La sangre, como el aliento, es sede de la vida humana (Dt 12,23); Dios se la reserva y declara sagrada y prohíbe comerla a los israelitas (Dt 12,16.23; 1Sm 14). Derramar sangre es, en sentido estricto, homicidio: el homicida es responsable, "la sangre recae sobre su cabeza" (2Sm 1,16), mancha las manos (Ez 23,37.45); Dios pide cuentas de ella (Gn 42,22); la sangre "clama al cielo" (Gn 4,10; Job 19,25). Hay hombres sanguinarios (2Sm 16,7) y una ciudad sanguinaria (Ez 22,2). Dios concede al hombre la sangre de animales para que la ofrezca y derrame en el sacrificio (Lv 17); salpica el altar y rocía al pueblo sellando su alianza (Ex 24,5-8), expía y purifica (Dt 21,8); es señal expiatoria que protege a los israelitas en Egipto (Ex 12). Será signo terrible la luna ensangrentada (Jl 3,3).