La astronomía de los hebreos era empírica y primitiva. Distinguían las estrellas del sol y la luna. Admiraban su belleza (Sal 8) y su multitud, que se usaba como término enfático de comparación (Gn 15,5); observaban su altura celeste (Abd 1,4). Pero rechazaban el culto astral de otros pueblos (Dt 4,19; Am 5,26) y también la astrología (Is 47,13). Las estrellas son creaturas de Dios, que las puede contar (Sal 47,4) y les impone leyes (Jr 31,15). En su conjunto forman "los ejércitos" o huestes del Señor Sebaot. Jue 5,20 las imagina luchando a favor de los israelitas; Eclo 43,10 las imagina "haciendo la guardia". Las estrellas, además, han de alabar a Dios (Sal 148,3). Del sol se admira la luz y el calor (Sal 19,5s; Eclo 43,2-4), su puntualidad y camino gigantesco (Sal 19); son temibles y ominosos sus eclipses (Is 13,10; Am 8,9; Jl 3,4). Pero es creatura de Dios (Gn 1; Eclo 43,5), que no se debe adorar (Dt 4,41), como hacen otros pueblos (Dt 17,3), y algunos israelitas (Jr 8,2). En una cita de canción de gesta (Jos 10,12s) Josué increpa al sol para que se detenga; Is 38 habla de una sombra solar que vuelve atrás como signo y garantía. En el juicio escatológico se "avergonzará / oscurecerá" el sol (Jl 3,4; Is 24,23). En la nueva era la luz del sol será siete veces más intensa (Is 30,26); o no hará falta el sol (Is 60,19). De la luna se dice otro tanto. Detalles particulares: su maleficio (Sal 121,6), su fascinación (Job 31,26).