El hombre ante Dios es el gran tema de la Biblia; y como el hombre es imagen de Dios (Gn 1), también Dios es representado en imágenes humanas. Las principales dimensiones del hombre juegan en esta historia, pero no llegan a cuajar en una antropología sistemática. El hombre tiene una carne, que indica lo débil y caduco, y un aliento o vida o espíritu, que representa lo dinámico. Lógicamente, los diversos miembros son fuente de imágenes y metáforas; algunos se consideran sede de diversas funciones: el corazón es sede del pensamiento; los riñones, de los sentimientos; las entrañas y el seno materno, de algunos afectos; los ojos, de la estimación. El hombre es personal, inteligente y libre (Eclo 17), capaz de todo e insaciable (Qo 1), capaz de relaciones con Dios. El hombre se desarrolla socialmente en la familia, el clan, el pueblo, las naciones. Todos los hombres comparten la misma condición; aunque Israel sea elegido, todos tienen las mismas aspiraciones y el mismo destino. Los autores israelitas se atreven a hacer afirmaciones generales y universales sobre el hombre, en la literatura sapiencial y en la reflexión histórica. El hombre ocupa el puesto supremo en la creación (Gn 1; Sal 8), a la que está ligado en el conocimiento, la contemplación, el trabajo; pero esa creación lo desborda (Job 38ss) haciéndole conocer sus límites. Estos son múltiples, pero el definitivo es la muerte, en un aspecto, el pecado en otro, ambos ligados. El hombre bíblico actúa con profundidad y simplicidad de afectos y pasiones, que expresa, sobre todo, en la historia y en el culto; los salmos son un repertorio amplio de expresión humana, rica y auténtica. En las páginas narrativas aparecen muchas figuras, algunas de gran intensidad. Ya en Gn 4 nos presenta al homo faber, homo ludens, homo politicus; pero en el AT descuella el homo loquens, ser dotado de lenguaje. ↗Cuerpo.