Los hebreos no tienen nuestro concepto de infierno como lugar de castigo después de la muerte. Se imaginan una morada subterránea común de los muertos, a la que llaman seól, hondura de la tierra, pozo, fosa (tahtiyyot erets, bór, sahat, ábaddon). A ella se baja en la muerte (Nm 16,30); en ella se dan cita todos los vivientes (Job 30,23); allí hay descanso y "se confunden pequeños y grandes" (Job 3,17-19); allí yacen inertes imperios y reinos (Ez 32,21-32); allí no se alaba a Dios (Sal 30,10); de allí no se retorna (Job 7,9; Job 10,21). Se imagina con puertas (Is 38,10), quizá con un canal de frontera (Job 33,18; Job 36,12). Personificado, abre las fauces (Is 5,14), es insaciable (Prov 27,20). Dios lo ve (Prov 15,11; Prov 26,6); lo alcanza (Sal 139,8), libra de su poder (Sal 49,16), hace subir (1Sm 2,6).