En medio de las naciones paganas vive Israel como pueblo de Dios. La ↗elección y pertenencia a Dios son el último fundamento de su ser como pueblo. Al principio son una pluralidad de familias y clanes y de tribus; la representación oficial subraya los elementos de unidad. Por la genealogía, descendientes de Abrahán y de Jacob = Israel; por la lengua (véase Neh 13,23-24), la cultura, las instituciones. El hecho religioso se ratifica en la alianza y tiene como signo la circuncisión. Es un pueblo santo (Ex 19,6), con una misión específica y universal. Israel vive la tensión entre la elección exclusiva y el destino universal, entre la fuerza que lo cierra y la fuerza que lo abre; el mesianismo impone el triunfo de lo universal en sus diversos aspectos. Aunque la unidad política se rompe a la muerte de Salomón, permanece la conciencia de unidad, y Jerusalén sigue atrayendo; en la restauración se recompone la unidad rota (Ez 37,15-28). La unidad crea un sentido de fraternidad (frecuente en Dt) y solidaridad. Se expresa en las asambleas generales o parciales: la asamblea sacra congrega al pueblo en las ↗fiestas de peregrinación y en la ↗guerra santa; también en la elección o nombramiento de rey (2Sm 5; 1Re 12,1), en la renovación de la alianza (Jos 24), en ciertos casos, naciones (Jue 20). Los escritos de la escuela sacerdotal (P) consideran al pueblo como asamblea sagrada. El pueblo tiene sus instituciones y ↗autoridades; aunque la monarquía es absoluta, no se pierde del todo cierto sentido democrático, atestiguado sobre todo en Deuteronomio y en la primera motivación del cisma. En la concepción teológica, el pueblo es el dato primario, del que son funciones los diversos oficios.