En el ámbito humano, la palabra hebrea que significa gloria significa también ↗riqueza (Gn 31,1), honor y dignidad (Gn 45,3; Job 19,9). Aplicada a Dios, es su manifestación con majestad o poder. Es una especie de presencia invisible (Ex 33,18.22) o visible en símbolos o en acción. Es decir, suele tener carácter teofánico (Ex 16,7-10). Es presencia numinosa, que puede envolverse en oscuridad (Dt 5,21), puede apreciarse en el terremoto y en el orden, en la tempestad y la calma (Sal 29). También puede ser litúrgica: como presencia constante (Ex 40,34; 1Re 8,11; Sal 63,3) o como manifestación concreta (Sal 50). Llena la tierra (Is 6,3) y está sobre el cielo (Sal 113,4), y también en el templo. Su carácter luminoso resalta en Is 24,23 y Is 60,1 ss. Dios no cede su gloria a nadie (Is 48,11), pero da de su gloria al hombre (Sal 8). El hombre tiene que dar gloria = glorificar o reconocer la gloria de Dios (Sal 96,7), y no a los ídolos o a una imagen (Sal 106,20). Si no reconoce esa gloria con gozo y buena voluntad, habrá de reconocerla a su pesar.