Numerosos términos emparentados quieren describir esa realidad que separa al hombre de Dios (Is 59,2): pecado, delito, culpa, rebelión, transgresión, abominación; tres metáforas significativas son: la mancha (más bien de orden cúltico), el fallar o marrar, y la transgresión, que supone una orden o alianza. En su aspecto psicológico, el pecado es responsable porque es acto libre; a veces se da el pecado por inadvertencia, que la ley cúltica quiere hacer consciente. El proceso completo del pecado incluye una ↗tentación externa o interna, un consentimiento, una ejecución, de donde puede arrancar la conversión o el endurecimiento. La literatura profética ofrece abundantes ejemplos de ello. Hay pecados individuales y los hay colectivos. Como en el bien, también en el mal hay una solidaridad del grupo o de la cadena histórica (Sal 106,6); por eso hay confesiones de pecados históricos (Dn 9). También a esta responsabilidad colectiva apelan los profetas. Se dice que el hombre peca contra Dios en cuanto que es infiel a la ↗alianza (Os 8,1), o bien porque Dios se siente ofendido cuando se ofende al hombre (2Sm 12); aunque el hombre no hace daño positivo a Dios (Jr 7,18ss; Job 35,6), con todo, Dios no es neutral, se irrita, se encoleriza. El pecado puede acarrear una desgracia, en una especie de dialéctica inmanente a los sucesos (Jue 9); se opone a la vida, que quita o disminuye (Jr 17,11; Ez 24,6); y también afecta a la tierra (Is 24,20). El pecado tiene su origen en una desobediencia de los primeros hombres, crece poderosamente hasta la elección de Abrahán. La monarquía del norte nace tarada con el pecado de Jeroboán; en la monarquía del sur rebrota el pecado ancestral (Ez 16); también los cananeos llevan una maldición original (Sab 12,11).