Israel pasa muy pronto de la vida se- minómada a la cultura urbana, con todas las consecuencias de unificación civil, diferenciación de oficios, facilidades comerciales, ventajas defensivas de tal cultura. Particular importancia adquieren las ciudades que cuentan con algún santuario famoso (Gabaón, Silo), o son residencia de algún, personaje importante (Rama, de Samuel), o son escenario de fiestas con sus romerías (Siquén). Entre todas las ciudades descuella, naturalmente, la capital a partir de la monarquía. La capital desarrolla un simbolismo de representación de todo el pueblo con caracteres femeninos. La ciudad es la doncella o muchacha, alabada por su hermosura (diversas ciudades llevan nombre de belleza, como Naín, Jafa, Tirsá); como tal es la "hija del pueblo". En segundo lugar, la ciudad es matrona, fecunda y acogedora. El reino del Norte cambia de capitales (no tantas como dinastías) hasta fijarse en Samaría. El reino del Sur adquiere bajo David una capital de duradero prestigio político y religioso. Es la elegida o preferida de Dios (1Re 11,13; Jr 3,16), dentro de la justicia (Sal 122) y del culto, sobre todo a partir de Josías. Su prestigio histórico se multiplica en la transformación escatológica cuando será esposa del Señor (Is 62), madre de múltiples pueblos (Sal 87), atracción de todos (Zac 14,16-19) por su irradiación (Is 2 y Is 60), morada perpetua del Señor (Jl 4,20). Isasías 40-66 y Ezequiel son los grandes cantores de la futura Jerusalén. En las ciudades tenían particular importancia la muralla, que reúne y defiende, y la puerta, que era centro de la vida pública ciudadana, comercio y justicia.