Hace mucho que no publicaba nada. Me llegò un texto con la antologìa de Llorente que no puedo evitar de compartir. Al menos solo unas lìneas.
Cuando se va por la tundra hay que sujetar el trineo para que no vuelque, siempre al paso de los perros. El bamboleao del vehículo somete los músculos a un ejercicio gimnástico durísimo, y el continuo trotar produce un sudor copioso, que se corta en el acto apena se sienta uno a de scansar, causando un efecto muy desagradable. Si no se corre, se hiela uno; si se corre, el sudor congelado mortifica; y esta alternativa forzosa le tiene a uno entre pinto y Valdemoro.
Llegan momentos muy difíciles. La brisa se convierte en viento huracanado, que levanta remolinos de nieve por los que se mete uno jadeando, exhausto, cegado y entumecido, con los nervios en pésimas condiciones. Si entonces los perros ven un conejo y echan tras él en direcciones tortuosas, la paciencia del misionero sufre tal sacudida, que sólo el callar es entonces tan heroico como entregar el cuello al verdugo. Y los actos heroicos no son obstáculos que se remueven a puntapiés.
A un misionero que iba de Mountain Village a Fish Village, a nueve horas de distancia, se le alteró el vientre, le sobrevino diarrea, y tuvo que hacer alto siete veces en plena llanura con una brisa de 25° bajo cero. Prefiero pintar la verdad desnuda a cubrirla con un ropaje de leyenda; como si, por el mero hecho de ser uno misionero, Dios le abrumase a consuelos místicos que le hagan regocijarse en los sufrimientos, como leémos en los mártires de antaño. Claro que Dios puede mandar un ángel a Getsemaní; pero dejará que su Hijo querido apure el cáliz hasta las heces.
En Alaska, como en el resto del mundo, el reino de los cielos padece violencia, y sólo aquellos que se la hacen le arrebatan. El que espere en Alaska novedades y poesía, que no venga; porque se va a llevar tal chasco, que correrá peligro de echarlo todo por la borda. Asimismo son indeseables (y no caigan en la tentación de venir) los caracteres serios, los pesimistas, los mandones, los melancólicos y los endebles.
Precioso... La "poética" de la vida misionera es quererlo todo, esperarlo todo y conformarse con lo que venga; y más cuando parece que este todo que esperamos adviene como un anodino nada de nada. Es una peregrinación de confianza absoluta en el poder del amor de Dios y conservar la capacidad de maravillarnos del más pequeño "milagro" que se tenga la dicha de contemplar; porque, como débiles humanos que somos, necesitamos renovar día a día nuestra fidelidad y fortaleza.
Me fascina la profunda humanidad y la fortaleza nacida de su fidelidad del P. Llorente.
¿A quién iremos, Señor? Solo tú tienes palabras de vida eterna
Ya está la antología de LLorente subida a la biblioteca, muchas gracias:
http://.www.eltestigofiel.org/lectura/biblioteca.php?idu=11.2832#l2832
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«Dios nos ordena hacer con torpeza y lentitud lo que Él podría llevar a cabo con perfección y rápidamente.»