El profeta es un hombre de Dios, un hombre del ↗espíritu, un hombre de la ↗palabra. Confidente y mensajero de Dios, capacitado e inspirado por el espíritu para su misión de proclamar la palabra de Dios. Escogido, nombrado y enviado por Dios, ha de transmitir sólo el mensaje de Dios, dándole su forma y estilo propios. Es, además, intercesor (↗intercesión) a favor del pueblo; centinela que da la voz de alarma, fiscal que denuncia, defensor de inocentes. Por poseer ese nombre, está fuera de la pura institución, se enfrenta con sacerdotes y reyes, es testimonio y agente de la soberanía de Dios por encima de las instituciones que Dios mismo ha creado o consagrado. En Israel existían también los gremios proféticos -especie de derviches-, que vivían en comunidades y que con sus gestos colectivos atestiguaban la presencia del espíritu en Israel. El profeta individual puede tener un discípulo (Elíseo, de Elias), un secretario (Baruc, de Jeremías); puede formar un grupo de discípulos que aprenden y divulgan los oráculos del maestro, los escriben, adaptan y editan. Los falsos profetas falsifican la palabra de Dios y seducen al pueblo, intentando neutralizar a los auténticos. Para distinguirlos hay que mirar si se ajustan a la tradición yahvista, si son interesados, si anuncian paz sin conversión, si sus predicciones se cumplen. Sus temas son la historia, sobre todo el presente; la Ley, con sus promesas y amenazas. Entre sus formas dominan la sentencia judicial —denuncia del delito y conminación de la pena—, el oráculo de salvación, los ayes, la liturgia, la visión interpretada, la acción simbólica (especie de pantomima) interpretada.