El plural hebreo Elohim no tenía el sentido filosófico nuestro; podía aplicarse a seres sobrehumanos y servir como adjetivo superlativo. Los hebreos pasan de una especie de henoteísmo al verdadero monoteísmo. El he- noteísmo no niega la existencia de otros dioses, pero los excluye para Israel (Dt 32,8; Dt 4,19; Jue 11,24). Is 40-55 desarrolla con insistencia y riqueza de aspectos el monoteísmo. Dios es nombre común, el nombre propio del Dios de Israel es YHWH (hoy día se cree que la pronunciación era Yahvé; en el culto se traduce como "Señor"). Yahvé asume otros nombres o títulos, como Sadday (Ex 6,3, traducido conjetural y tradicionalmente por Todopoderoso), Elion (= Altísimo). A lo largo de la historia y en el culto recibe una serie de títulos o predicados: creador o hacedor; salvador, redentor, que sacó, que da; vivo, santo, justo, eterno; vengador. Dios pronuncia sus títulos en Ex 34,6: "Señor, Dios clemente y compasivo, misericordioso, paciente y leal". Porque es único, es exclusivo y celoso y es también universal. El AT subraya siempre el carácter personal y activo de Dios. Tiene un nombre propio, personal, que comunica para la invocación y el trato. Es señor y protagonista de la historia, que conoce y predice, planea y realiza; no se desentiende y no es neutral, atiende de modo especial al débil, desvalido, oprimido. Trasciende los tiempos y espacios y la fantasía e inteligencia humanas (Sal 139). Representación de Dios: Dios revela su ↗nombre previniendo contra los abusos, hace oír su voz y su palabra, pero no se muestra en imagen y prohíbe ser representado. En compensación, el AT desarrolla un riquísimo repertorio de representaciones literarias de Dios, todas más o menos a ↗imagen del hombre; la justificación la da Gn 1 diciendo que el hombre es imagen y semejanza de Dios, dando la clave de lectura de todo el AT: es padre, pastor, defensor, se despierta, acude, baja, se sienta; tiene rostro, ojos, oídos, boca, manos; siente amor, indignación, celo, ira... Este lenguaje, necesario y precario, queda corregido por la negación de límites de espacio y poder y saber, y por la afirmación de la santidad.