Aunque la terminología no esté tan claramente diferenciada como en nuestras lenguas, los hebreos tienen claro el concepto de la verdad en sus dos aspectos: el objetivo, de relación de enunciado con la realidad, y el subjetivo, de relación del enunciado con el pensamiento: verdad y sinceridad. Sus opuestos son falsedad y mentira, a) Orden objetivo. Adán pone los nombres exactos (Gn 2,19s) (anteriores a todo enunciado); los sapienciales valoran el saber o conocimiento: de la naturaleza (1Re 5,13), de los hombres (Prov 20,5). Instrucción y aprendizaje implican verdad. Dios conoce la realidad y también el hombre, a su medida. En el campo judicial es fundamental la verdad: los jueces deben apurar exactamente los hechos (Dt 13,4; 1Re 3,16-28). El testigo ha de juntar verdad con sinceridad (Prov 14,25). Fórmula descriptiva: tus palabras no se han apartado a derecha ni a izquierda (2Sm 14,9), dice la mujer tecuita a David. A este orden pertenecen enunciados sobre la autenticidad y realidad del Señor frente a la "nulidad" de otros dioses, según el Segundo Isaías, b) En el orden subjetivo: es frecuente la condenación de la mentira y el fraude y el engaño. Son fuerza corrosiva de la sociedad, c) Una categoría emparentada es la verdad de la predicción o promesa que se cumple (Jos 23,14; Is 40,8); el cumplimiento acredita al profeta (Jr 28,9; Eclo 36,20s), el no cumplimiento lo desacredita (Jon). d) Hay formas literarias, enigma y parábola, cuya verdad se esconde y hay que adivinarla: acertijos de Sansón, parábola de Natán (2Sm 12; 1Re 10,1). De modo semejante, acciones simbólicas que hay que explicar: Jeremías y Ezequiel. Visiones o sueños de la apocalíptica propuestos en clave (Dan).