En la primera salvación o éxodo, el desierto es el espacio y el tiempo intermedio entre la esclavitud de Egipto y la libertad de Palestina. Espacio vacío, sin cultura ni caminos, donde el pueblo aprende a depender de Dios en el hambre, la sed y los peligros. Tiempo de dilación, de espera y esperanza. Dios pone a prueba al pueblo, en una especie de noviciado, y el pueblo quiere poner a prueba, tentar a Dios. El pueblo liberado se tiene que liberar a sí mismo para entregarse a Dios en la alianza. En el segundo éxodo, de Babilonia, el desierto toma cualidades de la tierra prometida y del paraíso. El desierto ocupa dos polos: de recuerdo actualizado, que enseña y amonesta (Dt 8), y de esperanza escatológica. Siendo amorfa, sin cultura humana, es habitación de fieras y demonios; por eso puede ser símbolo del castigo escatológico (Is 34).