlo con una comparación. No un fruto de nuestro entendimiento, sino una visión intelectual que es por gracia; y que del intelecto pase a la voluntad, y de ésta al corazón, es también por gracia.
Una experiencia, en cambio, que es puramente sentimental, en la que no hay visión intelectual, no es experiencia de fe propiamente dicha, es un consuelo del alma, que son positivos en tanto que motiven a la voluntad a creer y a obrar según esa fe, pero no siempre pueden poseerse, ni debemos buscarlos por sí mismos, pues son consolaciones, no el fin. Aunque bendito sea Dios siempre por estas consolaciones sensibles, como cuando posees el fuego que arde en el pecho, o sientes poderosamente tu presencia en el Espíritu; o incluso si te da el don de un milagro físico, como una curación milagrosa, que puede suceder y de hecho sucede, según el beneplácito de su voluntad; pero no es el sentido de nuestra fe.
Aunque sin fe verdadera, intelectual y volitiva, que no racional y autocomplaciente, nanai de la china.
+ La Paz del Señor.
De todas formas, ¿sabes cuál es la mayor experiencia de fe verdadera que puede existir, el mayor milagro de todos los milagros? Asistir a la Misa con fe verdadera y comerte a Dios con profunda conciencia y fervor.
+ La Paz del Señor.
Les pido a Charlott y a Luis Manuel que intenten no personalizar los mensajes. Conversamos las ideas, los pensamientos, lo que cada uno trae, porque no nos conocemos. Aunque uno intuya ciertas aristas, de otro forista, mejor no exponerlas.
Por ejemplo : creo que no has conquistado experiencias de fe verdaderas. Se interpreta como un juicio a priori de lo que uno es o no es capáz de recibir o de vivir. Y eso no lo podemos saber nosotros con respcto del otro.
Ejemplo 2 : te reto a que me digas. ¿Desde qué postura se puede retar a otro? No es un duelo, ni un exámen. Intentemos dialogar sin creernos profesores o que estamos dando exámen o que somos El Magistero.
Un saludo, Andrea.
Porque Él mismo ha manifestado: «ni te soltaré ni te abandonaré»
Andrea, está bien, debe primar la caridad. Pero no estoy de acuerdo en el sentido de que los pensamientos y las ideas han de ir de la mano con la experiencia de Dios, en un foro católico. Las personas tenemos derecho a inquirirnos mutuamente, a preguntar libremente, presuponiendo de antemano el amor. No he encontrado como un juicio el comentario de Charlott, sino de buena fe. Del mismo modo, mi "te reto a" es una manera de expresar o de incitarle a un pensamiento edificador, y es que que vea el valor de la Misa por lo que tiene de objetivo, y que en todas ellas se produce exactamente el mismo milagro sanador.
Bueno, son estilos y consideraciones que no quitan ni restan nada, sino que lo que quita y resta es, efectivamente, la caridad, la cual se manifiesta también dentro de las peculiaridades de cada carácter...
+ La Paz del Señor.
Bien. La paz del Señor.
Porque Él mismo ha manifestado: «ni te soltaré ni te abandonaré»
los pensamientos y las ideas han de ir de la mano con la experiencia de Dios, en un foro católico.
La única exigencia que pienso que debe tener un "foro católico" -y que ciertamente con nuestros más y nuestros menos pretendemos que tenga ETF- es que:
-nadie se crea portavoz autorizado del magisterio,
-ni medida de la experiencia de Dios,
-ni regla de la conciencia de los demás
cualquier actitud que exceda a eso rompe las reglas de juego naturales en cualquier sitio de diálogo religioso, y con más razón de un foro católico.
Por mucha caridad que se presuponga, la expresión concreta para evitar cualquiera de esas tres cuestiones, debe cuidarse.
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«Mira el amanecer: la luz vence muy lentamente a las tinieblas» (San Isidoro abad)
Sobre las limitaciones de la razón y del lenguaje hemos hablado mucho.
Sobre la verdad también.
Pero todo es fugaz. Todo se olvida.
Yo no me acuerdo de nada en concreto.
Como también de lo que es un debate racionalista y un compartir y un enriquecerse.
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Cuando te quieran jugar un darwinismo existencial, huye;
el manso hereda la tierra, no el alpinista espiritual y social.
Gondim