La realidad biológica se hace más trágica cuando es violenta o prematura. La muerte puede ser castigo: pena capital de varios códigos (Lv 20; Nm 35), pena infligida o conminada por Dios (Gn 18). Gn 2,17 habla de una prohibición con pena capital, es decir, de muerte violenta y prematura (nada dice de una inmortalidad previa); y Eclo 17,1-2 considera que el hombre fue creado mortal. En cambio, Sab 1,13-16; Sab 2,23-24 afirma que la muerte no es originaria, sino consecuencia de la "envidia del diablo" y del pecado. En todo caso, el hombre reconoce y lamenta su condición mortal (Job 14; Eclo 41,1-3; Sal 90); la muerte lo relativiza todo según el Eclesiastés. Dios puede curar al enfermo y diferir la muerte (salmos). Cuando el hombre muere, baja al reino de la muerte, infierno, abismo o seol. Es reino de oscuridad, subterráneo, donde el hombre continúa una existencia que no es vida, está lejano de Dios y no lo alaba (Sal 88; Is 38,11.18). A veces la muerte está míticamente personificada (Is 28,15). El hombre debe ser enterrado; quedar sin sepultura es gran deshonra (2Sm 21,2; 1Re 14,11). Otras descripciones poéticas en Is 14 y Ez 32,17.32. La muerte puede ser superada por el poder de Dios: la esperanza está entrevista en Sal 49; Sal 73; Is 25,8; Is 26,19; Is 53; 1Sm 2,6; está afirmada en Dn 12,2; 2Mac 7; el libro de la Sabiduría la defiende como pieza central de su doctrina sobre la justicia.